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[Pasado] - Algo que celebrar - Versión para impresión

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[Pasado] - Algo que celebrar - Maeve Knox - 09-03-2024

Día 1, 20:32h, primavera, año 12
En algún lugar de las aguas del West Blue

OST DE LA ESCENA

     Una de las mejores cosas de tener un barco propio, además de las evidentes, era disponer de más espacio. Ya no más poseer solo lo justo y necesario que quepa en el macuto, ahora podía tener más mierdas. El nuestro no era el barco más grande del mundo pero, en este aspecto (y en muchos otros), salía ganando. 
     Se sentía bien poder decir de aquella belleza oscura que era nuestra.
     La Rémora Fatua.
     Cuando acaricié el timón por primera vez, fue como reencontrarme con un viejo amigo al que jamás antes había conocido. En aquel puerto de Murkhold, con todos sus antiguos tripulantes muertos por las calles, el barco pareció olvidarse de aquellas almas, ahora perdidas, para darnos la bienvenida a nosotros. A Peteiro, a Eaa y a mí. O eso me gusta creer, al igual que imaginar que ya no quedaba rastro del sucio Waj entre sus paredes, incluso cuando sus cosas delataban su antigua presencia allí.
     Había tocado la madera como si de un antiguo amante se tratase, había mirado a la harpía de la proa presentando mis respetos en silencio. Porque para que un barco te respete, debes respetarlo tú primero. Había observado las velas inflarse mientras el viento les hacía el amor. 
     Y cuando zarpamos, la sensación fue espectacular, casi orgásmica. Aquella majestuosidad era nuestra. Solo nuestra.
     El mayor botín que podríamos habernos llevado de Murkhold.
     Acostumbrarme a surcar el mar sobre su cubierta fue demasiado fácil.
     Y, como ahora, acostumbrarme a que podía guardar más de un par de outfits era simplemente maravilloso. Ahora, cada vez que nos deteníamos en una isla aleatoria para adquirir provisiones, me aseguraba de poder traer algo con lo que llenar mi arcón y consentir a mi ego. En la última parada, me hice con el vestido que utilizaría en la Fiesta de Nuevatripulacionynuevobarcoyañonuevo. Era algo que Peteiro, Eaa y yo habíamos inventado con la única y respetable excusa de celebrar algo. Porque sí, porque nos lo merecíamos.
     El vestido era robado, por supuesto. Una elegantísima combinación de corsé negro, falda corta interior granate, siendo esta recubierta por una capa de tul y encaje negro, más larga por la parte de atrás. Y botas negras, por supuesto, hasta la rodilla, cubriendo unas medias de encaje, también negro, que me llegaban hasta un palmo más arriba.
     Pura, oscura elegancia.
     En mi arcón también guardaba otro tipo de cosas, otros botines menores que había ido recolectando en nuestras pequeñas incursiones desde que abandonamos Toroa. Esto, por supuesto, junto a las cosas que siempre había portado conmigo en el macuto que me había llevado de casa de Ben e Isidora tantísimos años atrás. Con un espacio tan limitado como el que proporcionaba dicho macuto, hasta ahora solo había transportado cosas importantes.
     Ahora, rebuscando, topé con una de ellas. 
     Mitad turquesa y mitad rubí, reconocí su forma aun sin mirarla en cuanto mis dedos la rozaron. Una piedra preciosa, nacida de la combinación de ambas, que disparó en mi interior otro lugar, otro tiempo. Trajo a alguien que, para mi rabia, había aparecido en mi mente más en las últimas semanas que en los últimos años. Rabia porque no quería recordar, pues no servía para absolutamente nada más que para lamentarme. Y yo no me lamento.
     Dejé la piedra en un rincón del arcón, rodeada de la tela de alguna prenda, pues, a pesar de todo, no quería que se rompiera. Que se perdiera. Por eso, la posibilidad de lanzarla al mar nunca fue una opción, aunque supiese que, en el fondo, quizá allí estaría mejor, hundiéndose en el olvido que yo anhelaba.
     Deja de hacer estupideces y arregla ese maquillaje, que falta te hace.
     Me coloqué frente al espejo —¡teníamos un espejo!— y con el pigmento negro cubrí mis párpados, quizá pasándome algo más que como normalmente solía hacer. Necesitaba esa oscuridad, mi oscuridad, para combatir lo que me atacaba de forma intrusiva desde hacía largos minutos. Luego los labios, delineados con una precisión milimétrica.
     Que le den por culo a todo, hoy es para celebrar. Por ellos. Por mí. Por nosotros.
     Iba a coger una cerveza en cuanto la viese en mi campo visual, como cuando, en mi forma de buitre, atisbo mi objetivo y la misericordia no es una opción.
     Hacía un frío de cojones, pero ese vestido necesitaba ser lucido. Me dirigí a la parte de la bodega donde sabía que Eaa estaba liada con los preparativos de aquella cena de celebración. Me acerqué por detrás, sin que ella se enterase, y picoteé del primer plato que estuvo a mi alcance. Sabía que no le haría gracia (me pillaría enseguida) y que me iba a regañar seguro, pero ¿cómo renunciar a mi pasatiempo de molestarla? 


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RE: [Pasado] - Algo que celebrar - Eaa - 09-03-2024

Leyenda


Mantengo la misma OST

- Gulas... listas, lasaña... en el horno - revisaba la lista de platos a preparar, asegurándome de que estaban todos preparados o en proceso. Todo tenía que salir perfecto, pues, la Fiesta de Nuevatripulacionynuevobarcoyañonuevo era posiblemente el segundo día más importante del año, detrás del cumpleaños de Mandarina. Técnicamente era el primer día del año, pero considerando año como cualquier tiempo desde una fecha concreta hasta la misma fecha del año siguiente y no como periodo desde el primer día de primavera hasta el último de invierno, la afirmación era correcta.

Por ello, habíamos preparado ese día con bastante antelación, aprovechando una de las últimas visitas a tierra a una isla cuyo nombre ni siquiera recordaba. Tenía la ropa preparada, aunque, como era obvio, no iba a cambiarme hasta terminar de cocinar. Solo me faltaba manchar la ropa que tanto me había costado conseguir. Encontré una preciosa camisa negra, bastante ancha. Se me veía bastante más de lo que me gustaría el pecho y abdomen. Junto a eso, había comprado un pantalón negro, algo ceñido pero que conjuntaba bastante bien con la camisa. Posiblemente era algo que no fuera a ponerme nunca fuera del barco, o por lo menos no en un largo tiempo, pero aquí dentro me sentía bastante cómoda, pues sabía que ni Peteiro ni Maeve iban a juzgarme. Aun así, hubiera preferido infinitamente más llevar un vestido, pero por obvias razones, los vestidos me quedaban realmente mal. Gracias, akuma no mi.

