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RE: El lenguaje de la gastronomía [Pasado|Priv.] - Bai Mudan - 09-01-2026 El marine concedió a Uker una mirada de soslayo, una inspección rápida y breve con la que pretendía confirmar las sospechas del cocinero: no le gustaba. Además, no hallaba placer alguno en darle explicaciones. Así que, con un gesto parco, se limitó a hacerselo saber. Luego, con un ademán, lo invitó a que desplegara su arte y diera rienda suelta a su historias en silencio. Mientras tanto, Bai, sin resistencia alguna al alcohol, comenzó a percibir cómo una pequeña hoguera se instalaba en su estómago para emprender la lenta conquista de su cuerpo; un incendio que ascendía por su garganta, reptaba con dedos incandescentes por sus mejillas y terminaba por teñir sus orejas con el carmín del vino. ¿Era posible que aquel brebaje le hubiera provocado fiebre? Miró al marine preguntándole con su mirar pero él, con los brazos cruzados como baluartes sobre su pecho, la observaba con fijeza como si aún la estuviera juzgando por lo de antes. Y, de repente, el muchacho le dirigió un gesto con el mentón; un reproche que Bai descifró al instante. Suspiró. No iba a discutirse de nuevo con aquel hombre al que acababa de conocer. Miró hacia Uker y, pronto, descubrió que la atención de ambos se había desviado relato del cocinero. —¿Una selva? —susurró la birkiniana, volcando su cuerpo hacia el papel con una curiosidad innata. El marine, en cambio, permanecía inmóvil, escrutando la explicación con severidad. —Su hogar —sentenció el oficial, rompiendo su estatismo para señalar el trazo. —¿En el corazón de la selva? —inquirió ella. —En el espesor del bosque —corrigió el marine, haciendo un gesto de silencio y espera. —¿Y esta criatura? —Bai señaló la efigie de un animal deforme, una aberración de carboncillo. El marine no se dignó a responderle a ella; su réplica fue un dardo dirigido al chef: —Una tragedia, en efecto. Pero recuerda que vosotros elegisteis habitar en los dominios de lo salvaje —giró su rostro hacia Bai, endureciendo el gesto—. Quien osa desafía a la naturaleza carece de licencia para la queja cuando esta reclama su tributo. Impulsada por una mezcla de embriaguez y falsa intuición, Bai atrajo el papel hacia sí. Al contemplar las cruces —esos símbolos que representaban rostros ausentes—, la verdad la golpeó con la fuerza por sus propios medio. Aquel animal debía ser la causa de sus muertes. —Entonces... El marine asintió mirándola a ella y Bai, movida por una pulsión maternal, extendió la mano y acarició el cabello de Uker en un gesto de piedad destinado a acunar un dolor que no encontraba palabras. Por el contrario, la reacción del marine fue incorporarse ligeramente; el crujido de su uniforme pareció un rasguñar el silencio que se había cernido entre ellos. Después, con los ojos ligeramente entornados, hizo un gesto de entre asco y molestia y cogió de su vaso para beber. El marine esperaba que Bai dijera algo que acompañara sus gestos —de ahí que prefiriese beber— pero, en vez de eso, se encontró con un solemne mutismo que escondía lo que verdaderamente pensaba la mujer. —¿Podrías recordarme de qué isla eres? —se dirigó a Uker mientras se inclinaba sobre la mesa proyectando una sombra opresiva sobre el dibujo. Y entonces pareció recordar que eso no se lo había preguntado a la mujer. —¿Y tú? ¿De dónde vienes? —Soy de Ohara pero siempre sentí que ese lugar era una prisión para mí. Bai carecía de la maldad necesaria para el artificio de la mentira, así que, copiando a Uker, tomó la servilleta y le pidió al joven chef el lápiz. —Mi isla está dividida en muchas culturas —explicó, mientras su mano trazaba una especie de círculo y lo dividia en porciones —Y la mayoría de gente habla vuestro idioma. A mi no me gusta, suena demasiado gutural y siento que faltan expresiones para poder expresarme correctamente. —¿Por eso saliste de ahí? —preguntó el marine, con un rastro de escepticismo en la mirada. —Esa razón... y esta otra —sentenció ella. Dibujo dos cuerpos humanos como monigotes simples de palo y les tendió la servilleta. —Tras un accidente en el que me vi involucrada —dibujo fuego alrededor quemando más del setenta por ciento del cuerpo del monigote —Decidí que debia salir de ahí y ver mundo. Por suerte no fui yo quien casi se quema viva. Es solo... Me hizo pensar en lo que quería. RE: El lenguaje de la gastronomía [Pasado|Priv.] - Rackham Uker - 18-01-2026 Las palabras del marine solo lograron que una sonrisa se reflejara en el rostro de Uker, una expresión de burla, pues el hombre no había hecho