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[EVENTO FASE] Billete a las nubes - La Resolución (Parte VII) - Versión para impresión

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RE: [EVENTO FASE] Billete a las nubes - La Resolución (Parte VII) - Ikirami - 06-05-2024

Desde ese momento lo que presencié bien podría haber formado parte de una obra de teatro, el nivel para ello lo tenía. El calor finalmente cesó y Sohem se quitó la máscara a la vez que revelaba su verdadero nombre. Se trataba ni más ni menos que de uno de los nobles mundiales, alguien intocable en resumen. No sé si fue esa la razón por la que Zarutsuki decidió parar ahí y no hacer nada más al respecto, pero así fue. Tras cruzar algunas palabras con el susodicho, lo declaró ganador del torneo, y con él a su equipo. Bajé las manos y suspiré al notar que el ambiente se calmaba y que no iba a haber lucha. Una lástima, tocaría dejar al monito salirse con la suya un poco más. Pero es que la obra no terminaba ahí. El acompañante del Shichibukai fue uno por uno reanimando con un poder, que intuí propio de alguna Akuma pero no me fijé demasiado, a la vez que el simio me miraba y me indicaba que los Marines podríamos permanecer en su reino cuanto quisiéramos, quedando únicamente restringido nuestro acceso al palacio. Suspiré, me habría gustado poder ver el interior del palacio, aunque la compañía no tenía pinta de ser muy agradable si se trataba de piratas. Además, declaró como invitados al grupo del mink, que también eran piratas, dejando claro que en su reino nos quedaba prohibido arrestarlos ni actuar con hostilidad hacia ellos. Aquello sí que era un problema. “¿Por qué parece que la vida está en mi contra? Meses y meses sin poder ver a un maldito pirata del que librar al mundo y justo cuando me encuentro con tantos, va un puto Shichibukai y me “manda” que no haga nada.” pensé mientras iba a recoger a Karl del suelo. Pero antes de hacerlo me quedé quieta, con la mano extendida escuchando como Zarutsuki revelaba algo que me dejó de piedra, metafóricamente hablando. El segundo participante del combate final, Yojimbo Lemarcus Cornell Yamamura Tercero es el heredero del trono de las islas del cielo, Skypiea.

Qué irónico era aquello, tuve que contener la risa que me daba el hecho de pensar que unas islas en el cielo, dignas de los dioses, estuviesen a cargo ahora de un mono shichibukai para después acabar pasando a manos de un pirata. No me podía imaginar nada más humillante para la Marina y el Gobierno Mundial que permitir algo como eso. De verdad, hacía falta un cambio urgente en como funcionaban las cosas. Suspiré, dejando escapar el aire contenido para evitar montar una escena. Tras unos momentos de frustración, me sentí aliviada al ver que se alejaban y me incorporé para ver como el pirata Aspros, el cual supuse que debía haber llevado anteriormente el pelo largo y se le había olvidado que ya no, me envió un beso el cual le devolví guiñándole el ojo. Era un poco raro, pero mejor mantener las apariencias por el momento. Me volví hacia uno de los Custodios, que nos acompañaría a nuestra residencia temporal.

—Encárgate de llevar a nuestras tropas, pero primero lleva al Comodoro y los Comandantes a nuestras dependencias. —dije al Custodio mientras comenzaba a caminar junto a él.

La única parte buena de todo esto, es que si Sohem había ganado significaba que yo también, a pesar de haber sido eliminada en mi prueba. Podría pedir mi deseo y visitar el Palacio, incluso tal vez preguntarle sobre lo que había hecho a todos caer inconscientes. Ya había determinado que no era un poder proviniente de las Akuma, era imposible que lo fuese. Entonces, ¿se trataba de algo innato de él? ¿Pero por qué no me había afectado a mí y a algunos otros? No soy una cualquiera, pero en combate directo no era superior a mis compañeros, probablemente. Algo más tenía que pasar ahí y quería descubrirlo, no me gustaba quedarme con la duda, nunca.

