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Eterea | Pasado +18 - Versión para impresión

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Eterea | Pasado +18 - Lana - 11-02-2026

Mi túnica de creyente, colgaba ligera sobre mi cuerpo, como una piel que me hacía parecer que pertenecía a algo, aunque en realidad no lo fuera, no era creyente ni nada, y nadie me conocía ni me esperaba, y sin embargo, algunas veces, pocas, algunos me necesitaban para realizar tareas que me ayudaran a ser más obediente. Las mujeres creyentes me habían pedido que fuera hasta el campo y lo hice sin cuestionar su razón, y creo que no escuché ni siquiera el por qué, ni las instrucciones, me distraje totalmente cuando me trajeron un caballito. El animal de profundos ojos no me pedía instrucciones, y así me subí en él, dejando que me llevara por el camino.

En la distancia, el murmuro del viento me traía serenidad y me hacía aceptar el rumbo que el caballo estaba tomando y aunque él caminaba lento, sentí la sensación de que ya nos estabamos acercando a los campos. Decidí bajarme para dejarlo descansar, caminando a su lado y permitiéndome sentir la “aventura” debajo de mis pies, con los aromas de la hierba y la tierra.

Luego el camino de tierra nos llevó donde hay muchas colinas. Observaba cómo la luz del día iluminaba el cesped y disfrutaba demasiado de la vista, de respirar el aire y de no escuchar música. Tal vez era la primera vez que no buscaba ese tipo de diversión o estimulo exagerado donde tomaba como loca o me drogaba hasta no dar más. Sabía que me habían pedido esta tarea no solo para cumplirla sino para distraerme de la herida que estaba intentando cerrar y que me ha llevado mucho tiempo con dolor. Necesitaba reposo más que emoción alocada y la brisa cálida me acariciaba el rostro, revolviéndome el cabello rubio y aliviaba mi cuerpo.

Finalmente, más adelante visualicé los campos y entonces el animal se detuvo y lo dejé libre, sintiendo que el lugar era lo suficiente bonito como para no tener que hacerme cargo de nada, y observé al caballo pastar entre la hierba alta, mientras yo, con dudas, contemplaba si avanzar hacia los cultivos, sin ganas de tareas, sin ganas de ayudar, solo queriendo sentir que todo iba a estar bien sin mi, aunque fuera por este día completo.

Ya estaba en libertad, podía respirarla aunque la túnica siguiera apretando mi cuerpo, mis costillas y apreciando el tiempo que me quedaba decidí hacer lo mismo que el caballo, pero no iba a pastar. Subí por una colina cercana, hasta llegar a lo “más alto” y me senté sobre la hierba, dejando escapar todas las obligaciones, dejando que el sonido del animal comiendo, de los bichitos volando al rededor, del cesped moviendose, me dieran paz. Era rico sentir la vegetación en la palma de la mano, era blando y cómodo.


RE: Eterea [Pasado - Bai] - Bai Mudan - 11-02-2026

El tiempo es una ambigüedad recalcitrante.

Definido a través de la definición de otros conceptos que, a su vez, en un intento por justificarse a sí mismos, solo encuentran significado en el tiempo mismo. Es una rueda de molino: una circularidad donde el pasado se escruta desde el presente, el presente se desdibuja en un horizonte de pasado-futuro, y este último no es más que la proyección de una conciencia que intenta, desesperadamente, cartografiar su propio rastro.

Pero, ¿conciencia de qué? Podría preguntarse uno en la soledad de sus pensamientos —tal y como Bai hace de tanto en cuando.

Y aunque no siempre llega la respuesta a esa compleja duda. Últimamente ha decidido creer que se trata de la conciencia del devenir; del reconocimiento, la negación y la contradicción constante; de la dialéctica de los estados de un ser pensante donde el alma se despliega en una sucesión de conflictos y reconciliaciones efímeras consigo misma.

Sin embargo, solo en días como el presente —en los que, para ella, el tiempo deja de ser el metrónomo obstinado que fragmenta la existencia en segundos estériles y se convierte en un impulso ciego que se repliega sobre sí mismo— es cuando, paradójicamente, se ahoga.

Nada importa el haber esclarecido una de las mayores dudas en la que ni filósofos ni científicos se ponen de acuerdo.

Porque, si algo ha descubierto es que, cada vez que se da cuenta de que en el epicentro de este engranaje cíclico se halla ella —una mujer cautiva de la ironía del lenguaje—, la conciencia de que, al reconocerse, su propia imagen ya se ha desplazado, la asfixia.

Y esa certeza, una vez se fija, hace que parte de su estructura interna se quiebre.

Quizás, por eso mismo, es que ella seguia avanzando. Entercada en que el tiempo logre soldar lo que en ella está fracturado y que, en algún punto de esa rueda, emerjiera una versión de sí misma que no necesite huir ni contradecirse en cada aliento. Pero, sobre todo, una versión que no se desintegre al ser nombrada.

Quizás, por eso mismo, cuando aquella mañana la inquebrantable variable del afecto puro le golpeó con la fuerza de un hombre joven, Bai sintió que la certeza que tenía sobre su compañero había comenzado a desplazarse.

Sin embargo, si eso se desplazaba, debia aceptar que nada era inmutable y que, al final, lo que ella sentía, también iba a cambiar.

Quizás, por eso mismo, reflexionaba sobre el tiempo. Porque, al final, no necesitaba comprenderlo sino que transcurriera lo suficiente como para reconciliarse con la versión de sí misma que ya había empezado a ser.

