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[Aventura T2 - Presente absoluto] - Desastre en las minas - Kenzo D. Fujiwara - 20-03-2025 La llamada a filas llegó con una urgencia que no permitía dudas ni demoras. Jean apenas tuvo tiempo de procesar el final de su fase de adiestramiento cuando el sonido metálico de las órdenes resonó en el cuartel como un tambor de guerra. Había un problema en las minas del norte, un problema que afectaba no solo al suministro de recursos esenciales para la ciudad, sino a la estabilidad misma de la región. Los rumores ya circulaban entre los reclutas. Algunos decían que los trabajadores habían abandonado las minas, hartos de las condiciones inhumanas y el trato despiadado de los capataces. Otros susurraban que algo más oscuro se escondía en las profundidades, que los mineros no se habían ido por voluntad propia, sino que algo los había arrastrado al abismo. Pero la realidad aún estaba por descubrirse, y Jean sabía que su deber era enfrentarse a ella con la misma resolución que había demostrado en su entrenamiento. El camino hacia las minas no era fácil. El viento del norte golpeaba como cuchillas, y el frío mordía la piel incluso bajo las capas de abrigo. Mientras avanzaban, la sensación de inquietud se hacía más densa, como si el aire mismo estuviera cargado de presagios. Cuando finalmente llegaron, la escena que encontraron era desoladora. Las entradas a las minas estaban cerradas, con tablones de madera clavados apresuradamente, como si alguien hubiera querido sellarlas desde fuera. No había rastro de los mineros, ni siquiera de los guardias que solían vigilar el lugar. Solo un silencio espeso y opresivo, roto de vez en cuando por el aullido del viento. La presencia de la Sargento Ville se hizo notar incluso antes de que hablara. Había algo en su porte, en la manera en que sus botas resonaban contra el suelo helado, que exigía atención inmediata. Era alta y de complexión firme, con un rostro cincelado por la disciplina y el deber. Su cabello, recogido en una coleta tensa, apenas dejaba margen para distracciones, y sus ojos, afilados como dagas, parecían atravesar a cualquiera que osara mostrar un ápice de duda. Ville no era una mujer de medias tintas. Era fría, recta y absolutamente implacable. -Las puertas principales están bloqueadas, pero tenemos otras opciones.- Su voz cortó el aire con la precisión de una espada. -Hay tres accesos secundarios. Entraremos en grupos de cinco y exploraremos cada uno. Quiero informes detallados y ninguna estupidez. Si algo se mueve y no responde, actúen con precaución. Si algo ataca, respondan con contundencia.-
Sargento Ville
No había margen para objeciones. Nadie se atrevió a cuestionarla porque nadie en su sano juicio lo haría. Ville tenía la reputación de no aceptar fallos, de no tolerar la incompetencia. Se movía como si cada misión fuera una extensión de sí misma, una danza de estrategia y eficiencia que no dejaba lugar para la improvisación. Los marines se organizaron en silencio, revisando sus armas y lanzando miradas a las bocas oscuras de los accesos. La mina parecía devorarlo todo, como una fauces abiertas dispuestas a tragarse a cualquiera que osara entrar. El frío mordía con fuerza, pero era la tensión lo que helaba la sangre. La boca de la mina se alzaba ante el grupo de marines en el que se encontraba Jean como una bestia dormida, oscura, expectante, con la promesa de algo desconocido en su interior. El aire que emergía de sus entrañas era denso y cargado, impregnado de un olor a hierro y humedad rancia que se pegaba a la piel como un manto invisible. La estructura de madera que sostenía la entrada rechinaba de vez en cuando, un recordatorio de que este lugar, una vez bullicioso con el sonido del trabajo, ahora yacía en un inquietante abandono. Al cruzar el umbral, la luz del exterior quedó atrás, engullida por la penumbra. Solo las linternas de los marines proyectaban destellos erráticos sobre las paredes irregulares de la cueva. Rocas afiladas sobresalían en ángulos extraños, y las vigas de soporte, aunque aún firmes, mostraban señales de desgaste: grietas profundas, astillas sueltas, la marca del tiempo reclamando lo que era suyo. El suelo crujía bajo nuestras botas. No solo por la grava y los escombros, sino también por herramientas oxidadas, cascos abandonados y restos de madera rota esparcidos sin orden. Más adelante, los raíles de los viejos carros mineros se extendían en diferentes direcciones, como venas muertas de un cuerpo que ya no respiraba. Pero lo más inquietante era el silencio. No el silencio normal de un lugar vacío, sino uno espeso, cargado de una presencia invisible. No había rastro de los trabajadores, ni señales de una retirada apresurada. Solo un abandono abrupto, como si algo hubiese interrumpido el latido de esta mina en un instante.
