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La danza del acero [AV. T1- Presente Absoluto] - Versión para impresión

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La danza del acero [AV. T1- Presente Absoluto] - Kibai - 13-02-2026

Reino de Samba: Tierras Bajas (Orillas del Río)
Fecha: Día 88 de Primavera - Año 17

Las noches en la isla de Samba eran de todo menos silenciosas. Desde casi cualquier punto de la isla se podía escuchar una vibración profunda que recorria la tierra y subía por las plantas de los pies. A orillas del inmenso río que corta el reino como una cicatriz de agua, un gran poblado, compuesto en su gran mayoría de las humildes viviendas de los más humildes, parecía a punto de estallar con el bullicio de sus habitantes. El eco de los tambores de cuero de animal resuena contra la Selva Anozama, creando un ritmo constante, casi hipnótico, que marca el latido de la festividad.
Imagen del panorama


El panorama se divide en tres focos de actividad frenética, conectados por senderos de barro pisoteado y la luz vacilante de miles de antorchas:

Ubicados en el linde donde la selva intenta reclamar el camino, se extienden hileras de puestos improvisados con tablones de madera vieja. El aroma a carne asada con especias picantes y el dulzor denso de la caña de azúcar caramelizada impregnan el ambiente. Los mercaderes gritan por encima del estruendo, ofreciendo brochetas de pescado de río y bebidas de alcohol fermentado a trabajadores que devoran con ansia, recuperando las energías después de las duras jornadas de trabajo, ansiosos por unirse a la fiesta y el baile. Es un laberinto de humo, gritos y el siseo constante de las brasas.

Más allá de los puestos, se encuentra el corazón palpitante de Samba. Grandes piras de troncos secos se elevan como faros de fuego a lo largo de la orilla, proyectando sombras gigantescas que se retuercen al compás de los tambores. Aquí, el espacio está saturado de cuerpos sudorosos que se mueven en un trance colectivo. No es solo una oda a la diversión; es el espíritu de la isla de Samba en su expresión más pura, donde el movimiento es un grito de guerra contra la desdicha. El ritmo de la percusión es tan intenso que hace vibrar el pecho de cualquiera que se acerque a menos de diez metros de las llamas.

Por último, suspendido sobre las aguas turbias mediante muelles precarios y barcazas encadenadas, se encuentra la zona de libación. Es una estructura destartalada que parece flotar por milagro, donde el alcohol destilado de la caña de azucar fluye sin control. Las sombras aquí son más largas y el ambiente, aunque festivo, tiene un filo peligroso. Los estibadores y marineros se acodan en barandillas de madera vieja, observando el reflejo del fuego en el agua mientras ahogan sus penas en jarras de barro. Es el lugar ideal para quien busca pasar desapercibido o, por el contrario, para quien desea que una mala mirada inicie un incendio.

Desde la distancia, en las colinas altas de piedra y azulejos, los ricos observan las luces de la orilla como si fueran luciérnagas en un frasco, ajenos al desmadre que se vive en el barro. Pero aquí abajo, entre la música ensordecedora y el calor de las hogueras, la tensión es una cuerda tensada al máximo. Basta un tropiezo, un comentario fuera de lugar o una presencia inusual para que la danza se convierta en una riña tumultuosa.
Los tambores siguen sonando, marcando un tempo que no admite pausas. La fiesta está en su apogeo y el río arrastra consigo los ecos de una noche que promete ser larga.

La caja de Pandora


Contenido Oculto



RE: La danza del acero [AV. T1- Presente Absoluto] - Alek - 14-02-2026

Las noches nunca eran calmas en Samba, siempre había que celebrar o algo por lo que pelear, pero los murmullos eran constantes. Si no se trataba de una alegre canción entonada por un corrillo de jóvenes festejando, se trataba de unos gritos a destiempo de un corrillo hecho sobre dos personas pegándose. Por dinero, por afán o por falta al honor, los quejidos y abucheos no pasaban disimulados. Alek había visto alguna que otra riña, camuflándose en el cielo nocturno con la ayuda de sus alas, pero nunca se había visto envuelto en una situación similar desde que había llegado a la isla hace mucho tiempo, demasiado ya. Suponía que la falta de confrontación física se debía a su presencia.

Como una de esas tantas noches animadas, se había visto arrastrado por su curiosidad, no nata, hacia los nuevos cánticos. En la lejanía pudo ver la tenue luz de las llamas intentando ganar al umbral de la noche, en la orilla del río. Sus pasos constantes y monótonos le dejaron ver, cuando estuvo más cerca, a un gran número de personas alrededor de aquel fuego, cantando y bailando. A su nariz llegó un par de olores que llamaban más la atención que la congregación, había comida con un olor increíble, quizás a picante si tuviese que adivinar.

