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[T3 - Presente Relativo] Protegiendo al Mundo de la Desvastacion - Fuguwu - 21-09-2025 Día 42 de Verano, Año 16.
Grand Line, Corriente Rakusei, Little Garden.
17:00 horas, cerca de los cráneos de los reyes marinos.
El sol vespertino se desliza lentamente hacia el horizonte de Little Garden, tiñendo el cielo de tonos naranjas y rojizos que se filtran entre las gigantescas hojas de los helechos prehistóricos. La temperatura ronda los treinta y cinco grados centígrados, y la humedad del aire tropical hace que cada respiración se sienta densa y pegajosa, como si la misma atmósfera hubiera cobrado vida propia para abrazar a todo ser viviente que ose adentrarse en este paraíso perdido. La imponente figura de Sigurd Haakon, con sus siete metros de altura, avanza por el sendero irregular junto a Ubbe, cuya estatura de cuatro metros lo hace parecer casi pequeño en comparación, aunque ambos buccaneer poseen una presencia que desafía las mismas leyes de la naturaleza. Cada paso que dan resuena contra la tierra húmeda como el latido de un corazón gigantesco, mientras sortean troncos caídos del tamaño de casas enteras y flores exóticas. La pálida piel de Sigurd brilla empapada de sudor que se desliza por sus músculos esculpidos como ríos de plata sobre mármol viviente, cada cicatriz que adorna su torso desnudo contando una historia de batallas libradas y victorias conquistadas a filo de su arma. Sus grandes cueros y pieles se adhieren incómodamente a su cuerpo titánico mientras navega entre las raíces ancestrales que emergen del suelo como tentáculos pétreos de algún leviatán subterráneo que duerme desde tiempos inmemoriales. A su lado, Ubbe camina con su camisa abierta y sin mangas pegándose a su pecho sudoroso, las gafas de sol modernas empañándose constantemente por la humedad que parece emanar de la misma tierra. Su ceño permanece fruncido como siempre, esa expresión perpetua que podría hacer creer a cualquier extraño que está furioso con el mundo entero, aunque de su garganta escapa ocasionalmente algún comentario jocoso sobre el calor infernal que los envuelve como un abrazo sofocante de los dioses tropicales. El eco de sus pasos pesados resuena contra la tierra húmeda mientras avanzan por este laberinto natural que parece diseñado por titanes antiguos, de cuando la tierra era joven y los océanos cantaban canciones diferentes. Las raíces que atraviesan el sendero forman arcos naturales lo suficientemente altos como para que incluso Sigurd pase por debajo sin necesidad de agacharse, creando catedrales vivientes donde la luz del sol se fragmenta en miles de rayos dorados. Enormes helechos se alzan como torres verdes hacia el cielo, sus ramajes extendidos creando una cortina natural que filtra la luz en patrones hipnóticos que cambian con cada brisa. Entre sus tallos, orquídeas del tamaño de barriles de vino cuelgan como lámparas, sus pétalos despiden un aroma embriagador que marea los sentidos. Lianas gruesas como cables de barco serpentean entre los árboles gigantescos, algunas tan tensas que vibran como cuerdas de instrumentos cósmicos cuando el viento las acaricia. A lo lejos, apenas visibles como manchas blanquecinas contra el verde intenso de la selva que se extiende hasta perderse en el infinito, los cráneos monumentales de antiguos reyes marinos descansan en el terreno. Cada uno de esos cráneos mide al menos veinte metros de longitud y quince de altura, sus cuencas oculares vacías mirando hacia el cielo como ventanas hacia batallas que sacudieron los océanos cuando el mundo era joven y las leyendas aún caminaban entre los mortales. Sus superficies blanqueadas por incontables años de sol y lluvia brillan con un resplandor fantasmal bajo la luz dorada del atardecer, y en sus grietas han crecido jardines suspendidos donde flores raras florecen alimentándose de la esencia de estos antiguos leviatanes. La distancia los hace parecer rocas comunes para el ojo inexperto, pero su forma inconfundible sugiere historias de batallas épicas libradas en tiempos remotos, cuando el rugido de estos colosos podía escucharse desde islas enteras de distancia. Una brisa súbita arrastra consigo el aroma de peligro y aventura, mezclado con el perfume embriagador de flores nocturnas que comienzan a desperezarse como doncellas que se preparan para un baile. Los colores del atardecer comienzan a intensificarse transformando la selva en un palacio de luz dorada y sombras danzantes donde cada hoja parece forjada en oro líquido y cada sombra cobra vida propia. Diversos animales observan desde las ramas más altas con ojos que brillan como esmeraldas y rubies en la penumbra creciente, sus chillidos agudos añadiendo una banda sonora inquietante a la sinfonía natural que los rodea. Ocasionalmente, el crujir de ramas pesadas revela la presencia de criaturas más grandes moviéndose entre la vegetación, siluetas que se desvanecen tan pronto como aparecen. Ubbe se detiene para secarse el sudor de la frente con el dorso de la mano, su pelo rubio de punta empapado y pegajoso adhiriéndose a su cráneo como si fuera una corona dorada derretida por el calor tropical, mientras sus gafas de sol reflejan los últimos rayos de luz que se filtran entre las copas de los árboles. Sigurd acaricia pensativo su espesa barba dorada de la que caen gotas constantes como lluvia de oro, sus dedos masivos enredándose entre los mechones húmedos mientras sus profundos ojos azules contemplan las sombras que ya comienzan a alargarse entre los árboles como dedos espectrales que se extienden para reclamar la selva. Tanto él como su compañero pueden sentir como las primeras nubes oscuras comienzan a acumularse en el horizonte con una velocidad antinatural, presagiando la tormenta tropical que siempre acompaña el anochecer en estas latitudes malditas. La brisa que antes susurraba ahora comienza a soplar con más fuerza, haciendo que las hojas gigantes se agiten como banderas verdes de un ejército invisible, y el aroma del aire cambia sutilmente, adquiriendo ese olor metálico característico que precede a las tormentas más violentas. Los insectos comienzan a buscar refugio, y el zumbido constante que llenaba el aire se transforma en un silencio inquietante interrumpido solo por el rugir distante de criaturas que se preparan para la llegada de la noche. El día se desvanece rápidamente y, aquellos con grandes dotes de exploración, pueden calcular que apenas tienen un par de horas antes de que la oscuridad tropical los envuelva por completo como un manto tejido por las propias sombras, junto con la inevitable tormenta que se avecina con la furia de mil demonios desatados. Es entonces cuando el aroma del humo de una fogata llega hasta las narices de aquellos sin dicho sentido atrofiado, mezclándose con el perfume denso de las flores nocturnas que comienzan a abrirse en preparación para su danza lunar, pétalos que se despliegan como labios que susurran secretos prohibidos al viento. Pero hay algo más en ese humo, algo que no pertenece a la madera común: un olor metálico y áspero que habla de planes cuidadosamente trazados y de secretos susurrados entre las sombras. A unos cien metros hacia la derecha del sendero, donde la vegetación se abre como una herida verde en el corazón de la selva, entre un claro natural de aproximadamente treinta metros de diámetro que parece haber sido tallado por manos invisibles, se pueden distinguir las formas de tres figuras reunidas alrededor de un campamento improvisado que contrasta brutalmente con la magnificencia salvaje que los rodea. Una mujer de cabello largo y rosado que ondula como seda líquida bajo la luz del fuego gesticula animadamente con movimientos que revelan una desesperación mal disimulada, junto a un hombre de cabello violeta cuya postura rígida sugiere tensión y frustración acumuladas. Entre ellos, una tercera figura más pequeña y felina permanece erguida con una postura que desafía toda lógica, sus ojos brillando con una inteligencia que trasciende lo bestial y que sugiere que no se trata de un simple animal. Los tres parecen estar envueltos en una conversación intensa, sus voces llegando como murmullos apenas entendibles para aquellos con buen oído que se pierden entre el rumor de la selva antes de poder revelar sus secretos, pero el tono urgente y la gesticulación exagerada que acompaña cada palabra sugieren que algo de vital importancia está en juego, algo que podría cambiar el destino de más de una vida en esta isla olvidada. Sus expresiones muestran una mezcla explosiva de frustración, preocupación y algo más oscuro que se esconde detrás de sus miradas, sin embargo esto es algo que ni Sigurd ni Ubbe pueden llegar a ver. El contraste entre la aparente tranquilidad del campamento y la tensión palpable que emana de sus ocupantes resulta hipnótico. La pequeña hoguera chisporrotea valientemente contra la brisa creciente, proyectando sombras danzantes sobre sus rostros consternados que los transforman alternativamente en héroes y villanos según como la luz juega con sus facciones. El fuego crea un teatro de luces y oscuridad que añade un aire de misterio y peligro a su presencia en esta isla olvidada por los dioses, donde cada sombra podría ocultar una amenaza mortal y cada susurro del viento podría ser el último sonido que escuchen los incautos. Alrededor del campamento, extrañas herramientas brillan a la luz del fuego, instrumentos cuyo propósito resulta incierto pero cuya presencia sugiere planes que van más allá de la simple supervivencia en la selva. Mapas desplegados sobre rocas planas ondean ligeramente con la brisa, sus bordes asegurados con piedras que han sido cuidadosamente seleccionadas, y entre las llamas se pueden vislumbrar objetos metálicos que reflejan la luz de manera inquietante, como si hubiesen sido creadas con un propósito siniestro.
