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[Av T5 - Pr Abs] Una corriente helada (Continuación, parte 3) - Versión para impresión

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[Av T5 - Pr Abs] Una corriente helada (Continuación, parte 3) - Stroud Nanashi - 15-05-2026

[personajeinvalido=3676]

Continuación de este tema.

Stroud permaneció sentado en el taburete junto a la cama, observando a la mujer, que, poco a poco, parecía recuperar un mejor color. Sus cuidados, aunque distasen mucho de los de un médico en condiciones, parecían ser suficientes como para devolverle cierto grado de salud. El Marine suspiró con alivio, sintiendo cómo una carga le desaparecía de los hombros, aunque se limitó a observar en silencio, mientras la mujer aceptaba el cuenco de sopa. Empezaba a notar el calor que hacía en aquella casa; seguramente no fuese habitual que se reuniese tanta gente allí, aunque seguro que era bienvenido para la señora. "Con permiso," dijo, quitándose el abrigo y colgándolo de un perchero cercano, limpiándose una discreta gota de sudor de la frente con el dorso de la mano.

Volvió a sentarse, escuchando la historia sobre el tal Heiler. "Ya se va entendiendo por qué no hay ni un puñetero médico. En Drum, nada menos," afirmó, exhalando con pesadez. Cuando Gnade habló sobre el Castillo y el camino que subía hacia el mismo por las Drum Rockies, no pareció extrañarle. No dijo nada, pero observó en silencio a Kibai y Bertram cuando oyó aquellas palabras, consciente de que habrían atado cabos exactamente como él. Apoyó el mentón sobre su mano, pensando por un instante. "No le sonará un tal Betrug, por un casual, ¿no?," inquirió Stroud, describiéndoselo físicamente tras una pausa, mientras la mujer continuaba con su sopa. Era improbable que supiese algo, dado que Betrug parecía más un conspirador que alguien que hubiese entablado contacto con ella, pero por probar, que no quedase.

"Todo va cobrando sentido," continuó. "Aquel hombre tramaba... algo. Y no me extrañaría que estuviese implicado en el secuestro de los médicos," supuso. "Si es el caso," teorizó, recordando las últimas palabras del hombre de la campana antes de desvanecerse entre las calles de la ciudad, "hay algo más grande en juego. Es una operación a gran escala, no podemos descartar nada. Por lo que dice, señora, suenan a revolucionarios o alguna escoria similar. Tal vez busquen desestabilizar la isla. O tal vez sea una especie de gran chantaje, haciéndose con el control médico del lugar. Controlar la salud de toda Drum equivale a controlarlo todo. La gente estará desesperada por recibir atención," continuó, "hasta aceptar a quien sea el responsable como gobernante."


Se levantó, haciendo una sutil reverencia a la señora, y miró con seriedad a los ojos de Kibai y Bertram, asintiendo con la cabeza. No necesitó decir nada, y supo que no necesitaba decir nada. Sabía que ellos estaban pensando lo mismo que él. Caminó hasta su abrigo, volviendo a colocárselo y visiblemente preparándose para salir. "Gracias por su hospitalidad. Continúe tomando infusiones como esa, y procure que no le suba la temperatura más de la cuenta," afirmó. "Hoffen, has visto cómo lo he hecho, ¿verdad?," preguntó, poniéndose en cuclillas junto a la niña, esbozando una sonrisa. "Soldado Hoffen, siga cuidando de ella y se pondrá bien," le dijo con inusitada solemnidad mientras le tendía la mano con firmeza, como la hubiera tendido a cualquier otro Marine, antes de saludarla militarmente y ponerse en pie para ceñirse sus guantes. "Encontraremos a su marido, y al resto de médicos. La Justicia está aquí para ayudar."



En cuestión de tan solo unos minutos, Stroud y el resto de la División caminaban por los bosques que rodeaban Gyasta, en dirección a las Drum Rockies. Las enormes montañas en forma de tambor que daban su nombre a la isla destacaban como enormes colosos recortados contra el cielo de mediodía, despejado y frío. Poco a poco, dejaban la civilización atrás y se aproximaban a la ladera de la montaña coronada por el enorme Castillo de Drum, de la cual descendía un gélido viento que parecía esparcirse por toda la isla.

"Quién nos iba a decir que ese hijo de puta estaba metido en algo así," dijo, haciendo un ademán con la cabeza a Bertram, caminando con las manos tras la espalda. Su tono, aun imperturbable, parecía relajado, aunque sus ojos grises no hacían más que escanear el terreno a su alrededor. Si el problema eran las bestias salvajes, contar con gente como Kibai y Bertram era un verdadero privilegio. Había escalado montañas antes, e incluso uno de los enormes cráneos de los reyes marinos que descansaban en Little Garden, pero jamás nada como aquello. ¿Era físicamente posible subir hasta arriba únicamente a pie? A medida que continuaban caminando, la pendiente comenzó a volverse progresivamente más pronunciada. "¿Alguna apuesta de qué nos espera en el camino?"

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RE: [Av T5 - Pr Abs] Una corriente helada (Continuación, parte 3) - Bertram Gaufrid - 16-05-2026

[personajeinvalido=3676]
En ese momento el joven contramaestre se siente algo desplazado, realmente no tiene mucho que aportar en ese momento pues carece de conocimientos de medicina para lidiar con lo que le pase a la señora como lo hace Stroud, tampoco tiene conocimientos de cocina como Kibai quien prepara comida para todos mientras Stroud cura a la mujer, tras tranquilizar al arquero quien por costumbre siempre busca mantener el entorno vigilado, habiendo esparcido las avispas fuera de la caza de forma discreta. Por fortuna el arquero logró hacerse con buenos compañeros, quienes por lo menos comparten parte de su forma de ver su deber, siendo que siempre busca ayudar y proteger a los inocentes. El joven ayuda en lo que puede, abriendo la ventana y se queda observando a la pequeña ayudar a su madre a comer, mientras ella se recupera un poco tras la infusión preparada por Stroud, y escuchando sus palabras. Los ojos carmesíes del joven arquero se posan tranquilamente en la escena, apoyado en la pared junto a la ventana mientras la madre de Hoffen explica lo sucedido tras decir que su marido creía en la justicia.