Tan solo quedaba preparar la tarta Red Velvet y todo estaría listo para poder comenzar la fiesta. Me encontraba preparando la masa, cuando los pelos de mi nuca comenzaron a erizarse uno a uno. Me quedé rígida, inmóvil. Entonces vi una furtiva mano, pequeña, blanca y delicada, colarse por debajo de mi brazo y coger una patata, antes de desaparecer rápidamente. Suspiré, algo más aliviada, pues conocía a la perfección esa mano y sabía que no tenía malas intenciones. Dejé los utensilios en la encimera. - A ver, señorita Pandita - me giré, cogiendo a la mujer por las caderas y levantándola para que su rostro estuviera alineado con el mío. - ¿Cuántas veces le he dicho que no se me acerque de esa manera? - No tardé mucho en desviar la mirada, bajándola hacia su pecho. Sonreí, pues sabía que no lo hacía con ninguna mala intención. - Bueno, mientras no me toques o abraces no te quedas sin cenar. - bromeé. Tardé unos segundos en fijarme en su atuendo. La separé de mí entonces, analizando el vestido. - ¡Estás deslumbrante Maeve! - estaba realmente sorprendida. - Si me hubieran dicho que me imaginara tu atuendo perfecto hubiera estado bastante lejos de esta maravilla. - sonreí. Ver a la mujer en un vestido que le favorecía tanto me hacía realmente feliz, pues en cierto modo era como verme a mí misma. Salvando las obvias diferencias. - Te da un aura muy misteriosa y molona, y ese maquillaje hace tus ojos más... - me quedé en silencio unos instantes. Bajé nuevamente la mirada. Podía sentir cómo me había sonrojado un poco - de panda - murmuré. - No, eso no, tonta. Bonitos. BO-NI-TOS. No es tan difícil - la voz de mi cabeza gritaba histérica. - Ahora se va a volver a enfadar, ya verás. - para sorpresa de nadie, mi única y mejor amiga estaba incómoda en aquella situación. No es que me preocupara en exceso, pues después del tenso momento que me había provocado era mi turno de devolvérsela, pero no era momento de poner incómoda a nadie, si no más bien de todo lo contrario. Sonreí, bajando a la mujer antes de que se enfadara de verdad. Por suerte, conocía una fórmula milagrosa para que volviera a sentirse cómoda. Una vez la albina mujer se encontró de vuelta en el suelo, rellené una jarra de cerveza, así como una copa de vino para mí. Le acerqué la cerveza, la cual cogió como cuando le acercas un dulce a un niño. Agarraba la jarra con ambas manos. Por suerte, pude interrumpirla antes de que comenzara a beber. - Por la capitana, que es la pirata más buscada del West Blue, y por ese vestido que le queda de maravilla. - brindé con ella, dando un suave sorbo a mi copa después. - Por cierto, Pandita. - le dije, mientras ella bebía. - Te jodes, por asustarme antes. - le saqué la lengua antes de que pudiera alejarse la jarra de la boca para responder siquiera. - Luego necesito que me hagas un favor, Maeve. - sabía que le molestaba que le llamara Pandita (aunque sigo sin comprender la razón. Los pandas son muy monos). Trataba de no hacerlo. A veces se me escapaba sin querer si estaba nerviosa, y otras veces simplemente se lo llamaba para molestarle. Aun así, siempre acababa cediendo y le llamaba por su nombre. En cierto modo me gustaba la cara de orgullo que ponía, sabiéndose ganadora de aquellas "pugnas".
- ¿Me puedes hacer una trenza? - le pedí, de la forma más sincera - Yo no sé hacer trenzas, pero creo que es un buen momento para volver a llevar una. - sonreí, antes de girarme para continuar con la masa, pues la tarta iba a tardar un ratito todavía en prepararse.

Escuchar su respuesta afirmativa me hizo realmente feliz. Tanto que no me importó que mi única amiga se sentara sobre la encimera. Miraba de vez en cuando de reojo a la mujer, viendo como esta movía las piernas mientras sujetaba la jarra de cerveza con ambas manos, animada. No me sorprendió para nada, pues yo misma no podía contener mi emoción. Sonreía anchamente mientras tarareaba, a la vez que preparaba la tarta Red Velvet. Saqué del horno la lasagna de espinacas una vez estuvo lista. Volví a brindar con Maeve, sin siquiera una excusa para ello esta vez. Rellené su jarra de cerveza, haciendo lo propio con mi copa de vino. - Esto está listo, voy a cambiarme rápido y luego te aviso para la trenza, ¿vale? - avisé a la albina mientras metía la tarta al horno. - No pruebes la lasagna que te vas a quemar - advertí a mi amiga y la dejé allí, sentada en la encimera con su jarra de cerveza al lado de mi copa de vino medio llena. Fui entonces corriendo a prepararme. Crucé las cortinas que separaban la zona de dormir del resto de la bodega. No proporcionaba demasiada intimidad, pero era infinitamente mejor que nada de nada, y a mí, y por lo que conocía de ella a Maeve, la intimidad era algo que valorábamos mucho. Me quité la ropa que llevaba, antes de sacar de mi arcón la que me iba a poner esa noche. Me puse primero los pantalones, aprovechando el momento de agacharme para separar los rojos mechones de mi pelo. Este había comenzado a perder un poco de color, debido seguramente al agua marina y a no haber podido cuidarlo en condiciones desde que partimos de Murkhold. No había mucho que pudiera hacer en ese momento, por lo que me levanté, peinándome de esa forma. Me abroché el pantalón y me puse la camisa. Me miré al espejo. La camisa me hacía una forma muy rara teniéndola abrochada, pero desabrochada no quedaba mucho mejor, pues desentonaba mucho con mi rudimentario sujetador. Tras casi un minuto, decidí que lo mejor era deshacerme de este último. Era algo vergonzoso verme así, siendo completamente sincera, pero sabía que ninguno de mis amigos iba a juzgarme. Además, llevar la camisa de esa forma era realmente cómodo. - Puesta a esta cómoda... - me quité la camisa un momento, desabrochando el vendaje que cubría mi hombro derecho. Sentí un alivio inconmensurable, como si me quitara un enorme peso de encima. Hice un par de aspavientos con los brazos, sintiéndome en cierto modo libre. Era una noche especial, y encima mi mejor amiga estaba deslumbrante, así que yo iba a tratar de estar lo más deslumbrante posible también. Por ello, rebusqué en mi arcón algún accesorio que ponerme. Recordé un anillo que había encontrado en una de las últimas islas que había visitado. Era sencillo, pero no se, hay quien dice que los anillos te hacen más guapa. Tras ponérmelo en el índice de mi mano derecha seguí rebuscando. Encontré un pequeño colgante. Sonreí al verlo nuevamente. Se trataba de un precioso colgante de plata, con la cabeza de un oso panda. No fui yo quien decidió que ese colgante comenzara a viajar con nosotros. Fue el pequeño Mandarina quien, el día antes de mi cumpleaños, estando en una pequeña isla, volvió de uno de sus típicos paseos, llevando este en la boca. Lo tomé como un regalo de cumpleaños por parte de mi pequeñín, aunque me daba mucha vergüenza llevarlo puesto. - Hoy no es el día de pasar vergüenza - me dije a mí misma y me senté en el borde de la cama. Me puse el colgante y me coloqué un poco el pelo. - Ya... puedes pasar... Maeve - parecía que sí que iba a ser un día de pasar vergüenza al fin y al cabo. Me froté las manos, nerviosa. Giraba el anillo de mi índice alrededor del mismo. - ¿Qué... qué te parece? - pregunté, cuando vi que esta comenzaba a abrir la cortina. - ¿Cómo me veo?