De pronto, en su cabeza, todo se empezaba a juntar. La constante verborrea de los lugareños, los tambores e incluso el crepitar del fuego hacían que llegasen a sus oídos demasiados estímulos, demasiado volumen para un oído como el suyo que podía escuchar algo más que el de la mayoría. Sus cejas se arquearon muy ligeramente, arrugando su ceño milímetros, estaba visiblemente muy molesto. Cualquiera que lo conociera podría interpretarlo, pero nadie lo hacía.

Más asqueado que arrepentido, por no probar aquella comida que distaba mucho de la que podía hacer él, intentó alejarse a pie, sin llamar la atención más de lo que ya lo hacía, y terminó poniendo un pie sobre aquellos pequeños muelles, donde habían apostados otro tipo de fiesteros muy diferentes. El primer tablón crujió, sin romperse, con la presión que su peso ejercía. El lunarian bajó la mirada, intentando hacer un control de daños, pero al no ver nada avanzó.

El ambiente era diferente, la calma era más evidente, el agua amortiguaba el sonido del tamborileo, las voces quizás apagadas, ahogadas en el fondo de una botella. Solo había un problema. - Apesta - Arrugó la nariz. - Vaya panda de borrachos, que asco - Un intento de susurro que no podía serlo. Su voz no fue alta, pero si clara, entendible, acompañada por el rítmico sonido de las baquetas sobre la piel de animal.

Agitó la mano frente así, en un vano intento de alejar parte del olor, mientras avanzaba hacia el extremo del muelle, sin apoyarse en una barandilla por miedo a que esta cediera. Se cruzó de brazos, esperando a que al menos la percusión le diese un descanso, para poder acercarse a algún puesto y llevarse algo más nutritivo a la boca. El ambiente era lúgubre y más apagado, pero la llama de su espalda le daba la luz suficiente como para atraer miradas. Sin embargo, la suya, se centraba en aquel crepitar incesante.

Cositas



RE: La danza del acero [AV. T1- Presente Absoluto] - Kibai - 14-02-2026

El murmullo del agua contra los pilares de madera podrida suele ser el único consuelo para los habituales del Bar en el Río, pero esa paz etílica se rompió en el instante en que el primer tablón crujió bajo un peso que no pertenecía a este lugar. El ambiente lúgubre, cargado de un vaho espeso de sudor y alcohol de caña barato, pareció congelarse.

Las palabras, aunque pronunciadas con la intención de ser un susurro, cortaron el aire con la precisión de un filo. En un sitio donde el honor se mide por la resistencia al licor y al trabajo físico, llamar "panda de borrachos" a la clientela es como arrojar una antorcha a un campo de caña seca.

El silencio que siguió fue denso, solo interrumpido por el rítmico retumbar de los tambores de las hogueras, que ahora se sentía como una cuenta atrás. Varias figuras encorvadas sobre la barra de la barcaza se tensaron. Los ojos de los estibadores, inyectados en sangre y enturbiados por la bebida, se desviaron de sus jarras para fijarse en la fuente de esa luz anaranjada que ahora bailaba sobre la superficie del río.

Un grupo de cinco hombres, con los torsos desnudos y brillantes por la humedad, se puso en pie con una lentitud amenazante. Sus sombras, alargadas por la llama de la espalda del recién llegado, se proyectaban sobre el agua turbia como espectros hambrientos. No eran guerreros entrenados, pero eran hombres que movían toneladas de azúcar al día; sus manos eran tenazas y sus machetes y herramientas, armas naturales.

[Imagen: AQRQ70c.jpeg]

—¿Apesta, dices? —gruñó uno de ellos, un tipo con los antebrazos del grosor de un tronco de palmera, mientras agarraba un pesado garrote de madera—. A nosotros nos huele a alguien que se ha perdido en el barrio equivocado.

Sin previo aviso, el grupo se desplegó por el estrecho muelle, bloqueando la única salida hacia tierra firme.

Tres de ellos avanzaron frontalmente, blandiendo pesadas botellas rotas como puñales improvisados.

Otros dos se movieron por los flancos, sujetándose de las cuerdas de las barcazas para intentar flanquear la posición, buscando un empujón que mandara al "insultador" directamente a las aguas infestadas de pirañas del río.

