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[Pasado] Plaga - Versión para impresión

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[Pasado] Plaga - Caelum Drift - 26-05-2025

Dia 11 de Otoño, Año 15

Lo que la naturaleza habla.

Caminábamos, no como compañeros ni como escoltas; parecíamos niños ausentes de toda racionalidad que pudiera suponer aquella situación. El viejo nos guiaba, repetía sus pasos velozmente, igual que sus diálogos. Era un local, un conocedor. Nos encantaba con historias cotidianas, pero contadas con el detalle de una fantasía, de algo que parecía escapar de un hecho creíble. Pero allí estaba él, con su refresco, bebiendo algo que parecía inacabable en su petaca, generándonos la expectativa de estar vivos. Aún nos manteníamos vivos.

Recordaba las palabras de Jean unos metros atrás, o kilómetros, ya no recuerdo cuánto tiempo llevamos caminando. En nuestro diálogo le contesté con solo dos palabras: “no sé”. Pese a mi típica manera de sociabilizar, de estar distante, era lo que podía decir. Solo bastaba ello para dar todo mi conocimiento. No sabía más que eso. Me quedo con la frase resonando de la nota que traía el viejo. “Facilitadores”.

Manolo no parecía el tipo de persona que necesitara facilitadores. Era un simple engranaje, ni el central ni uno roto, solo uno que funcionaba sin aportar mucho al mundo. Eso era lo que yo pensaba. Qué equivocado que estaba. Aquel hombre, al final del día, nos demostraría la importancia de conceptos que parecían estar bajo el tapete, bajo las sombras, como si se buscara ocultar algo tan simple y medular para ser felices.

El camino parecía estar hecho por pasos, por trotamundos. No había adoquines, no había efecto humano planificado, solo el efecto social de caminar, de dejar la hierba muerta. Pero por más terrible que sonara, para muchos locales era la rutina de volver a casa. El sol colgaba sobre nosotros, fiel testigo de nuestro avanzar. Ya se me había hecho costumbre caminar y escuchar, simplemente por el hecho de estar allí. No era que lo disfrutara, ni que lo padeciera; solo lo vivía, lo transitaba ajeno a sentimientos, normas o a la misma misión de facilitar algo que no sabía qué era. Junto a nosotros, como marcando aún más el camino, los árboles parecían una impenetrable pared de vegetación viva, fuertemente verde, gigantes, robustos, como si hubieran estado allí desde hace más tiempo que los hombres, que incluso el suelo. Una leve brisa, a efecto túnel de aire, se formaba entre nuestras tres figuras que mantenían un ritmo preciso y sin ninguna prisa.

Algunas copas de los árboles se movían, temblaban de ansiedad, de unas ganas locas de decir “estoy aquí”. Alguien o algo nos estaba observando, nos miraba desde la desconfianza. No parecía muy seguro, era mas bien torpe, delicado y mudo pero torpe. Por instinto llevé mi mano a la espalda, no por miedo, por seguridad. Grau me recibió como siempre lo hace; parecía estar en el momento exacto. El gesto de mis dedos recorriendo sus pliegues, buscando el agarre perfecto, me retrasó unos segundos, tiempo suficiente para que el viejo me tomara la muñeca, no con fuerza ni con ira, como un mimo, dándome no solo calidez, sino tranquilidad.

-No es necesario. Y he dicho, no es necesario. Jajajaja. Los militares deberían relajarse un poco más y aprender a leer las hojas moviéndose. ¿Les parece que ese pequeño animal es motivo suficiente para tomar un arma a la ligera? Y he dicho, tomar un arma a la ligera.

No fue un rezongo, pero tampoco fueron palabras sueltas. Fue un detalle, algo que yo no podía ver entre las hojas. No sé si supo que entre las ramas se escondía un curioso gato de no más de dos kilos y medio, de color negro. El animal se hizo visible, bajó de la copa al reconocer a alguien y se enredó en movimientos envolventes entre los miembros inferiores del viejo, que explotó en una carcajada e, inclinándose, acarició al animal.

-Jóvenes, deberían aprender a leer la naturaleza. Y he dicho, deberían aprender a leer la naturaleza. Antes de avanzar... ¿saben lo que debemos hacer, verdad? Y he dicho, ¿saben lo que tenemos que hacer?