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RE: [Aventura T2 - Presente absoluto] - Desastre en las minas - Jean D´Orlanais - 25-03-2025 Día 60 de Primavera, Año 15
Minas de Ilisia. Reino de Ilisia, West Blue
Un mes. Treinta días de instrucción básica en la cual los nuevos reclutas de la Marina habían aprendido fundamentos sobre el como ha de ser un defensor de la Justicia. Treinta días de un entrenamiento físico exigente, pero también lleno de aprendizajes sobre el mundo, su composición, jerarquías, leyes... Un mes lleno de nueva información y nuevas experiencias que Jean había recibido con los brazos abiertos. Y sin embargo, cada día sentía crecer en su interior aquella llamada. Al principio no era más que un susurro inespecífico, una pequeña molestia en el subconsciente. Pero cada día que pasaba ese susurro iba sonando más fuerte, convirtiéndose en un nudo de emoción en la boca del estomago cuando se iba a dormir. Cada día estaba más cerca de afrontar su primera misión de campo, de ser una verdadera Marine de los pies a la cabeza, y con ello cada día se acercaba más el momento de salir al océano, de navegar por los mares, de descubrir nuevas islas, nuevas ciudades, nuevas gentes, costumbres... Y de alejarse de su hogar, de su familia. No sabía como reaccionaría cuando llegase el momento. Si tenía que ser honesta con sigo misma, sentía sobre sí el remordimiento de haber huido, de no haber afrontado sus responsabilidades de nacimiento. Había sido una cobarde, una egoísta que solo había pensado en si misma cuando su familia le había dado todos los lujos y privilegios que muchos nunca llegarían ni a imaginar, y tenía miedo de que, eventualmente, cediera ante la culpa y volviera al redil. Sin embargo, allí estaba, ansiosa, emocionada, ilusionada como una niña pequeña por la posibilidad de salir a la mar. Internamente Jean pensaba que el día en el que por fin le tocase salir a la acción lo haría con el nerviosismo propio de la inexperiencia. Se sorprendió a si misma cuando, tras el sonido que indicaba las ordenes a seguir a través de toda la base, fue una de las primeras en prepararse y estar disponible, lista, serena y confiada. Le costó un poco ponerse al día de la misión. Al parecer era de conocimiento público el rumor de que las minas cercanas a la ciudad, que abastecían a esta de rocas y minerales tanto para el comercio como para la construcción, habían quedado abandonadas. Había de todo, desde quienes pensaban que los obreros se habían cansado de ser explotados a cambio de un salario mínimo como quienes decían que simplemente habían huido de algo más oscuro. Jean apostaba por la primera opción. El camino a las minas, aunque breve, ya que no estaban demasiado lejos de la ciudad, fue duro. Pese a la reciente llegada de la primavera, el viento corría con furia y el frío se calaba en los huesos. Tal vez por eso, tal vez porque varios de los que componían el escuadrón eran algo más supersticiosos, el transito fue silencioso y tenso. Jean, avanzó en mitad del pelotón, con los brazos cruzados sobre el pecho, encogida e intentando protegerse del frio y el violento vendaval que los acompañaba. El clima frio no era algo ni a lo que estuviese acostumbrada ni por lo que sintiera una especial predilección. Nada más llegar notaron una tensa calma. Al ver los tablones de madera bloqueando el paso principal al interior de la mina, la Sargento Ville comenzó a dar ordenes precisas para que se dividieran para entrar a los accesos principales. Jean admiraba a mujeres como la sargento: Mujeres fuertes, decididas, con dotes de mando y una firmeza que rara vez daba lugar a debate. Aquella era una de esas veces. Aunque sus ordenes no aceptaban replica, Jean no pudo evitar quedarse mirando las tablas encajas en la entrada principal, pensativa. - Han bloqueado la entrada principal. Si no han hecho lo mismo con los accesos secundarios... - reflexionó para si - O bien no los conocían, lo cual es muy improbable si trabajaban aquí, o bien no les dio tiempo a cerrarlos. Si es así, ¿Qué puede haber dentro que justifique cerrar con tablones la entrada? Por otro lado... Cavilando sobre aquello había llegado junto a sus compañeros hasta una de las entradas secundarias. Jean miró con preocupación la estructura, que crujía sobre sus cabezas mientras la densa bruma cubría sus pies y sus débiles linternas iluminaban el interior de aquel lúgubre sitio. - Otra opción es que, efectivamente, no conocieran estas entradas secundarias... - siguió pensando con los ojos bien abiertos, avanzando con sumo cuidado. Daba por hecho que la entrada principal la habían tapiado los propios mineros pero... - Oye. - llamó la atención de uno de sus compañeros - ¿Hace cuánto tiempo se supone que han abandonado la mina? Volvió a mirar con preocupación a las vigas sobre sus cabezas para después dejar que sus ojos bailasen por las herramientas y cascos tirados por el suelo. Aquello no le daba buena espina. RE: [Aventura T2 - Presente absoluto] - Desastre en las minas - Kenzo D. Fujiwara - 25-03-2025 El avance del pequeño grupo era cauteloso. La penumbra de la mina, apenas iluminada por unas pocas lámparas de aceite abandonadas y por las linternas de los marines, proyectaba sombras largas y temblorosas en las paredes irregulares de piedra. Jean iba al frente, con la mirada afilada y los sentidos alerta, deslizándose con movimientos calculados entre los tablones de madera astillados y los rieles oxidados que alguna vez sirvieron para transportar los minerales extraídos de las profundidades. Cuando su compañero escuchó la pregunta de su compañera, éste simplemente se encogió de hombros y negó con la cabeza. -No se Jean, yo soy del South Blue. Es mi primera vez por aquí...- Dijo un poco apurado. Un par de metros más adelante, se podía observar una barricada improvisada que se alzaba a medio camino en el túnel, hecha de tablones apilados, vigas rotas y restos de equipo minero abandonado. No parecía algo construido con paciencia o planificación, sino más bien algo levantado con urgencia, como si alguien hubiera intentado contener algo… o protegerse de ello. El equipo de marines se detuvo en seco. Un mal presentimiento se enroscó en el estómago del equipo. Si los trabajadores de la mina hubieran dejado todo en orden, no habría razón para una barrera como aquella. Algo no iba bien. O peor aún, algo no había ido bien y ahora ellos estaban caminando directamente hacia el problema. Uno de los marines, se acercó a la barricada, inspeccionando los objetos esparcidos por el suelo. Cascos abollados, herramientas desgastadas y una lámpara de aceite volcada, su vidrio roto esparcido en pedazos diminutos. Parecía que quienes estuvieron aquí antes de ellos se fueron con prisa, dejando todo atrás sin preocuparse por recogerlo. ¿Habían huido? ¿De qué? El silencio en la mina era espeso, interrumpido solo por el goteo del agua filtrándose desde las grietas en el techo. No podían ignorar la tensión que se acumulaba en el aire, cargada de incertidumbre. El aire dentro del túnel era denso, cargado de polvo y el olor metálico característico de la roca húmeda. Cada paso resonaba con un eco inquietante, como si el mismo pasadizo estuviera susurrando su advertencia de que debíamos dar la vuelta. Pero el equipo marine seguía adelante, con la vista fija en la oscuridad que se abría ante ellos, tratando de ignorar la sensación de que algo o alguien los observaba desde las sombras. Y entonces, lo escucharon. Primero fue un murmullo lejano, un sonido que podría haber sido el viento filtrándose entre las grietas de la mina. Pero a medida que avanzaban, se fue transformando en algo más definido… más inquietante. Eran voces. No un simple eco de las propias palabras del equipo, sino algo ajeno, algo que venía desde las profundidades. Las risas fueron lo primero que les estremeció. Risas humanas, pero distorsionadas, deformadas por la distancia y la reverberación de las paredes de piedra. No eran carcajadas alegres, sino algo más perturbador, como si quienes las emitían estuvieran disfrutando de algo que no deberían presenciar. Luego vinieron los gritos. Eran chillidos desgarrados, intercalados con frases inconexas, algunas en susurros y otras escupidas con furia. No se pudieron distinguir palabras exactas, pero la desesperación en esas voces era inconfundible. No era un sonido que uno esperaría encontrar en un lugar abandonado. Y sin embargo, ahí estaban, invitándoles a descubrir su origen. El miedo es un veneno que se propaga sin necesidad de palabras. Se vio en los ojos del marine antes de que siquiera hiciera un movimiento. Su respiración se volvió errática, sus dedos temblaban al aferrarse a su arma, y su mirada iba de un lado a otro como la de un animal atrapado. Sus compañeros lo notaron, pero no hubo tiempo de reaccionar. -¡No! ¡No pienso quedarme aquí!- Exclamó de repente, su voz teñida de puro pánico. Nadie pudo detenerlo. Dio media vuelta y corrió por donde habían venido, sus pasos resonando como una lluvia de martillazos en las paredes del túnel. Durante un instante, el grupo lo observó huir, su silueta desvaneciéndose en la penumbra hasta que el eco de su carrera quedó ahogado por las risas y los gritos que aún se arrastraban desde el interior del pasadizo. Ahora solo quedaban cuatro. El aire se volvió más denso, cargado de una tensión insoportable. Cada uno de ellos sabía que la retirada no era una opción. La Teniente Ville había confiado en ellos, y no podían regresar con las manos vacías. Pero la huida de su compañero había sembrado algo en todos: una duda que antes no estaba ahí. Si él había cedido al miedo, ¿Cuánto tiempo les quedaba antes de que hicieran lo mismo? Uno de ellos respiró hondo, tratando de mantener la calma. No podían permitirse flaquear. Si dejaban que el temor los venciera, entonces estarían tan perdidos como él. -Sigamos adelante, chicos.- Dijo uno, con voz firme pero baja. Las risas al fondo del túnel se intensificaron. Casi parecían burlonas, como si algo en la oscuridad hubiera disfrutado de aquella pequeña fractura en el grupo. Pero ya no había vuelta atrás.
