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[Presente absoluto] País de Kano, El rugido del bambú - Versión para impresión

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[Presente absoluto] País de Kano, El rugido del bambú - RedSmoke Kelo - 08-04-2025

Día 23 de Verano, Año 15.
País de Kano.



Capítulo 3: El rugido del bambú.


El mar amanecía con un brillo tranquilo, de esos que engañan. El cielo se vestía de celeste suave, salpicado de nubes que parecían algodón desganado. Y ahí estaba yo, en mi pequeña barca de remos, con las alas plegadas, el viento agitándome el pelo y el sol asomando entre los pliegues de mi camisa hawaiana. El País de Kano se alzaba a lo lejos, rodeado por montículos de piedra altos como torres, coronados de una vegetación que parecía flotar entre la niebla. Pero había algo en el aire… un cosquilleo en la nuca que decía: "Cuidado, colega".

Avancé entre las olas con firmeza. Kurimuzon descansaba en mi fajín, mis sandalias mojadas se hundían en la madera húmeda del barco, y la brisa traía olor a bambú y misterio.


—Qué bonito día para estrellarse. Bromeé, sin saber cuán cerca estaba de la verdad.


Fue entonces cuando las vi. Rocas. Rocas afiladas, traicioneras, ocultas por la espuma y colocadas estratégicamente. Intenté virar, pero fue demasiado tarde.


—LA MADRE QUE ME...!  Grité mientras el casco crujía como si lo partiera un gigante de piedra.


El agua entró con una furia inesperada. Salté hacia atrás, extendiendo las alas, cogí mi mochila con una mano y Kurimuzon con la otra justo antes de que la barca se hiciera astillas en el aire. Volé unos segundos, pero me pilló tan de improvisto que no conseguí alzar bien el vuelo y caí.

El golpe contra la arena fue glorioso. Tragué medio litro de mar y otro medio de orgullo. Tosí. Escupí. Me levanté con un ala llena de algas y el pantalón torcido.


—Genial! Me quejé
—Mi Primer día y ya parezco un pescado.


Me senté en la arena, abrí mi mochila y comencé a comprobar el inventario. Con los dedos aún temblando, saqué uno a uno mis objetos.

—Den Den Mushi… aquí estás, mi pequeño amigo con cara de cabreo. Brújula… girando como loca, perfecto. Utensilios de cocina en perfecto estado. Ropa extra… seca, gracias al cielo. Bien. Seguimos vivos.

Me giré para ver la costa. A un lado, una playa larga con arena blanca y palmeras dobladas por el viento. Al otro, los riscos de piedra que nos habían reventado la barca, como un comité de bienvenida de la muerte. Y frente a mí… alguien venía corriendo.

—¡Oyeee, gigante emplumado! ¡No te comas la playa!

Levanté una ceja. Lo que se acercaba era… extravagante. Un hombre bajito, con gafas redondas torcidas, un sombrero típico de los recolectores de arroz y un chaquetón que le quedaba cinco tallas grande. En la mano llevaba un bastón que más parecía un remo pintado.

—¿Quién…?

—¡Pin Thao, explorador de cosas imposibles, saboteador de rutinas y experto en correr sin motivo! Dijo haciendo una reverencia exagerada que casi lo lanza de cara al suelo.

—¿Sabes que hay piedras asesinas en la entrada de tu isla?

—¡Claro que sí! Por eso entro por el norte… pero es mucho menos divertido.

Y así conocí a Pin Thao. Un loco. Pero de esos locos que caen bien.

Después de secarme un poco y estirar las alas, caminamos por la playa hasta un sendero oculto entre arbustos que parecía sacado de un libro infantil. Pin hablaba sin parar.

—En el País de Kano hay más secretos que en el diario de un cocinero pirata. Y tú, mi emplumado amigo, tienes pinta de que buscas cosas grandes.

—Busco respuestas. Y aventura.

—¡Perfecto! Yo tengo ambas, además de alergia al aburrimiento.

Tras una caminata salpicada de anécdotas imposibles, llegamos a una pequeña aldea de pescadores. Las casas eran bajas, techadas con madera curva, y adornadas con farolillos. Me agaché para ver por una ventana, pero terminé metiendo un ala por accidente.


—¡Ups! Dije mientras la sacaba con una canasta de pescado colgando del ala.


Pin rió tanto que casi se cae al agua.


