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[P. Relativo][Haki] El bambú armadura - Versión para impresión

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[P. Relativo][Haki] El bambú armadura - Max D. Bambú - 01-04-2025

Pocos días después de que Don Bambú hubiera dominado el Haoshoku en todo su esplendor, se preguntaba el ya no tan joven panda si sería capaz de llegar más allá también con el Busoshoku. Por sí mismo era incapaz de generar algo más que una película invisible sobre su piel que le permitía tocar a los usuarios de frutas de tipo logia, como Kisuke. Sin embargo, había visto hasta dónde podía llegar un haki armadura bien entrenado en las manos de Nokia, la capitana de la marina a la que habían derrotado hacía ya un tiempo. En su forma simiesca era capaz de recubrir su cuerpo con una especie de cobertura negruzca similar al más negro de los metales. Sin embargo aquella cosa no tenía nada que ver con el metal, sino con la fuerza de su espíritu endurecido. En su forma básica el haki no hacía que la fuerza de los ataques aumentase ni proporcionaba una protección espectacular, pero lo que Nokia hacía con su versión mejorada del mismo era impresionante. El trío revolucionario podía contarse entre los afortunados, ya que habían sobrevivido a un monstruo como aquel sin tener acceso a los mismos recursos. Los tiempos en los que podían permitirse cierta inexperiencia quedaron atrás, por desgracia. Cada isla a la que llegaban presentaba peligros cada vez mayores y que a menudo les resultaban insuperables. Little Garden cogió por sorpresa a Don Bambú. No dio el talle en Skypiea ni estuvo a la altura de sus compañeros en Báltigo. En Isla Chisi les partieron la boca a los tres juntos sin esfuerzo alguno y ahora en Sabaody Don Bambú había sido incapaz de derrotar a su viejo amigo a pesar de sus evidentes desventajas. Estaba harto de quedarse atrás y sentía que si no llegaba al siguiente nivel en aquel momento bien podría abandonar el Ejército Revolucionario y dedicarse a cultivar mandarinas como los viejos de su pueblo.

Por estos motivos Don Bambú se encontró caminando de nuevo hacia el manglar 0, donde el maestro Tetsujin tenía su dojo cerca del área portuaria del mismo. Allí el maestro había accedido en el pasado a instruirle en el arte del haoshoku y le había nombrado su discípulo. Gracias a él logró reconocer la fuerza que albergaba en su interior, la cual le era desconocida a la mayor parte del mundo, y también consiguió llevarla a su siguiente nivel. El poder todavía estaba asentándose del todo, ya que Don Bambú no era capaz de emularlo a voluntad siempre que quería, pero sabía que podría lograrlo si se diera la absoluta necesidad. Lo único que necesitaba era la certeza de que lo había logrado una vez y con ella sabría que podría hacerlo en el futuro. Con esta idea en mente, se plantó delante de la vieja puerta de madera del dojo. Como siempre, la puerta estaba cerrada y de ella colgaba un cartelito que recordaba a los viandantes que no se aceptaban alumnos nuevos. Don Bambú, por suerte, ya había superado ese obstáculo. Iba a llamar con un par de golpes a la puerta, pero antes de que pudiera darle, esta se abrió de golpe y porrazo. El maestro Tetsujin le esperaba al otro lado con una expresión severa.

—¿De nuevo aquí, joven? Creí haberte enseñado todo lo que necesitabas.
—Así es, maestro, pero creo que puedo alcanzar el siguiente nivel con el haki de armamento. Me siento más capaz que nunca.
—¿Más seguro que nunca, dices? Bueno, si es así pasa. No seré yo el que desestime tu seguridad.