El suave siseo del pasto húmedo y verde al ceder bajo su peso era todo lo que podía escuchar. Una sinfonía de una única nota a veces acompañada por el terroso sonido de sus botas al rozar la tierra desnuda de la colina.

Mientras tanto, por su cuello, una gota de sudor nació tras su oreja y emprendió un lento y errático descenso hasta perderse entre su ropa; no era un día especialmente caluroso. De hecho, el viento era fresco y sol clemente. Pero su cabellera, esa masa densa y opulenta que caía sobre sus hombros, se había transformado en un aislante térmico asfixiante igual que una trampa de temperatura.

Bai se recogió entonces su cabello con ambas manos como si fuera a hacerse una coleta y el viento acarició su nuca por un momento.

De pronto, la silueta de un animal captó su atención. Se trataba de un caballo solitario, entregado a la mansa tarea de pastar entre la hierba alta que, para ella, apenas alcanzaba una estatura moderada.

En ese momento, Bai, se detuvo un instante, valorando si pasar cerca de él o bordearlo, consciente de que su sola altura solía inquietar a los animales. Así, uso ese instante para pensar y soltarse el cabello que hasta entonces tenía amarrado con sus propias manos. Luego, decidió en un acto de prudencia que lo mejor era obviarlo.

Y en ese nuevo camino estaba cuando de la nada otra silueta recortada en el horizonte llamó su atención.

Salvo que, esta, era pequeña y menuda. 

De esta forma, a un inicio, bajo la incorrecta creencia de que todo el mundo era tan alta como ella y, la pequeñez solo podía ser sinónimo de inmadurez biológica, confundió a la silueta con un niño perdido. Entonces, impulsada por una necesidad casi física de ser útil —y por el deseo urgente de anestesiar lo que sabia— se acercó desde la izquierda hacia donde estaba la mujer que tan apaciblamente se hallaba.

Sin embargo, tan solo verla, se sintió idiota.

Y es que, en cuanto estuvo a escasos metros de ella, aquella silueta terminó convirtiéndose en una mujer adulta que ningún tipo de protección necesitaba de ella. Y
Bai —que no podía hablar— con el rostro teñido de carmesí fruto de la vergüenza, saludó a la dama con un gesto mudo al tiempo que sonreía con nerviosismo.

Quizás, en cualquier otra ocasión hubiera hablado. Pero no aquel día. No en aquel momento. Y aún menos tras aquella torpeza.

Mientras tanto, sus alas sufrieron un estremecimiento impulsivo; un espasmo de seda blanca que delató ante la forastera que algo se  sacudía el interior de la birkiniana. Y es que, para ser honestos, había una armonía estética en aquella mujer, una belleza exagerada, que Bai se veía incapaz de categorizar bajo sus esquemas habituales.  Y aunque sospechaba que el origen de su agrado residía en la amalgama sensorial que la envolvía —ese aroma a petricor, a tallos rotos y a la humedad del rocío—, para una mente tan rigurosa como la suya, el sólo ser una hipótesis aromática, no era algo en lo que terminara por confiar.

Karmas que van siempre con Bai



RE: Eterea [Pasado - Bai] - Lana - 12-02-2026

La suspensión delicada del ambiente me había llevado a sentarme en lo “alto” de la colina, con las piernas dobladas por el ajustada túnica me hundía en la hierba fresca, los tallos más gruesos del césped se deslizaran entre los dedos sintiendo lo blando y suave que con un movimiento brusco podría terminar con romperse, pero las caricias eran delicadas para que eso no ocurriera. El caballo pastaba unos metros más lejos, arrancando el césped con una lenta paciencia indiferente, y el silencio más la brisa, me hacía escuchar cada crujido del animal cuando se alimentaba.

Volví mi mirada al horizonte, con la brisa moviendo los mechones rubios que tapaban mi rostro con rebeldía desconsiderada sin querer no me ayudaba a despejarme la vista y entrecerrando apenas los ojos no enfocaba el horizonte. La túnica seguía apretando mis costillas al inclinarme, pero ya no me molestaba tanto,  aunque daban muchas ganas de querer romperla, al menos un poco, porque por ahora estaba sola, sentía la confianza de hacerlo y al llevarme las manos a la tela la sentía delicada, dispuesta a ceder si quisiera estirarla.

Estaba a punto de hacerlo, hasta que escuché las pisadas del animal acercándose, dejando de pastar para venir a mi a acompañarme, pero el caballo estaba con la mirada fija hacia la izquierda, donde desde allí, también podía escuchar otras pisadas desde ese ángulo lateral, quebrando lo que creía que estaba en solitario, podía tratarse de algún otro animal más. Miré hacia esa dirección, levantándome del cesped con las manos atrapadas en la tela de la tunica, me quedé observando hasta ver una silueta grande poryectandose y distinguí a la mujer. Alta, demasiado alta, aunque desde donde me encontraba era fácil confundirse de que su altura era de una mujer común.

El viento la acompañaba moviendo su cabello y tenía alas, unas alas blancas, majestuosas e inquietas lo que me llamó mucho la atención y me parecía bastante tierna. Mis manos soltaron la túnica para devolverle el saludo con la mano, mirando el estilo de vestimenta que llevaba intentando reconocerla por si se trataba de alguna de las creyentes, pero no tenía túnica. Cuando el caballo bajó la cabeza, retomando su tarea, decidí dar unos pasos para acercarme a la mujer. Y cada vez más se acortaba la distancia, me volvía más pequeñita.

