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[Autonarrada T-1] Las consecuencias de nuestros actos. - Versión para impresión

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[Autonarrada T-1] Las consecuencias de nuestros actos. - RedSmoke Kelo - 21-05-2025

Día 63 de Otoño, Año 15.
Pueblo Yasu, 07:00.
Inventario



Era bastante temprano aquella mañana. El mar golpeaba la arena con un ritmo sereno aquella mañana, como si el mundo aún no supiera que estaba a punto de arder. En la costa de Yasu, allí donde los acantilados se rendían ante la bravura del océano, mi cuerpo danzaba entre arena y espuma. Kurimuzon surcaba el aire con precisión, y cada corte al viento era acompañado por el estruendo de las olas rompiendo contra las rocas.
A mi lado, Djangus practicaba disparos desde diferentes ángulos, apoyado en unas viejas rocas blanqueadas por el salitre. Ragnar, con su única mano útil, nos observaba mientras mascaba un trozo de raíz seca. A pesar de su edad y las cicatrices del pasado, se movía como un lobo veterano: atento, sereno, pero con el instinto listo para matar si era necesario.



La brisa salada barría suavemente la arena, y el sonido de las olas era interrumpido solo por el entrechocar de dos cuerpos que, como sombras vivas, se movían uno frente al otro en la orilla. Yo jadeaba con una sonrisa torcida mientras volvía a lanzarme hacia adelante, apuntando mi puño contra el torso de mi hermano. Djangus lo esquivó con facilidad, girando sobre sí mismo, y con el reverso de su mano empujó mi hombro, desequilibrándome.

—Tienes que pivotar antes de lanzarte. —dijo Djangus con calma, sin una gota de sudor aún en la frente— Eres fuerte, pero no puedes confiar solo en el corazón. Usa también las caderas, joder.

—Estoy usando las caderas, Capullo. Lo que sucede es que estaba entretenido mirando el ojete que tienes por cara. —respondí con un bufido y una sonrisa, sacudiendo la arena de mis pantalones.

Desde la distancia, Ragnar observaba a ambos con los brazos cruzados y una expresión a medio camino entre el orgullo y la nostalgia. La escena le resultaba tan familiar que dolía. Dos hermanos peleando como si se odiasen, pero cuidando no hacerse daño de verdad. Como Ivar y él, tantos años atrás.

—Vamos otra vez, hermano. —dijo Djangus, marcando la palabra hermano con una sonrisa leve, todavía extrañado de poder decirla.

—Vas a dejar de llamarme así cada dos frases, o empiezo a hacerte zancadillas. —gruñí, aunque en el fondo sentía un calor raro en el pecho cada vez que lo escuchaba.

Chocamos otra vez. Djangus, más rápido, amagó con un directo y se giró para intentar derribarme con una patada baja. Pero, anticipándome, me impulsé en el aire con una voltereta sencilla y acabé tras él.

—¡Eso fue mejor! —me gritó mientras golpeaba con el canto de la mano mi hombro.

Djangus resopló y se echó al suelo de espaldas, mirando al cielo.

—Necesito leche calentita y una siesta. —protestó.

Me eché a reír.

—¿Leche calentita? ¿No prefieres un biberón?

—No me jodas. —dijo Djangus con una carcajada, levantando una mano para que Kelo lo ayudase a incorporarse.

Lo hice sin esfuerzo y luego, con la mirada fija en el mar, pregunté en voz baja:

—¿Cómo era?... ¿Papá?

Djangus no respondió de inmediato. Se quitó la arena de las manos y miró a Ragnar, que seguía sentado en una roca cercana, como si esperara su aprobación. El viejo asintió con la cabeza, sin decir nada.

—Era enorme. —respondió Djangus finalmente.

—Siempre olía a fuego y a savia, como si llevara encima el bosque entero. Y... hablaba poco, pero cuando lo hacía... joder, se hacía el silencio.

Yo tan solo asentía en silencio, con los ojos perdidos en el horizonte.

—Recuerdo su voz. Muy de lejos... — murmuré.

—Se alegraría de verte así. No por lo fuerte, sino por la forma en que proteges a los demás. No todo el mundo lucha para proteger.

Tragué saliva y me giré hacia él.

—¿Tú luchas por eso?

—Por eso, y porque me da rabia ver a tanto cabrón suelto. —replicó Djangus, lanzando un pequeño montón de arena a su pierna.

Ambos reímos. Y esta vez, cuando volvimos a adoptar posiciones de combate, lo hicimos sincronizados, como si compartieramos desde siempre el mismo ritmo.

Desde su roca, Ragnar sonrió en silencio, dejando que la brisa le aliviase la herida en su mano.



El calor del mediodía hacía danzar el aire sobre la arena de la playa de Yasu. Las olas rompían con suavidad mientras Ragnar, Djangus y yo intercambiábamos golpes en un entrenamiento que empezaba a convertirse en costumbre. La sal y el sudor nos pegaban la ropa al cuerpo, y el sol nos dejaba cicatrices doradas en la piel. Nada parecía fuera de lugar.

Pero entonces, el viento se detuvo.

Fue un instante apenas perceptible, como si el mundo hubiese contenido la respiración. Luego, sin previo aviso, el bosque escupió tres sombras.

