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[Av T5 - Pr Abs] Una corriente helada (Continuación, parte 3) - Versión para impresión

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RE: [Av T5 - Pr Abs] Una corriente helada (Continuación, parte 3) - Stroud Nanashi - 09-06-2026

Los puños de Stroud golpearon con fuerza sobre los antebrazos de Betrug, que reaccionó con una rapidez sorprendente. La inercia de su movimiento de giro había acabado por permitirle, sin demasiados problemas, ver cómo Stroud se había acercado hacia él con la intención de atacarle, por lo que el error de cálculo del Marine llevó a que su improvisada técnica doble se estampase contra aquel muro. Betrug era más fuerte, físicamente, de lo que aparentaba, pese a la imagen de fragilidad que parecía ofrecer. Sin embargo, instantes después, mientras aún mantenía alzados sus antebrazos para detener el golpe de Stroud, los ataques de Bertram y Kibai habían tenido éxito. Stroud contempló cómo su cabeza recibía el impacto de las flechas en su zona parietal y occipital, pendulando ligeramente hacia delante, y cómo Kibai le propinaba un tajo de abajo a arriba, la afilada hoja rebanando gran parte de su abdomen de forma limpia, en un tajo que resultó prácticamente invisible hasta que el preciado líquido rojo comenzó a desparramarse. Había funcionado: de forma diferente a la que hubiera esperado en un primer lugar, pero había funcionado. La sangre de Betrug comenzaba a bañar la nieve bajo sus pies.

Sin embargo, y no sin cierta torpeza, Betrug emprendió un salto hacia Stroud. Sus movimientos seguían siendo rápidos, pero no tanto como lo habían sido anteriormente: el hombre aún desprendía gotas de sangre mientras se desplazaba por el aire, que caían a plomo sobre la nieve que quedaba por debajo de sí, dejando un pequeño rastro a medida que avanzaba. Los ataques que había recibido por parte de sus compañeros le habían afectado, seguramente más de lo que había estimado, y había cometido el error de lanzarse a continuar su ofensiva antes de recuperarse o estabilizar su condición. El (poco) ojo clínico de Stroud le hacía intuir que no le quedaba demasiado, su mirada clavada en él. Con pesadez, Betrug recortó esos cinco metros que los separaban y aterrizó justo delante de Stroud, gritando e intentando propinarle un doble puñetazo en la cara. Retaliación, claro. Parecía que el ataque previo de Stroud le debía de haber tocado el orgullo, por mucho que lo hubiese defendido. Los ojos de Stroud, grises como de costumbre, y con una insospechada sed de violencia detrás, fueron capaces de ver cada uno de sus movimientos. No era impresión suya: Betrug estaba lento. Hizo un breve cálculo, estimando la trayectoria de su movimiento.

Mientras Betrug aún extendía sus puños hacia su cara, Stroud se agachó ligeramente, esquivándolos, mientras tensaba sus músculos progresivamente y desplazaba su mano izquierda ligeramente hacia atrás, al mismo tiempo que sobre la misma, alrededor de sus nudillos y metacarpos, y cubriéndola casi por completo, así como su guante tachonado, a medida que se iba reconcentrando sobre su superficie, y finalmente la empleó para golpear con rapidez la zona metacarpina en un movimiento lateral y ascendente en diagonal, ejecutado a mucha más velocidad que los movimientos del usurpador. "¡Spider Lilly!," exclamó, a medida que una mano enguantada impactaba sobre la otra, aplastando sus huesos y tendones y, en su movimiento y fricción, provocando que el guante que la cubría cayese al suelo. Fue entonces cuando escuchó el odioso traqueteo de la dichosa carreta que los había seguido hasta aquel lugar perdido entre las montañas, que avanzaba hacia la posición donde se encontraban ambos, y conectó el propio movimiento de sentadilla que había efectuado con una toma de impulso, dando un potente salto hacia detrás, alejándose diez metros de Betrug, mirando en su dirección, de forma que en su campo visual quedaron tanto los demás uniformados en la lejanía, el propio Betrug y los desquiciados osos. "Como te decían... vais a tener que hacerlo mucho mejor, Majestad," dijo, con su infranqueable seriedad habitual, ya alejado del sujeto. "¿Pretendías convertirte en rey así como así? ¿Qué creías que opinaría la Marina?"