Con un gesto rápido, para no perder más tiempo, marqué claramente la negativa y observé a Jean, a quien le di la palabra extendiendo mi mano y señalándola. No lo hice por nada más que diversión. Tengo que reconocer que la situación ridícula me movía fibras que no sabía que tenía.


De aquí venimos.
Off



RE: [Pasado] Plaga - Jean D´Orlanais - 26-05-2025

La caminata hacia pueblo Shinzen fue larga, aunque no especialmente dura. El terreno, aunque irregular, estaba marcado por el paso de muchos antes que ellos, y no presentaba obstáculos. Avanzaban como si todos hubiesen aceptado un ritmo tácito: Caelum mantenía su ya habitual sepulcral mudez (solo la había roto para un conciso "no se"), Jean no sentía la necesidad de perturbarla y Manolo... Bueno, su acompañante parecía llevar su propia conversación. Historias, anécdotas, comentarios sobre los alrededores... Todo por duplicado, claro. La joven no estaba segura de si aquellas palabras las compartía con él mismo o si genuinamente cumplían la función de romper el silencio para que la caminata fuese más amena, pero lo cierto era que ella apenas le prestaba atención. No porque se le escaparan las palabras, Manolo hablaba alto y por dos, sino porque su atención estaba puesta en otros lugares. Los sonidos del bosque, el paso de sus compañeros, las aves que planeaban a lo lejos... Procuraba mantenerse alerta, y para ello ignorar a Manolo era casi un objetivo en si mismo. 

Mantenía el paso firme, la figura recta, con la mano siempre cerca de Zéphiros por pura costumbre. Aquella marcha no tenía nada de amenazante. Al menos eso pensaba, hasta que notó a Caelum tensarse y llevar la mano hacía su arma. Jean inmediatamente se puso en tensión, esta vez si asiendo el mango de su espada, preparada para reaccionar. ¿Qué había visto Caelum que ella no? El viento había soplado, meciendo perezosamente las copas de algunos arboles, dejando que algunas hojas ansiosas de aventuras los abandonasen hacia el cálido atardecer otoñal. En ellas, un par de ramas se habían movido al son de otro estimulo. Eso debía haber visto Caelum. 

Para sorpresa de todos, Manolo fue el primero en reaccionar. Posando su mano delicadamente sobre el brazo del Marine, lo tranquilizó y le hizo ver que aquella "amenaza" no era más que un mero felino. Jean se relajó también, quedándose mirando a Manolo con los ojos entornados. Había ejecutado el movimiento con el que había tranquilizado a Caelum con una calma desconcertante, con un gesto tan medido que no podía interpretarse más que como un maestro que evita que su alumno cometa una torpeza. Las palabras del anciano, por suplicado como era ya costumbre, venían cargadas de una claridad inusual, de una confianza natural. Señaló hacía el árbol y de él, casi como por guion, un gato de pelaje completamente negro bajo y se acercó a ellos. Comenzó a enroscarse entre las piernas de Manolo, como si lo conociera. 

La joven frunció un poco el ceño. Caelum había reaccionado por puro instinto, estaba claro, pero Manolo... ¿Cómo sabía que no había peligro? ¿Había visto al gato? ¿Lo conocía? ¿O simplemente había interpretado mejor la situación? Jean debía admitir que su opinión sobre Manolo podía comenzar a cambiar. Había algo en él que lo alejaba de la definición estricta de "loco". Había método en la forma en la que había buscado sus cosas en la tienda, había experiencia en la forma de reaccionar ante situaciones como aquella... Todo cubierto con capas y más capas de excentricidad, cierto, pero había algo allí.

Jean no se sorprendió en absoluto cuando Caelum la señaló a ella ante la pregunta de Manolo de si sabían lo que tenían que hacer. Sonrió por dentro. Aquel gesto no era frio ni carente de sentimiento. Parecía... ¿Divertido? Jean se agachó y acercó la mano muy lentamente hacía el oscuro gato que se les había unido, y este, aunque reticente al principio, se acercó un poco, sin mover un ápice el contacto visual. Jean sonrió, se agachó un poco más y volvió a mover la mano muy lentamente. El gato se acercó y tocó con su cabeza la mano de la joven, dejando que esta lo acariciase.

