![]() |
|
Eterea | Pasado +18 - Versión para impresión +- Nakama no Mi - Foro Rol de One Piece (https://nakamanomi.com) +-- Foro: Mundo (https://nakamanomi.com/forumdisplay.php?fid=3) +--- Foro: South Blue (https://nakamanomi.com/forumdisplay.php?fid=7) +---- Foro: Reino de Samba (https://nakamanomi.com/forumdisplay.php?fid=314) +---- Tema: Eterea | Pasado +18 (/showthread.php?tid=3174) Páginas:
1
2
|
RE: Eterea | Bai | Pasado | +18 - Lana - 01-03-2026 Mi trasero es tan juguetón como su dueña, sentí el tacto al cuerpo de esa gran mujer y esa presión fue una expansión tibia de mucho de los nervios y electricidad que avanzó hacia mis caderas, movía concientemente mi cuerpo, mi trasero empujaba hacia atras y hacia los lados, con un ritmo torpe. Cuando me movía y sentía el tacto tras cada desplazamiento no podía evitar pasar la lengüita por mis labios, con una pequeña sonrisa. Me gustaba cuando lo fisico me hacía callar la mente, los pensamientos, en este momento y en la mayoría de mis casos lo unico que quería era sentir, más allá de lo que cualquiera de las dos quería decirnos. Sentí el peso de las manos de Bai al comenzar desabrochando los botones de la túnica que me tenía el cuerpo apretujado, los botones se abrieron gracias a ella y la tela se desprendía con facilidad, se despegaba de mis costillas y permitía que el aire fresco se sintiera en mi piel y el poder inhalar más profundo para dejarlo entrar a mis pulmones. Las caricias estaban bien, sus dedos rozaban mi cuerpo, causándome una sensación ambigua entre cosquillas y un masaje por el peso del tacto de la gran mujer, sus caricias eran refrescantes, y ascendieron hasta mis hombres, mientras tanto mis manos acariciaban el cesped. —Al fin puedo respirar, ya no tengo más calor. Mmmm… Miau… Lo haces bien, sigue por favor— Pero ¿qué era la chica? ¿Estaba acostumbrada a esto? Pues que siga trabajando. Me senguí hundiendo en el cesped cuando de repente el cuerpo de Bai se apegaba contra mi y lejos de incomodarme, me producía una espacie de vibraciones en la zona baja del abdomen y llegaba hacia mi pecho. Estaba tranquila, muy tranquila cuando… entonces… apareció la sensación fria y húmeda, mis manos que tocaban el cesped se tensaron. Giré la mirada, alcanzando a ver a Bai comiendo mi cuello, sus labios y dientes marcando suavemente mi piel y aquello mi instinto lo tomó como peligro, y la verdad es que era un poco peligroso lo que hacía, no toleraba ser “penetrada” de todas las formas, sin que lo decidiera. La pobre señorita alada no sabía que no podía confiar en las apariencias, porque me gustaba jugar a ser inocente con mi traje de monja. Y aquí lo iba a demostrar, mi cuerpo se giró, mis músculos se tensaron y mi la mano con la palma abierta descendió con mucha fuerza sobre la mejilla izquierda de Bai. El golpe sonó en la colina. Al ver la huella rojiza que comenzaba a aparecer sobre la piel morena de la mujer, no me sentí mal, sonreí de satisfacción, estaba tranquila, era como si la estuviese corrigiendo, aunque sí me gustaba aquello que había hecho. Pero para que la señorita no pensara que le tenía odio, me incliné hacia delante, y con la misma mano que le pegué, acaricié la mejilla rojita con suavidad. Separé mi mano para observarla y luego levanté la otra mano con la palma abierta, la levanté, la moví rápido y le abofeteé la mejilla contraria, dándole simetría. Pobrecita. Mis dos manos se deslizaron hacia la nuca de Bai, agarrándola firmemente de sus cabellos castaños y blancos, la obligué a acercar su rostro hasta al mío, dejando apenas unos centímetros entre nuestros labios —Miau. ¿Qué haces, preciosa? Se que no nos entendemos, ¿así son los masajes de donde vienes? Son… bastante… extraños… No deberías tratarme así, soy una mujer muy importante— susurré sobre su boca y no aguanté en