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[Presente absoluto] Korossasu, Inicia la aventura. - Versión para impresión

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[Presente absoluto] Korossasu, Inicia la aventura. - RedSmoke Kelo - 05-04-2025

Día 14 de Verano, Año 15.
Korossasu.

El comienzo de una aventura.

El sol apenas comenzaba a asomar entre las copas de los árboles cuando abrí los ojos. El murmullo de las hojas mecidas por el viento y el canto de las aves me dieron la bienvenida al nuevo día. Me incorporé lentamente sobre el futón, estirando los brazos mientras sentía cómo crujían los músculos de mi espalda. No había dormido mal, aunque últimamente sentía una inquietud difícil de ignorar.

Me levanté con calma, preparé un poco de té caliente y salí al porche de mi casa de madera, situada en el extremo sur del pueblo. Desde ahí podía ver el sendero de tierra que llevaba al mercado y, un poco más allá, los barcos amarrados en el pequeño muelle. Los días en Korossasu eran tranquilos, siempre iguales. Mi vida como navegante consistía en ofrecer una experiencia bonita a la vez que entretenida, y para los más curiosos me ofrecía enseguida a encantarlos con historias y mitos de los mares del West Blue. Les ofrecía un itinerario detallado, advertencias sobre el clima y, claro, un buen almuerzo incluido, porque todo marinero agradece el estómago lleno. 

Antes de salir, me até el obi en la cintura y descolgué a Kurimuzon de su soporte. Su vaina negra con detalles dorados brillaba a la tenue luz de la mañana. La até con firmeza en mi cintura. Nunca salía sin ella.

Caminé hasta el muelle, saludando a algunos rostros conocidos del pueblo. Un par de niños jugaban con un barril vacío mientras un anciano vendedor de frutas montaba su puesto. 

—“¡Eh, navegante!” me gritó el panadero —“¿Hoy toca ruta?”

—“Sólo si alguien viene con ganas de comer bien y navegar mejor”. respondí, con una sonrisa leve.

En la plaza central, un pequeño grupo de comerciantes me esperaba. Uno de ellos, un tipo regordete con bigote y sombrero de paja, me pidió una ruta sencilla por alrededor de la zona, visitar zonas de naufragios y con suerte si el mar estaba en calma, disfrutar de el bonito muro marino de coral. Nada complicado. Los llevé conmigo, les ofrecí el almuerzo (arroz con pescado ahumado, pepinillos dulces y té de jengibre), y como de costumbre intente poner mi mejor sonrisa y ofrecer el mejor servicio posible. 

Después de currar, como de costumbre, regresé a mi rincón favorito del mercado. Me senté en el banco bajo el viejo cerezo (aún sin flores) y observé cómo la vida pasaba a su ritmo pausado. Comí algo, ajusté un par de notas en mis mapas y luego fui a revisar las provisiones que almacenaba para viajes más largos. Algo en mi interior empezaba a preguntarse por qué llevaba tanto tiempo haciendo lo mismo.

A media tarde, un joven pelirrojo, con pinta de haber llegado hacía poco a la isla, se acercó preguntando por una ruta hacia el sur. No parecía marinero, más bien alguien que había perdido el rumbo... o que lo buscaba. Le ofrecí sentarse y, mientras compartíamos un poco de té, empezó a contarme historias que no iban a ninguna parte. Sin sentido real, pero con cierta chispa. Me hizo reír un par de veces. Me recordó que el mundo allá fuera estaba lleno de personajes extraños y caminos por explorar.

—¿Y tú? preguntó de pronto  —¿Qué haces aquí, con esas alas tan espectaculares, haciendo rutas y preparando almuerzos?

La pregunta me golpeó más de lo que esperaba. ¿Qué hacía aquí? ¿Cuánto más iba a seguir así? El chico no necesitaba saber la respuesta. Se fue con un gesto de despedida y dejó tras de sí un silencio que ya no pude sacudirme.

Estaba atardeciendo y mi tripa empezaba a rugir del hambre. Caminé hacia casa mientras el cielo se teñía de tonos anaranjados y rosados. El sonido de las cigarras comenzaba a llenar el aire. En el camino, pasé frente a una de las casas de los antiguos gigantes. A veces me sentaba en los escalones de piedra a pensar, y esa noche no fue la excepción.

Saqué a Kurimuzon de su vaina lentamente. Su hoja carmesí reflejaba la luz del sol poniente. La observé largo rato. No tenía heridas abiertas, ni enemigos a la vista, pero algo dentro de mí sabía que el filo de esa espada no había nacido para cortar el silencio y la rutina. Sino para abrir camino.

Volví a casa, encendí el farolillo del porche y me preparé algo de cenar. La noche cayó con rapidez. Afuera, el viento agitaba las ramas de los árboles. Me senté frente a la mesa con un cuaderno abierto. Dibujé un mapa simple, apenas unos trazos marcando un rumbo hacia el este... luego al sur... luego me detuve.

“País de Kano”. dije en voz baja.

Me quedé en silencio unos segundos... Recordé una conversación vieja de un viajero, un mapa con templos antiguos, un bosque de bambú, historias sin confirmar sobre una tierra de honor, fuerza… y leyendas.

Miré a Kurimuzon una vez más. La tomé y la até a mi cintura, aunque no fuera a salir.

—Mañana zarpo.

Y con esa idea clara, decidí dormir.