Aclaraciones



RE: [EVENTO FASE] Billete a las nubes - La Resolución (Parte VII) - Sohem - 07-05-2024

Las palabras del Rey Mono fueron concisas y concretas en lo que a definir y referirse a mi se refería. Obviamente parecía alguien con el don de la sabiduría que sólo los años y los viajes daban, y sumado a ser un Shichibukai de facto, hacía evidente que había oído sobre los Dragones Celestiales más allá de los conocimientos mundanos y habituales del pueblo llano y sus gentes. Pero ni yo mismo sabía toda la verdad sobre mi propia familia y su longevo linaje, y menos aun toda la historia de sus congéneres a lo largo de los años, y honestamente tampoco me había importado realmente. Nunca me sentí parte de todo aquello y no creía que mi lugar fuera a estar en ese mundo enyugado, pero aunque me desentendiera de mis padres o mis hermanos, no podía evitar ser hijo de quien era, hermano de quien era, y tener la sangre que tenía en mis venas, al igual que no podía evitar pensar que el resistir su poder y su reacción ante mi nombre pudieran estar relacionados.

Chasqueé la lengua cuando me miró de abajo a arriba, recordando por el contexto y la forma la expresión de desagrado de mi padre en cada uno de sus juicios de valor en las diversas áreas que nos imponía a mi o a mis hermanos.

Provenía de la familia Saint O'Heil, legítimos gobernantes del Reino de Lvneel en el North Blue, isla que visitábamos por períodos semestrales por capricho y tradición del cabeza de familia, pues a la muerte de mi abuelo, padre, Saint O'Heil Regis Raum, siguió haciéndolo. Con el pasar de los años supe que todo era consentido por las altas esferas de los Dragones Celestiales porque mi familia era la principal proveedora de esclavos dentro de Marie Geoise, teniendo el monopolio del mercado controlando el sector relacionado en el bajo mundo. El cabeza de familia descendía al 'mundo mortal' para supervisar y gestionar personalmente todas las actividades referidas a aquello, especialmente la trata de esclavos de razas raras como gigantes, onis o lunarians.
Una actividad que tendría que heredar nuestro hermano mayor, quien heredaría el peso de ser el cabeza de familia, pero que se nos instauró a todos en mayor o menor medida para estar familiarizados con el tema por si algo llegase a pasar. Y ay, mis hermanos... Yo era el séptimo de nueve hermanos, y era descartable y prescindible en comparación a todos ellos, llenos de virtudes y con cualidades extraordinarias, al ser un completo inútil en absolutamente todo lo que se esperaba de mi.
Para alguien con tan mala memoria como yo, era irónico que cada vez que los recordaba, los repasaba automáticamente uno por uno en mi cabeza: Mi hermano mayor, el primero de todos ellos, era Saint O'Heil Aurum Pluto, un genio comerciante y negociador que había heredado las destrezas y virtudes de mi abuelo. El segundo, Saint O'Heil Argen Neptun, elegante y sofisticado como madre. El tercero era Saint O'Heil Dicar Urans, un completo genio en cuanto al estudio de la historia y las lenguas. La cuarta, Saint O'Heil Verus Aturn, la mejor combatiente de entre todos nosotros, y quien más había sacado en común con padre. El quinto era Saint O'Heil Quinque Juter, el más interesado por las costumbres y tradiciones y alguien que odiaba bajar al North Blue desde que tengo memoria. El siguiente era Saint O'Heil Fatus Stern, mi gemelo fallecido a las pocas semanas de haber nacido ambos. La octava, Saint O'Heil Serere Erde, la más bonita y codiciada por los nobles de toda la familia junto con su gemela, la novena hija, Saint O'Heil Volve Nus. Y para colmo sabía que antes de irme, madre, Saint O'Heil Clavis Mond, volvía a estar embarazada de nuevo por lo que ahora podríamos ser uno más... o los mismos, si habían dejado de contar conmigo, pues pese a saber que ordenaron buscarme y llevarme de nuevo con ellos - y por eso había adoptado un acrónimo y la compañía de un casco constante - sabía bien lo que para mi gente significaba alguien que renegaba de ellos: Un inferior.
Mis hermanos mayores y madre siempre tuvieron un cierto resquemor hacia mi que creía que era fruto de mi inutilidad para cualquier tarea o desempeño, y no fue hasta el paso de la primera quincena de edad que no supe el verdadero motivo de su desprecio. El vino hablaba en la boca de mi tío cuando reveló que mi madre en mi gestación había tenido un embarazo de gemelos. Aparentemente en el momento de dar a luz, en mi alumbramiento, otro cuerpo que había compartido útero conmigo, había salido al mundo antes que yo mismo y se había consagrado como el hermano mayor. Era un bebé más grande, más rollizo, con más pelo y con mejor color. En palabras del hermano de mi padre, se veía como un chiquillo sano y prometedor. Pero en la primera semana de nuestra vida, llegó una noche en la que él no despertó, y madre, desquiciada de angustia y presa de la desesperación y el dolor, renegó de mi diciendo que era un bebé maldito y poseído por la envidia y el rencor que había acabado con la vida de su hermano, celoso por su glorioso futuro en comparación al mío. Desvaríos de una demente, pero que sirvieron para hacerme a un lado y ganarme el desprecio de mis hermanos.