sacar mi lengua y pasarla sobre sus labios. Luego recorrí con unos pequeños besos su mandíbula hasta su cuello y se lo lamí, deslicé la lengua hacia arriba, hasta llegar a su oreja y también como pude le pasé la lengua alrededor. RE: Eterea | Bai | Pasado | +18 - Bai Mudan - 01-03-2026 La sorpresa llegó en forma de dolor. No por completa culpa del sobresalto del cuerpo ante lo inesperado, sino por la cruda sensación de desgarrón en la continuidad de aquello que, hasta un instante antes, había creído comprender. Así pues, ocurrió que sus ojos, hasta entonces mecidos por la cadencia tibia del placer y embriaguez del deleite, se inmovilizaron primero ante el golpe. ¿Había hecho ella algo mal? No estaba segura pero, por un momento, el mundo entero pareció contraerse en el punto exacto donde la piel había sido violentada. Luego, cuando la conciencia logró articular lo sucedido y su cerebro procesarlo, sus pupilas chisporrotearon con peligrosa luminiscencia. La misma que solo una vez antes se había reflejado en su vida cuando, para su infortunio, la sensación de desconcierto precedió a una magnánima catástrofe. Y es que, ¿a quién no le hubiera descolocado una agresión envuelta de deseo? Así, en un acto reflejo —o quizá en una tentativa arcaica de recomponerse— sus alas se desplegaron envueltas de urgencia y sin ningún tipo de magestuosidad o seducción. Las plumas, que instantes antes se habían erizado bajo el imperio de las sensaciones carnales, se alisaron y buscaron su propia piel, rozándola con una ternura casi litúrgica en busvabde una autopreservación con la que intentaba apaciguar el tumulto de su alterado ánimo. Entretanto, Lana la atraía hacia sí. Y Bai, convertida en un muñeco inerte, un títere cuya voluntad se había replegado sobre sí misma, apenas ofreció resistencia. Sintió entonces los besos posarse sobre su piel; la lenta deriva de aquella humedad por su cuello; la caricia que, lejos de apaciguar, intensificaba la disonancia. ¿Era consuelo? ¿Era posesión? ¿Era, acaso, la confirmación de que el golpe no había sido negación, sino exceso? Bai ancló con mayor firmeza el antebrazo en el virgen pasto, como si la tierra misma pudiera sostenerla frente al naufragio interior. Por primera vez en su existencia, su cuerpo estallaba en sentimientos contradictorios sin que la razón lograra imponer jerarquía. El pecho se agitaba con la premura de una máquina de vapor; ascendía y descendía con violencia mecánica, como si intentara expulsar de sí una verdad inadmisible. Y su mente —esa fortaleza glacial que tantas veces la había salvado— se esforzaba por desentrañar lo ocurrido, solo para descubrir que no todo acontecimiento admite disección. La respiración comenzó a volverse ardua. Primero, porque el cuerpo reaccionaba sin consultarle: estremeciéndose, ardiendo por dentro ante el roce de la lengua ajena sobre su lóbulo. Después, porque las hipótesis se multiplicaban hasta el infinito y eso le estaba causando una sensación de clautrofobia corporea. Entonces, de la nada, un dolor punzante se instaló en su pecho y el brazo que la sostenía flaqueó. Con la mano libre se apoyó en la hierba para no desplomarse sobre Lana. No quería caer. No quería que su peso físico se impusiera sobre aquella mujer cuya cercanía la desarmaba. Respiró con dificultad y, tras pensarlo, incapaz incluso de ordenar las palabras en su garganta, asió una de las manos que le rodeaban el cuello y la apartó. Todo giraba y todo empezaba a doler. Necesitaba respirar. Y en un movimiento tan ágil como su magnánimo cuerpo le permitió, rodó hacia un lado separándose de Lana. RE: Eterea | Pasado +18 - Lana - 09-03-2026 Su boca encima de la piel fue una sorpresa, ¿habrá entendido que le estaba dando el cuerpo para alimentarse? ¿Se alimentaba de humanos? Uy no, no era comida, el cuerpo no se