El líder de este pequeño grupo, sacando de detrás de la barra un pesado espadón, arrojó la vaina de cuero húmero al suelo, apoyando la hoja en su hombro y dando un paso hacia delante mientras echaba un último trago a su bebida.

[Imagen: xmp3p3d.jpeg]

— Dejádmelo blandito, cocinaré a ese pollo en su propio jugo.

El muelle se balanceó violentamente con el peso de los atacantes. El olor a alcohol fermentado se intensificó cuando una de las jarras salió volando en dirección al rostro del pirata, estrellándose junto al poste cercano a dónde estaba apoyado, empapándolo con el maloliente mejunje que contenía.

La caja de Pandora



RE: La danza del acero [AV. T1- Presente Absoluto] - Alek - 15-02-2026

El crepitar del fuego, ahora mucho más. Sus palabras habían dejado una estela de silencio sepulcral a su paso. Tampoco había dicho nada realmente importante, solo una apreciación, como en un susurro, como si se lo dijese a sí mismo. Un pensamiento en voz alta que le iba a costar caro. Sus brazos cruzados se relajaban, el tamborileo era constante, pero algo tenía aquella hoguera, aquel fuego, que le traía paz. Su padre tendría la culpa seguramente.

Sus brazos se descruzaron al escuchar, después de aquel silencio dramático, el resentir de las maderas. Varias personas ahora se erguían sobre el muelle. Los miró, con una calma impasible, sabiendo lo que podía significar aquello. Quizás tendría suerte y no sería aquello. - Que no sea aquello... - Recorrió su mente, como una plegaria. Esperaba no tener que hacer nada, no manchar su acero de sangre en su estadía en la isla, pero ya no podía dar un paso atrás. Se giró y pudo observar un grupo de hombres que bloquearon el muelle, no tenían pinta de querer dejarlo ir, pese a que el lunarian tenía unas poderosas alas con las que huir si quería.


Pero no quería. Ya no.


Ese fuego interno, a diferencia del de la espalda, que le recorría ahora las venas como pura adrenalina ya no lo iba a dejar escapar voluntariamente de aquella situación. Los otros, aquellos hombres, los que guardaban la última gota de esperanza en el fondo de una botella, ahora la desperdiciaban. Algunos rompían sus botellas para convertirlas en malas armas improvisadas, otros portaban cosas más útiles que un trozo de cristal. Uno de ellos habló y el moreno solo pudo reír en lo más profundo de su mente para, tras unos instantes, cambiar la expresión de su rostro. Su sonrisa se alargó, sibilina, hacia los alcohólicos. - A mi me huele a falta de cerebro. Borrachos, alcohol, madera y fuego. ¿Os doy una pista o tengo que dibujároslo? - En su tono no se podía advertir atrevimiento alguno, pero sin duda con aquel comentario se reía de sus nuevos amigos. Giró su rostro nuevamente, hacia otro de aquellos que hablaba, ya tenía su espada en el hombro. Una jarra voló y se estrelló en un poste cera del peliblanco. Cerró los ojos y suspiró, enfadado por estar empapado en alcohol. - ¿Eso es en lo que quieres que te convierta? ¿En un pollo? Gallina - Insultó al más grande de aquel grupo. - Pero primero, déjame encargarme de tus pollitos - Recitaba mientras desenvainaba la larga hoja de su katana. Su filo blanco reflejaba el fuego de la hoguera y de las pocas luces presentes en el muelle, pero pronto no podría reflejar nada más.

Su altura prominente y el largo de la hoja de su arma era más que suficiente como para acercarse sin ayuda adicional. Sus pies pivotaron hacia delante, avanzando dos metros hacia el final del muelle cargando con su diestra el arma, donde lo esperarían probablemente pensando que con ello recularía, pero nada más lejos. Ahora los tenía a un escaso metro, la hoja de su katana haría el resto. Empuñando aquel filo blanco con una de sus manos, y aunando toda la fuerza en su diestra, trazó un arco circular sobre la totalidad de aquellos cinco hombres. El silencio y el olor a alcohol se convertirían en un concierto de gritos de dolor y olor a sangre. La hoja atravesó la carne de aquellos cinco hombres. Brazos, pechos, estómagos se abrían para dejar ver su interior. Su arma ahora estaba manchada de sangre, se paró un momento a pensar, pero aquella sangre beligerante no se lo permitía.

Podría salir corriendo, mezclarse a duras penas entre la gente de la zona, incluso con el fuego.

Alek se giró, sus manos ya estaban manchadas de sangre. No le haría daño un poco más. - ¿Suficientemente blandito? - Era difícil ser sarcástico cuando su voz parecía tan seria. Sus ojos dejarían fluir su socarronería.