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RE: [Av T5 - Pr Abs] Una corriente helada (Continuación, parte 3) - Bertram Gaufrid - 10-06-2026

Los tres marines están heridos, cansados de su enfrentamiento previo con los Lapahn y ya estaban en camino a buscar a los médicos en el castillo cuando aparece el que parece ser el responsable de todo este caos, un cobarde que cree que usar métodos como secuestrar a todos los médicos de una isla, tomarlos como rehenes e impedir que la gente pueda ser tratada para lograr lo que quiere es justificable. El arquero no entiende realmente qué es lo que pretende conseguir, pero el arquero detesta a los que hacen que gente inocente sufra por sus ambiciones, y recodando a la niña armarse de valor para pedirle ayuda con su madre enferma es lo que hace que pese al dolor de sus heridas y el cansancio no se detiene y aprovecha que el hombre se lanzó a por Stroud para clavarle la flecha directamente en su cabeza cargada por completo de electricidad logrando aturdirlo mientras se defiende del rubio y mientras Kibai acompaña la ofensiva con un golpe directo a su costado, provocando un corte tan limpio que tarda unos segundos en empezar a sangrar y bañar tanto su uniforme como la nieve en un color rojo de la sangre.

El combate puede parecer terminado, pero el sujeto no tiene pintade ser de los que se rinden con facilidad, más bien, es de los que planifican todo y tratan de usar cualquier medio para lograr sus objetivos, algo que no quita que pueda tener una fuerza propia que le permita cumplir con sus metas, algo que ha demostrado varias veces a lo largo del enfrentamiento con la división 60 y sus veloces y potentes golpes que pusieron en serios aprietos a los marines. En estos momentos hay otro problema, aunque de menor dificultad para los presentes y es que los osos que acompañan al hombre siguen siendo una amenaza, no necesariamente por seguir sus órdenes, porque en cuanto caiga puede que las bestias dejen de seguir sus indicaciones o defenderle, pero porque son enormes bestias salvajes capaces de matar fácilmente a una persona en un descuido, siendo que sus parientes de menor tamaño ya tienen ese peligro unas bestias casi dos veces del tamaño de Bertram estando en cuatro patas representan una amenaza aún mayor.

En el momento que el sujeto parece regresar de sus pensamientos se lanza a por el rubio, esta vez a una velocidad menor que antes, seguramente debido al efecto de la electricidad de la flecha del arquero que impacta directamente en la base de su cabeza, pudiendo notar solamente como el rubio desaparece para seguramente evitar el golpe y volver a atacar al hostigador, por lo que Bertram toma tres flechas de su carcaj mientras se acerca ligeramente para no salir del rango de su arco, no flechas normales sino las que él mismo fabricó, y conforme las carga de electricidad las dispara una tras otra apuntando a su espalda, concretamente al centro de la misma buscando impactar directamente en a columna y afectar su centro nervioso con una fuerza brutal, pues exprime algo más de energía y apura al máximo el aguante de la cuerda de su arco con cada disparo para potenciar la fuerza con la que vuelan las flechas hacia el enemigo, al mismo tiempo que en un tono claramente audible dice -Lähmende Stiche-

El joven está empezando a notar el agotamiento, no está en una condición nefasta, pero sí que empieza a notar como su cuerpo se resiente tanto de las heridas como de la energía gastada, pero sabe que si no detienen a ese hombre no importará si liberan a los médicos, los volverá a atrapar de alguna manera. Escuchando las palabras de sus compañeros el arquero sonríe tranquilo, sabe que le cubren las espaldas si es necesario y confía plenamente en el trabajo en equipo de su división. El joven contramaestre mantiene su arco firme y en cuanto termine verá si puede recuperar alguna de sus municiones o si todas se pierden, igual siempre puede simplemente fabricar más.  Los ojos del arquero pelirrojo se fijan en el hombre, pero o descuidan a los osos mientras dice

-Ahora ves que las cosas no siempre salen según uno lo desea, sir.-

Ahora solo queda ver cómo termina el enfrentamiento contra ese sujeto, aunque seguramente si Kibai logra impactar su propio ataque el sujeto está más que acabado en esta tanda de ofensivas.


Carcaj de información de Bertram



RE: [Av T5 - Pr Abs] Una corriente helada (Continuación, parte 3) - Kibai - 10-06-2026

Kibai agitó la hoja de Raimei hacia un lado, enviando una lluvia de gotas de sangre en dirección a la nieve que seguía cubriendo el camino convertido de manera súbita en un campo de batalla. El ambiente estaba ya saturado de su olor, especialmete de la de los Lapahn, así como de la de Betrug y por debajo, tanto la suya propia como la de sus compañeros. Sin embargo, el último ataque de Bertram había tenido el efecto que esepraban. Su enemigo se movía más lentamente, y el ojo de Kibai podía notar el agarrotamiento de sus músculos, pues lo había observado muchas veces en sus propios adversarios cuando sus ataques envueltos en Electro los golpeaban.