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RE: [Aventura T2 - Presente absoluto] - Desastre en las minas - Jean D´Orlanais - 28-03-2025 Jean arrugó los labios al ver que ninguno de sus compañeros tenía más información que ella de aquel lugar. Empezó a comprender entonces lo valiosos que eran los informes de inteligencia que tan insistentemente sus instructores les hacían leer. La joven Marine los solía devorar con avidez, pero más por una genuina curiosidad de conocer lugares que nunca había visitado que por la propia información en si. Había descartado leer los de Ilisia porque, bueno, había nacido y se había criado allí. Conocía sus calles y locales, sabía ir del puerto al palacio casi con los ojos cerrados, e incluso había visitado los dos pueblos aledaños cuando era algo más joven. No es que fuera una experta en la geografía, demografía y sociedad de la isla, pero desde luego le llamaba menos la atención leer sobre ella que sobre otros lugares del West Blue. Ahora comprendía bien por qué había sido un error. Si tan solo hubiera leído algún informe sobre la situación de las minas... No habría sido difícil, sus compañeros solían actualizar esos informes de manera habitual para que todas las patrullas supieran el estado de los lugares a los que se dirigían. Pero habían salido con tanta prisa... Toda aquella premura, información que incluso parecía faltarle a la propia Sargento. Con cada pasó que daba Jean sobre la áspera roca de la mina incrementaba más y más la inquietud de la joven. Cuando llegaron a la improvisada barricada, Jean fue la primera junto con otro compañero en acercarse a ella con su linterna para evaluarla. Una chispa de emoción asomó en sus brillantes ojos, cubriendo momentáneamente el pesado y denso silencio que sobrevolaba a su pequeño grupo. Aquello era algo sobre lo que podía trabajar. Era una anomalía. - Esto parece hecho con bastante urgencia... - observó, aunque era obvio. Lo comentó más para si misma que para el resto. - ¿Puede explicar el por qué estas entradas secundarias están abiertas, mientras que la principal está cerrada? Caviló al respecto unos segundos. ¿Tal vez los obreros huyeron de algo, y una vez fuera de las minas decidieron taponar la entrada principal pero no las secundarias? El pensamiento se cortó en seco cuando aquel sonido de risas llegó hasta ellos, rebotando violentamente por las rocas de las paredes. Jean se incorporó de un golpe, con los ojos muy abiertos y el corazón repentinamente acelerado. Ni siquiera pudo preguntar el voz alta qué era aquello. Un miedo irracional se apoderó de ella durante unos pocos segundos. Miró a sus compañeros, asustada, y no parecían mucho más confiados que ella. Luego llegaron los gritos, las frases inconexas, los susurros... Frente a todo pronostico, aquello tranquilizó a Jean. Volvió a tomar las riendas de su mente, desbocada hacía unos pocos segundos. - Hay alguien allí delante. - concluyó en voz más baja e insegura de lo que sentía. Los pensamientos de posibles espíritus vengativos, de enormes y deformes demonios salidos de las profundidades de la tierra, se fueron difuminando en su mente, dejando paso de nuevo a su lado más racional. No todos transitaron por el mismo camino. Uno de sus compañeros de Jean cedió a la presión y de manera apresurada se dio la vuelta y salió corriendo por donde habían venido. No podrían haberlo detenido, pero tampoco lo intentaron. Todos se encontraban en mitad de la delgada línea que separaba el miedo de la determinación y se mantenían centrados en si mismos. Un marine que huía a la mínima de cambio no podía convertirse en ningún adalid de la Justicia. - Nos han entrenado para enfrentarnos a lo peor que tiene el mundo que ofrecernos. - les dijo Jean a los compañeros restantes, irguiéndose con más confianza de la que sentía - Unos ruidos reverberantes en las paredes de una mina no pueden asustarnos tan fácilmente. No se que habrá allí delante, pero no somos unos mineros supersticiosos. Somos la Marina. No huimos. Defendemos. Protegemos. Con la mirada firme y decidida y la espalda recta, Jean comenzó a andar con decisión hacia el interior de la mina, ignorando el miedo que sentía, intentando evitar que hiciera que sus piernas flaquearan. Desafiando directamente a aquellas risas burlonas y distorsionadas por la distancia. Bajó un poco su linterna, apuntando al suelo, con los ojos fijos en lo que tenía delante. Paso tras paso. Siempre hacía adelante. No huiría, no miraría atrás, aunque tuviese que avanzar sola.
