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[Fic][Entrenamiento] El eco de la cascada - Versión para impresión

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[Fic][Entrenamiento] El eco de la cascada - Triana Tempesta - 15-06-2024

Ya llevaba un tiempo en aquella isla en el cielo y comenzaba a ponerme histérica. Teníamos que comenzar a movernos cuanto antes para continuar con nuestro viaje, pero nos habíamos acomodado demasiado por culpa de todas las ventajas y privilegios que nos ofrecía el mono emperador. Cada vez me caía mejor, aunque no había cruzado ni una palabra con él. Tan solo con sus actos me había demostrado que nos tenía algo de aprecio. Por lo menos estaba consiguiendo que nuestra estancia en su isla fuese de lo más agradable y sin ninguna segunda intención o con la idea de traicionarnos, o eso parecía. No lo necesitaba, nuestra recompensa era ridícula para él, apenas igualaba el valor de una de las paredes de oro de su dormitorio. Además, daba la impresión de que no le agradaban demasiado los marines ni los cazarrecompensas. A quién sí. Se asemejaba mucho más a nosotros que a ellos.

Aproveché este tiempo para descansar y retomar con más fuerzas nuestro viaje, pero me había estado engañando a mí misma. Ya estaba completamente recuperada, tan solo había estado probando platos deliciosos, dándome baños espectaculares y paseando por lugares exóticos y que nunca hubiese imaginado. Esto solo había servido para que me acomodase cada vez más y dejase de lado nuestro propósito inicial. Por muy cómoda que estuviese en aquel lugar no podía consentirlo, así que aquella mañana tomé la decisión de, por lo menos, continuar con mi entrenamiento. Yamamura todavía se tenía que terminar de recuperar, no solo del combate, sino de algo que le había hecho el horrendo esbirro del mono emperador. No me lo llegó a explicar con detalles ni los motivos de su decisión, aunque no necesitaba ninguna justificación. Por lo poco que me había contado, se trataba de ese chamán anunciado en el periódico que era capaz de retirar el poder de las frutas del diablo y a nuestro capitán se le había ocurrido contratar sus servicios con nuestro dinero, asunto del que ya hablaríamos más adelante. Esto había llevado a que se pasase días durmiendo y ahora estaba en cama. Apenas había comenzado a moverse hacía poco tiempo. Esperaba que no tardase demasiado en reponerse. Mientras tanto, había estado preguntando a los que trabajaban en el palacio y a algunos habitantes de Shandora para informarme sobre dónde podía continuar con mi entrenamiento. Muchos no habían sabido responderme, pero unos pocos coincidían en una misma respuesta. Había un excelente espadachín que entrenaba en una especie de dojo en la ciudad. No me lo pensé demasiado, era lo único que tenía. Con moverme un poco y no quedarme apalancada me bastaba.

No me arreglé demasiado, me atavié con mi ropa habitual, cogí mis dos katanas para sujetarlas en mi cintura y me dirigí hacia el lugar que me habían indicado. No solía perderme y aquel día no fue la excepción, seguí las direcciones, que habían sido bastante claras, y no tardé demasiado en llegar al dojo. Al igual que el resto de edificios de la ciudad, era impresionante e imponente. Siguiendo con la coherencia de aquel lugar, estaba hecho completamente de oro y su tamaño era más grande de lo habitual. Estaba acostumbrada a dojos modestos de islas pequeñas y humildes, pero este parecía un palacio, aunque, desde luego, todavía distaba mucho del palacio en el que nos habían acogido como huéspedes. No había nada igual en toda la isla, y dudaba que en el mundo. A los alrededores había varios ciudadanos, pero no parecía que ninguno estuviese interesado en entrar al dojo. A pesar de su tamaño, las escaleras de daban a la entrada estaban completamente despejadas, sin movimiento de gente entrando o saliendo. No me podía haber equivocado, este era el lugar. No creía que hubiese muchos más dojos enormes y dorados. Subí las escaleras con determinación y abrí la puerta. No era una casa, imaginaba que no sería necesario llamar. Además, teniendo en cuenta el gran tamaño de aquella estructura, dudaba que alguien pudiese escucharme o tener la intención de recorrer la distancia para abrirme.

Crucé el umbral de la puerta y me quedé unos segundos mirando el interior de aquel impresionante lugar. Tal y como parecía desde fuera, el interior era asombrosamente amplio y resplandeciente, no solo debido al oro, sino por los grandes ventanales que iluminaban todos los rincones con luz natural. Había un pequeño pasillo que daba varias puertas cerradas a la derecha, una escalera al final y un gran espacio abierto a la izquierda que parecía la zona de entrenamiento. Para mi sorpresa, estaba vacía. Esperaba que un lugar tan reputado estuviese rebosante de vida, con niños y niñas correteando y siendo perseguidos por los maestros para tratar de inculcarles algo de disciplina, jóvenes comenzando a realizar sus primeros golpes certeros, aunque todavía algo torpes, y adultos expertos en las artes del combate exhibiendo sus mejores movimientos. Pero allí no había nadie. El silencio reinaba en la sala, ni risas, ni gritos, ni conversaciones. Ni siquiera la respiración de varias personas en estado de meditación.

—¿Hola? —pregunté en voz alta cada vez más convencida de que me había equivocado de lugar. Era imposible que el dojo más reputado de la ciudad estuviese tan vacío. Tal vez fuese culpa mía, no sabía cómo funcionaban las cosas por aquí. A lo mejor tendría que haber hablado con alguien antes de venir para concertar una cita. Antes de que pudiese darle más vueltas al asunto, escuché unos pasos lentos descendiendo por la escalera. Me quedé quieta esperando a que la persona bajase, esperando poder resolver mis dudas y encontrar al maestro del que tanto me habían hablado. Comencé viéndole los pies y, tras eso, sus piernas y su torso, cubiertos por unas prendas verdes. Finalmente, pude vislumbrar su rostro. Tardó algo más de lo que esperaba en bajar, su cuerpo parecía no terminar de descender nunca, debía medir algo más de cuatro metros de altura. Se trataba de un lunarian, sus rasgos me resultaban extremadamente familiares, eran similares a los de Yamamura. Su piel era morena y su pelo largo y blanco. Parecía un hombre distinguido, aunque, en cierta forma, intimidante. Cuando terminó de bajar se me quedó mirando fijamente, esperando a que fuese yo la que iniciase la conversación. Si se trataba de un trabajador de aquel lugar ya podría ofrecerse a responder mis dudas, sin embargo, permaneció en silencio.

