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[Presente Relativo - Recoleccion] Ciencia ¡bitch! - Versión para impresión

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[Presente Relativo - Recoleccion] Ciencia ¡bitch! - Fuguwu - 23-03-2025

Día 4 de Invierno, Año 14.
Archipielago Sabaody, Manglar 70, Cuartel de la Marina




El invierno había entrado de lleno. El tema de las temporadas tan identificables en la superficie era algo que hasta el día de hoy me seguía sorprendiendo. En la isla Gyojin esto era diferente, al estar 10 mil metros bajo la superficie las temporadas no llegaban de forma tan abrupta a la isla, si no que se balanceaban entre una y otra y lo único que les diferenciaba era la cantidad de horas que duraba el día; sin embargo, al estar metidos en una burbuja (literalmente, aunque algunos Gyojin viven en una burbuja en sentido figurado también) las estaciones no se hacían presentes en el cambio de follaje en los árboles, en la migración de las aves o en los cambios de temperatura que se sentían al soplar el viento. En mi isla natal, se puede sentir este cambio en las corrientes que pasan cerca, pero no todos los Gyojin se atrevían a aventurarse fuera de la burbuja que protegía y encapsulaba la isla.
 
No fue hasta que salí de casa por primera vez, y contra mi voluntad, siendo devorado por una ballena y terminando en otro océano, que me di cuenta de que las estaciones del año se marcan con notoria diferencia. Al menos en aquellas islas que tienen un clima constante, el Grand Line era cosa aparte, y se dicen cosas peores del Nuevo Mundo, pero eso es otra historia. Lo importante a resaltar aquí es que al dejar mi hogar hace más de 10 años me expuse a diferentes situaciones y calamidades de las que jamás me había expuesto o de las que ni siquiera era consciente de que existían. El invierno en el archipiélago Sabaody era frio, pero no era un frio que calara los huesos, imposible de resistir. Era más bien un frio propio del invierno, del que te obliga a sacar el uniforme de invierno y les recuerda a los humanos a traer siempre un segundo par de calcetines secos en su mochila – excepto Apolo, pues gracias a sus habilidades él se mantenía seco a pesar del clima.
 
El uniforme de invierno de la marina es bastante guapo, a decir verdad. No es como en los mares tropicales, donde basta con una camisa delgada y un chaleco liviano. Aquí, cuando el viento se levanta y el frío se cuela hasta los huesos si vas en ropas para un clima cálido, necesitamos algo más resistente. Para empezar, los oficiales llevan un abrigo largo de un blanco inmaculado, grueso y pesado, con un forro interno de lana o algún otro material cálido. Es el mismo abrigo que usan en verano, pero en invierno lo refuerzan por dentro. Se lleva abierto la mayor parte del tiempo, porque para un oficial el frío no es excusa para perder la postura. Son un orgullo, un ejemplo a seguir, ansío llegar a ser al menos Comodoro como Karl, ojalá incluso, algún día, llegar a ser un Vicealmirante como Joe.
 
Algunos incluso, los que más saben de moda o los que son más friolentos, usan bufandas, generalmente azules o negras, envueltas con una sola vuelta y dejando caer los extremos sobre el pecho. Nosotros, los soldados rasos y oficiales de menor rango, no tenemos un abrigo tan imponente, pero sí algo funcional. Nuestra chaqueta de invierno es más gruesa que la camisa estándar y tiene un interior forrado con un material que ayuda a retener el calor. Es de un azul marino oscuro, con botones metálicos al frente y el símbolo de la Marina bordado en la espalda en un blanco llamativo, como si nos recordara constantemente a quién servimos, pero principalmente para recordarles a nuestros enemigos contra quien se están enfrentando. Algunos le dejan el cuello levantado para protegerse del viento, aunque según el reglamento de cada base o tu oficial al mando esto te lo pueden llegar a negar o no.
 