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RE: [Pasado] - Algo que celebrar - Maeve Knox - 15-03-2024

     Eaa tenía la costumbre de, cuando le apetecía, levantarme en brazos. Sí, ya le había dicho que no me gustaba. Sí, seguía haciéndolo. Igual que dirigirse a mí haciendo referencia a un panda. Supongo que esa era ya una batalla perdida. Fruncí el ceño, mirándola. Y, aunque supongo que me lo tenía merecido por incordiarla en la cocina, no pude evitarlo. Ella volvió a hacer eso de mirarme el pecho cuando hablábamos. A veces no entendía a esta muchacha.
     —Tranquila, no iba a abrazarte —le solté ante la amenaza de dejarme sin cenar. Qué despiadada... Con los manjares que estaba preparando, no me podía decir eso. Se me estaba haciendo la boca agua. Y además, los abrazos y yo no nos llevamos muy bien.
     Todavía sujetándome en el aire como una muñeca, estiró los brazos para dejar distancia y me miró de arriba abajo. "Deslumbrante" fue la palabra que escogió, también "misteriosa". Alabó mi maquillaje. Según ella, mis ojos eran más como los de un oso panda. Levanté una ceja y bajé la otra, pero luego suspiré. Que estaba deslumbrante, eso ya lo sabía. Aquel era un vestido maravilloso, digno de las oscuras almas que eligieran lucirlo. Hace tiempo que consideraba que la oscuridad residía en la mía y estaba en paz con eso. Lo había aceptado muchos años atrás. Pero, más allá, el vestido también estilizaba, se adhería a mi cuerpo como si siempre me hubiese pertenecido. Uno de mis mejores robos de los últimos tiempos.
     Eaa me sonrió antes de devolverme al suelo. Luego me dio una cerveza. Sabía cómo consentirme y yo no me iba a hacer de rogar, así que cogí la jarra. Al brindar, lo hizo por mí, a lo que añadí:
     —Y por Eaa, la mejor cocinera del West Blue y la mejor empalando a asquerosos que la doblan en tamaño. —La referencia a Waj era clara. Todavía me costaba aceptar cómo una belleza como nuestro nuevo barco pudo pertenecerle a alguien como él.
     Luego, me pidió una trenza llamándolo favor. Ojalá todos los favores fueran así de sencillos.
     —Claro, te hago una. Y te enseño, si quieres, pero en otro momento, que con estas cosas en las manos —señalé a las bebidas— puede salir cualquier cosa.
     Saber hacerse una trenza era básico para cualquier cabello largo, y también muy útil.
     Después, me senté sobre la encimera y observé con ávidos ojos todo lo que esperaba para la cena. Tuve la sensación de que Eaa me leyó los pensamientos porque me dijo que si probaba la lasagna me quemaría. HABÍA HECHO LA PUTA LASAGNA DE ESPINACAS QUE LE DIJE QUE ME ENCANTABA. Estaba deseando hincarle el diente. Oh, dios, cómo la iba a disfrutar... No me importaba esperar un poco más si con ello me ganaba un orgasmo culinario.
     Entonces, Eaa se marchó dispuesta a cambiarse de ropa.
     Me quedé subida a la encimera. Me pregunté cómo coño se desenvolvería el puto Waj allí con sus dimensiones. Quizá se hubiese quedado siempre en cubierta y su gigantesca tropa, a la que también masacramos, se encargase de todo lo demás por la bodega y demás dependencias. Igual que también me pregunté dónde demonios se metía toda esa gente en este barco, no me entraba en la cabeza. Pero, bueno, tampoco malgastaría mis pensamientos en gente que era pasto de carroñeros. No de mí, claramente tengo mejor gusto para escoger alimento.
     Pensé en Peteiro. No sabía que estaría haciendo, pero seguramente trasteando con algo en la cubierta.
     Entonces, Eaa me llamó. Me dirigí a las cortinas que separaban los dormitorios y ella las abrió.
     —Vaya, vaya, vaya... ¿qué tenemos aquí? —dije, realmente impresionada por su aspecto.
     Camisa negra abierta, pantalones del mismo color. Por encima de este último, el cascarón de huevo al que tanto me había acostumbrado ya a ver. Pero no era eso lo que veía, sino la elegancia de la pelirroja. Bajo la camisa, nada, por lo que la forma de sus abultados y redondos pechos quedaba jodidamente bien. Y sobre su escote un colgante. Cuando me fijé bien me di cuenta de que se trataba de un... panda. Para mi puta desgracia, sentí un pequeño ardor en las mejillas ante el colgante.
     —Cuando quieras vamos a robar modelitos juntas. Deberías usar más este tipo de ropa, estás tremenda. Hazme caso.
     Me detuve cuanto quise observando su aspecto festivo. Sí, definitivamente me tenía que hacer caso.
     Después, caminé hacia ella en dirección a la cama, que es donde permanecía sentada. Me subí al colchón, situándome detrás.
     —No te asustes, no voy a hacerte nada que no me hayas pedido.
     La cantidad de pelo que tenía que manejar era importante. Comparando los tamaños, no sabía si mis manos —diminutas a su lado— iban a poder hacer el trabajo correctamente. Comencé a peinarla con los dedos, asegurándome de que no me encontraría ningún enredo que me dificultase la creación. Era raro, muy raro para mí encontrarme en esa situación. No suelo verme involucrada en esta clase de labores, pues cuando estoy cerca de alguien y acepto tocarlo, es para otra clase de cosas que no compartiría con Eaa. Sin embargo, aquello era diferente, no me suscitaba nada erótico, pero sí algo bueno, como si cuidase de ella. Y yo no cuido de nadie. Por eso era raro, pero agradable.
     Separé tres mechones rojos y muy largos, intentando que contuviesen una cantidad similar de cabello, y comencé a trenzarlo. Efectivamente, no que equivocaba: manejar esos tamaños era complicado, y más si quería obtener un buen resultado. No obstante, poco a poco me fui haciendo con ello y al final conseguí una preciosa trenza. Me arranqué una tira de encaje de la falda de mi vestido y la usé para atarle el pelo en el extremo, de modo que no se deshiciera.
     —Ahora sí que estás divina —le dije con una sonrisa de labios negros.
     Lo que sí que sería divino sería que mi estómago dejase de rugir por el hambre, así que le informé de que iba a preparar las cosas en la cubierta del barco. Haría frío, lo sabíamos todos, pero no nos quitaría la cena de tripulación bajo las estrellas. Además, el alcohol calienta y esa noche bajaría mucho por nuestras gargantas.