Conforme las palabras van llegando y la historia se va formando, el joven arquero mantiene una expresión calmada para no asustar a la niña, usando su fuerza de voluntad para contener su haki dentro y no empezar a provocar miedo en la zona, pero su puño se cierra con fuerza tras su espalda donde no lo ven, escuchar como un grupo de cobardes secuestran a los médicos para lograr sus objetivos de maneras retorcidas le provoca una repulsión similar a la de los piratas en su mayoría. Stroud se encargó de hablar con la mujer, tiene más detalles sobre el sujeto de la campana como su nombre, y ya dice lo que el joven arquero pelirrojo piensa, su objetivo parece ser controlar la isla, bien desequilibrándola para que el gobierno pierda su control sobre la misma o buscando que el pueblo los tomen como gobernantes usando los médicos como medio de control, pues si tienen a todos los médicos encerrados ellos deciden quienes reciben atención médica y pueden deshacerse de oposición con esa amenaza.

El joven arquero permanece inmóvil, su sangre hirviendo de rabia y una meta clara ahora, acabar con lo que sea que estén preparando y devolver los médicos a sus casas y lugares de trabajo, no piensa permitir que un grupo de lunáticos juegue con las vidas de gente inocente. Cuando Stroud se levanta y le dirige una mirada seria Bertram simplemente asiente y se reincorpora, tomando una postura más recta preparándose para salir y marchar hacia el castillo, no es la primera vez que se enfrenta a animales salvajes, recordando la búsqueda de la división 86 en Little Garden donde se enfrentaron a una manada de dinosaurios, o su época de cazador, donde más de una vez tuvo que enfrentar a manadas de bestias para proteger a los más pequeños, incluso esa maldita colonia de arañas que le atacaron cuando lo de la pobre Flora.

Tras la despedida de Stroud Bertram se acerca a la joven y le acaricia la cabeza con una sonrisa y dice

-Eres una joven muy valiente, si mantienes ese espíritu y te esfuerzas en el futuro podrás ayudar a otros sin cobrarles nada. Y te aseguro que eso hará a tus padres aún más orgullosos de lo que deben estarlo ya de ti, sir.-



Tras dejar atrás la casa la división camina con paso firme y decidido a su nuevo destino, las Drum Rockies para poner fin a esa táctica del terror cobarde y cruel. Normalmente Bertram evita dañar animales de no ser necesario, pero en esta ocasión, si cualquier manada de animales se interpone no dudará en dejarlos ko antes de avanzar y buscar a los cobardes que mantienen a los médicos retenidos y a la gente sin posibilidad de tratarse. Ahora todo parece cobrar sentido, las piezas van tomando forma y encajando formando una imagen clara en la mente del arquero quien ante las palabras de Stroud dice

-Ese maldito cobarde seguramente no quería ayuda real, probablemente esté metido en el embrollo o solo quiere aprovechar la fuerza ajena para hacerse propaganda, por lo que seguramente le decepcionó que nos preocupáramos por la niña en lugar de ayudarle sin más, sir.-

Ahora viene el mayor contratiempo que pueden tener, las Drum Rockies son enormes montañas con forma de tambor, con una pared casi completamente vertical, pero el mayor inconveniente es que estará cubierto de nieve y hielo, lo cual lo hace no solo extremadamente frío y difícil de mantener la sujeción por mucho tiempo, sino que tampoco tendrá un buen agarre por la falta de fricción, haciendo que escalarla así sea cuanto menos un suicidio. Realmente los animales no le preocupan demasiado, en caso de ser necesario usará su haki para hacer que huyan o queden inconscientes, pero se asegurará de no malgastar energía y quitarlos del camino con el menor daño posible. Ante la apuesta del rubio Bertram, quien mantiene sus ojos avizores al entorno en todo momento, fijándose en cada detalle del camino y cuanto más se acercan a las montañas, a posibles señales de los animales salvajes así como manteniendo sus oídos atentos se rasca tras la cabeza y, con un tono inusualmente seco y frío para él, dice

-Teniendo en cuenta la forma de actuar, fingiendo una reunión de médicos para secuestrarlos, usarlos como forma de controlar o amenazar a los ciudadanos y aprovechar el miedo a los animales salvajes, solo puedo asegurar que son una panda de cobardes que no se atreven a plantar cara a las adversidades directamente. No creo que sean totalmente inofensivos y probablemente cuenten con un par de soldados bien entrenados, pero para mí que son escoria que no merece seguir libre, sir.-

Ahora, ya lejos de la presencia de la pequeña y su madre, sin tener que preocuparse de asustarla o hacerla ver algo desagradable, el joven arquero tiene una expresión en los ojos que deja claro que sea quien sea que haya decidido hacer eso va a arrepentirse de ello. Mientras camina el joven mira a las montañas y dice

-Yo creo que los animales no van a ser el verdadero problema, si realmente están en el castillo debemos encontrar una forma de subir, escalar no es una opción viable bajo mi punto de vista sir. Seguramente haya una especie de teleférico o similar para llegar.-

Carcaj de Bertram



RE: [Av T5 - Pr Abs] Una corriente helada (Continuación, parte 3) - Kibai - 18-05-2026

[personajeinvalido=3577]

Kibai escuchó pacientemente la historia que les contaba entre sorbo y sorbo de infusión la madre de Hoffen, arrugando el entrecejo a medida que esta les relataba como los médicos del reino habían sido secuestrados.

"Sin doctores, y en una isla de invierno, la gente no tardará en pasarlo mal..." pensó el mink mientras la mujer continuaba ocn su relato. Las islas de climas más amables tenían unas mejores condiciones de vida, pero en un entorno tan duro como lo era la isla de Drum, el carecer de personas con conocimientos de medicina era una carta garantizada para el desastre.

— Si se los han llevado, pero los retienen con vida, tiene que ser por algún motivo, eso está claro. Pero para ser un chantaje, parece muy mal ejecutado, no cree, señor? Si yo fuese alguien tan despreciable, habría hecho públicas mis condiciones desde el minuto uno. La propia población hubiese ido contra la familia real en cuanto la gente empezase a enfermar. Por esta vez, creo que podemos descartar a los revolucionarios. Esto me suena más a alguien que tiene un interés personal.

Girándose hacia la pequeña Hoffen, que continuaba dando buena cuenta de la sopa que había preparado tras desmenuzar una de las raciones de carne seca y grasa de dinosaurio de Little Garden, Kibai pensó que un poco de esperanza extra no vendría mal.

— Pequeña, si tenéis alguna prenda de ropa de tú padre, nos ayudaría mucho a encontrarlo. Tanto mi compañero aquí presente — dijo señalando hacia Bertram — como yo somos bastante buenos rastreadores. Creo que con algo de suerte, y si tienes alguna prenda que usase bastante a menudo, podríamos ser capaces de encontrarlo si pasamos por algún sitio dónde haya estado.

Cuando el comandante Stroud ordenó partir, el mink recogió sus enseres, asegurándose de que quedase al menos la suficiente comida ya lista en la olla para que Hoffen y su madre no tuviesen que preocuparse por la cena de aquella noche antes de hacer una leve inclinación de cabeza y salir por la puerta de la vivienda.

