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— Aramenté [Aventura T.5] - Taito - 01-09-2026 32 de Verano del año 18
21:11. Afueras de Ciudad Pinion. — Vamos a flipar para distinguir hostias de caricias, Grigori-hmm — dije parándome a unos cincuenta metros del círculo de las caravanas a las afueras de la Ciudad Pinion. Esas cosas no cambiaban nunca, sabía que si era verano estarían en esta ciudad y así era. Demasiadas tradiciones y costumbres arraigadas. La luz tenue de los farolillos de las caravanas colocadas en círculo lanzaba las sombras en todas direcciones como los números de un reloj y el leve sonido de la algarabía y la felicidad de la noche en el clan reinaba en el ambiente como un murmullo en la distancia y arropaban la noche con una calidez que hacía demasiados años ya no sentía. Las voces animadas de los niños, el ritmo de unas palmas y las risas junto con el crepitar del fuego de la hoguera. Cinco años sin ver a mi familia. A mis padres y a mi hermana. A todos los primos de todas las caravanas... Respiré hondo y exhalé una bocanada de aire más que un suspiro. Grigori me picó suavemente en la cabeza tratando de llamar mi atención — Ya, ya — dije agitando la mano junto a él para que parase — Es que este es el final del viaje ¿sabes? Si entro en ese círculo de ahí, si cruzo esa línea de caravanas... sabes que ya seré un hombre para el clan. Tendré mi propia caravana y llevaré mi propio negocio para ayudar a todos. Formaré mi propia familia con... yo que sé... una pelirroja con el culo super grande pero buen corazón, que cocine guisos calentitos, y que cante regando las plantas, y que sea algo guarrindonga cuando vayamos a dormir, y no lo sé, yo que se Grigori, porque luego vendrán los niños, y me pondré gordo y me dolerá la espalda, y los prepararé para su Aramenté y ellos formarán sus propias familias y se irán y todo vuelta a empezar el círculo — alcé la mirada para observar las estrellas, mezcladas con el ligero humo de la fogata del campamento, respirando agitadamente por haberme acelerado ansiosamente con estos pensamientos. Me tomé unos segundos para respirar hasta calmarme, respirando despacio mientras Grigori clavaba su ojo amarillo en mi — No quiero que mi viaje sea el mismo viaje de todos los demás — confesé, cerrando los ojos con fuerza. — Quiero que sigamos viajando. Quiero viajar por todo el mundo — volví a abrir los ojos y relajé el gesto, volviendo a mirar hacia el corro de caravanas sin parar de dudar. Apreté los puños y noté como mis brazos se tensaban un poco el corazón se me aceleraba mientras el viento cambiaba de dirección y el olor de la comida en la fogata venía hasta nosotros. Grigori se sacudió todo el plumaje y abrió el pico, haciendo un amago de graznar sin hacerlo, llamando mi atención. Me llevé la mano a la nuca y sonreí con dudas — Ya lo sé. Tenemos que entrar ahí y decírselo a todos. Después de esta noche no vamos a volver a la caravana — de un rápido impulso Grigori comenzó a volar, al tiempo que yo empezaba a caminar hacia el destino, a esos cincuenta metros de distancia, con ese pedazo de hierro como espada en la cintura y mi bolsa de berrys al otro lado, mientras me recolocaba el anillo en el dedo con nerviosismo y comenzaba a sonreír dándome confianza a mi mismo para cumplir con mi papel. Grigori volvió a posarse en mi hombro después de haber inspeccionado todo — Es hora de que empiece el primer capítulo de la historia — entonces mi emplumado amigo graznó a mi oído dos veces y me hizo mirarlo con molestia — ¿Cómo que qué historia? ¡La mía! — Grigori comenzó a graznar más fuerte y continuadamente mientras yo cruzaba entre las dos caravanas del límite del círculo que conformaban, entrando en el terreno del clan — La historia de un fracasado que se negó a serlo — le dije a mi mejor amigo.
