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[EVENTO FASE] Los Juegos del Soberano - Versión para impresión

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RE: [EVENTO FASE] Los Juegos del Soberano - Akira Raito - 10-07-2026

Momentos atrás, en el camino

Hagamos esto escueto, o vayamos a intentarlo, ya que el camino se alargó durante tres largas horas que a los marines les dieron para hablar de todo y más. Por un lado, y mientras intentaba que el brilli-brilli me respondiera a mis preguntas, sus respuestas negándose y mientras me sacaba la lengua me provocaron entre gracia y rabia. Al primer “me niego” no pude responder con otra cosa que cayendo de espaldas, como bien les pasaba a Misae e Hiroshi Nohara cuando Shinchan hacía alguna de las suyas, puesto era lo mismo y encima se llamaba igual. Y al segundo “me niego” ya me hizo apretar el puño y levantarlo frente a él, mientras apretaba los dientes pero con una sonrisa de complicidad—. ”Agg, maldito comandante, cero ayuda, pa que tanto brillar, si luego no quiere iluminar” —pensé a medio risas mientras lanzaba un escupitajo a una seta y enseguida se evaporaba, vete a saber por qué tipo de sustancia tóxica que le rodeaba.

Por otro lado, Nyra, la única chica del grupo, empezó a susurrar con Kael ciertas cosas a las que no pude evitar poner la oreja por cotilla—. Ay chica, que no me pasa nada, que estoy igual, que te estoy escuchaaaandoooo —bromee mientras hacía una torsión volteandome para verlos, ya que los tenía a mi espalda, para ver luego cómo se volvía a colocar a mi lado—. Yo también quiero que tengamos una bonita amistad —sonreí mostrando los dientes—. Igual lo que me ves diferente es que me brilla la carita, corazón, porque me he hecho el skincare antes de bajar del barco y me he puesto aceite capilar, que enriquece mi pelito tieso con extracto de camelia francesa, aportándole brillo y suavidad y ayudando a mejorar su textura, fíjate. Es que con la corriente esta, se me había quedado hecho un cristo, cualquier día te lo presto, además con tu tono rubio te irá perfecto, ¡KIBAI ¿ESCUCHAS?, CUALQUIER DÍA PUEDO DEJÁROSLO A LOS DOS! Y es que es genial, porque la textura es ligera y de rápida absorción, no deja residuos, mira —y le agarré a Nyra la mano para que me tocara el pelo. Tal vez eso era lo diferente de la última vez que nos vimos, eso y el tónico con el sérum y la cremita que me había puesto en la cara.

En cuanto a los altos mandos, Stroud se molestó en entregarnos a cada uno una tarjetita con su número de den den, algo que sin duda no se nos había ocurrido a ninguno y que era una pedazo de idea, para que mentir—. Esto es genial… ¿Cómo no se nos había ocurrido a ninguno? —y arrancando un pedacito de una de las esquinas de esa tarjeta, saqué un bolígrafo de los que siempre llevaba encima para trazar rutas como buen navegante o tomar ideas para hacer apaños en el barco, y le escribí de vuelta mi número de caracolito, el cual acto seguido saqué de mi bolsillo para pegárselo en la cara—. Aquí tienes el mío, esta es María Concepción, Conchi para los amigos, aunque si le cantas prefiere que le digas Conchita —y Conchita le miró con sus ojitos azules y brillantes, sonriéndole como buena caracol que era, y con admiración. Espera, ¿le estaba haciendo ojitos?

Conchita mirando a Stroud

Ahora, frente a Shandora

Una vez que todos dimos el salto y nos encontrábamos al otro lado del río, frente aquella inmensa e imponente ciudad de oro, a la que fijando la vista a lo lejos se podían diferenciar ¿ángeles? Qué locura era esta. ¿Realmente era el cielo? Se nos veía bastante vivos, bueno… Había que seguir avanzando, pero espera, ángeles, no eramos tres, éramos dos… Estaba Nyra… Estaba yo… Faltaba Masami—. ¡CHARLIE!

Y de pronto a lo lejos gritos y golpes—. Pero que cojones pasa en esta isla —estaban tirándose por un acantilado—¿Los véis? ¿Qué están haciendo esos colgaos? ¿Suicidio colectivo? ¡¡¡ES UNA SECTA, SEGURO QUE SE HAN COMIDO LAS PLANTAS ESTAS, ES UNA SECTA DE AYAHUASCA, O DE SAN PEDRO, PERO UNA SECTA!!! —y es que estaban todos cayendo al suelo y reventándose, literalmente, se les salían los órganos del cuerpo, aunque por suerte no lo podíamos diferenciar del todo desde el punto en el que estábamos—. ¡QUE SE LEVANTA UNO, MIRAD! ”Pero, ¡¿QUÉ COJONES?!.”

Y otro cuerno sonando, era como estar en un sueño lúcido todo aquel desmadre. No paraban de suceder cosas aleatorias. Miré al cielo entonces, asegurándome bien las gafas para no quemarme con el sol, y también asegurándome de volver a ponerme crema en la cara y en el torso que llevaba al descubierto para no quemarme, que estaban a mucha altura y ahí pegaba mucho más fuerte. Así que bueno, ahora iba embadurnado en crema solar de color blanco—. Protegido y listo para protegeros, corazones.

[Imagen: Cx8ujpd.png]

Y cuando cesó el sonido del cuerno, otro ángel. Realmente eran los que vivían en esta isla, así que eso era bueno para que Masami pudiera encontrarse con sus primos—. Hostia Masami, por fin aquí —enseguida diferencie la llegada de nuestra compañera, aunque no dio mucho tiempo a hablar—. Juan pensaba que te habías adelantado y Enji que eras ese elfo pelirrojo de ahí. ¿Recibiste mi llamada por den den?

Y ya que empezaron las presentaciones a aquel angelito, y como buen miembro de la GLORIOSA División 80, no se iba a quedar atrás. Enji, el capitán se presentó como lo que era, comandante de la MAGNÁNIMA, todo un orgullo. Juan, otro comandante cangrejo tortuga al que le gustaba la lechuga, y Masami, el artista oficial y el birkinano más sexy que se conocerá jamás, pues bien, ahí iba mi turno. Me acerqué a Juan y Enji y me apoyé con el culete en el costado del caparazón de Juan, para poder flexionar una pierna y cruzarla como si estuviera esperando a alguien en la calle.

Me bajé como había hecho anteriormente Shin con sus gafas, mis gafas de sol, con picardía y encanto, y guiñandole un ojo al angelito—. Angelito que te me desesperas, mi nombre es Akira. Navegante y carpintero de la exitosa y triunfante división 80... y un peligro para cualquiera que me sostenga la mirada, ¿no crees, corazón? —y le regalé una sonrisa.

Contenido Oculto



Info.




RE: [EVENTO FASE] Los Juegos del Soberano - Sigurd Haakon - 10-07-2026

Outfit ---- Sigurd de los Juegos

Libertad absoluta. No esa mierda que te vende el Ejército Revolucionario o el Gobierno Mundial, que no deja de ser una normativa opresora bajo los ideales que le interesan a unos o a otros. Libertad real, sin miedo a las consecuencias. Eso es lo que vivimos en el Ragnarok. Ese es el privilegio de formar parte de la raza más fuerte del mundo. Haz lo que quieras cuando quieras, porque no importas más que tú y nadie puede pararte los pies. Por eso nuestros hombres nos siguen hasta los confines del cielo, porque anhelan una micra de esa sensación. De poder romper cualquier cadena y obtener aquello que deseas por el camino de la verdad, el camino de la violencia. Pero para lograrlo, para ser libre, uno ha de ser el más fuerte y enfrentar al mundo sin miedo. Y aquellos que tan solo fingen ser fuertes y realmente no lo son, sufren las consecuencias de su debilidad.

Cargamos imbuidos en valor hacia el abismo, sin una pizca de temor alguno en el cuerpo. Las palabras de Ubbe nos cubren como una armadura de voluntad inquebrantable y mi hacha gigante Yggdrasil marca el paso, como un estandarte al que seguir hasta el fin de los tiempos. No miramos atrás, pues estamos a un paso de alcanzar la ciudad dorada, nuestro gran destino. A un paso... Hacia el abismo.
Caigo a plomo, con la velocidad de una bala de cañón recién disparada. Durante el descenso, desafío al vacío con una sonrisa siniestra, dibujada en el rostro, imposible de disimular. El vacío devuelve la mirada, retándome. Oigo como Ubbe hace retumbar el suelo al aterrizar antes que ninguno, cayendo como un meteorito, como una puñetera bestia salvaje. Yo voy detrás, plantando los pies por delante y provocando un estruendo similar. Al final, unas decenas de metros para dos titanes que miden más de siete, se convierten más en un obstáculo divertido antes que en un peligro real.  Por desgracia para el resto, no cumplen ni con nuestro tamaño ni con nuestra resistencia.
Uno por uno, se van desplomando los Hijos del Ragnarok, lanzándose por el precipicio, siguiendo a sus capitanes y a su corazón pirata. Uno por uno, se van estampando todos, estallando contra el suelo al impactar de forma fatal. En un instante, empiezan a llover hombres y mujeres sin miedo que, al mínimo contacto con el suelo, revientan en pedazos, levantando una nube densa de sangre y órganos que se mezclan con la polvareda que levantan. Un espectáculo grotesco y visceral que no parece tener fin.
Miro al cielo tras las primeras dos decenas de hombres, incrédulo, viendo como a pesar de la muerte que les espera al final del camino, ninguno decide recular. Todos y cada uno fantasean con la idea de superar la prueba. Valientes pero insensatos, incapaces de soportar la caída. Indignos Hijos del Ragnarok.
Yo me limito a mirarles caer completamente  serio con los ojos bien abiertos, sin atreverme a pestañear por faltar al respeto a su valor. Aún así, siento repugnancia por lo frágiles que son. Me es imposible no reflejar dicha sensación con una mueca desagradable.