Detalles Importantes
OFF
RE: [T3 - Presente Relativo] Protegiendo al Mundo de la Desvastacion - Ubbe - 22-09-2025 Día 42 de Verano, Año 16.
Little Garden, cerca de los cráneos de los reyes marinos.
El sol de Little Garden golpeaba sin piedad, pero Ubbe apenas lo notaba. El calor era como un viejo enemigo al que había aprendido a ignorar. Su cuerpo resistía el bochorno como si hubiese nacido para moverse en el desierto, y si no fuera por la humedad que lo empapaba hasta los huesos, habría jurado que estaba de paseo en cualquier otro sitio. Con cada paso, las ramas temblaban, los pájaros huían despavoridos y hasta los insectos parecían apartarse de su camino. Habían pasado solo un par de días desde aquel encuentro con… "¿cómo era? ¿Sieg…? ¿Sigard? Bah. “El melenas”, y ya." Con los nombres nunca había sido bueno, bueno, con los nombres ni con las cara. Lo que no se le borraba era la imagen de ese gigante con el hacha, plantándole cara como si nada, y luego picándolo con aquella carrera de locos por la selva. Ese recuerdo aún le sacaba una carcajada. —Puto melenas… menudo cabrón. Me cae bien - GAHAHAHA La jungla era un laberinto verde y húmedo, con raíces como murallas y hojas que podían tapar un cuerpo entero. Ubbe apartaba ramas a golpes, dejando un rastro que cualquiera con dos ojos podría seguir. No le importaba: era incapaz de moverse sin hacer ruido, y en el fondo, tampoco quería. Si algo grande estaba cerca, que viniera, así tendría otra pelea que librar. Fue entonces cuando lo vio. Entre los troncos, una silueta enorme se movía entre la maleza. Un cuello largo, un cuerpo descomunal… o al menos eso creyó al principio. Ubbe sonrió de lado, ladeando la cabeza como un depredador que acaba de encontrar presa. Flexionó los dedos, sintiendo cómo la sangre le hervía en las venas. —Vaya, vaya… parece que hoy hay cena. Avanzó sin dudarlo, abriéndose paso a zancadas, su sombra proyectándose sobre la figura. Pero cuanto más se acercaba, más extraño le parecía: esa espalda ancha, esos hombros, y esa forma tan particular de moverse… no era un maldito dinosaurio, era algo distinto, incluso algo familiar... Cuando al fin salió de entre los helechos, la sorpresa fue total: frente a él, con la barba empapada de sudor y ese aire orgulloso, estaba el mismo melenas que le había hecho correr días atrás. El gigante que aún no sabía cómo demonios había acabado compartiendo comida y carcajadas con él. Ubbe se detuvo en seco, y tras un instante de silencio, mientras digería lo que estaba sucediendo, estalló en una carcajada habitual de las suyas. —¡GAHAHAHAHA! ¡Pero si eres tú, melenas! Joder, pensaba que iba a cazar un lagarto de esos enormes y resulta que eras tú. —Se encogió de hombros. Aunque no fuera una presa que cazar, ver a ese hombretón le hacía volver a sentir esa extraña confianza que sintió cuando se conocieron—. Bueno, casi lo mismo, ¿no? Un bicho grande con cara de pocos amigos. Se ajustó las gafas, aún empañadas, y le señaló con el dedo chasqueando. - Me alegra verte aún vivo, ¡baby! - alzó el puño para chocar de nuevo con Sigurd. Tras chocar el puño con el enorme buccaneer, Ubbe se colocó bien las gafas. —Bueno, ya que estamos los dos aquí, vayamos a lo grande. —alzando la barbilla en dirección al horizonte, donde los cráneos gigantes se recortaban contra la luz dorada del atardecer—. Eso de ahí me llama más la atención que cualquier lagarto de la selva. Y baby… si hay algo digno de cazar, fijo que está rondando por esa zona. Además, ¡tengo hambre, en cuanto pillemos un bicharraco de esos te aseguro que le hincaré el diente! Dio un par de pasos adelante, sin mirar a Sigurd, sabiendo que el hombretón le seguiría e irían juntos a por lo que allí hubiera. Su andar era firme, ruidoso, como si quisiera que toda la jungla supiera que dos buccaneers iban de camino a reclamar lo que fuera que se escondía entre esos colosos muertos.
