Nakama no Mi - Foro Rol de One Piece
[FIC] Hachimon - Versión para impresión

+- Nakama no Mi - Foro Rol de One Piece (https://nakamanomi.com)
+-- Foro: Mundo (https://nakamanomi.com/forumdisplay.php?fid=3)
+--- Foro: Grand Line Paraíso (https://nakamanomi.com/forumdisplay.php?fid=227)
+---- Foro: Sabaody (https://nakamanomi.com/forumdisplay.php?fid=329)
+----- Foro: Manglares 0 al 9 (https://nakamanomi.com/forumdisplay.php?fid=330)
+----- Tema: [FIC] Hachimon (/showthread.php?tid=1597)



[FIC] Hachimon - Kenzo D. Fujiwara - 26-02-2025

32 de Otoño, año 14.

El entrenamiento había sido brutal. Mi cuerpo entero dolía, como si cada músculo gritara en protesta. Pero ese no era el problema. El verdadero problema era mi límite. Mis puños eran fuertes. Mi velocidad, buena. Parecía que poco a poco iba avanzando y evolucionando, pero cuando me enfrentaba a oponentes más resistentes, algo no terminaba de encajar. Mis golpes los dañaban, sí, pero no lo suficiente. Y lo peor era que mi Gabu Gabu no Mi tampoco me daba una ventaja inmediata en estos casos. Si no lograba que mi alcohol entrara en su sistema a través de heridas abiertas o contacto prolongado, simplemente no funcionaba como yo quería.

Ese pensamiento me rondaba la cabeza mientras observaba el mercado portuario. Era de noche y las luces de las antorchas creaban sombras alargadas sobre la madera vieja de los puestos. Me detuve frente a un herrero que afilaba cuchillas con una concentración casi hipnótica. La piedra de amolar giraba y el filo de la hoja reflejaba destellos plateados cada vez que pasaba por ella. Chispa tras chispa, mi mente comenzó a encajar piezas. Necesitaba un arma, pero no cualquier arma, sino algo que potenciara mi estilo de pelea. Algo que no interfiriera con mis golpes, sino que los hiciera aún más letales. ¿Y si en vez de solo golpear pudiera cortar también?

Mis ojos recorrieron el mostrador del herrero. Había dagas, espadas cortas, incluso garras de metal diseñadas para combate cercano. Pero ninguna de ellas encajaba del todo conmigo. Si empuñaba una espada, perdería movilidad. Si usaba una daga, mis ataques serían más predecibles. Entonces lo vi. Un viejo guantelete de cuero, reforzado con placas metálicas en los nudillos. Mi corazón latió más rápido. ¿Y si hiciera algo parecido, pero con cuchillas? No necesitaba una hoja larga, solo un filo que convirtiera mis puñetazos en cortes rápidos y profundos. Y si esas cuchillas dejaban heridas abiertas, mi alcohol se filtraría con facilidad. Era perfecto. Empecé a imaginarlo en mi mente. Un guantelete ajustado, con cuchillas en los nudillos. Nada demasiado largo, solo lo suficiente para desgarrar la piel con cada impacto. Si alguien intentaba bloquear mi golpe con los brazos, quedaría herido. Si lograba conectarlo directamente en el torso, haría mucho más daño que un puñetazo normal. Y lo mejor de todo era que seguía peleando a mi manera, con mi velocidad, con mi fuerza y sin variar mi estilo de pelea.

Sonreí, sintiendo una emoción burbujeante crecer dentro de mí. No era solo una idea. Era un nuevo paso en mi camino como luchador. Así que no perdería tiempo. Si quería que esto funcionara, necesitaría materiales, diseño y por supuesto mi habilidad de construir cosas. Pero nada de eso importaba en ese momento. Me quedé mirando la luna sobre el puerto, sintiendo que algo había cambiado. Mi pelea estaba por evolucionar y eso me ponía nervioso.

33 de Otoño, año 14.