Cuando la cortina de polvo se marcha, bajo nuestros pies solo hay un vergel de cadáveres y miembros amontonados. No doy crédito a lo que acaba de suceder. Miro a un lado. Lentamente me doy la vuelta y miro a otro. Nada, no parece haber ningún superviviente. Suspiro con el ceño fruncido, completamente decepcionado. Con desdén y desgana, remuevo una pila de cuerpos con los filos de Yggdrasil, como quien pasa una escoba. Cuando la levanto, aburrido, veo uno de sus filos goteando sangre. Le paso un lengüetazo al acero oxidado. -¡¡Uhm!!- sabe dulce. Con un gesto rápido de muñeca separo de un hachazo la pierna de alguien de su torso. Dejo descansar el arma en el suelo y me hago con el pedazo de carne. Aunque antes de hincarle el diente, veo a Ubbe abatido. Me toca actuar como un capitán, como su hermano mayor.
Se le nota más afectado de lo que debería, cabizbajo. Me acerco a él. Cada pisada quiebra huesos y chapotea entre vísceras, salpicando sangre. Me es indiferente. Cuando lo alcanzo, le abordo por el costado y le pongo la mano sobre el hombro. -Eran débiles, hermano. No merece la pena perder un segundo de tiempo pensando en ellos.- le digo con una frialdad digna de un guerrero del mar. Con la honestidad que requiere el momento. -Recuerda, solo los más fuertes prevalecen en este mundo. Y nosotros estamos destinados a destruirlo.- no hay empatía en mis palabras. Solo un recordatorio, casi como una orden grabada a fuego en lo más profundo de nuestro ser.

El momento se interrumpe por leve quejido de fondo. En mitad de la masacre, emerge una mano, nacida de la muerte. Un hombre. Un superviviente. Mis ojos se abren como platos. ¿Ha sido suerte o pura fuerza de voluntad? ¿Es posible que, de entre todos el montón, hubiera un guerrero verdaderamente digno? Me acerco raudo, genuinamente sorprendido. Sin vacilar, le tiendo una mano amiga y de un tirón, lo elevo sobre la montaña de cadáveres. En la cara de aquel hombre se difumina el terror y la incomprensión. Es consciente de lo que ha decidido hacer pero no imaginaba la magnitud de las consecuencias. Lo miro orgulloso desde lo alto, como si mirara a un recién nacido. Antes de que pueda articular palabra o su mente se quiebre por completo, me adelanto. -Vaya vaya, parece que has vuelto a nacer, ¿Eh, chaval?- le doy un toque seco en la espalda. -¡¡Jarul Jul Jul...!!- este cae de nuevo de rodillas, apoyándose con las manos de nuevo sobre el amasijo de lo que antes eran sus compañeros. Está cubierto de sangre. -¿Cuál es tu nombre, hijo?- le pregunto directamente, con tono jovial. El joven, aún de rodillas, mira las palmas de las manos. Tarda unos segundos en responder. -Odiseo... Señor ..- Su voz tiembla con cada consonante que sale de su boca. -¡Cojonudo!- le agarro ligeramente de cuello de la misma por detrás, con la yema de los dedos y una sacudida lo pongo firme. -Pues oficialmente eres un miembro de la tripulación. ¡¡Felicidades!!- lo felicito con genuina felicidad. Pocas veces se encuentra uno con gente tan capacitada. -¡¡Se acabaron las chiquilladas, equipo!!- le doy un mordisco al muslo, que no he tenido oportunidad de probarlo todavía. La sangre me gotea por el mentón y mancha mi barba. Sabe a carne seca en mal estado. -¡¡Volvemos a ponernos en marcha, holgazanes!!- recupero a Yggdrasil.

Vivid con honor y morid con gloria, Primeros Hijos del Ragnarok...
Odiseo, Primer Hijo del Ragnarok

Avanzo con paso firme, orgulloso de mi propia grandeza, ignorante de los sentimientos de los demás, pues ¿qué más pueden sentir que no sea valor por haber sobrevivido a algo que el resto no? No es momento de llorar y tampoco se lo permito a ninguno de mis hombres... A los dos que me quedan. -¡Vamos! La victoria nos espera.- Sin mirar atrás, lidero la marcha hacia la ciudad de oro,  con Yggdrasil recostada sobre mi hombro derecho, goteando sangre que no ha derramado. No de forma implícita. Le doy otro bocado al muslo. Sabe a rayos.

Somos abordados entonces por un estruendo que reconozco bien. Un cuerno de guerra, que retumba con fuerza desde el interior de la ciudad. Capaz y nos han reconocido como una amenaza después de lo que ha sucedido. Me pongo rápido en alerta, dejando caer la pierna del pirata y deslizo el mango del hacha hasta colocarla frente a mi, a la altura del pecho. La sostengo con ambas manos, la izquierda tan cerca de las hojas como puedo y la derecha en el pomo, preparado para cualquier ataque. Miro a un lado y a otro nervioso, con el rostro serio, esperando la llegada del enemigo. Pero cuando el cuerno deja de soñar, no aparece el enemigo, sino un destello luminoso que nos abraza por completo. Me quedo completamente ciego por unos segundos, a pesar de cubrirme con los filos de Yggdrasil la cara. -¡¡Cuidado chicos!!- me limito a gritar, advirtiendo a Ubbe, Odiseo y Kiba. No puedo permitirme el lujo de perder a más hombres hoy.

Cuando el fogonazo desaparece y vuelvo a recuperar la visión, tengo cara a cara a una criatura que nunca en mis viajes había visto jamás. Es una especie de ángel en miniatura, más grande que un humano vulgar, pero más pequeño que el arma que cargo. Aun así, sus alas son grandes en comparación con las del resto de seres alados y caucásicos con los que me he cruzado. Viste un traje blanco marfil, ceñido al cuerpo, y un casco de latón que le debe de impedir ver con facilidad. Pero por encima de todas esas cosas, destacan tres pelotas de metal incrustadas en su torso como tres balazos. Parecen bastante incómodas. Pese a todo, emana un aura relajante, libre de toda amenaza.
Se dirige a nosotros con solemnidad, dándonos la bienvenida a lo que es la ciudad de Shandora. Por fin tenemos un nombre para este lugar, la capital del Shichibukai Zaratsuki. Nos pide amablemente que nos presentemos, aunque sus palabras técnicas y su repetición casi mecánica me ponen nervioso. Más que una persona viva parece una máquina. O peor, un burócrata. A pesar de ello, le doy la información que me pide con honor y altanería. -Mi nombre es Sigurd, Sigurd Haakon, orgulloso Bucanero. Y soy el capitán de los Piratas Ragnarok.- escupo plagado de orgullo y honradez, con el pecho inflado. Volteo hacia mis compañeros, que me siguen los pasos y los señalo con el hacha. -Y ellos son...- me detengo un segundo. Vuelvo a mirar al ángel. -Bueno, que se presenten ellos mismos, ¿no? ¡¡Jarul Jul Jul Jul...!!-

Después de todo, me siento animado. Los juegos deben de estar por comenzar y pienso ganarlos aunque me cueste sangre, sudor y lágrimas. Además, vamos a entrar en la ciudad más hermosa que he visto nunca. Plagada de oro y resplandor. Detrás del ángel se ve como la gente comienza a prepararse para el evento, con gente rondando de aquí para allá y montando sus puestos y comercios. Con suerte me haré con alguna artesanía o baratija única. No todos los días tienes a mano este tipo de artefactos.

En efecto, cajita feliz



RE: [EVENTO FASE] Los Juegos del Soberano - Ubbe - 10-07-2026

[Imagen: iuvxkda.jpeg]


Mi nombre es Odiseo.

Nunca pensé que caminaría por el cielo, de hecho hace apenas unas semanas seguía siendo uno más entre los hombres de Hitan. Éramos muchos, quizá demasiados, y él siempre sabía qué decir para mantenernos unidos; nos hablaba de riquezas, de gloria y de un futuro mejor para todos. Algunos le creían por admiración, otros por miedo. Yo... simplemente no conocía otra cosa.
Hasta el día que aparecieron ellos.
Recuerdo perfectamente el día en que todo cambió: el capitán Sigurd acabó con Hitan delante de todos nosotros sin titubear, como si para el, derribar a un hombre fuera tan natural como respirar. Nadie gritó, nadie dio una orden, solo quedó un silencio que nos obligó a tomar una decisión. Algunos soltaron las armas y se marcharon sin mirar atrás, otros juraron vengar a su antiguo capitán sin demasiadas esperanzas. Y luego estábamos nosotros: los que dimos un paso al frente. No porque supiéramos quién era aquel tipo gigante que había matado a nuestro líder, sino porque, por primera vez en mucho tiempo... vimos a alguien que no fingía ser fuerte: Simplemente lo era.