Nerviosa a que me diera una tarea le saludo —Hola, no estoy haciendo nada. Miau. Digo… no estoy haciendo nada raro. Sí, a eso me refería…— Me acomodé la túnica con torpeza, como si de pronto se pusiera más apretada de lo que ya era y luego guardé mis manos atrás de la espalda sin quitarle la vista encima. —Si vienes a darme una tarea… podrías… no sé. Fingir que no me encontraste. Sería muy noble de tu parte— ladeé la cabeza y miré especialmente las alas, tan limpias. De nuevo el viento volvió a molestar y tuve que usar mi mano para tirar el cabello detrás de la oreja. —Miau. Disculpa… ¿Como te llamas? Soy Lana, ¿eres de por aquí? No pareces ser una monja como yo—. Le pregunté con curiosidad a la mujer con apariencia muy hermosa con un color intenso en esas mejillas


RE: Eterea [Pasado - Bai] - Bai Mudan - 15-02-2026

Vestimenta de Bai en Samba


Lo primero que atrapó su mirada una vez la distancia entre ambas mujeres disminuyó, no fue el rostro de la mujer sino la superficie que lo precedía y que parecía asfixiarla como una segunda piel o la muda de una serpiente. Y es que, a decir verdad, aquella delimitación textil, lejos de ocultar la privadez del cuerpo, subrayaba cada contorno con la precisión de un corsé como si la carne necesitara ser expuesta ante el campo visual de los otros.

Tsk.

Bai chasqueó la lengua mientras sostenía la mirada sobre su cuerpo durante unos segundos más de lo que cualquiera hubiera juzgado como aceptable.

Y es que, inevitablemente para ella, Lana —bajo aquellas condiciones— era pura contradicción. ¡Qué distinto era para su propia estirpe, donde el cuerpo no era un una vergüenza, sino una naturalidad!

Pero, ¿y si aquella era, precisamente, la función de la ropa en su mundo?
¿Vender una imagen sin conceder la totalidad?
¿Ofrecer sin llegar a entregar ?
Tal vez no se trataba de cubrir el cuerpo, sino de administrarlo; de convertirlo en un discurso medido o una negociación entre lo visible y lo reservado.

—Hmm —entre sus labios escapó un murmullo en forma de vibración que pronto se perdió en el rumor del aire. Al mismo tiempo, levantó la mirada hacia los ojos ajenos y la hipótesis comenzó a desplegarse en su mente.

Sin embargo, aquel momento apenas se extendió en el tiempo. Y es que, sin quererlo, la otra mujer la interrumpió.

Bai regresó entonces al presente con un parpadeo casi imperceptible y, atrapada en su propio mutismo, ladeó la cabeza con una curiosidad lenta y animamesca; mas no se trataba de un gesto instintivo, sino de una forma de escucha total, como si con aquel inocente gesto pudiera descifrar el verdadero significado de aquellos sonidos tan extraños para ella.

—Bai —articuló al fin, llevando su mano hacia el centro de su pecho repitiendo un gesto que le había enseñado uno de sus compañeros y que, en realidad, quería decir: «yo soy».

Después, con cuidado y gran medida en sus gestos, hincó una rodilla en la tierra húmeda para mitigar el abismo que las separaba. Y, aunque todavía era notoriamente grande para Lana, al menos, ahora, su mirada era mucho más cercana.

—¿Tú? —inquirió entonces, extendiendo su mano con  delicadeza y traspasando el espacio privado de la otra —¿Cómo te llamas? —terminó preguntando mientras sus dedos rozaban el centro del pecho de la muchacha, justo bajo el nacimiento de la clavícula, deseando que aquello sirviera de puente sobre el vacío de sus lenguas.

En ese instante, el viento cobró fuerza para jugar con ellas.
Reptó por debajo de su chaqueta de cuero y la agitó con una mano invisible, haciéndola ondear con un siseo sibilante. Después jugueteó con su cabello, enredando los mechones blancos con los oscuros en un desorden cromático.

—Bai — volvió a tocarse a sí misma intentando reafirmar su nombre.

Y, mientras tanto, sus alas, molestas por la intrusión del aire, se quejaron con un leve crujido de plumas y se replegaron con firmeza contra su espalda, buscando refugio en sí mismas para evitar ser alborotadas por la brisa.


RE: Eterea [Pasado - Bai] - Lana - 17-02-2026

Sentí la mirada de la mujer alta y alada posarse sobre mi con sus ojos celestes que se desplazaba con atención sobre mi túnica, sentía como la recorría, no estaba segura si me estaba cuestionando o simplemente observando con curiosidad de cómo era mi cuerpo o tal vez no sabía de qué era mi túnica.  Sin asi no me dieron ganas de cubrirme más ni de cerrarme, porque en el fondo, muy en el fondo tenia muchas ganas de soltar la ropa que llevaba, de aflojarla, de dejar de sentirla tan pegada a mi cuerpo. Sentía el calor de mi estómago subir lentamente a mi rostro, a mis mejillas y no era un calor que fuese de la vergüenza, sino solo era el hecho de que me observara sin palabras. ¿Qué estará pensando? 

Luego la escuché chasquear la lengua, fue un sonido breve, pero suficiente para que mi corazón diera un pequeño brinco torpe dentro del pecho, como si primera vez me importara lo que otra persona pensaría de mi. ¿Había hecho algo mal? Esa pregunta aparecíp sola, fruto de años de obediencia y que por cada cosa que hacía tenía que corregirla tras un castigo. La mirada de la mujer me hacía hasta sentir cosquillas en mi piel, una sensación extraña, no recordaba que alguien me miraba tanto. No parecía que quisiera reclamar algo, pero tampoco se veía indiferente.