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RE: [Aventura T2 - Presente absoluto] - Desastre en las minas - Kenzo D. Fujiwara - 30-03-2025 El grupo decidió seguir adelante, adentrándose más en aquel túnel sombrío a pesar de las voces que susurraban en la distancia. La atmósfera se volvía más densa con cada paso, cargada de una sensación inquietante que se filtraba en los huesos como un frío imperceptible. Las antorchas en la pared parpadeaban débilmente, proyectando sombras alargadas y deformes que parecían moverse por voluntad propia. Jean lanzó una pregunta al aire, su voz firme pero con un matiz de cautela. Uno de los marines, un hombre de rostro curtido y expresión endurecida por años de servicio, le respondió con un asentimiento. -Pues parece que sí, Jean. Han sido levantadas con apremio y rapidez.- No eran simples obstáculos improvisados; se notaba el esfuerzo desesperado de quienes intentaron bloquear el paso. Las tablas estaban astilladas, los clavos apenas incrustados, y en algunas partes aún se distinguían marcas de manos ensangrentadas, como si alguien hubiera tratado de reforzarlas en el último momento antes de que fuera demasiado tarde. Más adelante, el aire adquirió un tinte metálico, un indicio inconfundible de sangre seca. A medida que avanzaban, el suelo de piedra comenzó a estar salpicado por restos de equipo minero destrozado: picos con mangos partidos, cascos abollados y lámparas de aceite volcadas y apagadas. Pero lo peor de todo eran los cuerpos. Hombres con ropas de trabajo y piel cubierta de polvo de carbón y sudor, tendidos en el suelo en un silencio sepulcral. Algunos respiraban aún, aunque débilmente, como si estuvieran al borde de la inconsciencia. Otros, en cambio, estaban demasiado quietos. Cada nueva escena desvelaba más el pánico que había gobernado aquel lugar. Algo había ocurrido allí abajo. Algo lo suficientemente aterrador como para hacer que hombres curtidos en el trabajo manual huyeran o lucharan hasta la extenuación. Tras la deserción del marine, las palabras de Jean resonaron con fuerza en la penumbra del túnel. Aunque la fatiga y el miedo aún pesaban en los cuerpos de los tres marines restantes, había en sus ojos un brillo renovado. Su postura, antes encorvada por la tensión, se enderezó levemente. Apretaron los puños, aferrándose no solo a sus armas, sino también a la determinación que Jean les había insuflado. En aquel momento, la incertidumbre seguía presente, pero el temor ya no los paralizaba. El grupo continuó avanzando hasta que el túnel se abrió en un espacio más amplio, un claro subterráneo donde el aire se sentía más denso y cargado de polvo suspendido. Pero Jean y su equipo no estaban solos. Apenas unos segundos después de que sus botas resonaran en la roca, se sintió un cambio en el ambiente. Una serie de sombras se movieron entre los vagones, furtivas y ágiles. Luego, el inconfundible sonido de armas desenvainándose perforó el silencio. Un grupo de hombres emergió de entre las estructuras, con miradas afiladas y sonrisas torcidas. Sus ropas harapientas y sucias contrastaban con las dagas, sables y pistolas que empuñaban con seguridad. Los bandidos habían tomado las minas. Y ahora, con la llegada de los marines, estaban listos para pelear. Los hombres que emergieron de entre las sombras no eran simples saqueadores improvisados. Se movían con la seguridad de quienes conocían aquellos túneles como la palma de su mano, con la mirada afilada de depredadores acechando a su presa. En sus ropas sucias y remendadas aún quedaban rastros de lo que una vez pudo haber sido un uniforme o una insignia, pero ahora solo eran vestigios deshilachados de un pasado olvidado. Algunos llevaban pañuelos atados alrededor del cuello, otros cubrían sus rostros con capuchas raídas, pero todos compartían la misma expresión burlona y la misma hambre por la violencia. -¡Vaya, vaya! ¿Qué tenemos aquí?- La voz gruesa y rasposa del que parecía ser su líder resonó en la caverna, arrastrando las palabras con la tranquilidad de alguien que no se sentía amenazado. -Parece que los perritos marines han venido a meter las narices donde no deben.- Los marines tensaron sus posturas, sus armas listas. Se podían contar al menos diez hombres a simple vista, pero intuía que podrían haber más ocultos en los pasadizos laterales. Llevaban dagas, sables y alguna que otra pistola vieja, pero no por ello menos letal. Otro bandido, un hombre delgado con cicatrices en los pómulos, escupió al suelo antes de reírse con sorna. -¿De verdad creen que van a sacarnos de aquí? Llevamos semanas trabajando este sitio. No se me ocurre mejor lugar para montar nuestro nido.- Decía entre risas maliciosas. -Los Lamentos de Onyx no van a ceder su hogar tan fácilmente.- El que parecía el líder desenvainó su machete, una hoja dentada que parecía haber visto demasiadas batallas. -Y menos ante un puñado de reclutas.- No hubo más palabras. En un solo movimiento, los bandidos se lanzaron al ataque.
