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[Presente relativo] País de Kano, Alas, garras y tostadas quemadas. - RedSmoke Kelo - 10-04-2025 Día 29 de Verano, Año 15 País de Kano. Capítulo 4: Alas, garras y tostadas quemadas. Desperté con la lengua fuera, pegada a la arena. Una gaviota gritó desde algún tejado, molesta, como si le estuviera quitando el sitio. Al intentar levantarme, sentí que mi espalda pesaba como una montaña. Extendí las alas por puro instinto. El batir las levantó junto con una nube de hojas y polvo, y fue entonces cuando recordé: No era un sueño. Seguía siendo una maldita pantera con alas. Intenté ponerme de pie, pero mis patas traseras patinaron contra el suelo de madera, y acabé estirado como un gato desmayado al sol. —¡Ay, mi tejado! Gruñó la voz cascada de Suiro desde abajo —¡No quiero más panteras en mi carpintería, gracias! —¿Qué… hora es? Gruñí, con voz ronca y gutural. —Muy temprano para destrozar casas ajenas. Respondió él, saliendo con una taza de lo que olía a café, aunque probablemente era barniz caliente y lo que parecían dos tostadas un poco quemadas, pero a decir verdad, aquéllo parecía carbón. Mientras intentaba salir de su tejado sin reventar más vigas, escuché cómo hablaba con alguien más. La voz chillona y reconocible de Pin Thao lo acompañaba. —¿Sigue con esa forma? Preguntó Pin entre sorbos ruidosos de algo caliente —¡TATATATA! Está más guapo así, ¿no? —Llévatelo a la playa. Suiro no lo pidió, lo ordenó. —No me importa si lo atas con una cuerda o le cantas nanas, pero como empiece a pasearse por la aldea así, me queman el taller y a mí dentro. Desde el tejado, deslicé una pata gigante por la escalera con torpeza. —¿A la playa, dices? —Vamos, minino emplumado. Entrenamiento matutino. ¡Te vas a poner hecho un toro con garras! Pin ya estaba dando saltitos, emocionado —¡Te juro que he visto monos con mejores aterrizajes que el tuyo ayer! Nos pusimos en marcha. Yo, intentando no tirar tejados. Él, señalando cada cosa que me rozaba. —¡No esa valla! ¡Eh! ¡ESE POZO NO! ¡TATATATA! El camino hasta la playa fue una coreografía entre destrucción y disculpas. Al llegar, el sol apenas comenzaba a subir, tiñendo la arena de dorado. Pin se quitó los zapatos, se sentó sobre una roca y sacó… una flauta. ¿Por qué tenía una flauta? Nunca lo supe. Empezó a tocar algo entre tribal y desafinado. —¿Eso me va a ayudar a controlar mi forma? —No, pero me relaja mientras pienso en cómo vas a dejar de parecer una iguana ebria con alas. No soy ningún erudito.. pero diría que si esto es tu forma completa, no deberías de tener tanta pluma minino! —Afirmaría que es una anomalía debida a tu extrema falta de experiencia, cuando lo controles, perderás las alas al transformarte. A cambio obtendrás las características de un lindo gatito TATATA! Pasamos horas. Primero aprendí a caminar sin tropezarme con mi propia cola. Después, a mover las alas sin desenterrar medio país. Pin me gritaba desde la orilla mientras comía fruta con una mano y me señalaba con la otra. —¡Eso es! ¡Ahora hazlo sin parecer que estás persiguiendo tu propio culo! El momento más vergonzoso fue cuando intenté rugir… y me salió un sonido más parecido a un estornudo. —¡TATATATA! ¿Eso fue un rugido o tienes alergia al polen, colega? Poco a poco, las cosas empezaron a fluir. Mis músculos obedecían y por primera vez no sentía que mi cuerpo era prestado. Nos sentamos a descansar cerca del mediodía, bajo una sombra improvisada. Pin me lanzó una cantimplora. La abrí con los colmillos. —¿Sabes? Dijo él, mirando al cielo —No eres el primer usuario Zoan que he conocido. Lo miré, curioso. —Conocí a un tipo en una isla llena de insectos. Tenía una fruta que lo convertía en una especie de escarabajo. Al principio solo era eso: un bicho gigante. Pero con el tiempo… aprendió a ser algo entre humano y bestia. Una mezcla. Más fuerte, más rápido. Más él. —¿Tú crees que puedo…? —Creo que puedes más que eso. Solo tienes que dejar de pensar como humano… y empezar a sentir como bestia. —¿Y si me pierdo en el camino? —Entonces te encuentras otra vez. Eso