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[Auto T1] - Justicia retributiva - Apolo Bahía - 06-08-2024 17 de verano, año 13
Reino de Ballywood, West Blue Escurrí el mocho y contemplé la obra que me había llevado toda la mañana, el cuartel había quedado impoluto. Ni siquiera hacía falta tener que limpiarlo tan a fondo a diario, más bien parecía que no le caía demasiado bien a mi superior y me ordenaba hacerlo como castigo. Admito que algunos sí pude habérmelos ganado pero algo me decía que a ese marine le encantaba presumir de medallas. Tampoco era para tanto, ni siquiera su rango era gran cosa. Con toda la parsimonia del mundo y entre bostezos, recorrí los pasillos mirando por las ventanas hacia el patio, mis compañeros se encontraban entrenando como de costumbre: ejercicio físico, pruebas de tiro, combates... El fusil no era lo mío, si el destino del mundo dependiese de que yo pudiese dispararle a un elefante a medio metro, entonces espero que el más allá nos tuviese preparada una buena fiesta de bienvenida. Ahora bien, si me dejasen entrenar un rato aunque sea un simulacro de combate, sé que nadie en ese cuartel podría pararme. Al menos podía ganarme la vida con algo. Entré al vestuario y recogí mi mochila, allí estaba mi skate acoplado a ella y más vale que así fuese. Mi reloj biológico acompañado del rugido de mis tripas me estaban diciendo que era hora de comer algo, así que recorrí los pasillos de vuelta y salí del cuartel. Hacía una temperatura agradable pero el día estaba nublado así que no merecía la pena ir a comer a Bollywood beach como de costumbre. Me senté en las escaleras de la entrada y de la mochila saqué un bocadillo. Comencé a comerlo lentamente con la mirada perdida clavada en el suelo, únicamente quería estar un momento a solas sin hacer nada, hasta que, minutos después, una voz me chirrió la cabeza mientras veía aparecer unas botas en mi campo de visión. Levanté la mirada como si la cosa no fuese conmigo. Mi maldito superior...
— Apolo! Necesito que hoy hagas patrulla por East Ballywood, así que ponte en marcha
— ¿Y por qué no mandas a uno de tus soldados favoritos? ¿no ves que estoy comiendo? — Nunca había estado por East Ballywood y la verdad es que no podía darme más pereza la idea. Esa zona era el principal foco de criminalidad de la isla, mucha gente lo trataba como un estercolero pero yo no podía hacerlo, no conocía el lugar y no todo el mundo de allí era culpable de que la vida les pusiese en aquel barrio. Pese a ello, la idea de que algún borracho tuviese ganas de bronca o cualquier persona desubicada le apeteciese montar un numerito era algo que ya me fatigaba de primeras, no por miedo o algo similar, sino por la pereza que me daba tener que ponerme a repartir golpes.
— ¿Y tú acaso no ves que soy tu superior? — Empezaba a perder la paciencia demasiado rápido
— Y a mí qué me cuentas, todos tenemos problemas en esta vida, ¿me sigues? — seguí a lo mío, la verdad es que en ese momento me importaba más ese bocadillo que lo que tuviese que decirme
— Quizás adónde me vas a seguir tú es al calabozo, o a tomar por culo de esta isla — le empezaba a temblar la ceja y poco a poco estaba aumentando el tono de su voz
— Suspiré, me levanté desganado y me cuadré ante él de la forma más floja que podía — Si es que qué poca paciencia... ¡Al toque! — tuve que apretar mis labios con fuerza porque la situación me causaba demasiada risa y, reírme ante él, sí que me habría causado problemas
Mientras mi superior seguía su camino hacia dentro del cuartel, me quité el pañuelo del cuello y la gorra de marine, guardándolos en mi mochila junto al bocadillo. Me desabroché entera mi camisa blanca, me peiné el pelo hacia atrás con los dedos, cogí mis cosas y puse rumbo hacia East Ballywood. Él dijo que patrullase por la zona pero en ningún momento dijo que tenía que ir identificado como Marine, así que mi plan era simple, dar una vuelta por la zona, tener una tarde tranquila y volver a mi casa. Si hubiese entrado allí uniformado y solo, seguramente la cosa se habría puesto tensa. ¡Así que gracias por nada, protocolo de vestimenta!
