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[Fic - Busoshoku]Templando el espíritu - Versión para impresión

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[Fic - Busoshoku]Templando el espíritu - Max D. Bambú - 14-06-2024

Día 36 de Invierno
Tarde después de los Juegos

Tras los eventos de los Juegos de Zarutsuki, Don Bambú ayudó a transportar a su nuevo grupo de amigos circenses sin conocimiento a lo que sería su hogar los próximos días. Como su orden era llevarlos a su refugio sin más, el Custodio que ayudó al panda le dejó el trabajo de depositar a cada uno en su respectiva cama. Garnet y Tobias fueron sencillos de trasladar, eran, después de todo, minúsculos en comparación con el panda. Pero Sasha era más grande que él y Kuraku tampoco es que fuera pequeño. Para ellos tuvo que emplear todas sus fuerzas y un lenguaje del cual su madre no hubiera estado orgullosa. Tardó media hora en llevar a cada uno a sus habitaciones, que curiosamente estaban provistas de muebles a medida. Tenía sentido, teniendo en cuenta que en aquellas tierras sagradas vivían lunarian. Los lunarian eran una estirpe legendaria de la que poco se sabía a ciencia cierta y que solían demostrar poseer unos poderes extraordinarios. El primer compañero revolucionario del panda era uno de ellos, aunque terminó desapareciendo misteriosamente y nunca más se supo de él. Nekah era otro lunarian, pero claramente más débil que Yojimbo o que Kuraku en su actualidad. ¿Qué otros lunarian se encontraría el panda en su camino y cuán fuertes serían? Era una cuestión que no tenía prisa por responder.

Don Bambú se encontró sólo en aquella casa. Con todos sus compañeros inconscientes se dedicó a pasear por el salón, la cocina, el comedor y la sala de lectura sin rumbo, iniciando actividades por aquí y por allá sin la menor intención de terminarlas, solo de matar el tiempo. Leyó unos cuantos libros de autoría local tales como Crimen e Increíble Castigo (aquí no se andaban con coñas) o los cuentos de los Hermanos Primm, que eran una serie de relatos sobre niños que se portaban mal y eran, al final, arrojados al vacío fuera de Skypiea. Lo 'gracioso' de estos castigos es que aunque los malos niños lunarian los sufrían también, al menos en los cuentos, como podían volar siempre tenían una segunda oportunidad para enmendar sus errores. No así los birkanianos ni skypieanos, cuyas alas no les daban la posibilidad de surcar los cielos. Entre lecturas, comidas y juegos solitarios, el panda decidió darse el lujo de pasear por la ciudad perdida y ver qué otras actividades a parte de comidas locales y venta de diales podía ofrecer. El área del palacio era infranqueable, pues así se había decretado al final de los juegos, pero la propia ciudad le recibió con los brazos abiertos y una sonrisa forzada. Después de todo, los pandas eran todavía menos habituales que los habitantes del Mar Azul. En las calles de Shandora el panda pudo observar de todo. Desde enormes parques infantiles cuyas construcciones recreativas estaban hechas enteramente de nubes hasta salones de juego donde sólo los lunarian y skypieanos más adinerados podían entrar. Lo que allí dentro ocurría permanecería un misterio para el panda, pues una rápida mirada al segurata le indicó que él nunca podría entrar ahí. La exclusividad y los lujos parecían ser un tema recurrente, así como parecía serlo el increíble desprecio con el que se trataba a los birkanianos. Sus vestimentas simples, tristes gestos y manos encalladas le decían todo lo que necesitaba acerca de su situación. Sabía reconocer la cruel esclavitud cuando la veía y eso le hacía hervir la sangre. Sin embargo, mientras en aquella ciudad permaneciese, Don Bambú seguiría siendo Chewbacca. Chewbacca era un alegre pirata al que no le gustaba la esclavitud pero no decía nada al respecto, y mientras Don Bambú vomitaba, Chewbacca miraba a otro lado.

Uno de los lujos a los que el panda sí podía permitirse acceder era una especie de balneario al que incluso birkanianos parecían acudir, siempre acompañados de sus amos skypieanos. Ciertamente había birkanianos que parecían mejor tratados por sus amos, pero siempre manteniendo una distancia social prudencial. Por ejemplo, en este balneario, mientras los amos se bañaban y disfrutaban de una agradable tarde con sus amistades, los birkanianos esperaban juntos en una especie de sala de estar que tenía un par de juegos y sillas no excesivamente cómodas. Charlaban, a pesar de todo, animosamente entre ellos sin temor a ser castigados por ello. Al panda le hubiera gustado entrar a hablar con ellos, pero no parecía permitirse la entrada de desconocidos a la sala. Dentro del balneario, tras el habitual vestuario donde los clientes se desnudaban para acceder al área principal, había un gran patio lleno de piscinas de aguas multicolor donde los clientes podían disfrutar de baños hirvientes, helados y templados, así como de oleajes fuertes o aguas burbujeantes. Cada piscina tenía su propio tema y color. La piscina de aguas anaranjadas era la más hierviente de todas, como si pretendiera simular la lava de un volcán. La azul celeste era templada y tranquila, ideal para sencillamente disfrutar un chapuzón. La blanco-azulada era la más fría de todas y a donde la gente que venía del baño hirviente acudía para relajar los músculos tras el shock inicial de temperatura. Había una piscina verde cuyas aguas se movían a tal velocidad que los clientes tenían que luchar para avanzar y una piscina rosa, cuyas fragancias parecían dejar embobados a los que allí se bañaban. Pero la que más ramaba la atención era una piscina ligeramente más elevada que las demás. Esta piscina ofrecía, desde un lateral de la misma, una visión perfecta del resto del patio y de todas sus piscinas a modo de palco semisumergido. Por el otro lateral, sin embargo, había una impresionante vista de Shandora que al panda le pareció completamente imposible. Sin duda se trataba de algún complejo truco elaborado con diales. Aquella piscina cuyos relieves eran dorados como el oro, material del que probablemente estuviera hecha, contenía un agua roja brillante, como si fuera sangre, que dando igual los movimientos que se llevasen a cabo dentro de la piscina permanecía completamente en calma, generando sólamente una única onda cuando alguien se introducía o salía de la misma. Los clientes que usaban aquella piscina, principalmente lunarian, parecían completamente idos al estar cubiertos de aquel agua, como si tuviera propiedad relajantes supremas.