Los primeros días fueron curiosamente extraños. Ninguno de nosotros sabia muy bien qué esperar de aquella nueva vida; habíamos cambiado de capitán, de bandera y de destino en cuestión de minutos, pero nadie parecía arrepentido. El Veðrfölnir se convirtió en nuestro nuevo hogar antes incluso de zarpar y fue allí donde empecé a conocer de verdad a los demás.
Uno de mis compañeros, Marco era incapaz de permanecer callado más de un minuto, siempre encontraba alguna historia absurda que contar mientras limpiábamos cubierta o cargábamos barriles y, aunque la mitad eran mentira y lo sabíamos, acabábamos riéndonos igual. Lucas, en cambio, apenas hablaba; se limitaba a sonreír mientras afilaba su espada, como si con eso fuera suficiente para comunicarse, y luego estaba Nico, el más joven de nosotros. Preguntaba por absolutamente todo; quería saber cómo era el Grand Line, cuántas islas existían, si de verdad había monstruos capaces de tragarse un barco entero o si los gigantes eran tan enormes como decían los cuentos. Supongo que todos necesitábamos algo a lo que aferrarnos, y sin darnos cuenta, empezamos a aferrarnos unos a otros.
Las guardias nocturnas dejaron de hacerse largas cuando siempre habia alguien dispuesto a contar una historia. Las comidas dejaron de ser simples raciones alrededor de un barril. Incluso los entrenamientos terminaban convirtiéndose en competiciones para ver quién aguantaba más golpes o quién era capaz de levantar el barril más pesado.
Por primera vez desde que me hice a la mar... sentía que pertenecía a algún sitio.
No tardamos demasiado en descubrir que aquellos dos gigantes no eran como el resto de capitanes que había conocido. Sigurd era un líder indiscutible y cada palabra se convertía en una orden que nadie cuestionaba. Ubbe era justo lo contrario; también nos mandaba, claro, pero era algo más cercano con nosotros; además, hacía ruido suficiente por los dos, se reía por los dos y conseguía que hasta las tareas más pesadas parecieran una fiesta. Una mañana, mientras varios descargábamos provisiones en el puerto de Jaya, el capitán apareció con un periódico bajo el brazo. No pude escuchar toda la conversación, pero sí algunas palabras que todavía recuerdo: “Skypiea - Juegos - Zarutsuki” 
Eso fue todo, y de alguna forma, todos entendimos que el siguiente destino del Veðrfölnir estaba por encima de las nubes. Nadie protestó, simplemente empezamos a prepararnos con ganas de ver dónde nos llevarían nuestros enormes líderes. 
Durante los días siguientes, el puerto donde teniamos el barco se convirtió en un ir y venir constante de hombres cargando cajas, arreglando las velas y buscando cualquier información que pudiera acercarnos un poco más al cielo. Algunos conseguimos las telas y los estandartes de Nozama; otros negociaban mercancías que ni siquiera entendíamos para que nuestro barco pudiera hacerse pasar por uno de los convoyes autorizados. Yo fui uno de los que terminó recorriendo medio puerto con aquellos enormes fardos al hombro, esperando el reconocimiento del resto de la tripulación. 
Nunca habia trabajado tanto, pero supongo que eso es lo que ocurre cuando dejas de sentir que estás sirviendo a un capitán... y empiezas a sentir que formas parte de una tripulación de verdad, o lo que era practicamente ya; una familia. 

Cuando llegó el momento de zarpar, ninguno de nosotros parecía un pirata; las telas de Nozama ocultaban nuestras armas, nuestras ropas y hasta la bandera del Veðrfölnir. Si alguien nos hubiera visto desde otro barco, habría pensado que solo éramos un grupo más de mercaderes llevando provisiones hacia Skypiea.
La mentira duró exactamente hasta que empezó a hablar Ubbe.
Todavía recuerdo cómo se golpeó el pecho con aquel puño gigantesco; una vez, otra, y otra más.
¡ROW!
El sonido retumbó por toda la cubierta y al principio solo respondimos unos pocos.
¡TRUMM!
Después se unieron otros.
Las botas comenzaron a marcar el compás contra la madera, las espadas chocaban entre sí siguiendo el ritmo. Algunos golpeaban barriles, otros los mástiles, otros simplemente su propio pecho. Sin que nadie diera una orden, el Veðrfölnir entero empezó a latir al mismo compás, y claro, yo también.
Aquellos canticos no hablaban de victoria, de gloria, ni siquiera de guerra. Hablaban de nosotros, y, por primera vez desde que había subido a aquel barco, dejé de sentirme un hombre que seguía a dos monstruos.
Me sentí un Hijo del Ragnarök.

A partir de ahí todo ocurrió muy deprisa, las aguas empezaron a hervir bajo el casco del Veðrfölnir y el cielo se volvió todavía más oscuro. Incluso los más veteranos dejaron de sonreír. Recuerdo aferrar con fuerza una de las cuerdas del palo mayor mientras intentaba no perder de vista a los demás. Marco seguía riéndose. Lucas juraba que aquello era buena señal. Yo... yo solo tenía miedo, y entonces comenzó la música; no sabría describirla ni aunque volviera a escucharla mil veces, no era una canción, tampoco era un coro, era como si el propio cielo estuviera respirando sobre nuestras cabezas. Y, de pronto... el mundo desapareció bajo mis pies.
La columna de agua nos lanzó hacia arriba con una violencia increíble. El barco rugía, las maderas crujían y los hombres gritaban mientras el Veðrfölnir ascendía hacia las nubes. Algunos de los hombres se habían escondido ya en los camarotes, pero yo quería ver de primera mano lo que el cielo nos tenía preparado, y entonces sucedió: mis dedos resbalaron de la cuerda y sentí cómo mi cuerpo salía despedido hacía atrás. 
Recuerdo el vacío, recuerdo el viento golpeándome la cara, recuerdo pensar que ni siquiera llegaría a ver Skypiea, y entonces...Una mano gigantesca se cerró alrededor de mi brazo. El tirón fue tan brutal que durante un instante pensé que me lo arrancaría de cuajo, pero un segundo después volvía a estar sobre la cubierta, jadeando, incapaz de entender qué acababa de ocurrir.
Alcé la vista y ahí estaba Ubbe.
Seguía allí de pie, inmóvil sobre la madera, golpeándose el pecho e intentando rugir más fuerte que aquella extraña melodía celestial, como si estuviera desafiando al mismísimo cielo. Me miró y me dijo: “¡FIGHT THE POWER BABY!” Fuera lo que fuese aquello, asentí. Me había salvado... y continuó cantando como si no hubiera hecho nada fuera de lo normal. Yo me limité a observarlo unos segundos, antes de meterme en los camarotes para estar protegido, y quel día comprendí que había hombres capaces de inspirarte con sus palabras, y luego estaban aquellos que lo hacían simplemente existiendo.
Cuando por fin atravesamos la última capa de nubes, el rugido del agua desapareció de golpe, y entonces salí a cubierta todavía con las piernas temblando y, durante unos segundos, olvidé incluso respirar. El cielo estaba por debajo de nosotros.
Un inmenso mar blanco se extendía hasta el horizonte, salpicado por islas de nubes y una playa imposible que parecía suspendida sobre el mundo. Detrás de ella, una selva gigantesca se perdía entre la bruma, como si escondiera secretos demasiado antiguos para los hombres del Mar Azul, entonces Marco fue el primero en romper el silencio.
-Os lo dije... no estábamos muertos - Lucas le dio un empujón entre risas. -Todavía no - le contestó.

No pude evitar reírme con ellos, quizá fuera la tensión, quizá el simple alivio de seguir vivo, o quizá porque, por un instante, todos volvimos a sentirnos como un grupo de amigos que acababa de llegar a un lugar nuevo, entonces sonó aquella voz procedente de las enormes caracolas, y Ubbe y Sigurd nos dieron las órdenes a seguir. Las cajas de Nozama fueron desapareciendo una tras otra de la bodega mientras recorríamos la pasarela entre risas y empujones. Marco aseguraba que alguna debía de contener oro. Lucas insistía en abrir una antes de marcharnos. Incluso alguno apostó una botella de ron a que acabaríamos metidos en problemas antes de terminar el día. Yo me limité a cargar otra caja sobre los hombros, de hecho lo único que me preocupaba entonces era que Marco dejara de escaquearse del trabajo. 
Cuando terminamos, el capitán organizó a varios compañeros para quedarse custodiando el Veðrfölnir. El resto emprendimos la marcha tras él y tras Ubbe, internándonos en el bosque de Skypiea con la misma curiosidad que unos niños descubriendo un mundo nuevo. Las horas pasaron mientras andamos por las rocas, haciendo bromas, y algún que otro resoplido de cansancio, hasta que el camino terminó de forma abrupta.
Un risco de treinta metros de caída, y frente a nosotros, el paraíso…Shandora.


Nadie dijo nada, ninguno de nosotros se atrevía a romper la atmosfera, solo contemplábamos aquella ciudad dorada incapaces de comprender cómo algo así podía existir. Ninguno de nosotros vió una forma de bajar de allí, quizá tocaría volver para elegir otra de las rutas, pero entonces vi a Ubbe avanzar hasta el borde, y tras observar unos segundos la larga caída, se arrancó las ropas de Nozama de un tirón. Nadie dijo una palabra, nadie apartó la vista, y entonces nuestro general empezó a hablar. 
Sinceramente... no recuerdo cada una de las palabras que pronunció aquel día, recuerdo que señaló el cielo, recuerdo que nos señaló a nosotros, de hecho su dedo me apuntó directamente a mi por un instante, igual que a varios de mis compañeros. 
Recuerdo que dijo que no éramos hombres corrientes, y recuerdo, sobre todo, la forma en que nos miraba, ya que no hablaba como un capitán dando órdenes, hablaba como alguien absolutamente convencido de que ninguno de nosotros iba a fallar aquella prueba. 
Por un instante juraría que sus ojos se cruzaron con los míos, que aquel discurso era para mí, para Marco, para Lucas, para Nico. Para todos los que, semanas atrás, no éramos más que unos desconocidos siguiendo a un cobarde por las calles de Jaya.
Y entonces comprendí algo, que no importaba si al otro lado del precipicio había treinta metros... o trescientos, no importaba si aquello acababa con nuestras vidas.
Si Ubbe saltaba... nosotros también, y entonces se dejó caer de espaldas hacia el vacío.

Durante un segundo el mundo entero se quedó inmóvil. Ni el viento, ni los pájaros, ni siquiera nosotros parecíamos capaces de reaccionar ante lo que acabábamos de ver, fue el capitán quien rompió aquel instante eterno. Alzó Yggdrasil sobre su cabeza, arrancó los últimos jirones de la ropa de Nozama que todavía ocultaban los colores del Ragnarök y su voz retumbó por todo el risco con una fuerza que hizo vibrar hasta la piedra bajo nuestros pies.
-¡¡YA LE HABÉIS OÍDO, CARGAD, HIJOS DEL RAGNARÖK!!
No hubo más dudas, no hubo preguntas, no hubo un solo hombre que vacilara.
Marco echó a correr riéndose como un loco, Lucas salió disparado justo detrás de él levantando el puño hacia el cielo mientras rugía el nombre del Ragnarök con todas sus fuerzas, Nico en su plena energía juveníl estalló en deseos de describr aquel paraíso dorado, y yo sentí que mis piernas comenzaban a moverse antes incluso de que mi cabeza fuera capaz de ordenarles hacerlo. A nuestro alrededor, decenas de hombres y mujeres arrancaban las telas de Nozama de sus cuerpos para mostrar los colores negros, rojos y dorados que desde hacía apenas unos días ya sentíamos como nuestros. El rugido que habíamos entonado sobre la cubierta del Veðrfölnir volvió a nacer una última vez, mezclándose con las carcajadas, los gritos y el sonido de cincuenta pares de botas golpeando la roca mientras corríamos tras nuestros dos líderes.
Ninguno de nosotros estaba saltando porque nos lo hubieran ordenado, saltábamos porque queríamos seguirlos, porque ya no éramos los hombres de Hitan.
Éramos Hijos del Ragnarök.
Y, si ellos eran capaces de desafiar al cielo, nosotros también lo haríamos, este era nuestro salto de fé, nuestra prueba de fuego. 