Podías darte cuenta de que estabas llegando al lugar porque a poco iban apareciendo cada vez más fábricas, las casas eran baratas y el pavimento estaba descuidado. El contraste con Ballywood Hills era notorio, ni siquiera parecía que perteneciesen a la misma isla. Empecé a dar vueltas por el barrio con parsimonia y las manos en los bolsillos, el barrio estaba embarrado por las lluvias de la noche anterior y eso era una faena porque ni siquiera podría matar el tiempo patinando por el lugar. La postal era bastante deprimente: un día nublado y húmedo, fábricas contaminando y suciedad por el suelo. Al menos que fuese de día ayudaba a la calma, por la noche seguramente eso se convertiría en un hervidero de gente alcoholizada, drogada y quizás algún que otro pirata buscando desfogarse con alguna trabajadora de la calle. Otros quizás sólo vaguen por la calle al no tener techo. Otros quizás simplemente buscasen algo que comer entre la basura. Pero yo no era un héroe, ni podía cambiar el mundo, así que simplemente mi objetivo allí era estar atento y atrapar a los terribles malhechores que pudiesen causar el pánico en nuestra querida isla. Irónico, cuanto menos, porque seguro que la Marina podría encontrar gente peor entre la población de Ballywood Hills ocultos y disfrazados bajo el lujo y el materialismo. Pero qué sabré yo, como repito, no soy un héroe.
Tras casi una hora dando vueltas por el lugar me cansé, así que decidí entrar en la primera taberna que vi cruzando una puerta de madera al lado de una cristalera grande, eso sí, me quité la mayor cantidad de barro posible del calzado antes de entrar. El lugar era bastante lúgubre y las tablas del suelo crujían cada vez que mis botas las presionaba. Tenía una barra en frente de la puerta y cuatro mesas a la derecha. No había mucho ruido, tan sólo se oía a un grupo de ancianos tomándose un vino en la mesa pegada a la cristalera. Yo decidí sentarme en la esquina, era un buen lugar para estar tranquilo y poder controlar todo el lugar a la vez. No era el lugar más bonito del mundo pero tampoco parecía malo, simplemente era humilde. Estaba dirigido por un señor en la barra y una mujer rubia de mi edad que atendía las mesas, tenía pinta de ser su hija, la cual vino a atenderme y yo le dediqué una de mis mejores sonrisas
— ¡Hola monada! ¡ha sido un duro día pero cómo me alegro de verte! No sé qué tendrás para este pobre y cansado hombre — sujeté con delicadeza la palma de su mano comprobando su dedo anular— pero quizás un tremendo y vigoroso zumo de piña estaría perfecto ¡kakahaha! — una de dos, o ese numerito provocaba que la camarera me cruzase la cara, o quizás la hacía reír y conseguía que me invitase. Sea como fuere, uno tiene que aprovechar los dones que su madre le dio y luego ya se verá qué ocurre. Por lo pronto ella se rio y un minuto después me trajo mi zumo. La cosa no empezaba mal. La sensación fría recorriendo mi garganta y ese sabor siempre me resultaba agradable, me recordaba a mi casa, a mi auténtica casa en el South Blue, me refiero. Allí me quedé un rato largo sumido en mis pensamientos hasta que una imagen rompió mi burbuja: vi a dos niños entrar al bar a pedir agua. Estaban bastante delgados y llenos de hollín, con una camiseta blanca manchada y rota y unos pantalones marrones parcheados. Pero lo peor de todo era que estaban llenos de cicatrices, moratones y heridas por los brazos. No me quería ni imaginar en qué estado estarían las partes del cuerpo que sus ropas ocultaban
Dejé un par de monedas sobre la mesa y salí detrás de esos niños, siguiéndoles desde una distancia prudente para ver qué ocurría, la situación no me daba buenas vibraciones. Estuvieron un par de minutos callejeando hasta que los vi entrar en un pequeño almacén oculto entre las fábricas. Sumé dos más dos y, aunque en muchas ocasiones me diese pereza actuar, hay líneas que conmigo no se deben cruzar. Monté guardia cerca de la zona, disimulando sentado en el suelo con la espalda apoyada en el ladrillo de las paredes de las fábricas cercanas. Horas después, cuando ya estaba atardeciendo, los niños salieron del almacén así que una vez se fueron alejando, era mi turno de actuar. Me acerqué a la puerta metálica del almacén y la golpee con los nudillos esperando respuesta. Unos segundos después, una mirilla se deslizó y a través de ella vi dos ojos redondos como canicas
— ¿Qué quieres? ¿Quién eres?