Cositas



RE: La danza del acero [AV. T1- Presente Absoluto] - Kibai - 15-02-2026

El olor a alcohol barato que empapaba la ropa de Alek se mezcló instantáneamente con la tensión del momento. Sus palabras, cargadas de una ironía mordaz sobre el fuego y la madera, flotaron en el aire húmedo apenas un segundo antes de que la violencia estallara. La advertencia sobre la estupidez de mezclar elementos inflamables en una estructura precaria fue el último acto de civilidad de la noche.

El desenvaine fue un relámpago blanco en la oscuridad del río.

Los cinco estibadores, envalentonados por el alcohol y la superioridad numérica, apenas tuvieron tiempo de procesar el cambio en la postura del Lunarian. Habían esperado una pelea de bar, empujones y puñetazos torpes; lo que recibieron fue la precisión de un verdugo.

El arco trazado por la katana de Alek fue perfecto, una media luna de muerte que barrió el ancho del muelle. El sonido fue horrible: el siseo del acero cortando el aire seguido inmediatamente por el sonido húmedo y contundente de la carne y el hueso cediendo. No hubo resistencia.

El muelle, una estructura que ya de por sí desafiaba las leyes de la física con su equilibrio precario, se convirtió en un escenario dantesco. La sangre de los cinco estibadores comenzó a filtrarse entre las rendijas de los tablones de madera, goteando de forma rítmica sobre las aguas turbias del río, mientras el fuerte olor a hierro se mezclaba con el vaho alcohólico que seguía emanando de la ropa del pirata. El silencio que siguió al tajo circular fue apenas un latido, una pausa necesaria antes de que la verdadera tormenta estallara.

El líder de los trabajadores no retrocedió. A diferencia de sus subordinados, cuyos cuerpos ahora entorpecían el paso y convertían el suelo en una trampa resbaladiza, este hombre parecía alimentarse de la carnicería. Sus ojos, nublados por una mezcla de embriaguez y una furia ciega, se clavaron en la figura del peliblanco. No hubo palabras de duelo, solo un rugido gutural que pareció silenciar momentáneamente los tambores que retumbaban en la lejanía de las hogueras.

Con un movimiento fluido y cargado de una potencia bruta cultivada tras años de cargar sacos de azúcar de cien kilos, el gigante echó mano a la empuñadura de su espadón. La mole de hierro, tosca, mellada y con restos de óxido, abandonó su espalda con un sonido metálico raspado que erizó la piel. El hombre plantó sus pesadas botas sobre la madera ensangrentada, ignorando el riesgo de resbalar, y elevó el arma por encima de su cabeza.

—¡VAS A SER LA COMIDA DE LOS CAIMANES, ESCORIA! —bramó, con las venas del cuello a punto de estallar. —¡Voy a enseñarte lo que es duro, fenómeno! ¡Nadie derrama sangre de Samba en mi turno!

El ataque no tuvo sutileza, pero sí una fuerza gravitacional aterradora. El líder descargó un tajo vertical descendente, un hachazo masivo destinado a partir no solo al visitante, sino el muelle entero bajo sus pies. El espadón cortó el aire con un silbido agudo, desplazando una ráfaga de viento que avivó por un instante la llama que ardía en la espalda del pirata antes de que el hierro impactara.

La estructura de madera bajo el atacante crujió violentamente. Los tablones, podridos por la humedad constante del río Samba, comenzaron a ceder incluso antes de que el filo tocara su objetivo debido a la enorme presión ejercida por el peso del gigante y su arma. Si el golpe conectaba, no habría escudo ni guardia capaz de contener tal inercia sin que los pies del defensor atravesaran el suelo, quedando atrapado en la estructura rota mientras el espadón terminaba el trabajo.

El reflejo del fuego de las hogueras danzó sobre el metal sucio de la hoja que descendía implacable. El tiempo pareció ralentizarse: el olor a sangre, el balanceo del muelle, el estruendo de los tambores de fondo y esa masa de hierro que prometía sepultarlo todo bajo el agua del río.

La caja de Pandora



RE: La danza del acero [AV. T1- Presente Absoluto] - Alek - 15-02-2026

El capataz había observado la dantesca escena con detalle. El alcohol ya no sabía tan dulce, se había estropeado con la sangre de sus camaradas. La amargura sería igual a la que proyectaría con la voz. Alek solo lo pudo mirar tras hablar, receloso, esperando quizás que se lanzase al ataque o que huyese. Por suerte para el no nativo de la isla, de aquel hombre brotaría una furia gutural producto de la escena. El lunarian clavó su mirada en la ajena, desafiante, sin moverse ni un ápice. - No te deberías haber molestado por un hecho entonces - Le replicó. Su tono de voz, a diferencia de su nuevo contrincante, parecía no fluctuar. Como si aquello lo hiciese todos los días y se hubiese convertido en un hábito más en su rutina.

