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[P.Relativo/Recolección] Lo roto... - Viktor - 09-09-2024 10 de otoño, año 13
Costa de Báltigo
Herrería de aprovechamiento. Supongo que casi podría acuñar el término si quisiera, dada mi experiencia con la forja. En mi corto tiempo como herrero a tiempo parcial, todos los utensilios, armaduras y armas que había construido estaban hechos con retales de metal o cuero encontrado en barcos destruidos o con cosas inútiles del Parabellum. Nuestros viajes nos habían granjeado múltiples cofres llenos de pura chatarra que, finalmente, terminaban en la bodega de carga cogiendo polvo. Como nosotros en esta isla. Sin embargo había decidido darle un uso a estos. — Es hora de equilibrar la balanza. — pensaba mientras miraba a Shimei Kaeru, mi espada predilecta sobre su peana en mi camarote, observándome en la penumbra, como si escudriñara mis adentros como siempre. — Siempre has sido mi oscuridad, la sombra dentro de mí. El monstruo que no quería dejar salir. — dije mirando a la espada como si esta pudiera oírme, levantándome y caminando hacia ella. — Ahora que hemos dejado que el monstruo tome las riendas, quizá sea el momento de apelar a nuestra humanidad. De materializar nuestra bondad de alguna manera. — proseguí mientras pasaba la mano suavemente por la saya de Shimei Kaeru. — Sí… ya era la hora. — dije casi como un susurro y me giré encarando la puerta. Lo primero serían los materiales. Poco quedaba en el último barco varado que había en la playa pero intentaría extraer al menos madera en buen estado y algo de metal sin oxidar. El día estaba despejado y el clima otoñal era agradable. Quizá de las pocas otoños que no me molestaban en toda mi vida puesto que al no haber una vegetación prominente, los pólenes caídos de los árboles ya marchitos no eran tan abundantes y se respiraba un aire limpio y fresco. La brisa marina se colaba entre mi camisa, medio abierta, que llevaba con las mangas recogidas y sin meter por el pantalón. Se agradecía poder pasar tiempo a solas fuera del barco tras la nueva incorporación de Carmilla y Shoto. No es que me molestara la gente, pero el barco se había vuelto mucho más ruidoso desde que llegaron y a veces me costaba concentrarme. Nada que un largo paseo por la costa no pudiera arreglar. El tiempo era tan agradable que decidí sacar mis botas y llevarlas de la mano, subiendo ligeramente mis pantalones hasta la altura de las rodillas y caminando por el borde del mar, justo donde las olas morían en manos del rocaje vivo que era a la vez nuestro hogar temporal y nuestra cárcel. Lo suficientemente lejos como para no meterme en el mar, lo suficientemente cerca como para sentir el frescor marino y refrescar mis pies en la arena húmeda. Fueron necesarias hora y media para llegar al único barco encayado que quedaba por revisar. Este parecía ser reciente y tenía múltiples suministros. Con las botas ya puestas, avancé por el casco roto y observé alrededor. Al contrario que otros barcos, este presentaba claros signos de combate reciente. Los cortes sobre la madera dura y firme del casco afirmaban mi teoría de que qeuellos que habitaban el castillo de piedra que habíamos podido avistar debían ser algún tipo de organización guerrera. Entre mis teorías estaban solo algún pirata que se hubiera establecido cómodamente allí, o un asentamiento revolucionario. Lamentablemente, Sohem nos ordenó evitar la zona a toda costa, queríamos pasar todo lo desapercibidos posibles y así lo hicimos. Tras largo rato examinando el lugar, conseguí dar con parte de la madera más resistente del casco en un estado relativamente bueno, dado que aún la mar no había hecho mella en su estado con las algas marinas pudriéndola y haciéndola totalmente inservible. Tuve a bien arrancar diversos pedazos de estas vigas ya prácticamente despegadas de sus hermanas y vecinas. Suficiente madera para crear el mango de mi nueva arma, así como una