—Estoy buscando al maestro del dojo. ¿Sabe dónde puedo encontrarle? —pregunté de manera escueta. Realmente no tenía nada más que decir y no había nada que odiase más que la gente que se andaba por las ramas. Mi petición era sencilla y no me interesaba en este momento nada más de aquel lugar y aquella gente. —Soy yo. ¿Quién eres y por qué me buscas? —respondió de la misma forma precisa y directa. Era un alivio saber que no iba a haber barreras en la comunicación. —Me llamo Triana Tempesta. He venido de visita y me hospedo en el palacio del emperador Zarutsuki como su invitada de honor. Estoy buscando alguien con quien entrenar y me han dicho que aquí podría encontrar lo que busco —dije esperando que lo del emperador Zarutsuki fuese un buen motivo para que accediese a aceptarme en su dojo. No sabía si podría haber algún problema al no ser parte de su comunidad. Desde que había llegado, apenas me había cruzado con humanos, tan solo con aquellos que habíamos venido para los juegos. Sin embargo, el lunarian no pareció mostrar ningún tipo de reacción, ni porque fuese la invitada especial del emperador ni porque pretendiese entrenar con él. —Ven mañana a las cinco de la mañana —fue lo único que dijo antes de volver a subir al piso superior. Decidí tomármelo como que había aceptado, si no, no sabía qué pintaba yo a esas horas en el dojo. Tampoco comprendí por qué no accedió a comenzar el entrenamiento cuanto antes. Estaba claro que ahora mismo no tenía trabajo, pero no le llevé la contraria. Su dojo, sus reglas. Y si pensaba que me iba a echar atrás por citarme tan temprano, la llevaba clara.

Aprovechando que todavía era temprano y el sol apenas comenzaba a elevarse en el cielo, decidí salir a hacer algunas compras. La comida nos estaba saliendo gratis gracias a la generosidad del emperador, pero necesitaba con urgencia ropa nueva. A lo largo del viaje, había perdido casi todo lo que tenía, y ver mi maleta prácticamente vacía era una visión deprimente que no podía ignorar por más tiempo. El bullicio de la ciudad a esa hora era reconfortante. Los comerciantes comenzaban a abrir sus tiendas, y el aire estaba impregnado del olor a pan recién horneado y a especias exóticas. Recorrí varias tiendas, cada una ofreciendo una variedad de prendas que iban desde ropas de diario hasta elegantes vestimentas con las que se ataviaban algunos de los ciudadanos. El problema era que muchas de esas prendas eran de gran tamaño, imaginaba que iban destinadas a los lunarians, o tenían dos huecos en la espalda para dejar pasar las alas. Elegí cuidadosamente cada pieza, imaginando cómo me servirían durante las próximas etapas del viaje. Cuando finalmente llené varias bolsas con ropa nueva, me sentí satisfecha. De vuelta en el barco, llevé con cuidado las bolsas a mi camarote. Decidí no cometer el mismo error de antes y empecé a distribuir la ropa de manera más estratégica. Guardé algunas prendas en mi maleta, otras en uno de los armarios del camarote, y unas cuantas más en diferentes compartimentos. De esta manera, estaría preparada para cualquier situación y reduciría las probabilidades de perder todo nuevamente.

Tras esto, decidí regresar a la ciudad para aprovechar el resto del día. El aire fresco y los sonidos de la ciudad me ayudaron a despejar la mente. Encontré un pequeño restaurante en una esquina pintoresca y decidí sentarme a comer algo. Aunque la comida del palacio era excelente, quería probar nuevos sabores, algo diferente y auténtico que reflejara la esencia de la ciudad. Después de disfrutar de mi deliciosa comida, continué con mi paseo. Visité un mercado local donde los puestos estaban repletos de frutas exóticas, especias aromáticas y algunas piezas de artesanía. También me detuve en una pequeña librería escondida entre dos callejones. Ojeé algunos libros de medicina y compré un par que me resultaron interesantes. Tampoco podía descuidarme en ese campo, en cualquier momento podría resultarme de utilidad, sobre todo teniendo en cuenta lo torpes que podían llegar a ser tanto Jolyne como Yamamura. También, me dejé llevar por la música suave que venía de una plaza cercana, donde un grupo de músicos callejeros tocaba melodías tradicionales. Al caer la tarde, decidí visitar una casa de té, donde probé una selección de tés locales. No era lo que solía beber, pero no estaba mal innovar de vez en cuando. No regresé hasta que casi había anochecido, justo el mejor momento para darme un baño en el palacio. Volví tan cansada que después del baño me tumbé en la cama y no tardé demasiado en quedarme dormida. Era pronto, pero pensaba madrugar y llegar puntual a la cita en el dojo con aquel lunarian.

Abrí los ojos a las cuatro de la mañana. El frío se colaba en la habitación y, a pesar de estar tapada, se colaba en mis huesos. Me destapé de golpe y comencé a vestirme de forma automática. Estaba acostumbrada a despertarme temprano, pero esto era demasiado. Para combatir el sueño, me dirigí al dojo a paso rápido. Si el día anterior la zona estaba vacía, aquel día no se veía ni se escuchaba ni un alma. Caminé hasta la puerta del dojo y la abrí sin siquiera molestarme en llamar. El interior estaba tranquilo, tampoco parecía que hubiese nadie, tal y como el día anterior. Avancé hasta donde se encontraban las escaleras y, como si por arte de magia me hubiese leído la mente, descendió por las escaleras aquel lunarian, el maestro que me había citado el día anterior.