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RE: — Aramenté [Aventura T.5] - Fuguwu - 01-09-2026 La niebla nocturna de Kutsukku, fiel a su costumbre incluso en pleno verano, se enrosca baja entre las doce caravanas dispuestas en círculo a las afueras de Ciudad Pinion, apenas a un metro y medio del suelo, difuminando los contornos de las ruedas de madera y dejando que solo las luces de los farolillos, colgados cada tres metros a lo largo de los laterales de cada carro, perforen la bruma con un resplandor anaranjado y tembloroso. En el centro del círculo, a unos treinta metros de donde Taito acaba de cruzar la línea entre dos caravanas, una pira de casi dos metros de diámetro, alimentada con leña lanza chispas y otorga a la escena una esencia cálida que solo es interrumpida por el resquebrajar de la madera sucumbiendo al fuego. El olor a carne asada, cebolla caramelizada y pan se mezclan con el humo de la hoguera y viajan con el viento cambiante hasta la nariz de Taito quien ya ha roto el circulo exterior que formaban las caravanas quedando a treinta metros del corro de gente cuando dos siluetas levantan la cabeza hacia él. A su derecha, a unos cuarenta metros, la silueta ancha de Fierro y Tuerca le traerían recuerdos de su infancia al ver a los caballos bebiendo agua junto al resto de la manada ajenos por completo al alboroto que está a punto de desatarse. “¡Eh! ¡Eh, mirad quién viene ahí!” – grita una de las dos siluetas que alzaron la cabeza, alzando ambos brazos por encima de la cabeza mientras rompe a andar hacia Taito con pasos largos y apurados, seguido de cerca por la otra persona que también alzo la mirada, que en vez de caminar decide correr directamente los últimos metros. Gamel y Balgar, dos de los muchos primos de Taito le reconocen a pesar del paso del tiempo y sin dudarlo se lanzan hacia él para darle la bienvenida, deteniéndose a menos de un metro de distancia con la respiración entrecortada por la carrera. Tras reducir la distancia, Balgar le agarra el antebrazo derecho con ambas manos y se lo sacude con fuerza antes de soltar una carcajada corta y ronca. Gamel llega dos segundos después, algo más calmado, y le da una palmada abierta en el hombro izquierdo, justo donde momentos antes descansaba Grigori quien alza el vuelo, incómodo por el ataque repentino, trazando un círculo bajo sobre las cabezas de los tres antes de posarse en el techo de la caravana más próxima – “¡Taito, cabrón, has vuelto!” – dice Balgar sin soltarle aún el antebrazo, mirándolo de arriba abajo con las cejas alzadas – “¡Familia! ¡FAMILIA, VENID TODOS, HA VUELTO TAITO!” – grita Gamel entonces, girando el torso hacia el corro de caravanas y llevándose ambas manos a los lados de la boca para que la voz llegue más lejos. El efecto es casi inmediato; las conversaciones alrededor de la hoguera se cortan de golpe, sustituidas por un murmullo creciente que se convierte en el sonido de decenas de pasos sobre la tierra húmeda. En cuestión de diez segundos, desde las doce caravanas y desde los alrededores del fuego comienzan a converger figuras entre la niebla, adultos que se levantan de los troncos donde estaban sentados, niños que salen corriendo de debajo de las carretas donde jugaban. Solo los ancianos que ya se encontraban cenando se mantienen impasibles en sus puestos, pues han vivido esta escena más de una decena de veces. Entre las personas que se acercan a Taito, a solo unos doce metros, se encuentran Kaori y Mei, quienes se levantan casi al mismo tiempo del tronco donde estaban sentadas dejando caer en el suelo la comida que se habían servido, víctimas de la emoción del momento. En apenas medio minuto, un grupo de más de sesenta personas, casi toda la familia extendida del clan, rodea al recién llegado formando un semicírculo apretado a su alrededor, algunos a menos de un metro de él, otros asomándose por detrás de los primeros para verlo mejor. “¡TAITO!” – exclama Kaori, abriéndose paso entre la multitud de gente hasta lograr abrazar a su hijo a quien no ha visto en cinco años, sus ojos llenos de lágrimas de alegría por verle vivo. A su lado Mei, hermana de Taito, cierra la distancia que las separa en tres pasos y lo abraza por sobre su madre antes de que él llegue a reaccionar del todo. Entre las voces de ambas y las de otros primos que preguntan a gritos por dónde ha viajado, y otra más que quiere saber todos los detalles de su aventura, las preguntas se solapan unas con otras sin darle tiempo a Taito de llegar a responder a ninguna, mientras que lo que parece más de un centenar de manos buscan estrecharle desde todos los ángulos, haciendo que Taito reciba palmadas en la espalda y en los hombros. El clamor de voces, risas y nombres gritados se mezcla con el crepitar distante de la hoguera y con algún graznido de Grigori, que sigue posado en el tejado de la caravana, observando la escena con la cabeza ladeada. Finalmente, desde el fondo del grupo la multitud comienza a abrirse por sí sola gracias a la voz comandante de un hombre quien se abre paso entre la misma – “Dejadme pasar, lambiscones” – y desde la cual aparece Haruto, el padre de Taito, quien extiende los brazos hacia adelante desde varios pasos de distancia y sin decir palabra todavía – “Taito, hijo mío” – dice a un par de metros del recién llegado, y en tres zancadas más cubre la distancia que lo separa de Taito hasta rodearlo por completo con ambos brazos, cerrando el abrazo contra su pecho con fuerza suficiente para que Taito sienta el aire escapar un poco de sus pulmones, mientras Kaori y Mei quedan a un paso de ambos, todavía con las manos apoyadas en el brazo o el hombro de Taito sin llegar a soltarlo del todo. “Bienvenido de vuelta” – dice Haruto por fin, la voz un poco quebrada junto al oído de su hijo, sin soltar aún el abrazo, y entonces, sin separarse del todo, pasa el brazo derecho por detrás de los hombros de Taito y comienza a girarlo hacia la hoguera, tirando de él con un gesto firme y cariñoso a la vez – “Esta noche no se habla de nada más que no seas tú. Vamos, siéntate con nosotros, a que nos cuentes todo lo que ha pasado en estos cinco años” – y así, rodeado por el resto de la familia que empieza a moverse también hacia el centro del círculo, con Kaori y Mei caminando justo detrás de ellos, Taito es arrastrado los últimos treinta metros hasta el resplandor de las llamas, donde ya alguien está acercando un tronco vacío para que se siente.