El vacío nos recibió con una violencia extrañamente hermosa y durante unos segundos solo existieron el viento golpeándome el rostro, el cosquilleo en el estómago y una sensación indescriptible de absoluta libertad mientras Shandora se hacía cada vez más grande bajo nuestros pies. Giré ligeramente la cabeza y vi a Marco con los brazos completamente abiertos, riéndose como si estuviera disfrutando del mejor momento de su vida. Más abajo distinguí a Lucas, todavía con el puño en alto, incapaz de dejar de gritar incluso mientras caía hacia una ciudad que apenas conocíamos. Nico tenía una expresión de ura felicidad mientras caíamos. 
Pensé que todos estábamos sonriendo, pensé que aquello era lo que significaba estar vivo. Y entonces vi el suelo acercarse demasiado deprisa, no recuerdo el impacto, solo recuerdo el sonido: El crujido de los huesos, los gritos que sustituyeron a las risas, y después...
Nada.

No sé cuántos segundos permanecí inconsciente. Cuando volví a abrir los ojos, lo primero que vi fue el cielo; seguía siendo igual de azul, igual de inmenso, como si nada hubiera ocurrido, como si el mundo hubiera decidido seguir girando con total normalidad mientras el nuestro acababa de hacerse pedazos contra aquellas piedras. Durante unos largos segundos fui incapaz de recordar dónde estaba, o incluso quién era, solo sentía un dolor insoportable recorriéndome el cuerpo entero, un zumbido constante en los oídos y una extraña dificultad para respirar que me obligaba a tomar cada bocanada de aire como si fuera la última. Entonces intenté incorporarme apoyándome sobre una mano, pero esta resbaló inmediatamente, y al bajar la vista comprendí el motivo: Sangre. Había sangre por todas partes, sobre mis brazos, sobre mi ropa, sobre las piedras... y sobre los cuerpos que me rodeaban. Cuerpos inmóviles, retorcidos en posturas imposibles, cubiertos todavía por los colores negros, rojos y dorados del Ragnarök que apenas unos minutos antes habían ondeado con orgullo mientras seguíamos a nuestros comandantes hacia el vacío.

El capitán Sigurd me ayudó a incorporarme, mirándome orgulloso. Me hablaba, pero apenas podía escucharle; entonces, de un golpe amistoso, me hizo caer de rodillas mientras se enorgullecía de mi supervivencia y seguidamente me preguntó mi nombre, yo le respondí de forma automática; no fui capaz de pensar con claridad, de entender del todo lo que estaba pasando. Me volvió a alzar y me sacudió como si solo fuera un muñeco para él; también me felicitó, pero yo seguía sin escuchar prácticamente nada de lo que me decía. Le vi comer algo, aunque no entendí qué es lo que comería alguien en un momento como este, y entonces, como si nada, Sigurd emprendió la marcha para continuar con el camino. En ese momento me di la vuelta para ver con otra perspectiva lo que acababa de ocurrir. 
Al principio me negué a creer lo que estaba viendo. Mi cabeza insistía en que solo estaban inconscientes, que en cualquier momento Marco soltaría una de sus bromas estúpidas, que Lucas volvería a desafinar cualquier canción para hacer reír al resto, que Nico estaría lleno de ilusión por ver una isla así, que todos terminaríamos levantándonos entre quejas por los golpes y seguiríamos caminando hacia Shandora como si aquello no hubiera sido más que otro desafío superado.
-...Nico...
Mi voz apenas consiguió escapar de mi garganta, y empecé a apartar cuerpos con las manos, ignorando el dolor que me atravesaba los hombros y los brazos cada vez que levantaba a uno de mis compañeros. Repetía su nombre una y otra vez mientras buscaba desesperadamente entre aquella montaña de carne, acero y telas desgarradas, convencido de que simplemente había quedado sepultado bajo los demás, convencido de que todavía estaba vivo y de que solo necesitaba ayuda para salir de allí.
Fue entonces cuando encontré su joven mano.
La reconocí antes incluso de verle el rostro. Apreté los dientes, tiré de él con todas las fuerzas que aún me quedaban y conseguí liberarlo poco a poco del peso de los demás cuerpos. Durante un instante seguí aferrado a la absurda esperanza de que fuera a abrir los ojos de un momento a otro, de que volviera a insultarme por haber tardado tanto en sacarlo de allí o de que, simplemente, se echara a reír como hacía siempre.
Pero no ocurrió, Nico seguía mirando al cielo, no respiraba, no sonreía, y no volvería a hacerlo nunca más.
Sentí cómo las fuerzas me abandonaban por completo y acabé arrodillándome a su lado, incapaz de apartar la mano de su hombro, como si aceptarlo significara traicionarlo. A nuestro alrededor solo quedaba silencio. Un silencio insoportable, roto únicamente por mi respiración entrecortada y por el sonido del viento recorriendo aquella montaña de hombres y mujeres que, apenas unos minutos antes, habían corrido riendo detrás de Ubbe convencidos de que podían conquistar el cielo.
Entonces levanté la vista. Esperé ver a alguien más incorporándose. Esperé escuchar una sola voz. Esperé cualquier cosa, pero no ocurrió, solo estaba yo… Mi nombre es Odiseo, solo soy un hombre. 
Y soy el último Hijo del Ragnarök.


Ubbe. 


El impacto contra el suelo hizo temblar la propia Shandora. La tierra se resquebrajó bajo el peso del gigantesco buccaneer, levantando una inmensa nube de polvo, piedras y fragmentos de roca que se extendió varios metros a la redonda. Durante apenas un instante, Ubbe permaneció agachado sobre una rodilla, con la pesada cola de anquilosaurio hundida en el terreno para absorber parte de la caída. Después soltó una carcajada grave mientras se incorporaba lentamente, sacudiéndose el polvo de los hombros como si acabara de bajar de un pequeño desnivel en lugar de precipitarse desde un risco de treinta metros.
-...GAHAHAHAHA.
Sigurd y Kiba cayeron después de Ubbe, pero no les prestó demasiada atención. 
Le crujieron las vértebras al estirar el cuello y una sonrisa de pura satisfacción apareció bajo sus gafas de sol. Habían llegado, habían conquistado el cielo, frente a él se alzaba la ciudad dorada de Shandora con toda su magnificencia, brillando bajo el sol como si hubiera sido forjada para desafiar a cualquiera que pretendiera alcanzarla.
Entonces comenzaron a escucharse los impactos, uno, otro, y otro más.
Ubbe sonrió todavía más, durante unos segundos imaginó a los Hijos del Ragnarök aterrizando como podían, rodando por el suelo, levantándose entre insultos y carcajadas, exactamente igual que habría hecho cualquier grupo de salvajes al que acababan de lanzar desde un precipicio, pero las risas nunca llegaron.
El silencio empezó a hacerse demasiado largo y lo suplieron gritos de dolor y agonía de sus soldados muriendo, frunció ligeramente el ceño y giró despacio sobre sus pasos mientras la nube de polvo comenzaba a disiparse.
Lo primero que distinguió fue un brazo, después una pierna, después un casco, y, poco a poco, la realidad terminó de revelarse ante sus ojos.
No había hombres levantándose, tampoco había bromas, ni había discusiones sobre quién había aterrizado peor, solo una enorme montaña de cuerpos inmóviles vestidos con los colores negros, rojos y dorados del Ragnarök.
La sonrisa desapareció, y Ubbe permaneció completamente quieto durante varios segundos. Sus labios se entreabrieron ligeramente, incapaces de encontrar una palabra que encajara con lo que estaba viendo. Aquellos hombres habían corrido detrás de él sin hacer una sola pregunta. Habían saltado porque él había saltado. Habían confiado en él con una fe absoluta... y todos ellos acababan de dejar su vida sobre aquellas piedras.

Por primera vez en mucho tiempo, el gigantesco buccaneer bajó la mirada.
En cierta manera se sintió culpable, aunque ellos eran los que habían elegido seguirle, el sería siempre el responsable de sus muertes.  Cada uno de aquellos cuerpos era un hombre o una mujer que, apenas unas horas antes, había cantado el ROW sobre la cubierta del Veðrfölnir, que había compartido una comida con ellos, que había reído durante la ascensión o había cargado cajas de Nozama soñando con ver la ciudad que ahora se extendía frente a sus ojos. Entonces el viento recorrió lentamente aquel improvisado cementerio. Su capitán parecía tener menos escrúpulos que él; incluso se sirvió un muslo de un soldado para probar bocado, Ubbe en ese momento no pudo sentir más que repulsión. Por mucho que fuera Sigurd, que fuera su hermano… Eran sus hombres, no eran un enemigo más… 
Sigurd colocó su mano en el hombro de Ubbe, alegando que esos hombres habían sido débiles. Que no merecían más respeto que el que les había dado su propia muerte. El anquilosaurio no contestó, se limitó a asentir levemente con la cabeza y permaneció unos segundos en silencio, contemplando los cuerpos de los Hijos del Ragnarök. Su primer impulso fue negar aquellas palabras. Quería decir que no eran débiles, que todos y cada uno de ellos habían dado un paso al frente cuando él había saltado, que ninguno había buscado una excusa para quedarse atrás. Sin embargo, la realidad seguía allí, extendida sobre la piedra. Cincuenta cadáveres. 
Bajó lentamente la cabeza y dejó escapar el aire por la nariz.
-...Supongo que tienes razón, baby, por algo eres el capitán… 
Aquellas palabras no eran una rendición. Eran confianza. Si había alguien cuya forma de entender aquel mundo respetaba por encima de cualquier otra, era la de Sigurd. Había demostrado una y otra vez que su fuerza no nacía solo de sus músculos, sino de unas convicciones imposibles de romper. Aun así, la mirada de Ubbe volvió a perderse entre los rostros inmóviles de los hombres que habían decidido seguirle hasta el final.
-...But aun así saltaron.
Una pequeña sonrisa, triste y orgullosa al mismo tiempo, apareció bajo sus gafas de sol.
-Ese valor nadie se lo puede arrebatar… 
Y en ese momento, entre aquella montaña de cadáveres, algo se movió; una mano ensangrentada apartó un cuerpo, después otra, y con la ayuda de Sigurd, una figura consiguió ponerse en pie tambaleándose, cubierta de sangre y polvo.