Los pantalones también cambian. Siguen siendo de un azul marino sobrio, pero el tejido es más resistente y está forrado por dentro con una capa térmica. Son más pesados y menos flexibles que los de verano, pero necesarios cuando el aire gélido sopla desde el mar. Con ellos, las botas son obligatorias, tanto desde un punto de vista funcional como desde la obligatoriedad del código marine. Nada de esos zapatos bajos que se ven en tiempos cálidos o, peor aún, los que van en sandalias de playa. En invierno, los soldados llevamos botas de cuero grueso, reforzadas en la punta y con un forro interno que ayuda a mantener los pies secos y calientes. El color varía entre negro y marrón oscuro, dependiendo de la dotación, la verdad es que marrón oscuro quedan bastante bien, pero la mayoría escoge negro porque son más fáciles de limpiar y de mantener limpias.
 
Para las manos, algunos marines usan guantes. Los que deciden hacerlo traen unos guantes que son de cuero, generalmente blancos o negros, y cubren bien los dedos. No todos los llevan porque pueden dificultar maniobras rápidas, principalmente los que utilizan armas a distancia como su forma de combate, o el equipo médico que necesita las manos libres para curar y auxiliar a los heridos, pero en bases frías donde el invierno es más intenso si que son esenciales. Y luego está la cabeza, aquí sí que soy participe de este equipamiento, a diferencia de con los guantes. En verano, muchos marines, yo incluido, usan una gorra ligera con la visera recta, pero en invierno se permite llevar gorros de lana ajustados a la cabeza o versiones con orejeras que pueden plegarse hacia arriba cuando no se necesitan. No es algo obligatorio, pero en ciertos lugares fríos, como en los puertos donde el viento castiga sin piedad, es mejor tener uno. Yo mantengo la misma gorra de toda la vida pues los gorros esos de lana se pueden llegar pegados a mis púas y es un fastidio, terminan todos rotos y la verdad es que ni me son necesarios pues el frio no es algo que me amedrente en una situación normal.
 
Cuando el clima se vuelve más extremo, algunas bases permiten capas cortas que se abrochan en el cuello, con un ribete de piel sintética en el borde. No son comunes, pero algunos soldados las prefieren porque cortan el viento mejor que la chaqueta. En islas más frías, como algunas en el Grand Line, he oído que usan versiones de los uniformes con capuchas gruesas forradas de piel, pero esas no las usamos aquí. Honestamente, nunca he visto nevar (o la nieve, que no es lo mismo pues hay quienes van a las montañas a esquiar, pero nunca han visto la nieve caer, simplemente está ahí en el suelo siempre) por lo que me gustaría visitar algún día este tipo de islas, incluso si es en calidad de trabajo. Ya te digo yo que si fuera de vacaciones me la viviría dentro de una cabaña siendo arropado por el calor de un buen whisky y comida deliciosa. En fin, todo esto para decir que el día de hoy porto el uniforme de invierno.
 
Mi ropa había cambiado, por lo mismo, de aquel uniforme que había estado usando todo el otoño – más relajado, de mangas cortas, y cuello abierto – a uno más apropiado para el invierno. Los colores no eran para nada diferentes, pues al final de cuentas era una pieza más del uniforme de la Marina. Sin embargo, la tela era un poco más gruesa y por encima de la camisa llevaba puesto una chamarra de cuello alto, blanca en su mayoría, con detalles en azul en el cuello y en las mangas, alrededor de esta colgaba el mismo pañuelo azul que siempre portaba como parte del uniforme. Tras levantarme temprano (05:30 a.m.) para completar mi entrenamiento antes del desayuno (el cual ahora me tomaba dos horas y media completar), y luego de tomar un baño caliente para no enfriar el cuerpo de golpe, me dirigía al patio de entrenamiento del cuartel general de la Marina donde habíamos pasado la mayor parte de las últimas llegadas desde nuestra llegada al manglar 70. Luego de bañarme, me dirigí a una zona diferente que últimamente visitaba casi a diario. El hospital.
 