Don Bambú decidió emplear la piscina rosa para embriagarse con aquellas fragancias tan exquisitas, pero algo le incomodaba sobremanera. Todo el tiempo que permaneció en aquel establecimiento se sintió profundamente observado, pero a pesar de buscar con la mirada a conciencia no fue capaz de encontrar a nadie que le estuviera observando más de la cuenta. Es decir, la gente le miraba, claro. ¡Era un puto oso! Pero sentía como si alguien le estuviera taladrando con la mirada más de la cuenta, incluso una vez superada la sorpresa de que era, en efecto, un puto oso. La sensación no le abandonó hasta después de lavarse en duchas con la misma temática que las piscinas (no se atrevió a probar la dorada) y abandonar el recinto.

Una vez fuera y libre de la sensación de estar siendo observado más de lo normal, el panda continuó con su paseo por las calles de Shandora. Comió en una especie de restaurante barato que parecía intentar emular la comida del Mar Azul con productos típicos de Skypiea. Era básicamente comida de Skypiea con un montón de especias que no tenían nada que ver con la 'comida del Mar Azul', como la llamaban en el cielo, pero estaba sorprendentemente bueno. Tras la comida el panda continuó su viaje de descubrimiento por la ciudad: visitó librerías, tiendas de juegos, curiosidades y locales diversos, pero a pesar de las infinitas maravillas que la ciudad celeste le estaba ofreciendo rápidamente perdió el interés en ellas. No fue hasta que se encontró con el último establecimiento que entendió por qué. Ante él se elevaba majestuoso y atractivo un espacio para el entrenamiento disciplinado: un dojo. Entendió entonces que llevaba sintiendo un vacío existencial desde hacía meses: no había podido entrenar ni pelear con nadie en tanto tiempo que su cuerpo le pedía acción desesperadamente. El edificio era bastante grande, fácilmente podría dar cobijo a 50 personas en su interior y estaba construido al estilo de la arquitectura japonesa clásica, pero con el giro de que los cimientos estaban hechos de oro. El interior de la estancia, a la distancia desde la que observaba el panda, parecía hecho de madera de la selva circundante y podían apreciarse incluso desde fuera la elegancia de los acabados y barnizados de la misma. Tal era así que compaginaba perfectamente con el oro sobre el que estaba construida la edificación. Los alrededores eran extensos también. Tenía jardín para aburrir, seguramente con numerosos lugares donde poder meditar o llevar a cabo ejercicios al aire libre y todo ello protegido por una fina muralla de bambú celeste, característico por su color verde pálido frente al verde oscuro del bambú habitual. Sobre las propiedades de aquella madera tan similar a la del Mar Azul no sabría decir nada, pero probablemente sería diferente en múltiples aspectos. El dojo parecía especializarse en algún tipo de ejercicio espiritual, eso sí. Se leía en la inscripción de la entrada que sólo aquellos capaces de extender su voluntad más allá de los confines del espíritu podrían llegar a materializarla y ganar poder de ella.