El maestro se hizo a un lado para dejarle paso al enorme panda y dejó la puerta abierta a su paso. —Ya conoces el dojo. ¿Por qué no observas a algunos de mis alumnos y lo intentas por tu cuenta primero? Tengo unos asuntos que resolver fuera, pero volveré en una hora y me comentarás qué has conseguido. —Don Bambú se vio en la obligación de asentir, ya que no podía obligar al maestro a quedarse, y cuando éste se marchó se adentró en el dojo y buscó a algún alumno que le pudiera servir de ejemplo. La mayoría estaban completamente concentrados en sus tareas. Distinguió a varios que debían de estar entrenando el haki de observación, ya que su constante meditación lo evidenciaba. Otros parecían más concentrados en sus extremidades que en el espacio a su alrededor. El alumno que más le llamó la atención tenía varios dedos de su mano derecha recubiertos de una suerte de armadura negra que Don Bambú reconoció al instante como igual a la de Nokia, si bien mucho menos avanzada. Sin pretender entrometerse, el panda se sentó a un par de metros del alumno y lo observó con ojo crítico. Estaba intentando entender cómo estaba canalizando su energía espirtual. El alumno le miró de reojo, pero procedió a ignorarle y a seguir con su tarea. Al cabo de un rato, toda la mano del estudiante se volvió completamente negra y con esta satisfacción se detuvo para descansar un momento. —Está muy bien. —Elogió el panda. —Yo me enfrenté a una señora que se recubría entera. Menuda fue de tumbar. —Omitió el hecho de que aquella señora era de la marina, por si acaso hería sensibilidades. —Oh... qué bien. —El chico parecía incómodo. Debía de tener unos 20 años, cabello corto castaño y ojos marrones. Su complexión era atlética, pero no musculosa. —¿Cómo llevas el Kenbunshoku? —Preguntó el panda con curiosidad. —Todavía no he empezado con él. Me temo que con ese no puedo ayudarte. No percibiría ni a un gigante a 3 metros de mí. —Confesó. No parecía inmediatamente hostil contra los mink como tantos otros en el mundo. De hecho, parecía bastante amigable. —Ah bueno, todo llega. ¿Puedes darme algún consejo para lograr lo que acabas de hacer? —El muchacho negó con la cabeza. —Sólo que concentres toda tu atención en la extremidad que quieras endurecer y a ver si te sale. Pero cansa, ¿eh? No sé cómo hacía esa señora que dices para extenderlo por todo su cuerpo. De aquí sólo el maestro hace algo así, pero dice que es un malgasto de energía innecesario. —Don Bambú meditó acerca de ello mientras se rascaba la barbilla. —Vale, voy a ver si me sale. —Y entonces el panda cruzó sus piernas y extendió su brazo derecho. Cerró el puño con fuerza y activó el haki armadura, pero intentó concentrarlo especialmente en su puño. Podía sentir su fuerza espiritual circulando por todo su cuerpo. Para ser sinceros, le parecía mucho menos agotador que el Haoshoku. Menos intuitivo también, como si fuera un arte a estudiar más que a manifestar sin más. Sin embargo, al cabo de cinco minutos de pura concentración, empezaba a sentirse capaz de redirigir su energía espiritual con mayor precisión y en mayores cantidades. Repentinamente, toda su mano adquirió una tonalidad completamente negra. —¡Guau! —Exclamó el otro alumno. —Yo tardé semanas... Ya entiendo por qué el maestro te dejó entrar la otra vez. —Pero el chico se quedó sin palabras cuando el panda extendió el haki por todo su brazo derecho. El panda dobló el brazo y lanzó un puñetazo al aire. Se sentía capaz de derribar montañas. —¿Tenéis planchas de hierro o algo? —Preguntó recordando el dojo de Skypiea. —Tenemos muñecos de madera, si te sirven de algo. Hay uno en el lateral izquierdo del jardín de fuera. —Acompañado por aquel chico, Don Bambú salió a prisa del dojo mientras trataba de mantener la concentración en lo que estaba haciendo. Localizó inmediatamente el muñeco de madera, que estaba algo apartado de la casa, y saltó sobre el mismo propinándole un poderoso puñetazo descendente. La madera de aquella cosa se desintegró al paso de su puño derecho y en el suelo se formó un crater de medio metro de radio cuando la mano de Don Bambú impactó contra el suelo. Del mismo empezó a salir una humareda de polvo que al dispersarse reveló una tierra batida con un montón de astillas y trozos de madera de diferentes tamaños. —Si no supiera que esto lo has logrado por tu cuenta, diría que soy un profesor excelente. —Dijo aquel muchacho sorprendido por lo que acababa de ver. —Voy a seguir a lo mío. Honestamente no puedo enseñarte nada que no puedas replicar al momento, me parece a mí. —Don Bambú le dedicó una sonrisa y experimentó con aquella habilidad mientras el maestro todavía no regresaba. Después del muñeco de entrenamiento partió una piedra por la mitad, abolló una plancha de metal que estaba medio enterrada en el suelo en otra parte del dojo y le dio un buen susto a un muchacho que estaba meditando junto a un estanque cuando provocó un pequeño cráter a su lado. El panda se disculpó con una risa nerviosa cuando el estudiante le empezó a insultar mientras recogía sus cosas y se iba a otra parte del jardín más tranquila.