Diseñar un arma desde cero era más difícil de lo que pensaba. Tenía la idea clara en mi cabeza, que no era otro que un guantelete reforzado con cuchillas, algo que me permitiera golpear con fuerza mientras abría heridas para inyectar alcohol, como había pensado el día anterior. Pero una idea sin forma no servía de nada. Necesitaba bajarla a la realidad, darle estructura, entender cada parte antes de poder construirla.

Me senté en el suelo de la cubierta que nuestro nuevo barco. Sobre la madera por donde pisábamos, extendí mi libreta de bocetos. No era un artista, pero eso no importaba, y aunque mis dibujos eran toscos, eran bastante funcionales. Con un carbón en la mano, tracé la base del guantelete. Debía cubrir mi mano y parte del antebrazo sin entorpecer mis movimientos. Luego, añadí las primeras placas metálicas en los nudillos y el dorso de la mano, reforzadas para que mis golpes fueran más contundentes. El siguiente paso eran las cuchillas. Pensé en distintas posibilidades. ¿Las quería retráctiles? ¿Fijas? ¿Largas como dagas o más bien cortas y discretas?

La idea de un mecanismo retráctil me entusiasmaba, pero pronto me di cuenta de que era demasiado ambicioso para mi nivel actual. No tenía conocimientos de ingeniería avanzada, ni acceso a los materiales adecuados. Además, un mecanismo así requeriría mantenimiento constante y podía fallar en medio de una pelea. No podía permitirme eso. Así que opté por algo más simple y efectivo, y no era otro diseño que tres cuchillas fijas sobre los nudillos, lo suficientemente cortas como para no entorpecer mis golpes, pero lo bastante afiladas como para desgarrar la piel con cada impacto, y aún así no era suficiente. Quería aprovechar aún más mi akuma no mi.

Si lograba que el alcohol entrara en los cortes de inmediato, el efecto sería mucho más devastador y más beneficioso para mí en combate. ¿Cómo hacerlo sin volver el diseño demasiado complejo? Me froté la barbilla, pensativo, hasta que se me ocurrió una idea, que no era otra que poner pequeños depósitos internos dentro del guantelete que liberaran una dosis mínima de alcohol con cada golpe. Hice algunos bocetos adicionales. No tenía que ser un sistema complicado, solo una serie de diminutos conductos que conectaran el interior del guantelete con las cuchillas, permitiendo que el líquido fluyera de manera controlada al impactar contra un enemigo. Si funcionaba como imaginaba, podría debilitar a mis oponentes rápidamente, nublando sus sentidos y reduciendo su capacidad de reacción con cada herida.

Cuando terminé, observé el diseño con orgullo. Era crudo, imperfecto, pero funcional. Un guantelete de cuero reforzado con placas de acero en la parte superior, tres cuchillas letales sobre los nudillos y un sistema rudimentario de liberación de alcohol. Lo miré por un momento más, sonriendo. Ahora venía la parte difícil: construirlo.

No tenía idea de cómo construir un arma. Pero eso nunca me había detenido antes. Si podía aprender a pelear, a robar y a sobrevivir en la calle, podía aprender a forjar mi propio guantelete. El primer paso era conseguir los materiales. No tenía dinero para comprar acero nuevo ni cuero de la mejor calidad, así que tuve que improvisar. Caminé por el puerto, recorriendo astilleros y chatarrerías, buscando piezas útiles entre los desperdicios de otros. El acero lo conseguí de una vieja espada rota que un comerciante iba a tirar. Tenía grietas y estaba mellada, pero aún era resistente. Lo que necesitaba no era una hoja perfecta, sino un material que pudiera ser trabajado de nuevo. La tomé sin pensarlo dos veces.

Para el cuero, me acerqué a un peletero que trabajaba en la plaza. Vi montones de retazos descartados, piezas irregulares y mal cortadas. Tras preguntarle al señor si no los iba a usar, se encogió de hombros y me dijo que me llevara tanto como quisiera mientras se encogía de hombros. No esperé a que cambiara de opinión y tomé lo mejor que encontré. También conseguí algunos clavos y piezas metálicas oxidadas, lo que podría servir para los remaches y refuerzos. Con todo en mano, volví a mi camarote.