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RE: — Aramenté [Aventura T.5] - Taito - 01-09-2026 — ¡Epa la Pepa, pero qué recibimiento! — dije riendo ante la marabunta de personas que venían una tras otra a sorprenderse por mi llegada y notificármelo, convencidas completamente de que tenían que tocarme y gritarme todas y cada una de ellas por separado para que me diese cuenta de que eran conscientes de que había vuelto a la caravana — ¡Wajajajaja! ¡Si si! ¡Soy yo! Es normal que estéis así, a esta caravana le faltaba alguien guapete ¿verdad? — decía mirando aquí y allá hasta que mi madre y mi hermana me abrazaron con fuerza, felices de tenerme de vuelta. Aun así no dije nada, simplemente acepté su abrazo y esperé ahora, en silencio y sonriendo a que todos se calmasen y pasasen a estar más tranquilos y menos invasivos. Pero después de ellas vino mi padre, quien de un abrazo y con pocas palabras ya anticipó que lo que tenía que hacer esta noche fuese a ser más difícil aun de lo que ya me planteaba. Alcé la mirada por encima del hombro mirando a Grigori mientras mi padre me llevaba hacia el fuego de la fogata, seguidos y escoltados por toda esa gente, pidiéndole ayuda a mi compañero que por algún motivo se había movido completamente en contra de mis deseos para irse encima de una caravana — Bueno, bueno, tampoco hace falta padre — dije restando importancia — Todos sabéis que es un viaje largo, uno se cansa y eso, y llegar de noche es como para querer pillar catre y dormir y no buscar nada más ¿no? — pregunté retóricamente intentando zafarme amablemente del brazo de mi padre — Grigori y yo hemos hecho y visto muchas cosas estos cinco años. He conocido gente increíble, buenos amigos y amigas — expliqué por encima hablando de Krave, Wheke, Fumi, Vixer y Shö, sin dar mayor explicación ni demasiados detalles de ninguno de ellos, cediendo ante la insistencia física y acompañando al clan donde me estuvieran llevando — Pero lo importante es que aquí estoy, ya lo conseguí, completé mi Aramenté ¡ya soy un hombre! — dije con una sonrisa parando mis pies esperando a que me dejasen respirar un poco. Si me confirmaban mi afirmación, sería suficiente como para poder entrar en el detalle de querer abandonar la vida de la caravana sin que fuera demasiado brusco, pues al ser un hombre debía poder tomar mis propias decisiones. Pero igual no era el mejor momento para solicitarlo dada la euforia puntual de todos, así que me resigné y suspiré mientras seguía caminando con mi padre escoltados por todos los demás.
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RE: — Aramenté [Aventura T.5] - Fuguwu - 02-09-2026 La afirmación de Taito apenas termina de salir de su boca cuando Haruto suelta una carcajada sacudiendo la cabeza de lado a lado mientras sigue caminando con el brazo derecho todavía apoyado sobre los hombros de su hijo arrastrándolo los últimos metros hacia el resplandor de las llamas – “Bwahahaha” – ríe de forma breve – “¿Hombre? Siéntate primero y come, que no es bueno comer y hablar de estas cosas y como decía mi abuela: el que come y canta loco se levanta. Y no quieres levantarte loco ¿verdad?” – dice, señalando con la barbilla el tronco vacío que alguien ya ha acercado junto al fuego, sin detener el paso, mientras dos o tres primos cercanos que alcanzan a escucharlo sueltan un par de risas. En apenas unos segundos más cubren los últimos metros que faltaban, y todo el grupo comienza a acomodarse alrededor de la hoguera principal, formando dos o tres anillos concéntricos a menos de dos metros de las llamas, algunos en troncos y taburetes de madera, otros directamente sobre la tierra. Alrededor de ellos, el campamento sigue su propio ritmo tras el recibimiento animado inicial. A unos quince metros a la derecha de la hoguera, bajo el toldo extendido de una de las caravanas, la gente interesada en medicina del clan revisa uno por uno los frascos de un botiquín de cuero desplegado sobre una mesa plegable. Más allá, a unos veinte metros hacia el norte, tres mujeres remueven ollas de cobre sobre fuegos más pequeños, preparando lo que parecen ser provisiones. A la izquierda de la hoguera principal, un grupo de cuatro hombres se inclina sobre una mesa de madera cubierta con un mapa desplegado de la isla, marcando algo con carboncillo mientras discuten en voz baja, y no muy lejos de ellos, sentados sobre un par de mantas extendidas, dos jóvenes primos rasguean una guitarra desafinada probando estrofas de una canción nueva a media voz. Cerca del límite del círculo de luz, casi en la frontera con la niebla, un anciano hojea con cuidado un libro de tapas gastadas, de esos que hablan de historia antigua, mientras otros dos, algo más jóvenes, ordenan cajas con productos calculando en voz alta lo que sacarán al venderlo mañana en Ciudad Pinion.