Sintió la madera bajo sus pies retumbar, temblar, ante los pasos que avanzaban la distancia que separaba a ambos. Aquello parecía más la estampida de un rinoceronte que la carga de un solo hombre borracho. El moreno, temiendo la carga de aquellos brazos aferraría su arma con ambas manos. Frente a frente, levantó su arma en perpendicular a la descarga de la contraria con el único fin de interceptarlo en un choque limpio. No quería no podía permitirse que le rebana una mano o la oreja. Sintió la descarga de la fuerza del ataque, la vibración pasó por los músculos de su brazo. El choque metálico de ambas armas solo sería comparable con el crujir de los tablones. Sus pies estaban por ceder ante la madera, el lunarian, más astuto y sabiendo que no se llevaba muy bien con el mar hizo su jugada.

Sus alas vibraron en pleno choque y se extendieron ligeramente en un movimiento descendente desencadenando una repentina masa de aire contra el suelo y elevando todo su cuerpo en el aire tras el choque. Probablemente aquella acción terminaría por destruir aquellos tablones que estaban bajo sus pies. Desde su altura miraría hacia abajo, con cierta superioridad, observando al capataz. Aun sentía ese choque de armas.

Los tambores se volvieron frenéticos una vez más, el sonido de metales había quedado opacado, ensordecido, por una jauría de percusión y gente que seguía disfrutando del ambiente. Más tarde se darían cuenta de lo que allí estaba pasando, cuando el alcohol bajase. Intentando reprimir aquella sonrisa, delator de sus gustos por la pelea, se alejó dos metros en pleno aire y nuevamente se impulsó volando. El estallido de sus alas parecía el de una mano abofeteando una cara. Pegó el arma a su cuerpo mientras avanzaba en horizontal, su arma en una posición fija para aprovechar toda la inercia de su velocidad en el aire y terminar por golpearlo en su cabeza, buscaba uno de sus ojos pero cualquiera parte le valía para aquella tarea.

Su pelo blanco danzaba con el aire, sus ropas chocaban contra su propia piel, las plumas de sus alas vibraban con la emoción del combate, mientras las estrellas lo miraban. Aunque si conseguía descorchar aquel ojo, seguramente el capataz no iba a ver tanto.

Cositas



RE: La danza del acero [AV. T1- Presente Absoluto] - Kibai - 16-02-2026

El choque de los metales fue un alarido agónico que se impuso, por un breve y violento segundo, al estruendo de los tambores de Samba. No fue un encuentro elegante; fue la colisión de dos voluntades brutas. La pesada hoja del espadón del Capataz, cargada con la inercia de su odio y sus músculos, se hundió contra el filo blanco de la katana de Alek. La vibración resultante recorrió los huesos del Lunarian como una descarga eléctrica, un recordatorio de que aquel hombre, aunque sucio y ebrio, poseía la fuerza de un buey de carga.

Bajo el punto de impacto, el muelle del Bar en el Río finalmente se rindió. Las maderas, ya castigadas por la humedad y la sangre, estallaron en una lluvia de astillas cuando Alek ejecutó su maniobra. La presión descendente del espadón, combinada con el violento aleteo del pirata, convirtió los tablones en meros escombros que cayeron al agua turbia. El Capataz, sintiendo que su golpe no encontraba la resistencia final del suelo sino el vacío, gruñó al ver cómo su presa desafiaba la gravedad.

El batir de las alas de Alek no solo lo elevó, sino que generó una onda expansiva de aire que dispersó el humo de las hogueras cercanas y el vaho de alcohol que flotaba sobre la barcaza. Desde las alturas, la figura del Lunarian se recortaba contra las estrellas. Abajo, el Capataz recuperaba el equilibrio a duras penas, con las botas hundidas en lo que quedaba de la estructura, rodeado de los restos de sus hombres y el agua del río Samba que empezaba a lamer sus tobillos.

Alek no le concedió tiempo para respirar. En el aire, el tiempo pareció dilatarse. El pirata ajustó su trayectoria, convirtiéndose en un proyectil de plumas negras y cabello blanco. Aprovechando la inercia del descenso y la velocidad acumulada, Alek se lanzó en un vuelo horizontal rasante, con la katana firme, apuntando con precisión quirúrgica al rostro del gigante.