—Vamos a la sala de entrenamiento —dijo dirigiéndose directamente hacia el lugar, aquel salón enorme que se encontraba nada más entrar en el dojo. Lo primero que percibí al cruzar el umbral fue el aroma a incienso. Ya se podía oler tan solo al entrar al dojo, pero en aquella sala se volvía mucho más intenso, imposible de ignorar. El suelo estaba cubierto por un tatami bien cuidado. Parecía casi nuevo, aunque se notaba el uso que diariamente se le daba. Aquella superficie era perfecta para pisar con seguridad, amortiguaba a la perfección las caídas y cada paso que se daba sobre ella. Estaba bastante familiarizada con este tipo de suelo, aunque la mayoría de mis entrenamientos los realicé sobre suelo firme y rocoso. En una de las paredes, se alzaba un pequeño altar adornado con una pequeña estatuilla, algunas flores frescas, un par de velas y un pergamino con caligrafía escrita a mano explicando los principios del dojo. A la altura a la que me encontraba no conseguía leerlo del todo. De las paredes laterales colgaban algunos retratos de otros lunarians. Debían ser personas importantes, puede que maestros anteriores o incluso fundadores, para inspirar a los alumnos para mejorar y fomentar el trabajo duro.

De la pared principal colgaban varias armas tradicionales, boken, jo, tanto y katanas, todas ellas colocadas a la perfección y listas para ser utilizadas en la práctica en el caso de ser necesario. Se notaba desde lejos que estaban bien cuidadas. Estaba convencida de que las limpiaban y mantenían a diario. A lo largo de otro de los lados había varios bancos donde los estudiantes podrían sentarse para descansar o para observar las demostraciones, incluso meditar. La iluminación del dojo era suave y natural. La luz del exterior entraba a través de unos grandes ventanales que se encontraban situados en la parte alta de la pared. Pero también había varias lámparas que podrían proporcionar una luz cálida y difusa. Todo en aquel lugar reflejaba la estricta disciplina que se promovía. No había ni un solo objeto fuera de lugar, ni una sola mota de polvo, ni un solo sonido u olor que pudiese abstraer de aquel clima de serenidad.

—¿A qué has venido? —preguntó sacándome de mis pensamientos y devolviéndome a la realidad. Tenía la respuesta muy clara y esperaba que él también la tuviese. ¿A qué podría ir si no a aquel lugar? Además, ya se lo había dicho la primera vez que nos vimos. Quería entrenar. Mejorar mi técnica en combate. Ser más fuerte y hábil. Pero si hacía falta que se lo dejase más claro, lo haría. —Vengo a mejorar. A que me enseñes lo mejor que tengas —le respondí con seguridad. No quería perder el tiempo con entrenamientos banales ni con movimientos básicos. Ni siquiera con un entrenamiento para personas medianamente hábiles. Quería lo mejor, lo máximo. Que me mostrase por qué era un maestro tan reputado, por qué todos a los que había preguntado me habían dicho su nombre sin dudar. Quería ser como él para luego superarle. El lunarian asintió. —Sé perfectamente qué es lo que buscas. Qué te falta para superar tus límites.

Sus palabras sonaban bien, pero era bastante escéptica. ¿De verdad aquel desconocido sabía cuáles eran mis puntos flojos sin ni siquiera haberme visto pelear? Lo dudaba, aunque me convenía seguirle la corriente para comprobar que era capaz de enseñarme. Había tenido a lo largo de mi vida, varios maestros por culpa de mi madre. No pensaba darle las gracias por nada. Su rasgo principal era la arrogancia. Todos se creían mejor que nadie. Este no sería diferente. Sin embargo, esta idea no estaba reñida con el hecho de que realmente era posible que conociese la forma de fortalecerme. Este lugar era muy diferente a todos en los que había estado, podía ser que conociesen alguna información que yo ignorase, algún tipo de método de pelea, movimientos concretos, entrenamientos especiales o cualquier cosa que pudiese hacer que me volviese más fuerte. Eso era lo único que me interesaba y, si este tipo no iba a ser capaz de dármelo, no dudaría ni un segundo en volver a palacio, aunque completamente decepcionada. —Le agradezco su tiempo —le dije sin olvidar mis modales. No hice ningún comentario más, me limité a observarle y a esperar a que me diese instrucciones. El lunarian se aproximó a mí hasta quedarse a tan solo un metro. —Me llamo Kaelith. Como sabes, soy el maestro del dojo y si quieres entrenar conmigo, vas a tener que mostrar interés y dedicación. Yo no entreno a cualquiera —sentenció para quedarse un par de segundos en silencio—. Dicho esto, bienvenida.

En lugar de tenderme su mano, que era lo que estaba acostumbrada, hizo una reverencia agachando parcialmente la parte superior de su cuerpo. No sabía si yo también debía devolverle esa especie de saludo, pero preferí no fastidiarla y corresponderle con una sonrisa, de compromiso más que real, y asintiendo con la cabeza. —Vamos a empezar, muéstrame lo que sabes —dijo desenvainando su espada y colocándose en posición de defensa. Sin pensármelo, desenvainé mis dos katanas. No pensaba comenzar suave por tratarse, simplemente de una toma de contacto. Desde el principio di lo mejor de mí, aunque de forma creciente para ir tanteándole. Empleé toda mi velocidad y fuerza en los ataques, lo cual no pareció servir demasiado. Era consciente de que siempre se podía mejorar, pero no estaba acostumbrada a que alguien fuese capaz de parar mis golpes con tanta facilidad. Por lo menos así comprobaba por mí misma por qué era tan reputado como maestro. Por el momento no me estaba decepcionando, así que habría que subir un poco el nivel. Crucé mis espadas en forma de equis y las descrucé apuntando hacia su pecho sin ningún tipo de miramiento. —Trinidad.