Por un momento olvidé la túnica, el campo, el caballo que pastaba, olvidé el motivo por el que había llegado a ese lugar. Todo eso quedó en segundo plano cuando ella dijo su nombre y se tocó el pecho, un gesto tan simple como su nombre, y cuando se hincó la rodilla en el cesped para hacerse más pequeña, para reducir la distancia entre nosotras, mis hombros se relajaron y en mis labios se dibujó una sonrisa que no tuve que forzar. No era una mujer intimidante, a pesar de su altura y de sus hermosas alas. Era interesante, era normal, tranquila y me hizo sentir segura de una forma de la que no estaba acostumbrada. 

Y entonces, de repente, vi su mano cruzando el espacio entre nosotras y sus dedos rozaron justo debajo de mi clavícula, el contacto fue tan suave, cuidadoso que no reaccioné con rechazo, al contrario, mi cuerpo respondió inclinándose ligeramente hacia su mano, buscando ese calor, esa presión leve. Tomé la mano de Bai y apoyé mi carita sobre su piel, rozándola despacio, acariciando con la mejilla, porque su contacto era rico y me estaba gustando más de lo que podía explicar.

—Lana— dije después, mirándola a los ojos con algo más que nervios, con una chispa distinta, su vestimenta era bonita, distinta, lo más probable es que se tratara de una guerrera, pero era una guerrera tan tranquila, tan medida en sus deditos que su ternura me tomó por sorpresa, esa como el viento agitando su hermoso cabello de dos colores, y también como el mio que se movía.

Pero cuando volvió a repetir su nombre, separando su mano de mi, senti un vacio. Me sentí un poco triste, como una niña pequeña, no porque ella me hubiera hecho daño, sino porque quería más. Dudé un instante si me podía acercar, pero el deseo de recuperar la sensación anterior se adelantó. Entonces me acerqué con pasos cortos, y sin pedir permiso puse sus manos sobre su muñeca primero, después, despacio, con cuidado, guié su mano otra vez hacia mi clavícula, repitiendo lo que había hecho antes, apoyando mi rostro en su piel.

—Por favor, acaríciame otra vez— pedí en voz baja. Fue extraño reconocer que me gustaban sus caricias, siendo que ya las había sentido en otro lado, en otros contextos, pero que no siempre habían sido tan cuidadosas. Sabía también que podía ser aplastada por sus manos si la otra quisiera, era consciente de nuestras diferencias, y aun así, o quizas por eso mismo, es que de igual forma esperaba que me aplastara tanto como ella quisiera, sin lastimarme, claro, pero con su ternura.


RE: Eterea [Pasado - Bai] - Bai Mudan - 18-02-2026

El roce de su tersa piel contra su mano hizo que Bai se estremeciera, pues, con la fuerza de una descarga leve, la tibieza sedosa de Lana atravesó sus yemas y le encendió el pulso.

Mas no había el tacto que lo había provocado. Sino esa especie de vibración íntima, de una vida ajena palpitando bajo la suya, exigiendo —sin palabras— ser reconocida de tal forma que, ahora, recaía sobre ella.

Sobre Mudai.

Sin embargo, lejos de reaccionar con sobresalto, se limitó a contemplar los gestos, permitiendo que la pequeña mujer se deleitara. Así, tendría tiempo suficiente para demorarse en el contorno de su rostro o en la respiración apenas alterada, mientras descifraba lo que realmente pasaba. De esta forma, sus orbes azules, calmos como un río que esconde corrientes profundas bajo la superficie, recorrieron de nuevo su tez mientras se preguntaban si Lana habría creído, por un instante, que ella no era real.

Tal vez sí.

Porque había algo en la forma en que la tocaba que le recordaba a la devoción de un creyente. Salvo que este creyente no parecía creer en fe y misticismo, sino en la necesidad de comprobar la materia.

Aquel pensamiento desestabilizó la lógica implacable de Bai.

Y qué violento podía ser un gesto tan mínimo.

Sobre todo cuando los ojos ajenos e intrusos, como los de Bai en aquel momento, se encontraban desnudando cada matiz y tensión imperceptible hasta irse a posar en los labios en un intento por comprender qué se agitaba detrás de esa mujer.

Sobre todo cuando, sin quererlo, la propia quietud de Bai —su rostro inmutable y casi severo— terminó por convertir a Lana en algo atrapado bajo el peso de su juicio.

¿Era eso lo que Lana buscaba?

¿La certeza brutal de existir en los ojos de otro?

¿La confirmación de su forma a través de una caricia que la anclara al mundo?

O… ¿Era Bai quien necesitaba esa prueba?

La duda le rozó el pecho con más fuerza que el contacto inicial.

Lo atravesó como una flecha al atravesar la carne y exponerla como una flor goteante carmesí.

Entonces, con una lentitud lánguida, Bai deslizó los dedos hasta el mentón de Lana buscando explorar. Como si, al alzar apenas su rostro, intentara descifrar qué significaba todo aquello para la otra… y, en el mismo movimiento, para sí misma.

Pero aquello no terminaría así.

Y es que, después de volver a señalarse a sí misma en busca de que reconocieran su nombre, la mujer hizo algo que jamás imaginaría.

La distancia volvió a acortarse, provocando en Bai una desconocida sensación; la gran mayoría de animales solía verla como un coloso del que huir, pero aquella muchacha, tan menuda y frágil, había hecho todo lo contrario.

