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RE: Disciplina mis pamplinas | PR - Kibai - 05-09-2026 Aunque seguía recibiendo golpes, Kibai comenzaba a entender lo que había dicho el capitán Enji (con la boca muy llena) así como lo que le había explicado en un inicio el maestro Kaelith. Eran como lucilos en una ciénaga, pequeñas luces de colores cambiantes, tan difusas y esquivas como tratar de atrapar un espejismo en el desierto de Arabasta, pero ahí estaban.
Frunciendo el ceño, el mink trataba de fijar su percepción en ellas, pero aunque empezaba a percibirlas, aún no era capaz de fijar de todo sus posiciones, especialemente porque los condenados niños no dejaban de moverse para todos lados, y las luces entraban y salian de su zona de percepción continuamente. Aparte de eso, comenzaba a notar como la concentración le consumía las fuerzas, en un modo similar al de su anterior entrenamiento, una fatiga más interna que física, que pero que aún así era capaz de sentir.
Apenas unos momentos después escuchó la risa de Enji, y como el marine peliblanco se reía de los intentos de Juan y él de orientarse. Cuando finalmente pareció sentirse satisfecho, les ordenó a ambos quitarse las vendas. Tras extraer los dos trozos de tel de su nariz y dar una fuerte aspiración para limpiar sus conductos nasales, Kibai se scó la venda de los ojos, parpadeando varias veces hasta que sus pupilas abandonaron su forma de rejilla vertical que solían adoptar en la oscuridad para retornar a su estado habitual.
Gruñendo levemente aún por la molestia de la luz, el mink se acercó al comandante Juan, el cual se encontraba encorvado tapándose los ojos como mejor podía mientras se le acostumbraban de nuevo a la luz normal del día. Kibai le dio unas palmaditas en las espalda para animarle.
— Ánimo señor, ya he empezado a distinguir algo, aunque solamente a muy poca distancia y siempre de manera irregular, pero dicen que por algo se empieza. Estoy seguro que antes de que el sol llegue al mediodía lo tendremos dominado y podremos irnos a tomar una cerveza tranquilamente, ya lo verá.
Con una última palmada en la espalda del enorme gyojin cangrejo, Kibai se dispuso a seguir al capitán Enji, al cual podía ver ahora sin problema, aunque interiormente le preocupaba que su nuevo maestro acabase aquel entrenamiento con algún tipo de ropa puesta a este paso. En esta ocasión, el marine se dirigía en una dirección que abandonaba las últimas líneas de edificios y se internaba entre los primeros árboles que componían la selva que rodeaba Shandora. Alegre por encontrarse en un terreno más familiar, y curioso por saber qué podría pasar a continuación, Kibai apresuró sus pasos hacia su siguiente destino.
La Caja de Pandora
RE: Disciplina mis pamplinas | PR - Enji - 17-09-2026 El capitán de la octogésima división profirió una poderosa carcajada cuando Juan Sebastian, su compañero y amigo, chilló, cegado por la luz del sol que pretendía quemarle las retinas. Después de estar tanto tiempo con los ojos cerrados y tapados, era normal notarse más sensible a los destellos, y Juan había abierto los ojos de par en par nada más quitarse la venda, el equivalente a darse un tiro en el pie. —Venga, par de animales —dijo, con cierta ironía—. Vamos, esta parte del entrenamiento se terminó. Los dirigió al bosque, frontera del cual encontró, como suponía, pocos minutos después de andar hacia el este. La sociedad de oro se desmenuzaba y cedía a la naturaleza, fundiéndose por segmentos antes de quedar atrás. Los suelos adoquinados fueron reemplazados por tierra y las paredes doradas por árboles de madera vieja. —Sigan tratando de encontrar eso que sintieron en la ciudad —dijo a sus alumnos mientras avanzaba, sin prisa pero sin pausa, guiando el camino—. Tienen que poder encontrar ese humo, esa chispa, ese fuego… incluso con los ojos abiertos. No es algo que suceda aparte. Todo está unido a sus cabezas huecas y no es cuestión de tener que cerrar los ojos para poder ver… eh, ¿eso no sonó demasiado bien? Voy a anotar esa frase. El inicio del follaje dió apertura al bosque, dónde los árboles yacían cada vez más grandes a medida que se internaban en terreno salvaje. Numerosas lianas colgaban de las ramas más altas, lianas que tenían que esquivar o apartar con la mano para no terminar enredados en ellas. —El bosque está lleno de almas, aunque sean pequeñas. Hay cientos, quizá miles de animales por aquí… escondidos. Él los podía sentir. Los insectos reptaban bajo las rocas, caminaban entre la corteza de los árboles y se arrastraban debajo del barro. Montones de ellos. En el cielo, además, también podía percibir la presencia de los ñordikis, cuyas almas eran particularmente más grandes que las del resto de animales de la isla. —No hay ruido ni niños que los vayan a molestar aquí… pero estoy yo, así que no se confíen. Busquen un lugar donde estén cómodos y empiecen a meditar. —Se subió a la rama de un árbol de un salto y tomó asiento sobre ella, observando hacia abajo a sus alumnos mientras descansaba los codos sobre sus rodillas y apoyaba el mentón en su mano derecha—. Y mediten bien, haciendo “Ohhhmmmmm” y esas cosas. Los quiero ver concentrados.