Era un lema sin lugar a dudas atractivo. La idea de templar el espíritu y ser capaz de extender la voluntad más allá de los confines en los que se encuentra encerrada sonaba extremadamente útil y poderoso. No pudo evitar pensar en la explosión invisibile generada por el Emperador que dejó inconscientes a casi todos los espectadores del torneo. Si él fuera capaz de dominar tal poder... Quizás el lema se refería a eso. Quizás, pensó el panda, el dominio del espíritu era algo propio de Skypiea. No pudo resistirse a averiguar más cosas acerca del tema, de modo que buscó con la mirada a alguna clase de recepcionista que pudiera explicarle cómo entrar a entrenar al dojo. No tardó en cruzar miradas con un aparente alumno que estaba dando vueltas al dojo corriendo. Tenía aspecto de estar hecho polvo, como si llevase corriendo horas, pero encontró aliento para acercarse al panda y estudiarlo de arriba abajo con el ceño fruncido. —¿Y tú qué eres? —Dijo el joven. Se trataba de un skypieano de más o menos dos metros de alto. Su musculatura estaba bien definida y era calvo. Su barba había crecido con descontrol, como si la selva que rodeaba a la ciudad de Shandora se hubiera reflejado en su cara. Se había enfrentado ya numerosas veces a aquella pregunta. El panda arqueó una ceja ante la escasa educación del muchacho, pero decidió responder. —Soy un mink, muchacho. Me preguntaba si el maestro de este dojo está presente. —No quería seguir lidiando con aquel maleducado, pero la sonrisa socarrona que adoptó al instante le indicó que sí iba a tener que seguir lidiando con el muchacho. —El maestro no recibe a cualquiera. —Indicó con tono de burla. —¿Qué te hace pensar que el maestro Kaelith te recibiría a ti, 'mink'? —La paciencia del panda estaba agotándose, pero él sabía mejor que nadie que montar un numerito no le ayudaría en nada. Era un invitado en Shandora, pero no por ello tenía la libertad de castigar a sus ciudadanos porque le hablen mal. Estaba a punto de irse insultando al muchacho, sin embargo, un voz fría como el hielo surgida de algún lugar cercano a espaldas del panda le dejó clavado en el suelo. —¿Y qué te hace pensar que no le recibiría, Yamir? —La cara de Yamir, el muchacho maleducado, adoptó una especie de rictus terrorífico ante la repentina presencia de aquella voz afilada. Don Bambú se atrevió a darse la vuelta lentamente para ver quién hablaba. Se trataba de un hombre de tez oscura, como era la piel de los lunarian habitualmente, de largos cabellos dorados y ojos azul eléctrico que perforaban la mirada del panda a través de sus gafas. La presencia intimidante de aquel sujeto le puso los pelos de punta, pero Don Bambú había aguantado la presencia del Emperador sin problema alguno y no flaquearía ante la de aquel individuo. Ahora que podía fijarse mejor en aquel hombre, tenía vestimentas prácticamente militares y un estoque colgando de su cintura. Su chaqueta y pantalones marrones eran bastante anchos, no dejando ver del todo qué clase de complexión tenía aquel sujeto. Destacaba una fraganacia fuerte como la del tabaco, pero con matices que daban la impresión de que ese hombre fumaba sólo los cigarros de la mejor calidad disponible. En conjunto, aquel individuo parecía un noble en toda regla. —Te he hecho una pregunta, Yamir. ¿Qué te hace pensar que no le recibiría? —Insistió el maestro, endureciendo su tono de voz. Yamir se activó al instante e hizo una reverencia al maestro. —Sencillamente pensé que no era digno de vuestra presencia, maestro. —Quedó patente entonces que aquel hombre, que por cierto era más grande que el panda, era el mismísimo Kaelith, el dueño del dojo. —Ah Yamir... Veo que sigues sin demostrar la menor aptitud para el dominio del mantra. ¿No te das cuenta de que este miembro de la tribu mink tiene más potencial que tú? ¿No percibes en su voluntad un hambre primaria que sería capaz de devorarte en cuestión de segundos? Por supuesto que no. —Esas últimas palabras cortaron la negativa de Yamir, que avergonzado pretendía responder un murmurante "No" a su maestro. —Por supuesto que no, Yamir, porque ni siquiera has sido capaz de percibir mi presencia antes de hablar por mí. He notado, además, que has dado la vuelta al dojo 198 veces antes de parar. ¿Creías que no estaba contando a caso? Te han faltado dos. ¿Has contado mal? No, no te molestes en mentirme, me daría cuenta. Sé que llevabas la cuenta perfectamente. Llevas meses fallándome, Yamir, y hoy ha sido la última vez. Recoge tus cosas y márchate. A partir de ahora no me llames maestro, llámame Mord Kaelith y no me mires a la cara, pues no te mereces tal privilegio. —Semejante castigo no se lo hubiera imaginado el panda en un millón de años. Kaelith no se andaba con coñas a la hora de adiestrar a sus subordinados. Parecía ser un hombre al que no le tiembla el pulso a la hora de expulsar a holgazanes y mentirosos y, sobre todo, una persona a la que no se la podía engañar. ¿Cómo sabía las vueltas que había dado su alumno al dojo si ni siquiera estaba presente para contarlas? ¿Y qué era ese mantra del que hablaban? Las respuestas tendrían que esperar, porque mientras Yamir asentía y se dirigía al interior del dojo para recoger sus cosas y marcharse, el Mord Kaelith ya estaba encarando a Don Bambú y observándole, todavía sin decir nada, como si estuviera tratando de leerle. —Mi nombre es... Chewbacca —Dijo el panda, a penas dudando un segundo en su respuesta. La impresión que le había dado aquel enorme lunarian le había hecho resbalar un poco, pero podría enmascararlo fácilmente con que sencillamente estaba nervioso. —Tienes un aura curiosa, 'Chewbacca'. Aparentemente sereno, pero muy turbado por dentro. —No entendía muy bien cómo era capaz de saberlo. ¿Tenía algún tipo de poder especial que le permitía saber cómo se sentían las personas? Tenía razón. El panda aparentaba cierta serenidad para no preocupar a las personas a su alrededor, pero lo cierto es que notaba una cierta asfixia a diario que era propia de la ansiedad. Llevaba sintiéndose así desde los acontecimientos en Little Garden. El panda no dijo nada, se quedó callado, mirando a los ojos a aquel sujeto. Pensó en preguntarle acerca de cómo lo sabía, pero no hizo falta. —¿Te preguntas cómo lo sé? Mucha gente se hace la misma pregunta. —Asintió en silencio, hipnotizado por lo que el lunarian le estaba diciendo. Quizás fuera posible aprender a hacer lo mismo que él. Tenía pinta de ser muy útil. —¿Has escuchado alguna vez la palabra haki? ¿Sabes lo que significa? —Don Bambú le dedicó unos segundos a aquella pregunta. Había oído hablar de algo llamado así, pero lo cierto es que no tenía la menor idea de qué significaba. —No, lo cierto es que no lo sé. —Kaelith no dejó de mirarle directamente a los ojos ni un solo instante. Finalmente habló. —¿Y por qué has venido a mi dojo? —Esta vez arqueó una ceja. Le debía de parecer curioso que el panda estuviera allí. —Llevo... Llevo tiempo sin poder entrenar a gusto y me gustaría enmendarlo. Volver a encaminar mi entrenamiento y no quedarme atrás. Estoy descentrado, como si hubiera perdido el balance. Quizás me vendría bien ejercitarme espiritualmente. —Esta vez Kaelith se mantuvo en silencio durante un buen minuto, moviendo sus labios lentamente como si articulase sus pensamientos acerca del tema. Al cabo de un rato, pareció tomar una decisión al respecto. —Tengo una vacante. Empezarás ahora mismo. Tengo entendido que no estaréis mucho tiempo en Shandora, así que si quieres hacer algún tipo de progreso más te vale ponerte las pilas. —Y sin decir más, el maestro Kaelith se adentró en su dojo esperando sin duda que el panda le siguiese. Don Bambú así lo hizo y tuvo una mejor visión del interior. El diseño del lugar parecía pensado para alimentar el espíritu. Tenía multitud de fuentes al lado de las cuales los alumnos parecían estar meditando. Algunos de ellos se encontraban cara a cara con los ojos vendados jugando a piedra papel tijera y, de algún modo, parecían saber qué estaba sacando el otro constantemente a pesar de no poder verlo. Otros alumnos se encontraban de pie frente a muñecos hechos de madera de exóticos árboles celestiales. Parecían estar meditando y preparando alguna clase de golpe devastador contra el muñeco. Alguno de los alumnos le había propinado un puñetazo que había partido por la mitad la pobre figura de una persona de madera, dejando que su torso rodase por el suelo libremente, pero otros, en cambio, se habían provocado sangre al golpear el muñeco sin deformarlo tan solo un poquito. Parecía estar hecho de una madera muy resistente, y aunque el entrenamiento parecía puramente físico, había cierto componente espiritual en todo el proceso que el panda no pudo descifrar al momento.