- Hola amiguito... - le saludó mientras el gato hacía amago de ronronear. Sin dejar de juguetear con el pequeño animal, se dirigió hacia sus compañeros. - No nos han dado una misión clara. - sentenció. - Si nuestra tarea es acompañarlo, protegerlo, o asistirle en su misión, sería útil contar con detalles concretos... 

Se detuvo un instante, dejando que sus palabras flotaran entre ellos mientras el pequeño felino se tumbaba para que lo acariciasen. 

- La nota indicaba que teníamos que facilitarle lo que necesitase. Bien, ¿Que necesita de nosotros? Aparte de nuestra inestimable compañía.


RE: [Pasado] Plaga - Caelum Drift - 28-05-2025

No militaricen la norma

El animal se quedó un tiempo entre nosotros, jugueteando, curioseando. Ya no se limitaba a jugar entre las piernas de Manolo; también se enredaba con Jean. A mí me ignoró, no lo culpo. No soy lo suficientemente agradable a la vista. Las piernas de la joven son una invitación a rodearlas, a perderse aunque sea por un momento. En un ritual salvaje entre desconfianza y placer, el felino le ofreció la mollera para que lo acariciara. Y mi compañera se inclinó para hacerlo, para aceptar aquel gesto de cortesía, para bendecirlo con una mano exquisita.

Entre las palabras del viejo y las de ella, bastaba para relajarse. La situación era habitual, tranquila. No había necesidad de preocuparse. A veces, estar el tiempo suficiente solo y en alta mar te mantiene alerta, atrapado en una locura paranoica con el entorno y la falta de humanidad. Fue necesario socializar, y un gesto humano como el del viejo para derrumbar todas mis rectas, toda norma impuesta a la fuerza por los cuarteles que habité.

El viejo miró a Jean como si fuera una total extraña, como si sus palabras hubieran sido un insulto, una burla constante de una situación un poco chiflada. Palabras que, por supuesto, en silencio yo también compartía. ¿Qué debíamos facilitarle a aquel tipo, al repetidor de frases inútiles? Todo era confuso, poco claro. Una situación que en principio representaba apenas la presencia de un exterminador de plagas terminó involucrando a dos militares. El propósito era tan sospechoso como lo que comenzó a hacer Manolo, caminar hacia atrás, retrocediendo sobre sus propios pasos.

Con un aire triunfante dijo.

-Incorrecto, chica de las misiones. Y he dicho incorrecto. Vamos para atrás. Hay que desandar el camino. Lo que se enreda, se desenreda. Y este animal, en su desventura, nos ha hechizado. La única manera de romper la situación es caminar sobre nuestras huellas. Y he dicho, caminar sobre nuestras huellas. ¡Ja, ja, ja! No avanzaremos hasta que rompan este maleficio. Y he dicho, no avanzaremos hasta que rompan este maleficio.

Desandando unos diez pasos, con un gesto de la mano nos invitó a calcar sus movimientos. El gato, como si estuviera a favor de aquel teatro supersticioso, se colocó a un lado del camino y, en señal de aprobación, cerró los ojos con delicadeza, de forma tibia.

Ya nos habíamos retrasado demasiado para ponernos a caminar hacia atrás, aguardé unos segundos esperando que Manolo retomara el sendero hacia el pueblo. Fue imposible. Estaba aferrado a la idea de deshacer nuestras huellas. La superstición se volvió plomo en nuestro andar. Imité al señor, más por comodidad que por convicción, y para mi sorpresa, se sintió divertido. Me posicioné al costado, me apoyé sobre los talones como si mi cuerpo no pesara nada, como si estuviera hecho de papel, e invité a Jean, con el mismo gesto del viejo, para que ella también desenredara su caminar. Volver parecía entonces la única manera de llegar.

Comencé a plegar papel mientras esperaba por Jean. Quería dejar algo en aquel rincón del mundo, donde por primera vez sentí que ir hacia atrás era avanzar. Mi caminar, siempre a la deriva del grupo, me permitió llegar más lejos entonces.

El viejo vertió un poco de su bebida, una mezcla de color cobre y ámbar. Un líquido cargado de identidad y cuerpo que fue absorbido a toda prisa por la tierra bajo sus pies. Y como si se encarnara en otro ser, rompió por primera vez la torpeza de repetirlo todo.
Habló como si las palabras fueran prestadas, ajenas, pero que anhelaba contar. La voz era suya, la expresión y la pasión eran suyas. Pero algo en mi interior me hizo creer que aquel texto le era ajeno, como si alguien se lo hubiese contado a él antes, con la misma pasión, como un mensaje flotando en el mar con forma de papel ques en nuestro, es de todos.