más que repetir lo que el mismo joven había dicho hace unos momentos. - ¿Acaso no acabo de decirte que no hay nadie a quien culpar? -. Una vena se mostró levemente en su frente, al lado derecho, ese tipo comenzaba a molestarlo, en demasía. Si no estuviera en su lugar de trabajo podría simplemente hacerse cargo de alguien con tanta curiosidad, pero debía mantener la calma, debía continuar su conversación de forma natural, si lo descubrían… Algo rozó su cabello, una mano grande, pesada por un momento, pero cálida y liviana en cuanto se decidió a dar ese gesto de amor. El cocinero giró su rostro, vio a la mujer alada consolándolo, tratando sus heridas mentales, de una forma que ya conocía. Su madre lo hacía, era de los pocos gestos que su cuerpo débil y enfermo le permitían hacer sin dolor, era de las primeras cosas que él mismo había realizado, un cariño a su pequeña hermana, un cariño que no era recordado por más nadie que él. Sus ojos brillaron, llenándose de lágrimas que no alcanzaron a salir antes de que la misma muchacha cortara el contacto. Continuó mirándola un momento, ella le arrebató el lápiz de las manos en cuanto su agarre se debilitó, hasta que su cerebro reaccionó y bajó la cabeza, utilizando uno de sus brazos, y la manga de su abrigo, para limpiar esas lágrimas que no habían llegado a aparecer frente a los demás. Era la primera vez que alguien le dedicaba un gesto así, la primera vez que sentía una pizca de cariño desde que su maestro y sus hijos lo vieron partir. Fue en ese momento que notó lo solo que estaba, el tiempo que había pasado desde la tragedia, cuánto anhelaba volver a sentir el calor de su familia. No, no debía caer en algo así de nuevo, no otra vez. Levantó su rostro, descubriendo la conversación que los otros dos habían llevado a cabo durante esos segundos, con palabras que el muchacho del mechón blanco no alcanzó a comprender ni por asomo. Decidió entonces centrarse en lo que la mujer dibujaba: dos personas de palo. ¿Sus padres? ¿Amigos? Tal vez completos desconocidos… El marine le había preguntado de que isla venía, seguramente se lo preguntó a ella también y está contando sobre su isla. ![]() “Sería genial poder entender algo”, pensó el muchacho.
Y entonces un nuevo detalle fue agregado al dibujo, marcas que contaban poco, al mismo tiempo que afectaban a Uker de maneras que ni ella ni el marine se imaginarían. Fuego, eso debía ser fuego, el mismo elemento que lo vio correr, el mismo elemento que tiró abajo las casas de su pueblo, el mismo elemento que marcó su espalda. Un dolor que no se iba, una marca que no desaparecía, una pérdida que seguía existiendo.Ese olor, el olor a quemado, el olor de su propia piel siendo víctima del fuego, no abandonaba su mente. Sus labios temblaron, su mente dudó, no quería demostrar que algo así lo afectaba, sería contraproducente luego de su historia inventada. Le fue inevitable cerrar los ojos y apretar los dientes al pensar de nuevo en todo lo que le pasó, pero tampoco podía demostrar indiferencia, su mente se lo impedía. - Lo… lo siento… -. Su mirada se fue directamente a la mujer, quien no iba a comprenderlo, o al menos eso supuso el cocinero, pero al menos podría demostrarle que existía algo de ese mismo dolor en él. Que no iba a estar tan sola como él se sentía. Tal vez, era un alivio para su propia mente también. Eran muy parecidos, en demasiadas cosas, daba un poco de miedo pensarlo. - Vengo de la isla de Dawn, del East Blue, ¿acaso hay algún problema con eso? -. Fue su respuesta ante la anterior pregunta del marine, ya un poco más cansado de su presencia. - No creo que eso tenga algo que ver con mi historia, tampoco entiendo el porqué debería importarte eso o de donde viene ella -. Al fin y al cabo, la mujer sólo había demostrado empatía por alguien, mientras que el marine no dejaba de tener esa expresión que parecía juzgar a ambos. Estaba a punto de pedirle que se vaya, pues no quería causar un desastre (Aunque algo le decía que si llegaba a intentar echar al hombre iba a comenzar algo peor que un desastre), pero pronto recordó que lo necesitaba para hablar con la mujer. ![]() Ella, Bai, parecía haber captado la atención del marine, tal vez podría hacer algo con eso. - Bai, ¿deseas algo más? -. Una sonrisa más tranquila se mostró en su rostro, mirando a la mujer y acercando su mano al brazo de ella, sin tocarla pues no quería alejarla tampoco. - Puedo darte más bebida si quieres -. Utilizó algo de esas clases que su maestro le había enseñado, un poco de esa actuación que le dijo que podría llevarlo a no ser mal visto por los más ricos del