El maestro condujo al panda a una suerte de despacho en la parte cerrada del dojo. Allí se le ofreció un cojín al panda para poder ponerse de rodillas mientras el maestro tomaba asiento al otro lado de una mesa que hacía de escritorio. —Creo que tres días bastarán, y si no, pues tendrás que abandonar mi dojo. Honestamente, el hecho de que haya accedido a entrenarte es extremadamente irregular y únicamente debido a que nunca antes había tenido la ocasión de entrenar a un miembro de la tribu mink. Pero soy un hombre ocupado y no tengo ganas de andar perdiendo el tiempo en proyectos absurdos. Así que tres días. ¿Entendido? —El panda asintió, quizás un poco hipnotizado ante lo que se le planteaba. —Veamos... —El maestro cogió una pluma de escritura y pinchó uno de los brazos del panda, pero sin hacer herida. Don Bambú no reaccionó, aunque lo encontró algo extraño. Luego movió la pluma de un lado a otro de la cara del panda, observando cómo el mink la seguía con la mirada. —Creo que da un poco igual por dónde empieces, pero te recomiento el Busoshoku para empezar, ya que me comentas que estás un poco descentrado. El ejercicio físico te vendrá bien para calmar tus emociones. Si lo logras en tres días te entrenaré en el Kenbunshoku. —Estaba completamente perdido. —Disculpe... maestro. ¿Podría explicarme a qué se refiere? —Kaelith suspiró ante la pregunta, no le apetecía explicar lo más elemental, pero temiendo tal vez que sus alumnos difundiesen información errónea y que eso perjudicase el entrenamiento de su nuevo discípulo decidió ir un poco más despacio. —El haki es la energía de nuestro espíritu. Hay personas, como yo, que pueden extender esta energía y manifestarla físicamente para obtener beneficios de ella. El caso más evidente de esto es el Busoshoku, el haki de protección. Puedes emplear tu energía espiritual para que se convierta en una armadura que te proteja de los ataques... o en un arma que te permita efectuarlos con mayor eficacia, aunque eso sólo en las formas más refinadas de su uso. Todavía te falta mucho para llegar ahí. Por otro lado también puedes extender tu espíritu para hacer que resuene con otros y percibir más allá de tus cinco sentidos. Esto último se conoce como haki de observación o mantra, es lo que usé antes para analizar tus emociones, aunque harías bien en no fiarte de lo que percibes en las personas el cien por cien de las veces. ¿Alguna pregunta más? —Dijo Kaelith golpeando con su dedo en la mesa. Indicando que, tal vez, otra pregunta sería una impertinencia. Pero Don Bambú pretendía llegar al final del asunto. —¿Existe algún otro tipo de haki? —Esta última pregunta no pareció molestar a Kaelith, sin embargo. El lunarian se limitó a arquear una ceja y encogerse de hombros. —¿Quién sabe qué clase de poderes nos son todavía desconocidos? Por lo que a mí respecta yo sólo enseño a emplear el Busoshoku y el Kenbunshoku a aquellos que considero dignos de aprenderlo. Si hay más tipos de haki, yo no los conozco. —No le pareció que insistir en el tema fuera a llevarle a ningún sitio. A pesar de no haber despertado todavía el haki de observación, podía sentir la sinceridad en las palabras de Kaelith. También estaba empezando a sentir su impaciencia. —Estoy listo, maestro. —Sentenció el panda, y Kaelith se levantó de su sitio y le guió hasta el área del patio donde estaban los alumnos golpeando los muñecos de madera. —La tarea es sencilla, para empezar. Antes de despertar cualquier tipo de poder espiritual que te ayude en una pelea tienes que agotar tus fuerzas. Sólo cuando tu cuerpo no pueda más empezarás a notar otro tipo de fuerzas entrar en acción. Intenta no romperme demasiados muñecos, cadete. Están hechos de madera autóctona que no es tan abundante como uno pudiera pensar. Encontrarás que no es una cuestión de fuerza lo que se te pide, sino de perseverancia. —Finalmente, Kaelith sacó de su bolsillo del pantalón una especie de reloj dorado. —Golpéalo hasta las diez de la noche, a ver qué pasa. —Y con estas palabras se volvió a su despacho, no sin antes darle un par de indicaciones a un alumno que parecía en una especie de trance, meditando en la cercanía de una estanque de peces de diversos colores tales como los que Sasha había visto de camino a Shandora. Lo cierto es que el maestro Kaelith parecía inflexible, pero se hacía respetar en cierta medida. Don Bambú había acudido allí, después de todo, a entrenarse, no a perder el tiempo.