El maestro Tetsujin llegó poco después, y admirando el estropicio que el panda había causado, concluyó que lo consideraba apto para empezar el entrenamiento. Todavía con las bolsas de la compra colgando de ambas manos, adoptó una postura pensativa mientras miraba con ojo crítico a su pupilo. —Entiendo que sólo has sido capaz de manifestarlo en una extremidad al mismo tiempo, ¿cierto? —Don Bambú formó la cobertura negruzca en su brazo derecho e intentó aplicarla al mismo tiempo en su izquierdo, pero al hacerlo la derecha desapareció. —Eso me temo, maestro. —Respondió el panda en consecuencia. El maestro no se sorprendió en absoluto, pero parecía animado. —Es lo normal, es lo normal joven. Veamos... Sí, creo que sí. Te entrenaré yo mismo en la sala que usamos para el Haoshoku, ¿te parece? Y si no te parece también, que mando yo. —Con una risotada, Tetsujin se adentró en el dojo y se dirigió hacia su sala especial. Por algún motivo debía de tener un cierto aprecio por el panda, ya que no le mandaba entrenar fuera con los demás. Nada más entrar en la habitación solitaria donde anteriormente habían entrenado la versión avanzada del Haoshoku para no afectar a los otros estudiantes, el maestro se desprendió de su compra en un altillo cercano y se colocó en medio de la habitación. —Entrenaremos aquí para gozar de más espacio, ya que quizás te sientas inclinado a evitarme desplazándote por la habitación. Sin embargo, te animo a que no me esquives como yo tampoco te esquivaré a ti. —Explicó el hombre de pelo cano. Al parecer, dedujo Don Bambú, el entrenamiento iba a consistir en alguna suerte de combate o de intercambio de golpes. Sin perder el tiempo se colocó delante de su maestro, a un metro y medio de distancia y adoptó una postura pasiva. Tenía las piernas ligeramente separadas, ambos brazos flexionados y los puños cerrados apuntando al techo. —Antes de comenzar. —Empezó el maestro Tetsujin. —Me gustaría enseñarte a qué aspiramos exactamente con este entrenamiento. —Dicho aquello, el maestro adoptó una expresión de concentración absoluta, como si estuviera reuniendo todas sus fuerzas para ejecutar alguna clase complicado movimiento. Repentinamente, la piel del maestro se ennegreció por completo y su musculatura se pronunció considerablemente producto de la tensión que estaba ejerciendo el haki sobre su cuerpo. El anciano pareció crecer en tamaño frente al panda, aunque esto pudo deberse a que éste también poseía y utilizaba a menudo el Haoshoku. —Honestamente, esto es un malgasto de energía. —Comentó el maestro con serenidad mientras iba adoptando una posición más inclinada hacia el combate. —Sin embargo, es al mismo tiempo una excelente forma de comprobar que has dominado el uso avanzado del Busoshoku. Cubrir tu cuerpo enteramente de haki puede salvarte de alguna que otra situación y nos dará a entender que no tienes nada más que aprender en este dojo. —Habiendo recibido aquella crucial información, Don Bambú se mentalizó ante la idea de tratar de extender el haki por todo su cuerpo y asintió. —Estoy listo, maest... —Pero antes siquiera de que pudiera terminar, el maestro Tetsujin le propinó un potentísimo puñetazo en el abdómen. El panda ni siquiera había podido percibir su puñetazo. Se dobló en un ángulo de 90º, perdiendo todo atisbo de su anterior postura de combate, e hizo sus mejores esfuerzos por no vomitarle en los pies al viejo cabrón. —Pensaba que estabas listo, hombre. —Se quejó el señor mientras el panda se recuperaba del impacto boqueando. Al levantar la vista pudo observar cómo el brazo del maestro humeaba ligeramente por la fricción del impacto. —Venga, que te he pegado flojo. Haz el favor de recubrir tu abdómen esta vez. —Don Bambú se irguió aprentado con su mano derecha el punto donde le había golpeado. Todavía le dolía a horrores, pero hizo de tripas corazón y retiró la mano al tiempo que acumulaba en su zona abdominal el haki armadura más potente que podía. El maestro asintió satisfecho y procedió, en consecuencia, a propinarle un puñetazo en la cara que lo catapultó tres metros hacia atrás y lo dejó tumbado en el suelo cubriéndose el rostro con ambas manos. Le había dado en su vieja herida, lo cual sólo reavivaba los dolores del pasado. —Mala idea, que esto es un entrenamiento para que domines el haki de armadura como nunca lo has hecho hasta ahora. Tienes que ser capaz de recubrir varias partes de tu cuerpo al mismo tiempo. —Explicó el maestro con tranquilidad por encima de los quejidos del panda. —Vamos, Max. Levántate y enséñame por qué vales tanto dinero. —La mañana transcurrió con una dolorosa lentitud. A lo largo de las horas, el panda experimentó dolores atroces por todo su cuerpo debido a los inmisericordes impactos que su maestro le propinaba. Del último puñetazo (directo a la frente) tardó un buen rato en recuperarse. Su cabeza pulsaba como si su corazón estuviera latiendo con fuerza dentro de ella, pero cada pulsación agudizaba el malestar que estaba sintiendo por causa del dolor. La luz solar ya no entraba por las ventanas del dojo privado que estaban orientadas al este, pero tampoco por las contrarias, de modo que el sol debía de estar cerca de su cúspide indicando que se acercaban o que ya habían traspasado el mediodía. A lo largo de toda la mañana Don Bambú había logrado extender el haki de armamento hacia una segunda extremidad justo antes de que el maestro, a cuyos movimientos se había acostumbrado, le propinase un fuerte puñetazo en la zona recien recubierta. La diferencia fue notable, pues casi parecía como si su cuerpo presentase una resistencia similar al de una plancha de acero ante aquella bestia parda. Dolió mucho menos, eso desde luego, pero su cuerpo ya estaba bastante magullado y eso no supuso un gran alivio. —Bueno, vamos a parar un rato. Creo que es buena idea que comamos algo. —Sugirió el maestro Tetsujin deshaciendo por completo su haki de armamento y perdiendo aquel característico color negro brillante, parecía complacido. —No ha estado mal, D. Panda. Esa última parada le habría costado a cualquier otro de mis alumnos semanas. —Concedió el anciano acercándose a donde el panda se había dejado caer para recuperar el aliento. —Creo que para cuando termine la tarde ya serás capaz de hacer lo mismo que yo. —Pasó de largo sin tenderle una mano para levantarse y salió sin más ceremonias de la habitación. No le indicó al panda que se levantase ni que se preparase para ayudar con la comida, pero no hacía falta que se lo dijera. Don Bambú se irguió en cuanto tuvo las fuerzas suficientes y se levantó del suelo mientras sus brazos y piernas protestaban. Antes de poder alcanzar la puerta, esta se abrió de nuevo y el maestro entró acompañado de un par de alumnos con varias bandejas de comida, un mantel y cubiertos. Los alumnos le echaron un ojo con curiosidad al panda, ya que parecía ser una ocurrencia rara que el maestro entrenase en privacidad a alguien, pero sus rostros no dejaban ver qué era lo que realmente pensaban de ello.