Ya de nuevo en el exterior, el mink hizo un leve gesto a las avispas que continuaban tranquilamente posadas sobre el tejado, las cuales salieron volando hacia su abrigo, camuflándose de nuevo en el reborde de pelo.



En cuanto perdieron de vista el pueblo, Kibai extendió de nuevo su red de insectos, pero con la experiencia previa de otras ocasiones, hizo salir a otra treintena de avispas, lcanzando el enjambre un total de ochenta unidades. Como una máquina bien engrasada, los insectos si dividieron, quedando cuarenta alojados en la espalda de Kibai, mimetizados en el kanji de Justicia de su capa, y los otros cuarenta divididos en ocho escuadras de diez ejemplares cada uno, los cuales iban volando de manera táctica de cada árbol que encontraban en su camino al siguiente. Por suerte, y a pesar de ser una isla invernal, Drum tenía una población de coníferas bastante profusa, lo cual facilitaba mucho que su insectos se confundiesen entre sus ramas. Asimismo, el hecho de dividir a sus particulares tropas de exploración en grupos más pequeños le facilitaba el disimular el sonido de su zumbido, cosa más complicada de ocultar cuando se movían en grupos de veinticinco, cincuenta o incluso más ejemplares.

A medida que se iban acercando a las Drum Rookies, Kibai esbozó una sonrisa al ver las grandes montañas. Las formaciones de roca exhibían un aspecto muy particular, casi como si fuesen enormes cilindros de piedra, de cabeza casi totalmente plana que hubiesen sido clavados en la isla por la mano de un gigante.

— Si tuviese que apostar, señor, lo haría por criminales, o locales, o alguien con bastante relación con la isla. Aquí la gente claramente se conoce, y las poblaciones no son tan grandes. Tendrían que saber quienes eran los médicos, y como atraerlos. Además, el terreno es muy propicio para emboscadas, pero uno debe de saber moverse en una zona tan agreste como esta. Y como dije en la casa, estas no son las formas de los revolucionarios, a ellos les va más lo de lanzar a la población contra sus gobernantes y después acercarse a recoger las sobras como si hubiesen sido ellos los grandes salvadores.

Crujiéndose los nudillos, el mink notó como su mandíbula se tensaba levemente, dejando salir los colmillos con una sonrisa.

— Pero mira por dónde, en esta ocasión la han fastidiado pero bien. Y si el ejército real no es capaz de solventar sus problemas, quizás cuando todo esto acabe haya que tener unas palabritas con el rey. Un líder debe de proteger a su gente, es lo único que se le exige.


La Caja de Pandora



RE: [Av T5 - Pr Abs] Una corriente helada (Continuación, parte 3) - Fuguwu - 20-05-2026

La infusión de Stroud hace su trabajo despacio, pero con certeza Gnade bebe a sorbos cortos con los ojos entrecerrados por el esfuerzo. Luego de veinte minutos el temblor que le sacudía los hombros por fin empieza a ceder y su respiración se vuelve algo más regular gracias a las atenciones de Stroud, Betram y Kibai. Este último recorre el salón y los dos cuartos del pasillo con el olfato sin encontrar rastro de hongos, insectos o algún otro agente externo que justifique la dolencia de Gnade, confirmando que el origen es el agotamiento y varios días sin comer ni descansar con la preocupación encima. Kibai, demostrando su habilidad culinaria, aprovecha para preparar una sopa con una de sus raciones de carne seca de Little Garden y lo que encuentra en la cocina, dejando suficiente en la olla para que madre e hija no tengan que preocuparse por la cena. Cuando Stroud se pone en cuclillas junto a Hoffen y le tiende la mano nombrándola soldado, la niña la estrecha con una firmeza y una ilusión en la cara que le durara un largo tiempo, y Bertram le acaricia la cabeza antes de que la división se prepare para salir. Kibai le pide a Hoffen una prenda de su padre antes de marcharse. La niña desaparece un momento en el pasillo antes de volver con una bufanda de lana gruesa que huele a tabaco de pipa y madera húmeda y que entrega con un cuidado reverencial. Las diez avispas que vigilaban el tejado y los costados de la casa regresan al forro de la capa del mink en cuanto cruza la puerta.
 
El camino desde Gyasta hasta la base de Drum Rockies sube durante una hora de marcha con la nieve acumulada hasta los tobillos en los tramos menos transitados y los abetos espaciándose progresivamente a medida que el terreno pierde cobertura vegetal en favor de roca y hielo, mientras las montañas en forma de tambor se alzan imponentes contra el cielo. El Castillo de Drum es una mota casi indistinguible en la cima a cinco mil metros de altura sobre las montañas. Kibai despliega en el camino ochenta avispas divididas en ocho escuadras de diez que van saltando de conífera en conífera por delante y a los flancos del grupo. Siendo las 11:30 de la mañana cuando el tono del zumbido de las escuadras delanteras cambia y trescientos Lapahn aparecen entre los abetos a cincuenta metros al frente, cortando el camino de extremo a extremo en un frente de cuarenta metros de ancho entre las rocas y los árboles. Los animales que cortan el paso de los marines son enormes, variando su tamaño entre los dos metros – en posición bípeda – y los cuatro metros. Su pelaje blanco les hace casi indistinguibles entre la nieve a no ser por los ojos oscuros y las garras que asoman entre sus patas delanteras, y se mueven actuando por instinto puro. Los Lapahn de los flancos se abren hacia los lados para cerrar el paso mientras los del centro mantienen la posición mirando a los tres marines con una fijeza que no deja duda sobre sus intenciones. A cien metros detrás de ellos, al otro lado de la manada, se distingue la estructura metálica del teleférico que sube hacia la cima de Drum Rockies, sus cabinas balanceándose levemente con el viento.

[Imagen: yTmAgZg.png]
 
Una ráfaga de aire corta la distancia entre ambos grupos. Los trescientos Lapahn interpretan este momento como la bandera de salida y cargan a toda velocidad. Resulta que las advertencias sobre las hordas de animales salvajes que los marines escucharon en distintas ocasiones eran ciertas.


 
Detalles Importantes

Hordas

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RE: [Av T5 - Pr Abs] Una corriente helada (Continuación, parte 3) - Kibai - 21-05-2026

Mientras caminaban hacia las Drum Rookies, Kibai tomó de nuevo con sumo cuidado la bufanda que había recibido de manos de la pequeña Hoffen. La prenda era gruesa, tejida a mano sin duda por la madre de la criatura, y prometía guarecer adecuadamente a quien la vistiese del acuciante frío de Drum. El mink aspiró de nuevo contra la bufanda, llenado sus fosas nasales con el aroma de humano que subyacía por debajo del olor del tabaco y la madera acariciándole la cabeza a la pequeña.