Tres figuras surgieron del bosque en silencio absoluto, cubiertas con capas negras adheridas al cuerpo por la humedad, y rostros ocultos tras máscaras pálidas sin emoción. El primero de ellos alzó su arma que brilló brevemente bajo el sol antes de lanzarla directa al pecho de Djangus.

—¡CUIDADO!— rugí, con la voz rota por la urgencia.

No pensé. Las alas ardieron antes de que pudiera ordenárselo a mi cuerpo. Un latido de fuego brotó de mi espalda y en un parpadeo me interpuse entre la lanza y mi hermano.

El impacto no llegó. Una onda de calor distorsionó el aire entre nosotros y desvió la trayectoria de su arma, que acabó hincada en la arena.

Djangus se tambaleó hacia atrás, los ojos abiertos como platos. Ragnar ya había apagado su cigarro y sin pronunciar palabra se puso en posición de defensiva, con su brazo bueno.

Yo me quedé con el primero.

—¡Venid entonces!— bramé, desatando el fuego de mi espalda como una llamarada viva.

Kurimuzon cortó el aire al salir de su vaina. El entrenamiento había terminado. Ahora tocaba matar.

—"El hedor a Muzán se impregna en sus pasos... Son sus putos lacayos". 

—¡Recordarles como funcionan las cosas chicos! —gritó Ragnar.

Yo ya había dado un paso al frente.

Kurimuzon cantó.
El primero vino directo hacia mí, rápido, directo al pecho. Lo esquivé girando sobre la arena y le cercené el cuello sin detenerme. El segundo intentó abalanzarse sobre Djangus, pero Ragnar lo interceptó con su pierna buena y le partió la mandíbula de una patada que hizo temblar el suelo.

El tercero... ese era distinto.

Saltó hacia mí por la espalda, con una daga envenenada en alto. Me giré en el aire y lo atravesé por el estómago. Cayó de rodillas, sangrando, pero aún vivo.

—Cobardes. —escupió Ragnar. 

—¿Eso es todo lo que tenéis?

Y entonces, lo oímos.

El moribundo se echó a reír. Una risa quebrada, viscosa, como si le sangrara el alma.

—jj... Jod.. ¡Joderos cabrones! 

Mis ojos se abrieron como platos.

—¡¡Hermano!! — Grité mirando a Djangus como si el entendiese perfectamente lo que le quería transmitir. 

—¡Astrid y Sigurd! —gritó Djangus—. ¡Estaban en casa!

Salimos volando cogiendo a Ragnar. No esperé respuesta. Mis alas ardieron, y en segundos, ya no veía la playa.



La puerta de mi casa colgaba de una bisagra. El suelo de piedra, ennegrecido por la sangre y el fuego. Entré con el pecho ardiendo.

—¡ASTRID! —rugí.

Un gemido ahogado me llevó hasta la cocina. Allí estaba ella, cubierta de heridas, la cara empapada en lágrimas, pero viva.

—S-sigurd... Kelo... s-se lo han llevado... —sollozaba.

—Eran diez... diez hombres... yo... él... ¡él se quedó a luchar!

Me arrodillé junto a ella. Me temblaban los brazos. Astrid me agarró con fuerza.

—Mató a siete... solo... solo tenía una espada y sus manos. Los mato... antes de que lo derribaran. Pero se lo acabaron llevando... ¡Se lo llevaron vivo!

Me levanté. Mi sangre hervía como lava. Ragnar entró poco después, cojeando, con Djangus apoyado en su hombro. Al ver la escena, Ragnar cayó de rodillas. Su expresión era una máscara de horror y furia contenida. Me giré hacia él, con el pecho en llamas.

—Tú me protegiste cuando no eras mi sangre, Ragnar. Protegiste la promesa de Ivar. —Me acerqué, y le puse una mano firme en el hombro.

—Ahora yo haré lo mismo por ti. Te juro por mi fuego que no dormiré un solo día más sin arrancarle la cabeza a Muzán. ¡Voy a traer a tu hijo de vuelta, cueste lo que cueste!

Una respiración, un temblor.
Y un quejido. Con eso me di cuenta. Un enemigo aún respiraba. Lo arrastré por el suelo con violencia y lo levanté contra la pared con una sola mano. Su máscara cayó al suelo, revelando un rostro joven, deformado por el miedo.

—Dime dónde está. —le dije, voz baja, peligrosa.

—Estas a dos segundos de que te arranque la tráquea amigo.

El tipo temblaba. Escupió sangre. Pero habló.

—A... al norte... cruzando... el bosque viejo... un asentamiento... Muzán... os espera...

Lo solté. Cayó muerto como un trapo.

Me giré hacia los demás. Astrid se había levantado. Ragnar me miraba con lágrimas contenidas, y Djangus, aunque herido, asintió.

—Tengo un par de amigos que quizás quieran divertirse un poco.—dije, mirando al horizonte.

—Mañana mismo, cruzamos ese bosque. Ese hijo de puta acaba de firmar su sentencia de muerte.



Para Nekah



RE: [Autonarrada T-1] Las consecuencias de nuestros actos. - Sentomaru - 22-05-2025

Aventura Tier 1 Autonarrada Completada
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