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Grigori aprovecha el momento para descender desde el tejado de la caravana más cercana, cruzando quince metros de distancia en un vuelo bajo y directo hasta posarse de nuevo sobre el hombro derecho de Taito, plegando las alas con un par de sacudidas. Haruto observa al ave un instante antes de volver la mirada a su hijo, el gesto de broma desapareciendo poco a poco de su rostro – “En un sentido, sí, ya eres un hombre” – dice, bajando la voz lo suficiente como para que solo Taito y quienes están a menos de un par de metros puedan escucharlo bien por encima del crepitar del fuego – “cinco años solo, sobreviviendo por tu cuenta, volviendo de una pieza. Eso ya dice bastante. Pero para el clan, para que todos aquí” – y con un gesto breve de la mano abarca el círculo de familiares a su alrededor – “te vean como el hombre que va a heredar esta caravana el día que yo falte, todavía falta la prueba final del Aramenté.” – dice con reverencia. Haruto se inclina un poco hacia adelante, los codos apoyados sobre las rodillas, y prosigue – “Hace once días, uno de mis cuervos volvió de Ciudad Pinion con un mensaje que llevaba meses esperando. Un contacto que tengo allí, alguien que hace tratos con la chatarra que vendemos, me hizo llegar un rumor que corre entre la banda que controla la ciudad. Dicen que su líder guarda un tesoro. Una fruta al parecer. Rara, distinta a cualquier otra que se haya visto.” – hace una pausa breve, mirando de reojo a Kaori y Mei, sentadas justo al otro lado del fuego, antes de continuar – “Ese es tu Aramenté, hijo. Entrar en Ciudad Pinion, meterte entre los treinta hombres que protegen a ese líder, y volver con esa fruta en la mano. Cómo lo hagas, si por las sombras o a golpes, eso ya es cosa tuya.”
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RE: — Aramenté [Aventura T.5] - Taito - 02-09-2026 Escuché con atención todo lo que mi padre me decía mientras el campamento volvía a sus noches habituales y Grigori recordaba que no tenía libre albedrío. Lo miré sobre mi hombro y volví a prestar atención a mi padre para cuando terminó de hablar. ¿Otra prueba mas? Como si sobrevivir sólo durante cinco años enteros no fuera suficiente. Suspiré y alcé la vista hacia el cielo, viendo la columna de humo leve de la fogata del centro del campamento yendo a fundirse con las estrellas. — Me fui de aquí con Grigori y unas botas nuevas — dije sin mirarle — Y en estos cinco años me he convertido en alguien, modestia aparte, increíble, padre. He amasado una fortuna, de veras que te parecería increíble si lo vieras... he conseguido cosas rarísimas y cargadas de misticismo como esta espada rarísima, y he hecho buenos amigos, gente distinta, gente con muchos e historias distintas. He sobrevivido sólo y me he reforjado a mi mismo — entonces pasé a mirarle directamente a los ojos — Y he vuelto. Aun habiendo construido una vida diferente para mi, he vuelto-hmm — el silencio sólo se rompía por el crepitar de las brasas del fuego de tanto en cuando — Y he vuelto para que estuviéseis orgullosos de saber que lo he conseguido, sólo por vosotros. Pero ahora resulta que hay una prueba más para completar mi Aramenté... o mejor dicho, un recado añadido de última hora que necesitáis que solucione alguien ¿pero para que? ¿para vender esa fruta rara mágica del destino? Si es por dinero puedo daros todo el que necesitéis — negué con la cabeza y volví a mirar hacia el cielo — Para conseguir una fruta... Qué tendrá de especial una fruta... — sonreí entrecerrando los ojos y volví a suspirar, levantándome tras apoyar mis manos sobre mis rodillas para tomar impulso — Da igual. Lo haré-hmm — desde esa perspectiva volví a mirar a mi padre — Entrar en Pinion, encontrar a ese tío, robar su fruta y traerla aquí — Grigori graznó motivado abriendo sus alas de par en par, demostrándome su apoyo y su disposición para ayudarme — ¿Por donde empiezo? — Recoloqué mi anillo tras aquella pregunta Treinta hombres eran muchos hombres como para enfrentarme a ellos físicamente, y más si iban armados, y más si no conocía el terreno donde me estaba metiendo, y más si... Bueno, da igual, eran demasiados hombres. Tendría que tirar de astucia para colarme o de carisma para librarme. Pero si era un tesoro tan valioso suponía que lo guardaría consigo, y si era una fruta, lo único que necesitaba era colarme, que no me vieran, robarla y marcharme. Fácil sobre el papel, veríamos a ver qué tal en la práctica... y si las cosas se complicaban mucho, me largaría y que me dieran por muerto. Así me ahorraría explicaciones, decepciones y despedidas.