adecuada saya que contuviera su filo. Apilé toda esta madera en el exterior del navío destruído y volví para saquear la bodega de carga, o lo que quedaba de ella. Quienes destruyeran el barco habían sido muy descuidados a la hora de saquearlo dado que mucho de lo que es realmente útil como piedras de afilar, hojas sin pulir o armas a medio hacer, estaban aún en sacos de cuero dispuestas a valerme como material. Esto me hacía pensar que los atacantes no estaban interesados en robar a los pasajeros si no simplemente en defender sus lindes y en evitar ser descubiertos. Si además no se llevaron las armas es porque lo que encontraron es peor que lo que tenían. Esto reafirmaba mis ideas que quienes se encontraban en la zona eran revolucionarios, pues cualquier pirata que se precie hubiera intentado llevarse todo lo posible. Ya sabes, arrasa con lo que veas… Por suerte para mi, todo el acero que dejaron fue mi tesoro y valdía lo suficiente para ser calentado y plegado hasta generar la hoja de mi espada. De hecho, bien usado, el mismo cuerpo de las bolsas que lo contenían podía ser usado para los adornos del mango, cosa que haría de mi trabajo por fin algo más que un utensilio rudimentario, algo que seamos honestos me alegraba con mesura. Tras hacerme con todo el material que consideré necesario para la forja y confección de una katana en condiciones, salí para recoger la madera recolectada y volver sin prisa al Parabellum. Otra hora y media cargando kilos de hierro y madera que iban a ser la materia prima para un nuevo arma insignia. Sin embargo, una vez en el barco, fui directo a la habitación que provisionalmente usaba de forja, aunque no estaba acondicionada para tal uso, y dejé todos los materiales apilados para su fabricación al día siguiente. Aún quedaba día por delante, pero estaba cansado y prefería forjar cuando por dentro algo me lo pedía. Aproveché para salir a socializar con mis compañeros, que debían estar empleando el tiempo en preparse para nuestra partida de la isla. Chloe fue a la primera que vi, oteando desde la cofia del vigía el horizonte, desde donde me supuse que había divisado mi retorno de la búsqueda. Subí lentamente por la escala del mástil hasta alcanzarla. — ¿Piratas en la costa? — pregunté, intentando rascar una sonrisa de la tiradora, que desde el entrenamiento había estado sumamente concentrada en entrenar y mejorar su capacidad ofensiva. — He estado en otro barco, lamentablemente ningún rifle… solo cuchillas apunto de oxidarse. — dije mirando a su rifle, el cual, sinceramente, no nos dijo de donde sacó. — Ojalá se me diera mejor fabricar armas de fuego, podría intentar hacerte uno suficientemente poderoso para que se ajuste a ti. — dije mientras me apoyaba sobre la baranda de la cofia y la miraba. — La verdad que me siento mal por rompértelo, supongo que le tendrías cariño. — dije con tono algo más suave, porque la verdad me sentía bastante mal. — Bueno, era un rifle. Ahora tengo este y realmente se adapta más a mí. — dijo, sorprendiénme — Lo encontré en una expedición y curiosamente no solo es mejor que el que tenía, siento que estaba hecho para mí. — explicó la tiradora mientras volvía a otear el horizonte y yo la miraba en silencio. “Como si estuviera hecho para mi.” Siempre sentí esa conexión con Shimei Kaeru y pensé que ningún otro arma podría hacerme sentir algo igual pero, si Chloe había sido capaz… ¿qué me impedía a mi hacerme con un arma nueva, hecha por mí mismo, y que se adaptara a mi estilo de combate y mi alma como mi primera espada? Supongo que tenía razón. Decidí no molestarla más y bajar de la cofia, encontrándome así con el jefe, que observaba el estado del navío, las velas y cabos. — Estuve en el último barco por revisar, jefe. — dije mientras él me ignoraba y continuaba revisando nudos y cabos. — Madera en buen estado, pero no para un barco, quizá para retales. Por desgracia no había víveres. — informé, ya que estábamos