Info
RE: [T3 - Presente Relativo] Protegiendo al Mundo de la Desvastacion - Sigurd Haakon - 23-09-2025 Día 42 de Verano, año 16
Outfit ---- Sigurd de Little Garden
¿En que momento me volví a reencontrar con Ubbe en mitad de la jungla? Ni idea, no soy capaz de recordarlo. Aunque tampoco me importa. Hace algún día de eso y nuestra competición sigue vigente. Ya nos volveremos a separar en algún momento o lo que sea. Al fin y al cabo, disfruto de pasar tiempo con él y echarnos unas risas mientras vivimos aventuras. Así que... ¿Qué más da? Nos encontramos en mitad de la selva, buscando criaturas enormes y peligrosas que puedan ponernos a prueba. Demostrarnos a nosotros mismos que somos capaces de derrotar a la mismísima naturaleza de Little Garden, que tiene fama de ser de las más hostiles del mundo. No soy un guía experto y mi compañero tampoco, así que atravesamos la vegetación con rumbo a lo desconocido, usando de referencia grandes estructuras, como el volcán gigantesco que nos flaquea o los inmensos cráneos que se dejan ver por el horizonte. Si se ven a pesar de la distancia, deben de ser de criaturas tan inmensamente colosales que devoraban barcos en sus mejores días. Mi compañero Buccaneer está empeñado en ir para allá, así que le hago caso y le voy siguiendo. Ya iré al monte del destino llegado el momento. Capaz encuentre algo poderoso allí. Capaz mi final, ¡Jarul Jul Jul Jul...! Avanzamos durante bastante rato, caminando en toda la línea recta que nos permite la densa vegetación que nos acompaña. Por suerte, tenemos un rumbo fijo al que estar siempre pendiente, pero esto no es como el mar, y sin brújula, a veces cuesta seguir el rumbo fijo. El clima también empieza a ser un contratiempo. Tal vez no haga el calor abrasador de Whisky Peak, pero la humedad es tan alta que incluso oculto en las sombras de los árboles gigantescos, el sudor te persigue y se pega a tu piel, creando una sensación desagradable e imposible de evitar. Pegajosa y molesta. Pero no todo queda ahí. Según van pasando los minutos y el Sol se va escondiendo más en el horizonte, nubes negras empiezan a invadir el cielo con la amenaza de tormenta más evidente que he visto hasta la fecha. Es momento de buscar un refugio. Rompo mi silencio y mi alerta para advertir a Ubbe. -Oye, grandullón. Tiene pinta de que va a caer la de Dios y su puta madre. ¿Te parece si paramos y nos resguardamos o algo?- propongo sin tono imperativo. En el mar uno se come la tormenta y punto. Pero entiendo que estando en tierra firme, no hay necesidad de empaparse por la cara. Sabiendo que los cráneos están cada vez más cerca y que nadie los va a mover de ahí, me pongo a buscar algún cobijo entre las inmensas raíces, hojas o grutas naturales. Encontrar algún hueco donde entremos los dos, por muy difícil que sea. Y entonces mi oído se percata de algo. ¿Alguien habla? Sí, es una conversación. Hay alguien cerca, también varados en la isla. Me giro a Ubbe y le hago el gesto con la mano para que se detenga en seco. Y lentamente muevo la mano con el dedo índice apuntando tapando mi boca, en señal de que no haga ruido. Estamos inmóviles, mientras escucho una fogata y una charla de varios. Mínimo son 3. Yo hago el gesto de apuntarme al oído, para ver si mi compañero los escucha. Es el momento. El momento de ser lo más sigiloso y silencioso posible. Atacar en una emboscada utilizando el subterfugio. Como un agente secreto. Una... Dos... Y... Dando un pequeño paso en falso, tropiezo con una maldita raíz salida de ninguna parte, que atrapa mi pie y me hace caer torpemente y de forma estrepitosa. -¡AAAAAHHHH!- ¡¡¡POFF!!! resuena por toda la selva el eco de mi guantazo contra el suelo. Es imposible no haber caído de manera más ridícula y ruidosa. Levanto mi cara de la tierra húmeda, que ahora empapa mi cara de barro, y sin levantarme todavía del suelo y casi sin poder siquiera abrir los ojos, grito a pleno pulmón. -¡POR ALLÍ UBBE!- sin señalar -¡AHORA, ATAQUE SORPRESA SIN QUE SE LO ESPEREN!- Un éxito total si me preguntas. La mejor emboscada e intervención de mi vida. De nuestra vida, si me apuras. El dúo Buccaneer ataca con fuerza y estilo.
En efecto, cajita feliz
RE: [T3 - Presente Relativo] Protegiendo al Mundo de la Desvastacion - Fuguwu - 24-09-2025 Sigurd había levantado la mano para detener a su compañero cuando escuchó las voces. Estaban a 15 metros del claro, ocultos entre la densa vegetación. El gigante de siete metros hizo gestos exagerados llevándose el dedo a los labios y luego señalando su oído. Era el momento perfecto para una emboscada. Como un verdadero guerrero usando el factor sorpresa. Dio un paso sigiloso entre los helechos gigantes. Luego otro. Una... dos... y... La raíz apareció de la nada. O tal vez siempre estuvo ahí, pero el pie de Sigurd decidió encontrarla justo en ese momento. El estruendo de sus siete metros estrellándose contra el suelo húmedo resonó por toda la selva. Pájaros de colores brillantes salieron volando de los árboles cercanos, sus graznidos mezclándose con el eco del impacto. Hasta algunos monos chillaron asustados, saltando entre las ramas más altas. Un rugido distante (definitivamente de algo grande y carnívoro) respondió al estruendo desde algún lugar hacia el este. Sigurd levantó la cara del barro, con medio rostro cubierto de lodo tropical y musgo, y sin siquiera intentar levantarse, gritó a pleno pulmón – “¡POR ALLÍ UBBE!” – señalando vagamente hacia ninguna parte – “¡AHORA, ATAQUE SORPRESA SIN QUE SE LO ESPEREN!” Los tres del campamento, que estaban a 20 metros de donde Sigurd había caído, se giraron al unísono hacia el origen del escándalo. El claro donde habían montado su campamento medía exactamente 8 metros de diámetro, justo lo suficiente para su fogata central y sus equipos dispersos alrededor. Las mochilas y herramientas estaban apoyadas contra las rocas cubiertas de musgo que delimitaban el espacio. La chica, de nombre Jessie, ya tenía un látigo en la mano; el chico, de nombre James, había adoptado una pose de combate bastante ridícula a 2 metros de la fogata que chisporroteaba; y, el mink de nombre Meowth, había sacado las garras, posicionándose sobre una roca de metro y medio de altura en el perímetro del campamento. El silencio que siguió fue interrumpido solo por el rumor del viento que comenzaba a agitarse con más fuerza entre las copas de los árboles prehistóricos. Las primeras gotas gordas empezaron a caer, golpeando las enormes hojas con un sonido similar a tambores lejanos. Otro rugido, esta vez desde el norte, más profundo y gutural, hizo vibrar ligeramente el aire. Jessie y James intercambiaron una mirada desde sus posiciones en el campamento. Luego observaron al gigante barbudo cubierto de barro que seguía en el suelo a 20 metros de distancia, todavía entre la vegetación. Después al otro gigante rubio que permanecía de pie 5 metros detrás del caído – “¿Intentaban emboscarnos?” – preguntó James, todavía en su pose de combate junto a los mapas que había estado estudiando – “Creo que sí” – respondió Meowth desde su roca, bajando las garras lentamente. Sigurd finalmente se incorporó, sacudiéndose el barro de la barba dorada mientras se ponía de pie. Su altura imponente debería haber sido intimidante, pero con medio cuerpo cubierto de lodo, hojas pegadas al pelo y un helecho pequeño colgando cómicamente de su hombro, el efecto se perdía bastante. Avanzó los 20 metros hacia el claro, con Ubbe siguiéndolo a 4 metros de distancia. Fue entonces cuando un relámpago iluminó el cielo, revelando por un instante las siluetas de pterodáctilos enormes volando en círculos sobre las nubes de tormenta. Como si fuera una señal para el inicio de un acto teatral, Jessie y James se miraron con esa complicidad que solo años de práctica pueden crear. Se movieron rápidamente al centro del pequeño claro, posicionándose a cada lado de la fogata que comenzaba a sisear con las primeras gotas – “Bueno” – dijo Jessie, guardando el arma en su espalda y adoptando una pose dramática que casi la hace chocar con una de las tiendas improvisadas a 3 metros de ella – “ya que están aquí...” – continuo, tras lo cual James agrego como si tuvieran una rutina ensayada y perfeccionada – “…Y ya que claramente no son una amenaza competente..." – añadió James, esquivando por poco uno de los mapas que el viento comenzaba a levantar. El cielo se iluminó con otro relámpago, y por un momento se pudo ver la silueta masiva de un dinosaurio a 200 metros de distancia, su largo cuello recortado contra el cielo tormentoso. "¡Prepárense para los problemas!"
Exclamó Jessie, dando un paso dramático hacia adelante mientras su largo cabello rosado ondeaba con el viento tempestuoso. "¡Y más vale que teman!"