—¡Bienvenido a mí aldea. Aquí vive Suiro, el carpintero más gruñón y sabio del país. ¡Vamos!


Suiro era un hombre de manos grandes, espalda curva y cejas que parecían orugas dormidas. Cuando me vio, masculló:


—Otro turista con plumas…


Pero tras unas palabras de Pin, nos invitó a su taller. Allí, entre serrín y mapas viejos, me habló del Bosque de Bambúes Gigantes.


—Dicen que el templo dentro es tan viejo que hasta el tiempo se detiene allí. Y que guarda una reliquia… o una maldición. Tú sabrás qué es lo que prefieres.


Con esa información en la mochila (literal y figurativamente), salimos hacia el bosque.



Poco después de medio día.

Los bambús eran tan altos que cubrían el sol. Caminábamos bajo una catedral de verde y sombra. El suelo crujía con nuestras pisadas, y cada tanto, Pin contaba una leyenda que me ponía la piel de gallina… o de pluma.


—Dicen que quien resuelve los acertijos del templo gana poder. Pero quien falla… desaparece como pedo en el viento.


A medio día, llegamos a una explanada con un templo antiguo, cubierto de raíces. Su arquitectura era Kanoniana clásica: piedra, madera, y puertas deslizantes de papel. Una estatua de un mono cubierto de espirales nos vigilaba.

Dentro, el aire olía a humedad y secretos.


—Primer puzzle. Dije, leyendo un grabado.
—"Para abrir el paso, tres luces deben bailar como una".

—¿Eso qué significa? Preguntó Pin.


Tardamos una hora en averiguarlo. Tres espejos, colocados de tal forma que al reflejar la luz solar en ellos al mismo tiempo, iluminaban una puerta oculta. La madera crujió. El templo habló. Seguimos adelante.

Segundo puzzle: un suelo de baldosas con símbolos. Había que pisar solo los relacionados con la noche: luna, estrellas, murciélagos. Toqué el sol… y el suelo se abrió.


—¡AAAAH! Caímos unos tres metros sobre un montón de plumas. ¿Quién guarda plumas aquí?

—Eso fue estúpido y maravilloso. Rió Pin.


El tercer puzzle fue el más raro: una pared con palabras intercambiables. Teníamos que formar una frase:

"La pantera duerme cuando el trueno ríe."

—¿Qué demonios significa eso? Me rasqué la cabeza.

—¡Que tenemos que reír como truenos! ¡TATATATATA!  Dijo Pin, y soltó una carcajada tan fuerte que activó un mecanismo. 

La pared se abrió como si tuviera vida.
Y allí, en una sala circular, no había reliquia. Solo un cofre.


—Parece vacío. Murmuró Pin.

—No. Está lleno de posibilidades.


Lo abrí. Dentro, había un racimo de plátanos.
Negros, brillantes, con espirales con forma de lo que parecían huellas de algún animal. Con unos toques violetas que salían a relucir con los rayos de luz.

https://imgur.com/J8x5EZL

—No me jodas... Dije con bastante incredulidad.


Conocia las historias, y lo último que quería era convertirme en un martillo en el agua... Pero algo en mi interior me empujaba para darle un bocado. Pelé la piel, y el fruto de aspecto violeta tenía un aspecto bastante jugoso, y finalmente la comí.


— ¡PUAAAGH! Que clase de bicho infecto a cagado esto ? Sabía a barro dulce...

Espere unos instantes pero no sucedió nada.

—Vaya... Sigo siendo un tolai! Dije con una sonrisa de conformidad en mi rostro.


Cuando de pronto. Primero fue un hormigueo en los dientes, que se extendió rápidamente hasta la punta de mis dedos. Luego, mi espalda se arqueó, como si me estiraran la columna con cuerdas invisibles. Un calor feroz recorrió mi pecho, y el fuego entre mis alas rugió como un volcán.
Mis uñas se alargaron en garras negras, curvas, afiladas como cuchillas. Mi piel comenzó a oscurecerse, a cubrirse de un pelaje brillante, como terciopelo negro.


—¡¡PIN THAOO!! Intenté hablar, pero mi voz sonaba más grave y gutural, mientras que mis piernas se doblaban hacia atrás, los músculos se expandían, y mi nariz se estiraba hasta formar un hocico.

¡PUM!
Me caí de espaldas, aplastando un trozo de columna del templo.