hacen los que no tienen mapa. Lo miré en silencio. Pin, con el sombrero ladeado, las gafas bajadas hasta la punta de la nariz, y una rama en la boca en lugar de un cigarro real. Sus ojos estaban medio cerrados, pero su sonrisa… esa no cambiaba nunca. Y justo en ese instante, sin pensarlo, lo logré. Mi cuerpo tembló levemente. No como antes, no como el caos de la noche anterior. Esta vez fue suave, fluido. Como si una puerta se abriera desde dentro. El pelaje desapareció lentamente, la piel se alisó, Me miré las manos. Eran mías. Sin garras. Y con un simple suspiro… volví a ser Kelo. El Lunarian. Entero. Tranquilo. —¿Lo viste? —Lo sentí, colega. Lo sentí. Y el sol llegó a lo más alto del cielo. Más tarde en la mañana. La aldea olía a mar y madera húmeda. Tras el entrenamiento con Pin, regresaba por el camino costero, aún ajustando la mochila al hombro y con Kurimuzon apoyada en el otro. Mi cuerpo, ya habituado a sus nuevas formas, se sentía distinto. Más fuerte. Más vivo. Más mío. A lo lejos, las risas de niños jugando en la playa me arrancaron una sonrisa. Eran pequeños, enanos incluso para alguien de estatura normal. Para mí, parecían poco más que cangrejos con gorra. —¡Ya la tiré! Gritó uno, mientras lanzaban una red al agua desde la orilla. Una de esas redes grandes, viejas, con pesos de piedra y nudos remendados con cariño. No era un juego. Era trabajo. Trabajo de generaciones. Me detuve, observando con calma. Entonces, un viento fuerte se levantó desde el mar. La marea cambió de golpe. Una ola más alta de lo normal arrastró la red hacia mar adentro. —¡NOOO! ¡ES LA RED DE MI ABUELO! Gritó uno de los críos, con los pies ya entrando al agua. Corrí. No hubo tiempo de pensar. Deslicé mi mochila al suelo, dejé que Kurimuzon reposara contra una roca, y me lancé al mar con las alas extendidas. Una sombra negra sobre la espuma blanca. Las pesas ya habían arrastrado la red casi diez metros mar adentro. Mi cuerpo respondió por instinto. Clavé las piernas en la arena, comencé a agitar las alas contra la corriente. Tiré con fuerza. La red pesaba como un monstruo dormido. Las cuerdas se enredaban entre sí, agitadas por el mar y los recuerdos. No era solo una red. Era una herencia. Una historia. Finalmente, logré arrastrarla de vuelta a la orilla. El agua salpicó a los niños, que no se apartaron. Me miraban como si el sol hubiera traído un milagro. Entre las algas y cuerdas mojadas, cayó al suelo un pequeño Den Den Mushi oxidado, cubierto de conchas. El niño que había gritado se acercó, con las manos temblorosas. —Este… este era de mi abuelo. Lo perdió cuando yo nací. Decía que el mar se lo había guardado hasta que yo estuviera listo. Nadie habló. Nadie se movió. Un anciano salió desde una cabaña cercana. Me miró sin miedo, con ojos que habían visto muchas tormentas. —Llevas fuego en la espalda, chico. Pero no quemas. Calientas. Levanté la mirada, aún agachado, empapado, con las alas extendidas y la red bajo mis manos. No dije nada. Solo asentí. —¿Quién es ese? Preguntó uno de los hombres del muelle. Pin Thao apareció por un costado, mordiendo una fruta y con esa sonrisa de quien siempre sabe más de lo que parece. —Ese es Kelo. Lunarian. Forastero. Cazador de verdades. Y hoy… pescador de memorias. No vino por fama. Pero la fama lo ha visto y ha tomado nota. Un aplauso tímido surgió. Luego otro. Y pronto, el muelle entero aplaudía. No por la fuerza. No por el poder. Sino por el gesto. Aquella tarde, nadie habló de piratas ni de marines. Nadie preguntó por tesoros ni por poder. Solo se habló de una red, un recuerdo… y un gigante con alas negras que no pidió nada a cambio. Y el mar, cómplice eterno, se lo llevó todo en silencio. Aún estaba secándome el torso con una toalla que Pin me había lanzado como si fuera un frisbee, cuando regresamos al taller. El sol caía oblicuo, y mis pasos pesaban, pero había algo distinto en mi cuerpo. Como si por fin empezara a encajar conmigo mismo. Frente al taller de Suiro, me agaché, intentando no romperle otra vez el marco de la puerta. Me senté sobre una piedra baja que usaban para