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RE: [Aventura T2 - Presente absoluto] - Desastre en las minas - Jean D´Orlanais - 30-03-2025 El grupo, con ánimos renovados, siguió avanzando. Jean sintió algo de orgullo al ver como sus compañeros ya no tenían aquella postura arqueada y tensa, sino que se mostraban rectos y con la mirada más decidida. Seguían teniendo miedo, ella misma lo tenía, pero como decía la sargento, la valentía no era la ausencia de temor, sino la capacidad para enfrentarse a él. En silencio siguieron avanzando hasta que el túnel por el que discurrían se abría en una estancia más amplia. Seguía habiendo vías con vagones abandonados llenos de piedras y minerales, pero en general el espacio era bastante más diáfano. Una gruta en la que desembocaban varios túneles. Aquel sitio podía convertirse en un autentico laberinto si no tenían cuidado y mantenían ciertas precauciones que, hasta ahora, ni siquiera habían considerado. Jean se preguntó si los dos escuadrones que habían ido por las otras entradas secundarias acabarían también en ese mismo lugar, o la mina era todavía más profunda. Detuvo el pasar de sus pensamientos cuando entre el denso aire notó una sombra moverse en la oscuridad. Al tiempo que sus compañeros, tensó sus músculos y llevó su mano a la empuñadura de su espada, entornando los ojos para intentar ver mejor entre las brumas que tenían delante. Cuando escuchó el inconfundible sonido de un filo saliendo de su vaina, lo acompañó con un movimiento en arco de su brazo que dejó ver a Zéphyros, su espada, destellando entre los rayos de luz de las linternas de sus compañeros. No tuvieron que decir nada. Los bandidos salieron a la luz poco a poco. Unos con espadas, otros con dagas, alguno con pistolas en no muy buenas condiciones. Todos vistiendo ropas raídas que habían visto días mejores. A Jean algunas de aquellas indumentarias le parecieron uniformes, donde incluso se llegada a advertir alguna insignia raída entre la oscuridad. - Atacar una mina, matar a obreros inocentes... - dijo Jean, que notaba como sus palabras reverberaban en la caverna. Fue moviendo su mirada de manera ágil, contando a los bandidos, haciendo un mapa mental del lugar y colocando a cada uno con su tipo de arma en él. - Habéis sido extremadamente optimistas al pensar que no iba a ser un canteo... Venimos con la Sargento Ville. Hay dos equipos más peinando los túneles. Lo mejor que podéis hacer es rendiros. Jean tenía una vaga esperanza de que sus palabras calaran en los bandidos. Su aspecto ávido de violencia, sus armas en alto, sus sonrisas ansiosas... Las palabras de Jean cayeron en saco roto al tiempo que los bandidos se lanzaban al ataque. El corazón de Jean se desbocó de repente. Era la primera vez que blandía a Zéphyros. Se dio cuenta de lo pesada que era aquella espada. Todo hasta aquel momento habían sido entrenamientos con espadas de madera, inofensivas. Pero ahora la cosa cambiaba. El destello de aquellos filos indicaba que se trataban de armas reales. Tragó saliva, exhaló aire, que adquirió una textura brumosa frente a sus labios. Y bajando su centro de gravedad, se lanzó hacia delante. Sus oponentes no llevaban linternas o antorchas, así que debían conocer el lugar a la perfección. No podría descuidarse. En su mente había creado un mapa mental de la caverna, con la posición tanto de sus compañeros como de los bandidos. El que tenía más cerca, un tipo bastante más alto que ella, y bastante más lento por la cara de sorpresa que mostró al ver como en apenas unos pocos segundos aquella chica se había plantado delante suyo, fue el primero en caer. Sin andarse con tapujos, Jean golpeó con la parte plana del filo de su espada la mano del bandido, obligándolo a soltar su propio arma. Con un rápido movimiento, giró sobre si misma, rodeando el cuerpo de su oponente y lanzando un fuerte golpe a la cabeza con la empuñadura de Zéphyros. No se molestó en ver si caía al suelo inconsciente o solo aturdido, pues su objetivo era otro. Se agachó, cogió un casco deformado (seguramente debido a un fuerte golpe) del suelo y lo lanzó contra un bandido que tenía delante. Este, más bajo y delgado, era uno de los dos que tenia una pistola. Aunque no eran armas que parecieran estar en muy buen estado, eran la mayor amenaza contra el grupo de marines. Uno o dos bandidos que lograsen ocultarse bien entre las sombras o detrás de los vagones de minerales, por mala puntería que tuvieran podían acabar en pocos disparos con los cuatro reclutas. Lanzar el casco contra él no tenía como objetivo golpearle, sino ganar tiempo. El bandido, abrumado por la velocidad de Jean, se puso nervioso y apunto al casco en vez de a la rubia. Un disparo resonó por toda la caverna, pero no llegó a alcanzar a nadie. Jean se lanzó de un salto contra él, entrelazó sus tobillos en el cuello del bandido y giró en el aire sobre si misma, haciendo que el cuerpo del bandido hiciera lo mismo, golpeando fuertemente el suelo. La pistola salió volando y se oyó un crack cuando chocó contra el suelo. - No me puedo creer que me haya salido. - pensó Jean levantando la cabeza, todavía con el corazón al máximo, pero con la mente enfocada. Aquella llave se la habían enseñado apenas tres días antes la sargento Amren, y nunca pensó que pudiera llegar a serle útil. No tuvo mucho tiempo para tomar aliento, pues rápidamente notó como el filo de una espada caía sobre ella. Justo a su lado, un bandido más pequeño se acercaba rápidamente con una daga en la mano. Jean dio dos rápidos pasos a su izquierda, evitando el espadazo que casi acierta al bandido de la daga. Se apoyó en la espalda del bandido de la espada, rodó sobre él y golpeó de nuevo con la parte plana de su espada en la cabeza del bandido de la daga, para acto seguido mover a Zéphyros en dirección contraria y golpear con su mango la cara del bandido de la espada. Los dos cayeron al suelo, y Jean, sorprendida, se tomó un segundo para tomar aire. Se movía por puro instinto, y comenzaba a ser consciente de lo exigente que había sido el entrenamiento de la sargento Amren. Ella era rápida y fuerte, letal. Había perdido la cuenta de las veces que las había apalizado en los entrenamientos, pues no les concedía nada, siempre iba al 100% de sus capacidades. Nunca ningún recluta la había logrado tocar, pero por otro lado podían verse claramente los resultados del entrenamiento. En comparación, aquellos bandidos parecían ir a cámara lenta. Jean se apresuró, comenzando a correr hacia donde estaban sus compañeros, que no corrían la misma suerte estando en inferioridad numérica. En un cinco para tres, apenas lograban mantener a raya a los bandidos, que se iban turnando para golpear. Tras ellos, un sexto bandido apuntaba con su arma, a tiendas, inseguro de no tener hueco suficiente y temer darle a sus propios compañeros. Cayó el primero cuando Jean alcanzó aquella posición, golpeándolo la joven en la clavícula con un movimiento descendente, tal y como le habían enseñado para dejar neutralizados a los oponentes de forma no letal. Respiró hondo, cansada, pero se lanzó de lleno contra los bandidos. Sus compañeros la vieron venir y, de repente, lo que era una superioridad numérica por parte de los bandidos se convirtió en un desordenado caos donde no tardaron mucho en caer. Confiados, les pilló por sorpresa recibir un ataque por la espalda, lo que provocó que se giraran sobre si mismos, momento que utilizaron los marines para iniciar el contrataque. Momentos de confusión que pagaron caros. Jean vio sangre por primera vez cuando uno de sus compañeros clavaba su espada en el torso de uno de los bandidos, y se quedó quieta durante un segundo que casi paga muy caro. Una espada dentada chocó contra Zéphyros con violencia. La joven marine giró su muñeca, dejando que la espada del bandido se deslizara por el filo de su propia espada, haciendo que este se desequilibrara. Flexionó las piernas, agachándose, y en otro rápido movimiento lanzó por inercia un tajo en diagonal. Su espada realizó un corte limpio en el pecho del bandido que parecía el jefe, dejando que este cayera hacia atrás con los ojos en blanco. La joven marine miró a su alrededor. Todos los bandidos habían sido neutralizados. Miró a Zéphyros, que solo guardaba una pequeña linea roja carmesí en su filo. Aguantó una arcada y notó como su respiración se aceleraba. ¿Estaba muerto? No se acercó a comprobarlo. Se giró para que sus compañeros no vieran su cara. Necesitaba un segundo. No era tan inocente como para suponer que todos los conflictos podían resolverse sin bajas. Sin muertes. Pero una cosa era ser consciente de ello, y otra vivirlo. Miró por el rabillo del ojo a su espada, casi limpia después de que la sangre se hubiese deslizado por el filo, cayendo al suelo en pequeñas gotas que ennegrecieron el suelo de piedra. - De... deberíamos seguir... - logró decir Jean con la voz ronca.