— ¡Hola! — puse una sonrisa y una cara amigable — mi nombre es Jack y soy un mercader que viene del Reino de Ilisia, me han pasado tu contacto y me han dicho que posees este almacén, necesito hacer negocios contigo, ¿me sigues? — oí cómo las llaves se deslizaban y comenzaban a abrir la cerradura de la puerta, no me podía creer que algo tan improvisado fuese a funcionar. Aunque a decir verdad, sí me lo podía imaginar ya que el Reino de Ilisia comercia con piedras preciosas y artesanía... y por la plata baila el mono, todo este tipo de escoria es igual — ¡dígame su nombre, amigo, por favor!
La puerta se abrió y desde dentro me invitó a entrar, a lo cual accedí. Eché un vistazo rápido al almacén y pude ver que la única entrada y salida era esa puerta, las ventanas no podían abrirse y estaban demasiado altas, olía a humedad y entraba una tenue luz anaranjada del atardecer. Todo estaba lleno de cajas de madera enormes apiladas por todas partes, barriles y herramientas. También había un pequeño despacho, que imagino que es lo que utilizaría este tipo, tipo que me miraba con una cara curiosa
— Pasa, pasa y llámame Mr Davis
— ¡Encantado, Mr Davis! — me tocaba hacer el papelón de mi vida ya que su cara me resultaba repugnante. No había visto una expresión más interesada en mi vida. Era un señor entrado ya en su cuarentena, con una buena panza y con la camisa y los pantalones a punto de reventar. Le quedaban cuatro pelos sudados los cuales se peinaba a modo de cortinilla, como intentando negarse a la evidencia y la verdad es que su bigotillo de roedor me daba bastante grima. Era el prototipo de persona conservadora que vendería a su familia por cuatro monedas de oro, cuyos hijos no le deberían tener mucho aprecio, su mujer seguramente tuviese un amante y que él tenía toda la pinta de desfogarse a escondidas con prostitutas. Su olor a puros, whisky, colonia barata y sudor no ayudaba a la situación y daba la sensación de que a pesar de no ser anciano, podría morirse en cualquier momento ahogado. — Verás... me dedico a la exportación y venta de piedras preciosas y me preguntaría si podría utilizar este almacén para esconder la mercancía. Pagando una buena parte de mis ingresos, claro está, me han dicho que eres un socio bastante cualificado y discreto. Sobre todo discreto — le di una palmada en el hombro, a modo de complicidad
— ¡Por supuesto! — se frotaba las manos— y dígame, ¿quién le ha pasado mi contacto?
— Primero tendremos que establecer una confianza mutua, ¿me sigue, Mr Davis? Ya sabe que el mundo de los negocios son complicados ¡kakahaha! Parece éste un buen almacén — buscaba el halago fácil, manipular a este tipo de imbéciles era lo más sencillo del mundo — ¿lo lleva usted solo?
— Sí, bueno, ya sabe, al final soy la principal mano de obra, me encargo de generar mi propia riqueza, aunque también un par de empleados ¡hihihihi! — su risa me estaba amargando
— Perfecto, pues mire, hagamos un contrato improvisado, puro paripé para quitarnos a la Marina de encima y ya le voy contando mi plan, ¿me sigue?
El empresario asintió con la cabeza y se metió en su pequeño despacho, en lo que venía, cerré la puerta del almacén con llave y me la guardé. El muy imbécil se la había dejado en la cerradura. Volví al lugar en el que estaba y esperé a que volviese. Me tocaba hacer las cosas a mi manera.