empezando a acercarnos al límite de necesitar más comida y bebida. — Solamente encontré hojas viejas y algo dañadas, quizá valga para reparar algo o … — dije hasta que el jefe se giró bruscamente hacia mí para contestarme — Si está roto no vale una puta mierda. A la basura o haz algo nuevo. — y prosiguió sus tareas ignorándome totalmente. Tenía algo de razón. Quizá lo roto no puede refundirse, pero puede convertirse en algo nuevo. Quizá si el yo que salió de Skypiea está roto no pueda volver a ser igual, pero puedo convertirme en algo distinto. Solo necesitaba, como al crear mi espada, herramientas y materiales adecuados. Este pensamiento cargó mis energía y me infló el pecho. No lo iba a demorar más. No iba a esperar a mañana. El sol comenzaba a esconderse y yo volvía a la zona donde me dedicaba a forjar para comenzar el diseño de la hoja. Utilizando papeles viejos y tiza, comencé a dibujar esbozos del diseño de la hoja. Una curvatura típicade katana, esperando realizar una hoja de noventa centímetros o un poco más, para que se asemejara más a Shimei Kaeru. No me importaba si quedaba algo más pequeña pues al ir en la zurda, sería más manejable, aunque yo no tenía muchos problemas de cara a usar una o dos manos, la suerte de la lateralidad y las buenas enseñanzas de mi sensei hicieron lo suyo en este aspecto. No fue hasta que vi claro el diseño que comencé a juntar los pedazos de metal y prendí la hoguera necesaria para calentarlo al rojo vivo y fundirlo. Cuando comencé a golpear el metal, el proceso comenzó. El mundo se hizo silencio para mi y solo fuimos yo con el metal en rojo. El ocaso y la luz tenue de una lámpara de aceite eran suficiente para poder ver cuando el metal estaba en el punto exacto de temperatura para comenzar a martillear. Primero estiré el material hasta volverlo fino y largo, para, acto seguido plegarlo sobre si mismo y duplicar las capas que volverían al fuego. Este proceso se repitió incontables veces, generando así cada vez más y más capas de metal que serían el núcleo de mi hoja. Cuando finalmente biselé el filo y lo enfrié, observé la hoja en bruto agarrándola con unas pinzas y mirandola de lado a lado. Para mi sorpresa, cuando giré un poco la cabeza, descubrí que tenía alguien observando. Shoto, el joven nuevo recluta del gremio estaba observando como creaba mi arma, absorto en mi tarea. Ya me había comentado que se le daba bien realizar apaños a diversos materiales por lo que no era extraño que le gustara la creación de armas también. — ¿Qué te parece? — le dije mientras se la pasaba, pues ya estaba fría. Shoto la cogió como esperaba de alguien que jamás usó un arma, por el filo y la zona donde iría el mango, elevándola y bajándola varias veces como comprobando su peso. — Muy pesada, ¿no? — dijo con plena convicción. — Tú eres más fuerte que yo pero, si fuera para mí, sería más ligera. — dijo devolviéndome la hoja recién forjada. — Así sería más manejable y podrías usarla con mayor destreza. — finalizó el manitas con su tono amigable habitual, mientras yo observaba la espada a medio hacer. — La cena está lista. — dijo antes de irse — Sí… Yo iré luego. — contesté deteniendo mi cadencia de palabras y bajando mi tono poco a poco sin dejar de mirar la espada. — Cuando… termine. — susurré. ¿Más ligera? Podría ser interesante. La forma era la adecuada, el diseño era casi perfecto, pero si realizaba ese último paso sería mejor. Comencé a lijar la superficie de la hoja para pulirla y dejarla en un estado casi final. Lijé y lijé sin parar hasta comer el suficiente material como para reducir su peso considerablemente en comparación a Shimei Kaeru. Ya conocía su peso de memoria y estaba seguro de que esta nueva hoja pesaba mucho menos. Me puse en pie y, con un clásico movimiento de limpieza de sangre, comprobé que así era. Estaba contento con el resultado y la dejé junto a las herramientas para ir a cenar. Todos se habían ido a dormir ya y mi cena