planeta. RE: El lenguaje de la gastronomía [Pasado|Priv.] - Bai Mudan - 31-01-2026 Para ese punto de la conversación, el alcohol ya había reclamado el cuerpo de Bai como territorio conquistado. Pues un calor febril e invisible se había instalado en la base de su nuca, desencadenando una pesadez agradable que derretía las aristas de un mundo habitualmente afilado y hostil. Sí, estaba achispada; una condición que ella, siempre tan celosa de su propio control, ni siquiera había sido capaz de diagnosticar en sí misma. «Todo irá bien», quiso añadir cuando lo acarició. Pero su lengua, trabada y anudada por el alcohol —o mejor dicho, la descoordinación del pensamiento-lengua—, lo hizo imposible. Y así como imposibilitó algo tan simple, también evitó que, cuando los ojos de Uker brillaron con un matiz acuoso bajo la luz mortecina del local, ella activara ninguna parte de su agudo intelecto. Pues, en su estado, por mucho que lo hubiera deseado, no hubiera podido procesar el significado clínico de aquellas lágrimas. Y eso que, en cualquier otra circunstancia, Bai habría diseccionado ese brillo para discernir entre un síntoma o una manipulación, pero bajo el efecto del licor ni siquiera alcanzaba a comprender que la fragilidad del joven era, en realidad, una forma muda de gratitud por su gesto afectivo. Pero, a su vez, por el mismo principio, cuando Uker se sinceró y el «lo siento» brotó de sus labios como un tartamudeo, Bai no necesitó analizar el tono de la disculpa para entenderlo. No hacía falta. Pues entendió la intensidad de la emoción porque, por primera vez, su propio dolor encontró un retazo exacto en el de aquel joven, uniendo sus traumas en una misma frecuencia de amargura. Y eso era un problema. Porque esa conexión, tan íntima y pesada, se convirtió en una presencia tangible en la mesa. Lo que, a su vez, hizo que el aire que respiraban se volviera gélido y asfixiante. Era la mirada del marine. Había en ella un celo agrio y silencioso, como vibración de alguien que acecha desde la lejanía y que no requiere palabras para mostrar su malestar. Pero Bai no podía reaccionar. Ni siquiera cuando la mandíbula tensa del hombre, al verse excluido de esa comunión de heridos, provocó en él un suave chirriar de dientes. Por fortuna, había algo que sí sabía reaccionar: sus alas. Las mismas que, al otro lado de la mesa, sentían la presión de su mirada clavada en Bai. Las mismas que le indicaron que debía intentar organizar su cabeza antes de hablar. —¿East Blue? —eso sí lo había entendido. Al fin y al cabo, casi todos los nombres se pronunciaban igual en su idioma—. ¿Uker, Dawn? —le preguntó directamente, creyendo acabar de entender los matices de su historia. Y es que, hasta donde tenía entendido, aquel lugar estaba plagado de salvajismo. —Tsk. El marine chasqueó la lengua y Bai giró el rostro hacia él con un retraso torpe, por el cual tardó un segundo de más en enfocar su expresión. —¿Pasa algo? —preguntó, ladeando la cabeza. El marine apretó los labios y negó con la cabeza. —Pregunta si necesitas algo más. —Oh... —miró hacia abajo y recordó la agradable bebida a la que le habían invitado. —Pues... —antes de que pudiera añadir nada más, el calor en su nuca palpitó con entusiasmo, casi como un animal famélico al reconocer alimento—. Me gustaría probarla de verdad —sentenció, aun sabiendo, en algún rincón todavía funcional de su mente, que no debía. Que aceptar otra bebida sería cruzar una línea irreversible. Pero también supo que, en ese momento, no quería pensar. —Bueno… —murmuró, acercando el recipiente a Uker—. Si es posible, claro. El marine se tensó. —Bai —dijo, tratando de suavizar su rostro—, creo que... Ella alzó la mirada, sorprendiéndolo con su mirar. Pues, al final, el marine cayó en cuenta de la pretensión implícita de sus palabras. Y eso fue suficiente para él. El marine se puso en pie con un movimiento brusco, haciendo que la silla rascara el suelo como un animal herido. —No voy a quedarme más tiempo —sentenció, ajustándose la chaqueta—. Ni a competir con… esto. Su mirada pasó por Uker sin detenerse en él. Después, ambos jóvenes se quedaron solos. RE: El lenguaje de la gastronomía [Pasado|Priv.] - Rackham Uker - 05-02-2026 Fue sorprendente escuchar a la mujer mencionar una palabra que pudo entender, con la misma naturalidad que un hablante del mismo idioma que él. - Wow, ¿y eso? -. Fue luego de su pregunta que lo meditó por un instante y la posible respuesta llegó a su mente: Si las islas, mares o nombres tenían diferentes nombres de un idioma a otro, sería imposible para alguien orientarse por el mundo. Se sintió