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[Pasado][Fic]Parte 5. Resurrección - Versión para impresión

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[Pasado][Fic]Parte 5. Resurrección - Triana Tempesta - 18-01-2025

11 de Verano. Año 6

El mes había pasado demasiado rápido, tanto que no había tenido tiempo para mentalizarme. Aquella noche no pude dormir, permanecí despierta, tumbada boca arriba en la cama sin siquiera haberme puesto el pijama, mirando hacia el techo en la oscuridad. A primera hora de la mañana, cuando el sol apenas había terminado de salir me puse en pie en silencio, cogí mis dos katanas, y salí de la casa sin que nadie se percatase. Sabía que a esa hora mi madre y mi hermano debían de estar durmiendo, aunque a punto de despertar. En el centro de la ciudad debían estar montando los puestos y las decoraciones de la festividad que se llevaría a cabo a lo largo de los siguientes días. Hoy, justo a medio día, era uno de los momentos en los que más jaleo se montaría en la plaza y los alrededores. Los puestos estarían recién abiertos, la gente deseosa por pasearse por la zona y los marines ocupados intentando mantener el orden y ofrecer a los medios de comunicación una buena imagen de su isla. Era el momento ideal para llevar a cabo el plan que había organizado con Bart para que pudiese reunirse con su banda.

Salí caminando con normalidad, tratando de mantener la calma, pero al percatarme de que la poca gente que había por la calle no me prestaba nada de atención, mi confianza aumentó. No sabía por qué, pero tenía la sensación de que cualquiera podría leerme la mente y adivinar mis intenciones. Era absurdo. Imposible. Pero no me quitaba de la cabeza que mi madre o mi hermano tenían esa capacidad. Imaginaba que el motivo sería ese control enfermizo que querían ejercer sobre la gente. Me habían comido la cabeza y ahora estaba convencida de que no era capaz de ocultarles nada, pero se iban a enterar. Iba a conseguir ayudar a escapar a un pirata con su banda de su propia isla, en sus narices. Lo único malo era que jamás se enterarían. Si se lo contase podrían ser capaces de encerrarme a mí de por vida.

Continué caminando a paso moderado, reprimiendo las ganas de salir corriendo para llegar cuanto antes. Todavía teníamos algo de tiempo hasta el momento en el que pudiesen partir. El camino se me hizo eterno. Conocía muy bien la zona, sabía que tardaría en llegar a la zona oeste, donde les había indicado, un poco más de media hora, pero para cuando llegué me dio la impresión de que habían transcurrido horas. Mi mente iba a mil por hora, tratando de calcular todas las posibilidades. Por más que pensaba, no encontraba ningún fallo en mi plan. En el peor de los casos, alguien podría ver el barco, pero si iban sin bandera, como les advertí, no tendrían por qué llamar la atención demasiado, especialmente un día como hoy. Peor que eso sería que fuese un marine el que les viese y quisiera identificarles por no llegar a la isla por el camino convencional. Atracar a escondidas era un poco extraño, pero no un delito. Si sabían mentir y el marine no reconocía sus caras tampoco tendría que suponer un problema. De cualquier manera, el movimiento que querían realizar era tan rápido que a nadie le daría tiempo a advertir al cuartel. Tan solo tenían que recoger a Bart y largarse.

Para mi alivio, la zona estaba completamente despejada. Un risco no demasiado alto con algunos árboles y el mar de fondo. Me senté a unos veinte metros de distancia con el mar mirando hacia él, esperando de nuevo con demasiada impaciencia como para soportarlo, pero no me quedaba otra. Afortunadamente, Bart no tardó en llegar, imaginaba que igual de impaciente que yo. Se sentó a mi lado sin decir nada, no hizo falta. Tan solo encendió un puro y me ofreció otro para que lo fumase con él. Yo tampoco dije nada, no sabía qué decir. Probablemente este fuese el último momento que estuviese con él. Ahora que iba a partir con su banda, podía ocurrir cualquier cosa. La vida que llevaban era complicada, no me extrañaba que alguien acabase matándole por ahí o encerrándole. También cabía la posibilidad de que nuestros caminos no se volviesen a cruzar, el mundo era demasiado grande. Tal vez él estuviese pensando lo mismo que yo, que ya no nos volveríamos a ver, aunque seguro que lo único que tenía ahora en la cabeza era que iba a reencontrarse con sus compañeros.

—¿Sabes? El mundo no es tan grande como parece —dijo de repente exhalando una bocanada de humo. Eso me confirmó que, a pesar de la felicidad por volver con su banda se preocupaba por mí. Simplemente asentí. Quería creerle y pensar que cuando tuviese la edad suficiente podría tener el valor suficiente para largarme de allí y unirme a su banda. Nada me hacía más feliz que imaginarme en su barco siendo capitaneada por él. Escuchando las olas del mar rompiendo contra las rocas llegó a mi mente la pregunta definitiva. ¿Qué me lo impedía? Durante años había intentado cumplir las expectativas de mi familia, pero hacía tiempo que eso había dejado de importarme. No lo iba a negar, seguía teniendo miedo de mi madre, pero tenía que deshacerme de esa imagen suya como una especie de ser todopoderoso y omnipresente. Podría tener influencias, pero era imposible que sus ojos llegasen hasta el último rincón del mundo, que es donde pensaba escaparme. Me giré para mirar hacia Bart. Tan solo tenía que hacerle la pregunta, pero si él no me lo había propuesto tal vez era porque no quería tenerme a su lado. —No aguanto más este sitio —dije intentando preparar el terreno—. Yo… ¿Podría…?

Bart no dejó que terminase de hablar. —Podrías venir con nosotros —afirmó con total naturalidad y sin esperar a que terminase mi pregunta. En ese momento, mi corazón dio un vuelco. Ya había experimentado para tratar de buscar diferentes emociones en mi vida, pero estará completamente diferente a cualquiera de ellas. Me sentía llena, feliz. Sonreí imaginando en tan solo unos segundos mi nueva vida en el mar como pirata. Ni por un momento pensé en mi familia. No había nada que valorar ni sopesar, el sí era rotundo. Desde que lo ofreció, hacía tan solo esos segundos, ya había aceptado en mi mente. Antes de poder contestar, miré hacia el mar y vi a lo lejos la figura de lo que parecía ser un barco. Tenían que ser ellos. —Claro que sí, capitán —contesté con una gran sonrisa y apagando el puro en la hierba para darle un abrazo. El barco cada vez se encontraba más cerca, al igual que mi libertad. Todos los escenarios negativos posibles de mi cabeza se habían desvanecido. El éxito estaba tan cerca que creí que nada podía interponerse entre yo y mi nueva vida, pero estaba muy equivocada.

Cuando el barco se encontraba a escasos metros nos pusimos en pie, dispuestos a aproximarnos, pero al dar el primer paso una voz que me resultaba terriblemente familiar tronó a nuestras espaldas, como una tormenta a punto de desatarse. —¡A DÓNDE CREES QUE VAS! ¡NIÑATA DESAGRADECIDA! —la voz estaba totalmente desgarrada por la ira. La reconocí inmediatamente, pero tardé unos segundos en poder reaccionar, en asimilar qué era lo que estaba ocurriendo. No sabía cómo, pero mi madre nos había encontrado. Ambos nos giramos para mirarla. En su rostro también se podía apreciar lo furiosa que estaba. Mi primer impulso fue pensar que, tal vez, si pedía perdón el asumía un castigo todo se solucionaría, pero no era lo que quería ni lo que arreglaría la solución. Todo estaba ya roto. Sabía que para mi madre lo que había hecho era imperdonable y, ¿qué narices? No me importa una mierda su opinión. No tenía que pensar en como no enfadarla, sino en cómo ayudar a Bart a escapar. Conocía mi madre, sabía que ni siquiera los dos juntos podríamos hacerle frente y, por supuesto, no nos iba a dejar escapar. Solo había una opción posible.

—¡¿Creías que eras tan lista que no íbamos a enterarnos de lo que estabas haciendo?! ¡¿Que no íbamos a notar tus ausencias y tus llamaditas y no íbamos a tener controlado el maldito den den mushi?! Y no te pienses que he venido sola, medio cuartel está de camino y no vamos a permitir que ningún gusano escape de esta manzana y emponzoñe las demás —continuó hablando mientras se aproximaba lentamente hacia nosotros vestida con su uniforme de la Marina. La verdad era que podría haber tenido más cuidado, pero no esperaba que fuesen a sospechar de mi actitud. Si había hablado en plural era porque seguramente se estuviese refiriendo a ella y a mi hermano. Me confié demasiado aquella vez que me escuchó hablar por teléfono y decidí creer que no había oído nada. Chivato malnacido. Por lo menos no le veía por ninguna parte, eso sí que sería nuestra sentencia de muerte. Si solo estaba mi madre podría intentar distraerla. —Vete —le dije a Bart sin molestarme en responder a mi madre ni dar explicaciones. Desenvainé únicamente una de mis katanas y la sostuve con fuerza frente a mí apuntando hacia ella. Bart no se movió, se imaginaba que no sería tan sencillo hacer que se largase. Mi madre se limitó a reír con amargura. Incluso ella sabía que no teníamos nada que hacer. —Es mi madre, no me va a hacer nada, pero a ti y a los tuyos sí que os capturará. Tienes que irte y punto. Te prometo que nos volveremos a ver —mentí de la forma más convincente que pude. No estaba nada segura de que pudiese volver a encontrarme con él, pero lo que sí sabía era que mi madre no tendría reparos en apartarme de su camino, costase lo que le costase.

En cualquier otra circunstancia sabía que Bart habría luchado a mi lado, pero comprendió rápidamente que ahora no había otra opción. Él y su banda no podrían enfrentarse los miembros de este cuartel de la Marina ni huir de ellos si no se marchaban cuanto antes. A saber a cuántos marines había movilizado mi madre y si ya estaban en sus barcos dirigiéndose hacia esta zona de la isla. —Nos veremos —dijo Bart con un tono de amargura en su voz antes de girarse y salir corriendo. Mi madre dio un paso hacia el lado para comenzar a perseguirle, pero yo di otro para volver a ponerme frente a ella e impedirle el paso.

—¡Eres una vergüenza! Si te crees que voy a dejar que se larguen estás muy equivocada—. Sus palabras se fueron transformando en su boca, sonando cada vez más toscas. Ahí estaba. En ese instante parecía que nada había cambiado, pero en el aire se podía percibir un peso extraño, fuera de lo habitual. Era una tensión que erizaba la piel y hacía más difícil respirar. Yo conocía su poder, pero nunca la había mirado a los ojos mientras lo usaba. Nunca antes me había encontrado en una situación en la que lo necesitase, y mucho menos que lo fuese a emplear contra mí. Sabía que seguía siendo ella, mi propia madre, pero algo en su presencia no era humano. Era como si el mundo mismo retrocediera. Pero yo no pensaba echarme atrás. Tan solo se escuchaba el sonido del mar, no había más ruido que ese, aunque la sensación de amenaza era tan palpable que el silencio se volvió ensordecedor y la calma una premonición de lo que estaba a punto de suceder. Su mirada parecía ser capaz de atravesar todo, como si pudiera ver más allá de la carne y los huesos. No sabía si mi sugestión me estaba jugando una mala pasada, pero me parecía imposible que nadie más lo sintiese. Ese poder inmenso y aterrador, algo que no debía existir y que, sin embargo, estaba ahí, tomando forma justo delante de mí. Cada centímetro de mi cuerpo me gritaba que huyese, pero traté de mantenerme serena en mi posición. Mantener la calma era imposible, pero al menos no me moví.

Ella, tal y como esperaba, no permaneció en el sitio mucho más tiempo. Todavía no sabía pelear bien con dos katanas, así que esperaba con tan solo una poder hacer algo de tiempo, retenerla aunque fuese un par de minutos. Bart solo necesitaba eso para saltar al barco y comenzar a alejarse. El primer golpe no tardó en llegar. No era especialmente rápido, así que pude bloquearlo a tiempo, pero su fuerza descomunal me hizo flaquear. Mis rodillas apenas habían aguantado y se doblaron ante el peso del golpe. No iba a perder el tiempo intentando atacar, tan solo intentaría defenderme e impedir su avance. Aquella oposición a su autoridad me iba a costar cara. Sin que pudiese verlo venir, lanzó otro ataque directo hacia el lado derecho de mi cara. Ahogué un grito de dolor lo mejor que pude para que Bart no pudiese escucharlo. La sangre comenzó a brotar y tuve que cerrar el ojo para que no entrase en él. Apenas veía con claridad, pero mi madre no me dio tregua. Me lanzó otro ataque hacia el abdomen que me pude bloquear por los pelos, pero eso dejó mi pecho al descubierto. Un grave error. No dudó en atacar también esa zona, destrozando mi camisa y haciendo que se tiñese de rojo. El dolor pasó a un segundo plano cuando me di cuenta de que podría morir, pero lo que me permitió mantenerme en pie fue la idea de que tenía que aguantar el máximo tiempo posible. Cada segundo era crucial. Intenté lanzar un corte diagonal hacia su pecho, pero agarró mi katana con su propia mano y me lanzó hacia un lado, hiriéndome también el brazo. Su intención era pasar de largo para ir a por los piratas, pero no se lo podía permitir. Caí de rodillas al suelo. Solté mi katana y me lancé hacia adelante para agarrarle el tobillo. No tenía demasiada fuerza y me dolían tantas partes de mi cuerpo que no sabía ya dónde esta herida. La sangre de mi cara empañaba mi visión. A pesar de todo, mientras me pudiese mover intentaría detener su avance.

Mi madre se me quedó mirando de pie. Yo estaba tirada en el suelo, extendiendo mi otra mano, la del brazo herido, con esfuerzo para agarrarle el tobillo con ambas manos. Su mirada reflejaba el desprecio que en estos momentos sentía por mí, capaz de sacrificarme por unos piratas. De un rápido y brusco movimiento apartó su pierna, pero antes de ir a por su presa, se agachó en posición de cuclillas para rodear mi cuello con sus manos. Ejercía presión, aunque no la suficiente como para ahogarme, tan solo para pacer más amenazante, si cabía. —Tú no eres mi hija —fue lo último que le escuché decir. Soltó mi cuello y me lanzó un último ataque dirigido hacia él. Si quisiera, podría haberme matado en aquel mismo momento, pero la herida no fue lo suficientemente profunda como para acabar con mi vida en un instante. Debido a la adrenalina no había prestado atención al dolor ni a la sensación de mareo por la pérdida de sangre. Esa última acometida fue la decisiva. La que me hizo perder el conocimiento.

La oscuridad era total hasta que un pequeño brillo irrumpió en ella, al principio de forma sutil, pero, poco a poco, haciéndose con toda la escena. Mis ojos se abrieron de repente, o eso creía. Tan solo podía abrir uno de ellos, el otro estaba cubierto por algo. Me llevé la mano a la cara, todavía pegajosa por la sangre seca, y palpé una especie de gasa en parte del rostro. Me incorporé tocándome las heridas, todas ellas vendadas (bastante mal, había que decir). —¡AH! —grité al sentir múltiples pinchazos por todo el cuerpo. Todavía estaba en el mismo lugar en el que me había desmayado. Miré de inmediato hacia el mar al recordar lo que había ocurrido, pero no vi nada. Estaba totalmente en calma. —¿Ya te has despertado? Pues márchate —dijo una voz seca detrás de mí. Me giré despacio para ver a mi hermano sentado en una roca con las manos llenas de sangre y restos de vendaje cortados a sus pies. Eso aclaraba quién era el responsable de que no muriese desangrada. —¿Qué ha pasado? —le pregunté ignorando lo que me acababa de decir—. ¿Estás sorda? He dicho que te largues. Cuélate en un barco y lárgate de esta isla si no quieres acabar encerrada.

Estaba demasiado confusa como para comprender del todo lo que estaba ocurriendo. Después del enfrentamiento con mi madre no pensaba volver a casa, no tendría que repetirme más veces que me marchase, eso ya entraba en mis planes, pero necesitaba saber si Bart había conseguido huir. —¿Y los piratas? ¿Se han ido? —insistí poniéndome poco a poco en pie entre gemidos de dolor. Cualquier cosa era posible, tanto que hubiesen podido escabullirse como que hubiesen sido capturados por los marines. —Están muertos. Han hundido su barco —me contestó con calma. Me quedé mirándole fijamente. Me habría preocupado, de no ser porque sentía que aquello no era más que una mentira. Se me daba bien calar a la gente y mucho más a los que había estado viviendo bajo mi mismo techo. —¿Y los restos del barco? El mar está completamente limpio. ¡¿Dónde están?! —no pude evitar levantar la voz, a pesar del esfuerzo que me suponía. Mi hermano alzó la vista para lanzarme una mirada de hastío. —Que. Te. Largues —esta vez su tono de voz no era tan calmado. Si me había mentido, la posibilidad de que los piratas Black hubiesen escapado era bastante plausible. No parecía dispuesto a seguir hablando conmigo. Se puso en pie y dio media vuelta para regresar al pueblo, dejándome allí. —¿Y yo dónde voy ahora?

No obtuve ninguna respuesta.