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[T1] Un perro comienza su camino - Versión para impresión

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[T1] Un perro comienza su camino - Atlas Gomes Lupus - 11-05-2025

El primer resplandor de Korossasu me llega acompañado de bruma salada y el graznido metálico de las gaviotas. Nada que ver con los amaneceres de sabaody, la verdad... Aquí el aire es húmedo, casi frío.... ¡lo bastante para que un friolero empedernido como yo se despierte temblando pese al pelaje espeso! que cosas, pero bueno. -¡Vamos nessa! Woof.-, sonrio entre dientes, sacudiendo las tablas del pequeño muelle donde pasé la noche enroscado. Palpo el collar blanco de mi cuello y dejo que la sensación helada del metal me ancle: Seré libre sí, pero nunca podré estar realmente relajado...

¡Muy bien! ¿Dónde estoy? ¡En Korossasu! Esta isla me recuerda un poco a mi antiguo hogar ya que es prácticamente todo árbol, no hay manglares ni nada de eso, pero bueno, es que no todos los lugares pueden ser perfectos supongo. Aquí vivo yo, en la zona humana: un caserío de casas de madera y piedra tan modestas que, para no tumbarlas, duermo fuera, arropado en el muelle... 

Mientras los leñadores humanos se desperezan, me adentro en un claro. El suelo es una alfombra de agujas de pino; cada paso mío deja huellas profundas que la hojarasca cubre en segundos. Arranco mi rutina con ginga suave; las ramas crujen bajo mis pies, pero dosificándome puedo danzar sin tirar un solo tronco. Macaco, au sem mão: giro y siento el rocío salpicarme el hocico. Una ardilla me observa desde un abeto, desconcertada por el coloso que baila a contraluz del amanecer. -Tranquila, parceira-, pienso con una sonrisa. Después engrano movimientos de lucha libre: agarro un tronco caído, lo elevo a modo de adversario imaginario, lo vuelco, lo ruedo... El cuerpo reclama ritmo y yo le respondo con patadas giratorias que cortan el aire húmedo. Cuando termino, me doy cuenta de toda la niebla del ambiente... y ¡De que estaba empapado! meu deus, van a pensar que huelo a perro mojado. Bueno, da igual.. supongo.

Con el sol reptando entre las ramas, vuelvo al pueblo. Las casas, tejados de tablones y muros de canto rodado se alinean a lo largo de un camino de tierra apisonada. Huele a pan integral recién horneado y a alquitrán caliente para sellar grietas. Los niños me salen al paso: “¡Atlas, Atlas!” Me trepan por los brazos y me piden que los eleve. Sus carcajadas llenan la plaza y yo respondo con mi risa grave: -¡Arf arf arf! ¡Relajaos relajaos! ¡Podemos estar asi toda tarde Woof!- A cambio me tienden bollos de castaña o me cuentan chismes: que la sierra principal se atascó, que en el mercado falta sal, que el capataz de la cantera del norte ha prometido mejores pagas… si alguien lleva la propuesta al alcalde.

Antes del almuerzo echo una mano en el aserradero. Las sierras circulares chillan, los troncos resbalan y los leñadores sudan empapados. Yo levanto los cilindros de pino de doscientos kilos como si fueran bastones de danza. -¡Cuidado, que no quiero aplastar vuestro almuerzo!-, bromeo, y el capataz, un tipo recio con bigote de resina seca, me guiña un ojo mientras me pasa una cantimplora. Hay forasteros curiosos: uno me observa con desconfianza, murmura “bestia sin pedigrí”. Bajo la vista, cojo un tronco aún más grueso y lo doblo en un ángulo imposible hasta que cruje. La sonrisa sigue en mi hocico. -Aquí sudamos igual, meu amigo- le digo, devolviendo el trozo ahora arqueado como si fuera un arco gigante. El silencio que sigue es música.

Al mediodía, mientras brilla alto el sol y se secan las capas de rocío, tomo un atajo por senderos pedregosos hacia las canteras del noreste. Camino entre robledales y helechos que me llegan a la cintura; las montañas se alzan adelante, grises y dentadas. Las canteras resuenan con el golpeteo de mazas y cinceles: ta-ta-TA, ta-ta-TA. Bloques de granito emergen escalonados, listos para reparación de puentes y zócalos. Me pongo a ayudarles a mover un monolito que ni cuatro bueyes pueden arrastrar; lo cargo sobre el hombro y lo deposito en el carro chirriante. Los mineros me regalan una cantimplora de jugo de pino.. Es dulce, con un deje ácido raro pero que está muy rico. Y me agradecen entre bromas mi “espalda de golem”.