El Capataz, viendo la luz del fuego reflejada en el acero que se aproximaba a su cabeza, soltó un rugido de pura desesperación. No tenía la agilidad para esquivar un ataque que venía del cielo, pero sí el instinto de supervivencia de una bestia herida. En el último instante, inclinó la cabeza hacia abajo para proteger el ojo que Alek buscaba con tanto ahínco.

La katana de Alek cortó el aire y encontró su marca, pero no del todo limpia. El acero se hundió en la carne del Capataz, abriendo un surco profundo que hizo brotar un chorro de sangre caliente, empapando las ropas sucias del estibador. El impulso del Lunarian fue tal que ambos terminaron rodando por la plataforma del bar flotante, que se balanceó violentamente, amenazando con soltarse de sus amarres.

Su adversario retrocedió trastabillando, tapándose la herida con una mano mientras la otra aún aferraba su arma. El dolor, lejos de amedrentarlo, pareció terminar de romper lo poco que quedaba de su cordura. El alcohol y la adrenalina habían creado un cóctel letal en su sistema. Su mirada, ahora nublada por el dolor pero fija en el pirata, delataba que no se detendría hasta que uno de los dos terminara en el fondo del río. Empuñando con ambas manos su espadón, saltó hacia Alek, lanzando un corte horizontal que cubrió todo el rango del desvencijado muelle.

La caja de Pandora



RE: La danza del acero [AV. T1- Presente Absoluto] - Alek - 17-02-2026

Su cabello se arremolinaba junto con el viento en una noche estrellada ahogada por las ingentes cantidades humo y fuego concentrado en la zona en la que estaba. Sentir la fuerza de sus alas dominando el bajo cielo le daba lo único que echaban en falta para completar su pequeño entretenimiento. Sus ojos se clavaban en su enemigo, sus manos se aferraban con fuerza a su arma. Cortó el aire hasta que finalmente sintió como la carne ajena ofrecía resistencia y lubricación a partes iguales. La sangre brotó desde la cabeza del capataz, fue lo único que pudo ver antes de estrellarse prácticamente contra su enemigo. Dejó el arma en una de sus manos mientras que adelantaba la otra libre para terminar por rodar por el suelo y afianzarse a algún punto que le diese la perspectiva adecuada de arriba y abajo.

Ambos rodaron por el frágil suelo de madera, el lunarian pesaba bastante por su estatura, el capataz por la mole que suponía su cuerpo. Sus ojos, apagados como la noche, buscaron a su contrincante que también se intentaba recomponer, el moreno lo imitaría hincando una de sus rodillas sobre el suelo que parecía sobrevivir a la batalla, su otra pierna si consiguió plantar el pie. Hasta ahí había llegado, no le daba tiempo a levantarse del todo, tendría que jugar desde esa posición.

Su contraparte alcohólica no le quería ofrecer tregua ninguna, pues más colérico que nunca, descargaría otro tajo hacia el pirata quien lo único que podía ofrecer era su propio hombro. Lo adelantó ligeramente, casi como si se tratase de un boxeador cubriendo su cara, y levantó el antebrazo para, tensando sus músculos lo máximo que podía, ofrecer resistencia ante el metal.

El peliblanco se quejó entre dientes. El tajo llegó y su piel y músculos ofrecieron toda la resistencia que pudieron, no llegaba a la altura del acero de una espada por lo que la sangre brotó desde su hombro y antebrazo. La herida estaba abierta y se le escapaban los jugos, como a un pollo trinchado. Al mismo tiempo que detenía la descarga metálica sobre su cuerpo lanzó hacia adelante su propia arma, como un aguijón, sobre los tablones que se hallaban bajo uno, o ambos, de los pies del capataz al caer. El arma atravesó la madera de lado a lado, con el filo hacia arriba, lo justo y suficiente como para liberar parte de su voluntad.

Lo viese el capataz o no aquella madera se convirtió de buenas a primeras en una especie de polvo blanco. Como por arte de magia, la madera parecía desintegrarse casi de sopetón, cualquiera que hubiese recogido un poco de aquel polvo se daría cuenta que era azúcar glass precipitándose al agua bajo la barcaza. El moreno había hecho su jugada con la única intención de hacer caer al menos uno de los pies del trabajador y mientras eso pasaba atacaría. La punta de su arma ya volvía a estar libre para, simplemente, hacer fuerza hacia arriba para lanzar un tajo desde el punto ciego del capataz, mientras él mismo caía. Esperando con ello, no solo hacer tropezar a su enemigo, también intentar provocar el mayor daño posible en aquellas partes más sensibles.