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RE: — Aramenté [Aventura T.5] - Fuguwu - 02-09-2026 La noche sigue cerrada sobre el campamento, la niebla baja aún enroscada entre las caravanas y espesándose poco a poco conforme el fuego consume la leña más seca, mientras Taito termina de hablar con la vista clavada en la columna de humo que sube desde la hoguera hasta perderse entre las estrellas, a varios metros por encima de sus cabezas. Haruto lo escucha sin interrumpirlo en ningún momento, los codos todavía apoyados sobre las rodillas y la mirada fija en su hijo, asintiendo apenas con la cabeza en un par de ocasiones mientras Taito enlista sus logros y quejas, consciente de que es normal que el muchacho sienta como una traición el escuchar que hay algo más que resolver después de cinco años de prueba. Cuando Taito se pone en pie apoyando ambas manos sobre las rodillas para tomar impulso, Haruto se toma un par de segundos antes de responder, dejando que el silencio se llene solo con el crepitar de las brasas. “No es un recado de última hora, hijo” – dice al fin, alzando la vista hacia Taito desde el tronco donde sigue sentado, a menos de un metro de distancia – “siempre existió una prueba final. Volver, demostrar que puedes valerte por ti mismo entre gente que no es tu familia, en territorio que no conoces, todo con el objetivo de prepararte para esto.” – le explica su padre viendo directamente al fuego, rememorando tiempos pasados, de cuando el mismo volvió tras cinco años y se sentó junto a su padre a escuchar estas mismas palabras que ahora le decía a su hijo, en un ciclo que no tiene fin – “Lo del tesoro como tal es nuevo, sí, este tema de la fruta llegó a mis oídos hace solo once días y el momento es curioso, lo reconozco. Pero la idea de fondo era la misma desde que te fuiste. Ahora simplemente tienes un objetivo más claro que perseguir en vez de volver solo con historias que contar.” – confiesa, para luego ponerse en pie y avanzar hasta quedar junto a Taito, mirándolo de frente a menos de un metro de distancia con las manos apoyadas en las caderas. – “Yo no tengo más que ofrecerte, hijo. Ni consejos de cómo entrar ahí, ni mapas en la cabeza, ni contactos que puedan meterte dentro de esa guarida. Lo mío son los cuervos y los mensajes” – dice con media sonrisa, señalando con la barbilla hacia el resto del campamento que sigue moviéndose alrededor de ellos entre la niebla, algunas siluetas todavía yendo y viniendo entre las caravanas a quince o veinte metros de distancia – “pero tienes una familia enorme ahí fuera, y en una familia así siempre hay alguien que sabe algo que a ti te falta. Apóyate en ellos esta noche, que para eso están.” Haruto se estira entonces, llevándose ambas manos a la zona baja de la espalda, y suelta un suspiro largo antes de continuar – “Yo en media hora me voy a la cama, que ya no tengo edad para trasnochar como antes, y me juego el cuello a que la mayoría hará lo mismo en cuanto se les pasen las ganas de verte la cara. Así que no tienes mucho tiempo si quieres hablar con alguien esta noche. No podrás con todos, pero si fuera tú” – hace una pausa, mirando de reojo hacia el toldo donde siguen los preparativos del botiquín, a unos quince metros de distancia, y luego hacia las mujeres junto a las ollas de cobre, algo más allá – “empezaría por los médicos y las cocineras. Esos siempre tienden una mano a quien la necesita, sea la hora que sea.”
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RE: — Aramenté [Aventura T.5] - Taito - 02-09-2026 Las palabras de mi padre, como siempre, llamaban a la calma y al razonamiento incluso cuando el resto de emociones podían anteponerse a la lógica con el peso de la verdad en sus labios. Era un buen hombre, había mantenido a su familia a salvo y siempre había estado para los suyos cuando estos lo habían necesitado y se había hecho a si mismo... pero yo no quería convertirme el la proyección de su sombra. Pero no podía decepcionarle. Por eso tenía que acabar lo que me dijeran, aunque vinieran treinta pruebas más, para tener la conciencia tranquila y mantener el honor de mi padre y mi familia intactos, y después romper con esto y acabar con el ciclo interminable en espiral que mantendría nuestro linaje atrapado dando vueltas en la misma isla para siempre. Cuando mi padre se alzó, me recomendó ir a hablar con las personas encargadas de las cocinas y la salud, cosa que si bien parecía obvia tenía que hacer. Con el estómago lleno se pensaba mejor y se aguantaba más, y si conseguía rascar un par de vendas por si las moscas, nunca me iba a venir de más — Hmm — dije colocándome el anillo mirando en dirección hacia donde él me indicaba — Pues vete a dormir y pilla fuerzas para celebrar mañana por la mañana que tu hijo ha completado su Aramenté — miré a mi padre y asentí una vez, sonriendo mientras Grigori se rebuscaba en una de sus alas — Como dice el primo Perodan, cuando uno es todoterreno lo que sobran son los caminos — y con esa despedida me giré para encaminarme hacia los toldos donde preparaban los suministros médicos. — ¡Eh primo! — dije alzando la mano llamando la atención de los presentes, pues todos eran mis primos al fin y al cabo — El viejo me manda a buscarle un paquete a la ciudad ¿podéis echarme un cable? — pregunté, parándome junto a ellos con los brazos abiertos hacia los lados de mis caderas, mostrando el torso — Ya me veis, potencia de tanque y cuerpo de podenco ¡wajajajaja! — reí y sonreí con mi característico carisma mientras Grigori graznaba dos veces estirando el cuello hacia delante, como si se riese también de mi broma y sin esperar por una respuesta mirando hacia la dirección de la que venía el olor de la cena, silbé como quien llama a un lebrel y alcé la voz un poco — ¡Llevo cinco años esperando por esta cena prima! ¡Guardadme un poco que tengo un hambre que da calambre! — entrecerré los ojos con la sonrisa y volví a prestar atención a mis primos con los botiquines, esperando por una respuesta de su parte relajando la postura de los brazos y metiendo mis manos en mis bolsillos.
