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[Presente absoluto] Llegando - Versión para impresión

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[Presente absoluto] Llegando - Caelum Drift - 14-05-2025

Dia 42 de Otoño, Año 15

Dia 1 en alta mar. 

Dejaría atrás los campos de entrenamiento. Donde me había vuelto un hombre más compacto,
con más pliegues, más “hombre”. Donde los relojes funcionan sistemáticamente bien y el tiempo se
encarga de devorarnos de a poco, de marcarnos en un compás siniestro el movimiento mandado de
una orden, una misión, un suicidio. Había sido citado al despacho. Allí no había gloria, donde el
marine más heroico no te recibe, sino el administrativo, el que está tras su coraza de madera hecha
escritorio. No había que quitarle mérito, pero desde allí no se podía plegar el mundo. Los papeles
son adulterables, mentirosos, abundantemente aburridos. Yo estaba esperando mi turno en un
pasillo gigante, blanco y azul. De la orden solo me separaba un umbral cerrado.


-¿Estamos listos, acaso?

Le murmuré a mi pasado deshilachado, al recuerdo de mamá que siempre traía conmigo. Yo no
esperaba una respuesta, solo quería hablarle, sentirme cómodo, protegido, silenciosamente abrazado.

Sentí por un momento que la bufanda se ajustó aún más a mi cuello. Encontré hogar, tranquilidad.
Se abrió la puerta y de ella salió una sombra, pálida, sola. Parecía que el papel que llevaba en sus
manos era más pesado de lo que podían soportar sus hombros; una postura arruinada, una juventud
envejecida en la inmediatez de la carrera de un marine. Desde la habitación se dejó escuchar una
voz cálida, una voz de abuela, una voz de que todo estaría bien.

-Drift, pasad, querido.


Era mi momento. La habitación olía a incienso y rosas, un centenar de hojas vivas de las plantas
que evidentemente eran cuidadas y elegidas para llenar de verde la habitación. Y entre un montón
de papeles apilados, albinos, amantes, amargos, áridos, ansiosos, se perdía el rostro de una mujer
mayor, de mil arrugas. Tomó un papel entre tantos. Era solo uno el que me pertenecía y, sin mediar
palabra, flexionó su brazo, selló el papel y con la mano extendida me lo ofreció. ¿Dónde quedaba
la calidez de aquella voz que retumbaba en los pasillos? ¿Dónde quedaba?


Tomé el papel y salí, sin decir más. Y no para calcar las acciones de la vieja, sino porque nunca
habló, no era necesario entonces, y solo acompañé su insípida acción. Sobre la hoja, mi nombre,
un destino y la fecha. Solo debía reunirme con un local de allí y recibir nuevas instrucciones. Doblé
aquel recado, lo convertí en sombrero y me lo puse. No esperaba llamar la atención, solo recordar
que esa hoja estaba encima de mí, plegada. La orden era más que mi voluntad. Zarpar por el West,
por la Marina. Mi nuevo gorro era mi capitán, mi mandato, mi temple.


Grau viajaba conmigo, no como capricho, sino como recordatorio de que nunca hay que bajar la
guardia. No era necesario volver a los cuarteles donde me hospedaba, no era mi hogar. Mi lugar era
mi bufanda, mi dinero, mi arma. Y para no perder el norte necesitaba un artilugio, un momento en
la mente de algún ingeniero que lo diseñó y hoy iba a marcar mi rumbo. Una brújula. Pequeña,
precisa, necesariamente útil en el mar. No tenía tripulación, era solo yo, no habría escándalo. Me
deslicé unas horas por las calles, grises, predecibles, hasta llegar a la tienda donde compré
semejante artilugio, y como oferta también me llevé un caracol. Solo quedaba partir en mi cáscara
de nuez. Caminé plegando, pensando, doblando el sufrimiento aún vivo de antiguos campos de
batalla.


En el puerto, mientras esperaba que prepararan mi nuevo hogar, un bote más delgado que yo, escribí.



“Adoquines predecibles, la moraleja ajena, marchita de la inmediatez, de gente formada a toda
prisa. Los engranajes rítmicos de la vida en movimiento nos hacen andar, no perpetuos, sino
fugaces. Y hoy aquí se va un cachorro de hombre. Por las crestas inmensas, terriblemente diseñadas
para matarme, navegaré. Y aunque parezca que me estoy yendo, solo estoy llegando.”



Doblé la nota y la dejé en el banco, esperando que nadie la leyera, esperando mi tiempo para llegar.
Miré el inmenso azul, sobre mi estúpido pedazo de madera. No le temía, lo respetaba. Sabía que él
me odiaba por hacerme parte del mundo, por ser del grupo endemoniado. No iba a juzgarlo, solo
iba a remar, a tomarlo de sus crines violentas y domarlo. No era una opción ser devorado por él, no
ahora. Me senté, pensé, ajusté mi norte y comencé a remar. Me alejé lo suficiente de la base de la
Marina para no verla más, no verla jamás. Allí quedaban mis compañeros, los rotos, los desviados,
y yo nuevamente solo. Hablé con mi bufanda.


—¿Es necesario todo este lío?


Lo único que dejé atrás fue una veña, un saludo contracturado dejado a la nada, al viento, a la base,
a los amigos que llevo conmigo. Espero encontrarme camaradas tan particulares como aquellos
y caminar, solo caminar a su lado.

OFF