Antes de que el frío acero de mis katanas tocase su pecho se toparon con su propia espada, con la cual frenó el ataque, de nuevo con una aparente facilidad que consiguió sorprenderme. No estaba segura de poder acertarle con aquel golpe, pero lo que no me esperaba era que ese tipo pudiera, tan solo alzando su espada, pedir que llegase a descruzar las katanas. Estaba empleando todas mis fuerzas y él, con tan solo un movimiento grácil si sencillo, impidió que mis músculos pudiesen dirigirse hacia donde pretendía. Di un salto hacia atrás para alejarme de él, sin que mi mirada pudiese ocultar mi asombro. Era un tipo de gran tamaño, pero eso no justificaba su increíble fuerza y su destreza con su arma. Tras este ataque no tenía nada más que enseñarle. Eso era todo lo que podía ofrecer. Esperaba, al menos, poder sorprenderle, aunque fuese un poco, pero no parecía que considerase mis ataques algo fuera de lo común. Eso me molestaba y me animaba a partes iguales. Significaba que yo era una cualquiera, se había cruzado a lo largo de su vida con cientos de estudiantes como yo, pero también significaba que realmente tenía algo que podía enseñarme, que mi margen de mejora era amplio y que conseguiría cumplir mis objetivos si lo tomaba como maestro.

Envainé mis katanas, completamente consciente de mis limitaciones. Me sentía impotente por no haber podido mostrar más de mí, pero todo lo que hiciese a partir de ese momento, resultaría completamente inútil. No tenía sentido ir de más a menos. Ya le había mostrado todas mis cartas, pero no quería que aquel maestro creyese que me estaba rindiendo. —Tenías razón. Creo que podrías ayudarme a mejorar. No quiero decirte cómo tener que hacer tu trabajo, estoy segura de que eres un gran profesional, pero no me queda mucho tiempo en esta isla y me gustaría aprender todo lo posible en la menor cantidad de tiempo. No busco un milagro. Pienso dar todo de mí y esforzarme lo que sea necesario, aunque tenga que entrenar hasta la última hora que pase en esta isla —le dije con determinación. Al lunarian parecieron satisfacerle mis palabras, la menos la parte en la que me comprometía a entrenar duro. —De acuerdo —se limitó a decir—. Pero a partir de este mismo momento yo diré cuándo se acaba un entrenamiento. Desenvaina las katanas.

No pensaba llevarle la contraria. Desenvainé de nuevo ambas katanas y me quedé parada sin saber si continuar con aquel entrenamiento y atacar, aunque con menos fuerzas, o esperar alguna orden. Las indicaciones no tardaron en llegar. Colocó su espada en posición ofensiva y me pidió qué colocase mis katanas en posición defensiva para bloquear su ataque. En ese caso, no se trataba de habilidad, sino de fuerza. No quería que predijese sus movimientos ni ver si era capaz de seguirle el ritmo bloqueando una serie de ataques aleatorios.  Quería comprobar si tenía la fuerza suficiente como para frenar su espada, que se aproximaría hacia mí con una trayectoria clara y evidente. Empleando todas mis fuerzas, tiré mis katanas hacia atrás para coger impulso y las deslicé de forma vertical hacia su arma, en posición horizontal. No se movió ni un ápice tal y como esperaba. —¿Lo has notado? —me preguntó esperando una respuesta que no supe darle. No comprendía que quería que notase. —Ahora siente esto y dime qué diferencia hay — dijo al ver que no tenía la respuesta a su pregunta. Esta vez fue el que llevo su arma hacia atrás. Intuí que quería que invirtiéramos nuestros papeles y que ahora yo fuese la que bloquease. Coloqué mis katanas en posición horizontal, como él tenía la suya antes, y esperé su golpe. Me imaginaba que sería tan potente que sería capaz de romper mi bloqueo, pero fue un golpe sencillo. Fuerte, pero nada fuera de lo común. Enseguida volvió a echar su arma hacia atrás para realizar un segundo golpe. Me mantuve en la posición esperando el momento en el que nuestras espadas chocasen. Cuando ocurrió, lo noté. Se trataba de un golpe muy similar, ni más flojo ni más potente, pero algo distinto. No sabía decir que era, parecía más poderoso, pero no era cuestión de fuerza. Simplemente era diferente. Supuse que era bueno que hubiese notado la diferencia entre ambos golpes, pero me inquietaba no saber explicar dónde radicaba aquello que los volvía distintos.

Tras eso, bajo la espada esperando mi respuesta. —El segundo ataque era más... Vigoroso— contesté pensando en la palabra más adecuada para aquella sensación. No sabía cómo describir que este segundo golpe parecía que tenía más potencia, pero sin que se hubiese empleado más fuerza en él. El maestro asintió lentamente. Tampoco comprendía como realizar este tipo de golpe peculiar me podía hacer mejorar. Al fin y al cabo, prácticamente no había diferencia con el otro, más que una sensación. —¿Sabes lo que es el haki? — me pregunto repentinamente. No tenía ni idea. Le respondí moviendo la cabeza de un lado a otro. Kaelith envainó su espada y se sentó en el suelo del tatami de rodillas realizando un gesto con la mano para que yo hiciese lo mismo. También envainé mis katanas y me senté frente a él con una de las piernas cruzadas y la otra apoyada en el pie y con la rodilla hacia arriba. Apoyé mi codo en la rodilla y me dispuse a escuchar la explicación que imaginé que ahora vendría.

—El haki es una energía innata que fluye a través de todas las formas de vida en el mundo, manifestándose como una combinación de presencia, determinación y capacidad de intimidación. Aunque estas cualidades son comunes en los seres humanos, la mayoría no son conscientes de su potencial para acceder a este poder. Algunos lo despiertan de forma innata, otros, tras un arduo periodo de entrenamiento y otros no llegan a despertarlo nunca. Se trata de una extensión de la voluntad. Puede que esto no te diga nada ahora, pero cuando aprendas a dominarlo, lo entenderás. Hay diferentes tipos de haki. El de la percepción, conocido como kenbunshoku, el de la físico, conocido como bushosoku y el menos común de todos y que no puede entrenarse, el que es capaz de dominar la voluntad de los demás, el haoshoku. Los dos primeros pueden entrenarse, este último es innato. Solo unas pocas personas lo poseen, como nuestro emperador. Así que, dime. ¿Cuál de los otros dos despierta más tu curiosidad?