"No te preocupes Hoffen. Traeremos a tu padre de vuelta. Esta gente ya ha sufrido más que de sobra."

El cambio en el zumbido de las escuadras delanteras de avispas sacó a Kibai de sus pensamientos. Levantando la cabeza observó el panorama que tenían enfrente, mientras los escuadrones delanteros se replegaban de nuevo hacia la División. Un gran número de conejos de gran tamaño comenzó a salir de entre los árboles que había en el bosquecillo frente a ellos, a unos cincuenta metros de su posición actual.

Los animales eran realmente gigantescos, con algunos ejemplares de hasta cuatro metros de altura, y parecían perfectamente capaces de sostenerse sobre sus patas traseras. Sus cuerpos eran bastante menos esbeltos que los de un conejo corriente, con abdómenes abombados y cabezas pequeñas en relación a su cuerpo, dónde un par de ojos de un extraño color rojizo fijaban su atención en el trío de marines.

Kibai agazapó un poco su posición, mirando de reojo a sus compañeros.

— Señor, creo que tenemos compañía... Son Lapahn, conejos gigantes nativos de esta isla. Unos bichos bastante agresivos, y con un gusto curioso por la carne humana. Al parecer lo que contraba aquel hombre en la ciudad no era mentira del todo. Creo que hemos encontrado a los animales salvajes que amenazaban las caravanas de suministros.

Mientras hablaba, los ojos de Kibai se movian a todos lados, escaneando el terreno a izquierda y derecha. El camino del bsoque se ecnontraba en un punto bastante ancho, de unos cuarenta metros de lado a lado. Un gran montículo de rocas cerraba el exttremo oeste, mientras que los árboles de hoja perenne que abundaban en Drum se erguían al lado este. Por suerte, estos parecían estar lo suficientemente próximos los unos a los otros como para evitar que las enormes bestias que tenían enfrente maniobrasen comodamente.

— "Eso explica por que nos están abordando de frente. Puede que este sea el único coto de caza en el que puedan moverse en manada de manera eficaz."

Los conejos gigantes comenzaron a moverse, dividiéndose en tres columnas que cubrián todo el ancho del camino. Kibai suspiró, ante de dar un chasquido con la mano derecha. Las avispas de Kibai, que habían comenzado a retroceder en cuanto los conejos habían aparecido, se acumularon en dos esferas de color amarillo y negro, una a cada lado de Bertram. El mink sabía que su compañero brillaba en el combate a distancia, pero podía tener más dificultades en el cuerpo a cuerpo.



En ese instante, una ráfaga de viento silbó como un llanto agudo proveniente de las enormes montañas del horizonte. Como si aquello fuese una señal de la naturaleza, los conejos se lanzaron a la carrera hacia los marines. Las pupilas de Kibai se aguzaron a la vez que sus manos volaban hacia las empuñaduras de Arashi y Raimei.

— "Maldita sea, son rápidos..."

Pero desde luego, el mink había enfrentado cosas mucho peores. Como un relápago de color blanco, azul y amarillo, Kibai se lanzó hacia el frente, dejando caer su capa en el proceso para tener mayor movilidad.

— COMANDANTE, LOS DEL FLANCO DERECHO SON SUYOS!

Realizando un movimiento circular con sus armas, Kibai atravesó como una centella a los primeros animales, abriendo sus gargantes con un corte giratorio. Sin pararse, pateó al siguiente animal en el pecho, usándolo para impulsarse de nuevo a su posición inicial, cortando varios tendones y rajando corvas en el proceso, derribando a otros cuantos de sus atacantes.

— "Tenemos que limitar su avance, o nos arrasarán por mera superioridad numérica..."

Percantándose del enorme tamaño de aquellos seres, Kibai decidió emplear aquello en su beneficio. Con la esperanza de que Stroud llegase a una conclusión parecida, el mink se concentró en acabar con los animales que se abalanzaban sobre el flanco izqierdo del camino, creando poco a poco un cuello de botella al acumular cuerpos unos sobre los otros. Cada vez que un conejo trataba de saltar o pasar por encima de sus hermanos era recibido por un tajo fulgurante que lo hacía unirse a la montaña de cadáveres o bien caer rodando hacia la base, dónde estorbaba al resto de los animales en sus intentos de superar la inesperada barricada que Kibai procuraba alimentar constantemente con más cuerpos que se retorcían entre estertores.

Tras varios minutos, los cuarenta metros de ancho del camino se habian reducido considerablemente del lado de Kibai. La muralla de cadáveres había crecido en altura hasta alcanzar los siete metros, y los cuarenta metros de ancho del camino se gabían reducido en al menos otros nueve. El mink acabó con otros dos animales desde la cima de la montaña de cuerpos antes de dar un salto hacia abajo, plantándose en su lado de aquel imporvisado cuello de botella. Su ropa y las hojas de sus espadas estaban teñidas de sangre, al igual que sus dientes, los cuales había usado en más de una ocasión para desgarrar el cuello de alguno de los Lapahn que se había acercado demasiado. Haciendo un molinete con ambos filos para librarse del exceso de sangre en las hojas que podría resbalar hacia las guardas, Kibai exhaló profundamente mientras se disponía a enfrentarse a los siguientes dos conejos que ya se lanzaban hacia él.

El mundo del mink se convirtió en una niebla de sangre. Los conejos, aunque alguno de vez en cuando aún trataba de escalar la muralla de cuerpos y obligaba a Kibai a dar un salto para eliminarlo, se veían obligados a atacar directamente en el espacio más reducido del camino, lo que facultaba a éste para, ayudado por el hecho de que ahora tenía una segunda espada, acabar con ellos de una manera mucho más rápida y eficaz.

En un momento dado, Kibai dio un salto, aterrizando sobre los hombros de uno de los Lapahn y hundiendo las hojas de Arashi y Raimei en su cráneo. Aprovechando su momentánea atalaya, el mink ojeó hacia el fondo, calculando las decenas de enemigos, tranquilamente más de un centenar que aún quedaban en pie. Regresando al suelo de una pirueta, Kibai se secó el sudor de la frente, observando de reojo a sus compañeros de división.

— Chicos, voy a ser sincero, no creo que tengamos tanto espacio en la nevera del Royal para toda esta carne. Y por mucho que me guste estrenar la espada de Bertram, no quiero pasarme matando conejos todo el día. 