estaba ofreciendo para ser ese tipo de alimento. Me puso nerviosa por lo que la respuesta fue brusca… porque creí que me de defendía de… bueno, no lo sé. Pero… eso causó, por otro lado, una pequeña sensación de satisfacción, causaba calor en el interior, y mientras aun parecía procesar qué ocurrió, si era peligro real o solo un juego que se me escapaba de las manitas. La inmensa mujer que está arriba se trataba de alguien demasiado adorable, ni siquiera se defendió, por lo que eso… me hizo sentir un fuerte hambre que hizo que le pasara la lengua sobre su piel para saborearla. Mis labios rozaban contra ella y con movimientos suaves hacía como que me la comía. Despertaba en mi curiosidad su naturaleza. Sin embargo, de repente el peso de su cuerpo se sintió más ligero, y es que ella se estaba separando, dejando su cuerpo descansar a un lado, retirando su peso que hacia unos segundos estaba sobre mi culo. —Espera… espera… ¿no me vas a comer? Creí que… pensé… mmm… no sé si te dejaría— Acaricié mis manos y la sonrisa se hizo pequeña. La hermosa carita de la castaña, con la otra mitad de su pelo nevado, parece estar muy pensativa. Sus ojos estaban encima y aunque no le entendía, no decía nada ya. Me acerqué a ella, gateando sobre el cesped hasta llegar a su cuerpo moreno, puse entonces mis manos sobre ella para acariciar lentamente su bonita figura, explorando más de ella. Después me subí a su cuerpo, acomodando mi peso y quedar sentada sobre su estómago. Aun me había quedado cierta delicia por lo que pasó, sin embargo, parecia que la hermosa mujer estaba en otro lado, era dificil de leerla, de entenderla. Vi su pechera, su pieza de armadura que le ayudé a soltarse un poco —Oye… ¿quieres ver algo? usa tus alas para que esto quede entre nosotras…— Le mostré mis manos. Las moví como si fuesen alas. —yo… no… llevo… ningún arma— Con una buena técnica, deslicé la tunica hacia arriba y me la quite completamente. El cuerpo desnudo hacia contraste con el ajeno, era pequeño, blanco, con pechos medianos. Despues quité su pechera, liberando su torso hasta encontrarme con sus hermosos, firmes pechos. Ay… me puse nerviosa y la piel reacciono enseguida por su lindo cuerpo y por el aire fresco de la colina, por lo que me recosté sobre ella, quedando nuestros pechos pegados, tocándose, buscando compartir el calor que se perdía de repente… El contacto lo sentía rico, bonito. Lentamente acerqué el rostro hasta el suyo, la acaricie con la nariz, roce suavemente mi mejilla con la suya y mi respiración chocaba con la suya hasta que mis labios fueron a buscar los suyos plantándole un pequeño beso. Después de ese le di otro y otro. RE: Eterea | Bai | Pasado | +18 - Bai Mudan - 09-03-2026 El pecho de Bai galopaba desbocado; sus ojos azules, extraviados en la vastedad oceánica del cielo, temblaban con frialdad mineral, estremecidos por el razonamiento que germinaba —lento e inevitable— en el seno de su mente ansiosa. Y es que, sin proponérselo, el mundo entero había quedado relegado a un segundo plano de naturaleza onírica en el que su única realidad era la mejilla palpitante pues, el exterior, se pronto se había desdibujado como un paisaje distante tras el velo dominante de aquella sensación que reclamaba para sí toda la atención de su cuerpo. Mientras tanto, a la luz severa de la razón, Bai comprendió algo que la descolocó todavía más. Lana era la segunda persona que la negaba, que censuraba su impulso —ese instinto nacido de la animalidad que aún latía en su carne. Era paradójico. Había huido de un amante muy particular para encontrarse con otro exactamente igual. Bai quiso sacudirse ese pensamiento de su cabeza pero, lamentablemente, su mente ya había comenzado a orbitar en torno al dolor de la carne, a hundirse en ese pensamiento con hipnótica obstinación mientras el