Ubbe levantó de nuevo la cabeza. Durante un instante, sus ojos permanecieron clavados en el único hombre que había conseguido levantarse tras la caída. Después, una pequeña sonrisa, mucho más discreta que cualquiera de las habituales, apareció en la comisura de sus labios. Chasqueó los dedos con suavidad.
-...Good job, baby, you're the one. 
No había alegría en aquellas palabras.
Solo orgullo.

Sigurd avanzó el camino y el superviviente que se hacía llamar Odiseo empezó a rebuscar entre los cadaveres. Ubbe vio en esa misma escena su propio pasado, como entre cenizas y cuerpos quemados buscaba los restos de Kal, su antiguo amigo y mentor. No pudo hacer más que tragarse sus penas y girarse para acompañar a su capitán. 
Ubbe se hizo una promesa silenciosa que jamás llegaría a pronunciar en voz alta.
Aquel hombre no volvería a caminar solo mientras él siguiera respirando.

El profundo sonido del cuerno terminó por romper el silencio que se había instalado sobre aquella improvisada tumba. Ubbe levantó lentamente la cabeza y dirigió la mirada hacia la ciudad dorada justo cuando un intenso destello apareció frente a ellos. Instintivamente entrecerró los ojos, alzando un brazo para protegerse del resplandor, intentando tapar el fogonazo, hasta que la figura que emergió de aquella luz terminó de revelarse por completo.
El gigantesco buccaneer permaneció inmóvil, observándolo de arriba abajo. Aquel hombre parecía salido de una leyenda; su cuerpo desprendía una presencia solemne difícil de describir, las enormes alas blancas, el larguísimo cetro dorado y las extrañas esferas incrustadas en su pecho hacían que, por un instante, incluso Ubbe olvidara todo lo que acababa de ocurrir unos metros a su espalda. 
-...Holy shit...
Murmuró casi para sí, sin mirar a la cara aún al recién llegado. 
Escuchó con atención la bienvenida y la petición de identificarse, permaneciendo en silencio mientras Sigurd daba un paso al frente y respondía con el orgullo que siempre lo había caracterizado. Una pequeña sonrisa apareció en el rostro de Ubbe al escuchar cómo su capitán proclamaba, por primera vez ante el mundo, el nombre de los Piratas Ragnarök.
Cuando Sigurd terminó de hablar, el buccaneer avanzó un par de pasos. Ya no caminaba con aquella energía casi infantil que lo acompañaba siempre; sus movimientos seguían siendo firmes, pero algo más pausados, como si el peso de las últimas decisiones aún continuara apoyado sobre sus hombros.
Se golpeó el pecho una única vez.
-Ubbe
Su voz sonó grave.
-General... de los Piratas Ragnarök. Vengo con él para las pruebas. - Señaló a Sigurd. 
No añadió ninguna de sus bromas habituales. Ni un "baby". Ni un comentario fuera de lugar. Ubbe se puso un poco tenso al ver tan de cerca a aquel portento de ser que tenían delante, pero su mente no podía dejar de pensar en lo ocurrido anteriormente. Simplemente dio un paso hacia un lado, dejando ver al hombre que permanecía unos metros por detrás de ellos. Odiseo seguía cubierto de sangre seca, polvo y restos de la caída. Permanecía completamente callado, con la mirada perdida y el cuerpo rígido, como si una parte de él continuara sepultada bajo aquella montaña de cadáveres de la que acababa de salir. El traumado hombrecillo también se presentó. 
- Odiseo... del Ragnarok
Ubbe lo observó de reojo durante apenas un instante.
Después volvió a dirigir la vista hacia el extraño ser alado.
Los juegos acababan de empezar.
Y, aunque el mundo todavía no lo supiera, los Piratas Ragnarök acababan de pagar un precio que ninguno de los demás participantes alcanzaba siquiera a imaginar.

HEY BABY & JUST A MAN



RE: [EVENTO FASE] Los Juegos del Soberano - Stroud Nanashi - 10-07-2026

El crujir de los huesos rotos y los cadáveres apilándose unos encima de otros sacó a Stroud de su ensimismamiento ante la belleza de Shandora. Sus ojos giraron inmediatamente hacia su izquierda, hacia el risco que se situaba a no mucha distancia del bosque del que ellos mismos habían emergido instantes atrás. Instantes atrás, uno de ellos había estado exclamando paparruchas. Poco después de que uno de los buccaneers, que habían encabezado aquella expedición por la vía rápida a la zona inferior del acantilado, dijese algo de vivir para seguir luchando, toda una masa de hombres se había lanzado con el pecho por delante, dejándoselo en el mismo suelo con el que se habían encontrado al llegar al final de su destino. Los crujidos resultaron espantosos incluso a los oídos de Stroud, quien estaba relativamente familiarizado con los sonidos agónicos de un cuerpo. Alzó una ceja, entornando los ojos a medida que uno de ellos se cerraba un poco más que el otro, en un estado de lo que solo se habría podido definir como completa perplejidad. "¿Es alguna clase de ritual? ¿Un sacrificio al risco? ¿Han deificado ese risco con la entrega de todas esas almas?," se preguntó, sin imaginarse lo profundamente estúpida que era la auténtica respuesta al enigma que acababa de contemplar. No parecían ser Skypieans, ni habitantes originales de aquel lugar en general, daba igual cómo se mirase, dado que no tenían aquellas alas que tan bien les hubieran venido. ¿Era aquello algo que debiesen hacer?

Miró con cautela el río que acababa de dejar a sus espaldas y se llevó una mano al mentón, reflexionando por un instante, llegando a una aterradora conclusión. ¿Había que pagar un precio de sangre? ¿Exigían los famosos Juegos un sacrificio a un accidente geográfico? ¿Se vería obligado a lanzar a alguno de sus compañeros al río, sacrificándolo como precio para tener una oportunidad de participar? Tal vez el cangrejo supiese nadar. Tragó saliva audiblemente. La travesía hasta aquel lugar había sido extraña, sin duda, pese a lo distendida, pero había que considerar quiénes entregarían sus vidas para mayor gloria de la Justicia.

Sus pensamientos, que empezaban a tomar un peligroso camino que acababa en decimar parte del grupo en el río, se vieron interrumpidos una vez más, en esta ocasión un sonido que irrumpió en el ambiente, profundo y vibrante, que erizó el vello en la nuca de Stroud, como si hubiese despertado un instinto primario de amenaza. Se giró con rapidez, encarándose a la dirección de la que proviniese aquel inquietante sonido, poniéndose en guardia. Miró hacia todas partes, buscando por instinto de dónde pudiese venir la amenaza, e hizo un ademán al resto de miembros de la 60, asegurándose de que estuviesen listos para el combate. Quedó inmóvil, en guardia, esperando a que la amenaza se manifestase, mientras su cabeza comenzaba a planear cómo salir de un posible embrollo de la mejor manera posible. Sin embargo, el tiempo pasó, y, al cabo de un minuto, cuando la adrenalina había descendido y el sentido de amenaza parecía haber disminuido, e incluso se hubo cruzado de brazos, el sonido cesó, ante el atónito Stroud. Sus ojos se cerraron casi por completo en el momento en que una potente luz se materializó frente a sí, y su mano derecha, que hasta entonces había estado reposando sobre su bíceps izquierdo, ascendió hasta situarse delante de su propia cara, tapándolo del resplandor. ¿Se trataba de alguna clase de retribución por no haber sacrificado a los Marines al dios río, de la misma manera que aquellos tipos habían sacrificado a los suyos al dios peñasco? ¿Era aquel el final?

Lo que vio frente a sí, sin embargo, no hizo más que confirmar sus suspicacias de que aún debía de estar en Arabasta, seguramente imaginándose todo aquello ante un golpe de calor en el desierto, tirado entre las dunas, con los buitres sobrevolando su cuerpo en círculos. No había forma de que un ángel se hubiese materializado frente a ellos. La enorme entidad, de la que, según supuso Stroud, aquel sonido de cuerno había sido únicamente un heraldo, se situó frente a ellos, con aquellas majestuosas alas, aquella melena cobriza, aquel casco, aquel cetro dorado y toda clase de extrañas piezas de bisutería, además de aquellas cinco especies de esferas de metal distribuidas a lo largo de su torso, que captaron la atención del Marine momentáneamente. De alguna forma, emanaba una belleza que solo podía ser descrita como divina, y que hizo refrenar sus instintos previos. Stroud permaneció inmóvil, aún cruzado de brazos frente a la criatura. No desafiante, sino a la espera de poder determinar si se trataba de una amenaza. Frente a todas las expectativas del joven, el ente les dio la bienvenida, y les exigió identificarse. Stroud entrecerró los ojos con suspicacia, mientras algunos de sus compañeros se apresuraban a presentarse ante él. ¿Solicitaba aquella identificación bajo la autoridad del gobernante de aquel lugar? De refilón, pudo ver cómo todo el mundo en Skypiea continuaba con sus quehaceres, lo cual pronosticaba que aquella no era una ocurrencia fuera de lo común, lo cual le daba menos motivos de preocupación.