Me quedé unos segundos callada, intentando asimilar toda esa información. Parecía algo sacado de un libro de fantasía. De todas maneras, le seguí la corriente. Estaba claro que algo había hecho con su segundo ataque, no era solo palabrería. —Elijo el físico — respondí tras meditarlo unos instantes. La percepción era algo importante,  pero prefería algo más tangible. De nuevo, el lunarian asintió. —Debemos comenzar asentando los cimientos. En el caso de que llegues a aprenderlo, siempre podrás continuar mejorándolo, aunque esa será una tarea que tendrás que hacer sin mí, si no piensas quedarte demasiado tiempo aquí. Este tipo de haki te permitirá más adelante aguantar golpes de una inmensa potencia, así como asestarlos. Por el momento, tendrás que conformarte con poder golpear gracias a él usuarios de frutas logia. Son muy pocos, puede que nunca llegues a toparte con uno, pero es fundamental que aprendas esta lección. Sabes lo que son las logias, ¿no? — me pregunto al ver en mi rostro una expresión de confusión que no disimule también como esperaba. —Tenemos mucho por hacer.

Aquel día se hizo largo y consistió, principalmente, en hablar. Sabía que existían fenómenos y personas muy peculiares por el mundo, pero no imaginaba cuánto desconocía sobre él. Era consciente del poder sobrenatural que eran capaces de otorgar aquellas frutas del diablo, pero no sabía que se dividían en categorías. Por lo visto, había un tipo de frutas que otorgaban la capacidad de ser inmunes a los golpes corrientes. Había tenido suerte de ser avisada antes de encontrarme con alguien así. Tal y como me había explicado Kaelith, tratar de atacarles resultaba tan infructuoso como dar puñetazos al río. Aunque, tal y como me había advertido, era muy probable que nunca me llegase a encontrar con uno de estos usuarios, nunca estaba de más prevenir. Además, esto me serviría como toma de contacto con el haki. No tenía un poder increíble u original a causa de estas frutas. Tampoco lo quería. Pero conseguiría dominar el haki a la perfección y me convertiría en la mejor espadachina. Tras la charla, aprendí un poco más sobre el mundo que me rodeaba y me sentí mucho más motivada para comenzar con aquel entrenamiento. No podía, por nada del mundo, quedarme atrás. El resto de la banda iba a alucinar cuando les contase todo aquello, sobre todo Aspros, el único que lo comprendería. Por mucho que me costase, tendría que enseñárselo a la fuerza si era necesario a Yamamura. No podía continuar permitiendo que nuestro capitán viviese en la ignorancia. Me marché del dojo satisfecha. Ya casi se estaba poniendo el sol, habíamos comido allí mientras continuábamos nuestra charla. Para poner en práctica todo lo que había aprendido, me había citado al día siguiente a las ocho de la mañana, una hora mucho más decente.

Al día siguiente, me planté, puntual, cinco minutos antes de las ocho de la mañana en la puerta del dojo. No tuve ni que subir por las escaleras. Kaelith se encontraba de pie frente a ellas. Iba vestido igual que siempre y con su espada envainada en su cintura. Me informó de que aquel entrenamiento no tendría lugar dentro del dojo, sino en un lugar especial. No le pregunté, me limité a seguirle. Debía reconocer que en un principio había sido algo escéptica y no confiaba demasiado en que aquel hombre, más bien lunarian, pudiese ser capaz de enseñarme algo completamente relevante y que me hiciese mejorar de forma considerable. Sin embargo, a partir de la charla del día anterior había decidido confiar en él. No haría preguntas ni cuestionaría sus métodos de aprendizaje, siempre y cuando sirviesen para que aprendiese a dominar el haki. Caminamos en silencio durante varios minutos hasta que llegamos a la zona en la que tendría lugar nuestro primer entrenamiento. El del día anterior no lo contaba como tal, tan solo había sido una primera toma de contacto y una clase magistral. A pesar de no encontrarnos demasiado lejos de la ciudad, aquel paisaje era completamente natural. Se trataba de una zona boscosa con un pequeño río proveniente de una cascada. Cuando nos encontrábamos a varios metros ya había podido escucharla. Junto a ella era donde el maestro pretendía impartir su primera lección. Me temía lo peor, conocí entrenamientos que consistían en sentarse bajo una cascada. Una pesadilla. Si me lo pedía, lo haría sin mostrar ni un atisbo de duda, pero no me apetecía nada mojar mi ropa y mi pelo, menos con agua helada y que caía en torrente.

Suspiré de alivio cuando me explico en qué consistía aquel entrenamiento. No debía colocarme bajo la cascada para sentir como su cauce aplastaba mis hombros, tan solo tenía que situarme a uno de los lados y sujetar una de mis katanas, o ambas, para sentir cómo cortaba el agua. Hice exactamente lo que me pidió. Caminé lentamente, aunque con firmeza, para no resbalar con las rocas mojadas del suelo. Cada paso de mis tacones resonaba en aquel sendero húmero y cubierto de hojas hacia el punto donde la imponente cascada rugía con fuerza. Avancé hasta llegar al borde, justo al lado de la cascada. Allí, las pequeñas gotas de agua que se desprendían del torrente en caída libre mojaban mi rostro. Lejos de resultar molestas, estas diminutas gotas eran refrescantes. Pero a pesar de la frescura que ofrecían, deseaba no tener que mojarme mucho más que aquello. El tiempo era favorable. El cielo, despejado y de un azul profundo, permitía que el sol comenzara a asomarse por el horizonte, extendiendo sus cálidos rayos sobre aquel bosque. Sin embargo, las temperaturas todavía eran bajas, tanto por la época en la que nos encontrábamos como por el momento del día. El sol apenas había comenzado a salir hacía unas pocas horas.