El Shichibukai cargando al derrotado Lunarian me sacó de mis memorias y mis recuerdos y me devolvió al presente, haciéndome fruncir el ceño. No me gustaban las cosas que me recordaban a ellos, no después de tantos años, y no estando tan lejos de 'casa'. Sin duda sería una compañía que evitaría de ahora en adelante, todo lo posible, así que su orden de no poder permanecer en su ciudad sería cumplida al pie de la letra, tanto por mi como por mi organización en cuanto me hubiera hecho con el premio de mis esfuerzos y fruto de mi victoria. E iba a responder a su comentario sobre mi beligerancia cuando reveló que quien había sido mi contrincante era el legítimo heredero de las tierras que pisábamos, y por lo tanto, alguien de la 'realeza'. Realeza que en mi entendimiento era como un niño jugando a sentarse en la mesa de los mayores, así como todas las demás, y no recibía mayor importancia o respeto por mi parte. Sabía de sobra lo que era tener un título de nacimiento y no haber hecho nada para ganártelo, y me había forjado de una forma completamente diferente a esa cultura desde mi huida de casa, por lo que ese tan Yogymbro fuera el hijo de un rey o no, sólo era un idiota con la cara bonita que no había podido ni tan siquiera hacerme sangrar — Si no es capaz de matarme, no vale nada... — susurré, repitiéndome a mi mismo aquella frase, mi mantra, que me había acompañado tanto tiempo y me había llevado por el camino que hoy recorría, al tiempo que el Shichibukai Marucuchi trataba de aleccionarme y me recomendaba hablar con el chamán verdoso, al cual dirigí mi mirada y vi como extraía pompas traslúcidas de la mente de los guardianes angelicales del recinto.

El rey mono empezó a marchar escoltado por cuatro personas más, y uno de dichos ángeles se acercó a mi mientras el resto de las personas presentes conscientes comenzaba a realizar su salida de la escena con su respectivo acompañante alado. Miré al alto portador del cetro parado a mi lado, suspiré y me coloqué el casco de nuevo — Tú y yo vamos a terminar muy rápido aquí — le dije dando dos pasos en su dirección, flanqueándolo por la diestra — Lleva a ese hombre, el del pelo cano. Yo cargaré con la mujer — añadí, llevando Ein Hauch a la espalda y comenzando a caminar hacia Viktor y Chloe para sacarlos del lugar — Cuando nos dejes en nuestra residencia temporal puedes irte a ayudar a tus iguales... no necesito tu vigilancia y me basto sólo para defender a mi gente — sentencié rotundamente al ángel, dando un último vistazo al Emperador del Cielo en su camino en retirada hacia su palacio y pensando en todas las preguntas que estaban sin responder aun, y de las que no creía poder sacar una respuesta en este lugar. Chaqueé la lengua. Negué con la cabeza y miré a Chloe. Ojalá despertasen pronto y no perdiésemos mucho más tiempo aquí.





Resumen



RE: [EVENTO FASE] Billete a las nubes - La Resolución (Parte VII) - Voz Seductora - 15-05-2024



La aventura que había sucedido en la isla del cielo fue algo que sólo los asistentes pudieron percibir, y que dependería de ellos, y sólo de ellos, que el mundo en el mar azul supiera lo que acontecía, y aunque todos pudieron apreciar las habilidades y peleas de los participantes en el desempeño de las pruebas que el Emperador del Cielo había impuesto, las revelaciones y misterios que se propiciaban uno detrás de otro habían sido cubiertos de la luz de la verdad cuando unos pocos quedaban en pie. Sólo ellos sabían la verdad sobre el infamen capitán pirata derrotado en el combate final. Y de ellos dependía contar esto a los demás... o no. La información no sólo era poder, si no que era algo muy delicado, y el simple hecho de saber algo y alardear de ello podría ocasionar serios problemas de cara a las reacciones de los receptores de dichos mensajes.