yo —ese núcleo desde el cual creía comprenderse— parecía disolverse por un instante para regresar transformado en una mezcla inquietante de vacío y asombro. Sí, se sentía idiota. No entendía nada. Y lo que más le preocupaba no era el golpe en sí, sino la contundencia de aquel rechazo hacia su propia eroticidad, como si una puerta que ella ni siquiera había advertido cruzar hubiese sido cerrada con violencia ante su rostro. De pronto su pecho descendió bruscamente y es que, sin darse cuenta, había liberado todo el aire en una única exhalación involuntaria. Después, permaneció así un instante, inmóvil, desconcertada, tratando de acomodar dentro de sí el disgusto y el estupor que se entremezclaban como corrientes opuestas. Fue entonces cuando los oyó. Varios sonidos extrañamente guturales que emergieron desde algún punto cercano y tardaron unos segundos en encontrar significado dentro de su percepción. ¿Le había hablado? Mudai volteó la cabeza para buscar a la otra, abandonando poco a poco aquella mirada perdida que el paso de los segundos había esculpido en su rostro. ¿Qué quería ahora? La marmórea ancló los codos en la hierba, buscando incorporarse con cautela mientras la ágil mujer se desplazaba como un felino sobre el suelo húmedo. De nuevo, la oharanense no hizo nada. Se limitó a aceptar el movimiento del otro cuerpo sobre el suyo, del mismo modo en que una yegua recién tomada por las riendas tolera el peso de una mano que todavía no conoce. Salvo que, a diferencia del momento anterior, aquella pasividad venía ahora acompañada de una sensación mucho más opresiva, de una ansiedad densa que se le había instalado en el pecho y comenzaba a apretar desde dentro. —¿Qué te pasa? —logró articular al fin, cuando la tuvo sentada sobre su vientre. Ahora la tibieza del cuerpo ajeno atravesaba la tela. Bai esbozó una mueca de extrañeza en cuanto sintió la presión suave de los muslos acomodándose sobre su abdomen. ¿Por qué lo hacía? Era bonita, por supuesto. De una belleza casi insolente en su naturalidad, pero aquella belleza —y la atención que implicaba— no bastaban para justificar lo que estaba ocurriendo. No de esa manera. —¿Por qué lo has hecho? —preguntó después, con una serenidad que desentonaba con el tumulto que llevaba dentro. Y, mientras hablaba, las manos de Lana —o su simple proximidad— pronto se convirtió en una presencia imposible de ignorar; el roce poco o nada accidental de los dedos sobre su figura hizo que la birkiniana ladeara la cabeza mientras el ceño se fruncía cada vez más. —Eres frustrante... —murmuró de nuevo mientras su cuerpo, traicionero, reaccionaba a esas pequeñas señales con un lenguaje propio. Y entonces ocurrió. Lana le hizo un gesto para que desplegara sus alas. Pero Bai, obcecada por la tensión que se le acumulaba bajo las costillas, no entendió el gesto a la primera. De suerte logró comprender lo que la mujer quería cuando la vió coger la falda de su hábito y comenzarselo a quitar. Eso la irritó aún más. ¿Por qué jugaba con ella así? ¿Por qué su cuerpo se sentía débil ante aquel gesto tan mundado? ¿Por qué le importaba que nadie más la viera? Sua alas se extendieron majestuosas mientras sostenía la mirada de la mujer en un intento por descifrar algo —una intención, una explicación o cualquier indicio que diera sentido a aquel extraño vaivén entre el rechazo y la cercanía— además de cubrirla de las miradas indiscretas. Por desgracia para la magnánima mujer, el inevitable reflejo que provocaba el cuerpo ajeno no tardó en materializarse ante sus ojos. Sin previo aviso, su mirada —fría como un lago helado— descendió y se posó sobre aquella figura menuda que, recortada contra el sol a su espalda, parecía irradiar una claridad casi irreal. La luz delineaba su silueta con una precisión casi cruel, subrayando cada curva y