estaba en el plato, fría. Cené en silencio y en total oscuridad para, acto seguido, ir a la cama. Desperté antes del alba y me dirigí a la habitación donde dejé la hoja a medio hacer. Ya tení casi todo lo que necesitaba pero, había algo importante. Caundo creas una espada, tienes que darle un nombre y rezar por su eficacia. Esto lo realizaría al alba, al este, por lo que cogí una bolsa de tela e introduje esta dentro para que la primera luz que viera fuera la del alba. Salí del barco sin desayunar en dirección a la costa este, justo de frente al nacimiento del sol. Tras una media hora conseguí llegar a tiempo y aunque el sol amenazaba con aparecer, todavía me restaban unos instantes para colocarme. Me arodillé en la playa, en posición de seiza, sobre mis rodillas y sentado sobre los talones, con mi nueva arma a medio hacer justo delante. Saludé a esta colocando mis manos en triángulo justo delante. — Rei. — y cuando el sol apareció, la elevé a la altura de mi frente y, con la diestra, descubrí su filo incipiente al astro rey. Sus rayos de sol bañaron su filo que, ahora a la luz del día pude percibir era de una tonalidad de acero muy blanquecino, especialmente inmaculado incluso para acero pulido, posiblemente por usar piedras locales para su pulido. — Tu nombre será ****. Y serás la luz que corte a través de la sombra. El faro que ilumine el camino. — bauticé a mi espada, que ahora por fin, estaba lista para recibir su afilado final y posteriormente su funda y mango. Tras esto volví a guardarla en la funda de tela y volví al Parabellum para dejarla en la forja improvisada y desayunar junto a mis compañeros. Como casi siempre, en silencio y leyendo páginas aleatorias de mi libro. Mis amigos comentaban sus tareas, de manera desenfadada. Chloe servía el desayuno y Shoto se atiborraba a café, mientras Carmilla observaba callada y el jefe gritaba a Chloe. El escenario típico de una escena de familia desestructurada, lo que, prácticamente éramos. Pero éramos una familia. Tras esto volví a la forja para terminar lo que empecé. El trabajo de crear una funda es tedioso y largo por lo que decidí centrarme primero en el afilado. Repasé con diversas piedras locales el filo de mi nueva arma para que fuera lo más letal posible. Invertí largas horas en esta labor para que fuera lo más permanente posible y requiriera de poco mantenimiento, como su hermanastra oscura. Al acabar, encinté con tela vieja y cuerda su filo para poder trabajar con la pieza sin riesgo de perder un dedo en el proceso. Era hora de crear la tsuka o mango de mi arma. Para ello eché mano de los fragmentos de madera que había recolectado y usando cuchillería del barco comencé a tallar de manera rudimentaria el agarre de mi espada. Lijando y desbastando poco a poco la madera, realizando el hueco necesario para que la espiga de la hoja se insertara entre los dos fragmentos de madera y se creara un agarre firme. Una vez realizado con éxito, antes de unir las dos cachas con dos espigas de madera pequeñas, inserté los acabados como el habaki de latón y la tsuba que mejor estaba de las que había encontrado. Una redonda preciosa y dorada con ningún tipo de decoro, simple y elegante. Acto seguido, uní el mango y comencé a encintarlo con cuero de los sacos que había traído, realizando el clásico cordaje en diamante que adornaba las katanas y permitía un soporte firme y seguro sobre su mango en combate. Finalicé este con un una kashira hecha de latón con un grabado de un símbolo que recordaba de libros que mi madre me leía sobre un lobo en la montaña. Abandonado a su suerte. Cuando toda la pieza estuvo completada, realicé el mismo proceso de talla y aproximación con la funda, pero esta vez en una pieza mucho más grande. En esta ocasión tuve que comprobar que la hoja se introducía sin problema varias veces y que quedaba bloqueada por el habaki cuando llegaba a cerrarse sin miedo a que se abriera sin yo quererlo. Este