Kibai soltó un rugido desafiante hacia los restantes animales que quedaban, manteniendo la guardia doble aguardando al siguiente Lapahn que osase acercársele.

La Caja de Pandora



RE: [Av T5 - Pr Abs] Una corriente helada (Continuación, parte 3) - Stroud Nanashi - 22-05-2026

"Creo que no te faltaba razón, Kibai," concedió Stroud al mink mientras caminaban por la nieve, después de un rato de permanecer sumergido en sus pensamientos durante la travesía, "si se tratase de un chantaje, ya habrían declarado sus condiciones. Esto huele a algo peor. Monopolizar la fuerza médica de la isla... ¿para qué?," preguntó retóricamente, sus ojos grises examinando el paraje nevado a su alrededor mientras continuaban avanzando. El leopardo tenía razón: era demasiado extraño. El único motivo por el que podrían esperar para dar un precio a su chantaje sería terminar de tener a todos los médicos, o simplemente desear que una parte significativa de la población llegase a enfermar antes, pero no parecía que fuese el caso. En efecto, parecía que algo más se cocía allí. "Pero no creo que podamos descartar a los revolucionarios. Siempre andan metidos en algo."

A medida que las botas de la División al completo avanzaban a través de la densa nieve, bajo el espléndido sol que continuaba radiando sobre la isla, Stroud se percató de que empezaba a haber movimiento en el blanquecino paraje. Se detuvo, haciendo un gesto al resto. Asintió ante las palabras del mink. "No, se ve que no era mentira del todo," asintió, apretándose las correas de sus guantes tachonados mientras observaba cómo aquellas enormes bestias los emboscaban como un gran ejército. "Pero habrá que ver hasta qué punto esos bichos están aquí por voluntad propia, y hasta qué punto esta no es una situación de la que se hayan aprovechado," apuntó. Era ciertamente muy conveniente que el castillo en que se decía que alojaban a los secuestrados estuviese tan firmemente defendido por aquellos guardias, a los que nadie echaría la culpa de nada. Fuera una conveniente circunstancia de la que se hubiesen aprovechado, o fruto de alguna suerte de control ejercido sobre ellos, era mucho más discreto —y barato— que apuntalar una guardia permanente que se ocupase de asaltar a los viajeros en aquellos caminos.

Se habían empezado a movilizar. Disponían de una organización envidiable, y se habían distribuido de forma inteligente a lo largo del camino, bloqueándolo por completo y forzándolos a luchar o a huir. Su aspecto era temible, enormes bestias de pelo níveo que se adaptarían perfectamente a su entorno, con aquellas colosales zarpas capaces de destrozar a cualquier viajero desprevenido. Verlos en tal número era, además de abrumador, espectacular. El lado más aventurero y explorador de Stroud quiso tomar nota de todo, dibujarlos en una libreta y documentarlos en profundidad, pero aquello debería esperar. Tras la calma tensa que se había producido tras su repentina aparición en el camino de la montaña, tras una súbita ráfaga de viento, los Lapahn se habían lanzado al ataque, casi en formación. Debían reaccionar. "Los del flanco derecho, ¿eh?," pensó Stroud para sí ante las palabras de Kibai, poniéndose en movimiento y dirigiéndose hacia . No era mala estrategia. Si jugaban al juego que les proponían las bestias, acabarían sepultados por su abrumadora superioridad numérica. La jugada inteligente era, tal y como seguramente hubiese concluido su compañero, servirse de sus números para ponerlos en su contra y crear un entorno en que pudiesen ocuparse de ellos con mayor sencillez.

Él no tenía una Raimei, pero tenía sus puños. Corrió contra el flanco derecho; los movimientos de las criaturas eran rápidos, pero él lo era más. Se lanzó contra el frente de aquel flanco, cara a cara con las bestias, y, como un boxeador, comenzó a atacar, recortando la distancia al mínimo y aprovechándose del gran tamaño de sus contrincantes. Un uppercut, otro, uno al cuerpo, un jab, un cross... Uno a uno, los enormes Lapahn comenzaron a caer frente a sus golpes, derrumbándose como grandes monolitos, y comenzando a formar una suerte de muro o montón que se iba agolpando frente al Marine, progresivamente formando una barrera que entorpecía el paso del resto del flanco hacia su posición. Sobre el blanco pulcro de la nieve comenzaban a formarse, aquí y a allá, pequeños charcos y goterones de rojo, a medida que caían frente a él. Sirviéndose de la ventaja estratégica que estaba creando, el resto del combate resultó mucho más sencillo, a medida que los cuerpos de los Lapahn se amontonaban en torno al mismo punto, empequeñeciendo el rango de maniobra del que disponía el resto y formando una suerte de cuello de botella de cadáveres por el que tendrían que pasar para avanzar hasta ellos y atacarles. Kibai había hecho lo mismo, pero al otro lado. A Stroud le resultaba satisfactorio en grado sumo ver cómo la División funcionaba como una máquina tan perfectamente engrasada.

El ancho del camino, gracias a aquellos parapetos improvisados con los cadáveres de los Lapahn, había disminuido significativamente hacia el final de su asalto, y los uniformados pasaban a disponer de un control del terreno frente a sí del que antes carecían. Stroud continuó la faena, tumbando a más Lapahn, sus nudillos hinchándose y amoratándose bajo la firme cubierta de los guantes tachonados que portaba, pequeñas salpicaduras de sangre  contrastando con lo impecable de su uniforme y, en menor medida, de su piel. Sin embargo, aún quedaba prácticamente la mitad de aquel ejército salvaje en pie. La lucha no había terminado.

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RE: [Av T5 - Pr Abs] Una corriente helada (Continuación, parte 3) - Bertram Gaufrid - 23-05-2026

El arquero de la división 60, el hombre que, a pesar de todo lo que pasó antes de reunirse con  otros marines, siempre tuvo en mente formar una división de marines para trabajar en conjunto para cumplir su misión de ayudar y proteger a los civiles indefensos, finalmente se encuentra en una situación donde ponen a prueba sus ideales y su verdadera determinación por cumplirlos. La primera prueba fue la decisión de ayudar a la niña o ir a por el sujeto de la campana, siendo que el pelirrojo se mantuvo fiel a su mentalidad y objetivo al unirse a la marina, ayudar a quien lo necesitara, y en ese momento una niña que busca ayuda para su madre enferma era la opción primordial a sus ojos, y afortunadamente sus compañeros pensaron igual. Al ir con la niña pudieron dar un primer tratamiento a la madre y al menos asegurarse que estuviera fuera de peligro inmediato, al mismo tiempo descubrieron que alguien secuestró a todos los médicos de la isla, incluido el padre de Hoffel por lo que eso explica que la mujer no pudiera ser atendida.