Caía el atardecer cuando los Custodios se dedicaban a salvaguardar a las personas de las gradas, portando a todos los asistentes hasta sus respectivos hogares, donde despertarían a salvo y sabiendo - por experiencia previa - que habían sido puestos en un descanso forzado por su gobernante, posiblemente para salvarlos de algún peligro y controlar una situación que podía dar pie a un gran caos. Nadie se preocuparía ni se cuestionaría qué estaba pasando, pues así había sido y así debía ser, como siempre sucedía en aquel lugar, y para ellos estaba bien. Confiaban en su líder y lo respetaban, así como a todas sus acciones y decisiones. Y por su parte, los Custodios, fieros y férreos sirvientes de la voluntad del Emperador, cumplían sus órdenes con diligencia y tranquilidad, con constancia y empeño, finalizando su encomienda al anochecer y pasando a proteger las viviendas asignadas a cada uno de ellos.

Todos los participantes inconscientes de aquella festividad encontrarían su vuelta a la lucidez tumbados en un lecho mullido en una habitación propia, en una residencia en la que habrían de disponer de útiles de sanación, aseo y alimento suficientes para todos. Por el lado de los que estaban conscientes, fueron acompañados por su 'ángel de la guarda' respectivamente hasta sus espacios asignados, con el resto de sus compañeros, y permanecieron en las dependencias. Todos menos la banda de las Alas Negras, quienes, custodiados y protegidos por el mismo Zarutsuki encontraron asilo en el palacio de Shandora, y su poderoso acompañante, el chamán Pawurs, liberó los dolores y las molestias de los cuerpos de los tripulantes con sus poderes extraños, marchándose tras ello a su propia residencia en lo profundo del bosque, junto a su fiel mascota y mensajero, el cuervo Mariano.

El intrépido y enajenado Zarek, yacía en un pozo cubierto hasta las rodillas de una mezcla de agua y su propia orina, sintiendo el frío de la piedra que lo rodeaba, de la tierra en la que estaba excavada su prisión, y de la noche filtrándose en las moléculas del agua que empapaban su cuerpo. Podría dormir sentado, pero prácticamente quedaría totalmente cubierto de agua. Y estaba privado de alimento y de hidratación, pues su estupidez hizo que contaminase la única fuente de agua potable que tenía al alcance, así que el hambre, la sed, el cansancio, y el frío comenzarían a hacer efecto en él en esa primera noche recluido en aquel pozo, y vigilado por la mitad de los soldados del poblado, que se turnarían al amanecer con la mitad restante, mientras el líder de ellos viajaba al palacio a reunirse con el Emperador para saber qué disposición deberían darle a dicho prisionero.

La luna llena brillaba en un cielo completamente despejado y sin nubes sobre el cielo que - valga la redundancia - se alzaba sobre la isla en el cielo. Una fresca brisa acompañaba al silencio sepulcral que sólo era interrumpido con el ruido de algún animal, o el crepitar de algún fuego en algún hogar, y para aquellos con un oído excepcional, con el rumor de alguna conversación tras las paredes. La calma después de la tormenta. Un episodio de meditación colectiva en el que, el Emperador en persona, aguardaba inquieto a las puertas de la habitación donde Yojimbo Lemarcus Cornell Yamamura Tercero, el hijo de su amigo y líder, dormía para recuperarse. Al igual que sus nakama, quienes tenían habitaciones paralelas a las de su líder y descansaban en la comodidad del lujo de al realeza, sin miramientos ni contemplaciones en el gasto, en un palacio que era literalmente de oro.

El amanecer del próximo día sería un momento incómodo para Zarutsuki, quien tendría que dar audiencia a los ganadores de sus juegos y cumplir con su palabra a la hora de conceder sus deseos a modo de premios, pero tras eso, las preguntas podrían tener respuestas y las palabras no caerían en el descorazonador silencio sepulcral de la indiferencia o la incógnita.
Sin duda, las vidas de todos los presentes tendrían otro significado al alba.





Fin del evento


Premios