La situación no podía ser más clara, había llegado el momento de acabar con aquel combate. Aún con un resquemor interno por no haber podido enfrentar directamente a aquel malnacido con éxito, el mink no pensaba perdonarle el hecho de que le diese la espalda. con un impulso que arrancó una nube de nieve pulverizada detrás de si, Kibai dio un potente salto, mientras a sus oídos llegaba el grito extrañamente monótono de la técnica de Stroud. Asimismo, a medida que surcaba el aire, su pelaje se erizó nuevamente al notar como los proyectiles eléctricos de Bertram surcaban el aire directos a su objetivo con su precisión acostumbrada.

Una vez hubo alcanzado el pináculo de su parábola, Kibai realizó una torsión agitando a Raimei a derecha e izquierda golpeando los dos brazos de Betrug el cual había lanzado su técnica contra Stroud nuevamente.

¡¡¡GETSUI ZANGEKI!!

Nuevamente una lluvia de gotas de sangre salieron despedidas como consecuencia del acero de su espada, aunque en aquella ocasión Kibai no pensaba detenerse. Al aterrizar, clavó a Arashi en el suelo aprovechando que Stroud parecía haberse retirado hacia atrás, aunque el propio mink no había llegado a percibirla, y usó su empuñadura como pivote para lanzarse de nuevo hacia Betrug.

Al igual que había hecho con Moja en el entrenamiento que habían tenido a la luz de la luna llena hacia un tiempo, Kibai apoyó al palma de su mano libre en el pomo de Raimei, alienando cuidadosamente la punta de la espada con el plexo solar de Betrug en una estocada precisa hacia el centro de sus órganos vitales.

Solo que aquella vez, el mink no sujetaba una espada de madera.

El acero de Raimei penetró en el cuerpo de Betrug, con la punta asomando por el otro extremo de su cuerpo. Los ojos de Kibai se encontraron con los de aquel canalla. Un canalla que, a pesar de todo lo malo que había hecho y a los fatídicos planes que había urdido para hacerse con el poder en Drum, había dado una pelea más que honorable, y de haber estado cualquiera de los marines en una batalla individual, sin duda la cosa habría tenido un final muy diferente.

Los músculos de los antebrazos de Kibai se tensaron cuando giró a Raimei dentro del cuerpo de Betrug, ampliando la herida y haciendo salir un gran chorro de sangre que tiñó de granate la nieve a sus pies.

— Se acabó... — dijo con voz queda.

Dejando la espada clavada en el cuerpo de su rival, el mink se retiró hacia atrás, recogiendo a Arashi y desplazándose hacia izquierda, colocándose en un triángulo imaginario entre Betrug y los osos que seguían acercándose a pesar del impedimiento que les suponía seguir enganchados a la carreta.

La Caja de Pandora



RE: [Av T5 - Pr Abs] Una corriente helada (Continuación, parte 3) - Fuguwu - 11-06-2026

El camino de Drum Rockies lleva horas siendo un campo de batalla lo cual se hace notorio en cada metro cuadrado del paisaje otrora tranquilo. La nieve pisoteada y teñida de rojo desde la barricada de cadáveres de Lapahn hasta donde los tres marines enfrentan a Betrug, quien sigue en pie frente a ellos sangrando por cinco puntos distintos con la carreta y los dos osos a sus espaldas y el teleférico a cincuenta metros, son muestra de que las acciones de las personas tienen un impacto duradero en el futuro de sus carreras. Mientras la batalla se lleva a cabo, es entonces cuando llega desde las cabinas un sonido metálico y rítmico manifestándose gracias a que el cable comienza a tensarse con un gemido largo y grave que se propaga por la ladera antes de perderse entre los abetos. Alguien ha activado el mecanismo desde arriba y empieza a bajar por aquel teleférico.
 