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RE: [Pasado] - Algo que celebrar - Eaa - 15-03-2024

Leyenda


Estaba tan avergonzada que ni siquiera podía levantar la mirada para mirar a Maeve. Asentí efusivamente cuando esta mencionó ir a robar modelitos. Tardé un rato en procesar lo que comentó acerca de que estaba tremenda. Aquello hizo que inconscientemente me sonrojara todavía más. Normalmente este tipo de comentarios me creaban gran repulsión, pero esta vez era diferente. No percibía ninguna especie de perversión ni intención oculta en su tono - Será su forma de hablar - pensándolo mejor, me había recordado mucho al comentario que yo misma le había hecho a la albina acerca de su atuendo.

Entonces la mujer se subió en la cama y se puso detrás de mí. No pude evitarlo, los pelos de mi nuca comenzaron a erizarse. Les siguieron los de la espalda y brazos. Cerré los ojos y apreté las manos con fuerza mientras me repetía a mí misma que todo iba a ir bien. Las palabras de la mujer no me ayudaron en absoluto a liberar tensión. Había escuchado palabras parecidas demasiadas veces durante mi cautiverio. A diferencia de todas aquellas veces, el tono y la intencionalidad detrás de estas eran diametralmente opuestos, y por primera vez, ciertas. - ¿Por qué ahora? - pensé, sintiendo como la marca de mi hombro comenzaba a arder.

Todo eso desapareció tan pronto como la mujer comenzó a peinar mi pelo carmesí. La delicadeza de sus dedos y la calidez que transmitía con cada movimiento me enviaron a un lugar. Un lugar muy lejano tanto en el tiempo como en el espacio. Abrí los ojos (metafóricamente, pues mis ojos seguían cerrados) y me encontré allí, en el porche de casa. Sentía la brisa en mis mejillas, el olor a tarta de mandarina, y mamá tarareando una canción mientras me peinaba. Sin darme cuenta comencé a mover las piernas, enormemente feliz. Lágrimas comenzaron a deslizarse por mis mejillas mientras yo seguía en aquella distante realidad. Me mantuve allí hasta que las palabras de la mujer me trajeron de vuelta.

Abrí los ojos, algo desconcertada, mientras me secaba las mejillas. Cuando fui a agradecer a la albina esta ya había salido a la cubierta. Me dirigí despacio hasta el espejo. Lo que vi en él me hizo romper a llorar desconsoladamente. No podía creer lo que veía. La trenza era realmente maravillosa. Pensaba que era algo que había perdido para siempre, y verlo de nuevo hecho realidad... Tras un par de minutos de ininterrumpido llanto decidí que era momento de salir de la bodega. No porque hubiera dejado de llorar, si no Peteiro y Maeve iban a tener que preparar todo para la cena. Salí, secándome cada pocos segundos aquellas lágrimas que no querían parar de brotar de mis ojos. Maeve estaba preparando la mesa, colocando los distintos platos cerca de cada uno de nosotros, según nuestras preferencias. Peteiro, en cambio, parecía pelear o jugar con Mandarina, con la intención de mantener a este apartado de la comida.

Parecían pasarlo bien, por lo menos hasta que yo salí de la bodega. Momento en que el felino se escabulló entre las piernas del gyojin y vino corriendo hasta donde yo me encontraba. Saltó en uno de los barriles y se subió a mi hombro derecho, aquel que no estaba cubierto por la trenza. Comenzó a frotarse contra mi mejilla, luciendo el collar rojo que le regalé por su cumpleaños. Estaba convencida de que mi pequeñín tenía una especie de sentido especial para percibir cuándo estaba mal y venía corriendo a consolarme - Hoy te has confundido Pequeñín. - sonreí y le rasqué la barbilla. De hecho, no podía estar mejor. Me acerqué a Maeve, despacio. - Muchas... - me costaba hablar llorando de esa forma. - ¡Oye, Ya vale! - grité, mirando a otro lado. - Vale, parece que ya está - suspiré. - Maeve... - dije tímidamente, mirando a esta. Como de costumbre, no podía mirarle a los ojos. - Muchísimas gracias por todo. De verdad de verdad - hablé y le cogí la mano. Tenía muchísimas ganas de abrazarla, pero sabía lo mucho que eso le iba a molestar. - En verdad pensaba que nunca más iba a poder verme así - expliqué. Para sorpresa de nadie, las lágrimas decidieron volver a brotar - No sabes lo muy feliz que me hace esto. - volví a secarme las lágrimas - Tanto que no se cómo te la voy a devolver - finalicé con una sincera sonrisa. Tras unos instantes continuamos con las preparaciones de la cena. No tardamos mucho en preparar todo. - Vale, está todo listo, ¿no? - pregunté, mirando la mesa. - Bueno, ¿entonces va siendo hora de empezar a comer? - pregunté, levantando nuevamente mi copa de vino, antes de darle un sorbo - Capitana, ¿quiere hacer los honores? - propuse con una sonrisa.