Una vez la comida estuvo dispuesta, el maestro ordenó a sus alumnos que se marchasen con un ademán, probablemente a organizar la comida del resto de los miembros del dojo, y se sentó en el sitio que había ocupado la última vez que el panda había estado allí. Don Bambú hizo lo mismo, sintiéndose quizás algo incómodo ante la idea de que no se esperase de él que ayudase en lo más mínimo, como si fuera alguna clase de invitado especial. —Maestro, ¿por qué no...? —Empezó a decir, pero fue interrumpido rápidamente por el anciano. —No te preocupes por esto, joven. Me sentiré satisfecho si logras dominar el haki antes de que termine el día. Si no lo consigues, mañana puedes encargarte de la comida para todo el dojo. —Concedió. Satisfecho con aquella idea, el panda atacó la comida. Los manjares que se presentaban ante él parecían cocina propia de alguna tierra lejana. Alguna especie de pollo con una salsa anaranjada e innumerables especias que al entrar en contacto con la boca desplegaban un abanico de sabores sin fin discernible. Cada sabor dejaba paso al siguiente sin un claro punto intermedio, pero ninguno resultaba decepcionante. El pan que lo acompaba era delgado y parecía estar aderezado con curiosos aceites. Al hundirlo en la salsa, esta se adhería al pan con extrema facilidad y combinaba los sabores impregnados en ella para una experiencia completamente diferente. El postre resultó ser una suerte de flan especialmente denso con frutos dulces en su interior. Don Bambú nunca había comido nada similar, aunque el recuerdo de los platos que cocinaba Kovashi tampoco se quedaba muy atrás. Era un chef excelente, después de todo.