El Comandante Cangrejo Tortuga Juan Sebastián fue el primero en presentarse ante la criatura, y luego lo siguió el tal Shin, que se aseguró de pelotear a la criatura debidamente. También se presentaron un tipo extraño, un insufrible birkaniano al que llamaron Masami y en el que Stroud no había reparado con anterioridad, y el capitán Enji, antes de despelotarse del todo, para mayor perplejidad de Stroud, así como Moja y Akira. La perplejidad del Nanashi no hacía sino ir en aumento, y la montaña rusa de horrores a la que lo estaba sometiendo su encuentro con sus colegas de la Marina no daba visos de ir a terminar pronto. Aún cruzado de brazos, absteniéndose de cuadrarse, Stroud decidió dar un paso al frente. "Stroud...," vaciló un momento, absteniéndose de dar el apellido equivocado, "Nanashi. Comandante de la División 60 de la Marina," se limitó a decir con sobriedad, clavando sus ojos donde suponía que debían encontrarse los del ángel, tras aquella especie de casco. Dirigió una mirada a Kibai, alzando una ceja, y dando a entender que tenía algunas preguntas. ¿Quién narices era realmente ese Zarutsuki del que todo el mundo hablaba?



Off




RE: [EVENTO FASE] Los Juegos del Soberano - Varoganchin - 10-07-2026

Continué avanzando narrando las innumerables historias que se contaban acerca de aquel lugar, aunque sin la certeza de que nadie las escuchase, pues, pese a mí entusiasmo por el descubrimiento, mi tono de voz no se extendía mucho más lejos del cuello de mi camisa. Dejamos atrás la selva. Mis oídos se vieron atraídos por las palabras de mis compañeros y mis ojos lo hicieron por el brillo de cada edificio. Oro. Oro por todas partes.

—Hasta donde podríamos viajar sin preocuparnos si nos llevásemos algo simple, como el marco de una puerta o el alféizar de una ventana. Nuestros problemas de dinero se acabarían. Podríamos tener una vida de lujo, hospedarnos en los mejores palacios y gastando nuestro tiempo en los mejores casinos. Aunque si quiero poder apostar a lo grande, tal vez sería mejor llevarse algo más y. Una casa quizá, pensé. Comencé a idear la manera de poder cargar una o dos casas en la Black Widow. Pieza por pieza, desmontadas. Quizá podríamos fundirlo antes de partir para que fuese más fácil de transportar. Monedas, eso es. Debemos hacer monedas. O tal vez fuese mejor lingotes. Los banqueros siempre prefieren los lingotes....


Mis divagaciones se vieron cortadas de golpe por un rugido de hombres, como el bramido de los guerreros que marchan hacia la batalla. Giré mi mirada buscando su procedencia. La imagen era atroz. Una cascada de piernas y brazos, Unidos en primera estancia a sus cuerpos, no pudiendo asegurar esto último una vez que hubieron llegado al suelo. Sin duda, eran parte de la población promedio de Jaya. La masacre me hizo recordar la otra parte de las historias acerca de Shandora. Esa que contaba cómo los hombres perdían la cabeza. La codicia les cantaba sobre una vida mejor, llena de lujos y ellos eran capaces de cualquier cosa por conseguirlo. Incluso capaces de saltar desde lo alto de un risco. Un escalofrío recorrió mi cuerpo con tal intensidad que hube de sacudirme. Cerré los ojos. Los abrí de nuevo y sorprendí a una de mis manos apoyada en el tabique de una de las casas. La retiré tan rápido como pude, asustado. Froté la punta de mis dedos, como si en ella aún se hallase algún resquicio de esa vida que estaba fantaseando. Limpié la palma de mi mano contra mi cazadora y continué junto a mis compañeros, atendiendo a la reflexión de Kiyoshi 

—Kiyoshi, lo dices como si fuera posible que hubiese algo que fuera causa y a la vez solución de todos nuestros problemas.


Di un par de pasos más, cuando un sonido ensordecedor retumbó por las calles de la ciudad. Su potencia era tal que solo pude apretar el gesto de mi cara. Sujeté el sombrero con una de mis manos, la que no sujetaba el hatillo que había improvisado, temeroso de que las ondas de sonido lo hiciesen salir volando. No sé si pasaron segundos y horas, pero cuando por fin se detuvo un destello nos cegó. Moví la mano del sombrero al frente de mi cara, extendida, buscando generar la mayor cantidad de sombra para mí rostro, protegiendo mis ojos de la quemazón que producía una luz tan intensa. Tras unos instantes, el destello se diluyó y fue entonces cuando pude verlo.

—Es un... Un.... Ángel?

Parecía que el mito finalmente era cierto. Ante nosotros se levantaba una enorme figura de unos tres metros, con músculos esculpidos y unas alas blancas a su espalda. Sin embargo, lo que más llamó mi atención fue la esfera metálica con detalles de plata sobre su pecho.. Sin duda su fisionomía se parecía a nuestra nueva acompañante, pero había diferencias sustanciales como para pensar que no se trataban de la misma raza. Aquello me intrigó. Pensé en la posibilidad de que hubiese algo más que humanos y minks en este mundo. En si debería dedicar algo de tiempo en investigar acerca de aquello. Mis pensamientos se vieron interrumpidos, una vez más, cuando el ángel comenzó a hablar. 

—Zarutsuki... Así que esta es la tierra de un shichibukai. 


La presencia del ángel era imponente. No solo porque me doblase en tamaño, sino también por el aún más enorme cetro que portaba y que seguramente podría ser utilizado como arma. Por otro lado, sus formas eran cuidadas, por lo que me decidí a presentarme. Aguardé a que lo hubieran hecho todos mis compañeros y algunos de los Hanu Mahana, pues me parecía descortés interrumpirles. En un primer momento, me habían parecido demasiado extravagantes, pero a ser verdad parecía que sabían guardar las formas en un momento como este.

—Yo soy Varo Ganchin, explorador de los piratas de la Sepultura. Un placer —acompañé mis palabras asintiendo con la cabeza y sujetando el ala de mi sombrero con la mano libre.

Los juegos del soberano aún no habían comenzado, pero ya podía sentir la tensión. Sin embargo, ansiaba saber más sobre todo aquello



Antología



RE: [EVENTO FASE] Los Juegos del Soberano - Nyra Kuroshiro - 10-07-2026

¡Nada puede ser más divertido!

Habíamos llegado al río, estábamos jugando y riendo al saltar o admirando cómo otros alcanzaban el otro lado. ¡Hasta me había dado tiempo a peinarme!

Acababa de guardar el cepillo y la crema recién aplicada de nuevo en la mochila cuando, de repente, una de mis orejas se mueve hacia el efusivo rugido de una multitud. La curiosidad me llevó a mirar justo cuando aquella multitud comenzaba… a caer…

Con los ojos completamente abiertos, observo paralizada cómo sus gritos pasan de la emoción al terror y al dolor, interrumpidos por discordantes crujidos de huesos partidos.

El espectáculo duró pocos segundos, aunque largos como siglos. Y, aun así, siguieron saltando.

«¿Por qué?». La incomprensión nublaba toda mi mente, haciendo imposible que siquiera me plantee un solo músculo. «¿Por qué?».

Pero qué importaba el motivo cando la agonía alcanzó con eterno silencio su final. Uno del que solo hay un superviviente… pero ¿a qué precio? En algún rincón de mi mente, registro la conclusión de Enji como la única causa factible ante tal tragedia. Quizás, ellos no tenían con ellos a un cocinero que pudiera haberlos advertido del peligro de comer lo que no debían. Si tomaron algo alucinógeno…

Ignoro cuánto tiempo permanecí inmóvil, y sólo el estruendo del cuerno me arrastra a la fuerza de nuevo al presente.

Lo sigue un resplandor inmenso, como si el astro rey se hubiera desprendido del cielo. Cegada por la luz, tuve que llevarme una mano a la frente, mas resultó en vano hasta que el brillo se atenuó lo bastante como para poder vislumbrar a quien lo había provocado.

[Imagen: qjkp5He.jpeg]

Un ángel.

«¿Habrá venido a llevarse sus almas…?». Es lo primero que pensé al verlo con sus alas prístinas y aura imponente. Ignoro quién es, pero comenzando a sentir la tristeza extendiéndose por mi pecho como el agua empapa la tela, espero internamente un discurso, unas palabras ante la atrocidad de los hechos que acababan de ocurrir. Quizás, el aviso de una ayuda médica para el único supervivente, o en el peor de los casos el anuncio de un funeral apropiado para sus cuerpos.

No me importaba quiénes fueran ni su bando. Se trataban de invitados en aquella extraña tierra, igual que nosotros.

Pero eso no sucede.

Una bienvenida, grandiosa y glamurosa, y la petición de una identificación.

Burocracia.

Un montón de hombres y mujeres acaban de morir y lo que importa es la burocracia.

Apenas giro el rostro cuando mi mirada se dirige hacia las gradas y la ciudad, donde la gente sigue sus vidas preparando los puestos o gritando de emoción desde las gradas.

Todo… como si esto no acabara de ocurrir.

Mis puños aprietan su fuerza sobre los bos hasta el punto de clavarme las uñas en las palmas, buscando superponer el dolor físico al emocional, procurando ahogar la rabia sin que esta llegara a manifestarse en mi mirada.

El tipo que nos habla será majestuoso el brillo, el bastón, el casco y esas esferas; la ciudad será de oro y leyenda, y sus habitantes tendrán todos alas, blancas o negras dependiendo de su raza…

… pero no hay ningún ángel.

Juan, transformado en tortuga, es el primero en presentarse.

Lo sigue Shin. Para mi sorpresa, le ofrece un saludo propio de su familia… algo muy poco frecuente viniendo de él, especialmente siendo que la desprecia. Una parte de mí sabe que hay mucho que calla en aquel gesto y sus palabras.

Su luz, tenue y gentil, se muestra amable ante los anfitriones, pero yo veo en él una claridad mucho mayor de la que pudiera encontrar en la ciudad. En ningún momento deja de sonreír, pero aunque mira a Stroud y a Enji, yo percibo la discordancia en su mirada.

Entendiendo el mensaje, aprovecho las presentaciones de Masami (de quien me alegra ver que está bien), Enji, Moja, Akira y Stroud para inspirar hondo y mentalizarme para una nueva mascarada… esta vez, con el rostro al descubierto.