Sus alas se desplegaron junto al sonido de un golpe seco, mostrando lo que sentía y no podía decir. Mientras tanto, permitió que Lana volviera a tomar su mano y la colocara sobre su pecho.

¿Por qué?

La pregunta latió en su interior cuando comprendió hacia dónde Lana conducía su propia mano.

¿Por qué esa apertura abrupta hacia un territorio que, por su naturaleza intrínseca, debía permanecer vedado?

¿Acaso era la concesión de una existencia a una necesidad que hasta entonces había logrado ignorar?

O tal vez... Tal vez porque el deseo de existir y de afirmarse en otro era más hondo de lo que podía verbalmente admitir, es que el hambre que parecía atravesar a Lana también parecía ir más allá de lo fisiológico.

¿Era eso lo que buscaba?

¿Ser confirmada a través de la carne?

Sin saber en qué instante su voluntad cedió, la otra mano ascendió hasta el cuello ajeno, obedeciendo al impulso erótico que siempre la acompañaba. Entonces, rozó con una indecisa ternura su piel; apenas había sido un temblor leve.

Pero, conforme se sentía aceptada, estas empezaron a descender. Primero, lentas por la curva de la base del cuello y, luego, extraviándose entre las hebras doradas de su cabello.

Ahí, con una delicadeza impropia de su tamaño, jugó con el oro vivo que se derramaba entre sus dedos.

Luego, deshizo el pequeño enredo, liberando los mechones con cuidado, y su mano continuó ascendiendo deliberadamente hasta encontrar la arista firme del mentón.

—¿Estás bien? —susurró, volviendo su voz un aliento tibio suspendido en la distancia mínima que las separaba.

Y, mientras hablaba, con apenas presión, elevó el mentón de Lana, invitándola a que la mirara.

Sin saber muy bien por qué, su otra mano se acercó hasta el cuello ajeno y lo acarició con ternura. Las yemas de sus dedos recorrieron la base de este hasta enredarse en las hebras doradas de su cabello. Era igual de hermoso que ella. Con un suave gesto deshizo el enriedo y su mano ascendió hasta llegar a la angulosa marca del mentón.

—¿Estás bien? —susurró en medio de la intimidad mientras caminaba por su mentón.

Y tras ello, lo elevó con cuidado para que le mirara a los ojos.

En ese instante sus ojos brillaron, ante la súbita comprensión de que, sin haberlo decidido de forma consciente, ya había aceptado. Y no porque hubiera habido palabras o gestos de por medio, sino porque había ocurrido en el momento exacto en que permitió que sus manos permanecieran sobre su cuerpo sin retirarse.

Y qué perturbadoramente bien se sentía aquello.

De repente, la presión de sus dedos en el mentón cedió. Su pulgar, en cambio, ascendió con una reverencial lentitud. En ese momento, sus ojos descendieron hasta los labios ajenos —plenos, encendidos como una rosa que acaba de abrirse— y se permitió tocarlos.

El roce apenas fue una línea tibia que delineó su contorno.

—Lana... yo —su voz osciló durante un breve instante, pues el calor sofocante de la carnalidad comenzaba a despertar en su vientre, respondiendo al gesto con una intensidad inesperada.

Y aun así había algo más profundo.

Una necesidad de cercanía que se había negado a aceptar con otros.


RE: Eterea [Pasado - Bai] - Lana - 21-02-2026

Su mano en mi mentón me obligo a mirarla, me sostuvo el rostro y mis ojos celestes se detuvieron al ver los de ella y los suyos eran mucho más claros, más brillantes bajo la luz.

Quedé tímida, sorprendida cuando sentí el roce de sus dedos sobre mis labios y estos se entreabrieron, mostrando un poco de mis paletas en un gesto involuntario, como si quisiera respirar por la boca porque no bastara con solo respirar con los pulmones, me faltaba aire. Me delineaba el contorno de la boca con lentitud, dejé que lo hiciera y que se tomara su tiempo, yo solo seguía con mi respiración que estaba un poco alterada, pero mantuve la compostura, tranquila y sin apartarme.

—Estoy bien, bastante bien jisjisjis Es un bonito día, ¿será que estamos en el cielo?— Era de esperarse si me morí hoy, de tantas estupideces que me encantaba hacer y de todas las personas que conocía las provocaba como para causar algun tipo de pelea, pero ahora era un día distinto. Eché mis manos hacia atrás de la espalda, entrelazando cada uno de los dedos, acostumbrada a hacer eso porque me creía una chica buena, una niña aplicada que confiaba en la desconocida con grandes alas. 

Y mientras la miraba esperaba que aquello si fuese el cielo, el paraíso o cualquier versión, necesitaba un poco de fantasia para dejar de lado el trabajo, la rutina y las tareas que la iglesia tanto me pedía. Necesitaba creer que por un momento no tenía que hacer nada más que pasarla bien, como siempre lo hacía.

Me quedé bastante rato sintiendo su tacto y mi pecho subía y bajaba con cada respiración, pero era mi abdomen el que delataba lo que me pasaba por dentro, los músculos se contraían y tiritaban por las cosquillas que me producía lo que ahora, cosquillas nerviosas, para nada incomodas. —Miau. me gusta cuando me tocas así— Le dije con las mejillas sonrojadas y los ojos casi achinados, tal vez ya me estaba convirtiendo en un animal. —No me han tocado tanto antes, no así, lo siento, no se siente lo mismo que cuando me cambian o me acomodan la ropa—. 