Y sin más dileción, comenzó con su entrenamiento. Había entendido más o menos la explicación de lo que era el haki y que dominarlos implicaba dominar el espíritu, pero ¿cómo se dominaba el espíritu? No le quedaba más remedio que hacerle caso a su maestro y exhaustar su cuerpo para luego, tal vez, poder extraer energías desconocidas para el panda hasta el momento de otro lado. Notaba que los otros alumnos del lunarian le observaban con recelo entre golpe y golpe, como si no fuera bienvenido allí. Podría decirse después de todo que el panda era en parte culpable de la expulsión de Yamir, que debía de tener algún que otro amigo entre los alumnos del dojo. Sin embargo él consideraba que la expulsión de aquel muchacho no había sido en absoluto culpa suya. El panda trató de ignorarles y adoptó una postura de combate. Empezaría con una técnica sencilla para medir la resistencia del muñeco. Flexionó sus piernas y echó su brazo derecho ligeramente hacia atrás mientras el izquierdo se extendía hacia delante con la palma abierta. —¡Motto Chikara! —Y con lo que él consideraba una velocidad adecuada, se lanzó contra el muñeco y lo golpeó con suma potencia. El suelo tembló ligeramente ante el golpe y el muñeco emitió un crujido lastimero, cuando el puño del panda impactó contra su superficie. No se deformó ni un poco, eso sí. Parecía excepcionalmente resistente. —Era de esperar, claro, pero a ver qué tal este... — En esta ocasión adoptó la misma postura de antes, pero su mano de ataque estaba completamente extendida y sus zarpas se extendieron tan afiladas como siempre. —¡Zarpa Negra! —Y a una velocidad mucho mayor que antes su mano surcó la superficie lisa del muñeco en menos de un segundo, lanzando astillas por todas partes, algunas de las cuales fueron a parar a la cara de un alumno cercano que se fue corriendo a la fuente mientras profería insultos en el dialecto propio de los skypieanos. Los estudiantes al lado del panda se asustaron un poco con el ataque. Pusieron cara de circunstancia y procedieron a ignorar por completo al mink, alejándose si cabe un poco para evitar accidentes como aquel. Al cabo de un rato ya todos le estaban ignorando por completo. Don Bambú observó con cierta curiosidad que el estudiante al cual el maestro Kaelith le había dado un par de indicaciones le había propinado un puñetazo al muñeco que no le había hecho ni un rasguño, sin embargo retiró su mano con aspecto de estar extremadamente satisfecho con el resultado. Incluso alguno de los alumnos le había felicitado tras un breve intercambio de palabras. —¿Habrá notado la energía espiritual? No parece haber un cambio visible en su potencia... —Se preguntó el panda en voz alta, aunque sin dirigirse a nadie en concreto. Algún alumno le dirigió una mirada de reojo, pero en última instancia procedieron a volver a ignorarle. Sólamente un comentario se dejó escuchar de fondo. —Cuando te sale lo notas. —El panda siguió la voz hasta encontrarse con la persona que le había hablado. Se trataba de un hombre de unos 25 años, skypieano, que llevaba una túnica de color diferente a las de los alumnos cercanos al panda. —Soy Satoshi, estudiante de alto grado del dojo del maestro Kaelith. Te doy la bienvenida, Chewbacca. —Le tendió la mano y el panda la recibió con una sonrisa. Finalmente algo de amabilidad en el lugar. —No les hagas caso, los skypieanos son recelosos por naturaleza con aquellos que no son como ellos. Yo intento mantener una mente abierta. —El panda asintió. —No te preocupes, estoy acostumbrado. ¿No puedes darme ningún consejo? —Satoshi negó con la cabeza. —No. Y lo digo alto y claro pues el maestro es capaz de escucharnos aunque susurremos. Tienes tres días y tienes que averiguarlo por tí mismo. Observa a los demás y piensa en lo que hacen, es todo lo que puedo decirte. —Satoshi mantenía un rostro serio y el panda pudo notar que no le estaba mintiendo. Verdaderamente no podía ayudarle sin afrontar consecuencias por parte del maestro. De modo que era un ejercicio que debía afrontar por su propia cuenta...

Don Bambú dejó tranquilos a los demás estudiantes y meditó acerca del tema unos minutos. Estaba convencido de que el tema no iba de usar la fuerza bruta, pero si necesitaba cansarse podía subir el ritmo un poco. Tenía que seguir intentándolo de todas formas, de modo que cogió su muñeco con ambas manos y lo trasladó a una zona más apartada. Ante la curiosa mirada de los presentes el panda tuvo que excusarse. —Es que si no, voy a molestar un poco con la luz y las chispas. —Les dedicó una sonrisa conciliadora y se colocó a quince metros del alumno más cercano. —Veamos... —Enderezó el muñeco de madera, que contaba con un palo de madera para clavarlo en el suelo, y le colocó unas cuantas piedras relativamente pesadas a su aldedor para evitar que se moviera con facilidad. Una vez todo estuvo dispuesto de nuevo y sin pretender perder más el tiempo, el panda adoptó de nuevo su postura de combate y empezó a acumular energía por todo su cuerpo. Pronto, ante la fascinada mirada de Satoshi que era el único que podía permitirse pasear por ahí y observar a los alumnos, el panda comenzó a emitir una luz azul eléctrica. —¡Electro! —Chispas empezaron a surgir de todas las partes del cuerpo del panda. Su musculatura se tensó por un momento y volvió a adoptar la postura de ataque con la zarpa extendida. —¡Zarpa negra! —Y se lanzó de nuevo al ataque. Las astillas de madera que salían disparadas del muñeco tras el paso de las zarpas del panda mezclaron con las chispas azules que emitía el propio cuerpo del panda, en algunos casos resultando en pequeños trozos de madera incandescentes que se desvanecían antes siquiera de llegar al suelo. Esta vez su ataque fue muchísimo más rápido, casi invisible para el ojo entrenado de Satoshi. Seguía sin notar nada especial, pero todavía no estaba ni cansado. —¡Zarpa negra! ¡Zarpa negra! —El panda continuó golpeando el muñeco sin descanso, montando un espectáculo de luces y colores nunca antes visto en aquel dojo. Cuando concluyó que ese ataque tardaría bastante en agotar sus fuerzas, decidió pasar a su golpe más fuerte. Se echó un par de metros hacia atrás y sostuvo su puño derecho cerrado, muy apretado, justo delante de él. Envolvió su muñeca derecha con la mano izquierda y empezó a concentar todo el poder de su electricidad alrededor de su mano derecha. —La única herencia de mi difunto padre... —Su puño derecho comenzó a brillar muy intensamente, formando una especia de bola de luz eléctrica cuya intensidad ya no dejaba ver el puño que estaba envolviendo. Chispas como rayos comenzaron a escapar de la misma una vez el panda soltó su muñeca y adoptó la misma postura de ataque que otras veces. Los alumnos habían dejado momentáneamente de realizar sus ejercicios para observar lo que el panda estaba haciendo. Don Bambú flexionó sus rodillas y se preparó para lanzarse hacia delante. —¡Máximum... LUNA! —El impacto fue atronador. El puño del panda, ahora prácticamente una esfera de luz eléctrica, acababa de atravesar la madera del muñeco como si de mantequilla se tratase. El interior estaba prácticamente carbonizado por el contacto con la electricidad. La tierra se agrietó ligeramente a los pies del panda, las piedras que sostenían el muñeco se fueron a tomar por culo y toda la hierba que había alrededor de la zona de impacto se aplanó como si un gran peso se hubiera colocado encima repentinamente. Esta vez el panda se encontró respirando agitadamente. Ya no sólo era que el electro le drenaba muchísima energía, sino que esa técnica era de las que más le costaban sin contar con alguna otra que involucraba el uso de su fruta del diablo. Usar esos poderes en aquella situación sería, sin embargo, una estupidez. Según el cansancio aumentaba, esperaba sentir alguna especie de energía mágica que le impulsase a seguir adelante, pero lo cierto es que no notaba nada. Continuó golpeando el muñeco, sin embargo, porque si una cosa era el panda era perseverante. Cerró los ojos mientras atacaba, quizás tratando de sentir algo en su mano, pero no notaba nada. Continuó golpeando hasta que notó que sus músculos se agarrotaban y su cuerpo le pedía parar. Decidió parar unos instantes parar mirar fijamente el muñeco, si es que todavía podía llamarse así, meditando acerca de qué podía hacer hasta que finalmente su tren de pensamientos fue interrumpido por la presencia del maestro. —¿Ya nos hemos rendido? Te dije que no parases hasta las diez de la noche. —La severidad de su tono le indicó al panda que no se valoraba el pensamiento en aquel ejercicio. —Lo siento, estaba pensando en qué tenía que hacer, pero tiene razón, maestro, seguiré hasta las once para compensar mi error. —El maestro pareció meditar unos instantes aquella proposición. La debió encontrar complaciente, porque sin decir nada regresó a su despacho tras darse una vuelta por el dojo, parándose de vez en cuando con algún alumno para decirle algo.