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RE: [Aventura T2 - Presente absoluto] - Desastre en las minas - Kenzo D. Fujiwara - 08-04-2025 El silencio que siguió a la batalla era espeso, pesado como una losa de granito sobre los hombros de quien aún se mantenía en pie. El aire olía a sangre caliente, sudor y tierra removida. Y lo peor de todo, es que ahora ella estaba sola. Sus tres compañeros, valientes pero desafortunados, yacían tendidos en el suelo: uno inconsciente, otro gimiendo de dolor con una pierna claramente fracturada, y el tercero… bueno, el tercero no se movía. Y entonces, sin previo aviso, apareció él.-¡¿Qué demonios has hecho?!- Rugió una voz masculina, potente y llena de rabia. El grito no fue una pregunta, sino una acusación, y venía acompañado del reflejo metálico de un arma. Un hombre, de complexión robusta y con la mirada inyectada de ira, emergió entre una de las salidas de la cueva. Su arma, una katana, parecía una extensión de su brazo. No titubeó al apuntarla hacia ella. Le lanzó una mirada llena de ira y completamente desafiante. ¿Quién era ese hombre? ¿Otro enemigo? ¿Un aliado de los bandidos? ¿O alguien que había perdido algo por culpa del enfrentamiento? Todo en él parecía temblar de rabia… excepto sus ojos, que buscaban justicia. O venganza.
Dumati
El hombre no tardó en acortar distancias hasta quedarse a unos diez metros, sus pasos firmes y cargados de determinación removían el suelo bajo sus botas como si cada pisada fuese un juramento de violencia. Su presencia era imponente, no solo por su estatura o la musculatura tallada por años de batalla, sino por la intensidad de sus ojos. Eran oscuros, profundos, como pozos sin fondo donde se ocultaban secretos terribles y una furia apenas contenida. Su voz, cuando volvió a rugir, fue tan cortante como el filo que empuñaba. -Me llamo Dumati.- Dijo, con una dureza que pesaba más que el acero. -Y si no desapareces por donde has venido… juro que no dejaré piedra sobre piedra de este lugar. Ni tú, ni los tuyos, ni ningún otro perro con chaqueta marina se interpondrá en mi camino.- No era una amenaza lanzada al viento. Había una certeza cruda en cada palabra, como si ya hubiese derribado a decenas antes, y hacerlo una vez más fuera simplemente cuestión de tiempo. No parecía cansado, ni siquiera molesto, hablaba como alguien que ya ha decidido el desenlace de la historia. Un juicio, una sentencia. Su presencia llenaba aquella cueva con una tensión espesa, como si el aire mismo supiera que podía cortarse de un momento a otro. El eco de sus palabras se incrustó en la mente de Jean como espinas. Seguramente había oído su nombre en informes clasificados, quizás alguna vez en boca de algunos compañeros temerosos que hablaban de una sombra que caminaba entre ruinas y dejaba solo cenizas. Su amenaza no era vana.Dumati no se movió de su sitio, pero bastó con un paso más hacia adelante para que la atmósfera se tensara hasta volverse irrespirable. Un murcielago rompió por un segundo el silencio que se había formado tras las palabras del lider de aquella banda de bandidos que acababa de caer. Con una lentitud calculada, el hombre alzó de nuevo su espada, apuntando directamente al pecho de Jean, sin ocultar la amenaza en su gesto. Su rostro permanecía inmutable, pero en sus ojos, que eran como dos carbones encendidos de odio, ardía una advertencia tan clara como el filo de su arma. -No me hagas repetirlo otra vez, marine. De verdad que no quiero hacerte daño.- Gruñó, con una voz grave que parecía nacer desde lo más profundo de su pecho, como si cada palabra fuese arrancada a la fuerza de un alma ya condenada. -Esta no es tu guerra. Ni tu territorio. Da media vuelta y desaparece, o juro que hundiré esta hoja en tu corazón antes de que puedas pestañear.- El acero tembló con un reflejo opaco, manchado de antiguos combates. No era una amenaza vacía, y ambos lo sabían.