Durante el camino el arquero mantiene su costumbre de mantener la vigilancia continuamente, siempre quedándose un poco más rezagado que sus compañeros pero a una distancia en la que en caso de necesidad pudieran reunirse rápidamente, así podría dar cobertura a los demás antes de que los alcancen, y podrían ayudarle en caso de que alguien se acercara demasiado al pelirrojo. Mientras caminan los tres miembros presentes de la división hablan sobre sus sospechas respecto a los causantes de todo esto, mientras que Kibai, como siempre, extiende sus insectos de forma inteligente. Durante la conversación Stroud hace una pregunta puramente retórica antes de asegurar que es demasiado pronto para descartar a los revolucionarios, y menciona algo que el joven cazador de la marina también piensa, qué es lo que pretenden pues de ser un chantaje salvo quieran esperar a que la gente enferme para que la amenaza cale más profundo ya habrían informado lo que quieren a cambio. Sea lo que sea el joven pelirrojo no piensa dejar que se salgan con la suya, y por lo que conoce de sus compañeros, ninguno de ellos parece también estar dispuesto a dejarlos sueltos.

Los ojos de Bertram, siempre atentos a los detalles y a su entorno, se percatan de que el camino está rodeado de rocas y los árboles están bastante próximos unos de otros, lo que hace que los flancos sean difícilmente asaltados, haciendo que las amenazas vengan mayormente por el frente o la retaguardia. Justo mientras caminan hacia el castillo sucede lo que tanto la madre de la niña como el hombre de la campana dijeron, una gran oleada de bestias les corta el paso, contando son como unos 300 Lapahns, bestias enormes y peligrosas, seguramente la causa de que el ejército no pueda movilizarse abiertamente, o al menos parte de ella. Los ojos rojos del marine se fijan en todos ellos, y se percata de que no son simples animales, se mueven inteligentemente, buscando acorralar a los marines por lo que mientras sus compañeros siguen avanzando y los animales se mueven, el arquero nota como su compañero cubre sus flancos con sus avispas, algo que saca una pequeña sonrisa al pelirrojo que no destaca precisamente en su capacidad para seguir movimientos a gran velocidad, más bien busca ralentizarlos o anticiparse a sus movimientos.

En el momento que las bestias se lanzan a por ellos, Kibai y Stroud se lanzan de frente contra la maraña de conejos, conteniendo a la mayoría entre ellos, y ralentizando al resto con los cuerpos de sus compañeros caídos haciendo que el arquero pueda alejarse lo bastante para poner a prueba su idea, algo arriesgado, pero viendo que sus compañeros tumbaron a la mayoría ellos solos, Bertram sonríe y hace que su espíritu se expanda como una oleada de presión, limitando el alcance del mismo a unos 10  metros a su alrededor, haciéndolo en el momento que el resto de conejos empieza a lanzarse a por él y manteniéndolo mientras vienen, viendo como todas las bestias empiezan a detenerse en seco su avance, algunas quedando completamente paralizadas y otras, algo más alejadas, huir despavoridas del lugar por el instinto más primitivo de todos, el instinto de supervivencia que provoca que evitas cualquier situación que percibas como una gran amenaza.  El arquero mira a las criaturas y entiende que realmente lo que hacen es su naturaleza, buscar presas para alimentarse y alimentar a sus crías, pero él se niega a ser comida por lo que evitó eso a toda costa.

Escuchando el comentario de Kibai sobre la comida y la despensa la reacción de Bertram es inmediata

-Trehehehe podemos dejar el resto en el pueblo cuando terminemos para que la gente lo aproveche, sir. Pero nuestro objetivo se encuentra ahí detrás, ese pequeño teleférico es nuestro acceso al castillo, pero seguramente si realmente están todos allí será la zona más vigilada.-

Las palabras de Bertram son claras, el peligro apenas comienza y por ello es que pese a que ve a los conejos paralizados o huyendo no aparta los ojos y se mantiene atento a lo que ocurre a su alrededor, listo para reaccionar a cualquier nuevo peligro o por si los conejos regresan a atacar en contra de sus instintos más básicos.

Carcaj de Bertram



RE: [Av T5 - Pr Abs] Una corriente helada (Continuación, parte 3) - Fuguwu - 25-05-2026

Los Lapahn llevan generaciones habitando las laderas de Drum Rockies, y en ese tiempo han aprendido cada grieta de la roca, cada sombra entre los abetos, cada punto donde la nieve acumulada amortigua el sonido de un paso y cada corriente de aire que delata la presencia otros seres. No son simples bestias que atacan por hambre, son depredadores que han sobrevivido a inviernos que habrían matado a cualquier otra criatura de la isla, que han perfeccionado durante siglos una forma de cazar en manada que no necesita órdenes porque cada uno sabe exactamente qué lugar ocupa y qué hace cuando llega el momento, y que reconocen a un enemigo peligroso no para evitarlo sino para rodearlo mejor. Cuando los trescientos Lapahn aparecen entre los abetos a cincuenta metros de los tres marines no lo hacen por casualidad ni por instinto ciego, lo hacen porque han estado observando desde que el primer zumbido de avispa cruzó su territorio y han elegido este punto del camino, este preciso punto donde las rocas del oeste y las coníferas del este reducen las opciones de maniobra al mínimo, para que no haya escapatoria posible. La carga de los Lapahn llega como una avalancha con intención, los de los flancos pegándose a las rocas del oeste y a las coníferas del este para aprovechar cada metro disponible del camino de cuarenta metros de ancho mientras los del centro mantienen una presión constante que no da respiro, convirtiendo lo que hasta hace un momento parecía espacio suficiente para maniobrar en una trampa que se cierra con la velocidad de una mandíbula, el suelo temblando bajo el peso de trescientos cuerpos de entre dos y cuatro metros lanzados a matar con la certeza de quien sabe que en este territorio la presa no escapa.
 
Kibai se lanza al flanco izquierdo como un relámpago de acero y pelaje, Arashi y Raimei abriendo gargantas y rajando tendones y corvas en movimientos circulares que van apilando cuerpos contra las rocas del oeste hasta reducir el ancho del camino en unos nueve metros de su lado, cada cadáver pesando sobre el siguiente y obligando a los que vienen detrás a atacar por un espacio progresivamente más reducido mientras la nieve se tiñe de rojo a los pies del mink leopardo. Durante varios minutos el combate le es favorable y la barricada crece y los Lapahn caen, pero el camino tiene cuarenta metros de ancho y nueve no son cuarenta, y por cada Lapahn que cae otro ocupa su lugar con la misma ferocidad y sin el menor rastro de miedo ante los colmillos o las hojas, y los que escalan por encima de sus propios muertos para lanzarse desde lo alto empiezan a pasar la factura que ninguna técnica puede evitar del todo cuando los números son trescientos contra tres, un zarpazo en el costado que le abre el uniforme, otro en el hombro que le hace perder medio paso, y aunque Kibai sigue de pie y sigue peleando con la ferocidad de un depredador acorralado el daño acumulado empieza a cobrar su precio en cada movimiento y en cada decisión, ralentizando lo que antes era instinto puro.
 