Usualmente regreso al bosque central antes de que la tarde caiga. A esa hora, las sombras se alargan y la brisa trae aroma de hogueras de serrín. Los leñadores empaquetan tablones; el mercado, una calle ancha con diez puestos cubiertos de lonas, hierve de trueques: pan por setas, sal por leña, herramientas por medicinales de corteza. Mi daltonismo azul-verde me confunde los paños: no distingo la lona verde del puesto de hierbas de la azul del pescadero itinerante, ¡y casi pago tres veces un manojo de mentas pensando que era otra cosa!. Cuando me doy cuenta... bueno, solo suelto un bufido divertido: -Caramba, mis ojos son artistas abstractos.- La vendedora ríe y me regala un pellizco de tomillo de montaña.

Algunos días la paz se quiebra. Hoy, justo cuando la luz naranja se cuela entre troncos, llega un mensajero jadeando: unos merodeadores pretenden saquear la reserva de abeto blanco en el claro del riachuelo alto. Es madera codiciada para mástiles... Malas noticias si, la verdad. ¡Así que me toca trabajar! ajusto la correa del pantalón, chasqueo los dedos y me pongo en camino. ¡Vou chutar algumas bundas!.

Los bandidos (o eso se creen) arrastraban troncos hacia una carreta cuando les aparezco entre los árboles. Me adelanto, dejo caer la túnica y mi sombra cubre media fogata. -Última chance, meus amigos. Bajen esos troncos y volved andando.- Estos, Responden con ballestas caseras. El combate es bosque y tambor: esquivo un virote con un macaco hacia atrás, ruedo entre raíces, lanzo un rabo de arraia que parte la ballesta. Blando un tronco como porra y con la inercia de mi cuerpo derribo a dos de un golpe. Hay raíces, hojas, terrenos disparejos... Perfecto para mi. Cuando uno intenta acuchillar mi flanco, encajo la hoja entre el antebrazo y giro. le aplico una presa de lucha libre provocando que cruje como leña seca. Minutos después todo termina. -Terminou, acabou. ¡Arf arf arf! que fácil todo.- Devuelvo los troncos a su pila, ato a los salteadores con sus propias cuerdas y los llevo de regreso para que el alcalde decida qué hacer con ellos.

Al caer la noche, Me dirijo al fogón comunitario de mi aldea; una hoguera central ilumina rostros cansados y satisface estómagos con estofado de venado. Un trovador rasga un laúd de corteza fina y varios aldeanos golpean tambores de piel así que me uno con palmas y un coro grave. El calor me envuelve, aunque el frío sigue calando: me enrollo en un poncho de lana burda que parece una servilleta en mis brazos. Risas, historias de la jornada, hasta que alguien menciona a los grandes señores del puerto, allá al sur, que quieren cobrar nuevas tasas por el paso de los troncos. Mi código de honor se enciende.-Si necesitan un par de garras para negociar, yo pongo el ritmo-, digo golpeando suavemente un tronco que me sirve de banco. Me miran con respeto y un poco de temor diplomático; respondo con una broma, carraspeo un canto de ruiseñor y cierro: -La libertad no se mendiga; se guarda con el filo del hacha y el compás del tambor-.

Termino la jornada en el muelle mientras miro a las estrellas. Es cierto que a mis ojos ciertos matices se pierden, pero aún así puedo ver como destella como brasas.... Cierro los ojos y pienso en el cachorro que fui, encadenado bajo un techo de mármol; aquel niño soñaba con bosques así, con montañas respirantes. Entre susurros de vient... ¡Pero de repente un paso cruje! Me incorporo al instante. Una patrulla nocturna un mink pastor alemán entre ellos cruza la aldea. La visión de aquel ser desencadena un flash: látigos.. burlas... un amo ebrio. Se me acelera el pulso solo de pensarlo, pero recuerdo dónde estoy: libre, en el puerto con mis amigos. Respiro, toco el collar, y el temblor poco a poco parece que va parando... o eso parece.

A la mañana siguiente, me despierto tranquilo, lo primero que haría sería frotarme las manos tratando de arrancar ese frio de mis patitas, por que pata fría no trabaja bien... ¡Un señor se me acerca y me da un té! obviamente no está en una tacita claro, me lo da en una jarra la cual tomo con mis manos. -Hoje será un gran día- Salto la valla de corral como quien pisa el aire y corro hacia el interior del bosque: quizá haya árboles caídos tras la tormenta nocturna. Ya veremos. A lo mejor llega un caminante perdido buscando la ruta al pueblo de gigantes... o llega un perro (que no sea yo) perdido por ahí. ¡A lo mejor llegan unos piratas buscando algún tipo de tripulación! quiero decir, yo no quiero ser pirata, ¿o si? ¿o no? ¡no lo se! el tema es que yo solo quiero ser libre, ¿y que mas libre podría ser, surcando los mares hasta volver a casa? ¡tengo que ver a Eikir!


RE: [T1] Un perro comienza su camino - Sentomaru - 11-05-2025

Aventura Tier 1 Autonarrada Completada
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