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RE: [Pasado] - Algo que celebrar - Maeve Knox - 19-03-2024

     Con unos cuantos barriles contiguos, improvisé una mesa para poder dejar los platos, copas y demás y no tener que estar en el suelo para cenar. Por mí no habría habido problema, no soy exquisita en ese sentido, pero entendí que para gente que me sacaba más de tres metros tal vez no fuese la opción más cómoda. A decir verdad, quizá los barriles tampoco, pero debíamos apañarnos con lo que había en el barco.
     A Peteiro se le veía muy disperso, nada que sorprendiera a nadie, así que me encargué yo de ir subiendo a cubierta lo necesario. Eso sí, ningún plato de comida. Mucho me temía que si tocaba dichos platos sin el permiso de Eaa, aun sin intención de comer nada, me colgaría del mascarón de proa como castigo.
     El ambiente ya era festivo, y eso que apenas había empezado la noche.
     Sin embargo, cuando apareció Eaa, mi seriedad se hizo patente. ¿Qué había sucedido? ¿Había estado llorando? Si hasta hacía cinco o diez minutos había estado con ella abajo hablando de nuestra ropa, peinándola. Pronunció mi nombre y me dio las gracias. Dibujé sendos arcos con las cejas. No comprendí hasta que hizo alusión a su apariencia. Y rompió a llorar otra vez.
     Me fascinaba la capacidad de esa chica de transmitir sus emociones sin importarle qué, dónde ni cuándo. Lo hacía y ya esta, esa era ella. En mi caso, no es que yo quisiera cambiar cómo soy (tampoco podría, me temo), pero de vez en cuando no luchar contra lo que sientes y dejarse llevar puede ser incluso terapéutico. Pero no es un debate sobre el que quiera hablar ahora.
     —No me tienes que devolver nada, creo que con esta cena te has ganado todas las trenzas que pueda hacerte de aquí a un mes. Y tampoco lo necesitarás, porque ya te he dicho que te enseñaré a hacerlas tú misma. —Le guiñé un ojo. 
     Continuamos con los preparativos, no fuera a ser que nos enredáramos hablando hasta el amanecer, aunque toda la noche aún nos separase de ese momento.
     Hora de empezar a comer. No lo dije yo, fue Eaa. Y de verdad que no necesitaba que me lo repitieran.
     Me señaló para comenzar.
     —Será un placer.
     Solo necesité un tenedor, porque el hambre voraz ya la llevaba.
     Obviamente, habíamos lavado los cubiertos varias veces, no fuera a ser que nos metiéramos a la boca algo que antes había chupado cualquiera de los antiguos y asquerosos ocupantes del barco. Me daban ganas de vomitar solo de pensarlo.
     Así pues, lo primero que ataqué con el tenedor fue la lasagna de espinacas.
     Oh, dios. Oh, dios. Oh, dios. OH, DIOS. DIOS MÍO.
     —Mmmmm —dejé escapar en cuanto la explosión de sabores inundó mi paladar. Cerré los ojos, fruncí el ceño. No sabía de dónde había sacado Eaa esa habilidad suya de cocinar pero, si quisiera, tendría la capacidad de ponerme a sus pies tan solo con los platos que preparaba. Pero eso no se lo diría a ella, por supuesto.
     Sabía exactamente igual a como la recordaba. Incluso mejor porque la había preparado siguiendo mis deseos.
     —Esto es maravilloso, Eaa —añadí sin abrir los párpados.
     Fui atacando todos los platos con el tenedor, deleitándome con cada sabor, cada textura. Si aquello no era una celebración, nada en el mundo podría serlo.
     Entre medias, tragos de cerveza. El placer que estaba sintiendo era completamente indescriptible.
     Y luego había tarta de Red Velvet. Aquello era lo más cercano al paraíso que me podía imaginar.
     


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RE: [Pasado] - Algo que celebrar - Eaa - 19-03-2024

Leyenda


No esperaba que Maeve se ofreciera a hacerme todas las trenzas que quisiera en un mes. Me pilló completamente desprevenida, siendo sincera. Era algo que para nada me esperaba por parte de la mujer. Tal vez podía imaginarme que se ofreciera a molestarme los días pares únicamente y dejarme descansar los impares, o en algún caso extremo a ir a pasear a algún lugar, pero no a algo como eso. Lo de enseñarme cómo hacer las trenzas ya lo había mencionado con anterioridad, por lo que no me sorprendió tanto.

Cuando le propuse hacer los honores esperaba que dijera algunas palabras bonitas, alguna especie de bendición, o bueno, tratándose de la albina, una sarta de insultos e improperios varios. En cambio, atacó lo más rápido que pudo la lasagna - como suponía - una ligera sonrisa se dibujó en mi rostro. Yo cogí unas cuantas gulas con el tenedor, esperando a la mujer para empezar a comer. Pude ver a la perfección cómo le cambiaba la cara. La forma en que saboreaba, sus expresiones faciales,... parecía estar disfrutando como nunca de aquello. Me quedé embobada viendo cómo se le hacía la boca agua con la lasagna. Y después me dijo que estaba maravilloso. No hacía falta que me lo dijera pues yo misma estaba viendo lo feliz que le hacía probar su comida favorita. Verla disfrutar de esa forma con lo que yo había preparado me generó una indescriptible sensación. Era posiblemente la principal razón por la que había comenzado a cocinar. Preparar platos que deleitasen a mis amigos, mis únicos seres queridos junto a mi pequeñín. Parecía que todos los intentos fallidos y percances en la cocina estaban dando sus frutos. Me llevé el tenedor a la boca cuando Maeve comenzó a probar el contenido de otros platos. Arqueé una ceja, pues no sentí más que el tenedor entre mis labios. - Pero si yo... - pensé mientras me giraba a mirar el tenedor. Me había quedado tan absorta con aquella hipnótica escena que las gulas se me habían caído del tenedor y estaban esparcidas por el gato. Allí estaba Mandarina, olisqueándolas y manteniendo las distancias, casi bufando al plato. Recogí las gulas y me las comí, después de llevar al felino hacia su plato de pollo. Miré a Peteiro, quien engullía su pescado mientras hacía unos ruidos extraños. No me sorprendió, al igual que no me sorprendía que tuviera una jarra de cerveza intacta a su lado. - Bueno, así  Balban igual nos pierde el miedo y se anima - sonreí. En verdad no le había visto nunca, pero tampoco iba a juzgarle. Yo misma había evitado por años relacionarme con gente. De hecho, nunca hubiera imaginado estar haciendo una cena de celebración con nadie. Pero Mandarina, Maeve y Peteiro eran una excepción. Mi excepción, mi pequeña familia.