idiota por un momento al haberlo pensado, pues ahora tenía todo el sentido del mundo. El odio del marine era evidente, su disgusto por la presencia del cocinero se reflejaba en su rostro como la historia de un libro en sus paginas. No podía evitar sonreir al ver esa expresión, sea lo que sea que estuviera pensando debía molestarlo y aún así no tenía nada que hacer contra él. Satisfacción, eso era lo que dominaba la mente del pelinegro, la sensación de una venganza deliciosa. Aunque esto no fue planeado por él, así como tampoco entendía el porque de la actitud contraria. Fueron las palabras de Bai hacia él las que lo sacaron de esa capsula mental. - Oh, ¿quieres más? -. Seguía sin entenderla, por lo que claramente se estaba guiando solo por su intuición. - Eso puedo… -. Palabras del otro hombre, una mirada de Bai, claramente no en sus cabales, una despedida que nadie se atrevió a frenar. El muchacho simplemente le dedicó una sonrisa al hombre cuando lo vio, junto a un gesto de la cabeza para marcarle un “adiós” completamente inexistente. En cuanto la puerta se cerró tras el marine, la situación cayó en un punto igual a cuando se vieron fuera del establecimiento. Uker giró su cabeza y vio de nuevo a la mujer de cabellos bicolor. ![]() - ¿Y ahora como vamos a entendernos? -
Si había aguantado al marine era justamente porque era una manera simple de poder hablar con ella, por lo que ahora se trataba de una tarea más que complicada. - Tal vez con dibujos… -. Si, muy complicada. Su cabeza volvió a moverse, mirando alrededor y encontrando con su mirada a la misma chica que les había traído las bebidas antes, a quien hizo una seña con su mano y ambos asintieron al mismo tiempo. - Aún así, entiendo que quieres más de la bebida, o eso creo… -. La charla iba a estar difícil. - Antes mencionaste a Ohara -. Puso énfasis en esa palabra, pues al menos ella podría entender eso. - Escuché algunas veces de esa isla, pero no su locación, ¿podrías decirme donde se encuentra? -. Mientras hablaba, su mano se encargó de tomar otra de las servilletas de la mesa y el lápiz antes usado. Trazó en el papel una gran X, casi dividiendo la hoja en 4 lados. En cada uno de estos lados escribió dos letras: SB en el lado inferior, NB en el lado superior, EB en el lado derecho y WB en el lado izquierdo. Junto a eso, en la parte superior escribió el nombre que ella había mencionado, Ohara, seguido de un signo de pregunta. - ¿En que mar? -. Paso el papel hacia la mujer, esperando que ella le marcara de alguna forma donde quedaba esa isla poco conocida para él. Si es que le había entendido al menos dos palabras. La otra mujer no tardo en llegar, con dos bebidas esta vez, iguales a las anteriores. - Aquí hay más bebidas, si eso es lo que me habías pedido antes… -. Todavía no lo tenía claro. RE: El lenguaje de la gastronomía [Pasado|Priv.] - Bai Mudan - 09-02-2026 Bai escoltó con la mirada al marine hasta que su figura fue devorada por la boca de la puerta. Lo cual le permitió ignorar, al menos durante un rato, el hecho de que Uker se hubiera quedado descuadrado por su marcha. Quizás, para quien no habitaba continuamente en el silencio, aquel estupor era una reacción comprensible; pero Bai, que llevaba demasiados soles exiliada de la palabra, había transformado los gestos y su cuerpo en su único léxico comprensible. Por eso, en cuanto se fijó en él y notó que el muchacho parecía más perdido que ella en su primer día rn la mar, Bai ancló su diestra sobre el antebrazo de él; un contacto firme, una presión de carne y hueso destinada a detener cualquier atisbo de ansiedad. Después, haciendo alarde del único lenguaje que sabía que el otro podía comprender, le dedicó una sonrisa cuya calma solo podía compararse con la de su propia voz. —Tranquilo, está bien —murmuró, plenamente consciente de que sus fonemas no eran más que música ininteligible para los oídos del joven. Acto seguido, liberó el brazo ajeno con lentitud. Hincó el codo sobre la mesa y acunó su mentón en la palma de la mano para poder observarlo desde su altura en silencio. Y, de entre la maraña de palabras rápidas que Uker emitía, un sonido logró perforar su sordera cultural: «Ohara». El nombre de su hogar vibró en el aire como una campana de plata. Bai parpadeó, ligeramente confusa por lo que interpretaba. ¿Acaso aquel muchacho pretendía saber dónde su hogar se situaba? Guardó silencio mientras todas aquellas dudas se aglutinaban, permitiendo que él continuara su laboriosa hasta que, frente a ella, nacieron cuatro triángulos de una geometría casi perfecta. Cuatro trazos que dividían la hoja y que evocaban la lógica de las brújulas. —Bai... —preguntó su nombre en un intento por decir: «¿Te estás refiriendo a mí?». Pero, al verlo dibujar letras tan parecidas a las que sus familiares usaban para referirse a su hogar, añadió: —...