Añadió James, cruzándose de brazos con una pose estudiada, aunque tuvo que sostener su sombrero para que no saliera volando. Otro relámpago, más cercano esta vez. El trueno siguió casi inmediatamente, haciendo que algunos instrumentos metálicos del campamento vibraran con el sonido. "¡Para proteger al mundo de la devastación!" "¡Para unir a todos los pueblos dentro de nuestra nación!" La lluvia comenzó a intensificarse. Las gotas salpicaban la fogata, creando pequeñas columnas de vapor que se mezclaban con el humo. "¡Para denunciar los males de la verdad y el amor!" "¡Para extender nuestro reino hasta las estrellas!" Un relámpago particularmente brillante cayó a 50 metros del claro, haciendo que un árbol antiguo de 40 metros de altura crujiera ominosamente. La luz eléctrica iluminó todo el claro como si fuera mediodía, revelando cada detalle del improvisado campamento: las redes para cazar colgadas entre dos postes de madera, los sacos de dormir enrollados apresuradamente contra las rocas, y lo que parecían ser planos detallados de la isla clavados en un tronco muerto. "¡Jessie!"
James señaló al cielo con dramatismo justo cuando otro rayo surcaba las nubes, iluminando brevemente las alas membranosas de algún reptil volador. "¡James!"
“El equipo cohete viajando a la velocidad de la luz” “Ríndanse ahora o prepárense para luchar” Meowth saltó entre ambos desde su roca, recorriendo 3 metros en el aire antes de aterrizar perfectamente sobre sus patas traseras en el centro exacto del pequeño claro, mientras un trueno ensordecedor hacía temblar el suelo. "¡Meowth, así es!"
Los tres adoptaron una pose final coordinada justo cuando un relámpago masivo iluminó todo el claro, creando siluetas dramáticas contra el fondo de la selva oscurecida. El destello reveló por un instante los ojos brillantes de varias criaturas observando desde la vegetación a 10 metros del perímetro. El agua ya caía con fuerza considerable, comenzando a empapar a todos. La fogata luchaba valientemente contra las gotas, pero era una batalla perdida. Los papeles y mapas de aquellos tres individuos comenzaban a mojarse peligrosamente. Jessie carraspeó, abandonando la pose teatral mientras el agua comenzaba a arruinar su peinado. Se acercó 2 metros hacia los gigantes, quedando a 4 metros de ellos – “Es nuestra presentación oficial. Ahora, si han terminado de, hmm, lo que sea que estaban intentando hacer.” “Necesitamos hablar de negocios” – interrumpió James, sacudiéndose el agua del pelo violeta mientras trataba de proteger sus mapas de la lluvia – “Negocios muy lucrativos.” Meowth dio un paso adelante, sacudiéndose como cualquier gato mojado – “Sí, porque claramente necesitan dinero para clases de sigilo.” El viento arreció, haciendo que las llamas de la fogata moribunda danzaran erráticamente, proyectando sombras extrañas sobre las caras de todos los presentes en el reducido espacio del claro – “Miren, vayamos al grano antes de que nos ahoguemos todos aquí” – dijo Meowth, cubriéndose de la lluvia con una pata mientras se acercaba otro metro hacia ellos – “Vinimos a Little Garden por una razón muy específica.” “Huevos de dinosaurio” – declaró Jessie sin rodeos, abandonando todo pretexto teatral mientras un relámpago iluminaba su rostro determinado – “Los dinosaurios de esta isla ponen huevos que valen una fortuna en el mercado negro. Cada huevo puede venderse una fortuna si tienes los contactos adecuados.” James asintió vigorosamente mientras intentaba proteger uno de sus mapas de la lluvia, acercándose también hasta quedar a 3 metros de los gigantes – “El problema es que, bueno, digamos que no esperábamos que los padres fueran tan protectores.” “Y grandes” – añadió Meowth, levantando las patas para indicar el tamaño – “Muy, muy grandes. Hablamos de 15 metros de altura. Con dientes de 30 centímetros.” Jessie se acercó un paso más, quedando a solo 3 metros de Sigurd y Ubbe. El agua corría por su rostro, pero sus ojos brillaban con determinación – “Escuchen, ustedes dos parecen del tipo que puede con un par de dinosaurios. Nosotros tenemos la información, sabemos exactamente dónde están los nidos, cuándo los dejan solos, y más importante, como comerciar estos huevos.” James desplegó rápidamente uno de sus mapas mojados sobre una roca plana, señalando una ubicación específica a 5 kilómetros al noroeste – “Los nidos están aquí, en una cueva a 30 metros de altura en el acantilado. Los padres cazan al amanecer y al atardecer, dejando una ventana de 2 horas donde los huevos quedan desprotegidos.” Un trueno particularmente fuerte hizo que todos se sobresaltaran ligeramente. La lluvia ya era un diluvio completo, convirtiendo el suelo del claro en barro. La fogata dio sus últimas bocanadas de humo antes de morir completamente. “Sesenta mil berries para cada uno si consiguen traernos al menos un huevo” – gritó Jessie por encima del ruido de la tormenta – “Es la tarifa base. Un huevo, sesenta mil para cada uno de ustedes. El huevo mide aproximadamente 50 centímetros de alto y pesa unos 20 kilos.” “Y si consiguen más de uno entre los dos, añadimos treinta mil extra a cada uno.” – agregó James, tratando de mantener su elegancia mientras el agua le chorreaba por todas partes – “Noventa mil berries por cabeza si traen dos o más huevos. Los nidos suelen tener entre 3 y 5 huevos.” Meowth saltó sobre una roca de un metro de altura para estar más alto, aunque la lluvia lo estaba empapando por completo – “Piénsenlo bien, es dinero fácil para tipos como ustedes. Nosotros les damos la ubicación exacta, ustedes van mañana al amanecer cuando los dinosaurios salgan a cazar, toman los huevos, todos ganamos.” – Otro relámpago cayó a 100 metros de distancia, iluminando el claro entero. El trueno fue casi instantáneo, haciendo vibrar el aire. Un rugido distante respondió al trueno - algo a 600 metros al sur no estaba contento con el ruido – “¿Entonces qué dicen?” – gritó Jessie, su cabello rosado ahora completamente pegado a su cabeza y espalda – “¿Tenemos un trato?” La tormenta rugía con toda su furia tropical alrededor de ellos, convirtiendo el claro de 8 metros en una piscina de barro. El viento doblaba los árboles gigantes y la lluvia caía tan fuerte que apenas podían verse unos a otros a pesar de estar a solo 3 metros de distancia.