El panda continuó entonces golpeando lo que ya era un torso agujereado carente de cabeza o brazos. De vez en cuando, cuando encontraba fuerzas para volver a emplear el electro, volvía a emitir aquella luz eléctrica y a lanzar su Maximum Luna contra el muñeco, desgraciándolo un poco más. Pensó en coger otro muñeco diferente, pero como le habían dicho que no rompiese muchos consideró que tendría que esperar hasta mañana para pedir otro. Golpeó y golpeó sin parar, tratando de "extender su voluntad más allá de los confines de su espíritu", pero lo único que extendió fue el dolor de sus puños al resto de su cuerpo. Perdió la noción del tiempo entre golpe y golpe, de tal modo que cuando una mano se posó gentilmente sobre su hombro supo que ya debía de ser la hora acordada. —Son las dos de la mañana. —Le indicó Satoshi. Uy. —Oh, lo siento, se me pasó el tiempo volando. —El panda esbozó una sonrisa avergonzada. Satoshi le sonrió de vuelta. —No te preocupes. La verdad es que al maestro le gustan los alumnos como tú, pero no le verás demostrarlo lo más mínimo. Anda, vete a dormir. Te esperamos a las nueve aquí. —Don Bambú no osó cuestionar a su compañero de dojo y regresó a la casa que les habían cedido para descansar. Al llegar, lo primero que hizo fue echar un vistazo a Garnet, Sasha, Kuraku y Tobías, que seguían completamente dormidos. La presión de la voluntad del Emperador les había afectado más de lo que hubiera podido imaginar. ¿Había sido aquello haki? No se parecía en nada a los que el maestro le había descrito, pero también es cierto que el lunarian había dicho que sencillamente no sabía si había más tipos de haki. Decidió no darle vueltas al asunto e irse a dormir de una. Tuvo sueños muy movidos, pero no pudo recordar qué había soñado exactamente. Tampoco pudo dormir muy bien, porque a pesar de que se había concienciado para levantarse a las nueve de la mañana, ya estaba despierto a las seis. Sus ojeras serían terriblemente aparentes si no hubiera un mullido pelaje negro cubriendo sus ojos casi por completo. Desayunó y se duchó antes de salir de la casa a las siete, listo para seguir con su entrenamiento. No tardó en llegar al dojo y, una vez dentro, volver a comenzar su entrenamiento. Esta vez no notó tanta hostilidad por parte de los alumnos que poco a poco llegaban al lugar, que le saludaban e incluso comentaban en la resistencia del panda como algo positivo. A pesar de que Don Bambú había llegado tan temprano, el maestro Kaelith ya estaba allí, sentado cerca de una de las fuentes con un libro en sus manos. Parecía no haber salido del dojo en ningún momento, tal vez siendo aquel su hogar. Kaelith miró brevemente al panda y comprobó la hora en su reloj. No hizo ningún gesto que le indicase al panda cómo se sentía al respecto de tenerlo más temprano de lo acordado allí. Lo que sí hizo fue indicarle con un gesto que se dirigiese a su lugar de entreno donde había dos muñecos nuevos en perfecto estado esperándole. Una vez el entrenamiento había comenzado y ya había pasado algo más de una hora, el maestro se personó brevemente para observar cómo el panda golpeaba el primero de los muñecos, al cual ya le faltaba un brazo, y se fue sin decir nada, como si no hubiera nada que decir al respecto.