— Antes de nada, ¿puedes enseñarme el tipo de mercancía que almacenas? Quizás podamos buscarle una mejor salida, tengo contactos por todo el West Blue
Mr Davis accedió y comenzó a abrir las cajas de madera con una palanca. Casi todas ellas estaban llenas de piezas metálicas de todos los tamaños, trabajadas en las fábricas para poder darles varios usos, ya sea en la construcción de barcos, de armas, o de cualquier tipo de material. Sin embargo, en otras cajas también había armas, algo normal visto el comercio de Ballywood pero la forma de almacenarlos me confirmaron que, efectivamente, además de explotar a aquellos dos niños, este tipo era un contrabandista. En los barriles simplemente había alcohol en unos y todo tipo de alimentos en otros, ya sea vegetales, frutas o tarros varios
Me senté sobre un barril, hurgué en mi mochila, saqué la gorra de Marine y se la lancé. El hombrecillo, al observarla, se quedó pálido. Miré dentro de un barril y con toda la parsimonia del mundo saqué una manzana verde, ácida, las que más me gustan y con la vista cansada me quedé mirando a Mr Davis. Él empezó a ponerse nervioso y se dirigió hacia la puerta metálica, dándole tirones
— ¡Kakahahaha! ¡corre, corre! Te propongo un trato, barrigón, si consigues salir de aquí mientras me como esta manzana, eres libre
Mr Davis intentaba tirar la puerta a patadas, algo imposible ya que era metálica, mientras yo comía tranquilamente la manzana. Le enseñé las llaves
— Yo probaría otra cosa — su desesperación me estaba empezando a divertir, era hora de cobrar
Mr Davis daba saltitos intentando llegar a las ventanas, pero estaban demasiado altas y no podía subirse ni atravesar el cristal. Intentaba hacer torres con las cajas pero era muy lento e intentar quitarme las llaves a la fuerza era una opción irreal
— La manzana se acaba, Mr Davis, vamos, tú puedes — El empresario seguía intentando mil ideas pero era incapaz de poder salir, estaba atrapado. Terminé de comer, me acerqué a él y le di una palmada en la espalda — Bueno, quizás lo de ser un gato no es tu fuerte, he ganado — bostecé sonoramente— Ahora te propongo una cosa, te vienes tranquilito conmigo al cuartel y no me das la tarde, ¿me sigues?
— ¡que te den Marine! — intentó apartarme empujándome con el hombro y fue hacia una caja, de reojo vi que era una de las que contenía armas. Estaba intentando agarrar una daga. Sin darle opción, lo derribé con un barrido de jiu-jitsu con la pierna
— No estarás pensando... ¡oh no Mr Davis! No podemos empezar una amistad de esta forma, me romperías el corazón... tengo una balanza que está desequilibrada así que tú me ayudarás a equilibrarla, ¿vale? — como si de un balón de fútbol se tratase, le solté una patada en el lateral derecho de su cuerpo, en las costillas. Podía oír como el golpe provocó que le costase respirar. El mensaje estaba enviado y su única opción era obedecerme. — Verás... tengo un juego que me gusta mucho jugar, consiste en que ahora mismo, tu misión es vaciar absolutamente todas las cajas y barriles de este almacén, ¿me sigues?
— S...Sí — Mr Davis tembloroso no tuvo más remecio que hacer caso a mis peticiones. Comenzó a vaciar todas las cajas
— ¡Pero más rápido! — saqué otra manzana de un barril y se la tiré con fuerza a la espalda — ¡y ni una queja!
Pasaron los minutos y por fin todas las cajas estaban completamente vacías
— Ahora quiero que las vuelvas a llenar. Y una vez llenas, las quiero apiladas ¡kakahaha! — Mr Davis me miraba paralizado, no sé si por verme sonreír o porque se pensaba que me faltaba un tornillo — Oye Mr Davis, una pregunta... ¿tú te ves la polla? Nah, déjalo, no me respondas, dios qué asco me acaba de dar eso ¡kakahaha! — cada vez escuchaba al hombre respirar más fuerte, sólo esperaba que no le diese un infarto allí mismo, si no a ver cómo explicaba yo esta situación en el cuartel.