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RE: — Aramenté [Aventura T.5] - Fuguwu - 02-09-2026 En el toldo de las medicinas, uno de los primos, el más alto de los tres, con las mangas de la camisa remangadas hasta los codos, revuelve durante unos segundos entre las cajas apiladas antes de sacar no uno, sino dos botiquines y los deja caer sobre las manos abiertas de Taito con un golpe seco – “Toma, llévate dos, que como te conocemos seguro que el primero lo pierdes antes de cruzar la puerta” – dice entre risas, dándole una palmada en el hombro que hace que Grigori se remueva incómodo sobre el otro – “si te diriges a la ciudad ten en cuenta lo que decía el abuelo Waldo: Ciudad Pinion, llena de putas, más de ladrones, mira tu capa donde la pones.” – apenas terminan de despedirse cuando, desde el otro lado del campamento, a unos veinticinco metros de distancia entre la niebla, aparece una de las primas con los mejores dotes del clan saltando de arriba abajo mientras trotaba hacia ellos con un paño anudado en ambas manos, deteniéndose frente a Taito – “Primo Taito, cambio de pasto, engorda a la ternera, ¿eh?” – le dice con mirada lasciva, tendiéndole un paño del que asoma el borde de dos raciones envueltas todavía calientes – “toma guapetón, para el camino” – y con un guiño de ojos se regreso a cuchichear con el resto de primas que observaban con curiosidad la escena. En los siguientes minutos, mientras Taito guarda como puede los botiquines y la comida, el resto de la familia comienza a desperdigarse hacia las caravanas, entre bostezos, últimos abrazos y palmadas en la espalda, y más de una docena de voces se despiden de él con variaciones del mismo deseo de suerte – “que los caminos se te abran como las piernas de las mozuelas, primo” – le deseaban a su modo suerte en su próxima y última prueba, algunas gritadas desde varios metros de distancia, otras susurradas de cerca al oído. Haruto es de los últimos en retirarse, deteniéndose apenas un instante para apretarle el hombro con la mano derecha antes de darse la vuelta hacia su caravana, no sin antes decirle – “que los caminos se te abran como las piernas de las mozuelas, Taito.” – y así, en menos de diez minutos, el campamento que hace un rato bullía de gente queda reducido a las brasas moribundas de la hoguera principal, algún farolillo todavía encendido, y el silencio espeso de la niebla que ya cubre por completo las ruedas de las caravanas. Taito, con Grigori de nuevo posado sobre su hombro derecho, cruza el límite del círculo por el mismo punto por el que entró y comienza a caminar hacia el norte, dejando atrás el resplandor cada vez más débil del campamento a su espalda. El sendero que conduce a Ciudad Pinion serpentea entre montículos irregulares de chatarra oxidada y restos de metal que sobresalen de la tierra como huesos mal enterrados, apenas visibles entre la niebla que la luna, oculta casi por completo, no consigue atravesar. Durante media hora, el único sonido que lo acompaña es el crujido de sus propias botas sobre la grava suelta, algún graznido bajo de Grigori de tanto en tanto, y el silbido frío del viento colándose entre placas de metal abandonadas. Son cerca de las 22:03 horas cuando, poco a poco, la silueta de Ciudad Pinion comienza a levantarse entre la bruma, primero como manchas oscuras y verticales que podrían confundirse con más chatarra amontonada, hasta que la distancia se acorta lo suficiente como para distinguir tejados irregulares, unas pegadas a otras, algunas inclinadas de forma preocupante sobre las calles que las separan. No hay muralla que rodee la ciudad, ni puerta que cruzar, ni guardia alguno apostado en la entrada. El camino de tierra se va ensanchando poco a poco hasta convertirse en la primera de las tres calles paralelas que componen Ciudad Pinion, todas ellas cruzadas a medio camino por una cuarta calle perpendicular que las atraviesa de lado a lado, dividiendo la ciudad en un tablero irregular que, según calculan quienes la conocen, puede recorrerse entera en menos de una hora a pie. A esta hora, la ciudad se muestra mayormente dormida, las tres calles paralelas permanecen casi vacías, apenas iluminadas por algún farol de aceite colgado en las esquinas y las ventanas encendidas de un puñado de viviendas donde alguien todavía trasnocha. Pero en la calle perpendicular, la que corta transversalmente a las otras tres, un único edificio rompe la quietud del resto de la ciudad, se trata de una antigua nave industrial de dos plantas, con la fachada de chapa reforzada llena de grafitis de múltiples colores electrizantes y ventanales altos por los que escapa una luz amarilla e intensa, además de un bullicio de voces, risas y algún grito ocasional que se distingue incluso desde la distancia a la que se encuentra Taito. Dos siluetas armadas flanquean la entrada, una a cada lado de una puerta doble de metal oxidado, y frente a ellas se extiende una fila de al menos una docena de personas, apoyadas contra la pared o pateando el suelo con impaciencia, esperando su turno para algo que ocurre dentro.