Detalles Importantes
OFF
RE: [T3 - Presente Relativo] Protegiendo al Mundo de la Desvastacion - Sigurd Haakon - 26-09-2025 La sutileza nunca ha sido mi fuerte. Jamás he tenido que actuar a hurtadillas, como las putas ratas, así que por una vez que lo intento, los dioses me recuerdan con dureza que mi estilo es otro, el de ser una apisonadora de guerra. Mis gritos e intenciones bélicas no llegan a ninguna parte con el tropezón, así que trato de levantarme con toda la entereza posible y evitar dañar más el orgullo ya por los suelos. Fijo que el desgraciado de Ubbe se descojona en mi cara por tremendo espectáculo. Con la idea de una emboscada hecha trizas, ya solo queda apostar con la moneda de siempre, ir de frente y con todo. Poco a poco, nos vamos acercando, imperiosos, haciendo temblar el suelo con cada paso, quebrando raíces y helechos bajo nuestros pies. Imponente, recuesto a Yggdrasil, enorme como un árbol en mi hombro derecho, mientras que con la mano izquierda me retiro la porquería del cuerpo, recuperando la dignidad y el aspecto intimidante. Ubbe me sigue esta vez, que aunque más pequeño que yo, también es una mala bestia que asusta al más valiente. Una vez ya en el claro, podemos ver de qué figuras se tratan. Los invitados inesperados son tres, una mujer, un hombre y una especie de gato enano parlanchín. El variopinto grupo, lejos de intimidarse y salir corriendo o atacar a la primera de cambio, procede a hacer un show personal junto a la presentación, lleno de poses, coreografía y frases pegadizas. Yo ya soy lobo de mar profundo, pero fijo esto le gusta a mi compañero Buccaneer. Casi que por la forma de vestir, podrían haber llegado del mismo sitio. Sureños, supongo. Aunque su tono de voz y forma de hablar... Me resultan cercanas. Ese acento... Parece sacado de Whisky Peak. Mientras están todavía con la presentación y las habladurías, yo miro un segundo a mí amigo, a ver cómo está reaccionando. En silencio, sin interrupciones, ladeo un poco la cabeza en dirección al gato, demostrando un interés por la rareza ya no solo de la situación, sino de la criatura. Vamos, por mis cojones que a ese bicho me lo secuestro yo en cuanto de lugar. Compañía para Julie y la mascota para el grupo. Por cierto... ¿Le dejé comida a Julie...? Los pensamientos son interrumpidos ya no por el final del espectáculo, sino por las gotas de lluvia y truenos que empiezan a caer. La tormenta ha empezado y aun no tenemos cobijo. Sin embargo, el trío cohete o como coño se hagan llamar tienen algo interesante que decir antes de que nos los comamos para cenar y nos quedemos con el mink de premio. Conocen una ubicación especial, un sitio donde se guardan una especie de huevos de las bestias que habitan en esta isla. A mí, como tal, me suda los cojones la idea de traer materiales preciados o suministros para esta gente, pero usan la palabra clave: "mercado negro" He oído de ese sitio antes. Una red poderosa de compra y venta de mercancías ilegales que se extiende por todo el mundo. Cualquiera puede ser víctima de ella, pero no todo el mundo puede entrar ahí... Y hacerles un favor a gente que se mueve por estos mundillos... Puede resultar especialmente beneficioso. Tomo la iniciativa de la negociación nada más terminan de darnos la información, indiferente de si mi compañero está de acuerdo o no con los términos, aunque con un simple vistazo, puedo ver que la idea de "huevos de dinosaurio" le emociona de más. - Ajeno a toda esta danza circense, sí, por supuesto que aceptamos a ese precio. Para nosotros un trabajo así no es un desafío. Y para vosotros seguro es un negocio rentable y redondo, ¡¡¡JARUL JUL JUL JUL...!!!- me río de forma forzosa, complacido, aunque exagerado la fuerza de los gritos para demostrar nuestro poderío casi ancestral. -Vosotros contáis con una fuerza imparable capaz de todo y nosotros nos hacemos con un contacto valioso dentro del mercado negro. Me parece un trato cojonudo.- extiendo el puño hacia el grupo, en señal de cerrar el trato, pues si les doy la mano, les parto el brazo a los tres a la vez. -¿Que me dices, Ubbe? ¿No te parece un trato cojonudo? Nos podemos quedar algún huevo de recuerdo, si te mola la idea.- lo miro sonriente, a la espera de que me confirme. La tormenta es una complicación, pero tampoco un impedimento. Y los monstruos serán peligrosos, pero le darán emoción al día. Nada que no podamos afrontar la tribu más poderosa del mundo, orgullosos Bucaneros.
En efecto, cajita feliz
RE: [T3 - Presente Relativo] Protegiendo al Mundo de la Desvastacion - Ubbe - 27-09-2025 Ubbe no pudo evitar soltar una carcajada bronca cuando vio al rubiales tropezar con aquella raíz descomunal y estamparse contra el barro. El estruendo hizo vibrar hasta las ramas sobre sus cabezas, y durante un instante la selva pareció guardar silencio antes de estallar en graznidos, chillidos y rugidos lejanos. El buccaneer se apoyó las manos en las rodillas, doblándose hacia adelante mientras la risa le sacudía el pecho. —GAHAHAHAHAHA— resonó su carcajada, retumbando como un trueno más en medio de la tormenta que ya empezaba a caer. Ignoró por completo su intento de emboscada, ya que había quedado enterrado literalmente con Sigurd. El espectáculo de Sigurd, cubierto de barro hasta la barba, con hojas pegadas a la espalda y un helecho colgando del hombro, le pareció lo más ridículo y divertido que había visto en semanas. Ubbe se secó una lágrima de risa de debajo de las gafas, y luego escupió al suelo antes de seguir andando tras él, pisando fuerte en el barro como si no existiera el concepto de sigilo. A cada zancada, sus botas se hundían hasta el tobillo, levantando agua y tierra. La camisa empapada se le pegaba al torso, marcando cada músculo como si fuese otra piel. Sus gafas resbalaban por la nariz, pero se las recolocaba una y otra vez con un gesto brusco. Siguió al gigantón hasta el claro, apenas a unos pasos por detrás, apareciendo entre los helechos como una segunda mole que rompía la espesura. No le importaba que los tres desconocidos del campamento lo vieran venir. Ni que los pájaros huyeran. Ni que la lluvia lo empapara entero. Avanzó con la misma seguridad de siempre, como si el mundo entero tuviera que apartarse para dejarle paso. Cuando cruzó el borde del claro, se quedó quieto a la izquierda de Sigurd, plantado firme, observando a las tres figuras que se habían girado hacia ellos. Cuando Jessie exclamó aquello de “¡Prepárense para los problemas!”, ya no aguantó más. Su carcajada rugió más fuerte que el trueno que había estallado justo detrás. —¡¡¡GAHAHAHAHA!!! ¡¡Pero qué coño es esto!! —rugió Ubbe, doblándose por la mitad, enseñando los dientes entre carcajadas—. ¡Nosotros venimos buscando pelea y nos encontramos con tres bufones recitando bajo la tormenta! ¡Esto es surrealista, baby! Se incorporó de golpe, recolocándose las gafas de sol con ese gesto chulesco tan suyo, aunque estuviesen totalmente empañadas y resbaladizas por el agua. Dio un par de pasos hacia adelante, clavando sus botas en el barro hasta el tobillo, haciendo sonar el chapoteo como un tambor. Le dio igual que James estuviera intentando desplegar un mapa o que Jessie hablara de fortunas en el mercado negro. Ubbe estaba demasiado metido en su propio juego, de hecho lo de mercado negro le sonó como a un mercado done vendan carbón, o algo parecido Pero entonces, cuando escuchó la palabra “dinosaurios”, su risa se fue apagando poco a poco, transformándose en una sonrisa torcida, depredadora. —Dinosaurios, ¿eh? —gruñó, alzando el mentón, dejando que las gotas resbalaran por su mandíbula como cuchillas—. Eso ya suena distinto. Eso sí que me interesa. No me habléis de dinero ni de contactos, que me da lo mismo, todo eso podéis guardároslo por donde os quepa. Lo único que quiero es partirle la cabeza a un bicho de esos y escuchar cómo cruje. Flexionó un poco las piernas, como si ya se estuviera preparando para la caza, y alzó la mano libre para señalar directamente a los tres. —¡Vosotros haced vuestros planes! Yo no necesito trampas ni rutinas de circo. Esos bicharracos se cazan con los puños, baby. ¡A hostias! Y si los huevos son tan valiosos como decís, pues me quedaré alguno para mí, como recuerdo, y si sale un bicho, pues de mascota GAHAHAHA Se giró hacia Sigurd, empapado y con la barba chorreando, y le dedicó esa media sonrisa de complicidad que ya empezaba a ser un gesto habitual entre los dos. —Melenas, este trato me gusta. Mañana cazamos a esas lagartijas gigantes, los dejamos tiritando y nos traemos los huevos. Tú con tu hacha, yo con mis puños. A ver si hay algo en esta isla que de verdad pueda hacernos frente. Y de pronto, alzó ambos brazos hacia el cielo encapotado, cerrando los puños, dejando que la tormenta lo bañara entero. Su voz rugió tan fuerte que parecía un segundo trueno en mitad del diluvio. —¡¡¡GAHAHAHAHAHA!!! ¡¡C’MON BABY, VAMOS A CAZAR DINOSAURIOS!! El eco de su risa se mezcló con el rugido lejano de una de las criaturas que acechaban en la selva, como si la propia isla respondiera al desafío. Ubbe bajó los brazos lentamente, clavando otra vez los ojos en los tres personajes que se habían encontrado, serio esta vez, casi salvaje.