delicada proporción que el cuerpo de Bai registraba antes incluso de que su razón pudiera intervenir. Y entonces ocurrió algo que la incomodó profundamente. Su boca se humedeció levemente; no por el deseo consciente, sino por una respuesta involuntaria que el cuerpo se había encargado de ejecutar bajo aquellas condiciones fisiológicas tan bien alineadas. Así, la saliva que se formó en su interior fue la consecuencia mecánica de un estímulo que su organismo había reconocido antes de que su mente pudiera emitir juicio alguno. Apartó entonces su rostro como si no quisiera mirar, cosnciente de aquella visión anticipaba el siguiente evento: un fuego ascendente desde su cadera hacia las entrañas que Bai no sabría nombrar. Pero Lana se lo ponía difícil. No porque rechazara el contacto, ni porque se negara a él, sino porque en su forma de besar no había aquella hambre voraz que Bai había conocido en otro tiempo, en otro cuerpo y otra cama. Era la falta de urgencia, lo que la incitaba, esa carencia de ímpetu salvaje que contrastaba con su verdadero ser. Era distinto. Lo supo al rozar sus labios, al explorar paciente su insistencia y al reclamar su lengua sin posesión inmediata. Y esa era la diferencia —una ausencia de ferocidad— que hizo que aceptara el cernir de la sobra de la mujer al inclinarse sobre ella cubriendo parte de su cuerpo. Entonces, mientras sus labios se unieron a un baile húmedo, sus dedos, movidos por una curiosidad que rozaba lo meramente físico, comentaron a ascender lentamente por las costillas de Lana; sus uñas acariciaron la piel nívea de la otra explorando la piel tibia y adentrándose en la curva de su torso mientras sentía a su pecho respirar sobre el suyo. Lana estaba caliente; más caliente de lo que Bai hubiera esperado. O, quizás, simplemente Bai sufría de un choque térmico fruto de su excitación. Entonces, perezosos, sus dedos continuaron subiendo, abriendose paso hacia la espalda. Y la envolvió. Su brazo rodeó con firmeza aquel frágil cuerpo atrayéndola apenas contra sí, como si, por alguna extraña razón, deseara sentir el verdadero peso de aquella presencia sobre ella. Sin embargo, con aquel gesto su pecho aprisió al de su nueva amante haciendo que su mente no supiera discernir entre sus labios, el calor y el sutirl movimiento de Lana entre sus brazos. —¿Por qué lo hiciste? —repitió. Al hacerlo, separó lentamente su rostro del ajeno, apenas lo suficiente para observarla un instante más mientras sus ojos permanecían sobre ajenos cargados de preguntas que ninguna en aquel momento podría responder. Después, como si aquella mirada le resultara demasiado directa, Bai descendió hacia su cuello donde dejó reposar su frente un breve momento. Luego, cuando volvió a moverse, lo hizo con una languida lentitud y sus labios comenzaron a trazar una estela de besos apenas perceptibles sobre la piel. Era estremecedor. Poco a poco los besos ascendieron desde la base del cuello hacia arriba sin urgencia. —No te entiendo, Lana… —murmuró. Las palabras se deslizaron contra su oído al tiempo que su aliento rozaba la curva de la oreja antes de que sus labios volvieran a acercarse. Entonces, con una pausa breve dejó que la punta de su lengua recorriera lentamente aquel borde sensible. Sin embargo, el gesto no murió ahí. Y es que, antes de que ocurriera nada, Bai prolongó la ruta de su lengua hasta acercarse peligrosamente a su interior. —…No sé si querías apartarme… o acercarme más —añadió al tiempo que su mano descendía hacia su cadera. RE: Eterea | Bai | Pasado | +18 - Lana - 13-03-2026 Un sonido ocupaba el espacio de mis oídos sensibles a detectar el minimo movimiento de las hebras del cesped al rozar entre ellas por el viento, o el escuchar del bombeo que se escuchaba debajo del pecho y las costillas de la gran mujer, por lo que me llegué