La comida finalizó con agradable té oriental el cual resultaba ya más familiar. Las finas hierbas empleadas en su elaboración calmaban el estómago del panda y le protegían de cualquier posible indigestión al mismo tiempo que relajaban su tensa musculatura. Tras el té, los ánimos del mink estaban por las nubes y sentía capaz de extraer todo su potencial interior sin dificultad alguna. El maestro debió de percibir su buen ánimo, porque se levantó inmediatamente, recogió con energía los platos en el centro del mantel y los envolvió con el mismo para apartarlos hacia una esquina de la habitación en la que se encontraban. —Ya lo recogeremos después. —Puntualizó Tetsujin antes de envolver todo su cuerpo con el haki armamento. De nuevo el anciano pareció crecer ante los ojos del panda y éste intentó hacer lo mismo. En primer lugar recubrió su brazo derecho y rápidamente le siguió un gran porcentaje del torso. Con un gruñido de esfuerzo, Don Bambú intentó expandir todavía más su haki. Con sus renovadas fuerzas y su espíritu inquebrantable se sintió capaz de lograr superar sus límites. Poco a poco, su brazo izquierdo comenzó a recubrirse también de aquella armadura espiritual. No fue hasta que sus últimos dedos se colorearon de un negro brillante que el maestro emitió un sonido de aceptación. —No está mal, joven. Nada m... —Pero sus halagos se vieron interrumpidos por el grito de esfuerzo de Don Bambú. —¡Aún puedo lograr más, maestro! —Afirmó mientras ponía todo su empeño y todas sus fuerzas en llegar todavía más lejos. Tenía que lograrlo, pensaba, para tener las fuerzas necesarias para afrontar a Kovashi en el futuro. Tenía que lograrlo para derrotar a su viejo amigo y quizás hacerle entrar en razón antes de que cometiese alguna estupidez por sus ansias de venganza. Poco a poco, la armadura fue extendiéndose por su pierna izquierda y según esta terminaba de volverse completamente negra, la derecha empezó a recubrirse también. Cuando terminó, únicamente la cabeza quedó libre de aquella armadura, pero no por mucho tiempo. Con un último estertor, Don Bambú tensó con fuerza todos sus músculos, flexionó sus brazos y piernas e inclinó su cuerpo hacia delante, como si se agachara. Poco a poco, la cobertura negra que había ya envuelto todo su cuerpo empezó a extenderse por su cuello, recubriendo su rostro poco a poco hasta llegar a la coronilla de la cabeza. Con una respiración entrecortada por el esfuerzo, Don Bambú se irguió de nuevo completamente negro ante su maestro, que sonreía con satisfacción. —Mejor de lo que hubiera imaginado, aunque un poco lento... ¿Podrás mantenerlo? —Preguntó Tetsujin. —Sí, creo que sí. —Se sentía raro, como si tuviera una suerte de sábana bajera cubriendo toda su piel al mismo tiempo. Sin embargo estaba completamente seguro de que se acababa de volver más fuerte y de que no le costaría mantenerse como estaba, al menos por un rato. Entendía lo que quería decir el maestro cuando afirmaba que aquello era un malgasto de energía y sintió una repentina oleada de respeto por aquella marine, Nokia, que había recubierto su cuerpo entero de haki armadura y había aguantado con entereza un combate a muerte con los revolucionarios. Lo que más le impresionaba, sin embargo, era la capacidad de su maestro para mantener aquella cobertura durante tanto tiempo. Cada segundo que transcurría con el haki armadura extendido de aquella forma drenaba sus fuerzas con rapidez. —Entrenemos maestro. —Sugirió el panda, pero no creyó que hubiera hecho falta decirlo, porque Tetsujin se lanzó a por él a una velocidad endiablada y le propinó un potente puñetazo en el torso. Esta vez el panda ni siquiera se dobló ante el impacto y respondió con una fuerza similar a la del anciano con un derechazo hacia su cabeza. Tetsujin giró el rostro ante el impacto, que se había sentido como si estuviera golpeando una pared de hormigón armado. A aquel logro no le sucedió elogio alguno, sino que el anciano respondió agachándose y lanzando una docena de rápidos puñetazos a las piernas del mink, tratando de desestabilizarlo. Sin embargo, Don Bambú resistía con relativa facilidad las tentativas bélicas de Tetsujin. Sin dejarse