Por su parte, de vuelta al combate, Betrug tensa los músculos de su brazo derecho y lanza un puño cargado con toda la potencia que le queda hacia el pecho de Stroud, pero el marine se agacha justo por debajo del golpe y en el mismo movimiento desplaza su mano izquierda hacia atrás, concentrando el mochi sobre los nudillos y metacarpos hasta cubrirlos casi por completo, y la suelta en un golpe lateral y ascendente en diagonal que aplasta los metacarpos y tendones de la mano extendida de Betrug antes de que pueda procesar que el impacto ha llegado desde abajo. Stroud salta diez metros hacia atrás quedando con Betrug, los osos y sus compañeros en su campo de visión mientras las tres flechas de Bertram surcan el aire en trayectorias curvas cargadas de electricidad y se clavan consecutivamente en la columna de Betrug haciendo que sus músculos se contraigan en una sacudida involuntaria, y Kibai llega desde el aire ejecutando un giro completo por encima de Betrug y descargando dos cortes cruzados con Raimei que golpean ambos brazos antes de aterrizar y clavar la hoja en el plexo solar de Betrug atravesándole de lado a lado. La punta asoma por el otro extremo mientras un chorro de sangre granate tiñe la nieve, Kibai gira la hoja ampliando la herida y se retira. Los ojos de Betrug permanecen abiertos un instante, fijos en los del mink, antes de cerrarse despacio mientras su cuerpo cae de rodillas sobre la nieve. Los dos osos sueltan las correas que los unen a la carreta con un movimiento brusco, sus pequeños ojos oscuros esperando una orden que ya no va a llegar, y desaparecen entre los abetos del flanco este del camino hasta que el sonido de sus pisadas se pierde montaña adentro.
 
El teleférico sigue bajando y, tras la huida de los osos, llega hasta la base de las montañas elevadas que forman el Drum Rockies. El sol de la tarde cuelga bajo sobre las cumbres de Drum Rockies cuando la cabina toca el suelo y de ella descienden diez soldados con el uniforme de la guardia real de Drum en formación, armados y con el paso de quien baja con un propósito claro. Se detienen a cinco metros de los tres marines y uno de ellos, un hombre ancho de hombros con la mandíbula cuadrada y nieve acumulada en las hombreras del uniforme, da un paso al frente y echa un vistazo largo a Betrug inconsciente en la nieve antes de mirar a los tres uniformes rasgados y manchados de sangre con respeto – “Así que se lo bajaron.” – dice, con una voz áspera y gutural que arrastra las vocales como quien ha pasado toda la vida en las cumbres – “Nosotros llevábamos días intentando dar con este malnacido y sus secuaces. Esta mañana los atrapamos a todos dentro del castillo, los médicos a quienes habían secuestrado ya están volviendo a sus casas.” – otro de los soldados se acerca con precaución a la carreta que había quedado a medio camino y suelta un silbido para luego comentar – “De la que se han salvado. Esa carreta lleva explosivos suficientes para volar la mitad del castillo. Si llega a subir..." – No termina la frase, deja que el silencio de la montaña la complete. El primero de los soldados en hablar mira a los tres marines uno por uno con esos ojos acostumbrados al frío antes de añadir en el mismo tono áspero – “El capitán de la guardia sabrá lo que han hecho hoy aquí. Tienen mi palabra. Gracias marines.”
 
En algún lugar entre los abetos nevados de Gyasta, Heiler empuja la puerta de su casa con las manos que llevan semanas sin tocar un instrumental médico y encuentra a Gnade incorporada en la cama con más color en las mejillas del que tenía esta mañana y a Hoffen corriendo hacia él antes de que la puerta haya terminado de abrirse. El abrazo dura lo que duran los abrazos que se han esperado demasiado. En el Reino Sakura las chimeneas humean con indiferencia, pero las ventanas empañadas vuelven a tener luz detrás, el hospital abre sus puertas antes de que anochezca, y los cerezos que flanquean la calle principal siguen dejando caer sus flores sobre la nieve como si nada hubiera pasado, como llevan haciendo toda la vida, como seguirán haciendo mañana gracias a un grupo de tres marines que no dudo en actuar basándose en sus ideales en lugar de esperar ordenes, siguiendo el ideal personal de justicia de cada uno de ellos.
 
Ninguno será jamás olvidado en Drum por aquellas familias a las que han reunido y, particularmente, por aquella niña cuyo nombre representa esperanza.
 

 
Detalles Importantes

Betrug

Belico

Gastos

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RE: [Av T5 - Pr Abs] Una corriente helada (Continuación, parte 3) - Stroud Nanashi - 11-06-2026

Después de que Stroud se alejase, el combate pareció llegar a su fin. La última cadena de golpes se materializó en un instante: después de su propio golpe, vio cómo el cuerpo, ya casi inerte, de Betrug, se contorsionaba en una consecución de espasmos al recibir las saetas del pelirrojo, para finalizar siendo completamente ensartado por la espada de Kibai. Al Mink siempre le había gustado darle cierto dramatismo a los combates. La poca sangre que le debía de quedar a aquel indeseable se desparramó por la nieve, cambiando ligeramente su textura y haciéndola ceder bajo su calor, únicamente para comenzar a coagularse y congelarse instantes después, adquiriendo aquel tono marrón tan característico, antes de que el propio cuerpo sin vida de Betrug se desplomase. La muerte siempre era mucho menos elegante en persona, algo que no hacía sino constatar en cada ocasión. El Marine vio cómo los osos se alejaban entre los abetos, al mismo tiempo que, exhausto, contemplaba cómo el teleférico se desplazaba montaña abajo. Secándose el sudor con el dorso de la mano, recobró la compostura, y se preparó para encarar la que pudiese ser la siguiente amenaza, ciñéndose los guantes adecuadamente y asegurando sus correas.