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RE: [T3 - Presente Relativo] Protegiendo al Mundo de la Desvastacion - Fuguwu - 28-09-2025 La lluvia caía como una cortina sólida cuando las dos figuras gigantescas abandonaron el pequeño claro. El grupo amante de la teatralidad los observó alejarse entre la vegetación, sus siluetas desapareciendo rápidamente en la oscuridad y el aguacero. “¿No van a llevar nada del equipo?” – preguntó James, señalando las cuerdas y ganchos apilados contra las rocas empapadas - “Déjalos” – respondió Jessie, exprimiendo su cabello rosado – “Si son tan tontos como para ir sin preparación, es su problema.” – Meowth sacudió la cabeza mientras buscaba refugio bajo una hoja gigante – “Estos dos van a morir antes de llegar a los nidos.” El camino hacia los cráneos de los reyes marinos era traicionero en condiciones normales, pero la tormenta lo había convertido en una pesadilla. El sendero, si es que alguna vez existió uno, había desaparecido bajo torrentes de agua que bajaban desde las partes más altas de la selva, creando riachuelos improvisados de 30 centímetros de profundidad que arrastraban hojas, ramas y piedras pequeñas. Los árboles prehistóricos se mecían violentamente con vientos de 80 kilómetros por hora, sus ramas gigantescas crujiendo ominosamente sobre las cabezas de los viajeros. Ocasionalmente, una rama gruesa (oscilando entre 3 y 5 metros de largo y hasta 1 metro de grosor) se desprendía y caía estrepitosamente al suelo, agregando más obstáculos al ya difícil terreno. Las raíces, que en condiciones secas sobresalían 2 metros del suelo, ahora estaban cubiertas de una capa resbaladiza de musgo empapado y barro, convirtiéndolas en trampas mortales para quien no pusiera atención. La visibilidad era prácticamente nula. La lluvia era tan densa que no se podía ver más allá de 3 metros, y la oscuridad de la noche tropical era absoluta entre relámpago y relámpago. Cada destello eléctrico revelaba el paisaje como si se tomara una foto con flash en un cuarto oscuro, pero estos momentos de claridad duraban menos de un segundo antes de que la oscuridad regresara, más profunda y desorientadora que antes. A 1 kilómetro del campamento que habían dejado atrás, el terreno comenzó a cambiar. El suelo se volvió más rocoso, con formaciones de piedra volcánica negra que sobresalían entre el barro. Charcos de agua de medio metro de profundidad se habían formado en las depresiones naturales, imposibles de distinguir del resto del terreno inundado hasta que uno ya había metido el pie. Es aquí, exactamente a mitad de camino hacia los cráneos colosales, donde el peligro acechaba. Para aquellos que fueran amantes de las historias de dinosaurios – esas que, en un universo alterno, se vuelven tan exitosas de forma global que rara es la persona que no ha visto cuando menos una de ellas un fin de semana en la comodidad de un sofá con una pizza cuatro quesos y una coca-cola bien fría (bendito seas universo alterno) – apreciarían que no son solo los grandes dinosaurios a los que uno debe temer, existen también aquellos pequeños diablillos con la misma ferocidad, peligrosidad y hambre que un velociraptor o un tiranosaurio rex pero, a diferencia de este último, estos diminutos dinosaurios disfrutan el compartir y prefieren cazar en manada. Dos grupos de Parvicursores habían estado siguiendo a aquellos ruidos, descuidados, enormes y apetitosos intrusos desde hacía 10 minutos, moviéndose silenciosamente entre la maleza baja. Estos pequeños dinosaurios, de apenas 40 centímetros de altura, eran cazadores nocturnos perfectamente adaptados a las condiciones de tormenta. Sus cuerpos emplumados, ahora completamente empapados, les daban un aspecto esquelético y amenazante. Sus ojos amarillos brillaban levemente en la oscuridad, y sus garras de 5 centímetros estaban diseñadas específicamente para aferrarse a presas más grandes. Los dos grupos que juntos formaban 100 aterradoras criaturas se dividió instintivamente en dos grupos de 50, cada uno seleccionando su objetivo. Era una estrategia de caza perfeccionada durante generaciones: dividir, rodear, abrumar. El primer grupo de 50 convergió hacia Ubbe desde tres direcciones simultáneamente. El viento y la lluvia torrencial enmascaraban completamente el sonido de sus pequeñas patas chapoteando en el barro, el roce de sus cuerpos contra la vegetación baja, sus chillidos de coordinación ultrasónicos. Para alguien con audición atenuada como la de este Bucanneer, eran completamente indetectables hasta el momento del impacto. Saltaron desde rocas de 1 metro de altura, emergieron desde helechos densos, y cargaron directamente desde el frente. Los primeros 15 alcanzaron las piernas de Ubbe simultáneamente, sus garras encontrando agarre inmediato en la tela empapada y la piel expuesta. Otros 10 treparon rápidamente por su espalda, habiendo saltado desde una rama baja a 2 metros de altura. Los 25 restantes rodearon sus pies, mordiendo los tobillos y pantorrillas. El segundo grupo de 50 intentó la misma estrategia con Sigurd, pero, para suerte del más alto de los Bucaneer, el ruido que habían generado los primeros en atacar a Ubbe le puso alerta. Cuando los 50 Parvicursores que acechaban a Sigurd estaban a 5 metros de este, listos para lanzarse al ataque, el Bucaneer podría tomar acción para salvarse de un destino similar al de su compañero que se negaba a perder las gafas oscuras a pesar de las condiciones de oscuridad en las que se encontraban. Los 50 Parvicursor que atacaban a Ubbe ya habían establecido su dominio. 20 de ellos se aferraban a sus piernas, distribuyendo su peso para dificultar el movimiento. 15 más habían logrado escalar hasta su torso, usando sus garras como ganchos de escalada. Los últimos 15 coordinaban ataques rápidos desde el suelo, saltando para morder y retrocediendo inmediatamente al barro. Mientras tanto, los 50 que se acercaban a Sigurd se preparaban para su asalto. 25 de ellos se posicionaron en rocas elevadas entre 1 y 2 metros de altura y a 5 metros de distancia de Sigurd, listos para saltar. Los otros 25 se arrastraban por el barro directamente hacia sus pies, sus cuerpos bajos casi invisibles en la oscuridad, igual a 5 metros de distancia de Sigurd. Un relámpago masivo iluminó toda la escena por un instante - 100 pequeños depredadores ejecutando un ataque coordinado contra dos gigantes, la lluvia creando un velo plateado sobre todo, el barro salpicando en todas direcciones, y al fondo, a solo 1 kilómetro de distancia, los cráneos colosales de los reyes marinos brillando espectralmente bajo la luz eléctrica. La oscuridad regresó, y con ella, el caos continuó. Los Parvicursores eran implacables, su estrategia de manada perfeccionada durante miles de años de evolución en Little Garden. Y desde algún lugar al norte, a no más de 200 metros, un rugido profundo y gutural cortó a través del ruido de la tormenta. Algo mucho más grande había notado la conmoción, y estaba alerta.