¿Ohara? Después, con el dibujo frente a ella, rotó el papel sobre la madera veteada moviéndolo con la tranquilidad de quien intenta resolver un enigma de proporciones cosmogónicas. Y es que, su mente, esa maquinaria analítica que poco o nasa descansaba, intentaba encajar las letras con los puntos cardinales hasta que, de súbito, el engranaje hizo click. —Ohara, West Blue —sentenció, señalando la «W». Único símbolo que reconocía en como sinónimo de Oeste. Para ese momento, la camarera había llegado con otra bebida para ella. Y Bai, incauta ante la potencia del brebaje, decidió humedecerse los labios, dejando que el ardor del alcohol le le impregnara; aquella pausa le permitió reflexionar: aquel joven no parecía buscar solo una ubicación geográfica. ¿Acaso quería saber más de ella?, se preguntó. Los hielos colisionaron con un sonido cristalino y tintineante cuando Bai dejó el vaso sobre la mesa con un golpe seco. Luego, con un gesto ligeramente invasivo, pero cargado de una urgencia casi poética, reclamó el lápiz de las manos de Uker. —Ohara —comenzó—. Es un lugar hermoso… Ante la imposibilidad de traducir un concepto tan abstracto como la belleza, Bai se inclinó sobre el papel y dibujó lo único que encontraba bello en el mundo a parte de lo sexual: la silueta de un libro. —Mi gente… —continuó, presionando su mano libre contra el pecho, justo donde el corazón latía con fuerza—. Es especial. Volvió al dibujo para bosquejar una serie de figuras, simples trazos de grafito que representaban la multitud de seres que conformaban su comunidad. Los señaló a ellos, luego a sí misma, y finalmente buscó con la mirada la diversidad de razas que poblaban en el lugar para incluirlas en su explicación muda. —Tienen una gran biblioteca —concluyó, dibujando un árbol colosalmente simple y una flecha que unía el libro con sus raíces. ¿Habría logrado Uker descifrar aquel jeroglífico? Bai tenía sus reservas, pero en su fuero interno sabía que aquello era la esencia misma del aprendizaje del que hablaban los ancianos: ese puente de señales precarias construido sobre el abismo que separa a dos almas. RE: El lenguaje de la gastronomía [Pasado|Priv.] - Rackham Uker - 12-02-2026 Esperó por una respuesta, como quien ve todo su dinero apostado ponerse en juego. Se sentía como una juego, uno muy complicado, el simplemente comunicarse con ella. Tal vez eso le atraía, tal vez el desconocimiento lo llamaba, la curiosidad, aquello de lo que él y Asherah habían hablado cuando se conocieron. El rostro de la mujer estaba indeciso, analizando el papel como quien busca resolver un acertijo sin pistas. - Tal vez no me entendiste, podríamos… -. Pero no fue eso, en ese momento la cara de la joven realizó un cambio, procediendo a apuntar a uno de los triángulos. - ¿El West Blue? -. Preguntó más al aire que a su compañera, pues poco podría entenderle, o responder. Si, la afirmación llegó, ella misma confirmaba que le había comprendido. Eso era bueno, muy bueno, estaban logrando un avance. La herramienta de escritura le fue arrebatada de las manos, el papel se movió sin prisa sobre la madera y el muchacho observó la mano ajena que sostenía el lápiz. Le pareció curioso, en más de un sentido, se preguntaba también si es que le había entendido. Su mano mostraba la delicadeza de alguien más abocado al aprendizaje que al combate, un rasgo que ya no existía en sus propios dedos. Echó un vistazo rápido a su zurda, apoyada sobre la mesa, las cicatrices eran obvias, algunas logradas por un mal cálculo al cocinar, otras con historias más terribles, pero ya no podían confundirse por las de un joven normal. El sonido del papel siendo marcado nuevamente, junto a las palabras repentinas, lo hicieron salir de ese “trance”. Ahora ella dibujaba, ya había demostrado que lo hacía mejor que él, ahora lo mostraba de nuevo. Un libro, había dicho antes el nombre de su isla de nuevo, pero la frase, o palabras, o nombres, que lo acompañaron fueron poco claras, por decir poco, para el cocinero. - Ohara… Libro… -. Intentó unificar esas dos palabras de alguna manera, pero se rindió en cuanto Bai volvió a hablar. Sus gestos demostraban cariño, tal vez respeto, los nuevos trazos en la hoja mostraban personas, de diferentes razas según entendía. ¿Se trataba entonces de una isla de gente diversa? Al menos eso le llevaba a pensar los dibujos y el extraño