Del teleférico, sin embargo, bajaron los que, por su aspecto, parecían un pelotón de guardias del Ejército Real, encargados de la protección de los regentes. Stroud suspiró con alivio, deduciendo que aquello debía de haberse acabado. Caminó hacia su encuentro, y relajó su postura, si bien mantuvo el deje militar y reglado que lo caracterizaba, en contraste con lo hajado y rasgado de su uniforme. Se cuadró frente a los guardias, a medida que estos valoraban la situación, como si hicieran un informe a tiempo real. Estuvo a punto de hacer un comentario sobre la poca eficiencia que la Guardia del Rey había mostrado a la hora de... proteger al rey, de hecho, pero acabó optando por un silencio prudente y por asentir con la cabeza en un ademán serio. "Gracias a ustedes. Asegúrense de hacerse con la carreta antes de que algún tonto más tenga otra idea," aseveró, haciendo un ademán hacia el lugar por el que los osos se habían desvanecido. "Ah, y manden recuerdos a la familia de la joven Hoffen, en Gyasta, si pasan por ahí," añadió como último detalle, antes de girarse hacia Bertram y Kibai.

"Gran trabajo, chicos. Lo habéis hecho de maravilla," dijo con aprobación, y esgrimiendo una satisfecha sonrisa de oreja a oreja que rara vez se veía en aquel rostro. Una vez más, y pese a sus errores de cálculo, sentía que sus compañeros no solo habían estado a la altura de sus expectativas, sino que las habían superado con creces. La actuación conjunta de la División le había enorgullecido, y tanto el cazador como el leopardo se habían mostrado mucho más capaces en el combate que él. "En islas como esta nunca faltarán imbéciles con ínfulas como este," dijo, haciendo un gesto hacia el cadáver de Betrug, "con un poco de suerte, tampoco faltarán quienes les paren los pies," concluyó, sentándose sobre la roca más próxima y examinando superficialmente sus heridas. Nada grave, en un primer vistazo, más que magulladuras y algún daño superficial; todo habría sanado después de una o dos noches de merecido descanso. "Pero creo que les tocará a otros," dijo crípticamente, sacando un simple bocadillo de su mochila y dándole un bocado. Se tomó un instante para terminar de masticar, sin prestar demasiada atención al sabor, sus ojos grises clavados en el horizonte que se extendía más allá de los abetos. "Creo que va siendo hora de que levemos anclas. Moja lo estará deseando," afirmó, terminándose su pequeño picnic momentos después y poniéndose en pie con pesadez, limpiándose el polvo de la ropa. "Volvamos al Royal. Kibai, haznos un buen festín hoy, ¿quieres?"



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RE: [Av T5 - Pr Abs] Una corriente helada (Continuación, parte 3) - Kibai - 11-06-2026

Con un seco estallido, las correas que sujetaban la carreta a los lomos de los gigantescos osos se rompieron, y ambas bestias, tras un breve momento de indecisión, sin duda debieron de pensar que aquella no era su lucha, de modo que decidieron perderse entre los árboles del bosque cercano. Kibai, aún sosteniendo a Arashi, escuchó como el viento traía consigo el chirrido mecánico de los engranajes del teleférico, el cual había terminado su descenso desde la cima de la gigantesca montaña que tenían enfrente.

A los pocos minutos, una patrulla de diez soldados con la librea del ejército real llegaron hasta su posición, al mando de un oficial. Al parecer, todo había acabado al fin, y habían logrado capturar al resto de secuaces de Betrug en el interior del castillo de Drum, de modo que el futil intento de aquel hombre de hacerse con la corona del reino había rerminado incluso antes de haberse acercado al trono.

El mink envainó a Arashi y se acercó a Betrug, que seguía con Raimei clavada en su cuerpo. Al agacharse, ahogó un quejido y apretó los dientes para contener el dolor mientras se palpaba el costado. Aquel desgraciado pegaba fuerte, de eso no cabía la menor duda, no tenía nada roto ni fisurado, pero a buen seguro en un par de días luciría una buena magulladura.

— Tengo que entrenar más... — pensó el mink para sí mismo. — Esto no puede seguir pasándome.