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RE: Disciplina mis pamplinas | PR - Juan Sebastian - 19-09-2026 Tras sentir cómo mis ojos eran brutalmente calcinados por la luz celestial que bañaba esta tierra de oro y nubes, pude sentir la caricia repetida de unas manos felinas en mi espalda, acompañadas de la voz del camarada Kibai. —Gracias, Kibai… —dije mientras volvía a mostrar al mundo mis ojos húmedos y rojizos. —¿Tú también lo sentiste? Creo que estamos progresando. —Realmente era difícil poder afirmar algo, pero tanto daba, solo teníamos que confiar en nuestro sensei. Poco a poco nos adentramos en el bosque, donde la luz del día se mezclaba entre la maleza, reflejando sombras que bailaban bajo nuestros pies. Era un paisaje que no cesaba de sorprenderme. —Podría quedarme por aquí a echarme una siesta. —Le dije a Kibai mientras iba apartando las lianas que empezaban a aparecer con más recurrencia por el camino, colgadas de árboles titánicos cubiertos de un musgo espeso. —¿Los animales también? —le pregunté sorprendido a Enji, aunque lo intentase, no podía sentir ninguna presencia más allá de la de mis camaradas. Podía saber que había vida en el bosque por dos motivos principalmente. El primero era que los pájaros graznaban por los alrededores con bastante frecuencia. El segundo era que, como era evidente para cualquiera que estuviese en el lugar, era un bosque, y en el bosque hay bichos, hasta un tonto lo sabría. —Meditar… Hmmm… Lo hice cuando estuve en Isla del kárate, no puede ser tan complicado. Parecía una situación mucho más agradable para entrenar que ser rodeados por un enjambre de niños pollo, por lo que parecía un buen plan para continuar. Cuando me dispuse a adoptar una postura para meditar, se me ocurrió una idea genial. Meditar requería paz, tranquilidad, armonía y esas cosas, por lo que, ¿qué mejor forma de hacerlo que dentro de un acogedor caparazón? Con aquel plan en mente, mi tamaño empezó a comprimirse, las escamas ásperas y gastadas de un reptil se cambiaron por la imponente y llamativa coraza de crustáceo que me enorgullecía. Mi pinza desapareció en favor de unas adorables patitas equipadas con uñas gruesas y, como guinda sobre el pastel, un imponente caparazón emergió de mi espalda en un instante. —¡Tadaaaaa! —exclamé convertido en mi forma completa de tortuga. —No hay nada mejor para meditar que la seguridad del hogar… Dicho eso, introduje todas mis extremidades dentro de mi coraza reptiliana, cerré los ojos y traté de enfocar mis sentidos en aquello que llegué a sentir hace unos minutos, mientras los niños revoloteaban a nuestro alrededor. Desde mi interior, se podía escuchar el retumbar de un sonido que hacía eco con las paredes internas de mi caparazón. —Ohmmmm…—
Cajita de tortuga
RE: Disciplina mis pamplinas | PR - Kibai - 19-09-2026 A medida que el ruido habitual de la ciudad iba quedando ahogado por la distancia y la vegetación que poco a poco los rodeaba en el manto habitual de verdor y marrón en el que Kibai se sentía más cómodo, los tres marines se encontraron en pocos minutos circundados de altos árboles por todos lados. Tras unos cuantos pasos más, el capitán Enji debió de considerar que aquel era un buen sitio para continuar el entrenamiento, pues detuvo su avance y tras darles una breve charla acerca de que debían de tratar de sentir todos los seres vivos que se sentían a su alrededor. Mientras escuchaba las palabras del marine peliblanco, el cual habia decidido para enfatizar su posición de maestro encaramarse a una rama para supervisar las acciones de sus