¡CRASH!
Intenté levantarme, pero mis alas se extendieron sin control, tirando una estatua milenaria por accidente.

—¡WOAH! ¡Cuidado, patas largas! Gritó Pin Thao, saltando sobre una roca mientras yo me sacudía.

Mi cola. Si... Ahora tenía una cola!  Se movía a lo loco, derribando candelabros y golpeando el suelo como si estuviera maldita.


—¡TATATA!  Pin se partía de risa.

—¡Eres una pantera torpe de cinco metros con alas!


Me miré las manos. Ya no eran manos. Eran garras enormes, peludas, y con aspecto letal. El pelaje negro brillaba con el fuego que aún brotaba de mi espalda, que ahora era más fuerte, más alto… ¡y más incontrolable!


—Vale, vale… esto está bien… esto es... ¡genial! Dije, justo antes de tropezar con mi propia cola y caer de hocico contra el suelo.


¡PLOM!
La piedra crujió. Mi hocico estaba encajado en una losa. Pin Thao me miraba desde arriba, con cara de absoluto gozo.


—¡Esto es lo mejor que he visto en mi vida! Dijo Pin.


Intenté levantarme, pero al hacerlo, una de mis alas se atoró entre dos pilares. Me moví hacia un lado y el ala arrastró consigo una cortina de pergaminos sagrados que volaron por el aire como si fueran confeti de boda.


—Lo que yo decía... Un tolai.


Finalmente, me quedé sentado, jadeando. Cinco metros de puro músculo felino con alas negras, fuego saliendo de la espalda, y una expresión de completo descontrol.

https://imgur.com/1MQ8ySt

—Eh... colega…. Dijo Pin Thao, rascándose la cabeza.

—¿Tú sabes si las panteras pueden volar?


Yo no contesté. Solo me derrumbé sentado, con la lengua fuera como un gato agotado, y dije:

—Voy a necesitar... un cuenco de leche calentita.

Salimos del templo cuando el sol ya caía oblicuo entre los bambús gigantes. Yo caminaba como podía, aún tambaleándome en mi forma de pantera, con las alas plegadas y la cola intentando no tirar nada a su paso. Pin avanzaba silbando, con la misma despreocupación de siempre, como si no acabáramos de desenterrar un poder ancestral.

Al llegar a la costa, en la aldea de Pin, los niños del pueblo se escondieron tras las puertas al verme. No los culpo. Una pantera de cinco metros con estas alas negras no se ve todos los días.

Pin me guió de nuevo hasta el taller de Suiro. El viejo nos recibió con una mirada lenta y arqueada.


—Así que encontraste la fruta, ¿eh? Dijo, mientras yo intentaba no tirar su techo con las alas.

—Viejo Canalla! Sabías de sobra lo que me iba a encontrar.

—No te preocupes Kelo. Dijo Pin.

—¡Ahora puedes escalar árboles! Dijo sin poder parar de reírse.


Tras contarle todo, desde los puzzles hasta la caída vergonzosa, Suiro rió como nisiquiera Pin había visto antes. Y sin responder a nada dijo:


—¡Bueno, palomo con garras! ¿No recuerdas que también soy carpintero de barcos? Si has perdido tu bote, mañana por la mañana tendrás uno nuevo. Construido con madera de bambú de mi almacén personal, y unos bonitos remos de bambú a juego. 

—¡Cierto! ¡El barco! Me incorporé tan rápido que choqué con una viga.

—Ayyyy…  Gimió Pin, sujetándose la frente
—No puedes vivir así.


Esa noche, bajo un cielo estrellado y con el murmullo del mar de fondo, nos sentamos frente al taller, fumando en silencio. La pipa de Pin soltaba espirales perezosas que se perdían en la brisa.


—¿Sabes? Dijo él, mirando las estrellas

—Algunos dicen que cuando comes una Akuma no Mi, no solo cambias tú. Cambia el mundo contigo.

—¿Y qué pasa si yo no estoy listo para cambiar nada?

—Entonces el mundo se encargará de empujarte… o de aplastarte hasta que lo hagas.


Le di una calada a mi cigarro. El humo se mezcló con el fuego de mi espalda.

—No me gusta que me empujen.

—Perfecto. Entonces, empuja tú primero.

Y allí, entre humo, madera, y el ronquido distante de Suiro, compartí junto a mi nuevo amigo las majestuosas vistas de aquel maravilloso lugar. 

Que vida más plena...




akuma