Cositas



RE: La danza del acero [AV. T1- Presente Absoluto] - Kibai - 18-02-2026

El impacto de la estocada ascendente de Alek resonó con un chasquido húmedo y metálico. El Capataz, a pesar de su tosco intento de cubrirse, recibió estocada de y acero directamente en su abdomen. La carne se abrió en un tajo profundo y limpio, haciendo brillar la tela húmeda de sangre bajo la luz vacilante de las antorchas. 

El gigante retrocedió un paso, sus botas pesadas patinando sobre la mezcla de ron y sangre que cubría la plataforma. Por un momento, sus rodillas parecieron flaquear y el espadón golpeó la madera, sirviéndole de improvisado bastón para no terminar de bruces en el suelo.

El hombre escupió una mezcla de felma y sangre, antes de levantar la mirada hacia el Lunarian. Sus ojos, ahora inyectados en un odio puro que superaba cualquier rastro de embriaguez, relucían con la desesperación de una bestia que no piensa marchar sola a la tumba.

—¡¿Crees que dos alas de gallina y una espada brillante te hacen dueño de este río?! —bramó el Capataz, su voz era un rugido roto, cargado de flemas y furia—. ¡He visto caimanes con más agallas que tú, fenómeno! ¡Si voy a alimentar a los peces esta noche, juro que te usaré de lastre!


Con un esfuerzo que hizo que la herida de su hombro supurara un nuevo chorro de carmesí, el líder de los estibadores apretó los dientes hasta que sus encías sangraron. Ignorando el dolor punzante que le inutilizaba parte del brazo izquierdo, aferró el espadón con una fuerza demencial. El aire a su alrededor pareció tensarse mientras el hombre acumulaba lo último de su potencia física en un solo movimiento desesperado.

Con un grito que desgarró sus cuerdas vocales, el Capataz ejecutó un tajo circular masivo. El espadón, esa losa de hierro mellado, barrió la totalidad de la plataforma en un arco de trescientos sesenta grados. La hoja pasó silbando a escasos centímetros del suelo, destrozando las barandillas restantes de la barcaza, reventando los barriles de licor que aún quedaban en pie y proyectando una lluvia de astillas y alcohol hacia todas direcciones. Los cuerpos de sus compañeros caídos fueron golpeados de nuevo por el hierro inerte, algunos siendo desplazados hacia el borde mientras la estructura entera del bar flotante se inclinaba peligrosamente, amenazando con volcar bajo la inercia del ataque.

El estruendo de los tambores de Samba, en la orilla, parecía jalear la destrucción. El fuego de las hogueras se reflejaba en el arco de metal sucio que cortaba el espacio, buscando que las piernas de Alek fueran segadas como simple caña de azúcar.

Finalizando el violento giro, el Capataz utilizó la propia inercia del arma para retroceder dos metros, creando una distancia de seguridad mientras jadeaba de forma errática. El sudor y la sangre le cegaban un ojo, pero su instinto seguía alerta. Al llegar al límite de la plataforma, donde el agua del río ya empezaba a lamer la madera, su mirada descendió hacia uno de sus subordinados muertos. Sin soltar su espadón, se agachó con un movimiento rápido y rudo para arrebatarle el machete de caña que el cadáver aún sujetaba con dedos rígidos.

Ahora, con el espadón en su diestra y el machete en su mano izquierda herida, el Capataz se erguía de nuevo, encorvado pero letal. El muelle había desaparecido, la barcaza estaba a la deriva y el hombre frente a él ya no era solo un forastero, sino el demonio que debía morir para que su honor, aunque fuera en el fondo del río Samba, quedara intacto.

—Vamos pelo lejía —susurró el Capataz, extendiendo el machete hacia Alek en un desafío final—. A ver si esas alas te llevan directo a tu camino al infierno.


La caja de Pandora


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RE: La danza del acero [AV. T1- Presente Absoluto] - Alek - 18-02-2026

La hoja de su katana cumplió su propósito con demasiada eficiencia, rasgó la parte externa del abdomen del capataz como cuchillo sobre mantequilla. La sangre brotó nuevamente, y cada vez que veía eso y no era la suya propia se afianzaba más. Desde luego no había acudido a aquel lugar con ningún afán por luchar, de hecho solo había un comentario objetivo que no había gustado. El quería estar tranquilo, pero lo atacaron, entre seis que ahora se quedaba como uno. El solo se estaba defendiendo. Pese a haber querido simplemente curiosear en aquella festividad se había visto envuelto en un problema. En lo más profundo de su mente había pensado que si no se metía en los asuntos ajenos podía convivir en paz con los Sambarianos.