dos provisionales discípulos con más perspectiva. El mink observó como su compañero de entrenamiento gyojin adoptaba su forma de tortuga, la misma que había mantenido durante todo el transcurso de los Juegos del Soberano, y se posicionaba en el suelo, con todas las extremidades, cabeza incluida, introducidas dentro de su caparazón. Kibai se detuvo un momento, mirando hacia todos lados buscando un buen lugar dónde colocarse. Si el capitán no se hubiese colocado en una rama sobre sus cabezas, de buena gana se hubiese encaramado el mismo a la más confortable que hubiese a rango de sus potentes saltos, pero dada la situación no le parecía que aquello fuese a ser lo más correcto. De modo que optó por la segunda mejor posición que podía ver. Murmurando una quedo "con permiso", el mink dio un pequeño salto de tres metros, describiendo un grácil giro en el aire para acabar cayendo sobre el duro caparazon del comandante Juan.
Imagen contextual
Cruzando las piernas y colocando las dos manos con las palmas hacia arriba, Kibai cerró los ojos, dejando de nuevo su visión en tinieblas. Aunque seguia escuchando los ruidos de la jungla, y su olfato captaba perfectamente a los animales cercanos a su alrededor (incluyendo un Ñordiki que andaba revoloteando no demasiado lejos, a juzgar por el aroma que le traía el viento. No obstante, aquello no era su objetivo, de modo que se forzó a filtrar y bloquear todas las sensaciones que le llevaban a identificar a sus presas por su olor. Poco a poco, Kibai se fue sumergiendo más y más en su fuero interno. Su conciencia, ya mas acostumbrada a entrar en contacto con la vibración de su Haki tras el arduo entrenamiento con el maestro Kaelith y la afinación que había procurado cultivar a lo largo de todo el día, se forzó a expandirse, percibiendo los mismos lucilos que cuando lo habían rodeado los niños en la ciudad. Apretando los dientes, el mink notaba como la tensión le erizaba el pelaje de los hombros y la espalda mientras luchaba por mantener su percepción fuera de su cuerpo, pero era como mantener una goma elástica tirante de manera permanente, cuanto más luchaba por extenderlo, más le costaba avanzar. Cuando estaba a punto de rendirse y de soltar la tensión para volver a iniciar de cero, Kibai notó algo distinto en su interior. No estaba seguro de lo que era, pero parecía alimentarse del esfuerzo que el mink estaba realizando. Curioso por lo que podía ser, aquel nudo de tensión alimentó las fuerzas del mink, que se forzó a sí mismo a continuar tratando de mantener aquel campo activo a su alrededor. Pero pese a todo su empeño, finalmente no fue capaz de mantener el campo de percepción a su alrededor, que centímetro a centímetro comenzó a retroceder. Y con cada centímetro que retrocedía aquel nucleo de energía que latía en el interior de Kibai aceleraba su latido. Cuando ya no pudo soportarlo más, el mink cedió en el intento y cuando el campo retrocedió de golpe, sintió como aquel punto latiente exigía su liberación. Repitiendo el mantra del comandante Juan, el mink aspiró, y la igual que cuando dejaba al Electro fluir por su sistema, dejó que aquella energía saliese de su cuerpo. —Ohmmmm…—
Una ola de energía surgió del cuerpo de Kibai que abrió los ojos notando como el aire vibraba a su alrededor. Casi al mismo tiempo, un súbito agotamiento le asaltó, mucho más pronunciado que cuando había entrenado el Haki de Armadura, al punto de que le forzó a inclinarse hacia delante, apoyando una mano en el caparazón del comandante tortuga, jadeando con fuerza. — Que demonios ha sido eso?