- Parece que era verdad que la lasagna de espinacas es tu plato favorito. - sonreí, mientras daba otro sorbo a mi copa de vino, mirando a la mujer coger más de esta. Se había comido casi la mitad ella sola. - Me hace muy feliz verte disfrutarla tanto. Iba a decir que si quieres te la puedo preparar todos los días. Pero será mejor mantenerla para situaciones especiales, ¿no crees? - pregunté, esperando a que esta me mirara para continuar. - Hablando de cosas especiales. Siento decirle, mi estimada y salvaje capitana de ojos... - me quedé callada. - ¿Para qué hablas de sus ojos? - esta vez mi crítica voz tenía razón. No pintaban nada los ojos de la albina en la conversación, pero según se giró los vi, y no pude evitar mencionarlos. - de panda - terminé la frase, como de costumbre, mientras miraba hacia otro lado. - Me veo obligada a rechazar su ofrecimiento de hacerme todas las trenzas que pueda en un mes. - expliqué - Las trenzas son solo para ocasiones especiales. Pero sí que quiero que me enseñes a hacérmelas - volví a mirar a la mujer, animada. Tan pronto como miré a mi amiga volví a desviar la mirada, exactamente igual como había hecho hacía unos instantes, pero notablemente más sonrojada. - Así puedo hacerme una trenza para tu cumple y darte una sorpresa. - sonreí. Me quedé callada unos instantes. - Espera, si te lo digo no será sorpresa - murmuré, un poco confusa por mi metedura de pata. - Bueno, ya se te olvidará - me reí, un poco nerviosa. Recordé algo que había visto mientras preparábamos la mesa. - Maeve - le llamé. - Antes me he fijado en que tenías un tatuaje en la espalda - hablé algo tímida. - ¿Podrías enseñármelo luego otra vez? - le pedí. - Es que me ha parecido muy bonito y no lo he visto bien.  - cogí un trozo de la lasagna y la probé. Estaba realmente rica, a decir verdad. No me sorprendía que mi amiga hubiera reaccionado de esa forma. Posiblemente cuando volviera a probar la tarta de mandarinas, mi reacción sería muy parecida. - Si no es mucho meterme, ¿Qué significa?



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RE: [Pasado] - Algo que celebrar - Maeve Knox - 20-03-2024

     —¿Por qué te iba a mentir? —respondí tras meterme otro trozo de lasagna a la boca; no quería que se terminase jamás—. Si te miento sobre mi plato favorito, al final salgo perdiendo yo, ¿no? 
     Valoré la opción de comer lasagna de espinacas todos los días, pero, para mi desgracia, Eaa tenía razón. Quizá tenerla cada día encima de la mesa le quitaba ese toque especial, y más tras tantísimo tiempo sin probarla. Asentí con la cabeza, pues estaba masticando y era incompatible hablar con que se me entendiese algo.
     Por parte de Peteiro, parecía que se había hartado de comer y, tras anunciarlo, fue a hacer no sé qué a otra parte del barco.
     Entonces, Eaa volvió a sacar a relucir mis ojos por algún motivo. En esa ocasión ni me molestó lo del oso: estaba demasiado feliz deleitándome con semejante delicia. Y opinó lo mismo con respecto a sus trenzas: guardárselas para momentos importantes. ¿Había incluido mi cumpleaños en uno de esos momentos? Quise sonreír, pero me salió una mueca extraña de carillos inflados.
     Al menos, ya se me estaba quitando el hambre, lo cual me daba más espacio para sentir la sed. No una sed real, de esas que solo el agua puede calmar. Sed de cerveza, de alcohol, de lo que se bebe en momentos festivos. De lo que estaba (otra vez) llena la jarra cerca de la mano derecha. Tragué la comida y, a continuación, bebí por enésima vez. 
     Eaa pronunció mi nombre antes de preguntarme sobre el tatuaje de mi espalda. Cierto. El vestido que llevaba lo dejaba a la vista, aunque la mayoría de las veces se me olvidaba que lo tenía. De inmediato, en mi mente apareció el recuerdo del dolor que sentí mientras me lo hacían. Fue muy intenso, es una zona sensible. Pero los tatuajes marcan y, sin el dolor que les corresponden, pierden un poco de su sentido. Desde entonces, recorriendo mi columna vertebral se podían ver las diferentes fases de la luna siguiendo una línea vertical.
     ¿Estaba preparada para aquella conversación? 
     Hablar sobre mí se me daba entre mal y peor. Pero aquella era una noche especial, ¿no?
     Decidida, bebí de golpe todo el contenido que quedaba en mi jarra.
     De hecho, nunca le había contado esto a nadie. Tal vez me arrepintiese al día siguiente, como de otras tantas cosas que quedaban por llegar.
     —Significa ciclo, transformación. El paso de la vida a la muerte y el renacer de la vida otra vez. Luz, oscuridad.
     Me giré despacio y le di la espalda, apartándome el largo cabello hacia delante para dejar al descubierto el blanco lienzo donde descansaban los tatuajes.
     Cuando regresé a mi posición, le quité la copa de vino a Eaa y también me la bebí. Estaba comiendo bastante, así que dudaba que la hostia del alcohol fuese a ser inmisericorde. Podría con ella. Proseguí:
     —Todos los tatuajes cuentan una historia, supongo. ¿Tienes tú alguno? Nunca te he visto sin ropa, tal vez los lleves en lugares ocultos. —Pinché gulas—. De todas formas, harías bien en beber más tú también. Si vamos a hablar de cosas personales, ayuda. Y no, no te vas a escapar. Primero, porque el barco tiene límites y estamos rodeados de mar, y segundo, has empezado tú. —Le serví más vino en la copa que le había arrebatado—. Venga, dale, que te voy a proponer un juego.
     Sonreí con malicia.
     