Agarrando firmemente la empuñadura de Raimei con una mano, Kibia apoyó la otra en el pecho de Betrug para dar un fuerte tirón y sacar la espada cuando sus ojos se abrieron con gran sorpresa. En el pecho de Betrug aún persistía una leve vibración. Aunque apenas era un hálito, aquel desgraciado aún seguía con vida.

Las garras de Kibai se crisparon y extendieron sobre la túnica de Betrug. Por su mente pasaron las imágenes de los niños hambrientos en Sakura, de Hoffen suplicándoles ayuda por su madre enferma, de Gnade llorando por su marido secuestrado, y de toda la gente de la isla que habría sin duda estado sufriendo por culpa del hombre que yacía ante el. El mink apretó su arma con más fuerza. Bastaría con que deslizase un poco la hoja hacia arriba al sacarla y rebanaría alguna de las arterias que partían del corazón, enviando a aquel bastardo directamente al infierno.

Sin embargo, cuando se dispuso a tirar, descubrió que su mano era incapaz. Al igual que hacía tanto tiempo en los Cabos Gemelos cuando descendió como una centella sobre Uosan Sakana, el mink comprendió que por mucho que su instinto exclamase a voces acabar con aquel ser infecto, había elegido un camino en su vida, y pensaba respetarlo. Echando mano de las bolas de resina que había recolectado en su camino desde Gyasta, el mink las ablandó levemente con el calor de su mano antes de extraer con cuidado a Raimei, taponando los orificios que dejaba la espada con la resina reblandecida a modo de tapón improvisado.

— Comandante!! Aún está vivo... No sé cuanto durará, pero si lo atienden rápido, podrá enfrentar a la Justicia tal y como debe ser.

Kibai limpió a Raimei con su capa antes de darse la vuelta para observar como destapaban los explosivos de la carreta.

— Malnacido de mierda... Más te vale sobrevivir a esto para no volver a ver el sol...

El mink envainó la espada mientras escuchaba las felicitaciones de Stroud. La manción a partir de la isla le hizo esbozar una leve sonrisa. Aquel tiempo en Drum no había estado mal, pero como decía el comandante, ya era hora de partir.

— Cuente con ello señor... — dijo señalando hacia el montón de Lapahn que seguían amontonados en el camino. — Me aseguraré de rastear el olor de su sangre para servirle una pata trasera del que le hirió, será poético, no le parece?

La Caja de Pandora



RE: [Av T5 - Pr Abs] Una corriente helada (Continuación, parte 3) - Bertram Gaufrid - 11-06-2026

El joven arquero sigue de pie en aquel camino antaño de un blanco puro por la nieve que se acumula por días y días nevando alejada del frecuente paso de carretas y personas, ahora se baña en una variada mezcla de colores, yendo desde rojo por la sangre brotando aún de los marines heridos y cansados hasta un rojo con una tonalidad más terrosa, similar al óxido debido a la coagulación y congelación de la sangre. El sujeto al que enfrentaron los marines tras los salvajes y violentos conejos, sin duda fuerte y capaz de vencer a uno de ellos con facilidad, termina por caer ante el espléndido trabajo en equipo de los marines, quienes unieron fuerzas y encadenaron golpes para mermar a su enemigo mientras se defendían unos a otros, favoreciendo el final que se dio. En su último intento de tumbar a Stroud Betrug vio su golpe ser completamente evitado y recibió con fuerza el impacto del puño del rubio, seguido rápidamente de los espasmos y las contracciones musculares causadas por las flechas del arquero cargadas e electricidad al centro nervioso de su espalda. Finalmente, es el espadachín moteado quien con un movimiento algo exagerado, termina por rematar al sujeto que cae de rodillas al suelo entre los tres marines.

En el momento que su dueño cae los osos se liberan de las cadenas con un fuerte y brusco movimiento y, tras un tiempo observando el lugar esperando una orden que no llega, actúan como animales salvajes que realmente son y se marchan bosque adentro ignorando a los marines que finalmente pueden tomar un respiro. Los ojos carmesíes del arquero observan el lugar, desde la montaña de cuerpos de Lapahn tendidos a lo largo del camino, pasando por la carreta hasta posar finalmente en el cuerpo del hombre, quien yace en el suelo completamente inmóvil. El lugar se llena de un silencio repentino tras el final de la trifulca, un silencio referente a que no se escuchan más gritos ni golpes, solo el viento pasando por los árboles mientras agitan las hojas y la respiración pesada de los marines, que se resienten del dolor que aún tienen encima por el terrible enfrentamiento, tanto contra los conejos como contra el alborotador. Finalmente un sonido metálico rompe el silencio, el inconfundible sonido de un mecanismo de poleas y engranajes metálicos anunciando que el teleférico ha sido activado por lo que o bien los amigos de Betrug vienen a ayudarle o rematar a los marines, o los soldados finalmente lograron contenerlos y liberar a los médicos.