idioma que hablaba la muchacha. - ¿Tu gente? -. Preguntó de nuevo, siempre olvidando que ella no podría entenderlo. Tomó su vaso y lo movió circularmente un poco, logrando que el choque de los hielos con el cristal creara un sonido reconocible. Le dio un sorbo mientras observaba a la contraria, intentando encontrar el porqué de esa curiosidad que le causaba, pues no podían ser simplemente esas palabras irreconocibles, ¿verdad?. Y entonces llegó lo más loco. Un árbol, grande en comparación a las personas dibujadas, pero simple en su ejecución artística, conectado con el libro que había dibujado antes gracias a una flecha que apuntaba a sus mismas raíces. - Eh… -. Indescifrable, era imposible que alguien comprendiera de que se trataba solo con esos dibujos. - ¿Un árbol de libros? -. De alguna forma conseguía tener razón y no tenerla a la vez. - Lastimosamente no logró comprenderlo, pero… -. Le tocaba a él presentar algo, por lo que extendió su mano y la palma de esta quedó viendo al techo, esperando a que la mujer le entregase el lápiz por propia voluntad. En cuanto lo tuvo de vuelta, su mano libre movió un poco el papel de lugar, girando hacia un lado y haciendo que las letras que marcaban el West Blue estuvieran apuntando en dirección a la mujer alada, mientras que, aprovechando que se encontraba la izquierda de ella, las letras del North Blue apuntaban ahora hacia Uker. - Si tú vienes del West Blue… -. Mientras hablaba, apuntó con el lápiz a Bai y también al WB escrito en el papel, respectivamente al ser mencionados. Antes de continuar, dibujó una línea desde el borde de la hoja hasta la propia representación del mar del oeste, terminando en una flecha que apuntaba a eso mismo. Un flecha “nacida” desde la ubicación de Bai, que la marcaba como proveniente de ese mar. - Yo pertenezco al… -. Hizo lo mismo que con ella, se apuntó a sí mismo y luego apuntó al papel, su verdadero mar de nacimiento, el North Blue. - Aquí… -. Sí, también hizo una flecha, igual a la que hizo para asociar a Bai con el oeste, tal vez así podría entenderle lo que quería contarle. - Pero es un secreto -. Bajó la voz y habló en un susurro solo audible para ella, guiñando un ojo también, pidiéndole que no diga nada de eso. RE: El lenguaje de la gastronomía [Pasado|Priv.] - Bai Mudan - 16-02-2026 Algunos gestos siempre habían representado una incógnita para la birkiniana. No por su complejidad, sino por su exceso de significado. Había en ellos una ambigüedad que desbordaba cualquier intento de clasificación lógica, y Bai —cuyo pensamiento tendía a expandirse más de lo necesario— rara vez sabía dónde detenerse. Aquel era uno de esos curiosos casos. Le costaba aceptar la simplicidad en los demás. No porque no existiera, sino porque ella misma se dedicaba, casi compulsivamente, a descifrar al otro cuando no había necesidad. Por eso, cuando Uker le guiñó el ojo, lo primero que hizo fue quedarse estática como si su procesamiento fuera lento. Pero, en realidad, eso nunca había sido así. Ni siquiera entonces cuando, en un suspiro, se mantuvo quieta. Y es que, dentro de su mente se desplegó, en una fracción mínima de tiempo, una deliberación tripartita. Por un lado, una parte de sí misma interpretó el guiño como la apertura de un espacio compartido a un entendimiento tácito e invisible para los otros. Otra lo situó en el territorio incierto del flirteo, donde el juego y la intención rara vez se declaran con claridad. Y la tercera —más pragmática y fiel a su esencia— lo redujo a una maniobra reguladora diseñada para aliviar la tensión del momento. Ninguna logró imponerse. Todas parecían igual de válidas y, en consecuencia, sonrió. No porque lo hubiese comprendido, sino porque todas concordaban en lo mismo: la sonrisa era el único signo lo suficientemente elástico como para contener todas las posibilidades sin comprometerse con ninguna. Y eso era justo lo que necesitaba para salir del apuro. Necesitaba tiempo. Así que desvió entonces la mirada hacia las flechas recién dibujadas, como si el papel pudiera ofrecerle algun tipo de significado oculto, y pronto se encontró sustituyendo la sonrisa por concentración. Frunció el ceño, acercó el índice a las letras y dejó que este recorriera primero el trazo que partía de ella hacia el West Blue. Después hizo lo mismo con el otro, el que nacía de él hacia el North Blue. ¿Qué era aquello? ¿Una revelación? ¿Le estaría diciendo que ese era su verdadero origen? Bai elevó la mirada hacia él perpleja, y algo encajó de golpe. ¡Comprendía lo que significaba aquel pequeño gesto! ¡Lo había entendido! Una risa suave