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[FIC-Recolección] Hongos y Peces. - Beto Matashita - 24-04-2025 Día 69 de Verano, Año 15
Tres días habían pasado desde que Beto regresó a Korossasu despues de que se habia marchado luego de alistarse en la Armada Revolucionaria. Y aunque había llegado a la isla con una misión nunca estaba demás el buscar provisiones y preparar comida para todo el que quisiera comer. Por lo que se había adentrado al Bosque de la isla con dos compañeros Revolucionarios, Ron y Tracy.
El bosque aún le traía una sensación familiar de paz, El aire de la mañana con gran humedad y el aroma de las hojas de los árboles en descomposición, era todo un mapa de olores que Beto conocía a la perfección. Sus pasos resonaban amortiguados sobre el suelo del bosque y su imponente cuerpo contrastando con la delicadeza con la que sus manos palpaban los troncos cubiertos de musgo, buscando la textura inconfundible de hongos comestibles. — Oye, Beto. No es que dude de ti ni que quiera ser discriminante. Pero ¿Cómo encontrarás ingredientes sin ver y en un lugar tan grande como este?—preguntó Tracy siempre imprudente. — No seas imprudente e irrespetuosa Tracy, comportate—replicó Ron. — Kukukukuku. No te preocupes mi buen amiga. Dios tiene formas muy particulares de llevarnos hacia lo que buscamos. El que busca encuentra —respondió Beto riendo a carcajadas. Difícilmente lo que otros dijeran podría ofender. Beto había amanecido con su corazón alegre e impulsado por el deseo de agradecer a los aldeanos del Pueblo Cobo por su constante amabilidad. La cesta de mimbre que llevaba a su espalda, tejida por manos pequeñas pero con gran amor y cariño, esperaba ser llenada con la generosidad del bosque. Mientras avanzaban, el sonido de un llanto infantil llegó a sus sensibles oídos. El par de revolucionarios no notaron aquel sonido. Beto se detuvo en seco, inclinando su gran cabeza, tratando de discernir la dirección del sonido. No era un llanto de dolor, sino más bien de frustración o miedo. — Alguien llora. Vayamos un momento—dijo Beto mientras caminaba hacia el llanto. Los dos compañeros de Beto no dijeron nada y simplemente empezaron a seguir al gigante. Y cuando estuvieron lo suficientemente cerca también lo escucharon. Era un niño llorando. Ambos revolucionarios empezaron a correr en esa dirección dejando detrás a Beto, que caminaba más lento y con precaución. Entre la maleza encontraron a un niño pequeño, no mayor de ocho años, con el rostro cubierto de lágrimas y las manos aferradas a una pequeña cesta vacía. Ese niño era Tobías, era conocido en el pueblo por su curiosidad y su tendencia a escaparse por “ir de aventuras”. Los compañeros de Beto interrogaron al niño el cual les dijo su nombre. Beto al escuchar de quien se trataba se acercó. — Tobías ¿Qué sucede? ¿Qué haces en el bosque? —preguntó Beto con su voz siempre amable, una voz que ni siquiera al niño más pequeño asustaría. El niño levantó la vista, sus ojos enrojecidos se abrieron con sorpresa al ver al gigante ciego. Y aunque por un momento se asustó, la gentileza en la voz de Beto lo tranquilizó. — Me perdí—dijo Tobías sollozando—. Estaba buscando bayas dulces pero no las encuentro y ahora no sé cómo volver. Aunque la oscuridad que envolvía a Beto no le permitía ver las lágrimas del niño, aun podía sentir su angustia en el temblor de su voz. — No te preocupes pequeño. Dios nos trajo hasta ti, te ayudaremos—dijo Beto. — Nosotros estamos buscando algo en este bosque. Si nos acompañas, te ayudaremos a encontrar el camino de vuelta al pueblo después. ¿Qué te parece? —le pregunto Tracy al niño acariciándole el cabello. Los ojos de Tobías se iluminaron. Se limpió las lágrimas con el dorso de la mano y asintió con energía. Los 3 revolucionarios y Tobías se adentraron más en el bosque. Y Tobías aunque inicialmente parecía tímido, pronto se sintió cómodo con la presencia de aquellos 3 adultos. Tras un rato caminando el aroma inconfundible de los hongos llegó a las fosas nasales de Beto. Por lo que se acercaron al lugar y mientras Beto recolectaba aquellos ingredientes, Tracy Ron y el pequeño Tobias observaban con fascinación la habilidad del gigante para moverse con tanta seguridad a pesar de su ceguera. Al terminar la recolección, Beto le dijo a Tobias que se subiera a la palma de su mano para que pudiera ver las alturas mientras regresaban al pueblo, y el niño con sus miedos iniciales totalmente olvidados y superados asintió con gusto. Así que Beto lo elevó para que pudiera ver lo que él nunca pudo. Al llegar a las afueras del pueblo, Tobias corrió a los brazos de su madre, quien lo estaba buscando desesperadamente y abrazó al niño con alivio y agradecimiento, lanzándole una mirada de profunda gratitud a Beto. Mirada que Beto no pudo ver, evidentemente. Tras esto, Beto y sus dos compañeros regresaron al bosque. — Ya tenemos los hongos. Busquemos mas ingredientes. ¿Qué tal unos pescados? —pregunto Beto a sus colegas. — ¿¡OTRA VEZ AL BOSQUE!? ESTO