—Nunca había visto a alguien como tú tan hermosa— mordí mi labio inferior, y aunque la palabra me supo grande no la retiré, porque sabia que después no la iba a recordar. Tenía muy mala memoria con las personas que conocía, los rostros, los nombres. Necesitaba asociarla a una sensación fuerte, creo que eso es algo que he estado haciendo inconscientemente. 

Incliné un poco mi rostro, presionando más mi boca, mis labios blandos y rosados sobre su dedo, cerré los ojos y se lo besé, un beso pequeño, y el calor volvió a concentrar en mis mejillas y bajó hasta el pecho. Tras ese beso, mis manos que hasta entonces las había dejado escondidas detrás de mi espalda, salieron y las llevé a la suya, deslizándolas por su muñeca notando la diferencia de tamaño. 

—Ven, siéntate conmigo, o acuéstate, lo que quieras, miau Jisjisjis— Reí bajito con una sonrisa juguetona, retrocediendo con pasos pequeños,, pero mi intención no era alejarme ni distanciarme ni romper el contacto, sino para darle un espacio al lado mio. Entonces me dejé caer despacio sobre el pasto que estaba un poco alto, la hierba se sintió suave bajo mis muslos, mis piernas que estaban dobladas hacia un lado.

Di un par de palmadas en el pasto marcando el lugar para ella y acomodé mi cabello rubio detrás de la oreja, aunque el viento no ayudaba.


RE: Eterea [Pasado - Bai] - Bai Mudan - 22-02-2026

A veces, Bai creía comprender lo que los otros decían; otras, en cambio, la comprensión se desvanecía antes siquiera de llegarse a formar. Y es que, su lenguaje, nacía de una mezcla extraña de idiomas, una amalgama única, propia de criaturas tan irrepetibles como las que formaban a su estirpe. Por ello mismo, profundamente solitaria. No obstante, no resultaba extraño que ciertos sonidos resonaran con familiaridad en la lengua común de los mares pues, al fin y al cabo, su lengua también había tomado palabras de ese idioma.

Quizá por esa misma ilusión —mínima e incierta— es que el calor del deseo había empezado a insinuarse en su interior deslizándose por sus entrañas. O quizás, al Lana permitirle dejarse llevar por sus instintos más primitivos y territoriales, es que el calor descendía con una lentitud que sofocaba, reptando por regiones que Bai jamás había concebido vulnerables a ese tipo de fuego.

—Lana... —Durante un instante creyó entender a la otra o, más peligrosamente, creyó entender que aquello que hacía le era permitido —. Yo... quisiera también tocarte —comentó —Pero no me atrevo porque no te acabo de entender.

Su corazón estaba desbocado y empezando a imponer su propio idioma y normas.
Cada latido cerraba un poco más sus oídos a las palabras ajenas, perforando el hilo del pensamiento hasta sustituirlo por una conciencia puramente física. El pecho, en cambio, agitado por una lujuria que no terminaba de reconocerse como tal, adoptó un ritmo nuevo y más profundo, más lento pero también más pesado; la respiración por otro lado se expandía contra la pechera metálica, y la presión de ese límite material transformaba la sensación en una forma sutil de asfixia, íntima y extrañamente placentera.

Bai se movió al oírla hablar de nuevo. Inclinó la cabeza con un gesto instintivo, animal, semejante al de un perro que intenta descifrar el tono de su amo más que sus palabras y, aunque el cambio fue mínimo, fue suficiente para que su centro de gravedad se desplazara; la rodilla cedió unos centímetros y la hierba tembló bajo su peso. Su mirada descendió entonces, breve y cautelosa. No deseaba hacerle daño. No deseaba romper el equilibrio frágil que las sostenía. Pero, durante un instante, su atención fue únicamente la distancia entre ambos cuerpos.

Así, cuando volvió a alzar la vista, el carmesí natural había conquistado la piel de Lana.

—No creo que pueda contenerme...

Al ver cómo Lana se mordía sobre su propio labio, Bai se estremeció en un intento por contener el impulso que la incitaba a ir más allá.

Y, aun así, no fue eso lo que la desarmó. Fue el beso y el contacto. La yema de los dedos de Lana descendiendo por su piel,  sintiéndose helada contra su  calidez y regalándole una sensación de una invasión exquisita. Una sensación similar a una estela de frío que recorría su muñeca erizando la piel a su paso y tensando la carne en una respuesta involuntaria.

—¿Qué es lo que?

Bai la observó por un momento sin saber muy bien que hacer; su cuerpo se inclinó hacia adelante cuando ella retrocedió, dejándose vencer por los suaves tirones de la muchacha. Luego, cuando ella se sentó, inclinose un poco más salvo que, esta vez, sobre el diminuto cuerpo de Lana.

Desde su posición privilegiada, Bai sabía que podría someter a la muchacha sin dificultad. Sin embargo, la conciencia de esa ventaja no iba dirigida hacia la violencia sino hacia una tensión silenciosa que le recorría la boca hasta volverla húmeda.
Estaba salivando como un perro.
Lana parecía pequeña desde allí, vulnerable, tentadora y la invita a abalanzarse. Pero Bai no era así. No del todo.

Así que reprimiendo sus instintos más primarios, colocó una mano sobre la hierba, exactamente en el lugar que la joven había palmeado, como si aceptara esa muda señal. Mientras tanto, la otra descendió con cautela y, más que empujar, guió a la muchacha hacia la frescura del suelo verde.

–No me odies –masculló lamiéndose los labios para que Lana no se percatara de que tenía fauces por boca en aquel momento.

Entonces, la hierba cedió bajo sus cuerpos, liberando ese aroma verde y húmedo que parecía intensificar  las sensaciones.