La habitación estaba desordenada y olía a sal, sudor y madera vieja, pero era mi espacio, y ahí daría vida a mi arma. Lo primero fue calentar el acero. No tenía un horno de herrería, así que improvisé una pequeña fragua con un barril de metal y carbón ardiente. Aventé aire con un fuelle improvisado, viendo cómo las llamas devoraban la oscuridad del acero hasta volverlo incandescente. Cuando estuvo al rojo vivo, lo coloqué sobre una tabla gruesa y empecé a golpearlo con un martillo pesado. Cada golpe resonaba en el camarote como un trueno sordo. Golpe tras golpe, el metal empezó a cambiar de forma, perdiendo su antigua identidad de espada rota y adoptando la de una placa resistente que encajaría en el dorso de mi mano.

Las cuchillas fueron lo más complicado. Las corté con una sierra improvisada, limándolas hasta que adquirieron el filo necesario. Luego, las fijé a la placa con pequeños pernos, asegurándome de que no se movieran. No eran retráctiles, pero eso no importaba por ahora. El cuero vino después. Lo corté en tiras gruesas, dándole forma de guantelete. Con una aguja de hueso y un hilo grueso, lo cosí con paciencia, envolviendo la estructura metálica con el material flexible. Cuando terminé, lo ajusté a mi mano. Pesaba más de lo que imaginé, pero se sentía bastante poderoso. Me miré en un espejo roto. Mi reflejo mostraba mi rostro cubierto de sudor y hollín, con los dedos llenos de pequeñas quemaduras. Pero estaba sonriendo. Después de una noche en vela, mi guantelete estaba casi listo. Solo quedaba probarlo.

34 de Otoño, año 14.

El guantelete pesaba más de lo que imaginé. No era un peso imposible de manejar, pero sí lo suficiente como para hacerme sentir torpe. Cada vez que cerraba el puño, sentía el filo de las cuchillas vibrando en mis nudillos, como si estuvieran ansiosas por probarse en batalla. Pero antes de eso, necesitaba saber si realmente funcionaba. Después de descansar unas pocas horas porque mi cuerpo me lo exigía tras una noche de trabajo, me puse en marcha para encontrar un lugar donde probarlo. No podía hacerlo en cubierta ni en las calles del puerto, llamar la atención siendo pirata y en un lugar con tanta presencia de marines era un error de novato, aunque no sería raro si alguno de los Alas Negras llamaban la atención.

Caminé por los callejones hasta encontrar un viejo almacén abandonado cerca del muelle. Olía a madera húmeda y salitre, con un aire denso que delataba el abandono del lugar. Entre las sombras, montones de barriles y cajas apiladas esperaban a que los convirtiera en mi campo de pruebas personal. Tomé aire y flexioné los dedos dentro del guantelete. El cuero estaba firme, pero el peso del metal sobre mi mano alteraba mi equilibrio. Di el primer golpe a un barril de madera, pero en lugar de atravesarlo con facilidad, sentí un impacto seco en mis huesos. No estaba acostumbrado a golpear con cuchillas.

Ajusté mi postura y lo intenté de nuevo. Esta vez, el filo se deslizó a través de la madera, dejando un corte profundo por el que comenzó a derramarse un líquido oscuro. Me alejé un paso, observando el efecto: la herida no solo era limpia, sino que la madera absorbía parte del alcohol que había impregnado en las cuchillas, eso significaba que funcionaba, aunque no era tan perfecto como esperaba. Golpe tras golpe, me di cuenta de los defectos. Para empezar, los remaches no soportaban impactos demasiado fuertes y se aflojaban con facilidad, el cuero se resbalaba cuando mis manos comenzaban a sudar, y el peso desequilibraba mis movimientos. No podía usar esto en una pelea real sin hacer ajustes.