ES EXPLOTACIÓN LABORAL —replicó Tracy. — Ya te dije que no seas imprudente —le dijo Ron mientras la golpeaba en el costado. — Debes estar cansada. Vengan ustedes también acá. Y perdonen mi desconsideración hacia ustedes. Prometo compensarlos con un buen plato de comida al llegar—les dijo Beto ofreciendo a ambos que subieran a sus manos también. Ambos aceptaron y Beto los subió a sus hombros. Tanto Tracy como Ron estaban asombrados de ver la isla desde 18 metros de altura. — Ahora iremos al río —dijo Beto mientras comenzaba a caminar hacia el murmullo constante del agua. Beto había bautizado al río como el “Río Susurrante” por el sonido constante del agua al chocar contra las rocas y el susurro de la brisa entre los árboles de sauce. El río tenía una atmósfera de serenidad que calmaba el espíritu de Beto y le permitía meditar de vez en cuando. Ahora el objetivo era buscar algunos peces grandes para las provisiones. La pesca para Beto era un ejercicio de paciencia y una prueba de su capacidad para interactuar con el mundo a través de sentidos distintos a la vista. Mientras se preparaban para pescar una voz anciana y carrasposa lo saludó. Era el viejo Gerald, el pescador más experimentado del Pueblo Cobo, y aunque sus fuerzas ya no eran las de antes, solía pasar sus días a la orilla del río, recordando viejas historias de pesca y ofreciendo consejos a los jóvenes. —Vaya, Beto. Buenos días— dijo Gerald con su voz débil pero amable—. Veo que el río te llama hoy a ti también. Tenía mucho tiempo sin verte. Dios te bendiga hijo. — Amen, señor Gerald. Me alegro de volver a escuchar su voz. Que Dios lo bendiga a usted también —respondió Beto con respeto—. Vengo a buscar bendiciones al rio, para un gran festín. Gerald se acercó y se sentó junto a Beto en la orilla del río. Ambos esperaron pacientemente sin decir palabra alguna. Pasado un tiempo Ron se quedó dormido debajo de un árbol y Tracy caminaba por los alrededores admirando el paisaje. — Parece que con este suave sol y la fuerte brisa los peces más grandes buscarán aguas más tranquilas Beto. Deberían ir más adelante —dijo Gerald como consejo para el gigante. — Opino lo mismo. Deberíamos ir hacia donde el agua no sea mas calma —dijo Beto—. Tracy. Ron. ¿Están allí? Ninguno de los compañeros de Beto respondió así que decidió seguir con el anciano Gerald. Ambos se adentraron río arriba. Siguiendo con dificultad las indicaciones del anciano pescador llegaron al remanso cerca de una gran roca. Beto sintió la diferencia en la corriente, el agua era más tranquila y profunda. Extendió sus brazos, permaneciendo inmóvil como una estatua de piedra, afinando su oído al sutil movimiento de los peces. El tiempo pareció detenerse mientras Beto esperaba, su fe en la generosidad de Dios a través de la naturaleza era inquebrantable. Finalmente, la sutil vibración del movimiento de varios peces llegó a sus manos extendidas. Con una lentitud casi imperceptible, comenzó a acorralarlos hacia la orilla con su gran cuerpo actuando como una barrera natural. Cuando sintió la masa resbaladiza de los peces rozar sus dedos, cerró sus manos sujetándolos con firmeza pero sin lastimarlos. — Tu paciencia ha sido recompensada, Beto —dijo el anciano—. El río siempre se muestra generoso con aquellos que lo respetan. — Kukukuku —rió Beto— Todo es gracias a Dios. Tras recoger los peces ya tenía los ingredientes que le faltaban para elaborar platillos para todos. Incluso le sobrarían para guardar algo para sí mismo. Tracy y Ron se encontraron con Beto casi al mismo tiempo. Los tres se despidieron del anciano y regresaron a la cabaña de Beto. Ya en la cabaña, las grandes manos de Beto se movían con una precisión coreografiada a través de los ingredientes frescos. Para comenzar, Beto preparó una sopa reconfortante para las personas del pueblo con las hongos que recogió y las hierbas silvestres que ya tenía en casa. El aroma terroso y ligeramente dulce se mezclaba con el vapor caliente. Añadió al caldo algunas de las algas del West Blue finamente picadas, cuyo sabor salado realzaba la dulzura de los hongos, creando una armonía de sabores que deleitaría el paladar de cualquiera. El segundo plato era un homenaje a la generosidad del río. Los peces cortados en filetes gruesos, fueron marinados en una mezcla de jugo de cítricos silvestres y especias aromáticas. Luego, Beto los pasó lentamente sobre una cama de piedras calientes, todo eso liberaba un aroma tentador que se extendía por todo el lugar, atrayendo a sus compañeros y a algunos aldeanos que se encontraban cerca. — Gracias Dios, por proveer de todos estos alimentos. Todo es gracias a ti. Amén.
Datos de recolección
RE: [FIC-Recolección] Hongos y Peces. - Sentomaru - 24-04-2025 RECOLECCIÓN FINALIZADA
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AperitivoUtensilios
1
Especificaciones
Descripción: Ración pequeña de comida que permite restaurar 50 PV, 50 STA y 50 ESP.
aperitivo001
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