Y no, no era por mi gran labor altruista de atender enfermos y heridos, aunque con gusto ayudaría si me lo pidieran. En esta ocasión, estaba visitando frecuentemente el hospital porque me habían permitido trabajar en el laboratorio anexo en el cual se recibían las nuevas muestras de medicinas, se analizaban las muestras de sangre de los heridos, y, en mi caso, se desarrollaban nuevas medicinas para uso militar. Si bien el laboratorio no era grande ni se llegaban a desarrollar drogas tan poderosas como las S.E.E.D. que lleva el grueso del equipo científico de la marina, las instalaciones son suficientes para el tipo de investigación que estaba llevando a cabo. La base, el veneno que emana naturalmente de mis púas, la razón, tener la ventaja en combate por supuesto. Las experiencias que había obtenido en batalla me habían demostrado que incluso la más mínima de las ventajas eran la diferencia entre la victoria y la derrota, entre la vida y la muerte. Nunca había aprovechado las capacidades medicas en su totalidad, me había limitado a realizar labores medicas menores, pero últimamente me había interesado por la investigación, ya habría lugar y tiempo para mejorar en el ámbito médico para poder realizar operaciones en el futuro.
 
El laboratorio lo manejaba alguien con una personalidad bastante curiosa.
 


 
Se presento como Jesse Pinkman, y la verdad es que no encajaba del todo con la imagen que tenía de un laboratorista de la Marina. Vestía la bata reglamentaria, sí, pero de alguna forma lograba que pareciera desaliñada, con las mangas remangadas hasta los codos y el cuello ligeramente desabrochado, como si pasara olímpicamente del protocolo y las normas. Bajo la tela blanca, su uniforme azul estaba arrugado, con signos evidentes de haber sido puesto a toda prisa, y las botas parecían no haber visto un buen lustrado en días. Su cabello rubio, un poco más largo de lo habitual para un oficial, parecía haber sido peinado con los dedos en lugar de un cepillo, dejando algunos mechones desordenados que le daban un aire de informalidad. Bajo los ojos, unas ligeras ojeras hablaban de largas horas en el laboratorio (o de noches en vela por razones menos profesionales, no lo sé, ni me atrevería a preguntar). Pero lo que más me llamaba la atención no era su aspecto, sino su actitud. No se movía con la rigidez disciplinada de los marinos ni con la solemnidad de un científico comprometido con su deber. Más bien, había en él un aire de rebeldía resignada, como si estuviera ahí no por vocación sino por falta de opciones mejores. Se dirigía a los demás marines y los otros compañeros del laboratorio con un tono entre burlesco y sincero, intercalando expresiones poco ortodoxas que seguramente harían fruncir el ceño a los oficiales de alto rango (por ejemplo, “Que pedo ese”, o también, “¡Ciencia, bitch!”).
 
Aun así, cuando trabajaba, era innegable que sabía lo que hacía. Sus manos se movían con seguridad entre los matraces y frascos de reactivos, midiendo cantidades con una precisión instintiva que dejaba claro que, por más caótica que fuera su apariencia, su mente estaba entrenada para el oficio. Como si solo se hubiera dedicado a estos procesos durante largas jornadas de interminable trabajo durante varios años. Durante el primer día que trabaje en el laboratorio lo observe con curiosidad: Jesse Pinkman parecía alguien que había tomado un camino torcido para llegar hasta allí, pero que, de algún modo, aún lograba hacer su trabajo con eficiencia... y a su manera. Él siempre hablaba de que todo su conocimiento se lo debía a su mentor, un tal Heisenberg el cual no estaba en esta base de la marina y de quien Pinkman no quería dar mayores detalles. Parecía como que tuviera una relación de amor / odio con el tal Dr Heisenberg, un poco retorcida.
 
Pero, honor a quien honor merece, había sido Pinkman quien se había interesado en las propiedades de mi veneno y quien me había ayudado a extraerlo, estudiarlo, y procesarlo con la intensión de desarrollar nuevas medicinas (o drogas, como sea que le quieran llamar) que sirvan durante el combate. De momento, habíamos llegado a conclusiones bastante interesantes. La primera es que el veneno que emana de las púas de mi mano derecha es distinto al que sale de mi mano izquierda en sus propiedades químicas. Lo segundo es que, según el cómo se procese y con que medicinas se combine, las posibilidades eran infinitas. Aunque nos faltaba mucho para descifrar las combinaciones correctas para los diferentes posibles efectos a mitigar, nuestra idea era generar medicinas (drogas) que lograran contrarrestar el calor, el frio, aumentar el coraje o el enfoque, e incluso llegar a vencer el miedo o el terror.
 