Al otro lado del camino Stroud hace lo mismo con los puños desnudos, un uppercut que derrumba al primero como un monolito, un cross que frena en seco el impulso del siguiente, un golpe al cuerpo que dobla a un tercero antes de que pueda levantar las zarpas, y los Lapahn del flanco derecho van cayendo contra los árboles del este formando una segunda barrera que reduce otros nueve metros del ancho total mientras los nudillos se hinchan y amoratan bajo los guantes tachonados y los charcos de rojo contrastan con la blancura inmaculada de la nieve, pero el problema es el mismo que el de Kibai porque veintidós metros de corredor central siguen completamente abiertos y los Lapahn que no pueden pasar por los flancos los llenan sin dificultad con sus cuerpos enormes y sus garras extendidas, y los que escalan por encima de los cadáveres del flanco derecho alcanzan a Stroud con una velocidad que sus reflejos logran gestionar apenas lo suficiente para que los golpes no sean limpios pero no lo suficiente para evitarlos del todo, cada impacto empujándole un paso atrás, luego otro, la visión ligeramente borrosa y el equilibrio comprometido pero la mandíbula apretada y los puños todavía levantados.
 
Los veintidós metros de corredor que Kibai y Stroud no han logrado cerrar son exactamente el espacio que los cien Lapahn que no han encontrado oposición necesitan para llegar hasta Bertram, cubriéndolo en un instante que no da tiempo a procesar, el primer zarpazo alcanzándole en el pecho antes de que los pies hayan terminado de plantar posición, el segundo en el costado antes de que el primero haya terminado de doler, sacudiéndole de un lado a otro con una fuerza que hace que la nieve bajo sus botas deje de ser un suelo firme, cada impacto más rápido de lo que cualquier cazador podría anticipar sin importar los años que lleve leyendo el bosque. El pelirrojo viéndose abrumado por los cientos de Lapahn lanza una onda de haki del conquistador que paraliza por completo a los Lapahn que le rodeaban.
 
Los tres marines siguen de pie. Con los dientes apretados, con la sangre caliente mezclándose con la nieve fría bajo sus botas, con los músculos quemando y la cabeza pesando el doble de lo que debería, pero de pie. A cien metros al otro lado de la manada el teleférico sigue balanceándose con el viento, indiferente, como si no supiera que tres hombres se están jugando la vida para llegar hasta él. Los Lapahn no se detienen. No conocen la piedad ni la fatiga ni la duda, y si los tres marines no encuentran una forma de cambiar lo que está pasando en el siguiente minuto, la montaña de Drum se quedará con tres uniformes blancos bajo la nieve.
 

 
Detalles Importantes

Belico

Off



RE: [Av T5 - Pr Abs] Una corriente helada (Continuación, parte 3) - Stroud Nanashi - 28-05-2026

Su error no se subsanaría sin sangre, empezando por la suya, como era costumbre con los errores en combate. Se pagaban caros. Cuando apenas se estaba dando cuenta de su error de cálculo, las zarpas de los Lapahn ya se empezaban a abalanzar sobre él, provocándole varios cortes a lo largo del cuerpo. Cortes sucios, desagradables, como los que dejan las garras salvajes que jamás han sido pulidas ni se han enfrentado a nada que no sea carne y huesos. Pero cortes, al fin y al cabo, que no lograron alcanzar un nivel demasiado profundo, si bien llenaron su uniforme de sangre a lo largo de todo su torso y su espalda. El estallido de zarpazos, que rasgaron su piel como decenas de burdas hojas de sílex, pilló a Stroud prácticamente desprevenido, induciéndole un pequeño shock del que le llevaría varios instantes recuperarse. Notó cómo, ante la avalancha, a su cuerpo le costaba reaccionar, y, por un momento, todo le dio vueltas. La rapidez mental que lo solía caracterizar lo acudió en su ayuda, y la de su cuerpo tampoco parecía estar demasiado allá. Por un momento, estaba sometido al designio del bosque.

Stroud se había confiado en demasía. Los Lapahn parecían ser mucho más hábiles de lo que había calculado en un primer momento, dándole una necesaria lección de humildad que nunca estaba de más. En su inocencia, los había tomado por meras criaturas del bosque, esencialmente sin inteligencia más allá de la fuerza bruta de la que hacían gala, pero se movían rápida y coordinadamente, como en bloques, y no les estaba resultando difícil abrumar a los Marines; si se movían por instinto, no era un instinto torpe. Un error de novato por el que Stroud se castigaría, pero no era momento de detenerse a sollozar; cuando se producía algo como aquello, lo mejor era cortar el problema de raíz, y cuanto antes, mejor. Ante su inofensiva, que había carecido de la potencia que él hubiese esperado, había dado una abertura a las bestias, que continuaban flanqueando el parapeto que había intentado acumular y saltando por el mismo sin demasiados problemas.

Sin embargo, conforme pasaron los segundos, conforme respiró hondo en un ejercicio consciente de volver al mundo, de lo que algunos de lenguaje y nociones más sofisticados llamarían propiocepción, su mente parecía volver en sí, recuperándose del shock. Se dio cuenta de que se había colocado una de sus manos sobre su pecho, en un intento inconsciente por cubrirse, o por detener el sangrado, de manera puramente instintiva. Sin embargo, debía volver a estar en control de sí mismo, incluso si aquello implicaba ir constra sus instintos. Retiró la mano de su pecho; había algo mejor que hacer con ella. Inmediatamente, y mientras más Lapahn parecían continuar abalanzándose a su alrededor y dirigiéndose a él, continuó con su ofensiva. Machacar, machacar y continuar machacando. No se podía hacer nada más. "¡No os dejéis abrumar!," gritó, sin desviar la mirada al resto de miembros de la División, temiéndose que hubieran caído en algo similar, "¡Seguid atacando, abrumadlos! ¡Atacad!"