cortar madera. Pin caminaba a mi lado comiendo una manzana, y Suiro, como siempre, estaba afilando alguna herramienta sin mirar a nadie, pero sabía que nos observaba. —Has salvado la red del viejo Kaedo esta mañana. Dijo Suiro sin levantar la vista —Y al nieto, que ya había perdido más de lo que un niño debería. Asentí, sin saber qué decir. El fuego en mi espalda ardía suave, acompasado a mi respiración. —No es por meterme donde no me llaman. Continuó Suiro, apoyando la herramienta. —Pero... deberías irte. Está gente no tiene nada más que el mar y sus manos para vivir. Y llegas tú, midiendo 5 malditos metros, con esas grandes alas y echando fuego por la espalda... Y no solo no eres un monstruo, si no que ayudas a quien se pone en tu camino. —Prefiero verte partir ahora que "encariñarme con un gato de la calle". Aunque pudiese parecer tosco y borde. Tanto Pin como yo sabíamos que aquellas palabras, en cierta forma eran lo más bonito que igual me diría Suiro jamás! Era un hombre complicado, a el lo hizo la mar y las experiencias duras. Pero cuando conseguías conectar con el, jamás volvías a verlo una persona fría o antipática. Pin escupió una semilla de manzana y se sentó sobre el tejado como si fuera su banco personal. —Te lo dije, colega. Estás dejando huella. Y no con esas zarpas enormes, sino de las buenas. —Suiro.. Dije por fin. —¿Cuánto te falta para terminar el bote? —Está listo. Pero... —...Me voy a quedar unos días más. Lo interrumpí, y lo vi sonreír por primera vez sin sarcasmo. Pin dio un salto desde el tejado, cayendo con un golpe suave. —¡TATATATA! Eso significa doble sesión de entrenamiento. ¡Te vas a arrepentir, minino! El viejo carpintero, con voz ronca, dejó caer: —Haz lo que quieras, chico. Pero si te quedas... úbica tu sitio. No siempre será el héroe quien elija el momento de marcharse. Lo miré fijamente. —No soy ningún héroe. Solo alguien que sabe lo que es perderlo todo, y no quiere que otro lo sienta. Hubo silencio. Solo el mar, y una gaviota que chilló desde alguna viga. Suiro se puso en pie, apoyándose en una maza. Pin y yo intercambiamos una mirada. Había algo ahí, en esa aldea perdida entre bambús y mareas, que me había encontrado. Y yo... no estaba listo para dejarlo ir. Me levanté también. El sol había comenzado a hundirse en el horizonte. El fuego de mi espalda crepitaba como una promesa. Y justo entonces, un niño vino corriendo desde la playa, gritando como si el cielo se le viniera encima... Las palabras del niño nos sacudieron como un trueno en seco. —¡Dos bandidos han robado el dinero de la gente de la aldea! ¡Y se llevaron a mi hermana! ¡Dicen que quieren pedirle un rescate a la Marina! Me quedé en silencio. El fuego de mi espalda se agitó como si respondiera a algo que no era viento. Por un instante, todo se detuvo dentro de mí. Solo sentí esa imagen venir, esa que siempre había estado ahí: mi hermana, aquella noche, su mano desapareciendo entre el humo y la sangre. Otra vez. Otra vez niños arrastrados al miedo. Me agaché frente al chiquillo, que apenas me llegaba a la rodilla. —¿Dónde? —Al bosque de bambús. A un templo viejo, cerca de los riscos… ¡el de la estatua del mono! Dijo entre lágrimas y miedo. Me incorporé de golpe. Le pedí un par de cuerdas a Suiro, cogí a Kurimuzon y dije decidido: —Pin, cuida de él. —¿A dónde vas? —A que esta historia no termine como la mía. Me deslicé entre los bambús como una sombra con zancadas de fuego. Mi forma completa rugía por dentro, lista para salir. Pero no era momento de caos, sino de precisión. El bosque estaba denso, húmedo, y el aire olía a piedra vieja y a algo que no era bueno. Avancé entre raíces y hojas gigantes, hasta que lo vi: el templo del mono espiralado, ahora envuelto en silencio y musgo. Me detuve. Desde una grieta en la pared lateral, escuché voces. Una nasal, nerviosa, por un Den Den Mushi: —...y si no traéis los berries, decidle adiós a la niña . Esto va en serio. Tenemos contacto con... Como? Que quién soy? Soy el pirata más famoso de todo el West Blue! Y tú un simple marine que se encarga de antender un triste den