Regresé al barco con los nudillos ardiendo y pasé horas reforzando el cuero, apretando las correas y asegurando los remaches con capas extra de costura. Cada ajuste convertía al guantelete en una extensión más natural de mi cuerpo. Cuando terminé, el sol se estaba ocultando, y la oportunidad de probarlo en un combate real llegó antes de lo esperado. Me adentré en un bosque que estaba cerca del Manglar en el que estaba para cazar algo de comida, pero lo que encontré fue un grupo de perros salvajes con los ojos inyectados en hambre. Sus gruñidos resonaron en la espesura y, en cuestión de segundos, se abalanzaron sobre mí. No tuve tiempo de pensar. Solo reaccioné. El primer golpe se hundió en el costado de uno de ellos, dejando tres cortes paralelos en su piel. Sus patas se tambalearon, y en segundos, el alcohol impregnado en las cuchillas hizo su trabajo. El animal se tambaleó, aturdido, como si el mundo girara a su alrededor. Uno a uno, los demás intentaron atacarme, pero cada herida los debilitaba más. En cuestión de minutos, los pocos que quedaban huyeron con el rabo entre las patas. Me quedé en silencio, con la respiración agitada. El guantelete funcionaba, y yo no pude evitar celebrarlo, pegando gritos y saltos de júbilo en aquel lugar. ¡Estaba feliz! ¡Me propuse hacer algo y lo había conseguido! Pero ahora... ¿Que nombre le pondría?

-Hachimon. Ese sería su nombre. Lo susurré para mí mismo, dejando que la palabra tomara forma en mi mente, como si al pronunciarla le diera vida propia. -Hachimon. Sonaba fuerte, resonante, como el eco de un golpe bien dado, como un rugido contenido en acero y cuero. Lo observé en mis manos, girándolo ligeramente bajo la tenue luz de la lámpara de aceite. Las placas metálicas brillaban con un fulgor opaco, marcadas por el esfuerzo de días enteros de trabajo. Cada corte, cada remache, cada pequeño detalle era un reflejo de mí mismo. No era un arma comprada ni tomada de las manos de otro. Era mía, forjada con mis propias manos, con mi sudor y mis ideas. Sentí una punzada de orgullo inflando mi pecho. No solo era un arma digna de un pirata, era un arma digna de mí.

Respiré hondo, disfrutando la sensación del cuero ajustado alrededor de mi mano, como si hubiera nacido con él. Era extraño cómo algo tan nuevo podía sentirse tan natural. Flexioné los dedos, permitiéndome imaginar el impacto de un golpe limpio, la forma en que las cuchillas se hundirían en la carne, la manera en que el alcohol haría su trabajo una vez liberado. Esto era solo el comienzo. En mi mente, la imagen de mi tripulación apareció casi al instante. Garnet y Triana. Ellos debían verla primero. No por aprobación, no necesitaba que me dijeran que era buena, cosa que ya lo sabía, sino por la emoción de compartirla con ellos. Quería ver sus expresiones cuando notaran la pequeña genialidad detrás del diseño. Quería ver la chispa en los ojos de Garnet cuando entendiera su letalidad, y la forma en que Triana intentaría analizar sus debilidades antes de admitir que le gustaba.

Y por otro lado, Yojimbo. Ese pensamiento me detuvo. ¿Qué diría él? No lo sabía, y eso me incomodaba. Yojimbo no era de los que regalaban elogios, pero su aprobación pesaba más de lo que me gustaría admitir. Yo no era el mismo niño que se encontró en el bosque de Momoiro, que le pidió que le ayudara a ser el mejor y que luego se subió a este barco, y esta arma era la prueba de ello. Cuando volviera, cuando lo viera, quería que entendiera sin necesidad de palabras que ahora era más fuerte, más listo, más letal. Mi corazón latía con fuerza en mi pecho. Sostuve el guantelete con ambas manos, mirándolo con intensidad. No solo era un arma. Era un símbolo de lo que estaba construyendo. Un paso más. Un paso más cerca de convertirme en el luchador imparable que siempre quise ser.


RE: [FIC] Hachimon - PX-3 - 12-03-2025

RECOLECCIÓN FINALIZADA

Escribe en tu hoja de creación de personajes el nombre, la descripción y foto del arma, además de mandar 
petición administrativa cuando lo tengas. Recuerda que el guante SOLO hace daño cortante como te dijo Sentomaru.