escapó de su pecho, y sus alas vibraron con un leve chisporroteo de satisfacción. Ahora sabía que aquello era un secreto entre ambos. Presta, tomó el lápiz cuando el lo dejó libre y rodeó ambas palabras por separado —West y North— con un círculo. Después, dibujó una línea curva que no iba directa de uno a otro, sino que descendía hacia el centro de la hoja donde dibujó otra cosa: un pequeño barco casi caricaturesco. —Uker —dijo al devolverle el lápiz—… ¿Ohara? Lo miró expectante, consciente de que el lenguaje seguía siendo su territorio más frágil. —¿Te gustaría verlo? —intentó—. ¿Uker… Ohara… Bai? Hizo una pausa, reorganizando el mapa dentro y fuera del papel. —¿Bai… North… West? Tras aquello, la birkiniana volvió a llevar el vaso a sus labios. El cristal estaba frío, aún perlado por el deshielo; diminutas gotas resbalaban por su superficie hasta extinguirse contra la yema de sus dedos, dejando una humedad breve que contrastaba con el calor latente en su interior. Ese juego de temperaturas la hizo demorarse un instante antes de inclinarlo. Mientras tanto, atendía a la respuesta de su acompañante sin apartar del todo la mirada, como si el gesto de beber no interrumpiera la conversación, sino que la acompañara. Después, cuando el líquido tocó su boca, no bebió de inmediato; dejó que reposara un instante sobre su lengua, permitiéndose una pausa que no era necesaria. Y, entonces, lo dejó descender. Sin embargo, esta vez sintió cómo el calor comenzaba a extenderse desde el esternon hacia los costados, afinando la percepción de su propia piel. —Uker, yo... El aire que rozaba su cuello se volvió de pronto más presente. Igual que el peso de su cabello sobre los hombros o el leve ajuste de la tela contra su torso que de la nada adquirió una nitidez inesperada. Exhaló despacio. El mundo todavía se mantenía en su sitio pero su cuerpo no. —Más despacio — terminó por decir al tiempo que le hacía un gesto de frenar —. Necesito que hables más despacio. Y tras ello devolvió el vaso a su lugar. RE: El lenguaje de la gastronomía [Pasado|Priv.] - Rackham Uker - 26-02-2026 La risa ajena lo hizo sonreír también, parecía haber entendido de golpe a lo que el pelinegro se refería y eso era símbolo de que podían comprenderse de alguna manera. El lápiz le fue arrebatado de nuevo, al parecer así iban a comunicarse desde ahora. La vio dibujar círculos y flechas, también lo que parecía un barco. Tuvo que analizar lo que quería decir, verla a los ojos en cuanto volvía a hablarle, usando solo esas 3 palabras en repetición. - Eh… -. Difícil, era difícil comprender a qué se refería. Su mente lo llevó a pensar varias cosas: viajar juntos, otras islas que hayan visitado, visitar esos mares, muchas cosas. Al final, había una forma de descubrirlo. Tomó el lápiz y dibujó sobre este su propio nombre, así como la mujer lo estuvo diciendo hasta ahora. - Uker, yo… -. Apuntó con su mano a su propio pecho, intentando darle a entender el significado de esa última palabra. - ¿Aquí? -. Dibujó entonces otra flecha, conectando su nombre con el barco, queriendo preguntarle si es que se refería a que él iba en ese barco. Entonces, antes de obtener respuesta, desde el barco dibujó otra flecha, una que conectó con el árbol que ella antes había dibujado cuando habló de Ohara. - Claro que me gustaría visitar Ohara, suena interesan… -. Ella lo nombró, junto a otra palabra desconocida para él, pero el gesto de sus manos era suficiente para darle a entender que debía parar. - ¿Estás bien? -. Volvió a hablar, ahora siendo acompañada por una actitud más calmada y desconcentrada. Observó cómo volvía dejar el vaso en la mesa, algo que llevó al cocinero a asumir lo más lógico. - Creo que fue suficiente alcohol por hoy -. Con cuidado, separó un poco el vaso de ella, llevando ambos a la otra punta de la mesa. - Te traeré agua -. Y así lo hizo, en poco tiempo volvía de la cocina con un vaso de agua fresca, entregándoselo a la mujer y esperando que ella misma le permitiera volver a hablar. Mientras esperaba, observó a la alada con curiosidad. Sus alas, su cabello, su rostro, intentaba encontrar algo que le contara más de ella sin palabras. Comunicarse era difícil, mucho más lo sería ahora que ella comenzaba a caer en los embrujos del alcohol. Pensó que lo mejor sería terminar con el momento antes de que vaya a más. - ¿Qué te parece si nos retiramos? Puedo acompañarte a tu casa si necesitas -. Pero que no se olvide de pagar la cuenta, aunque los tragos salieron del bolsillo del cocinero. Ante la pregunta, se dio la libertad de dibujar algo de nuevo, una casa cuadrada con techo