“¡Ciencia, bitch!” – expreso Jesse luego de que descubriéramos que las opciones eran infinitas – “Esto le va a volar el cerebro a Mr White” – se refería al Dr Heisenberg, como si tuviera un alter ego pues el Dr Heisenberg no se apellidaba ni llamaba White, esto lo había corroborado con el resto de los investigadores luego de que Jesse abandonara el laboratorio un día para ir a fumar – “con tu veneno Fuguwu las posibilidades son infinitas, ¡a huevo!”
 
“Gowowo wowowo” – me reí ya acostumbrado a la forma de expresarse de Pinkman sin evitar ser algo ruidoso, el chico era una joya de persona – “hay que empezar a pensar en cómo hacer las posibilidades infinitas un poco finitas, dudo que consigamos la panacea para todos los males Jesse, ¿qué dicen tus resultados?, ¿hay algo concreto en lo que nos podamos enfocar?” – pregunte aun sonriendo, la verdad es que el chico hacia que el trabajo se sintiera menos pesado y agradecía la compañía, por inusual que fuera. Seguía trabajando en la parte que me correspondía, liberar tanto veneno como me fuera posible de mis púas para almacenarlo en bolsas plásticas desinfectadas para luego etiquetarlas con fecha, hora, y descripción de que mano venia el veneno (izquierdo o derecho).
 
“Tranquilo ese, relaja la raja, eres idéntico al Mr White.” – contesto Jesse, no le gustaba que le apuraran o le metieran presión para trabajar – “pero va a ser que sí, si hay resultados ya concluyentes, vamos a ser millonarios Fuguwu.” – vacilo el greñudo a lo cual solo respondí con una sonrisa cómplice, ambos sabíamos que nuestra investigación se la quedaría la marina como parte de su propiedad intelectual, pero igualmente era divertido pensar en un mundo alterno donde esta investigación si nos hiciera millonarios y famosos. Jesse lo tenía bastante claro, si fuera millonario se compraría la casa de sus padres a quienes odia por haberle corrido luego de tacharlo como un bueno para nada, se compraría el mejor sistema de video y sonido, y se la viviría montando fiestas, conociendo gente y particularmente chicas (sabrosas, como les llama él) para vivir el resto de sus días como conejo, teniendo sexo desenfrenado hasta que se le rompa el pito (sus palabras textuales).
 
Yo lo tenía menos claro, si bien vivir rodeado de lujos, de fiesta en fiesta, o teniendo sexo sin descansar no sonaba mal plan, lo cierto es que las últimas dos cosas ya las había vivido en menor medida (diez años fuera de casa y apenas un par desde que me enliste en la marina, por supuesto que no todo fue rectitud y honor), pero lo suficiente para que no sean parte de mis sueños. Vivir rodeado de lujos en una primera instancia suena bastante bien, es una vida despreocupada, pero también es una vida banal, trivial, insignificante. El problema de ser millonario y estar en una organización o ser parte de una institución es que lo primero que la gente especulara es que compraste tu lugar en la misma, sea cual sea la verdad, y el ascender de rango solo sería una molestia para el resto de los colegas. Por lo que no pude responder a la pregunta de Pinkman con nada más que un simple – “No tengo idea.” – encogiéndome de hombros intentando restarle importancia al asunto.
 
Lo cierto es que trabajar con Jesse Pinkman es toda una experiencia. El tipo era un genio incomprendido, ¿o quizás estaba saltando a conclusiones sin sentido nuevamente?, no sería la primera vez (como cuando pensaba que Apolo era un maestro del disfraz por cómo se presentó ante la excapitana Ikirami en la ya lejana playa rosada de Momoiro). Escribiría luego un informe para los altos mandos del cuartel detallando nuestros descubrimientos y la importancia de Jesse en la investigación, el chico se lo merecía.
 