La Caja de Pandora
RE: Disciplina mis pamplinas | PR - Enji - 22-09-2026 El entrenamiento había entrado en su etapa más estática, donde las lecciones ya habían sido impartidas y sólo restaba la práctica para terminar de despertar y pulir esa nueva habilidad. Su trabajo como maestro y sensei temporal estaba a punto de terminar. Del bolsillo interior de su chaqueta de comodoro sacó una arrugada y semi vacía cajetilla de cigarrillos. Dentro sólo restaba uno, deshilachado y algo torcido, como todo miembro de la GLORIOSA División Ochenta que se precie. Lo tomó, dejó caer la caja y con sus dedos empezó a acomodar el tabaco dentro del papel, devolviéndole poco a poco la forma y la proporción. Cada cigarrillo podía valer una fortuna en el lugar y momento adecuado. El lugar eran sus manos y el momento era cualquier, claro, porque así funcionaban las adicciones. —Tu lado tortuga te consume un poco más cada día, Juancho —comentó, recordando los Juegos del Soberano y como Juan Sebastian no había abandonado su forma zoan en toda la competición. Empezaba a ser preocupante. Enji sacó su siempre cargado y fiel mechero, encendió la llama tras destapar la cazoleta, acercó el cigarrillo, y lo encendió dando una larga pitada. La brasa avanzó rumbo al filtro, quemó el papel, el tabaco y dejó como rastro un brazo de ceniza que no tardó en desprenderse. Tras acomodarse Kibai sobre el caparazón de su crustáceo compañero, el silencio se instaló. Los dos alumnos meditaban mientras el “maestro” se aburría contando las hojas del árbol sobre cuya rama yacía recostado, disfrutando del tibio humo de un cigarrillo rubio bajándole por la garganta. Contaba las hojas que la brisa desprendía. Las veía caer desde el cielo raso de la selva hasta pasar a su lado y perderse en el suelo, unidas a otras cientos de miles de ellas para formar el abono volvería a alimentar sus raíces. Era un ciclo particular, un poco tétrico si se lo preguntan. Una de tantas hojas que se precipitaba hacia su destino final, de repente, decidió detenerse. Enji la observó e inclinó la cabeza a un costado. ¿Qué carajos? Poco después, lo sintió. Un empuje diferente, más sutil y abstracto que la propia caricia del viento. Empujaba más allá de lo físico. Forzaba, golpeaba, rodeaba… eran manos que buscaban apresar la llama de su alma, que, salvaje por propia naturaleza, se resistió y rompió ese agarre antes de verse asfixiada. Todo eso provenía de un lugar, una persona, y con sus nuevos ojos pudo ver que se trataba de Kibai. —¡Eh! —llamó, incorporándose y volviendo a tomar asiento en la rama—. ¿Te tiraste un pedo o algo, Kibai? Porque hasta aquí sentí algo raro viniendo de ti. ¡Ni se te ocurra manchar el caparazón de Juan! Dio otra calada a su cigarrillo, exhaló una densa cortina de humo y suspiró. —¿Y qué tal? ¿Empiezan a sentir algo? —Les preguntó—. Tampoco pretendan aprender todo hoy, eh. Yo les voy a dar las bases, ya ustedes seguirán practicando. Esto de ser “sensei” es bastante aburrido cuando sólo tengo que vigilar como hacen “Ohm” y esas cosas. Con razón el Kalido tiene esa cara de muerto…
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RE: Disciplina mis pamplinas | PR - Juan Sebastian - 23-09-2026 Mientras meditaba en el interior de mi agradable caparazón, empecé a sentirlo con claridad. No le veía, pero estaba convencido del lugar donde estaba Enji. Aquella llama de un gris violáceo se encontraba en una posición elevada, mientras que unos rayos de un verde eléctrico, se posaban sobre mi caparazón. Eso último, por lógica, se trataba de Kibai, cada persona parecía tener un espíritu único. No era de extrañar, después de todo, cada persona era diferente de las demás. —Es que ser una tortuga es muy útil —le respondí a mi capitán desde dentro de mi fortaleza. La vida me había otorgado el don de estar dotado de un supercaparazón, no aprovecharlo al máximo sería una locura, una blasfemia seguramente para algunos. Fue cuando estaba en mi mejor momento de concentración, cuando parecía empezar