Por precaución el joven arquero se aleja ligeramente del teleférico acercándose al cuerpo inmóvil del enemigo, algo que eventualmente haría para comprobar el estado de las flechas y ver si hay alguna recuperable. De la nada el característico sonido de pasos coordinados y cubiertos de metal llenan el ambiente y se acercan, por el número parece ser como una pequeña brigada, por lo que si son enemigos los marines están en clara desventaja. Bertram aprieta con fuerza su arco, esperando y deseando que no sea más problemas, por lo que al ver al grupo de soldados con el emblema de la casa real finalmente relaja su agarre del arco y adopta una postura más relajada, sin dejar de lado la formalidad y el respeto por una organización militar como la suya. Al parecer habían estado buscando a este sujeto y sus  secuaces por días y finalmente lograron acabar con los secuaces y liberar a los médicos, y venían seguramente a encargarse de Betrug para encontrarse con que los marines ya lo hicieron.

El pelirrojo escucha atentamente lo que dicen todos, siendo que al escuchar la mención de explosivos por un segundo siente el impulso de clavar el arco directamente en el cráneo del enemigo derrotado, pero sus propios principios e ideales le impiden atacar a un enemigo vencido y matar si no es necesario. En el momento que Kibai trata de recuperar su espada descubre que sigue vivo, apenas se mantiene en este mundo, pero no está muerto, por lo que tapona improvisadamente las heridas para que pueda afrontar la justicia por sus actos. Bertram solo puede pensar en lo que habrá sufrido la gente de la isla y lo que seguirían sufriendo por sus malditos métodos, pero tras escucharlo todo mira a los soldados y con una postura recta pero calmada dice

-No hicimos más que cumplir con nuestro deber, sir. Personalmente, cualquier persona que crea correcto poner inocentes en riesgo para lograr sus objetivos no es digno de tener consideración.-

Tras eso el joven arquero hace lo que siempre hace tras cada enfrentamiento, repasa el cuerpo y arranca las flechas de su cuerpo buscando comprobar si alguna de ellas sigue siendo reutilizable, mientras las retira una a una, observando que todas están medio rotas o con el cuerpo demasiado débil para ser disparadas, escucha las palabras de Stroud y con una sonrisa dice

-Estoy de acuerdo comandante, es hora de seguir avanzando, seguramente los soldados sabrán qué hacer con él, pero como dice es buena idea que hagan algo con los explosivos para evitar más maleantes con malas ideas sir.-

Tras eso se levanta y guarda su arco cómodamente en su lugar, mientras echa un vistazo al bosque y las enormes montañas a su lado.


Carcaj de información de Bertram



RE: [Av T5 - Pr Abs] Una corriente helada (Continuación, parte 3) - Stroud Nanashi - 12-06-2026

Stroud terminó de comerse su bocadillo distraídamente, examinando el deplorable estado de su uniforme, y parecía ya más que dispuesto a poner camino hacia el Royal a través del sendero nevado, dejando atrás el teleférico, Betrug y toda la historia. Sin embargo, algo pareció agriarse en su mirada cuando Kibai mencionó que el maleante seguía con vida. Se limpió las migajas de la camisa, y se puso en pie, levantándose de la roca. "Enfrentar a la Justicia es justo lo que ha hecho hoy," dijo. Dejó sus cosas en la roca, arremangándose los puños de la camisa como quien se dispone a hacer un pequeño ajuste en su carreta antes de proseguir un viaje.

Caminó pausadamente hacia Betrug, que yacía aún en la nieve. Se agachó junto a él, colocándole los dedos índice y corazón de su mano derecha, extendidos, sobre la yugular, justo bajo la mandíbula. Era débil, pero el pulso sí que estaba ahí. "Menos mal que me lo has dicho, Kibai," dijo con genuino agradecimiento, asintiendo con apreciación hacia el mink. Ya se había retirado los guantes, que colgaban de su cinturón, cubriéndose ligeramente de nieve, y no hizo ademán de ponérselos de nuevo. Observó a Betrug por un instante, como estimando la mejor forma de proceder. Sin pensárselo demasiado, pareció llegar a la conclusión a la que, en realidad, ya había llegado instantes atrás. Aún en cuclillas, su puño derecho impactó sobre el maltrecho cráneo de Betrug. A medida que sus nudillos avanzaban, sintió cómo el cuerpo producía un último espasmo, para luego quedar del todo inerte.