den mushi! Hola? Hola!!?? Serán perros! Han colgado! —Idiotas... Susurré. Quién tomaría enserio la llamada de semejante personaje? Esperé situado en lo alto de el árbol más frondoso que encontré y apagué mis llamas para no llamar la atención. Pasaron unos minutos. Un hombre, con una lámpara, salió al exterior. Bajito, nervioso, con cara de no haber dormido en tres días. Caminó unos metros entre los arbustos, hasta quedar justo donde yo quería. Me puse en acción. Salté desde arriba, en silencio absoluto. Lo inmovilicé con una pierna, le tapé la boca, y con la otra mano le di un golpe seco en la nuca. Cayó como saco de harina. Le até las muñecas con una de las cuerdas de Suiro, y cuando me aseguré de que roncaba plácidamente, lo escondí tras una roca, boca abajo y boca cerrada. Entonces, avancé hacia la entrada. La puerta del templo era de madera podrida, pero lo suficientemente grande para caber. Empujé con cuidado. El crujido fue un susurro mortal. Dentro, había luz tenue de una lámpara. El otro bandido, un tipo con barba despareja y el Den Den Mushi aún abierto en la mano, giró la cabeza… y me vio. (En ese momento no caí, pero aquel tipo era el mismo borracho que vi no muy lejos de la aldea, el día anterior durmiendo la mona abrazado a un cerdo). —¡Q-Qué... quién... qué demonios eres tú! —La última historia que vas a contar. Dije, con la voz profunda, casi ronca. La niña estaba al fondo, amordazada, pero sus ojos me seguían. No había gritado. Solo me miraba. Quizá entendía que había venido algo... distinto. El bandido tembló. Quiso correr. Pero en ese preciso instante, recordé los entrenamientos con Pin, hice aparecer mi nueva y larga cola de pantera y la lancé en curva por el lateral, lo enrollé por las rodillas y lo alcé frente a mí. Soltó un alarido y el Den Den Mushi se le escapó. Intentó sacar un cuchillo, pero antes de que lo alzara, mi cola lo zarandeó bruscamente y se le cayó el arma. Se me cayó él también, y con una segunda sacudida lo levanté del suelo como si fuera un trapo, girándolo sobre sí mismo. Cuando lo tuve frente a frente, por un segundo, mi cuerpo lo invadió la ira y empecé a perderme en una "oscuridad" que me nublaba la vista... Pero enseguida vinieron las palabras de Pin a mí mente, como si estuviera aquí mismo, "Entonces te encuentras otra vez. Eso hacen los que no tienen mapa." Volví en mí, y acto seguido, saqué la otra cuerda de Suiro y lo até como a su compañero y me aseguré de dejarlo bien amarrado, y boca abajo. El silencio se hizo de nuevo. Caminé hacia la niña. Me agaché. Ella me miraba sin parpadear. —Tranquila. Dije. —Te llevo a casa. Cogí el dinero robado, unos 5.000 berries. La tomé con cuidado, rompiendo sus ataduras y se abrazó a mi cuello sin decir nada. Salimos del templo. Extendí mis alas y volvi a encender mis llamas de Lunarian. Con esa imagen de... Monstruo. Ella no lloraba. No gritaba. Solo se aferraba a mí. —Vamos a volar. Le dije. Y despegamos. El bosque bajo nosotros era un mar de sombras. La luna brillaba sobre el fuego de mi espalda, haciendo parecer que una estrella negra cruzaba el cielo. La niña dormía en mis brazos. Y así, volamos de regreso a la aldea. Volábamos bajo el cielo de Kano, y el aire parecía más suave esa noche. El fuego de mi espalda oscilaba con el viento, proyectando sombras danzantes sobre la niña que dormía profundamente en mis brazos. Sus pequeños dedos aún sujetaban con fuerza un mechón de mi camisa, como si temiera despertar de un sueño seguro. Cuando la aldea apareció entre los árboles, iluminada por antorchas y farolillos, sentí cómo algo me apretaba el pecho. No era dolor. Era otra cosa. Algo parecido a lo que uno siente cuando encuentra un lugar al que volver. Aterrizamos junto al pozo, en el corazón del pueblo. Las puertas se abrieron, y el silencio duró un segundo… luego estallaron los vítores. —¡Es él! ¡Ha vuelto con la niña! —¡La Llama Carmesí! —¡Kelo! ¡KELOOOO! Los niños corrían a nuestro alrededor como pececillos felices, y los adultos se apretujaban en los callejones, algunos riendo, otros aplaudiendo. Nadie preguntó por la