proceso me tuvo durante más de tres horas inmerso en la talla de la madera, llenando todo el suelo del serrín de los barcos saqueados. Finalmente y tras pegar la saya, conseguí una funda funcional y hermética, que protegería la hoja de los agentes climáticos. Fue ese el momento en el que usando las lijas de nuevo le di el acabado circular y pulido a la madera, creando así, prácticamente el diseño final del arma. Solo un detalle faltaba, coronar la punta de la saya con un acabado de acero de retales que no sirvieron en la forja, reforzando así la punta y evitando el desgaste. Mi nueva espada estaba casi lista. Sin embargo, aunque el cuero negro quedaba de maravilla en el mango, la madera viva parecía triste y desolada en la funda, por lo que pensé en recurrir a mi compañera para finalizar la tarea. Me levanté y busqué a Carmilla en su camarote. Tras tocar dos veces con los nudillos, abrí la puerta levemente. — Carmilla, ¿no podrías prestarme pintura? — dije a la artista que solía tener como realizar obras en su propio lienzo corporal en su cuarto. — Estoy… terminando un proyecto y me vendría muy bien. — dije abriendo levemente la puerta un poco más. — ¿Color? — dijo tajante, como la primera vez que me dirigí a ella. — Blanco. El más puro que tengas. — contesté seguro. Quería darle a mi nueva espada el color inmaculado del manto del lobo que habitaba en mí. Ya había asumido que esta nueva espada sería el Yang de mi Yin y tenía que representarlo como tal. La joven peliblanca lanzó un bote de pintura hacia la puerta y con él en mis manos, volví a la habitación con mi arma. Utilicé un pequeño pincel para enlacar y dejar listo cada pequeño detalle de la funda, del cuero y la hoja hasta que finalmente y tras un secado prudencial de un par de horas, el resultado estaba acabado. Retiré la tela de la hoja de la espada para descubrir por primera vez su hamon listo en la hoja, ahora recubierta por inmaculada madera, un mango negro como el carbón y un sageo dorado. Mi nueva espada estaba lista para conocer a su hermanastra. Estaba orgulloso de la magnífica factura que había conseguido con tan poco. Volví a mi camarote y me coloqué frente a Shimei Kaeru, en su estante. — Esta es tu nueva compañera. Será tu complemento como tu lo serás de ella. Yin y Yang de un mismo ser. — dije solemne, como siempre, asumiendo que algo dentro de Shimei Kaeru podía oírme — Quiero presentarte a Saba. — introduje a mi espada con su nueva hermana, descubriendo su blanco filo frente a ella y volviendo a enfundarla para colocarla en mi cinturón a la diestra. — Ahora, veamos de qué somos capaces juntos. — dije mientra asía a Shimei Kaeru y la llevaba al lado contrario, a la siniestra en mi cinturón y salía solemne a cubierta. Una vez en la cubierta desenfundé ambas armas. En mi diestra, la poderosa Shimei Kaeru, reina de la oscuridad, en mi zurda Saba, portadora de la luz. Durante lo que restó de mañana pasé el tiempo practicando y oscilando ambas espadas en un baile irónico donde mis movimientos, quizá visto desde la cofia del vigía, podrían asemejarse a dos tomoes intentando juntarse. A ese yin y ese yang en constante lucha y ambicion por atrapar al otro. Sin embargo mis espadas parecían complementarse la una a la otra. Mientras Shimei Kaeru cortaba con fiereza, Saba protegía mi flanco y atacaba sin piedad a los puntos blacos de mis rivales imaginarios. Había logrado tanto con tan poco en tan poco tiempo, que ahora sentía que podía hacerlo todo, sin nada, para siempre. Al menos por mi parte, estaba totalmente preparado para abandonar la isla y buscar nuevos retos. Tras enfundar ambas armas respiré agotado. Quizás era el momento idóneo para buscar desayunar… Tal vez a Shoto le apetezca un café. Al menos a mi sí que me apetece. — Y creo que totalmente merecido. — dije con sorna mirando a ambas espadas colgando de mi cintura. — Cuento con vosotras. —
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