a poder sentir otras presencias más pequeñas en los alrededores, que algo extraño me sobrecogió. La sensación no me era desconocida, ya había experimentado algo como aquello otras veces. ¿Era Enji otra vez? No parecía ser el caso, esta vez estaba casi completamente seguro de que provenía de Kibai. Por unos momentos pude sentir una gran presión, podía sentir cómo mi sangre circulaba, era como si alguien pusiera su mano directamente sobre mi corazón. Parando por un momento la meditación, saqué mi cabeza de la seguridad de mi caparazón para mirar a Kibai con curiosidad. Sin dudas provenía de Kibai, Enji pensó que podría tratarse de una flatulencia, pero estaba seguro de que no era el caso. ¿Acaso él mismo no era consciente de que él también era capaz de emitir aquella presencia? ¿Era algo que estaba al alcance de cualquiera? Quizás estaba relacionado con esto que estábamos entrenando. —¡Yo empiezo a poder ver con más claridad! Tú eres una especie de humo gris violáceo, Kibai está formado por algo como unos rayos verdes. Pero aún no puedo sin ver con claridad a los animales de los alrededores. Por supuesto que mi compañero no iba a estar siempre encima para supervisar nuestro entrenamiento, Kibai y yo éramos marines responsables (más o menos) capaces de ir perfeccionando poco a poco esto que nos había enseñado. —Creo que lo hemos hecho bien… ¿Me he ganado un cigarro? —le dije a Enji con una amplia sonrisa en mi rostro mientras le extendía la palma de mi garra de tortuga en la distancia, casi como un cachorro pidiendo un premio después de aprender un truco.
Cajita de tortuga
RE: Disciplina mis pamplinas | PR - Kibai - 23-09-2026 Kibai se recuperó poco a poco de aquel extraño estallido, mientras que a traves de sus oídos le llegaban, muy lejanas, casi como si proviniesen de un Den Den Mushi situado tras una pared, las burlas del capitán Enji. No sabía que demonios había sido aquell sensación, pero lo cierto es que ahora había desaparecido, o al menos eso sentía en aquel momento, como si el nudo de tensión que había liberado de golpe en su afán de retener el control sobre el campo de percepción que le permitía sentir al gyojin cangretuga sobre el que estaba sentado se hubiese desvanecido dentro de él. SIn duda, sería algo en lo que debería trabajar con el tiempo. Por otro lado, el comandante parecía estar muy satisfecho con su entrenamiento hasta el momento. Al ver como volvía a sacar las extremidades fuera de su caparazón, Kibai se apoyó con una mano sobre él para saltar a un lado, cruzándose de brazos mientras miraba al marine peliblanco que los observaba aún desde su privilegiada posición sobre las ramas del árbol al que se había encaramado. — Lo cierto es que si, Enji-sensei. Las personas parecen verse como luces de colores, pero no todas, otras parecen ser neutras o no tener ningún tipo de forma o color determinado. Me pregunto si es porque son totalmente insignificantes o porque sus espíritus no han terminado de forjarse del todo. Sea como sea, si he empezado a ver algo yo también. Cuando Juan hizo referencia a su espíritu como rayos verdes, Kibai alzó una ceja, recordando que Enji había dicho algo parecido (aunque con la boca mucho más llena) cuando se habían encontrado fuera de la casa que le había sido asignada en la ciudad. El propio mink había podido sentir como debajo de sus pies emanaba una fuerte llama de color rojo intenso, bastante similar al cascarón del comandante en su forma estándar. — También deberé practicar más con esto. Me pregunto si será posible ampliar el rango para detectar cualquier tipo de presencia, sería muy interesante a la hora de cazar... — pensó el mink para si mientras miraba al capitán Enji, curioso por saber cual sería el siguiente paso. — O más vital aún, me pregunto si hay algún modo de enmascarar mi presencia para que nadie pueda detectarme, sin duda eso será mucho más vital a partir de ahora, especialemente si los maestros de Skypiea están enseñando a todos por igual, sean malvados o no...