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RE: [T3 - Presente Relativo] Protegiendo al Mundo de la Desvastacion - Ubbe - 28-09-2025 Los chillidos de aquellas alimañas se mezclaban con el ruido de la tormenta. Decenas de cuerpos pequeños y plumosos se lanzaban encima de Ubbe como una manada viva de garras y colmillos. Ubbe sintió cómo le desgarraban la piel de los muslos, cómo trepaban a su torso y espalda clavándose como ganchos de hierro. —¡Joder… jodidas ratas con plumas! —escupió con rabia, notando la sangre mezclarse con el agua de lluvia que le chorreaba por el rostro. Flexionó las piernas y se dejó caer hacia atrás con toda su masa. El impacto fue como un trueno: los pequeños huesos de sus enemigos crujieron al instante bajo su espalda, decenas de chillidos se ahogaron a la vez, y el barro explotó en todas direcciones. Varias de las criaturas que habían trepado por su torso quedaron reducidas a un conjunto de plumas y vísceras, estampadas contra el suelo bajo los casi cuatro metros de pura brutalidad del Buccaneer. Sin perder tiempo, Ubbe se revolvió con violencia, mientras se ponía nuevamente en pie, iba arrancando con las manos a los que todavía seguían clavados en su piel. Apretaba con los dedos como si fueran uvas, lanzándolos contra piedras o estrellándolos unos con otros. Cada choque levantaba una nube de plumas empapadas de sangre, que se pegaban a su piel ya de por sí cubierta de barro. —¡Vamos, hijos de perra! ¡A ver si podéis conmigo! —rugió, mientras estampaba a uno contra el tronco de un árbol cercano, partiéndolo como un muñeco de trapo. Otros veinte se aferraban todavía a sus piernas, mordiendo tobillos y pantorrillas. Ubbe gruñó, alzó el pie y lo descargó con toda su fuerza contra el suelo, aplastando a varios de ellos en un solo movimiento. Los sintió estallar bajo su bota como frutas maduras. Acto seguido, giró sobre sí mismo para sacudirse a los que aún se le colgaban, arrancándolos a manotazos y lanzándolos lejos, como si fueran proyectiles de carne. Su respiración se aceleraba, pero no era cansancio: era furia. Con un gesto brutal, agarró a dos de los pequeños dinosaurios de las patas traseras y, blandiéndolos como si fueran mazas improvisadas, comenzó a golpear con ellos a los que le rodeaban. El sonido húmedo de carne contra carne, seguido de chillidos ahogados, era lo único que oía Ubbe en esos momentos. En apenas segundos, los que usaba como armas quedaron reducidos a cadáveres blandos en sus manos, que lanzó sin miramientos contra los que intentaban abalanzarse de nuevo. El suelo a su alrededor era un lodazal de plumas, sangre y cuerpos aplastados. Cada paso que daba levantaba un chapoteo rojo, cada movimiento suyo era devastador. Aunque las garras habían dejado decenas de cortes por su torso y brazos, y la sangre se mezclase con la lluvia, Ubbe mantenía el pecho erguido, los músculos tensos, la mirada encendida por pura rabia. —¡NO SOIS MÁS QUE INSECTOS! —bramó, arrancándose a otro del hombro para partirlo en dos con las manos desnudas. Uno de los pequeños intentó treparle al cuello desde la espalda, clavando sus garras en el costado. Ubbe lo dejó avanzar hasta que notó su hocico a la altura de la oreja, entonces lo agarró del cuello con una mano y lo estampó contra el suelo de cabeza. El crujido fue seco, definitivo. Uno tras otro fueron cayendo, hasta que alrededor del Buccaneer apenas quedaban cuerpos destrozados flotando en charcos de barro y sangre. Ubbe se quedó quieto un instante, respirando con fuerza, la piel cubierta de arañazos y cortes, pero todavía firme, todavía desafiante. Sus gafas, milagrosamente, seguían en su sitio, resbalando un poco por el agua pero intactas. - Putos bichos, que por culo han dado... En ese momento se percató de que al melenas también lo habían asaltado, se trataban de dos grupos de esos bichos peludos, uno había ido a por Sigurd mientras el otro era el que había destruido Ubbe. Cuando Ubbe se acercó a Sigurd para ver como le iba, un fuerte rugido sonó en la lejanía, encendiendo la llama que portaba Ubbe dentro, si ese era el bicho más grande de por aquí, no se iba a quedar con las ganas de darle una paliza.
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RE: [T3 - Presente Relativo] Protegiendo al Mundo de la Desvastacion - Sigurd Haakon - 03-10-2025
Outfit ---- Sigurd de Little Garden
Con las negociaciones acabadas, ya no queda mucho más que tratar. ¿Quién se va a negar a un trato así? Contactos, dinero, dinosaurios y la posibilidad de tener un combate legendario. Eso último es lo que parece gustarle más a Ubbe. Sin duda, corre sangre Buccaneer en sus venas. Lo que llevamos encima es más que suficiente para afrontar el desafío. Frente a la dificultad y la emoción de la batalla, nada nos frena ni nada nos hace falta. Las inclemencias del temporal o del camino no son suficientes para frenar a dos colosos de la tribu más fuerte del mundo. Sin más despedidas ni ceremonias danzantes, nos dirigimos a nuestro destino bajo la tormenta de Little Garden. El camino se hace lento y pesado. La lluvia nos ducha por completo y las poderosas pisadas en el fango nos ralentiza. El clima tropical está en nuestra contra, con truenos que iluminan el cielo y fuertes vientos. La visibilidad es limitada, pero sabemos que solo tenemos que avanzar. Ningun obstáculo del camino es capaz de pararnos los pies. Las rocas vuelan, los troncos son partidos y las raíces traicioneras arrancadas de cuajo. Pero la naturaleza hostil de la isla no se piensa quedar de brazos cruzados, no se va a limitar a ver cómo extraemos los recursos de la zona sin pelear. Los ruidos de la selva se difuminan con el torrencial aguacero que nos está cayendo, y con un ataque sopresa bien ejecutado, una marea viviente nos aborda. Un centenar de criaturas, una mente colmena de lagartos atacando al unísono y de forma coordinada. Antes de que me quiera dar cuenta, Ubbe es golpeado por la ola de depredadores, una estampida que lo envuelve y lo comienza a trepar. Consciente de esto, retomo la iniciativa para no correr el mismo destino que mi compañero. Veloz, engancho a Yggdrasil con ambas manos y ejecuto un barrido poderoso a ras del suelo, con los filos del hacha tan bajo como me es posible. El ataque cercena y desgarra a las diminutas bestias sin piedad, levantando extremidades y mitades apuntadas como quien levanta polvo con la escoba. Con esto consigo alejar y matar a una gran parte, pero la horda sigue en pie y con la capacidad de hundirme con ella. Así que es momento de divertirse. Suelto el hacha y me hago con los martillos. Ambos. Los saco del cinturón y los hago rotar entre mis manos, con una sonrisa malévola dibujada en el rostro. De crío, había visto Bucaneros tan grandes como yo hacer esto con ejércitos humanos. No pienso ser menos que mis ancestros, es hora de jugar a "Whac-A-Mole". Enfrento a la multitud de reptiles de frente, cargando con fuerza. Y cada vez que un lagartijo toca huevos está a rango... ¡¡¡SMASH!!! Un martillazo desciende con la furia de un dios antiguo sobre todo su cuerpo, aplastándolo en el acto. Uno, dos, tres, un cuarto, un quinto... Con destreza y maestría en el uso del martillo, los voy clavando en el suelo como clavos vivientes, en un baño de sangre, barro y muerte. -¡¡¡JARUL JUL JUL JUL...!!! Vamos, más, seguid viniendo más, esto es súper divertido- me descojono en un éxtasis frenético de desolación. Las decenas se amontonan hasta ya no quedar ninguno lo suficientemente valiente o vivo como para darme más problemas. -Vaya... Que poco ha durado...- me lamento, empapado de vísceras reptilianas a la altura de las espinillas. Me alegro al pensar que mi compañero estaba también siendo asaltado por más, pero me desilusiono al ver que ya ha terminado con el grupo que lo atacaba a él y ya viene a echarme un cable. Los dos hemos masacrado a las hordas. Por suerte para ambos, la tormenta rugen con violencia, anunciando que en la profundidad de la jungla nos espera un desafío mayor.
En efecto, cajita feliz
RE: [T3 - Presente Relativo] Protegiendo al Mundo de la Desvastacion - Fuguwu - 03-10-2025 Los cuerpos de los Parvicursores quedaron esparcidos por el suelo embarrado. Plumas empapadas, garras inmóviles, pequeños cadáveres aplastados formando charcos rojizos que la lluvia diluía rápidamente. Ubbe sacudió la sangre de sus manos mientras Sigurd limpiaba sus martillos contra un helecho cercano. Los cortes en sus pieles sangraban, pero ninguno parecía notarlo. Habían sido cien contra dos, y ahora solo quedaban dos de pie. El rugido que habían escuchado antes resonó otra vez, esta vez a 150 metros hacia el norte. Algo grande se movía entre los árboles, haciendo crujir ramas que sonaban como disparos en la noche. Pero ese no era su objetivo ahora. Los cráneos de los reyes marinos estaban justo adelante. Continuaron avanzando los últimos metros hasta su destino. El terreno se volvió más rocoso, con formaciones de piedra caliza que sobresalían 3 metros del suelo. La lluvia empezó a disminuir gradualmente, pasando de diluvio a llovizna persistente. El viento también amainó, reduciendo su furia de 80 a 40 kilómetros por hora. Entre las nubes que se abrían lentamente, la luna llena comenzó a asomarse, proyectando una luz plateada sobre el paisaje devastado. Los cráneos aparecieron ante ellos en toda su magnitud. Dos calaveras colosales, cada una de 25 metros de largo y 12 de alto, blanqueadas por décadas de sol y lluvia. Estaban parcialmente enterradas en la ladera de una colina, sus cuencas vacías mirando hacia el mar. La más grande tenía la mandíbula inferior separada, creando una entrada natural de 8 metros de ancho. Dentro de esa mandíbula abierta había algo que no pertenecía a la antigüedad. Un nido construido con ramas de 10 centímetros de grosor, entrelazadas con barro y hojas. Medía 4 metros de diámetro y se elevaba medio metro del suelo. Y en el centro, parcialmente visibles bajo una capa de vegetación fresca, dos formas ovaladas de color crema. Los huevos. Cada uno medía aproximadamente 50 centímetros de alto y 35 de ancho, tal como la mujer de pelo rosado había descrito. La superficie tenía una textura rugosa, con pequeñas protuberancias que brillaban bajo la luz lunar que ahora se filtraba más claramente. Pero no estaban solos. En la oscuridad del fondo del cráneo, dos ojos amarillos se abrieron grandes como platos. La T-Rex hembra, madre de aquellos polluelos de dinosaurio aun por nacer, había estado allí todo el tiempo, acurrucada detrás del nido, su cuerpo de 14 metros perfectamente camuflado entre las sombras del cráneo. Se levantó lentamente, y su cabeza masiva rozó el techo de hueso a 6 metros de altura. Sus fosas nasales se dilataron, captando el olor a sangre fresca de Parvicursor que los dos gigantes traían encima. Un gruñido bajo vibró desde su garganta, haciendo temblar pequeñas piedras en el suelo. Dio un paso adelante, posicionándose directamente sobre el nido. Sus patas delanteras con garras de aproximadamente 15 centímetros se flexionaron. La cola de 7 metros se movió lentamente de lado a lado, golpeando las paredes del cráneo con golpes sordos que resonaban como tambores de guerra. Entonces llegó la respuesta desde atrás. Un rugido ensordecedor estalló a solo 20 metros de la entrada. El T-Rex macho, padre de aquellos chiquelos aun por nacer, emergió de entre los helechos gigantes donde había estado esperando. 15 metros de puro músculo y furia, con cicatrices que cruzaban su hocico y costado izquierdo. Sus pasos hicieron temblar el suelo mientras se posicionaba bloqueando completamente la salida. Sus mandíbulas se abrieron, mostrando dientes de 30 centímetros que brillaban bajo la luna. Ubbe y Sigurd estaban atrapados. La luna llena iluminaba la escena con claridad cruel. Los dos Buccaneer estaban en la entrada del cráneo, con la T-Rex hembra a 7 metros frente a ellos protegiendo el nido detrás de ella, y el macho a 8 metros detrás bloqueando la retirada. Detrás de la hembra, elevados sobre la plataforma rocosa a 2 metros del suelo, estaban los huevos que habían venido a buscar. El aire olía a reptil, lluvia y peligro inminente. La hembra avanzó otro paso, saliendo parcialmente del cráneo. Su piel escamosa, de un verde oscuro con manchas marrones, goteaba agua de lluvia. Cada respiración era como el fuelle de una fragua gigante. Sus ojos no se apartaban de los intrusos, y su postura dejaba claro que moriría antes de dejar que tocaran los huevos. El macho se movió cerrando cualquier posibilidad de escape. Sus pisadas dejaban huellas de medio metro de profundidad en el barro. Un sonido gutural salió de su garganta. Una advertencia final. La hembra bajó su cabeza hasta quedar a 3 metros del suelo, sus ojos al nivel de los intrusos. Saliva espesa goteaba de sus mandíbulas, formando charcos viscosos en el suelo. Sus músculos del cuello, gruesos como troncos de árbol, se tensaron. Lista para atacar. El macho dio otro paso adelante, reduciendo la distancia a 7 metros al igual que la hembra estaba de ambos Bucanneer. Su cola barrió el aire, derribando un árbol joven de 8 metros como si fuera una ramita. No había escapatoria hacia atrás. No había escapatoria hacia adelante. Solo había dos opciones: luchar o morir. Un trueno distante rodó sobre la selva, pero ninguna de las criaturas presentes le prestó atención. Todos los ojos estaban fijos en el enfrentamiento inminente. Hasta los insectos habían dejado de hacer ruido, como si la naturaleza misma esperara ver quién daría el primer movimiento. La hembra abrió ligeramente las mandíbulas, mostrando hileras de dientes diseñados para perforar armaduras de hueso. El macho respondió con un pisotón que hizo saltar piedras del suelo. Los huevos permanecían en el nido, ajenos al peligro, protegidos por toneladas de furia maternal y paternal. Ambos padres se lanzaron al ataque sin dudarlo un segundo, la madre T-rex a por el más bajito de los Bucaneer con un mordisco que promete partirlo en dos de ser posible, el padre T-rex a por el Bucaneer vikingo imitando el ataque de su pareja prehistórica.
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