recompensa. Nadie habló de los bandidos. Solo se celebraba que la pequeña volvía sana y salva. La dejé en brazos de su madre, que se arrodilló llorando sin poder hablar. Ella me miró, y no dijo gracias. No hizo falta. Saque la bolsa con todo el dinero (5.000 berries) y se la di. Asombrada por aquel gesto, la madre sacó rápidamente 800 berries y me los entregó. Intenté rechazarlo pero al fijarme mejor.. toda la aldea miraba aquel momento con una sonrisa e incluso algunos me hacian gestos con ladeando la cabeza como diciendo "venga chico, cógelo". Quise darle las gracias, pero no me dejó. Me aparté del centro lentamente, y busqué con la mirada a Suiro. Estaba allí, apoyado contra la puerta de su taller, con los brazos cruzados. Su expresión era serena, pero sus ojos brillaban con una emoción contenida. Pin estaba a su lado, mascando su rama como si fuera una pipa de sabiduría ancestral. Cuando me acerqué, Suiro me ofreció una caja de madera. La abrí. Dentro, mi nuevo bote. Aún sin pintar, pero resistente como una montaña. —Lo terminé esta mañana. Dijo —Pero ahora creo que no tienes prisa. —Tenía intención de irme. Respondí, mirando el bote mientras le daba una pequeña bolsa de cuero con los 15.000 berries para pagarle el trabajo. —Pero algo me dice que aún no he terminado aquí. —No lo has hecho. Gruñó Suiro, dándose media vuelta para volver a su taller —Pero no por la isla. Por ti mismo. Me giré hacia Pin. —¿Crees que el mundo cambia cuando ayudas a alguien? —El mundo no. Dijo, encogiéndose de hombros. —Pero alguien sí. Y a veces… eso basta. Esa noche, no cenamos dentro. Nos quedamos los tres afuera, sentados sobre sacos de arroz y cajas de madera, con el cielo estrellado abriéndose sobre nuestras cabezas como una promesa. El fuego crepitaba en un barril oxidado que usaban como brasero. Pin liaba algo en sus manos con la concentración de un monje budista. —¿Pin? Empecé a preguntar. —¡Pura meditación vegetal, colega! ¡TATATATA! —Solo para filosofar mejor. ¿Quieres? Lo miré. Luego miré a Suiro, que ya tenía una pipa encendida entre los labios y echaba bocanadas al viento sin quejarse por el olor. —Qué demonios… Dije, aceptando el cigarro. Le di una calada. Tosí como si hubiera tragado un bosque entero. —JAJAJAJA. Eso es que está bueno. Dijo Pin, sacando una mandarina y ofreciéndomela. Nos quedamos un rato en silencio, solo escuchando el mar y las chicharras lejanas. El fuego de mi espalda se agitaba como si también escuchara. —¿Te has preguntado alguna vez si estamos hechos para pertenecer a algún sitio? Pregunté, mirando el reflejo de las estrellas en el filo de Kurimuzon. —Tú no. Dijo Suiro, sin girarse —Tú estás hecho para caminar. Para moverte. Para aprender. No eres raíz, chico. Eres viento con fuego. —¿Y tú, Suiro? ¿Nunca te fuiste? El viejo rió, bajo y amargo. —Me fui una vez. Volví porque el mundo me dolía. Pero ahora me duele quedarme. Aun así… no me muevo. —¿Y tú, Pin? —Yo nací corriendo. Un día me cansaré… pero no hoy. Nos quedamos así, cada uno perdido en su nube, fumando en silencio. —¿Y tú, Kelo? Preguntó Pin de repente —¿Qué buscas? Le di una calada. Dejé que el humo saliera despacio. Miré hacia el fuego, y luego hacia mis manos. Las que habían matado. Las que habían salvado. —No lo sé. Pero sé lo que no quiero: seguir huyendo de mí mismo. —Entonces vas bien, colega. Dijo Pin, alzando su ramita como si brindara. —Brindemos. Añadió Suiro —Por los que están perdidos… y deciden no volver por el mismo camino. —Por ellos. Asentí. Y así, bajo un cielo de fuego y estrellas, el Lunarian, el carpintero y el loco compartieron la noche como si el mundo no estuviera roto. Como si fuera suficiente… solo por un momento. (Notas importantes) Los 800 Berries que me entregan en la aldea, son para justificar y cuadrar los Berries obtenidos ayer offrol por los premios de roleo que se obtienen cada X tiempo al rolear. Así cuadro mi dinero onrol con mi dinero en la ficha. Y he pagado el bote con remos. Así estaría en 79.800 Berries. Este Tema viene de aquí: https://nakamanomi.com/showthread.php?tid=1648&pid=15386#pid15386 |