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RE: Disciplina mis pamplinas | PR - Enji - 28-09-2026 El extraño fenómeno, esa especie de onda invisible que se extendió desde Kibai y peinó la zona a su alrededor, le trajo leves reminiscencias de algo. Tardó en percatarse de ello, pero, tras mencionar las flatulencias del mink, Enji recordó fugazmente Kutsukku, la persecución del ferry y la silueta de un pingüino sumergido en la neblina. Su siguiente recuerdo estaba encerrado entre cuatro paredes de hierro, junto a tres piratas. Ese día solo escaparon dos de ellos. ¿Tendrían algo que ver? ¿Eso que Kibai había liberado por accidente era lo mismo que libero el pingüino en Kutsukku? ¿O todo se trataba de lo mismo: una flatulencia? Un pedo lo suficientemente asqueroso podía noquear a cualquiera, de eso estaba seguro. —Ahí va, lo tienes ya, Juancho —reconoció al crustáceo ( ahora reptil ) marine. El aura de Kibai era, en efecto, un chisporroteo verde, cosa que había reconocido y le había mencionado al felino mucho antes de que Juan les diera alcance esa misma mañana. Su propia aura era desconocida para él, pero que fuera un humo violáceo le hacía sentido. Después de todo, Enji vivía fumando y su veneno era de ese color. Hinchó el pecho y escuchó a Kibai, que también había logrado empezar a ver los colores de las almas—. Ñeh, eso no lo sé. Lo que sí logré distinguir es que el alma de una persona fuerte es más grande y brillante que la de una persona débil. ¿Conocen a Kaelith? ¿El negro de alas que tiene un dojo aquí? —preguntó a sus alumnos mientras tomaba otra pitada de humo—. Su alma es mucho más grande que la de cualquiera de sus alumnos. Esperaba no haberse delatado al mencionar al lunarian maestro del haki. Le gustaba vanagloriarse de descubrir por cuenta propia una habilidad así de extraña y única como lo era el Kenbunshoku. Siendo sincero, sin embargo, le hubiera sido imposible sin un guía. No sé trataba de habilidad o talento, sino de entendimiento. Abrir los ojos a algo totalmente distinto, nuevo y extraño. Su papel con Juan y Kibai, según como lo veía él, había sido exclusivamente de decirles que podían hacerlo y después empujarlos a hacerlo. El resto era trabajo suyo. Ser maestro, en ese sentido, era extremadamente fácil. —El resto lo tendrán que descubrir por su cuenta —dijo tras bajar de un salto y aterrizar frente a ellos—. Porque ya me aburrí. No les voy a regalar todo el día, eh, que tenemos pocos y quiero ir a ver si tienen burdeles en este trozo de tierra flotante. Lo que se puede hacer con un par de alas… —Se desvió del tema, pero regresó en sí tras aclararse la garganta—. En fin, sigan practicando y esas mierdas. Aprendan a ver más lejos y ya nadie les ganará en el juego de las escondidas, ¡shihahaha! —Emitió una carcajada en lo que se daba la media vuelta y emprendía el camino de regreso al pueblo—. ¡Por cierto! A esta técnica yo le llamo “El mágico ojo del culo”. ¡Patente pendiente!