El tiempo siguió pasando hasta que las cajas estaban llenas y apiladas de nuevo
— ¿Y ahora sabes qué... Mr Davis...? con educación — abrí los ojos con una sonrisa esperando una respuesta
— D-Dígame señor Jack — estaba agotado y temblando
— ¡Kakahahaha! Jack dice, mira que eres burro. Mr Davis, está la cosa muy clara, ahora baja las cajas y vacíalas de nuevo. Y luego las quiero llenas y apiladas. Y luego las quiero vacías. Y luego llenas y apiladas ¿Me sigues? ¡kakahahaha! — empecé a aplaudir, provocando la desesperación en él
Las horas pasaron en ese almacén con Mr Davis repitiendo el mismo trabajo una y otra vez sin tener descanso. Miré por la ventana y me di cuenta de que faltaba poco para que volviese a amanecer
— Mr Davis, me aburro. ¡Tienes que ponerle un poco de voluntad a tu trabajo, hombre! ¡ya sé! Cantemos algo. Conozco una canción que cantábamos en el South Blue cuando era pequeño. Yo empiezo y tú me sigues, ¿vale? — me empece a aclarar la voz preparado para entonar— Qué bien te veees ~~ te adelanto no me importa quién sea éééél ~~ — me fui acercando a él poco a poco moviéndome de lado a lado, bailando — dígame usteeed ~~ si ha hecho algo travieso alguna veeez ~~ — Mr Davis me miraba incrédulo, deseando simplemente haber estado entre rejas — una aventura es más divertida si huele a peligrooooo ~~ — le sonreí apuntándole con los dos dedos índices esperando a que siguiese la canción
— P-por f-favor... llé-llévame a c-cuartel.... — El hombre me hablaba casi sin energías
— ¡Mal, Mr Davis! — le agarré de la nuca y golpeé su cara contra una de las cajas llenas de piezas metálicas, provocando que su nariz sangrase — la canción sigue con un "y si te invito a una copa y me acerco a tu boca"
— Agghhh e-esto es i-ilegal, l-los Marines t-te...neis unos p-pro...tocolos. T-Tus supe...riores... no lo permi...tirían — del golpe estaba desorientado
— ¡Oh... no... Mr Davis! ¿pero acaso tú ves a alguno de mis superiores por aquí? — Dejé de fingir una expresión sonriente e irónica para ponerme serio por fin — Verás... esta tarde vi a un par de niños desnutridos, llenos de golpes y heridas salir de este mismo almacén... y ya te he dicho que tengo una balanza que equilibrar, contrabandista explotador de niños — Ese hombre había cruzado mi línea así que comencé a patearle como si fuese mi saco de entrenamiento. Un golpe tras otro, en el torso, la cara, las extremidades... sólo podía pensar en lo que habrían vivido aquellos dos niños y cómo se habría aprovechado de su situación, todo parecía apuntar que eran huérfanos. A Mr Davis le tocaba recibir una retribución de mi propia justicia: recibir el daño que él mismo causó. Eso no le devolvería nada a esos dos niños pero al menos yo me quedaba más tranquilo mandando un mensaje.
El hombre acabó malherido e inconsciente, así que yo aproveché para dejarle en calzoncillos, atarle los pies con una cuerda, lanzarla a través de una viga del techo y atarla colgándole boca abajo del techo. Recogí mis cosas y cerré la puerta desde fuera — Mierda... necesito una coartada... ¡Ya sé! — Saqué la gorra y el pañuelo de Marine de la mochila, me los puse y empecé a tirarme barro por la ropa y a dar vueltas por el suelo. Rompí un poco la camisa y el pantalón, me ensucié un poco la cara y puse rumbo al cuartel de vuelta.
Ya era primera hora por la mañana, así que mi superior ya tendría que estar por allí. Entré al cuartel fingiendo una cojera, llegué hasta la puerta de su despacho, llamé, entré y me cuadré ante él
— ¡He descubierto a un contrabandista que explotaba niños! — tenía que volver a hacer un papelón
El superior me miraba de arriba a abajo... — ¿qué cojones has hecho, Apolo? ¿por qué vienes lleno de mierda y con el uniforme para tirar?
— El contrabandista que descubrí me atacó por sorpresa al ver mi ropa de Marine pero pude con él. Lo he dejado encerrado en el almacén en el que operaba — lancé las llaves a su mesa
— ¿Y por qué cojones no lo has traído tú, Apolo? — se llevaba la mano a la frente, era primera hora y ya estaba agotado
— ¿No ves que estoy cojo? ¿Cómo cargo con él? Además... mucho he hecho ya, tú me dijiste que estuviese de patrulla, no que salvase el barrio, tienes que ser más claro con tus órdenes. También hay dos niños huérfanos por la zona, que la Marina se encargue de ellos. Trabajo en equipo, yo me encargo del problema y que otro haga la otra parte — le ofrecí el puño sonriendo para chocarlo
— Maldigo el día en el que apareciste en este cuartel. Mandaré a un soldado, ahora sal de mi vista
Me fui cojeando por la puerta aguantándome la risa, seguramente mi superior no se hubiese creído que me habían atacado pero tampoco tenía pruebas para demostrar lo contrario. Me metí en el vestuario, me limpié la suciedad con agua y decidí escaquearme un rato. Había pasado la noche en vela y estaba cansado, así que salí al patio del cuartel, me metí entre unos arbustos escondido y me tumbé sobre el césped, tapándome la cara con la gorra. Era hora de dormir un rato, los problemas ya los resolvería el Apolo del futuro.
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RE: [Auto T1] - Justicia retributiva - PX-2 - 07-08-2024 Aventura Tier 1 Autonarrada Completada
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