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Dos figuras cruzan entonces el punto donde el camino se convierte en calle, a menos de diez metros de Taito, sin reparar todavía en su presencia, ambas con paso calmado en dirección a la nave iluminada – “Como no lleguemos antes de que cierren la lista nos quedamos sin apostar.” – dice uno de los dos – “parece que esta noche Reizā-aniki le concederá audiencia al ganador de los combates, a ver si ya nos va pagando el puto aniki de los cojones.” – le responde el otro en un tono claramente enfadado, y en pocos segundos ambos se pierden calle adentro, sus siluetas encogiéndose entre la niebla hasta fundirse con el resplandor amarillo del antro. Taito se detiene justo en el borde donde el camino de tierra da paso a la primera calle de Pinion, con Grigori tensando ligeramente las garras sobre su hombro derecho, ambos observando el contraste entre la ciudad dormida que se extiende a izquierda y derecha y ese único edificio, varios cientos de metros al frente, que respira ruido, luz y actividad como si fuera el único corazón latiendo en todo el pueblo.
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RE: — Aramenté [Aventura T.5] - Taito - 04-09-2026 La hospitalidad de mi familia era como siempre enorme, así como los gestos afectuosos y los saludos y las despedidas. Estos cinco años me habían separado un poco de ellos y no me sentía tan conectado a la caravana, pero podía saber que ellos seguían siendo los mismos. Los regalos de los botiquines de mis primos y las comidas de mis primas, en el sentido culinario, me ayudarían a que pasado algún mal momento pudiese recuperarme en cierta forma. Salir del campamento fue tan fácil como entrar en él: andando. Y el camino fue el mismo, oscuro bajo la noche pero no solo, pues Grigori iba conmigo. Cuando por fin llegamos a Pinion escuchamos a tiempo la conversación de dos tipos con unos datos lo suficientemente reveladores como para pasarlos por alto. Apuestas, dinero, Reiza... Reiza era la persona que estaba buscando, y esos dos acababan de mencionarlo abiertamente. Siendo treinta guardias seguro que costaría tenerlos a todos contentos y leales, pero escuchar que estaban sin cobrar... por dinero que no fuese. Moví el hombro y Grigori salió volando en silencio hacia uno de los tejados desde el que se podía ver la calle, y tras aclararme la garganta llamé su atención sacando una de las dos manos de mi bolsillo y chasqueando los dedos acompañando a mi rúbrica. — ¡Eh, vosotros dos! — dije alzando la voz al ver pasar a aquellos dos tipos — Vengo a ver al aniki, me han pedido que traiga la recaudación para los pagos de la guardia — empecé a caminar hacia ellos volviendo a bajar la mano junto a mi cadera, sonriendo con amabilidad y gesto pícaro, haciendo uso de mis mejores galas y artimañas — Y la verdad es que quiero quitármelo de encima cuanto antes porque quiero meter mi bolsillo en esas apuestas, mi boca en un whisky y mi polla en un coñito caliente — dije agarrándome el paquete y sorbiendo por la nariz, justo tras pararme frente a ellos. Después de eso, di un par de toques con la mano en la bolsa de dinero que llevaba en la cadera, haciendo que entre los billetes y las monedas hiciera ruido suficiente como para demostrar que llevaba dinero encima — Y yo invito a la primera ronda de las tres cosas — esperaba que mi habilidad natural para caer simpático a la gente junto con la codicia de estos dos funcionase para poder entrar sin llamar la atención y sin que nadie me tocase los cojones
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RE: — Aramenté [Aventura T.5] - Fuguwu - 04-09-2026 Los dos hombres se detienen en seco al escuchar la palabra "recaudación", intercambiando una mirada rápida entre ellos antes de que el más bajo suelte una risa corta y le dé una palmada al otro en el brazo – “Ya era hora, joder” – dice, sin cuestionar nada más, y en cuanto Taito golpea con los dedos la bolsa tintineante en su cadera y menciona la ronda de bebidas, el asunto queda zanjado del todo y sin más preámbulo ambos se lo llevan directo hacia la fila que se extiende junto a la entrada principal, abriéndose paso a empujones y codazos entre los que esperan turno, ignorando las quejas que levantan a su paso. Grigori, mientras tanto, se despega del hombro de Taito y gana altura en dirección a los tejados cercanos, posándose finalmente sobre el borde desde donde toda la calle y la fachada principal del antro quedan a la vista. Al llegar a la puerta doble de metal oxidado, el portero extiende un brazo grueso para cortarles el paso, la mirada fija en Taito recorriéndolo de arriba abajo mientras se lleva la mano al bolsillo de su chaqueta de donde saca un den den mushi para pedir autorización al jefe. “Viene con nosotros, subnormal” – dice el más bajo de los dos subordinados, dando un manotazo impaciente contra el brazo del portero para que se aparte.