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RE: [Aventura T2 - Presente absoluto] - Desastre en las minas - Jean D´Orlanais - 15-04-2025 Nadie respondió. Jean se giró para ver a sus compañeros malheridos. Los recorrió con la mirada, frenética. Uno de ellos se mantenía consciente, pero con la pierna en una posición imposible, fracturada o rota por la cara de dolor del Marine. Los otros dos yacían tendidos en el suelo, esperaba que solo inconscientes. Se movió hacía ellos para ayudarles. Tenía que comprobar si los dos que estaban tumbados, inmóviles, seguían vivos. Y tenía que ver la gravedad de la herida del tercero. Una pierna fracturada podía llegar a ser una herida mortal, y Jean no tenía conocimientos médicos. ¿Qué podía hacer? ¿Retroceder para buscar ayuda, dejándolos solos, a su suerte? ¿Intentar cargar con el que aun se encontraba consciente, esperando que pudieran recorrer los túneles que les habían llevado hasta allí sin mayor inconveniente? Su mente era una densa marea de pensamientos, posibilidades y riesgos. Le costaba moverse por ella, ver con claridad. Hasta que escuchó la voz. El violento oleaje de pensamientos cesó de golpe, dejando un mar en calma. Todo desapareció y Jean se dio la vuelta apresuradamente, dándole la espalda de nuevo a sus compañeros y levantando a Zéphyros con su diestra. Su mente recorrió los momentos inmediatamente anteriores, contando los bandidos que había previamente y que yacían desperdigados por el suelo, la mayoría inconscientes, algunos muertos. No faltaba nadie, no había contado mal. La voz provenía de alguien nuevo. Alguien que antes no estaba allí. Centró su mirada en la alta silueta, destellando su afilada katana. De tez oscura y pelo azabache, rizado, tenía más presencia y vestía mejor que los bandidos a los que acababan de enfrentarse. Avanzó hacia Jean, presentándose y lanzando una advertencia. Una amenaza. Aquella voz potente, la pesadez de sus pisadas. Debía ser el jefe de los bandidos. - Jean D´Orlanais, encantada. - le devolvió Jean la presentación sin bajar a Zéphyros ni un centímetro. La joven Marine, con gesto serio, movió sus pies con cautela, desplazándose en un semicírculo respecto a Dumati. Quería alejarse un poco de sus compañeros Marines, lo suficiente como para que no se vieran de frente al bandido si este atacaba y Jean decidía esquivarlo, pero lo bastante cerca como para poder defenderlos si los atacaba directamente. - Bueno, siento discrepar... - dijo Jean - Los cuerpos que hemos visto de camino, la actitud de tus... secuaces... Dice lo contrario. No se qué estáis buscando, pero hacer daño a los demás no os detiene, en absoluto. No se si esta será vuestra guerra, pero desde luego no es vuestro territorio. Habéis invadido las minas matando a quien se os ha puesto por delante. Jean forzó el agarre de su espada y apretó los dientes. Notaba como la ira comenzaba a acumularse en su pecho. El camino hasta ese lugar había sido lento, tenso. Al llegar, el ataque de los bandidos les había pillado por sorpresa. No había podido pensar con calma hasta aquel momento. Lanzó una mirada de desafió a Dumati. - No somos civiles. No somos trabajadores desarmados a los que podéis masacrar. Y vosotros no sois más que unos matones con ínfulas que creen poder tomar lo que no es suyo, matando a quien se ponga por delante sin consecuencias. - dijo entre dientes - Bien: Somos las consecuencias. Baja tu espada. Ahora. Quedas arrestado en nombre de la Marina. Jean estaba calmada. Sabía que aquel hombre no cedería tan fácilmente, pero era su deber intentarlo. Sabía que lo más probable era que su respuesta fuese un ataque directo. Estaba lista. Sus piernas tensas, su brazo firme. Zéphyros apuntando a su oponente.
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RE: [Aventura T2 - Presente absoluto] - Desastre en las minas - Kenzo D. Fujiwara - 17-04-2025 Dumati alzó una ceja, sin molestarse en disimular su sorpresa. No era habitual encontrarse con una marine que respondiera con palabras antes que con violencia, pero incluso en sus formas contenidas, aquella mujer no dejaba de irradiar una hostilidad pulida, casi ceremonial. Ella le había devuelto el saludo no con cortesía, sino con una amenaza silenciosa, deslizando su espada con lentitud calculada mientras sus pasos describían un semicírculo a su alrededor, como una cazadora marcando el terreno de la presa. El brillo acerado del filo reflejaba fragmentos de luz entre los manglares, y el movimiento de la hoja no era sólo intimidante, sino metódico, casi elegante. Dumati no apartó la mirada. No retrocedió. -Hablas de daño como si el Gobierno o los marines no lo causen…- Respondió, su voz firme, sin necesidad de alzarla para que se sintiera tan afilada como la espada que lo apuntaba. -Permíteme que te contradiga. Sus palabras no eran un intento de provocación, sino una convicción que le nacía desde lo más profundo. Era la voz de alguien que había visto pueblos reducidos a cenizas en nombre del “orden”, familias separadas por caprichos del poder, gente sencilla convertida en daños colaterales de una maquinaria demasiado grande como para detenerla sin que alguien sangrara. Dumati conocía ese daño. No por libros, no por historias ajenas, sino por cicatrices propias. Por dentro, algo se agitaba en él. No era miedo. No exactamente. Era esa tensión que se instala en los huesos cuando uno sabe que está a segundos de tener que defender su vida. Pero también había otra emoción, más tenue y difícil de nombrar: una suerte de decepción resignada. Él no quería luchar. No al menos sin motivo. Pero las espadas no mienten, y la de ella hablaba con más claridad que cualquier palabra. Así que, sin perderla de vista ni por un segundo, Dumati alzó ligeramente la barbilla. No para desafiarla, sino para dejar claro que no se encogería ante su juicio. Dumati rió, una carcajada breve y grave, cargada de incredulidad más que de burla. Sus labios se curvaron en una sonrisa ladeada, casi condescendiente, y sus ojos, oscuros y centelleantes como carbones encendidos, se clavaron en los de la marine como si buscaran algo más allá de la fachada de firmeza que intentaba proyectar. La rigidez en su postura, la forma meticulosa en la que sujetaba su arma, la elección exacta de sus palabras… todo en ella olía a manual. A reglas aprendidas, no vividas. -Oh, venga ya… Jean…- Repitió su nombre con una familiaridad provocadora, como si con sólo pronunciarlo pudiera desarmarla un poco más. -Tienes pinta de ser nueva en la Marina. ¿Por qué no te callas con ese discurso autoimpuesto y sales a ver cómo es el mundo realmente?