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RE: [Pasado] - Algo que celebrar - Eaa - 20-03-2024

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Transformación... luz y oscuridad... No conocía hasta ese punto a Maeve, pero por lo que conocía de ella y por cómo lo mencionaba, se me hacía bastante evidente que aquel tatuaje la representaba. Se giró, y yo me quedé embobada, otra vez, mirando su espalda. Analicé todas y cada una de las siete fases que componían el tatuaje. Hubo un momento en el cual incluso me entraron ganas de tocarlo. No había visto un tatuaje tan de cerca, y mucho menos uno tan bonito. El contraste entre la blanca piel y la negra tinta lo hacían todavía más bonito. Estaba tan absorta en este que no me dio tiempo a reaccionar cuando Maeve me robó la copa. - ¡Oye! - me quejé, obviamente. Tampoco pude evitar que se me escapara una risita pues, no me sorprendía en absoluto aquello. - Bastante estaba tardado - sonreí, mientras rellenaba su jarra de cerveza y la dejaba a su lado. Entonces me preguntó a ver si yo tenía algún tatuaje. Me quedé helada por un instante. - Bueno... - hablé, con voz entrecortada. No se trataba de un tatuaje, pero yo también tenía en mi cuerpo una marca que me acompañaría hasta el fin de mis días. Era algo que no quería que nadie supiese; la marca de mi vergüenza. No había nadie en quien confiara lo suficiente como para contárselo. - O tal vez... - miré a la mujer,  quien esta vez pinchó las gulas. Me instó después a beber, e incluso me amenazó con no poder librarme de hablar de cosas personales con ella. - Típico de una salvaje como tú - murmuré, mientras comentó algo de un juego y me devolvía mi copa de vino. Pude intuir sus planes por la sonrisa que me dedicó. 

- Vale - hablé, decidida. - Sé que te dije que no ibas a conocerlo nunca, pero, supongo que a parte de cabrona soy un poco mentirosa. - solté una risita al recordar aquellas palabras que me dedicó cuando les conocí a ella y a Peteiro en aquella cantina. - Has confiado en mí, y sé que no me vas a juzgar ni se lo vas a decir a nadie. - No mentía. Estaba segura de que no había sido nada sencillo hablar sobre su tatuaje, y Maeve era sin duda una persona en quién podía confiar plenamente. La única, me atrevería a decir. A pesar de mis palabras firmes, parecía que aquel valor no llegaba a todas las partes de mi cuerpo. Me temblaban las manos, mucho más que en cualquier otra ocasión. Cogí la copa y me bebí todo su contenido de un trago. - No es suficiente - me dije a mí misma. Agarré entonces la jarra de cerveza de la mujer, también llena, y para mi sorpresa me la bebí entera. La dejé sobre la mesa con un gran golpe. No fue intencional, ni mucho menos. Lleve las manos entonces a la camisa abierta y me la quité con un rápido movimiento. Una vez esta cayó al suelo, comencé a girarme despacio dando poco a poco la espalda a Maeve mientras llevaba ambas manos a mi hombro derecho, disponiéndome a quitar el vendaje. - Ah - se me escapó, pues de alguna forma había olvidado que no lo llevaba, al igual que pasaba con el sujetador. - Depende a quién preguntes, seguramente te dirían que mi peor crimen fuera escaparme. - afirmé, mientras me agachaba para que la mujer pudiera ver la marca - Parece que a la gente no le gusta que aquello que consideran su propiedad decida tener libertad. - una amarga sonrisa se dibujó en mi rostro. - Hace mucho tiempo. Tendría nueve... o tal vez diez... - no sabía si a causa del alcohol o debido a la sensación de estar quitándome una enorme losa de encima, las palabras no dejaban de salir de mi boca. - Nos secuestraron a mamá y a mí, nos grabaron eso, y nos vendieron a un noble. - proseguí con la historia. - Y luego, un infierno. - me giré, quedando nuevamente de frente a la albina. - Pero al final escapé, y todo está bien ahora. - expliqué con una sonrisa - Bueno, a veces la marca arde. - me llevé la mano izquierda al hombro, tocando la marca. - Qué raro, está fría. - volví a sonreír  - Bueno, mejor. Así no fastidia la fiesta. - Vi su jarra y mi copa vacías sobre la mesa, por lo que rellené ambas. Le acerqué nuevamente la jarra, de la misma forma en que había hecho en la cocina, y la moví levemente, como si balanceándola, para que la cogiera. Sorprendentemente, tras la revelación de lo que para mí suponía mi mayor vergüenza, lejos de encontrarme mal sentí paz. Una verdadera paz que no sentía en mucho tiempo. Acababa de comenzar la noche, y todo auguraba a que sería la mejor noche de mi vida. Con esto en mente le ofrecí a Maeve brindar otra vez. - Por esta noche perfecta, por nosotros, y por el juego que me vas a proponer - acerqué la copa, antes de devolverle la maliciosa mirada



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RE: [Pasado] - Algo que celebrar - Maeve Knox - 21-03-2024