triangular, si como la dibujan los niños, que se encontraba entre dos símbolos de pregunta. Mientras esperaba a que ella decidiera, si es que le había entendido algo, se quedó observando el papel que ambos habían garabateado: sus dibujos horribles, los trazos más entendibles de Bai, sus lugares de origen, su historia, las mentiras sobre eso. Había sido una buena charla, al menos eso pensaba el hombre, pues no podía saber si ella lo había entendido o ambos habían estado teniendo dos conversaciones diferentes. Era curioso, esa misma incapacidad para comprenderla lograba que quisiera conocerla más, tal vez aprender un poco de esa lengua extraña. ¿Habrían más como ella? Supuso que su familia, conocidos, tal vez la propia isla de Ohara… ¿Todos en esa isla hablarían el mismo idioma? Tendría que investigar un poco más, tal vez pueda preguntar a más gente de la isla. RE: El lenguaje de la gastronomía [Pasado|Priv.] - Bai Mudan - 10-03-2026 Una sonrisa sincera se dibujó en su rostro. Sus alas se batieron con suavidad, apenas levantando una brisa leve a su alrededor y, sin proponérselo, igual que un niño que se ilumina ante la promesa de una mágica ilusión, Bai sintió una emoción cálida al comprender que el muchacho aceptaba visitar su tierra natal —reacción ingenua donde las haya incluso para ella misma. Desde que había abandonado su isla, muy pocas personas se habían detenido realmente a su lado. La mayoría cruzaba unas pocas palabras por cortesía o por simple necesidad práctica, pero casi nadie se tomaba el tiempo suficiente como para intentar conversar con ella de verdad. Mucho menos permanecer. Y así, lamentablemente, había descubierto con el paso de las semanas, que la compañía era un bien extraño cuando uno arrastraba una situación como la suya. Sin embargo, pese a que Bai era perfectamente consciente de ello y sabía que muchos de los que se acercaban lo hacían movidos por esa mezcla incómoda de lástima y empatía, en Uker había descubierto algo más que la mera compasión. Por eso, el simple hecho de que aquel muchacho —sin conocerla realmente— estuviera dispuesto a prolongar su presencia, a escucharla y ahora incluso a acompañarla, despertaba en ella una alegría sorprendentemente genuina. Y en ello estaba pensando mientras la bebida descendía reptando por su interior con un ardor agradable cuando, de la nada, una mano ajena apareció de improviso y trató de apartarle aquel curioso néctar que estaba probando. Bai parpadeó, desconcertada. Miró al joven Uker con una expresión interrogante, como si buscara en su rostro una explicación que el idioma no podía ofrecerle. Pero él, casi en respuesta, tomó algo para dibujar y trazó rápidamente unas líneas sobre la superficie. Bai observó el dibujo unos segundos, meditó y entonces creyó entender. Ah. Tenía que marcharse. Rió. Se había estado divirtiendo tanto que había olvidado un detalle bastante elemental: aquel muchacho tenía casa. Y, muy probablemente, gente que lo esperaba o una vida que continuaba más allá de aquella mesa. Así que, con una diligencia casi inmediata, se levantó de la silla como si un resorte invisible la hubiese impulsado. Y el mundo giró. ¿Demasiado rápido? Su mano se ancló a la mesa con un golpe seco que resonó con cierta violencia contra la madera. Volvió a reír, esta vez por pura torpeza. —Claro, vamos —dijo con naturalidad, como si él pudiera entenderla. Después buscó con la mirada a la joven que les había servido los tragos. Y es que, a pesar de la ligera niebla que comenzaba a envolver su cabeza, Bai seguía siendo una ciudadana responsable. No pensaba marcharse sin pagar lo suyo… ni lo de— —Hijo de puta… La risa regresó, más abierta esta vez, cuando comprendió que el marine se había marchado sin pagar absolutamente nada. Era irónico. Casi admirable, en cierto sentido. ¿Tan molesto había estado? Negó con la cabeza, todavía divertida, y miró a Uker. Con la mano le hizo un gesto claro para que la siguiera. Cuando se acercó a la muchacha de la barra, extendió sobre la mesa una generosa cantidad de berryes: había calculado rápidamente el precio de ambas comidas y añadió un pequeño exceso por si algo se le escapaba ya que, al no comprender el idioma del lugar, prefería pecar de prudente antes que provocar un malentendido. Luego volvió a girarse hacia el muchacho. Le hizo otra seña para que la siguiera y señaló la puerta con decisión. Sin ser consciente de que, durante todo ese rato, el mensaje que había interpretado no era en absoluto «tenemos que separarnos». Sino algo muy distinto: «Acompáñame a casa».
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