derribar por aquella ráfaga de golpes, el panda envolvió con sus manazas los delgados hombros de su maestro y lo elevó en el aire, doblándose con sorprendente flexibilidad hacia atrás e incrustando la cabeza del anciano en el suelo, provocando un boquete considerable en la sala de entrenamiento. El maestro se quedó clavado en el suelo con el torso completamente vertical y las piernas flexionadas hacia atrás de una forma terrorífica, como si hubiera fallecido en el acto, pero rápidamente enderezó y extendió sus piernas hacia los lados. Con las manos se apoyó en la superficie lisa de suelo alrededor del boquete y empujándose con ellas sacó su cabeza hacia el exterior. Rápidamente comenzó a girar sobre sí mismo ayudándose de las manos, convirtiéndose en una suerte de peonza negra y propinándole patadas en el torso al oso sin detenerse ni un segundo. Don Bambú resistía con todas sus fuerzas, sintiéndose quizás invencible en aquel momento, pero en un momento dado, en plena sucesión de patadas, la cobertura negra del haki armadura se desvaneció por completo y Don Bambú fue proyectado hacia atrás tras una serie de rápidos y potentísimos golpes que, esta vez sí, le hicieron doblarse y caer al suelo terriblemente dolorido. Fue entonces, tras la desaparición de su tan potente armadura, que se dio cuenta de lo agotado que estaba. Sudaba, pero no como se sudaba tras el ejercicio anaeróbico, sino que recorría su frente y su torso un sudor frío más propio del miedo. Su espíritu estaba completamente aplacado y no se sentía capaz de levantarse aunque tuviera fuerzas de sobra para lograrlo. El maestro, al ver en qué estado se encontraba su alumno, también se deshizo de la cobertura negra que le envolvía y chasqueó la lengua como si estuviera molesto. —Un completo malgasto de energía, como te decía. —Sentenció el anciano. —Pero una evidencia irrefutable de que has llegado más lejos que nadie de este dojo en a penas 12 horas. Sospecho que te costará un tiempo acostumbrarte pero... yo diría que ya le has cogido el tranquillo a lo esencial. —Se sacudió las manos como si acabase de terminar un proyecto especialmente complicado pero satisfactorio. —Te recomiendo que vuelvas al lugar que sea que llames hogar y duermas unas horas. Es una sensación horrible la de quedarse sin fuerzas por emplear el haki en exceso. —El panda se levantó con dificultad del suelo, como si estuviera luchando contra unas ganas terribles de permanecer tumbado a pesar de poder moverse sin problemas, y se inclinó ante su maestro intentando expresar todo el agradecimiento posible. —Nunca lo hubiera logrado sin usted, maestro. —Tetsujin le quitó importancia con un ademán distraído y se acercó a la puerta para abrirla y dejarle paso a su discípulo. Don Bambú salió de la habitación y, pasando de largo del resto de alumnos que le miraban con curiosidad, también del dojo. Una vez traspasado el umbral de la entrada y cerrada la puerta de madera tras él, se apoyó en una de las paredes del mismo y vomitó sin poder contenerse más. Verdaderamente era terrible la sensación de tener agotadas las reservas de energía espiritual. Esperaba que el vómito no molestase a nadie (había tenido la decendia de soltarlo en una zona donde la hierba estaba un poco alta y no había flores plantadas), pero por si acaso no se quedó a comprobarlo. Partió de inmediato al barco con la sensación de que había logrado volverse más fuerte. Si hubiera tenido disponible aquel poder a la hora de enfrentarse a Kovashi...


Datos



RE: [P. Relativo][Haki] El bambú armadura - Sentomaru - 02-04-2025

ENTRENAMIENTO: COMPLETADO
Puedes entrenar el segundo nivel de Busoshoku (Añadido en la pestaña: Entrenar técnicas)
 

Busoshoku Haki (Medio)

Busoshoku Haki
Especial
4 huecos
Información

Tu dominio aumenta y tu aura se fortalece. Eres capaz de recubrirte de busoshoku endurecido y con él, defenderte o atacar con más poder. Al utilizarlo, todo aquel que posea Haki puede ver como tu cuerpo o arma se recubre de un color negro característico. Esta técnica puede usarse en las cuatro extremidades, cabeza, torso o herramientas, contando un gasto por cada parte utilizada.


Código: busoshoku002