No tardó en volver a notar el dolor en sus puños, esta vez mucho más agudo que el día anterior, pero no dejó que esto le detuviese. La totalidad de los puñetazos que el panda lanzaba contra el muñeco los lanzaba con todas sus fuerzas. No pensaba flaquear aunque fuera por un segundo. El panda tenía la determinación absoluta de salir de aquel dojo con un éxito más a sus espaldas, no con un fracaso. Con el paso de las horas empezó a tener incluso delirios. Le pareció tener a Kovashi a su lado, observándole con la absoluta seriedad que le caracterizaba y haciendo comentarios despectivos sobre la debilidad del panda. Nadja, por otro lado, le estaba apoyando con una sonrisa. Khruner se estaba lavando las pelotas en uno de los estanques de meditación y Enma estaba murmurando algo incomprensible bajo la sombra de uno de los árboles del jardín. Todos sus amigos estaban a su lado, dándole ánimos cada uno a su manera y fue entonces, entre demenciales delirios y absoluto agotamiento de dar puñetazos, cuando notó una especie de cosquilleo recorrer su brazo derecho. —¡...! —No parecía tratarse de algún síntoma de pasajera locura. Verdaderamente era capaz de sentir cómo una capa invisible de energía envolvía su brazo derecho, aquel con el que acababa de golpear el maltrecho primer muñeco. Ante la sorpresa de haber logrado su objetivo, no supo cómo articular palabra alguna. —Ah, un día y medio. Un poco por encima de las expectativas. —Dijo el maestro, repentinamente a espaldas del panda. —Pensaba que te ibas a desmayar. —Don Bambú estaba completamente sudado, como si una fiebre le estuviera acosando con toda su ardiente furia. El maestro le ofreció una botella de cristal con un líquido transparente y frío en su interior. Era agua. El panda echó un largo trago a la botella mientras el maestro le observaba en silencio. —¿Qué sientes? —El panda, que tras haberse bebido media botella todavía estaba recuperando el aliento, trató de analizar la sensación que tenía en su brazo. Se estaba desvaneciendo, pero estaba claramente ahí. —Como... como si tuviera algo envolviendo mi brazo. Una especie de película invisible. ¿Es esto el Busoshoku, maestro? —. El maestro Kaelith escuchó las palabras del panda mientras analizaba el primero de los muñecos al que se había enfrentado el panda. Pareció considerarlo inapropiado para seguir entrenando a nadie y decidió apartarlo y poner en su lugar el muñeco de repuesto. —Sí, esa es la sensación habitual cuando se despierta el Busoshoku. Está en una fase larvaria, por supuesto. No te servirá para golpear más fuerte, si es lo que te preguntas, pero quizás te encuentres con que es una herramienta muy útil contra aquellos que han consumido una de las legendarias frutas del diablo. —Le explicó Kaelith. El panda pensó en hacerle más preguntas acerca de los usos de aquella habilidad, pero el maestro no le dio un instante para formular pregunta alguna. —Vamos con tiempo, pero eso no significa que sea hora del descanso. Son las doce. Vas a estar hasta las tres golpeando el muñeco de repuesto. Intenta mantener el Busoshoku todo lo que puedas hasta entonces. —Cuando Kaelith regresó a su despacho, el panda se puso manos a la obra y retomó su entrenamiento. En esta ocasión se sintió capaz de evocar la misma sensación de una película rodeando su brazo derecho, pero el efecto no duró más de diez segundos. Al parecer, mantener el Busoshoku activo durante largos periodos de tiempo era mucho más agotador de lo que en un principio parecía.

Intentó llevar el entrenamiento al terreno espiritual. Imitó a muchos de los alumnos que allí entrenaban, que parecían meditar antes de empezar a lanzar golpes a diestro y siniestro. Intentó concentrarse únicamente en el sonido de su respiración. Pronto, el sonido de los alumnos golpeando sus muñecos se desvaneció y sólo el viento y el sonido de las fuentes restaba. Poco a poco el viento dejó de soplar y las fuentes perdieron su agua. El panda estaba totalmente concentrado en su respiración y en sus manos. Entonces trató de pensar únicametne en sus manos, las cuales comenzaban a recubrirse de aquella energía que había sentido anteriormente. Su respiración se fue también al cabo de un rato. Lo único que quedaba era un cierto calor en sus manos que poco a poco fue extendiendo por sus brazos. Había activado con éxito el Busoshoku, pero ahora era cuestión de mantenerlo activo mientras atacaba. Intentó mantener la concentración mientras abría los ojos y el mundo a su alrededor volvía a existir. Lanzó un puñetazo y luego otro, y así sucesivamente mientras notaba cómo la energía de sus brazos se debilitaba, pero el panda la renovaba constantemente. Cuando quiso darse cuenta, llevaba más de diez minutos con el haki activo. No fue el único en darse cuenta. —¡Bien hecho, Chewbacca! —La voz de Satoshi le felicitó. Al parecer había estado observando. —Venga, deja eso y vamos a comer, el maestro te recibirá en su despacho después. —Cuando quiso darse cuenta, y sólo lo supo por la posición del sol, ya debían de ser más de las tres de la tarde. El cielo se estaba tiñendo de un color rosáceo que el panda fácilmente podría estar confundiendo con el dorado del atardecer. Comió con sus compañeros de dojo, aunque despacito porque las manos le dolían a rabiar y le sorprendió comprobar que no hablaban del entrenamiento explícitamente. Era algo que tenían que lograr por sí mismos, después de todo. Notó eso sí, la aceptación grupal en el dojo. A pesar de ser un mink, un ajeno del Mar Azul, la gente le estaba tratando como si de otro skypieano se tratase. Había superado al parecer la primera prueba. Sin embargo, éste sólo era el entrenamiento del Busoshoku. Aunque hubiese entendido más o menos cómo funcionaba todavía restaría el Mantra después de ese, que parecía incluso más difícil. No dejó, sin embargo, que esto le desanimase. Si lograba dominar el Mantra obtendría una respuesta acerca de por qué no se desmayó cuando la presencia de Zarutsuki dejó inconscientes a todos los espectadores de los Juegos menos a un muy escaso porcentaje.