Y, mientras pronunciaba estas palabras, reemprendía su ataque contra los enormes Lapahn, sirviéndose de sus puños para continuar derribándolos uno a uno, uno tras otro, como piezas de dominó y haciéndolos caer. No sabía cuántos quedaban, pero aquella era la clave: parte de la filosofía de combate de Stroud en situaciones como aquella consistía en la ofensiva continuada, racionando su propia energía y la potencia con la idea de que los enemigos no se acabasen nunca, prevaleciendo por encima de cualquier cosa que pudiese presentarse. Si los rivales no se acababan, tampoco encontrarían fin en él. Contra un muro, poner otro muro, y ver simplemente quién aguantaba más.

Y en el momento en que todos hubieron terminado de caer, Stroud bajó de la pila de Lapahn derribados, observando a su alrededor y haciendo un control de daños. Ninguno parecía haber salido demasiado mal parado, aunque el error cometido había llevado a varias heridas que cabía considerar. Contemplando a sus compañeros, suspiró, para luego echar un vistazo a la ruta que tenían por delante. Con la cuestión de los Lapahn solucionada, era fundamental continuar con su camino con presteza. No había mucho que pudiese hacer respecto a su uniforme en aquellos instantes, más que cerrarse adecuadamente el abrigo y permitir que su sangre no se congelase al intentar coagular en sus heridas. "Seguimos en marcha, muchachos. ¿Alguno necesita asistencia? ¿Todos en disposición?"


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RE: [Av T5 - Pr Abs] Una corriente helada (Continuación, parte 3) - Kibai - 28-05-2026

Stroud y Kibai eran hábiles sin duda, y sus maniobras coordinadas dieron resultado en un inicio. Los Lapahn se abalanzaron sobre ellos como una marea, y aunque el dúo de marines se las arregló para contener la primera ofensiva y conducir a sus enemigos hacia una zona más estrecha donde sus números no significasen tanto como a pleno campo abierto, aquellas bestias imponían un ritmo que, como el propio mink había predicho, acabó por abrumarles.

El primer golpe llegó casi por accidente. Las hojas de sus espadas se trabaron un segundo de más en el cuerpo de uno de los enormes Lapahn, tal vez por haber golpeado una costilla, o quizás por la contracción muscular propia de un estertor, pero aquel instante extra que tardó Kibai en recuperar su postura fue suficiente para que otro de los animales se le echase encima. Las garras rajaron el costado del mink, abriendo cuatro surcos en el uniforme que no tardaron en sangrar, tiñendo la camisa del marine de rojo. El olor de su propia sangre golpeó las fosas nasales de Kibai, que acabó con el conejo de una rápida dentellada en el cuello, desgarrando su carótida.

Pero aquello no había hecho más que empezar. A medida que más y más conejos gigantes lo atacaban, un ejemplar particularmente grande, rondando casi los cuatro metros cargó contra el mink. Aunque trató de interponer la hoja de Arashi entre él y su rival, Kibai fue demasiado lento y recibió un fuerte impacto en el hombro que le hizo trastabillar hacia atrás. Durante unos breves isntantes, brillantes luces de colores cubrieron su campo de visión, mientras luchaba por volver a enfocarse en la pelea. Por el rabillo del ojo, vio como los Lapahn seguían su camino directos a por Bertram.

Casi como si lo viese a través de los ojos de otro, Kibai observó como los conejos se abalanzaban sobre el arquero. El joven pelirrojo no había conseguido armar una flecha a tiempo y el mink vio como era golpeado por uno de los Lapahn. Casi a la vez, el olor de la sangre de Stroud le llegó desde su derecha, señal inequívoca de que tambien estaba empezando a ser superado.

Sin embargo, aquello fue lo que devolvió a Kibai a la realidad, justo a tiempo para separar la cabeza  de los hombros un Lapahn que estaba casi encima de él. Él había sido quien se había lanzado al combate, subestimando claramente a sus rivales. Y por su culpa ahora sus dos compañeros de División estaban heridos.

— "No..." — pensó el mink apretando las mandíbulas hasta notar como las puntas de sus colmillos casi perforaban su labio inferior. — "No voy a permitir que esto acabe así".

Con un salto, Kibai sobrepasó a un Lapahn que cargaba a cuatro patas hacia él, clavando a Arashi en su columna vertebral, cortando su movimiento como una marioneta a la que hubiesen cortado los hilos. Antes de desclavarla, el mink chasqueó sus dedos. Las avispas que rodeaban a Bertram respondieron a su orden, desplegándose en un escudo que cubriría al arquero de unos cuantos golpes, aunque a buen seguro no detendría a toda la marabunta que lo asediaba. Aquello era lo mínimo que podía hacer Kibai tras su irresponsable estrategia.

Sin pararse a mirar atrás, el mink desclavó a Arashi del cadaver del Lapahn, observando a los animales restantes, antes de rugir de nuevo y tras invertir el agarre de ambas armas para favorecer movimientos de un mayor recorrido, sacrificando algo de potencia y rango de ataque por celeridad de golpeo, reempredió su ataque.

En esta ocasión no se molestó en hacer más grande la muralla de cadáveres que había creado. El olor de la sangre de sus compañeros seguía impreso en su cerebro, y aquello era suficente para que Kibai hubiese decidido que ninguno de aquellos seres vería un solo amanecer más. A diferencia de los ataques metódicos que había empleado hasta entonces, Kibai se dejó llevar por su instinto, saltando, rebotando entre cuerpos y girando sobre si mismo siempre que podía, empleando tanto sus hojas como las zarpas de sus pies y sus propios colmillos para asegurarse de que todo Lapahn que cruzase la mirada con el acabase muerto.

Finalmente, se hizo el silencio. Kibai jadeaba sonoramente, con ambas hojas clavadas en el centro del pecho del último enemigo, conteniendo un quejido al notar como el viento azotaba la herida abierta en su costado. Levantando la mirada hacia el horizonte, el mink contempló como el teleférico seguía a unos cien metros de ellos.

— "Seguimos en marcha, muchachos. ¿Alguno necesita asistencia? ¿Todos en disposición?"

Las palabras de Stroud llegaron hasta Kibai, que agitó la cabeza mientras arrancaba las espadas de la carne del Lapahn y limpiaba las hojas antes de envainarlas. Masajeandose el hombro golpeado, el mink se acercó a la capa que había dejado caer al inicio de la batalla, la cual por suerte estaba limpia y se la colocó de nuevo sobre los hombros, disimulando de esta manera su uniforme empapado de sangre. Las avispas sobrevivientes volaron hacia él, colándose de nuevo entre su pelaje.

— Nada digno de consideración, señor. Listo para seguir adelante. Mis disculpas, he subestimado a estas bestias. No volverá a ocurrir.

Sin añadir nada más, en parte por su propio orgullo herido, Kibai se preparó para continuar la marcha hacia el teleférico.

La Caja de Pandora