Contenido Oculto
Nada más cruzar, el ruido del antro golpea de lleno los sentidos con voces superpuestas, silbidos, el chirrido de sillas arrastradas contra el suelo de concreto, y por encima de todo, el ritmo de música tecno. El techo de la nave, sostenido por vigas de acero remachado a la vista, se eleva a diez metros sobre sus cabezas, y en lo alto, repartidas a intervalos regulares a lo largo de ambos laterales del edificio, varios ventanales rectangulares permanecen abiertos de par en par, dejando que la niebla de la calle se filtre lentamente hacia el interior dándole al lugar un aire esotérico. La planta baja, un rectángulo amplio de unos treinta metros de largo por veinte de ancho, está dominada en su centro por un cuadrilátero improvisado de unos seis metros de lado, delimitado por cuerdas gruesas atadas a cuatro postes de metal soldados directamente al suelo, y alrededor de él, dejando un pasillo de apenas tres metros de margen, se apiñan decenas de personas buscando conseguir la mejor vista. A la derecha, pegada a la pared del fondo, la barra se extiende en veinte metros por la pared y es atendida por un hombre que sirve vasos sin parar. A la derecha de dicha pared una escalera metálica sin barandal sube en un único tramo recto hasta la planta superior, cuyo balcón abierto recorre todo el perímetro de la nave a cinco metros de altura gracias a unos pasillos metálicos de cuatro metros de ancho agarrados con cadenas que cuelgan desde el techo, con la única sección cerrada – un despacho donde no entran más de tres personas apretadas – visible encima de la barra, tras una puerta de madera maciza que contrasta con todo el metal que la rodea. Entre la multitud que rodea el ring, tres decenas de hombres visten de forma casi idéntica con chamarras de cuero negro con la efigie bordada de una cara demoníaca de colmillos afilados en la espalda, y bajo ella, en letras rojas, la palabra "Demon". Son, sin lugar a dudas, los subordinados de Reizā, repartidos entre la barra y el perímetro del cuadrilátero, algunos con los brazos cruzados vigilando más que disfrutando, otros gritando apuestas con billetes ya en la mano – “¡Duelo a muerte con cuchillos!” – corean alzando sus vasos por encima de sus cabezas, y la frase se repite como un eco desde distintos puntos del recinto – “¡Duelo a muerte con cuchillos!” – como un cántico digno de conmemoración – “¡Duelo a muerte con cuchillos!”. En ese momento el suelo del ring comienza a vibrar con un chirrido metálico grave que se abre paso incluso por encima del bullicio y dos secciones circulares se hunden lentamente antes de volver a elevarse segundos después con una persona de pie sobre ellas, ambas armadas con un cuchillo corto en la mano derecha.
Contenido Oculto
El rugido de la multitud se dispara de inmediato, ahogando cualquier conversación cercana, mientras en el balcón superior, justo sobre la puerta del despacho, una figura alta y de complexión fibrosa emerge con un micrófono en mano. Su piel pálida contrasta contra su cabello morado oscuro peinado hacia arriba con mechones en forma de picos, ojos rasgados y una sonrisa fina. Va vestido con una camisa de seda abierta hasta el pecho bajo un abrigo largo bordado en hilo dorado y lleva varios besos marcados en el cuello en rojo rubí. A cada lado suyo le acompañan dos mujeres con unas tetas más grandes que sus cabezas y un culo tan perfecto que les valdría el papel protagónico en cualquier película sin necesidad de considerar sus talentos actorales, ambas enfundadas en vestidos ajustados de un rojo intenso y con el cabello recogido en peinados altos e idénticos. “Bienvenidos mis Demonios a otra noche de juerga y desenfreno. Esta noche tenemos invitados muy especiales, pero sin tanto preámbulo… ¡EL DUELO A MUERTE CON CUCHILLOS, EMPIEZA!” – grita Reizā a través del micrófono, la voz distorsionada por el eco metálico de la nave, y el rugido de los treinta hombres y el resto de asistentes estalla al unísono, sacudiendo el aire de la nave entera mientras, sobre el ring, los dos combatientes comienzan a rodearse el uno al otro a poco más de un metro de distancia, cuchillo en mano, bajo la mirada atenta de todo el recinto.
Resumen
Antro de Reiza
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