―¡Buenos días! ―saludo con la más alegre y encantadora de mis sonrisas antes de ofrecer una reverencia propia del baile de aquella lejana misión en Matsuri en la que ya Shin me advirtió y pocos habían de fiar. Al erguirme, lo observo de nuevo agitando a propósito mi cola―. Me presento: Nyra Kuroshiro, soldado raso de la Marina y miembro de la División Setenta y cinco. Aunque soy cocinera, a mí también me encantaría demostrar mi valía en esos famosos juegos~.

Avanzo sin llamar demasiado la atención, esperando a que se presente la siguiente persona tras de mí antes de acercarme a Shin y colocarme a su lado.

Aunque la sonrisa no había abandonado mi rostro, mi voz sonó seria cuando susurré de modo sólo audible para él.

―No parece que les moleste que hayan muerto posibles invitados…

Sé perfectamente que él entenderá el mensaje. Sin importar cómo me mostrara en los juegos, no bajaría la guardia.

Ignoraron las pérdidas en la playa. También las del risco.

Claramente, tampoco les importarán las que pudieran ocurrir en la arena.

Kuroshiro



RE: [EVENTO FASE] Los Juegos del Soberano - Bartolomeow Flint - 10-07-2026

Volviendo unas horas atrás.
Durante la travesía por el bosque...

Maki parecía no identificar el logo de la bandera que portaba a la espalda. -En aquel tiempo pertenecía a otra banda, pero ahora me he unido a la poderosa tripulación de los piratas Mushoku-don- Contesté a su pregunta con una sonrisa en la cara mientras me giraba levemente a mirarla.

-¿Enserio no sabéis que va a haber un torneo-don?- Les pregunté asombrado, cuando estos me hicieron saber que no sabían nada de un torneo. -El torneo del soberano lo llaman. ¿Acaso no escucharon a la voz de las caracolas, que daban la bienvenida de parte del anfitrión de los juegos-don- Les pregunté recordándoles levemente las palabras que habían salido desde las caracolas en la costa.

Todo aquello no había interrumpido mi paso, ni mucho menos notar como Maria, la cual no dejaba de cantar por todo el camino, me toqueteaba el pelo, sin llegar a saber que me hacía, mi atención estaba totalmente puesta en el camino y sus alrededores, no estaba tenso ni preocupado, pero si atento a cualquier cosa que pudiera salir o aparecer por cualquier lado, por ello no le hacía mucho caso a lo que pudiese oír por parte de mis acompañantes.

En un momento dado, noté como las manos de Maria me agarraban la cabeza y me obligaban a mirar hacía arriba, en concreto mirar hacía donde estaba su cara, encontrándome con sus ojos angelicales, los que parecían mirarme con ternura. "¿Qué quiere esta ahora-don?" Me pregunté sin más, mientras la miraba inocentemente. De repente, se acerco y me dio un beso en la frente, para luego decirme que ahora era el campeón de dos bellas mujeres. "¿Qué narices-don...?" Me preguntó cuando vuelvo a mirar hacía delante y subo la mano para tocarme la cabeza, donde lejos de encontrarme mi pelo con su habitual peinado, me encuentro una especie de trenzas las cuales me tienen todo el pelo recogido, apretaban un poco, pero nada molesto.
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Al llegar a Shandora...

Mientras observaba la gran ciudad dorada, escuche a mi izquierda el rugido, retumbar y grito de decenas de hombres y mujeres, provenientes desde lo alto de un risco a mi izquierda. Vi como detrás de dos grandes seres y bueno lo que parecía un gyojin, ¿con rasgos de tiburón?, alrededor de cincuenta guerreros caían del risco, despeñándose y cayendo al suelo. Los cuales aterrizaron de una forma muy violenta provocando que llegasen a mis oídos los crujidos, gritos de agonía y sesos desparramándose por el suelo.

-¡Vavavava!- Solté una carcajada diabólica al ver aquella escena. -El destino estaba marcado, esos tipos no eran lo suficiente fuertes-don- Exclamé con una sonrisa, demostrando mi poco interés en la vida o la muerte, mientras apartaba la vista de la montaña de cuerpos recién creada, sin fijarme que un hombre pudo alzarse con vida entre todo aquel montón de cuerpos inertes.

Justo en el momento donde volvía a mirar hacía la ciudad dorada, un zumbido estruendoso, invadió la escena. Un sonido grave, profundo y vibrante, que provenía del gran palacio dorado obstruyó mis oídos durante unos segundos, los que parecieron varios minutos. Cuando este se apagó un destello surgió enfrente de nosotros, este destello hizo que me llevase la mano a la cara, para proteger mis ojos.

Cuando miré entre los dedos de la mano que me había llevado a la cara para proteger mis ojos, pude ver delante de mí un ser de figura casi angelical, casi proveniente de otro plano astral y, ante todo, divino. Un ser de aproximadamente tres metros de altura, con una larga melena anaranjada. Portaba un cetro dorado, el cual era más alto que él y que yo, fácilmente el cetro podría medir unos cinco metros de altura. Vestía unos ropajes muy ceñidos, que parecían cómodos de color blanco níveo, algunos trapos y telas de color rojizo adornaban y cubrían su figura, junto a adornos dorados y baratijas varias aparentemente ceremoniales. En la cabeza portaba un casco negro que le tapaban desde los ojos hasta la nariz. Además portaba dos granes alas blancas, bastante más grandes que las de mi nakama enmascarado Quetzalli jr., además aquel ser portaba cuatro esferas metálicas y plateadas incrustadas. Una en el pecho derecho, otra en el izquierdo, la tercera en el bajo abdomen lateral derecho y la última en el bajo abdomen lateral izquierdo.

El ser hablo dándonos la bienvenida a la ciudad de Shandora, según él, la sacra capital del imperio celestial del magnánimo Zarutsuki. Para luego solicitarnos que nos identificásemos para poder participar o disfrutar de los juegos. Pidiéndonos que dijéramos nuestros nombres completos y también dijésemos si formábamos parte de algún tipo de organización o de lo que fuese.

"Soy Bartolomeow Flint, flamante tripulante de los Piratas Mushoku, dirigidos por el Shichibukai y Mata-Héroes, Ashura "La Catástrofe" Humeante-don" Pensé como me iba a presentar, mientras sacaba la mano de mi cara y se presentaban todos los que venían conmigo por el camino. -Soy Bartolomeow Flint... vengo en representación de los Piratas Mushoku-don- Acabé exclamando reduciendo bastante la presentación que había pensado.

MushokuOFF



RE: [EVENTO FASE] Los Juegos del Soberano - Mizuki - 10-07-2026

Tras levantarse del suelo donde había caído el señor Naruze comenzó a limpiarse el polvo de la ropa tanto con sus manos como golpeando con el final de su cola en los lugares que no podía alcanzar -Joder, calculé mal la caída… me duele un poco todo ahora, al menos creo que no me hice ningún daño grave.- pensó para sus adentros antes de enfocar sus sentidos en lo que había detrás suyo, una escena digna de una historia de horror rostros sonrientes estallando contra el vacío, personas entendiendo en el último momento que habían acabado con sus propias vidas, otras que se creían capaces de sobrevivir la caída rompiéndose al contacto del suelo como títeres a los que se les hubieran cortados los hilos.

En su interior el gyojin sentía una mezcla de repulsión por la escena así como también dolor por aquellos con quienes había podido platicar en el viaje, lamentaba la perdida más por Ubbe que había demostrado ser una de esas personas que inspira honestamente a sus compañeros y probablemente no se esperaba un desenlace tan grotesco como aquel, sin embargo los pensamientos se vieron cortados por las acciones del verdadero líder del Ragnarok, Sigurd Hakkon quien tomaría un trozo de uno de sus propios tripulantes tras probar la sangre desde su arma, aquello indigno al supuesto civil que no podía creer tremenda falta de respeto para quienes habían sido los seguidores y compañeros del pirata hasta hacia tan solo unos breves instantes, no podía entender ni quería imaginar que tan retorcida era la mentalidad del Buccaner para proceder de aquella forma.

Un solo superviviente se alzó de entre la pila de cadáveres, para sorpresa del carnicero de whiskey peak y consuelo de Ubbe hasta donde el oji azul podía distinguir, la primera vez que habló, Kiba estaba demasiado lejos para escuchar que tenía para decir aquel sobresaliente individuo, sin embargo otro asuntó más urgente se hizo presente, el sonido de un cuerno inesperado resonando desde la distancia y aun así opacando otros sonidos en la cercanía al risco donde aún se podía sentir los ecos fantasmales de la tragedia recién ocurrida para quienes la atestiguaran desde la cercanía. Luego de un fulgor de luz cegadora y un grito de Sigurd, Kiba obedeció y se puso en guardia, listo para un ataque sorpresa o alguna represalia por estar junto a la gente de una tripulación como era la del Ragnarok, sin embargo ningún ataque llego, solo una hermosa figura angelical que apaciguó al gyojin se hizo presente.

Por un momento, tan solo un par de segundos kiba se distrajo y olvido la masacre que había atestiguado abriendo su boca con incredulidad ante la belleza y peculiaridad de persona o creación ajena que tenía ante sus ojos, un hilo de saliva calló por entre sus colmillos antes de que procediera a limpiarlo y recordar en qué situación se encontraba, antes de volver a inhalar el olor a muerte que no muy lejos se hallaba y dedicar su atención a tan peculiar entidad.

Luego de que los miembros de Ragnarok se presentaran el gyojin de piel ocre se acercó a la figura Angelical haciendo una reverencia de respeto -Pueden llamarme Kiba Naruze…- tras un momento de duda y vigilar a su alrededor, como buscando a un camarada que apareciera de la nada o el saludo distante de un amigo que nunca llegaría, con cierta resignación el individuo trajeado suspiró decepcionado -…Supongo que vengo por mí cuenta a razón de mi propia arrogancia, codicia y estupidez.- declaro con cierta tristeza antes de volver a sonreír, como quien se pone una máscara para ocultar lo que realmente hay detrás de sus pensamientos.