Cuando ya estuvo encima de ella, su rostro se acerco a su oído para susurrar primero su propio nombre y después el de la otra. Bajó la mano con la que la había empujado y tomó la de la muchachapara llevarla hasta su reluciente pechera y que ella se la quitara.

—Por favor... —suplicó entre susurros para luego acercarse a su cuello.


RE: Eterea | Bai | Pasado | +18 - Lana - 23-02-2026

La mujer hablaba, sus lindos labios se movían de una manera que me enloquecían por dentro, su voz la escuchaba, pero el problema es que no entendía nada, nadita. Ninguna palabra, solo podía escucharla hablar con ese tono de voz tan atractiva que tiene. —Lo siento, pero yo… mmmiau… ¿me entiendes lo que te digo?— no me atrevía a decirle que no sabía lo que decía y no podía saber si lo que decía era importante, tenía mucha curiosidad, mucha, porque ella me tocaba más y más a mi y mi respiración se recortaba, provocando que me pusiera completamente roja, sentía un inmenso calor, no solo en mi cara, era en todo mi cuerpo. Me quemaba por dentro. ¿Esta sensación significa que estoy haciendo algo mal?

Es que es tan hermosa, su cabello castaño cayendo y esa otra mitad suya que había perdido el color, era una dualidad en su apariencia que me intrigaba bastante, casi de forma obsesiva, había algo, quizás su boca… muchas cosas de su aspecto que me llamaban la atención y para alguien como yo, que para fijarme en alguien era completamente dificil, con suerte fingía que me importaba. No es normal que me detenga y que la permita a ella hacerme sentir cosas. Mis ojos no se detienen en casi nadie. No quería usar mi cuerpo como una herramienta más ni una forma de obtener algo, como suelo hacerlo o suelen querer pedirme. No sentía ahora que estuviera usando mi cuerpo como instrumento para pagar una deuda o para no estar aburrida.

Con ella era diferente, deseaba que me tocara, que se acercara y dejaba hasta que sostuviera mi rostro, y con mi mente un poco disociada, pensé que sería una pena si las dos estuviéramos en el cielo, muertas, prefería que esta oportunidad fuese en la realidad, no siempre me encontraba con alguien con quien nunca creí que estaría acompañada o haciendo estas cosas. Nunca me imagine que estaría tendida en el pasto, mientras que Bai me daba lo que quería.

¿Qué podía darle yo? Suelo pensar que estoy carente de ternura, que no tengo nada dentro, que estoy contaminada. A veces pienso que soy solo una apariencia bonita y nada más. Pero mi corazón palpitaba con fuerza cuando la mujer alada pronunció mi nombre y que quería tocarme. Me gustaba que, aunque sentía tan poco, era directa y sus gestos creo entenderlos. Entonces puede que sí tenía algo dentro, algo que se estaba expandiendo y ocupando espacio, si no lo dejaba salir me iba a ahogar, por eso la invité a que se quedara conmigo. Asi que eso podía darle, podía dejar que me controlara, al menos lo que ella deseara.

Cuando acepto mi invitación a que me acompañara, ella se movío sobre el cesped, acomodando su cuerpo enorme y elegante. Por más que se moviera quedaba más cerca mio, pero eso no iba a borrar nuestra diferencia de altura ¿me gustaban las mujeres altas? ¿Me gustaban las mujeres? Nunca me había detenido a preguntármelo, honestamente. Tanto tiempo rodeada de hombres, tanto tiempo siendo obligada a que otros cumplan expectativas ajenas, pero no lo hacía, me jodía hacerlo de personas que no me interesan ni un poco. Estaba cansada de que otros decidieran por mi como debía amar, con quien debía estar.

Seguí sus movimientos con atención, ella se inclinaba sobre mi, y no me sentía vulnerable, me sentía, de algún modo, bendecida que una mujer tan hermosa me estuviera viendo de una forma en que los hombres también me habían visto, pero la sensación es completamente distinta. ella hacia que fuese diferente. No encontraba que ningún hombre fuese digno de mi atención, no me nacía.

¿Pero cómo sería malo querer sentir sus caricias? Por mucho tiempo no las sentía, vaya que niña me he puesto con ella, sin embargo, una tranquilidad yacía en este momento, la mujer alada no parecía ser que me juzgara. Si no la entendía, solo me quedaba mirarla más, leer su cara, sus gestos, ay y su cuerpo. Ella me movió, su tacto me hizo aceptar caer en el ceped, derrotada. Mis ojitos los entrecerré más cuando ya la tenía frente a mi, su rostro es muy bonito, sus ojos brillaban, su boca seguía siendo tan… dios… perfecta… Dijo algo más, cerca de mi oído, pero no le entendí, más bien… me sacó una risa porque me dió cosquillas —Jisjisjis No entiendo lo que dices— Observé cuando remojó sus labios y mi estómago se apretó solo por verlo.

Tomó mi mano con la suya y la guió hasta su pechera, mis mejillas seguían rojas —Es muy bonito lo que llevas encima— Deslicé los dedos por el material de su pechera, toqué con las yemas por los detalles que tenía y luego mis ojos se abrieron al admirar su piel expuesta, podía ver como se le formaba su escote, su ceno, la forma de sus pechos. —Que linda eres… Ay, perdón, espero no estar molestándote, no me mires mal, ¿sí? Me gusta tanto el cariño, tus manos, y tu cuerpo ahora está… sobre mí… me causa… ahm…— Desvié la mirada rojiza hacia el lado derecho, la veía de repente de reojo con mi carita de culpable.