Luego de varios ensayos, tras múltiples intentos frustrados y después de lo que parecía ser una eternidad trabajando, por fin logramos sintetizar una medicina (droga, de verdad, que no los engañen) capaz de ayudar a quien la consumiera a combatir sus terrores, ejercer fuerza contra sus miedos, e incluso otorgarle valentía en situaciones bélicas de alto estrés y profundo enfoque. Al escribir el informe sobre esta primera medicina (droga) en una parte del mismo rezaría lo siguiente: “El ideal de la valentía no es solo un control rígido del miedo, ni es una negación de la emoción. El ideal es juzgar una situación, aceptar la emoción como parte de la naturaleza humana y, esperamos, usar bien, hábitos desarrollados para confrontar el miedo y permitir que la razón guíe nuestro comportamiento hacia una meta que valga la pena.” Esa meta, por supuesto, era la justicia, justicia que la marina llevaba a todo lo ancho y largo del mundo.
 
Fue el mismo Jesse quien se ofreció como sujeto de prueba para comprobar que la medicina (droga) funcionaba como lo teníamos previsto. Aceptando su terror por los grilletes, pondríamos a prueba la capacidad y efectividad de la misma con un ejercicio bastante sencillo, aunque un poco sádico. Utilizando yo un uniforme de guardia de Impel Down, el cual habíamos pedido para llevar a cabo el experimento y que regresaríamos tan pronto hubiéramos conseguido resultados concluyentes, simularíamos una situación en la prisión del cuartel general donde arrestara a Jesse, le encarcelara y le pusiera grilletes tanto en manos y piernas, permitiéndole moverse, aunque muy limitadamente con los mismos.
 
“A la verga Fuguwu, me estoy cagando de miedo con solo pensar lo que esta a punto de pasar.” – me dijo Pinkman minutos antes de empezar el experimento – “pero chingue su madre, todo sea por la ciencia, ¡bitch!” – dijo, tirando lo que quedaba de su cigarro al suelo y apagándolo con la suela de la bota.
 
Me puse la capucha del uniforme que habíamos conseguido y agarre fuertemente a Pinkman de los brazos, quien los tenía cruzados tras su espalda, llevándole así de camino hasta la prisión del cuartel. Esperábamos que esta simulación le ayudara a sentirse amenazado y así liberar sus miedos de su subconsciente. Todo funciono a la perfección, el miedo ahí seguía latente y al momento de ver los grilletes dentro de la celda en la que le estaba metiendo Jesse empezó a gritar rendido ante el pánico – “No wey, esto es un error, para puta madre, ¡para!” – pero no le hice caso, prometí no hacerle caso pues teníamos que probar si la medicina (droga) lograba hacer efecto o no – “no pienso volver a ser esclavo de nadie, ¡AYUDA! ¡AUXILIO! ¡MR WHITE!” – continuo Jesse con sus gritos, pero era inútil. Habíamos informado a los superiores del experimento y nadie vendría a molestarnos o arruinar el mismo.
 
Lamentablemente tuve que usar la fuerza bruta pues Jesse había perdido el control de si mismo, cayendo presa del miedo ante la situación en la que se encontraba. Mintiéndole un puñetazo en la boca del estómago – medido para no hacerle mucho daño, solo lo suficiente para sacarle el aire y que dejara de gritar – le puse la medicina (droga) que habíamos desarrollado y sintetizado en un caramelo rojo carmesí sabor cereza. El efecto fue inmediato. Jesse dejo de retorcerse, cuando le regreso el aire tampoco volvió a gritar y pedir ayuda. Había vencido su mayor miedo, al menos momentáneamente, en lo que durara el efecto de la droga.
 
Pidiéndole perdón por golpearle le quite los grilletes y me quite aquel uniforme algo ridículo de guardia de Impel Down. Jesse se encargaría de devolverlo y de continuar con la investigación para mejorar los efectos de la medicina (droga) e incluso potenciarlos a futuro.
 
Yo estaba feliz con lo que habíamos logrado, habíamos conseguido sintetizar coraje a base de mi veneno.
 
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