Me explicó con detalle que era lo que tenía que hacer. Cuando comenzase a manifestar el haki no percibiría nada extremadamente especial. No cortaría aquella cascada por la mitad. No realizaría un movimiento épico mediante el cual el líquido se volviese tan tangible como cualquier elemento sólido. Pero sí que podría volver a sentir aquella sensación que me había causado su golpe, ese en el que había imbuido con haki su arma. Por el momento, me había dejado muy claro que no podría ver los resultados del entrenamiento de forma evidente. Era una cuestión de sensaciones que sentiría, además de que él mismo me lo podría confirmar. Por lo visto, aunque no se tratase de algo visible, él también sería capaz de percibirlo. No me motivaba demasiado, casi me habían entrado ganas de cruzarme con uno de esos usuarios poco comunes para poder poner en práctica todo lo que aprendiese. —Mejor prueba solo con una katana para empezar. Sujétala con firmeza con ambas manos y siente el agua de la cascada fluyendo por ella, deslizándose por su filo. Puedes cerrar los ojos si eso te ayuda, pero también puedes mirar y fijarte en los detalles. Lo que mejor te ayude a concentrarte. Yo te recomendaría cerrar los ojos para centrarte solo en las sensaciones. Es lo que te ayudará a percibir la diferencia cuando despiertes tu poder interior. No lo vas a despertar en un solo día, por muy habilidosa que te creas. No esperes grandes cosas del día de hoy, ni de el de mañana. Estos días ve abriéndote camino de forma pausada y segura. No desperdicies ni un solo minuto de los entrenamientos. Concentra todos tus esfuerzos en sentir el agua en la katana. Cuando llegue el momento te daré más instrucciones. Hasta ese momento solo medita.

Tras sus indicaciones se quedó completamente en silencio, sin perturbar la paz y el silencio del bosque. Hice lo que me pidió. Desenvainé tan solo una de mis katanas y la agarré con firmeza por el mango apuntando en horizontal hacia la cascada. No era excesivamente caudalosa, pero el agua caía con fuerza. Lo sentí al atravesar el agua con la katana, se me desplazó unos centímetros hacia abajo debido a la fuerza, pero en seguida la volví a enderezar para devolverla a su posición original. Cerré los ojos y traté de no pensar en nada más. Sabía que era capaz de concentrarme con facilidad y no distraerme, nunca lo había intentado durante tanto tiempo. Los primeros minutos eran los más fáciles, solamente pensaba en la sensación que me causaba aquel torrente de agua cayendo sobre mi katana. Sentía el líquido cayendo de forma irregular, a veces con más fuerza y otras con menos, pero siempre de forma furiosa. Sin embargo, al cabo del tiempo otros estímulos captaban mi atención y me desviaban de mi objetivo principal. Ya había sentido el agua caer durante un tiempo, la sensación era siempre la misma y comenzaba a aburrirme, sobre todo porque no entendía del todo el propósito ni qué se suponía que debía hacer para que la sensación fuese diferente. Los sonidos del entorno, en cambio, sí eran distintos cada vez. El sonido de la cascada chocando contra las rocas era bastante relajante y acompañaba de forma acompasada a la fuerza con la que el agua caía sobre la espada. El viento mecía las hojas de los árboles, haciendo que un sonido leve y susurrante se pudiese percibir de fondo, menos intenso que el de la cascada, pero también constante. A esto también se sumaba el canto de los pájaros. Más que un canto, eran piidos sueltos que parecían soltar para comunicarse. Antes de que me diese cuenta, había pasado una considerable cantidad de tiempo prestando atención a estos otros sonidos en lugar de concentrarme en el agua. Mierda. Intenté retomar mi tarea inicial, pero la desidia comenzó a apoderarse de mí cuando pasé otros tantos minutos centrándome en la tarea tediosa que se me había encomendado. Tampoco quería parecer impaciente y apresurar a Kaelith para avanzar en el entrenamiento. Si me había pedido que hiciera aquello, tendría un sentido. Tenía que confiar en él y seguir sus instrucciones por muy aburridas que fuesen.

Hicimos una pausa después de comer para continuar unas pocas horas más hasta que atardeció. No sabía qué hacía el lunarian durante tanto tiempo en silencio. Probablemente dormir sobre la hierba húmeda y las hojas de tonos ocres amontonadas sobre ella. Me daba envidia. Hice todo lo que pude, mi mejor esfuerzo, por centrar toda mi atención en el entrenamiento. Apenas me volví a distraer con los sonidos ajenos. Me cansé de sentir el agua, pero sobre todo de aguantar en la misma posición con las manos en tensión. De vez en cuando tenía que cambiar la postura para poder continuar. Cuando escuché la voz de Kaelith dando por finalizado el entrenamiento, sentí alivio. Al envainar la espada y bajar los brazos pude notar el dolor y la reverberación. Sentía el temblor en las manos a causa de haber estado durante tanto tiempo sosteniendo la espada bajo la cascada. Ahora me parecía extraño prescindir de esa vibración. Mi nuevo maestro no pareció interesado en rendir cuentas conmigo. No me preguntó cómo me había ido. No me preguntó qué había sentido. Ni siquiera me dio más indicaciones para saber qué era lo que debía haber aprendido o pistas para saber qué haría el día siguiente. Tan solo me dijo que me esperaba a las ocho de la mañana en este mismo lugar. Ya que me conocía el camino, no era necesario volver a quedar en el dojo hasta que nuestro entrenamiento volviese a trasladarse allí. Nos despedimos formalmente y anduvimos hasta el dojo, donde nuestros caminos se separaron. Él se quedó allí y yo me fui al palacio para descansar.

El día siguiente fue igual que aquel y el siguiente también. Me pasé como tres días en aquel bosque sujetando, mi katana bajo una cascada con los ojos cerrados. Mis brazos se resintieron, pero mi mente también. Lo peor era que todavía no tenía que aplicar ningún tipo de conocimiento que ya práctica, solamente sentir. Ya estaba ansiosa por comenzar con el verdadero entrenamiento, sin embargo, no di muestras de ello. No pregunté ni una sola vez cuando iba a avanzar, esperé a que fuese el propio maestro el que me lo indicase. Iba a ser consecuente con la decisión que había tomado de seguir a rajatabla sus instrucciones. Al fin y al cabo, me había dado cuenta de lo mucho que ignoraba sobre el mundo y todo el conocimiento que poseía aquel lunarian. Puede que para otros no fuese mucho, pero a mí me había hecho abrir los ojos sobre diferentes aspectos del mundo. El cuarto día me dirigí al mismo lugar con la intención de realizar la misma actividad, pero esta vez fue diferente. Kaelith me pidió que me sentase junto a él en una roca cercana a la cascada.