     Cabrona y mentirosa, bonita forma de comenzar un relato. Mi sonrisa se amplió.
     Lo que no esperaba fue lo que sucedió a continuación. 
     Me hizo caso y bebió, devolviéndome la jugada cuando se terminó entera mi jarra de cerveza. Me percaté del temblor de las manos de Eaa. Eso ya me dio una pista de lo excepcional que la semioni había comenzado a protagonizar. Tan inusual fue que de pronto se quitó la camisa, dejándome ver su cuerpo desnudo de cintura para arriba. Arqueé mis blancas cejas, sorprendida por la visión. Poseía unas formas bonitas, pero dudaba mucho de que la intención de la pelirroja fuese que admirase sus bellas proporciones, ya que la pregunta había sido si ella también tenía tatuajes. La luz de la luna se reflejaba en su piel blanca a medida que ella fue dándome poco a poco la espalda hasta que su gran hombro derecho quedó en mi dirección.
     Un triángulo invertido. La huella de una mano. En la palma, las formas innegables de una calavera.
     No era un tatuaje.
     Según hablaba, según me contaba con parca brevedad acerca de su experiencia pasada, mi garganta se fue cerrando. Ya había mencionado de pasada la desgracia de padre que le tocó, pero esto... Era una niña, una niña que compartió con su madre la desdicha de ser esclavizada, vendida, como si de mera mercancía se tratase. "Infierno" es la palabra que utilizó. Muy descriptiva, muy dolorosa. Consiguió escapar, lógicamente, si no jamás habría podido conocerla, pero ¿y su madre? ¿Eaa habría pasado por el horror de dejar a su ser querido atrás o simplemente... no lo había conseguido? No me atreví a preguntar. No me atrevía a hacer muchas cosas, porque no solo había confiado en mí bajo la esperanza de no ser juzgada por mi parte, sino que su historia me había clavado las garras en la boca del estómago.
     Sentí un odio visceral, una vez más a lo largo de lo que llevaba de vida, contra la nobleza y toda la basura que la componía. También noté unas ganas repentinas de romper cosas, incluidos cráneos, pero me contuve. En un acto de empatía por mi parte, logré no dejar ver mi impulso. Sus palabras fueron que su marca no le ardía ahora, que era mejor así para continuar con la fiesta. Así que en apariencia ella parecía estar bien. No sería yo la que estropease el ambiente dejando que mis demonios internos saliesen con voluntad de arrasar.
     Había convertido mis manos en puños y no me había dado cuenta. Era un tema delicado para mí, aunque nunca lo hubiese reconocido en voz alta, aunque nunca le hubiese contado a nadie mi historia.
     —Gracias por contármelo, Eaa —conseguí decir tras el esfuerzo de relajar mis facciones—. No te preocupes, no se lo diré a nadie. Soy especialista en guardar secretos. —Le guiñé un ojo, tratando de hacer ver que no había ningún fuego en mi estómago.
     Me ofreció la jarra de cerveza de nuevo llena para volver a brindar. Noche perfecta. Bueno, tal vez podría conseguir deshacerme de toda aquella agresividad que me abrasaba desde dentro hablando de otro tipo de cosas.
     Así que brindamos.
     La cerveza apagó un poco el fuego.
     —Bueno, el juego es una gilipollez —dije al separarme la jarra de los labios y deslizar la lengua sobre ellos para limpiar la espuma de cerveza—, pero podría ser divertido. Se trata de decir algo que podrías haber hecho o no, y si lo has hecho bebes y si no, no lo haces. Es fácil. Por ejemplo, "yo nunca he matado a nadie", pues tú y yo beberíamos. Pero esa ya la sabemos, así que diré "yo nunca... —quedé pensativa un par de segundos— he sido detenida por guardias o marines".
     Bebí. Fue hace bastante tiempo, y por supuesto escapé, pero me pareció una pregunta apropiada para comenzar.
     

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RE: [Pasado] - Algo que celebrar - Eaa - 21-03-2024

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- No, gracias a ti por ser así. - respondí sinceramente a su agradecimiento. En efecto, me acababa de quitar un enorme peso de encima. - En verdad necesitaba poder tener a alguien a quién decírselo o si no me iba a terminar comiendo por dentro, supongo - no era yo una experta en la materia, ni mucho menos, pero me acababa de dar cuenta de que necesitaba alguien a quién poder comentarle aquello y que no me juzgara. Por suerte o por destino, parecía que lo había encontrado.

Tras el brindis comenzó con la explicación del juego. Era realmente simple, pero parecía interesante. En cierto modo me daba un poco de miedo lo que la albina pudiera decir. Bueno, más que miedo me daba vergüenza pensar hablar sobre según qué temas, pero la curiosidad y la opción de poder conocer mejor a la mujer que tenía delante, mi única y mejor amiga, en quién sabía que podía confiar plenamente, eclipsaban cualquier tipo de vergüenza que pudiera haber. Eso, y la cantidad de alcohol ya ingerida. Como era de esperar, comenzó ella. - Detenida por guardias o marines - repetí en mi cabeza, mientras miraba a la mujer beber. - Esperable - dije en voz baja. No porque deseara que así fuera, si no  que conociendo parte de su historial delictivo, no me extrañaba que hubieran detenido en alguna ocasión. Sonreí, pues me imaginé a Maeve escapando del calabozo tras engañar a un marine y darle una patada en los huevos, y la escena era bastante cómica. Cómica y desde mi punto de vista realista. Entonces me miró. Obviamente esperando mi respuesta. Para sorpresa de nadie, noté como mis mejillas se sonrojaban a causa del contacto visual. Bajé la mirada a su pecho inconscientemente. - ¿Qué pasa? - pregunté, nerviosa. - No me han detenido nunca. Normalmente intento evitar meterme en líos. - hablaba algo rápido con tal de salir del paso. Cogí la copa de vino y me la acerqué a los labios. - No es de que me hayan detenido, solo que tengo sed. - hablé, esperando algún comentario por su parte al verme beber. - Yo nunca me he comido a nadie - solté, y miré nuevamente a la mujer. Por alguna razón esperaba que bebiera. Era extraño, además de bastante tétrico, pero puesto que esta se podía transformar en un buitre, no sonaba del todo descabellado. - No aprendes, chica - volvió a aparecer mi crítica voz interior a recriminarme. No le faltaba razón, pues volví a cruzar miradas con la otra mujer y esto me hizo ponerme aún más roja. Esta vez agaché más todavía la cabeza. Vi el precioso colgante de panda colgado de mi cuello, entre mis desnudos pechos. Me quedé un rato mirando, pues había algo que no me encajaba del todo. No tardé demasiado en darme cuenta de que el problema radicaba en mi ausencia de ropa. - Ay, perdón, perdón. Que con una cosa y otra no me he dado cuenta de que no me he vuelto a poner la camisa e igual te molesta - Me disculpé, algo nerviosa. No porque a mí me diera vergüenza aquello, si no porque posiblemente a Maeve pudiera incomodarle. - Es que no suelo quitarme la camisa por lo general. No voy a darle ese lujo a babosos de mierda. - expliqué mientras palpaba el suelo con mi mano derecha, buscando la camisa a mis pies. - Pero contigo se que no hay problema. ¿Qué me vas a hacer, dar latigazos? - hablé con cierta picardía en el tono. Me acordé del pequeño malentendido en el bosque, el día que desayunamos en el Dream Coffee. Cuando conseguí la receta de la tarta Red Velvet que íbamos a degustar para el postre. - Nah, tienes demasiado miedo - bromeé y me eché a reir. Era una tontería, pero me hacía mucha gracia molestar a Maeve de esa forma pues, a causa del alcohol, le costaba más disimular su incomodidad. - Me voy a cagar luego - pensé, sabiendo que mis acciones iban a provocar una venganza por parte de esta. Conseguí encontrar la camisa y la cogí. - Ya me la pongo, tranquila, tampoco voy a estar aquí medio desnuda mientras tú estás tan deslumbrante, que cualquiera que nos vea se va a inventar cualquier cosa.

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