Se incorporó nuevamente, restregándose el nudillo y espirando con fuerza, produciendo sendas volutas de vaho desde sus fosas nasales. Asintió con la cabeza con determinación y, sin siquiera echar un último vistazo al hombre, se dirigió de nuevo hacia sus cosas, recogiéndolas como si tal cosa y echándose su mochila de nuevo a los hombros, con la satisfacción del trabajo bien hecho. "Ahora sí, volvamos a casa."


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RE: [Av T5 - Pr Abs] Una corriente helada (Continuación, parte 3) - Kibai - 12-06-2026

Kibai continuaba al lado de Betrug cuando avisó a Stroud de que el hombre seguía con vida. La resina que había usado para taponar los orificios de Raimei apenas estaba siendo efectiva, y la vida a todas luces se le estaba escapando con cada debil respiración que seguía saliendo de su pecho. Si no recibía atención urgente, moriría.

Sin embargo cuando el mink miró a su comandante y observó el cambio en su mirada, apenas un leve gesto para alguien no acostumbrado a convivir con él, pero ostentosamente notorio para los que estaban acostumbrados a su impasibilidad. La División 60 funcionaba, como tanto le gustaba elogiar a Stroud, como una maquinaria bien coordinada y engrasada, y eso era en gran medida porque todos se conocían. Para bien y para mal.

Por eso, en cuanto el joven rubio dejó su petate en la roca y se arremangó la camisa, Kibai tensó levemente los músculos, que estaban ya lo suficientemente cargados de Electro para enviar la ya familiar para él sensación de estimulación a cada fibra de su cuerpo. El mundo recuperó aquel aspecto de bordes más nítidos y afilados, y pequeñas chispas saltaron entre las garras del mink, derritiendo la nieve que caía delicadamente sobre sus manos

Sin embargo, Stroud se agachó pausadamente junto a Betrug y examinó su pulso agradeciéndole el gesto que había tenido, Kibai respiró hondo, convencido que tan solo había sido su imaginación, disponiéndose a liberar la tensión que mantenía el Electro activo. Pero, en el último instante, percibió por el rabillo del ojo como la camisa de su comandante se tensaba ligeramente, y Stroud lanzó su puño contra el cráneo de Betrug, con la intención de rematarlo.

Tsuki no Hikari

Al contrario que otras veces, el nombre de la técnica surgió de la garganta de Kibai sin un solo ápice de entusiasmo por el combate, sino casi como un lamento interior. La hoja de Arashi, la que quedaba por el costado dónde había golpeado Stroud, golpeó contra el antebrazo del marine, desviando el golpe hacia su derecha, enterrando el puño en la nieve a escasos centímetros de la cabeza del hombre.

— Le recuerdo, señor... — susurró Kibai con las mandíbulas apretadas ante lo que acababa de contemplar. — que usted mismo ha declarado bajo arresto a este hombre. Y arrestado queda, acusado de crímenes contra este reino. No es nuestra jurisdicción, ya no. Si no quiere salvarlo, no lo salve, pero nosotros no actuamos así. 

La Marina no debe actuar así.

Las chispas seguían recorriendo el cuerpo de Kibai mientras la nieve se acumulaba sobre sus hombros.

— Deje que la gente del rey se encargue. Lo ajusticiarán no me cabe duda, pero de la manera adecuada, en el momento oportuno, y la población de la isla recuperará la confianza en su gobernante. Eso sin duda los hará menos proclives a apoyar al siguiente grupo de aspirantes a revolucionarios que traten de hacerse con el poder.

Manteniendo una mano encima de la empuñadura de Arashi para mantener la punta de la vaina entre la sien de Betrug y el puño de Stroud que seguía en la nieve, el mink apoyó su mano libre sobre el hombro de su comandante.

— Vamos Redgrave. Moja nos está esperando, y además, has pedido un festín no? Cuánto hace que no comemos algo decente? Volvamos al Royal de una vez.

Aquello parecía haber acabo al fin, pero Kibai intuía en el fondo que puede que lo ocurrido en aquel camino nevado de Drum podría traer consecuencias en algún momento. Ignoraba la naturaleza que estas tendrían, pero un hormigueo que no tenía nada que ver con el Electro que seguía liberando destellos azules en su piel le susurraba que estaba en lo cierto.

La Caja de Pandora



RE: [Av T5 - Pr Abs] Una corriente helada (Continuación, parte 3) - PX-6 - 16-06-2026

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Aventura T5: Completada

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