—Durante estos tres días imagino que te habrás familiarizado con el entorno, con la naturaleza viva, pero sobre todo con el agua de la cascada, con ese elemento que parece tener vida propia. Este tiempo de meditación te habrá permitido sumergirte en un mundo donde el agua, en su eterno ciclo, desempeña un papel esencial, tejiendo un vínculo entre tú y algo mucho más vasto y antiguo. Has podido experimentar la conexión profunda con este elemento primordial, sintiendo cómo cada gota que cae, cada corriente que fluye, es una manifestación del flujo continuo de la vida. Esta experiencia te ha unido con algo más grande, algo ancestral ancestral, una fuerza que ha estado presente desde el comienzo de los tiempos y que continuará cuando nosotros no estemos. El haki en su esencia más pura es precisamente eso: una parte integral del todo que conforma el mundo, una pieza vital en el vasto engranaje del universo. Ahora, quiero que des un paso más en este camino de aprendizaje. No se trata solo de sentir esta conexión, sino de convertirte en una parte activa y consciente de ella. Permite que el flujo del haki te atraviese y te envuelva, dejándote llevar por su corriente, como el agua que sigue su curso natural.

Me quedé un poco confusa, aunque creí ver un atisbo de lo que pretendía. Sonaba un poco ambiguo, pero, extrañamente, no me pareció una locura. No sabía cómo lo haría, no existían instrucciones precisas para algo como aquello, pero me sentía capaz. Cuando vi que el maestro no tenía intención de decirme nada más, me puse en pie y volví a aquel rincón al que ya me había habituado. Esta vez cerré los ojos antes de desenvainar la espada. Todo pareció quedarse mudo durante unos segundos, como si el mundo se hubiese parado. Cuando desenvainé la katana sentí muy claramente todos los movimientos a cámara lenta, cómo se movía cada uno de mis músculos al alzar las manos y colocarlas delante de mí, apuntando con el arma hacia la cascada. La sensación ya era familiar. La vibración del agua, las gotas salpicando, la humedad del ambiente. El césped y el musgo que crecía encima de las rocas gracias a aquella humedad. Los pájaros que bebían en el arroyo y que se alimentaban de los insectos que, a su vez, se alimentaban del césped. Era capaz de sentirlo, pero me encontraba bloqueada. No sabía cómo formar parte de aquello ni cómo se suponía que eso me permitiría despertar dentro de mí aquella fuerza llamada “haki”. Y, mucho menos, cómo transmitirla a mi espada, que ya era una parte más de mi cuerpo. Apreté mis puños sin saber cómo canalizar la fuerza y Kaelith pareció percatarse. —Ya lo tienes. Solo te falta exteriorizarlo. No hace falta fuerza física, relaja tus músculos.

Respiré profundamente y volví a sujetar la katana con la misma fuerza que antes, de forma algo menos tensa. A pesar de los sonidos del bosque, podía escuchar el latido de mi corazón, cuyo ritmo parecía sincronizarse con el de la cascada. En ese momento, sentí una cálida vibración en mi interior, como si una suave llama acabase de despertar. Volví a respirar de forma lenta y pausada y traté de canalizar esa energía hacia mi espada, como si de una extensión de mis brazos se tratase. Nunca había sentido una sensación igual ni parecida, era extraño. Parecía un hormigueo que avanzaba y se concentraba en la zona en la que yo pretendía. Cada parte de mi cuerpo por la que avanzaba la sentía más dura, protegida, como si llevase una armadura invisible e impenetrable. Se trataba de una extensión de mi ser, de mi voluntad, una manifestación de mi fuerza interior. Ahora, el agua que caía de la cascada ya no se sentía tan pesada. Apenas ejercía fuerza sobre mi katana. —Abre los ojos —dijo Kaelith, ahora a tan solo un metro de mí y con su espada desenvainada. Se encontraba en posición de defensa, sujetando su arma de forma horizontal. —Atácame. Ya.

Todavía con aquella sensación que se extendía desde mi pecho hasta mi arma, la saqué de debajo de la cascada y la eché hacia atrás para coger impulso. Las gotas cayeron por detrás de mí, pero no les presté atención. Con todas mis fuerzas, bajé los brazos para chocar mi arma contra la suya. Más gotas de agua salieron despedidas en todas direcciones. Aquel choque fue distinto a todos los que había tenido a lo largo de mi vida. Normalmente, por mucha fuerza que tuviese yo o mi oponente, siempre se daba un ligero movimiento, unos centímetros, incluso milímetros, el arma se desplazaba fruto del choque. Siempre se notaba aquella pequeña debilidad. Esta vez, no solo mi golpe fue más firme que nunca, sino que él resistió con una entereza muy similar, seguramente también haciendo uso de su haki. Se había bloqueado igual que en nuestra primera toma de contacto. Aquella vez sentí algo que no supe explicar, ahora comprendí que era el manifestando su haki y expandiéndolo hacia su arma. Ahora sí podía sentirlo con claridad.