Después de la comida, el panda llamó a la puerta del despacho del maestro Kaelith y éste le hizo pasar. Se lo encontró sentado en su mesa, escribiendo, pero rápidamente dejó esta tarea y le dedicó toda su atención al panda. —Son ahora mismo las cinco y media. Ahora entrenarás con Satoshi hasta las diez. El objetivo es mantener el Busoshoku aunque te peguen y te hagan daño. De nada sirve saber utilizar el haki si al mínimo golpe pierdes la concentración en él y se desactiva. ¿Entendido? —Esta vez estaba todo claro. No le hacía gracia pegarse con el único miembro del dojo que siempre se había mostrado amable con él, pero estaba decidido a completar su entrenamiento fuera como fuese. —Sí, maestro. —Y con los deberes dados, se dirigió a la parte de atrás del Dojo, donde había un espacio más o menos grande y donde le estaba esperando ya Satoshi con ambas manos a la espalda y sin ningún tipo de ropa que le cubriese la parte superior del cuerpo. —Muy bien, ya te han dicho lo que hay que hacer. Te dejo darme el primer golpe para que encuentras lo que hay que hacer. Ahora mismo estoy canalizando el Busoshoku por todo mi cuerpo. Incluso mientras hablo puedo mantener la concentración sin problema. —Y sin decir más, Satoshi se quedó ahí plantado, como si de un saco de arena se tratase. El panda lanzó un tímido puñetazo a su estómago, pero en lugar de sentir que golpeaba el cuerpo de un hombre pensó que estaba golpeando una plancha de acero. El cabrón debía de entrenar durísimo para estar tan fuerte. A pesar de que Satoshi no había dicho nada, notaba cómo su concentración no se iba en ningún momento. —Vale, sí, es lo que me dijo el maestro que hiciera. Ahora golpéame tú a mí. —Dijo el panda. No le hacía gracia estar golpeando al muchacho toda la tarde, así que sencillamente empezó a concentrarse en sus manos como lo había hecho antes. Sintió de nuevo el calor cubrir sus manos y esperó pacientemente a que Satoshi lanzase su primer ataque. —Golpeo fuerte, ¿eh? Prepárate —Le advirtió el skypieano. Don Bambú sintió la necesidad de elevar su guardia, pero ante la velocidad a la que Satoshi le golpeó en el estómago no tuvo muy claro que hubiera podido defenderse. El golpe le dolió bastante. Tanto fue así que su concentración sobre sus brazos se desvaneció por completo y el Busoshoku desapareció. —Venga, concéntrate otra vez y repitamos. —Después de retorcerse de dolor durante unos instantes, se recompuso y volvió a intentarlo. De nuevo fracasó en su empresa y recibió un segundo y devastador puñetazo que le hizo doblarse de dolor. —Tienes que mantener la mente fría, no te estoy dando tan fuerte como para que flaquees. —Esta vez el puñetazo, aunque dolió una barbaridad, no hizo que el panda perdiese la concentración en el haki. Podía sentir como, a pesar del dolor, la película invisible que rodeaba sus brazos seguía intacta. —No está mal, continuemos. —Habían pasado ya un par de horas desde que iniciaron el entrenamiento. El panda había logrado un revestimiento decente y duradero de haki capaz de resistir los envites de su compañero. Tras haber recibido una brutal paliza por parte del skypieano, Satoshi concluyó que era buena idea descansar cinco minutos. —Pero sólo cinco, o el maestro se enfadará. —Le dijo al panda, que estaba tirado en el suelo boqueando para intentar recibir oxígeno después del último puñetazo. Rechazó con un gesto cualquier comida que Satoshi le ofrecía, ya que tenía la sensación de que terminaría vomitándola toda sin intentaba comer algo. —Honestamente, que lo hayas llegado a este nivel en día y medio es impresionante. Muchos tardan meses en despertarlo. Algunos llegan con el mantra despierto, buscando ayuda porque no dejan de escuchar voces constantemente. El armadura es más raro, ya que suele pasar desapercibido si no sabes cómo se siente. —Don Bambú no tenía muchas ganas de conversación, de modo que se limitó a asentir sensiblemente pero sin hacer comentario alguno. Se preguntó cómo se sentiría el Kenbunshoku, porque se lo estaban pintando como una absoluta demencia. Tras unos minutos de descanso, regresaron al entrenamiento con fuerzas (escasamente) renovadas. En las siguientes tres horas, el panda continuó recibiendo puñetazos, uno tras otro, y lo cierto es que su Busoshoku estaba volviéndose cada vez más débil, pero era capaz de mantenerlo activo consistentemente incluso ante ataques mucho más potentes que cuando empezaron a entrenar. El panda se sentía capaz de poder mantenerlo activo al mismo nivel que el electro y le estaba empezando a resultar incluso medio natural, pero eso era consecuencia de haberlo estado entrenando durante horas seguidas. Tendría que probar al día siguiente a ver si era capaz de volver al punto en el que se encontraba en aquel instante. —Bueno, creo que ha sido suficiente por hoy. —Le dijo Satoshi. El panda intentó responder, pero lo único que logró fue quedarse inconsciente del puro cansancio.

Despertó al día siguiente a las ocho de la mañana en su cama. Se encontraba en la casa que el Emperador les había cedido como estancia segura en Shandora hasta su marcha y su vientre estaba completamente vendado, como si alguien hubiera estado cuidando de él. A su lado, en la mesilla de noche, había una nota. Estaba escrita con una caligrafía pulcra, muy cuidada, pero también extremadamente escueta. La nota rezaba: "Enhorabuena, hoy a las nueve empiezas con el mantra." Debajo de la caja de texto, una elegante firma. "Mord Kaelith". Lo cierto es que la manera de entrenar que tenía aquel sujeto era increíblemente abusiva. Los alumnos sangraban frecuentemente y, tal y como el panda había experimentado, se desmayaban del cansancio. Pero el entrenamiento daba sus frutos. Ya se sentía más fuerte que hacía tan solo dos días. Si era capaz de resistir aquellas adversas condiciones podría aprender a usar el mantra en muy poco tiempo. Comprobó la hora en el reloj de su habitación. Eran todavía las siete de la mañana, pero se sentía con fuerzas para levantarse y desayunar, así que decidió no quedarse en cama ni perder el tiempo. Naturalmente, comprobó que todos los Shogun Gari estaban bien. Todavía seguían inconscientes, pero en aparente buen estado de salud. Una vez había desayunado y comprobado que todo estaba en orden, salió de casa en dirección al dojo. Todavía eran las ocho de la mañana, sin embargo no le importaba llegar antes y comenzar pronto con el entrenamiento. Sentía en su interior que un fuego se había reavivado después de mucho tiempo. El afán de superarse a sí mismo de nuevo. Se sentía vivo, para qué mentir. Vivo como hacía mucho tiempo que no se sentía.

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RE: [Fic - Busoshoku]Templando el espíritu - PX-2 - 14-06-2024

ENTRENAMIENTO: COMPLETADO
Puedes entrenar el primer nivel de Busohoku (Añadido en la pestaña: Entrenar técnicas)

Busoshoku Haki (Base)

Busoshoku Haki
Especial
2 huecos
Información

Tu Busoshoku envuelve tu cuerpo o armas y te concede la capacidad de golpear de manera exitosa a los usuarios de frutas logias, ignorando así su intangibilidad pero sin anular sus poderes.


Código: busoshoku001