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RE: Disciplina mis pamplinas | PR - Juan Sebastian - 28-09-2026 Enji confirmó lo que parecía ser un resultado exitoso en el entrenamiento. Al aparecer, la forma en la que se veía el aura de cada uno no era un problema mío, cada ser tenía un espíritu propio que se manifestaba a su manera de algún modo. No era necesario darle muchas vueltas para llegar a la conclusión de que este poder podría ser increíblemente útil en mis funciones como marine. —No me da cigarro… —Pensé cabizbajo. Por suerte, la necesidad de conseguir algo para fumar se vio apaciguada por la sensación de logro que invadía mi cuerpo al haber podido dominar una habilidad tan interesante. Con eso en cuenta, me acerqué a Kibai y, desde mi posición baja, le extendí mi pata derecha con las uñas engarrotadas, tratando de simular un puño. —¡Choca esos cinco, compañero! —le dije con una amplia sonrisa. Entrenar con Enji-Sensei siempre era divertido, pero la presencia de un camarada que aprendiese conmigo siempre le daba un aire refrescante. Por si fuera poco, Kibai había demostrado ser de nuestro rollo, era un tipo genial. Siempre me había preguntado si los miembros de nuestra división encajarían bien con los de otros cuerpos, después de todo, éramos… curiosos. —¿Kajelith? —le pregunté a mi capitán doblando ligeramente la cabeza hacia un lado. —No me suena, aprovecharé el día de mañana para buscarlo. Igual puedo conseguir algo más de información. —Sin dudas, debería aprovechar el tiempo que nos quedaba aquí para lograr todos los avances posibles. Había logrado entender y poder usar esta habilidad conocida como “El mágico ojo del culo”, pero para poder proteger a los inocentes, no podía detenerme con aprender lo justo, tenía que exprimir todas las posibilidades. Ya lo teníamos todo listo, por lo que comenzamos la vuelta por el bosque hacia las casas que nos habían designado. Por el camino, traté de volver a usar el Mágico ojo del culo, pudiendo sentir una vez más con claridad las presencias de Enji y Kibai. Eso era lo que esperaba, pero, para mi sorpresa, también podía sentir cómo luces pequeñas se movían a nuestro alrededor en la espesura, más allá de donde mis ojos podían ver, como si de luciérnagas se trataran. —No sé cuándo nos volveremos a ver, Kibai. Cuando nos volvamos a encontrar, te invito a comer algo… Pero nada de marisco.
Cajita de tortuga
RE: Disciplina mis pamplinas | PR - Kibai - 28-09-2026 Kibai sonrió con ganas al escuchar como al parecer tanto Juan como él habían logrado ya conceptuar las bases del Haki de Observación, aquello parecía ser lo ideal para poder seguir desarrollándolo por su cuenta en un futuro, especialmente con las ideas que ya estaba empezando a bosquejar dentro de su mente. Sin duda, aquello podría ser algo muy interesante de cara al futuro. Cuando Enji mencionó la idea de los burdeles, el mink reaccionó con una gran carcajada, pensando que dado que los guardianes alados del Emperador habían puesto tanto empeño en que se respetase la buena educación desde que habían llegado no creía que establecimientos de aquella clase fueran bien visto. Sin embargo la última frase despertó un par de recuerdos en Kibai, uno más lejano, que le traía olor a pólvora de fuegos artificales, y otro bastante más reciente, con un cálido aroma a estofado y a la humedad de un manantial de agua termal. Unas alas negras, y otras alas blancas. — Puedo asegurarle señor... — dijo el mink introduciendo ambas manos en los bolsillos del pantalón. — Que da igual el color que tengan esas alas, ciertamente pueden hacer muchas cosas. Cuando el comandante le extendió la pata, Kibai se acuclilló a su lado y chocó el puño con la cangretortuga, sonriendo ampliamente a su compañero de entrenamiento. — Le tomo la palabra, comandante, estoy seguro que la próxima vez que nos encontremos, tendremos muchas cosas que contarnos y podremos vernos nuestras almas a una isla de distancia. Por cierto, la suya es increíble, como un auténtico volcán en erupción, algo digno de representar la Justicia. Incorporándose de nuevo, Kibai hizo rotar levememente sus hombros, algo agarrotados despues de la meditación. — Bueno creo que con esto hemos terminado por hoy. Tengo intención de seguir probando esto mientra esté aquí, y dado que el mestro Kaelith ya me ha enseñado a usar el Haki de Armadura, solo me queda mejorar en su uso. Al llegar de nuevo al conglomerado de casas cerca de la pirámide, Kibai se despidió de los dos marines, comprometiéndose a pagarles una ronda si se los encontraba de nuevo en alguna de las tabernas de la ciudad antes de tener que abandonar la isla del cielo definitivamente.
La Caja de Pandora
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