No era cuestión de una increíble fuerza física, sino una manifestación más o menos tangible de la fuerza de voluntad. Kaelith esbozó una ligera sonrisa ladeada de satisfacción. En ese momento, comprendí que había superado aquella prueba con éxito. Despegué mi arma de la suya, unos centímetros deslizándola hacia arriba y me quedé mirándola, esperando apreciar con la vista algo diferente, lo cual no ocurrió. Parecía una espada corriente, nada fuera de lo común. En el momento en el que me distraje con mis propios pensamientos, dejé de sentir el haki y dentro de mí. Aquella llama se apagó, desvaneció, pero sabía que podría despertarla cuando quisiera. —Enhorabuena —me felicitó el lunarian—. Has conseguido despertar este tipo de haki con relativa facilidad. Eso sí, no creas que tu entrenamiento ha finalizado. Todavía te va a costar controlarlo a voluntad. No pararemos hasta que seas capaz de activarlo en cualquier situación, no solo cuando te encuentres en un estado de meditación. Además, también vas a aprender a mantenerlo el tiempo que seas capaz. Cuanto más lo entrenes, más poderoso será y mejor podrás controlarlo. Mañana quiero verte en el dojo a las nueve de la mañana. Vamos a descansar —dijo poniéndose en camino para regresar a la ciudad. Como todos aquellos días, le acompañé hasta el dojo y yo me dirigí al palacio. Tenía que contarle todo aquello a los demás, aunque ahora no era el momento. Mi prioridad sería continuar asistiendo al dojo para terminar de aprender a controlar el haki. No nos quedaba mucho tiempo, dentro de nada nos tendríamos que marchar de la isla, así que, tal y como le prometí a Kaelith, dedicaría todo mi tiempo a aquel entrenamiento. Me había comprometido y no iba a faltar a mi palabra. Además, yo era la principal interesada en finalizar el entrenamiento. Aquello me había abierto un mundo de posibilidades y no pensaba conformarme. Continuaría entrenando y buscando la manera de perfeccionar mi estilo de combate gracias al haki. A ambos hakis. Ya buscaría la forma de seguir con el entrenamiento.

Durante dos días más continué asistiendo al dojo para realizar entrenamientos menos severos y más claros. Cada vez me costaba menos despertar aquel poder con un menor nivel de concentración. Comencé a despertarlo en mitad de peleas contra Kaelith. Combatíamos con nuestras espadas de forma normal y cuando él me indicaba yo debía activarlo, cada vez en los momentos más peliagudos del combate. En un principio no era capaz, debía parar, quedarme quieta respirar y concentrarme, pero ahora, en tan solo instante, era capaz de imbuir mi arma con aquella fuerza. Al final, era algo que hacía de forma instintiva, casi automática. Me resultaba tan natural como los movimientos de mis brazos o mis piernas durante un combate. También cada vez aguantaba más tiempo. Al principio solo era capaz de mantenerlo durante unos segundos hasta que perdía la concentración, pero con el paso de las horas, este límite de tiempo fue aumentando de manera progresiva. El maestro parecía satisfecho. No solo seguía sus instrucciones con precisión, sino que lograba un buen resultado, el resultado esperado. No había pasado ni una semana y ya había logrado despertar el haki de armadura y controlarlo. No sabía si ese era el tiempo en el que se esperaba que debía aprenderlo, más, o menos tiempo del habitual. No era algo que me quitase el sueño. Lo único que me importaba era poder finalizar el entrenamiento antes de marcharnos de la isla. Y lo acababa de conseguir.

El último día el entrenamiento finalizó por la noche. Cuando el sol ya se había ocultado y la luna era la única que alumbraba el cielo oscuro, Kaelith me informó de que daba por terminado el entrenamiento. Ya no había nada más que pudiese enseñarme. Ahora era cosa mía, continuar aumentando mi poder y mi control del haki. Me despedí formalmente y le di las gracias por su esfuerzo. Él me correspondió y se despidió de manera formal. Le había juzgado antes de conocerle. No era la alegría de la fiesta. Se notaba que se quería a sí mismo más que a nadie, pero era un buen maestro. No estaba nada segura de que lo hubiese podido ser para alguien como Yamamura o como Jolyne, pero nuestra forma de ser no era tan distinta. Habíamos sabido entendernos y su método de enseñanza había resultado efectivo para mí. A pesar de su firmeza, había cumplido como maestro. Puede que precisamente por este carácter severo fuese capaz de calar tanto en sus alumnos, siempre que estuviesen dispuestos a aprender y a esforzarse. —No te confíes —me dijo repentinamente justo cuando estaba a punto de dar media vuelta para marcharme —. Esto puede parecerte ahora un gran poder, pero tendrás que continuar entrenando por tu cuenta o con otras personas que tengan un gran conocimiento del haki si quieres seguir avanzando. Dentro de poco te darás cuenta de que en el mundo existen personas extraordinarias, con un potencial que no eres capaz ni de imaginar.

—Lo sé —le contesté para que fuese consciente de que no pensaba quedarme estancada. Gracias a todas las personas que había conocido a lo largo de mi viaje, sabía que a medida que fuésemos avanzando, que nos fuésemos aproximando a nuestro objetivo, nos encontraríamos con personas mucho más poderosas y que muchas de ellas se entrometerían entre nosotros y nuestros propósitos, pero no pensaba permitírselo. Tenía razón en que no podía ni imaginar qué tipo de poder ostentaban estas personas, pero sabía que debía fortalecerme muchísimo más si quería alcanzar todas mis metas y proteger a las personas que me importaban. —Continuaré entrenando. Pienso llegar a lo más alto —fue lo único que le dije antes de dar media vuelta y caminar hacia la puerta. Él se quedó en silencio detrás de mí, completamente inmovil y observando como mi figura desaparecía tras aquella gran puerta dorada. Estaba bastante convencida de que sería la última vez que nos veríamos, pero esperaba que le llegasen noticias mías. A todo el mundo le llegarían. Cada vez estaba más convencida de que nuestra banda sería mundialmente reconocida, lograríamos grandes cosas y armaríamos un buen revuelo.


RE: [Fic][Entrenamiento] El eco de la cascada - Sentomaru - 16-06-2024

ENTRENAMIENTO: COMPLETADO
Puedes entrenar el primer nivel de Busoshoku (Añadido en la pestaña: Entrenar técnicas)

Busoshoku Haki (Base)

Busoshoku Haki
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Información

Tu Busoshoku envuelve tu cuerpo o armas y te concede la capacidad de golpear de manera exitosa a los usuarios de frutas logias, ignorando así su intangibilidad pero sin anular sus poderes.


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