a preguntar si su corazón, aquel órgano que las monjas me enseñaron en sus aburridas clases, era igual de inmenso que su tamaño. Lo que también era inmenso en ella… eran sus pechugas morenas y con pezones de color hermoso, daban tantas ganas de comerlas, sin embargo, mi boca estaba ocupada en la ajena, chocaba y chupaba sus labios hasta dejarlos completamente húmedos con mi baba, y me gustaba babear, me gustaba dejarla mojada al pasarle la lengua por encima y luego se la metía dentro de su boca para juguetear con la suya. Estaba excitada, para nada preocupada en ningun otro pensamiento que no fuese divertirme con esta hermosa mujer. Aunque me gustaba lo rudo, por ahora quería tan solo ser acariciada como un animal herido y abandonado, pero no era nada de eso. Disfrutaba divertirme combinando las emociones afectivas, y eso a veces puede confundir, incluso a mi, pero esta vez estaba segura de lo que quería y tal vez quería pasar el rato para no sentirme tan sola, ya que siempre estoy sola. Pero por ahora estaba comoda que con ella, por más que no nos entendiéramos con las palabras, podíamos hacer algo para comunicarnos… con el físico. Tenía muchas que decirle, pero opté por dejar de intentar hablarle. Mientras seguía dandole besos sin entender nada de lo que podría haberme dicho, los cuerpo desnudos, al menos el mío y la mitad de ella lo estaba, se tocaban, el calor se sentía abrazador, mis mejillas se acaloraban, se ponían rojas, podía estar horas y horas besando, y más si me abrazaba y me apretaba así… contra ella. Eso recordaba que ella me había mordido suavemente cuando le daba la espalda, y cuando en este encuentro esperaba darle lo que ella quisiera, solo que… empezaba a dudar, a tener miedo. Por otro lado agradecía que sus lindas alas nos envolvieran, manteniendo nuestra intimidad en secreto. No pensaba mucho en lo bonita o deseable que era, porque suelo pensar que soy tan solo un desastre andante al que no debería nadie porque quedarse o elegir, indiscutiblemente, era un desastre y a la vez deseada, eso era una contradicción de la que no podía entender y de la que no podía controlar, dando la sensación de que empezaba a creer en el destino, un destino predestinado en el que no merezco nada. Por lo que no suelo pensar en una pareja, pero si esto se volvía más serio físicamente, podría preguntarle algo… pero, no, no era el momento, seguía siendo joven para decidirlo. Mis pensamientos no ayudaban por lo que cuando seguía siendo abrazada y besada, mis manos que la agarraban a ella, bajaron, acariciando primero su cuello, su clavícula, hasta que toqué sus grandes pechos de los que deseaba tener solo para mi, ahora… mis dedos rozaron suavemente su piel, con movimientos circulares. Podía notar que sus pechos no cabían en mis manos, cuando podía se los apretaba con suavidad y a veces subía la presión y se me escapaban, se me resbalaban por nuestro sudor mezclándose. Entre tanto recorridos en sus blandas masas, los dedos se encontraron con sus pezones y los toquetee, los masajeé hasta que estuviesen duros, parados, asi podía apretárselos más. Mi cuerpo encima del suyo, tan pequeño, tan frágil y no creí que alguien se fijara en mi o desearía satisfacer tan rápido mis deseos. Sí, eso quería, alguien que me diera un ratito de su tiempo para poder comerme hasta dejarme sin existencia. Borrarme del mapa. ¿Ella que será lo que quiere? ¿Qué sentirá? Mis ojos los abri de a poco, los tenía encerrados, observando el rostro ajeno mientras nuestras bocas se disfrutaban y sus manos me tenían firme para no escaparme. Los labios estaban hinchados y rosados de tantos besos, me separé para decirle —Cógeme— No lo iba a entender, entonces una de mis manos que estaba tocándola, se dirigió a su muñeca, la acaricié para tomar su mano y guiarla a tocar mi trasero. |