- Había verdad en sus palabras, pero también una chispa de desafío. No era sólo un intento de ganar tiempo, ni una táctica de distracción. Era un reflejo de su propia filosofía, de esa mirada escéptica hacia todo lo que viniera uniformado y con una insignia. Dumati no odiaba a los marines por ser marines. Lo que detestaba era esa ilusión de justicia inquebrantable, ese barniz de moralidad que a menudo ocultaba horrores peores que los de cualquier pirata. Pero entonces, Jean habló. Sus palabras fueron claras, secas, inamovibles como una sentencia, indicandole que bajara el arma y que se entregara porque estaba detenido. Y ahí, en ese momento preciso, ocurrió el click. La sonrisa de Dumati se desvaneció como un suspiro entre sombras. El tono cambió. No había más espacio para dudas ni ironías. Aquella orden, tan prepotente como absurda, selló el destino de ese encuentro. Su brazo se tensó al instante, los dedos firmes sobre la empuñadura de su arma, y todo su cuerpo se volcó hacia el combate con una precisión instintiva. A Dumati y Jean los separaban apenas cinco metros, pero para él, esa distancia contenía el peso de todo un mundo de contradicciones. No la veía como una simple marine. La veía como una encarnación más de ese sistema que le había mentido desde que tenía uso de razón. Y sin embargo, había algo en su voz, en la convicción con la que había pronunciado esas palabras de arresto, que le inquietaba. No sonaba arrogante, ni siquiera agresiva. Sonaba segura. Convencida. Como si creyera de verdad que estaba haciendo lo correcto. Y eso, de algún modo, le encendía más la sangre que cualquier amenaza vacía. No necesitó pensarlo dos veces. El click había sido claro. La tensión del momento se transformó en acción con una fluidez instintiva. Sus piernas se lanzaron hacia adelante con una rapidez nacida del entrenamiento y de la necesidad. Mientras acortaba la distancia entre ambos, su mano derecha retrocedió con precisión medida, los dedos ajustándose con familiaridad al mango de su katana. El filo, oscuro y elegante, cortó el aire con un destello fugaz al ser desenfundado, como una extensión de su voluntad. A menos de un metro de ella, Dumati descargó un tajo ascendente, de izquierda a derecha, dirigido al torso de Jean. No era un golpe brutal, sino una advertencia cortante, una declaración clara de que no pensaba rendirse. No dudó, no vaciló. Era la clase de ataque que obligaba a reaccionar, que separaba a los improvisados de los verdaderos combatientes. Sin perder tiempo, dio un paso lateral y adoptó una guardia baja y firme. Las rodillas ligeramente flexionadas, el cuerpo equilibrado, los ojos clavados en los de su oponente. Su respiración era medida, pero sus sentidos estaban al límite. Sabía que la respuesta llegaría. Lo deseaba. Porque en el fondo, Dumati no sólo luchaba contra una marine. Luchaba contra todo lo que ella representaba. Contra el juicio injusto, contra las cadenas de un mundo que pretendía domesticar a los libres. Y en ese instante, más que nunca, estaba decidido a romper cada una de esas cadenas con el filo de su convicción.
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RE: [Aventura T2 - Presente absoluto] - Desastre en las minas - Jean D´Orlanais - 06-05-2025 Jean suspiró. En el fondo sabía que la probabilidad de que sus palabras hicieran que aquel hombre bajase su arma y se rindiera era, siendo generosos, limitada. No iba a atender a razones, podía verse en el reflejo de sus ojos la firme convicción de quien cree estar en el lado bueno de la historia, de aquellos que manchan sus manos de la sangre de otros alegando motivos superiores que los justifiquen. Siempre había habido hombres así, y siempre los habría. Personas que ni siquiera eran conscientes del daño que hacían a los demás, aunque ellos mismos lo hubiesen sufrido en sus propias carnes. Personas que elegían el camino fácil, el ojo por ojo, y que solo querían verter la sangre que ellos habían perdido antes. -No me vengas con condescendencia. No soy una ingenua. - murmuró la joven frunciendo el ceño mientras Dumati arremetía contra ella, salvando en pocos segundos los metros que los separaban. - Se que el mundo es duro y puede estar lleno de sufrimiento e injusticias... Dumati, prácticamente encima de ella, lanzó un tajo con su afilada katana. Jean inspiró. Sintió aquella desagradable mezcla de carbón, óxido y tierra que apelmazaba el aire a su alrededor, pero no se movió. "Justo en el último momento" recordó Jean. Que la sargento Amren, su instructora, era una persona temeraria no era ningún secreto. Pero tampoco había nadie que dudara de su talento para el combate. El corazón de la joven marine, inexperta, se aceleró hasta casi salirse de su pecho cuando vio el destello del frio acero acercándose rápida y peligrosamente hacia ella. "¡Ahora!". En un segundo, las piernas de Jean se tensaron y dio un rápido pasó hacía atrás, esquivando por poco el sencillo pero peligroso tajo de Dumati. Era peligroso apurar tanto una esquiva, pero también dejaba al oponente más expuesto a un contrataque. - ... pero nada justifica el utilizar la violencia contra los demás. Lo que habéis hecho en estas minas no tiene excusa ni perdón, quieras justificarlo de una forma u otra. - dijo Jean mirándolo fijamente a los ojos. Una pequeña ráfaga de polvo se levantó tras su talón al frenar. Toda su figura se tensó. Apenas a un metro escaso de su oponente, levantó su espada frente a su rostro, lista para contratacar, pero algo tiró de ella. Apretó los dientes. Una rápida sucesión de imágenes bailó por su mente. Decenas de obreros huyendo despavoridos, los cuerpos de quienes no lograron hacerlo tumbados inertes en los túneles que habían recorrido, cascos aplastados, la sonrisa de suficiencia de aquellos bandidos, sus propios compañeros tras ella... Dumati. Una rabia furibunda se apoderó de la joven, impulsándola a atacar como si el propio viento fuese a acompañar los movimientos de Zéphyros. Su corazón pedía vengar a todos aquellos que no iban a volver a levantarse, su cuerpo ansiaba la emoción de la pelea... Pero su mente los contuvo a ambos. - Debo ser mejor... Debemos ser mejores... Podemos ser mejores... Erguida y con la espada en vertical frente a su cara, llevó su mano izquierda a la espalda y bajo levemente a Zéphyros, hasta colocarla en un ángulo de cuarenta y cinco grados apuntando a Dumati. No atacó. No se lanzó a por él. No intentó aprovechar la abertura que había quedado tras su esquiva. No contratacó. - No quiero luchar. No quiero herirte. No ganaremos nada con ello. Hemos venido un destacamento completo junto con nuestra Sargento. Estas solo. No podrás escapar... - le explicó Jean, con un tono duro, pero suplicante. - Pero detén la rueda, por favor. No se lo que has tenido que sufrir, pero aquellos a los que has matado no lo merecían. Estaban en el lugar incorrecto en el momento incorrecto. Como puede que lo estuvieras tu en su momento. La diferencia es que tu, ahora, puedes elegir. Puedes elegir parar. Puedes elegir no seguir con esto. Dumati. - mencionó su nombre con voz más suave - Se diferente. Haz lo correcto. Tragó saliva mientras plantaba sus pies bien en el suelo, preparada para una nueva arremetida. Estaba jugando con fuego, pero debía intentarlo. Debía hacer todo lo posible por intentar que no se derramara más sangre.
Bélico
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