Estaba muy equivocado, quizás habría que hacerlo de otro modo. Quizás...


Con miedo.


El capataz, herido, retrocedió un par de pasos por lo que el lunarian aprovechó para terminar de levantarse, fue entonces cuando el dolor chilló ligeramente en su hombro. Intentar bloquear la hoja de una espada con su cuerpo no había sido la mejor de sus ideas. Estaba pecando de lo que tanto quería evitar, dejarse llevar por la emoción. La adrenalina corría por sus venas desde el mismo momento en que había tumbado a cinco personas de un solo tajo. Entonces empezó la fase de negación, justo la que venía antes de morir. El hombre no se sabía estar callado, y el lunarian si, pero no iba a ser menos. Entrar en esos juegos era lo suyo, provocar. Cuanta más ira acumulase más fuerte golpearía, de eso estaba seguro, pero sabía también que era cuando más descuidos se daban. - ¿Estas dos? - Sus alas azabaches se alzaron, como cuando un gato bufaba, se extendieron en su plenitud, hacia ambos lados. Podrían ocupar perfectamente el pasillo sobre el agua. Opacó parte de la luz que emitía el cálido fuego a su espalda, dejaba a su propia llama como una ascua más.

Su sombra se proyectó sobre el capataz, mientras hablaba. - Yo no me he adueñado de nada, os habéis enfadado por el comentario de un desconocido. Patético. Débil... - Lo pensaba de verdad  pero aun así sabía que aquella era la herida que necesitaba provocar. - Te diría lo mismo, pero ni la fauna marina quieren dar un bocado de ese cuerpo tuyo... - Lo miró directamente a los ojos, sin apartar su mirada. Su voz, casi tranquila, sus expresiones y su rostro, revelaban un ceño fruncido, uno que se estaba dejando llevar por la violencia.

La sangre avisó, había dejado la charla para tomar aquel espadón con ambos brazos y, casi como un demente, empezaría la carga. Tras un grito, aquel espadón empezaría su giro masivo. El pirata, por otro lado, temiendo que le rebanara las piernas, tensó sus alas y con fuerza repelió el suelo de él. Alzó el vuelo en el mismo momento que la punta de sus alas tocaron el suelo elevándose dos metros hacia arriba, por los aires, como una sombra en la noche. Sintió el acero pasar cerca de sus alas y sus plumas se estremecieron. - Tengo que tener más cuidado con este tipo, es rápido... - Más de lo que le gustaría admitir.

La marcha de la peonza gigante continuó sin encontrarse más que la resistencia de los propio maderos del pseudo muelle, barriles llenos de un alcohol que salió disparado por todas partes. Un trozó de madera, probablemente formaba parte del pasillo, salió volando y Alek no tuvo más que alargar su mano para tomarlo. Usó su katana para cortar una esquina pequeña de aquel trozo, casi parecía pelar una patata. El trozó voló unos centímetros, se podía apreciar, para los que estuviesen muy atentos, como aquello se habría convertido en una pequeña judía verde. Con un rápido latigazo de su cuello y abriendo las fauces, la atrapó y la tragó. El sabor de la madera y el alcohol pasaron por su lengua. - Asqueroso... - Voceó sin elevar el tono de su voz. Inmediatamente sintió como sus fuerzas se reponían en un instante, aunque sus heridas seguían allí, chillando.

Metió el madero, empapado en alcohol, en uno de sus bolsillos, quizá lo utilizaría más tarde. Fijó de nuevo la vista en aquel pobre hombre que había decidido seguir los consejos que el alcohol profería sobre él. Ahora empuñaba dos armas y le sobraban las dos. - Pequeñín, yo vengo del infierno... - Zas. Cruzó el cielo como una exhalación en una pequeña diagonal hacia arriba, en dirección al gigante, extendiendo su katana como medidor. Su fuego dejaba una esquela fugaz tras de sí, dando la sensación de ser una estrella fugaz mal mirada. Detuvo su avance a un metro y medio por encima del borracho y sin mediar palabra, aún, lanzó un tajo directo hacia su otro hombro, el que cargaba el arma más pesada.

- ...y no aguantarías ni un solo segundo allí... - Terminó la frase que había empezado mientras que su arma se descargaba en dirección al nublado, cortando el aire con un agradable silbido. 

Cositas