—¿Está todo bien? ¿sí?— pregunté tímida, luego como pude… bajo el peso de su cuerpo, de su presencia, me moví hacia un lado y me recosté boca abajo sobre el pasto, cuando me acomodaba jugué un poco, levantando el trasero hasta rozarlo contra su cuerpo. Mis caderas ayudaban para moverme y el tacto me causaba una corriente desde mis nalgas hasta mi corazón. Hasta que finalmente me quedé tranquila, mostrándole mi espalda, con mis manos llevé el cabello rubio hacia un lado dejando a la vista los botones de la túnica que me oprimia el cuerpo —Tengo mucho calor… esto me aprieta— Dije en voz baja, mirándola de reojo, llevando mis manos sobre mi boca.


RE: Eterea | Bai | Pasado | +18 - Bai Mudan - 27-02-2026

El olor a petricor que exudaba Lana —mezcla húmeda de tierra herida y piel tibia— se deslizó minuciosamente por sus sentidos hasta instalarse en lo más hondo de sus entrañas, dispuesto a enraizar.

Y es que, lejos de lo que ella pensaba, había sido una invasión lenta y parasitaria a la que su cuerpo había respondido mucho antes que su pensamiento en forma de dulce tensión expansiva; la piel se le erizó y sus pupilas se abrieron con una violencia oscura para luego contraerse en un gesto súbito.

Era la conciencia, llegando tarde. Llegando siempre tarde. Desplazándose hacia un margen estrecho mientras otra fuerza —más vieja que el lenguaje y más profunda que cualquier razonamiento— reclamaba el centro de su ser.

—Déjame... —Sus palabras murieron al sentir cómo la estructura primordial que sostiene toda pasión verdadera se tambaleaba por el contacto de Lana. Pues este había logrado que su pensamiento se viera sofocado, relegado a un rincón donde apenas podía observar cómo el animal interior que poseía emergía con una fuerza casi sagrada.

Suspiro.

Bai lo contuvo todo en un trémulo y volcánico suspiro que pronto descendió por el cuello de la muchacha como una caricia invisible.

De la nada, la luz comenzó un diálogo silencioso con su piel. El sol rozaba su cuerpo, y sus ojos, incapaces de sostenerse, se deslizaron hacia abajo, hacia las manos de Lana, que con destreza habían liberado su torso de la pechera; la armadura cayó sin resistencia, dejando al descubierto su piel semidesnuda, suave y tibia, apenas contenida por lo que parecía ser un rudimentario sujetador.

Acto seguido, la rubia se dirigió a ella y Bai, de nuevo, inclinó la cabeza como si la fuerza rotativa le fuera a ayudar a entenderla mejor.

—Qué...

El contacto de Lana con el bajo vientre de Bai despertó un impulso primitivo que creía imposible en su especie; su cadera se apretó tanto como pudo mientras un estremecimiento recorría su cuerpo antes incluso de que la mente pudiera intervenir.

—Ya entiendo... —Murmuró la birkiniana mientras su pelvis se pegaba con lentitud al trasero de Lana, despertando al animal que ronroneaba bajo su piel.

Tras ello, marcando un vaivén sutil, la tela rígida de la brageta y el cinturón comenzaron a presionar con insistencia su piel. Por supuesto que no era comparable a otras sensaciones más físicas, pero, por algún desconocido motivo, contra más se ajustaba aquella rigidez a los contornos de su trasero, más estremecimientos y calor concentrado en la espalda, caderas y hasta las puntas de los dedos, sentía.

—Espero te guste lo que te puedo ofrecer —añadió separando su pelvis para dejarle mover.

Pronto la piel virgen se volvió un paisaje en el que deseó perderse; la sedosidad de aquella espalda era tentadora. Sus manos se movieron entonces con una devoción pocas veces vista en ella y, bajo la constante sensación de que algo en ella comenzaba a ceder, lentamente los botones saltaron de uno en uno. Después, cuando no quedó guardián alguno para custodiar su cuerpo, sus manos quedaron suspendidas en el aire, temblorosas, preludiando el gesto de tocarle.

Nada.

La izquierda tembló de repente con ligereza; su pecho enchido por el silencioso deseo se entremezclaba con la imaginación y le recordaba que había estado largo tiempo sin respirar. Sin embargo, antes de exhalar, decidió calmar sus nervios bajando las manos de golpe mientras su mirada, regresando una y otra vez al rostro de Lana, se sentía incapaz de renunciar por completo a la contemplación de sus bellas expresiones.

Estaba helada.

Una exhalación surgió entonces como una germinante queja a un chispazo inexistente, fruto de dedos rozando la carne ajena.

Sus manos se decidieron entonces a explorar su ropa, adentrándose con cuidado, rozando sus paletas hasta subir hacia sus pequeños hombros incendiarios.

En ese momento se percató de su cuello desnudo, firme y apetitoso, reclamando sus labios sobre él.

Presa del impulso animal, Bai retiró una mano de la ropa para clavar su antebrazo en la tierra y anclarse. Después, con cuidado de no hacerle daño, pegó su cuerpo al de Lana y mordió con suavidad la falda de aquella montaña blanca.

Sin embargo, aunque su fuerza había sido medida, era la misma que usaba con otros pretendientes en encuentros casuales. Hombres altos y robustos que contrastaban con la fragilidad de la hermosa mujer que estaba entre sus garras. Así, quizás, pese a su suavidad, esta hubiera podido ser desmedida para la contraria.

Mientras tanto, su otra mano fue contorneando la figura de la Venus pálida.