Jump the shark



RE: [EVENTO FASE] Los Juegos del Soberano - Bertram Gaufrid - 10-07-2026

Uno a uno los marines logran cruzar sin ningún tipo de problemas o inconvenientes, algunos saltando, otros caminando por el puente creado por Moja, y entre los brincadores cada cual tuvo su propia manera de saltar, algunos con más estilo que otros, otros con mayor facilidad y menos elegancia, pero todos y cada uno de ellos logran superar ese repentino accidente geográfico que los separaba de la ciudad donde se dice se llevarán a cabo unos extraños juegos de los que ninguno de los presentes tiene mucha información, salvo por el hecho de que son organizados por el más antiguo miembros del ouka shichibukai Zarutsuki. A lo largo del camino los miembros de las diversas divisiones pudieron hablar y conocerse algo mejor, salvo por el tal Masami que parece haberse rezagado por algún motivo, por lo que el trabajo en equipo de todos no debería ser un verdadero problema. Cierto es que las personalidades allí son de lo más variopintas, y que seguramente algunos se llevarán mejores con otros, pues Bertram no ve a Stroud capaz de aguantar toda una vida junto a un marine con la personalidad del capitán Enji por ejemplo, alguien que parece ignorar el protocolo, el decoro y las normas no solo de la marina, sino de la sociedad en general.

Por otro lado hay personas como Nyra, calmadas, serenas y que son más del estilo del cazador, que es alguien alegre pero tranquilo, que prefiere estudiar el entorno y mantener una postura más seria sin dejar la cercanía de lado cuando no estaba tratando con superiores del estilo de Stroud. El panorama no parece para nada la reunión de varios grupos de la marina, una organización conocida por estar bien organizados y seguir unas pautas estrictas de comportamiento, vestimenta y por un acato a las órdenes y la cadena de mando por encima de otro tipo de organizaciones. Los rojizos ojos de Bertram permanecieron en el rio hasta ver a un misterioso sujeto con un uniforme de la marina cruzarlo por sus medios, siendo seguramente el famoso Masami. Teniendo ya solventado el tema del marine rezagado que preocupaba a sus compañeros, la unificación marine solo debe avanzar hacia la ciudad, averiguar más sobre esos misteriosos juegos y decidir dónde participar cada uno. El joven contramaestre aún tiene problemas intentando comprender, o más bien seguir, el ritmo de las locuras de Shin y las conversaciones variadas que le puedan llegar a resultar interesantes. Todo sigue avanzando con cierta normalidad, cada marine sigue su propia forma de avanzar, entre jolgorio, seriedad y otras cosas hasta que un sonido llena el ambiente llamando la atención de todos, siendo un sonido poco agradable por lo que lo está provocando, siendo algo de lo que Bertram está casi totalmente seguro. Y se comprueba en cuanto echa un vistazo a un barranco que parece ser el final de otro de los caminos señalizados por las antorchas de la playa. Uno a uno varios hombres y mujeres empiezan a caer por el barranco estampándose violentamente contra el final del mismo, generando el inconfundible sonido de huesos destrozándose, carne y hueso mezclándose en una enorme montaña de muerte y desesperanza mientraslos marines reaccionan a eso, algunos confundidos, otros se escandalizan y otros, como Bertram se quedan preguntando por lo que estaría pasando por su mente para hacer eso. Bertram se rasca tras la cabeza mientras piensa un poco y dice

-Las pocas veces que vi cosas similares fue bien por intoxicación en masa o por aislamiento y privación de sueño, algo que desequilibra su mente sir.-

Parecía que todos los que cayeron parecían haber seguido el mismo destino hasta que de entre los cuerpos inertes con roturas raras, huesos destrozados y sangre brotando sin parar se levanta el único superviviente, y casi como si el propio destino lo quisiera o lo previera, en ese mismo instante se escucha el potente sonido de un cuerno de guerra, como anunciando el inicio de una batalla o la llegada de alguien importante, por lo que el joven arquero instintivamente busca por los alrededores con sus ojos rojizos, atento a cada detalle, cada variación del entorno hasta que una potente luz que parece lo bastante fuerte para superar la protección de sus gafas hasta que aparece un ser alado desconocido para el arquero, pues su aspecto no parece encajar con ninguna raza que conoce el marine. La figura empieza a hablar dando a los marines la bienvenida a la legendaria ciudad de Shandora, la cual el marine pelirrojo solo vio escrita en cuentos, mitos y leyendas. Al parecer la ciudad es la capital del reino celestial del shichibukai Zarutsuki.a

Al parecer es requerido identificarse para todos los presentes si quieren participar o disfrutar de los juegos, y algo le dice al joven marine que no identificarse correctamente no es una buena idea. El primero en presentarse es el gyojin cangrejo, quien se presenta al igual que en la costa, seguido de Shin, Enji y Moja, cada uno siguiendo sus propias personalidades además del rezagado Masami, que parece llamarse Masato Ami pero prefiere que le llamen Masami. Bertram ve como el resto de marines se van presentando, especialmente la duda de Stroud respecto a su apellido y tras él Nyra, siendo que tras ella se adelanta el joven arquero mientras se rasca tras la cabeza por algo de nervios y, con su forma calmada y tranquila, dice

-Contramaestre Bertram Gaufrid, de la división 60, listo para poner mis capacidades a prueba en los juegos sir.-

Carcaj de información



RE: [EVENTO FASE] Los Juegos del Soberano - Dharma - 11-07-2026

Al llegar al limite del sendero, al menos el principal, puesto parecía que podía seguir aun más lejos acompañando al rio que seguía su propio cause, pero lo que mas había llamado su atención aunque no lo hubiese deseado del todo era aquella ciudad dorada, legendaria o mítica. Una oda a la materialidad humana, a sus deseos mas banales y simples. Era típico de los pueblos antiguos enaltecerse así mismos montando ese tipo de emblemáticas edificaciones. Pero, mientras la mirada del espadachín analizaba el terreno que se podía ver desde donde estaba parado, un tanto más alejado de la posición de todos los ahí presentes, unos 10 metros a la izquierda de ellos. Se pudo escuchar el grito de un batallón de guerra que se alzaba en donde se posicionaba un risco proviniendo por la parte de en medio más a la izquierda y a una altura bastante considerable. | Vaya manera de caer... pero al menos parecen felices de hacerlo... | Medio centenar o más de personas con postura de guerreros, descendían en caída libre, un par de ellos de prominente tamaño se podía observar la diferencia de estos a comparación de los otros que caían, parecían una parvada de aves suicidas. Pues lo siguiente en ocurrir fue la inevitable muerte de la mayoría de ellos, sonidos de dolor, sonidos de muerte, sonidos de terror ante lo que les era inevitable. | Jah... buena manera de llegar | No lo decía como burla, más bien lo pronunciaba, más para si mismo, pues ellos no parecían preocuparse por ser detectados o vistos, era una de expresar su propia libertad, aunque el desenlace no fuera lo mas optimo para la mayoría de esos seres que ahora estaban molidos por el impacto.

Tras el acto ocurrido a los instantes, se podía escuchar un ruido diferente, algo que convocaba o algo que daba la bienvenida. Con tono grave, profundo y que retumbaba incluso en el pecho de Dharma. Apoyado por su buen sentido del oído y su vista después, pudo detectar que el ruido se originaba de la misma construcción que todos parecían admirar con veneración inédita. El sonido de ese cuerno de guerra opaco todo lo demás, callando a quien pudiera hablar y ensordeciendo a quien esperara alguna platica. Algo bueno, algo realmente interesante estaría por ocurrir. Eso pensaba el joven espadachín y pirata. Pues un destello nacía de lo que parecía ser lada nada y mostraba una figura divinizada, si no fuera por que Dharma había dejado de creer que los dioses manejan el destino, podría incluso pensar que se trataba de algún enviado del cielo. Pero ya no era así, pues ahora conforme su conocimiento avanzaba, entendía que todo tenia una explicación o al menos casi todo, pues aun entendía que algo más había creado todo el universo.

La figura era de un hombre alto,  y con una larga melena de tonos naranjas, se mostraba sin miedo y con gran porte | Hmm...| Dharma había hecho sus ojos mas afilados y pequeños intentando que el destello no le perjudicara tanto. Después de esto, podía notar las cosas que aquella figura angelical y que con toda intención parecía intentar mostrarse como algo inusual se mostraba ante los ahí presentes. Portando un cetro que era muy largo y vestimentas que de alguna u otra forma podrían representar un tipo de rango o cargo, esto acompañado por un par de alas extendidas de un color totalmente blanco y un plumaje impecable. Dharma seguía mirando con cierto desdén tanto a ese individuo como a todos los demás presentes, significándole absolutamente "Nada"  los actos triviales que los otros llevaban a cabo. Pero seguía atento a lo que podría suceder, en ese momento soltaba con suavidad la caja que portaba, haciéndola a un costado entre los arbustos del camino y de igual manera se quitaba aquella gorra de Nozama, dejando libres sus cabellos oscuros y su mirada ahora podría apreciarse un poco más. Sus orbes esmeralda examinaban al recién llegando notando también más allá de su apariencia, sus ropajes y simbología que podría portar y aquel ser ataviado de diferentes cosas, se presento y Dharma le escucho.

Y algunos nombres saltaron a la presencia del pirata, no hubo ningún cambio en su solemne mirar, quizá con el mismo orgullo y vehemencia con el que se presentaba aquel "simbólico ángel". | Dharma  "El Orador" oriundo del País de Wano, vengo a los juegos del Soberano Zaratsuki. | Dijo Sin titubeo alguno, su tono de voz grave e invariable demostraba toda la confianza, que podría poseer un guerrero de su estirpe. Su voz podía ser escuchada por todos los ahí presentes, importándole poco que así fuese. Después de haber dicho eso y mientras se retiraba el chaleco de la empresa Nozama, mostraba ahora sus ropajes habituales, una camiseta de color negro ceñida al cuerpo y un pantalón de color negro. Ya sin gorra ni aditamentos mas que los propios, nada  que le pudieran estorbar, más sus espadas en los costados de su torso, recubiertas aun de cintas de color negro. Que tras la platica con ese celestial ser, quizá comenzaría a revelar, por si eran necesarias.


OFF ROL: