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[PRESENTE RELATIVO] [HAKI] ¡El despertar del guerrero! - Versión para impresión

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[PRESENTE RELATIVO] [HAKI] ¡El despertar del guerrero! - Kenzo D. Fujiwara - 23-02-2025

1 de invierno, año 14.

El mundo aún estaba sumido en la penumbra cuando abrí los ojos. La oscuridad persistente me envolvía, apenas rota por el tenue balanceo del barco y el crujir suave de la madera bajo mi espalda. No había necesidad de un despertador; mi cuerpo ya estaba condicionado a levantarse con los primeros indicios de un nuevo día, incluso antes de que el sol siquiera asomara en el horizonte. Me incorporé con calma, sintiendo la rigidez de mis músculos tras una noche de sueño completamente reparadora. Un largo suspiro escapó de mis labios antes de que me pusiera en pie, moviendo los hombros para aflojar la tensión acumulada. Lo primero era lo primero. Caminé con pasos firmes hacia un pequeño balde de agua fresca que había dejado listo la noche anterior. Al inclinarme sobre él, metí las manos en el líquido helado y me lo llevé a la cara de un solo golpe, sintiendo cómo el frío me despertaba por completo. El agua se deslizó por mi piel, goteando hasta perderse en el suelo de madera, mientras un escalofrío recorría mi espalda. La sensación era revitalizante, un recordatorio de que estaba vivo y listo para enfrentar un nuevo día.

No perdí el tiempo. Me coloqué en posición y comencé mi rutina de ejercicios, sintiendo cómo cada repetición encendía un fuego en mis músculos. Flexiones primero. Una tras otra, con ritmo constante, dejando que la resistencia de mi propio cuerpo pusiera a prueba mi fuerza. Cada bajada y subida era un recordatorio de que debía hacerme más fuerte, de que no podía permitirme debilidades. Cuando terminé, pasé a las abdominales. Cada contracción hacía que mis músculos ardieran, pero no me detenía. No podía. La disciplina era lo que separaba a los fuertes de los débiles, y yo no tenía intención de estar en el lado equivocado de esa línea. Al finalizar, el sudor ya se deslizaba por mi frente, pegándome el cabello a la piel. Pero no me importaba. Era solo una prueba más de que estaba trabajando por lo que quería.

Sin perder más tiempo, me dirigí a la cocina del barco en busca de algo que pudiera llenar mi estómago. Un desayuno fuerte era clave, especialmente con la cantidad de energía que gastaba a diario. Tomé un trozo de pan, un poco de carne seca y fruta, comiendo con rapidez pero sin descuidar el placer de cada bocado. Cuando terminé, me limpié la boca con el dorso de la mano y salí a la cubierta. El cielo aún estaba oscuro, pero en el horizonte, una tenue línea dorada comenzaba a aparecer, anunciando la llegada del sol. Respiré hondo, llenando mis pulmones con el aire salado del mar mientras mis pies golpeaban con firmeza la madera de la cubierta. Correr en la cubierta del barco era casi un ritual para mí. Con cada paso, sentía la conexión con la embarcación, el pulso del navío que nos llevaba a nuevos horizontes.

El sonido de mis pisadas se mezclaba con el suave murmullo del mar, creando una cadencia rítmica que acompañaba mis pensamientos. A medida que el cielo se iba aclarando, mi mente se despejaba, preparándome para lo que fuera que este nuevo día trajera consigo. Cuando finalmente el sol ascendió, pintando el cielo con tonos naranjas y dorados, reduje la velocidad, permitiéndome un momento para disfrutar del espectáculo. Luego, sin perder más tiempo, volví a refrescarme con agua fría, dejando que las gotas resbalaran por mi piel caliente. Ahora sí, estaba listo. Con un último vistazo al horizonte, di media vuelta y me dirigí hacia tierra firme. Había un nuevo lugar esperando ser explorado, y no pensaba perder la oportunidad de descubrir lo que tenía para ofrecer.

El bullicio del puerto se desvanecía en un murmullo lejano mientras caminaba sin rumbo fijo, con la mirada perdida en el suelo de madera del muelle. El calor del sol ya empezaba a asentarse sobre mis hombros, pero no lograba disipar la sensación de inquietud que se había instalado en mi pecho desde hacía días. Yojimbo… ¿Dónde demonios estaba? Mi capitán no solo era fuerte, era el más fuerte que conocía. Su presencia siempre había sido como una montaña, inquebrantable, una sombra gigantesca que proyectaba seguridad sobre todos nosotros. Y ahora no estaba. Y esa ausencia me pesaba más de lo que quería admitir.

Suspiré, pasando una mano por mi cabello desordenado. Intenté alejar esos pensamientos con distracciones más agradables, pero no podía evitar que mi mente vagara por otros asuntos. Últimamente, me estaba sintiendo más cercano a Garnet. Era raro, porque al principio no tenía muy claro qué pensar de él. Pero cada día que pasaba, cada conversación, cada gesto, me hacían darme cuenta de que podía confiar en él. No solo eso, sino que, de alguna manera, su presencia me hacía sentir más seguro. Quizás porque, en cierto sentido, él también tenía ese aire de alguien que había visto y vivido demasiado.

En cambio, Sasha… esa mujer me sacaba de quicio. No importaba cuántas veces la viera, cuántas palabras intercambiáramos, siempre lograba fastidiarme con su actitud. Era prepotente, respondona, y siempre parecía encontrar la forma de estar en mi camino. No podía soportarla. Algún día, tendría que devolvérsela por todos los golpes que me había dado. Y lo haría con una gran sonrisa en la cara.

Pero no todo era malo. Triana era alguien a quien realmente admiraba. Su determinación, su inteligencia, su capacidad para mantener la cabeza fría en los momentos más tensos… Ojalá yo pudiera ser así. Cada vez que la veía actuar con tanta seguridad, no podía evitar pensar que, si alguna vez dudaba de qué hacer, simplemente tendría que seguir su ejemplo.

Luego estaba Tobias. Él era… simplemente Tobias. No tenía la extravagancia de los demás, ni la presencia imponente de Garnet, ni la determinación de Triana. Era, en todos los sentidos, una persona normal. Y quizás por eso me caía bien. Era alguien con quien podía hablar sin sentirme presionado, alguien que siempre tenía una palabra amable, un comentario simple pero sincero. A veces, la normalidad era reconfortante en medio del caos en el que vivíamos.

Y Jolyne… esa sí que era especial. Me caía genial. Siempre me hacía reír con sus ocurrencias, y cada vez que estábamos juntos, sentía que podía simplemente relajarme y ser yo mismo sin preocuparme por nada más. Quería hacer más tonterías con ella, buscar formas de hacer el viaje más divertido.

Sin embargo, por más que intentara enfocarme en ellos, en todas esas relaciones que estaba construyendo, cuando la soledad me alcanzaba… mi mente volvía a él. A Yojimbo. ¿Dónde estaba? ¿Qué estaría haciendo ahora? ¿Seguiría luchando? ¿Nos estaría esperando?

Era frustrante. Sentía que, sin importar cuánto me distrajera, había una parte de mí que no estaba completa sin él. No solo porque era nuestro capitán, sino porque era Yojimbo. La persona en la que había confiado sin dudar, la figura que había seguido con fe ciega. Y ahora no tenía idea de qué le había pasado. Cerré los ojos un momento y exhalé lentamente. No podía permitirme quedarme atrapado en esos pensamientos. Pero era más fácil decirlo que hacerlo.

El suelo bajo mis pies cambió de textura conforme me adentraba en el Manglar Número 1. Las raíces nudosas de los árboles emergían de la tierra como serpientes petrificadas, entrelazándose entre sí y formando un entramado natural que dificultaba el paso. El aire olía a humedad y a sal marina, mezclado con el tenue aroma dulzón de la vegetación. A medida que avanzaba, la luz del sol se filtraba entre las copas de los árboles, proyectando sombras danzantes sobre la alfombra de hojas caídas. Todo estaba en un inquietante silencio, salvo por el sonido ocasional de las criaturas que habitaban aquel lugar. Entonces, entre la maraña de troncos retorcidos, encontré algo que me hizo detenerme en seco. Un claro. Un espacio donde la naturaleza parecía haberse detenido por un instante, como si respetara algo que había estado allí mucho antes de que las raíces lo reclamaran. Y en el centro, desperdigadas por el suelo, se alzaban las ruinas.

No eran simples piedras abandonadas. Eran columnas altas, aunque muchas estaban resquebrajadas y vencidas por el tiempo. Algunas aún se mantenían en pie, desafiando la gravedad con sus bases corroídas y sus superficies cubiertas de musgo y enredaderas. Había bloques de piedra repartidos por el suelo, con extrañas inscripciones casi borradas por el paso de los años. Algunas parecían marcas de garras, otras simples dibujos erosionados. Me acerqué con cautela, sintiendo el crujido de las hojas secas bajo mis pies. Entre los escombros, pequeñas criaturas habían hecho su hogar. Unos insectos de colores metálicos recorrían la superficie de las columnas, con sus cuerpos brillando al sol como si fueran joyas vivientes. Unos cuantos sapos, de ojos enormes y piel rugosa, descansaban entre las grietas de la piedra, inflando sus gargantas antes de soltar un croar bajo. Y más allá, un lagarto del tamaño de mi brazo se deslizaba entre las ruinas, observándome con curiosidad antes de perderse entre los matorrales.

Pero lo que realmente capturó mi atención fue la sensación de misterio que envolvía aquel lugar. Me quedé de pie, mirando a mi alrededor, imaginando lo que podría haber existido allí antes de que todo quedara en ruinas. -Seguro que esto era un antiguo templo pirata, donde rezaban a algún tipo de dios pirata o algo...- Murmuré para mí mismo, con una sonrisa emocionada en los labios. En mi mente, las piedras volvieron a erguirse, reconstruyendo un palacio majestuoso. Visualicé grandes salones adornados con banderas de calaveras, cofres rebosantes de tesoros, y una mesa enorme donde los piratas celebraban sus victorias con banquetes interminables. En mi imaginación, el sonido del choque de jarras y las carcajadas resonaba en el aire.

O quizás… no era un templo, sino la guarida de un monstruo legendario. Algo gigantesco, con colmillos tan largos como las columnas caídas y garras capaces de destrozar el suelo con un solo golpe. Me imaginé a un héroe solitario enfrentándose a la bestia en un combate épico, esquivando sus ataques entre los pilares de piedra, hasta que finalmente le asestaba el golpe definitivo. Me reí solo, disfrutando de mi propia fantasía. Me gustaba pensar en cosas así. Era lo que hacía que el mundo no pareciera tan aburrido. Me incliné sobre una de las piedras y pasé los dedos sobre su superficie rugosa. Tal vez nunca sabría la verdadera historia de este lugar. Tal vez nadie lo sabía. Pero en mi cabeza, aquel claro en el manglar se convirtió en algo más que un montón de ruinas olvidadas. Se convirtió en el escenario de un sinfín de historias que aún estaban por contarse.

El tiempo se me escurrió entre los dedos sin que me diera cuenta. Había estado en aquellas ruinas durante más de diez minutos, sumido en mi propio mundo de fantasías y aventuras imaginarias. Cuando me di cuenta, sacudí la cabeza y solté un suspiro. Me había dejado llevar otra vez. No es que me molestara; de hecho, me encantaba perderme en esos pensamientos, pero tenía un objetivo en mente: hacerme más fuerte. Y no iba a lograrlo quedándome quieto.

Con un movimiento ágil, salté flexionando lo máximo posible las rodillas y sacudí el polvo de mis ropas. Me estiré un poco, sintiendo el crujido de mis articulaciones, y luego, sin pensarlo demasiado, adopté una postura firme. Flexioné ligeramente las rodillas, apreté los puños y comencé mi entrenamiento. Primero, me centré en mis puños. Lancé golpes al aire, primero con el brazo derecho, luego con el izquierdo. Los impactos imaginarios resonaban en mi cabeza como si de verdad estuviera golpeando algo. Directos, ganchos, "uppercuts". Cada golpe iba acompañado de una exhalación fuerte, enfocando toda mi energía en hacerlos más rápidos y precisos. Después, pasé a las patadas. Levanté la pierna derecha y solté una patada frontal, luego otra lateral. Alterné entre ambas piernas, lanzando combinaciones rápidas, probando distintos ángulos, sintiendo la tensión en los músculos de mis muslos y pantorrillas.

Mi entrenamiento no se detuvo ahí. Decidí probar algo diferente y, con la emoción del momento, empecé a dar cabezazos al aire. Al principio, me reí de lo ridículo que debía parecer, pero luego recordé lo resistentes que podían ser las cabezas en combate si sabías cómo usarlas. Bajé la postura, incliné el torso y simulé un embate contra un oponente invisible. Lo repetí varias veces, asegurándome de mantener el equilibrio y de no caerme de bruces contra el suelo. Estaba completamente concentrado en mi entrenamiento cuando, de repente, sentí una presencia cercana. Me detuve en seco y giré la cabeza.

Un hombre mayor estaba observándome con una sonrisa tranquila. Tenía un sombrero de color morado en la cabeza, y unas cejas increiblemente largas. Su rostro mostraba algunas arrugas, pero sus ojos tenían un brillo astuto, como si pudiera leerme con solo mirarme. Su vestimenta era sencilla, pero su postura, relajada y segura, delataba que no era alguien común y corriente. -Me recuerdas mucho a mí cuando era joven- Dijo con voz calmada, como si estuviera compartiendo una verdad inmutable. Su tono tenía algo especial, algo que me relajó al instante. No era solo su voz, sino la forma en la que hablaba, con una tranquilidad que parecía envolver todo el ambiente. -¿En serio? Pregunté, sintiéndome curioso. -Sí. Esa energía, esas ganas de hacerte más fuerte...- Hizo una pausa y luego añadió algo más. -Pero la fuerza no es solo cuestión de golpear más rápido o más fuerte.-

Alcé una ceja sorprendido. -¿Que dices anciano? ¿Sabes algo que pueda ayudarme? ¿Porqué dices algo así? ¿Qué más puedo hacer?- La retahila de preguntas comenzó, pero el anciano, simplemente asintió lentamente. -Conozco un par de técnicas, aunque te digo, que aprenderlas no será fácil. Tendrás que someterte a un entrenamiento extremo. Solo si estás dispuesto a sufrir, podrás dominarlas.- Mis ojos se abrieron como platos. Mi corazón empezó a latir con fuerza, y una oleada de emoción recorrió mi cuerpo. -¡Sí! ¡Estoy más que dispuesto! ¡Estoy dispuestísimo a hacer lo que sea!- Exclamé, sintiendo que la emoción me hacía casi saltar en mi sitio.

El anciano dejó escapar una leve risa antes de continuar. Avanzó hacia donde estaba, y se sentó en una de las columnas caidas de aquellas ruinas. -Me llamo Jiro Hoshida. ¿Cómo te llamas, joven?- Se presentó y me preguntó. Sonriente, le respondí. -Me llamo Kenzo Fujiwara, señor. Seré el pirata más grande de todos los tiempos ¡Shajajajajajajaja!- Contesté, lleno de energía y con mi tono alegre tan habitual. -Entonces, Kenzo, escucha bien. Voy a hablarte del Haki.- El silencio pareció apoderarse del claro. La palabra resonó en mi mente con un peso especial. Recordaba haber hablado antes del haki con Yojimbo, en la misma isla en la que nos conocimos. -Existen tres tipos de Haki: El Haki de Armadura, que fortalece tu cuerpo y te permite defenderte de ataques poderosos. El Haki de Observación, que te permite sentir la presencia y los movimientos de los demás. Y el Haki del Rey, que sólo poseen unos pocos elegidos.- Tragué saliva. Algo dentro de mí vibró con aquellas palabras. No sabía exactamente qué era el Haki del Rey, pero solo el nombre ya sonaba impresionante. -¿Quieres aprenderlos?- Preguntó Jiro. No lo dudé ni un segundo. -¡Por supuesto que sí! ¿Que pregunta es esa Jiro? ¡Claro que si!- Una sonrisa se dibujó en su rostro, y yo sentí que acababa de abrirse una nueva puerta en mi camino. -Pues sólo te enseñaré uno. ¡Je je je je je!- Se levantó de donde estaba sentado y me miró. -Dime, joven Kenzo... ¿Que prefieres, golpear fuerte o que nadie te pueda dar?- Me quedé un poco dubitativo, mirándole a los ojos. Pero tras unos segundos de intenso pensamiento, le respondí. -¡Prefiero golpear más fuerte! ¡Imagínat...- No pude finalizar porque recibí un poderoso golpe en la frente que me hizo caer. -Esto es el haki de armadura, joven Kenzo.- Dijo, mostrándome como el dedo índice de su mano completamente negro. Me había dado un chorlito y me había dolido muchísimo más que un puñetazo. ¿Cómo lo había logrado?

2 de invierno, año 14.

El entrenamiento con Jiro era más duro de lo que pensaba. Cada intento fallido pesaba sobre mí como una losa, una frustración que se acumulaba con cada golpe que no lograba el resultado esperado. Frente a mí, la roca permanecía inmutable, mientras que dentro de mí, una tormenta de emociones crecía sin control. Jiro, en cambio, se mantenía sereno, su expresión impenetrable, como si supiera exactamente lo que estaba ocurriendo dentro de mí y esperara pacientemente a que yo mismo encontrara la respuesta. -Calma, relájate y concéntrate- Me repitió, con la misma voz firme y controlada. Respiré hondo, cerré los ojos y traté de hacer lo que me pedía. Me esforcé en sentir mi propia energía, en imaginarla fluyendo por mi cuerpo hasta reunirse en mi brazo como un torrente contenido, listo para desatarse. Abrí los ojos y golpeé con todas mis fuerzas la piedra frente a mí, sintiendo en el puño la tensión de mi esfuerzo, pero nada sucedía, la roca ni siquiera se astilló. Un instante después, sentí un golpe seco y bastante doloroso en mi frente. El chorlito de Jiro con su haki hizo que mi cabeza se echara ligeramente hacia atrás. No fue un golpe fuerte, pero la sensación vibrante del impacto me recorrió el cráneo y me obligó a apretar los dientes. -Otra vez, Kenzo.- Ordenó sin cambiar el tono.

Apreté los puños con más fuerza y lo intenté de nuevo. ¡Paf! Otro golpe, otro fracaso. Mi respiración se volvió más pesada, mis músculos se tensaban con cada intento. No podía entender qué estaba haciendo mal. Estaba siguiendo sus instrucciones al pie de la letra, concentrándome con todo lo que tenía, y aún así parecía que no mejoraba nada. Cuatro intentos. Cinco. Seis. ¡Paf! ¡Paf! El dolor en mi frente ya era una punzada constante y cada chorlito de Jiro un recordatorio de mi fracaso. Pero no era el dolor físico lo que más me afectaba, sino la impotencia que me carcomía desde dentro. -¡¿Por qué diablos no me sale?! ¡Estoy haciendo absolutamente todo lo que me dices, Jiro! ¡Soy un lastre!- Gruñí entre dientes, sintiendo cómo mi frustración empezaba a transformarse en pura rabia. Jiro seguía observándome con la misma calma imperturbable. -Porque te estás ahogando en tu propia frustración.- Sus palabras me golpearon más fuerte que cualquiera de sus chorlitos. -¡Pero te juro que lo intento con todas mis fuerzas e incluso más! ¡Es ultra super mega complicado!- Espeté, con la mandíbula apretada y el pecho subiendo y bajando con rapidez. Jiro inclinó levemente la cabeza, sin perder su compostura. -No se trata solo de intentarlo- Dijo, sin un ápice de duda en su tono. -Se trata de romper lo que crees que es tu límite.- Entonces, sin previo aviso… ¡Paf! El octavo golpe. Esta vez no me llevé la mano a la frente. No aparté la mirada de él. Me sostuvo la mirada por unos segundos antes de señalar la roca una vez más. -Si tu límite está aquí, detente. Si no, sigue adelante.- Sentí cómo esas palabras se clavaban en mí, más profundas que cualquier golpe. Mi límite.

Llevaba toda mi vida empujándome más allá, exigiéndome más, queriendo ser más fuerte, más rápido, más resistente. Pero en este momento, al borde de la desesperación, me daba cuenta de algo, y es que no se trataba solo de la fuerza bruta, sino de una convicción más profunda, algo que iba más allá del cuerpo, algo que debía aprender a dominar si quería romper la barrera que tenía frente a mí. Apreté los puños, sentí el ardor en mi frente y respiré hondo. No era solo otro intento. Esta vez, destruiría esa roca. ¡Paf!

3 de invierno, año 14.

El tiempo se había convertido en una sombra indistinta entre golpes y fracasos. Dos días. Dos malditos días de intentos fallidos, de golpes cada vez más duros, de movernos de un manglar a otro como si el cambio de aire pudiera hacer que mi cuerpo, mi mente, o lo que fuera que estaba bloqueando mi avance, finalmente se abriera. Pero no, cada vez que golpeaba con toda mi alma, la roca permanecía inquebrantable. Y cada vez que fallaba, Jiro se aseguraba de recordarme mi fracaso con un golpe aún más fuerte que el anterior. Ya no eran simples chorlitos. Ahora sus golpes eran secos, certeros, directos a mis brazos, mis hombros, mi torso. No eran lo suficientemente fuertes como para dejarme fuera de combate, pero sí lo bastante duros como para que mi cuerpo entero doliera a cada paso. Sentía los hematomas formándose bajo mi piel, recordatorios de que aún no era lo suficientemente fuerte. Pero si había algo que dolía más que esos golpes, era la verdad que Jiro dejaba caer con cada frase que salía de su boca. -Si estuvieras en una situación de vida o muerte… ¿Seguirías siendo igual de débil que siempre? ¡Je, je, je, je!-

Esas palabras me atravesaron como un cuchillo. Mi respiración se detuvo por un instante. Mi mente, que hasta ahora solo se había centrado en golpear, fallar y recibir, se vio invadida por recuerdos que nunca había querido enfrentar de verdad. "No he ganado ni una sola vez contra Yojimbo." Era cierto. No importaba cuánto me esforzara, cuánto me rompiera en cada entrenamiento, nunca había podido siquiera hacerle daño. Siempre terminaba en el suelo, agotado, con la sensación de que la diferencia entre nosotros era abismal. "No pude hacer nada contra aquel marine-perro en Momoiro. Ese recuerdo era peor. En aquel momento no era un entrenamiento. Era real. Un combate en el que mi vida y la de los demás estaban en juego. Y aun así, no había podido hacer nada. No había sido más que un estorbo. Mi mandíbula se apretó hasta que sentí que me dolían los dientes.

No quiero ser ese inútil nunca más. Esa ira, esa rabia contra mí mismo, se convirtió en fuego. Y con ese fuego encendido dentro de mí, di un paso hacia adelante, flexioné las rodillas y lancé un golpe con todo lo que tenía. Y entonces lo vi. Mi puño, aunque fuera solo por un instante, se volvió negro. No supe si fue un parpadeo de mi mente o si realmente había ocurrido, pero el brillo oscuro en mis nudillos me llenó de adrenalina pura. Un escalofrío me recorrió la columna. Mis ojos se abrieron como platos. -¡Lo hice! ¡Lo hice! ¡Mi puño…!- No terminé la frase. ¡Paf! Otro golpe de Jiro. Esta vez en las costillas, lo suficientemente fuerte para que el aire se me escapara de golpe. -¿Y qué?- Espetó con su tono seco. -No has terminado. Sigue.- Me mordí el labio. Sentí la rabia querer apoderarse de mí, pero al mismo tiempo, dentro de esa ira, dentro de ese dolor, había algo más, como una especie de chispa. Era solo el principio. Pero ahora sabía que podía lograrlo.


4 de invierno, año 14.

El tiempo dejó de sentirse como algo tangible. Los días se convirtieron en una sucesión de intentos, fracasos, golpes y pequeños destellos de progreso. Mi cuerpo ya no se quejaba, o al menos, yo había aprendido a ignorarlo. Cada hematoma era una lección, cada músculo dolorido, un paso más hacia la meta. Al principio, apenas lograba que mi brazo adquiriera aquel tono oscuro durante unos segundos antes de que el poder se desvaneciera como si nunca hubiera estado ahí. Pero poco a poco, con cada intento, con cada corrección de Jiro y cada golpe que me recordaba que aún no era suficiente, fui alargando esos instantes. Mi puño no solo se oscurecía, sino que comenzaba a sentirse más denso, más firme, como si todo mi poder se concentrara en él. Cuando golpeaba las rocas, ya no era mi carne la que sufría, sino la piedra misma la que comenzaba a ceder ante mis golpes. Sin embargo, aún faltaba algo. -Vas mejorando- Admitió Jiro, con los brazos cruzados y su expresión siempre tranquila. -Pero todavía no es suficiente. No golpeas con la fuerza que deberías.-

Ese comentario me frustró. ¿Cómo que no era suficiente? Sentía que ya estaba poniendo todo de mí, que mi puño estaba endurecido como el acero, que la roca cedía bajo mis golpes. Pero su mirada me lo dejó claro: aún estaba lejos de la verdadera maestría. Así que no paré. Golpe tras golpe, volví a intentarlo una y otra vez. No dejé que la frustración me frenara. La usé. Cada golpe que Jiro me había dado, cada derrota que había sufrido, cada instante en que había sido demasiado débil para hacer una diferencia, lo vertí todo en cada puñetazo contra aquellas ruinas. Mi determinación era una llama que ardía sin descanso, y en cada intento, esa llama se hacía más intensa. Pero finalmente, ocurrió.

El aire a mi alrededor pareció estremecerse cuando mi brazo entero se cubrió con esa negrura absoluta. No fue solo un instante fugaz. Se mantuvo firme, sólido, y en cuanto lancé el golpe, la roca frente a mí estalló en pedazos, como si hubiera sido golpeada por un martillo colosal. El sonido retumbó en el aire, y por un momento, solo quedó el eco de la destrucción. Jadeando, miré mi puño aún envuelto en aquel poder. Había logrado hacerlo. Cuando volví la vista hacia Jiro, su expresión no era de sorpresa, sino de aprobación. Asintió lentamente antes de esbozar una pequeña sonrisa. -Ya has aprendido lo básico, joven Kenzo.- Dijo con un tono que, por primera vez, no tenía dureza, sino un leve matiz de orgullo. -Si quieres desarrollarlo más, tendrás que seguir practicando. Yo ya no puedo enseñarte nada más.- Sentí un vacío extraño en el pecho al escuchar eso. Después de tanto esfuerzo, después de tanto dolor, ¿Ya estaba? ¿Así terminaba? Pero al ver su expresión, entendí que este no era el final, sino el principio de algo aún más grande. Con una última sonrisa, Jiro me dio la espalda y comenzó a alejarse. -Espero tener buenas noticias tuyas- Dijo antes de desaparecer entre los manglares. Me quedé ahí, con el puño aún cerrado y la respiración agitada, sabiendo que este era solo el primer paso.

El entrenamiento con Jiro había terminado, pero mi viaje apenas comenzaba. Ya no tenía a alguien que me corrigiera con cada fallo ni que me golpeara para recordarme mis errores. Estaba solo, pero por primera vez, eso no me asustaba. Ahora tenía una nueva fuerza, un poder real que podía sentir recorrer mi cuerpo, endureciendo mi piel y dándome la certeza de que estaba un paso más cerca de convertirme en el pirata más fuerte de todos los tiempos. Decidí continuar mi entrenamiento en las ruinas donde había estado practicando el primer día. El suelo estaba cubierto de escombros, fragmentos de las rocas que había destrozado en mis intentos previos. Pero todavía quedaban muchas más. Rocas enormes, pilares de piedra erosionados por el tiempo, superficies resistentes que me servirían para poner a prueba mi nueva habilidad. Me arremangué la parte superior de mi camiseta totalmente sucia y maltratada por mis entrenamientos, dejando mis brazos al descubierto. El calor y la humedad eran sofocantes, pero no me importaba.

Adopté una postura firme y concentré toda mi energía en mi brazo derecho. Podía sentir cómo mi cuerpo reaccionaba de inmediato, como si hubiera estado esperando ese llamado. Mi piel comenzó a oscurecerse, tornándose en ese color negro brillante que ahora significaba poder. Respiré hondo, sintiendo la presión en mis músculos, y lancé mi puño contra la primera roca. El impacto fue brutal. Un crujido resonó en el aire cuando la piedra se partió en dos, sus fragmentos cayendo a mi alrededor como si fueran simples escombros. Me quedé mirando mis nudillos, aún cubiertos con esa negrura impenetrable, y una sonrisa se dibujó en mi rostro. -¡Sí!- Grité, sintiendo la adrenalina recorrerme. -¡Esto es increíble! ¡Nunca me había sentido tan bien!- No me detuve. Busqué otra roca, más grande, más resistente. Coloqué mis pies con firmeza en el suelo y lancé otro golpe. Esta vez, el impacto fue aún más fuerte. La piedra no solo se partió, sino que explotó en pedazos diminutos, esparciéndose por el suelo como polvo.

Cada golpe me hacía sentir más fuerte. Podía notar cómo mis movimientos se volvían más precisos, cómo mi control sobre el haki mejoraba con cada intento. Antes, solo podía mantenerlo activo por unos segundos, pero ahora podía extender ese tiempo. Me imaginé en batalla, enfrentándome a poderosos enemigos, usando este poder para atravesar sus defensas, para hacerme respetar en los mares. Pensé en Yojimbo, en los piratas que admiraba, en todos aquellos que habían subestimado mi fuerza alguna vez. No, no me detendría aquí. -Voy a ser el pirata más grande de todos los tiempos.- Susurré, cerrando el puño con determinación. Seguí entrenando sin descanso. Golpe tras golpe, roca tras roca. No importaba el sudor que me resbalaba por la frente, ni el cansancio que amenazaba con detenerme. Cada vez que mi cuerpo quería rendirse, recordaba mi objetivo. El mundo aún no lo sabía, pero Kenzo Fujiwara estaba destinado a la grandeza.


RE: [PRESENTE RELATIVO] [HAKI] ¡El despertar del guerrero! - Sentomaru - 23-02-2025

ENTRENAMIENTO: COMPLETADO
Puedes entrenar el primer nivel de Busoshoku (Añadido en la pestaña: Entrenar técnicas)
 

Busoshoku Haki (Base)

Busoshoku Haki
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