-La misión no es escueta, es preciosa en toda su organización. Es competente para ti, para vos y para mí. Los tres somos partes funcionales y no hay más que decir. ¿Acaso un gesto, un motivo, una revolución nacen del mismo texto, de las palabras que manchan lo virgen de un papel? ¿O es la propia práctica quien escribirá la historia, lo que logró moverlo todo? Facilitadores no es más que eso, facilitadores. Pero no desde una práctica nacida de la teoría, sino desde una práctica desnuda, con su propia identidad. No militaricen la norma. No siempre moverse y habitar nuestros cuerpos requiere una guía. Hay que entender la corporeidad, no solo el movimiento. Resumiendo, esto tómenselo como una invitación a participar del mundo. Faciliten que la gente, y mi trabajo, sean propios de una revolución.

Las palabras del viejo me sacudieron más de lo que habría querido admitir. No por su claridad, porque no eran claras, ni por su fuerza, sino porque llevaban la carga de algo vivido. Como si hubieran sido dichas por alguien que estuvo a punto de rendirse, pero no lo hizo.

Deje de plegar el papel entre mis dedos y en ese momento me vi.  Me vi en los barracones. Me vi caminando recto entre órdenes huecas, sin alma, sin piel. Me vi aceptando la norma como una piedra en el zapato, no porque quiera, sino porque no recuerdaba cómo se siente andar descalzo.

“No militaricen la norma”

Y eso me golpeó, un recuerdo mudo, profundo que no sabía que tenía. Pensé en mi cuerpo. En cómo lo había usado, forzado, disfrazado. En cómo me había habitado, no como una casa, como hogar, como refugio si no como plaga. Tal vez nosotros eramos la laga a sanar y todo esto era entrenamiento para hacernos íntegros marines libres y de mundo capaces de generar revoluciones. 

Quise decir algo. Un gesto, un sonido, un asentir. Pero no pude. Solo lo miré, y por dentro, muy por dentro, supe que algo se había plegado, o desplegado. O mejor dicho, que algo se había soltado.

Y como si las palabras anteriores no tuvieran ya ningún valor, rompió el trance gritando con entusiasmo

—¡Tenemos aquí la plaga! Y he dicho. ¡Tenemos aquí la plaga!

Señaló el piso, mostrándonos algo que, desde mi posición, no podía ver.

Off



RE: [Pasado] Plaga - Jean D´Orlanais - 30-05-2025

Era fácil dejarse llevar.

Entre la fingida calma del bosque, el paso firme sobre el camino de árida tierra, el plácido ronroneo del gato, el silencio impenetrable de Caelum y los erráticos movimientos de Manolo, todo parecía diluirse en un bucólico cuadro del atardecer. No había amenaza aparente, no había prisa. El anciano se puso a andar hacía atrás para despejar el "hechizo" que les había lanzado el pequeño felino, que lo observaba con ojos curiosos. Hubo unos segundos de paz, donde los dos marines parecían esperar lo mismo: Que Manolo, una vez desandados sus pasos, prosiguiera con su camino. No fue así. El anciano se mantuvo imperturbable, como una estatua que no se movería hasta que ellos ejecutaran también aquel ritual. Para gran sorpresa de Jean, Caelum se unió a él. El joven marine ejecutó los pasos con una diligencia admirable.

Jean los observó a los dos incorporada, con los brazos cruzados bajo su pecho. Suspiró con una sonrisa.

- Bueno, que más da... 

Avanzó unos pasos y se colocó en posición. Giró la cabeza hacía Manolo y Caelum, que diez pasos más atrás le aguardaban con inquietud. Volvió a mirar al frente y como si estuviera en un escenario desando aquellos diez pasos concentrada, intentando imitar a la perfección los mismos movimientos que habían ejecutado en sentido contrario, contando cada uno de ellos en su cabeza. Cuando llegó a posicionarse a la altura de sus compañeros, los miró y abrió los brazos en gesto de misión cumplida. 

Manolo, aparentemente satisfecho porque aquellos dos marines hubiesen logrado romper con éxito el maleficio, vertió unas gotas de un liquido desde aquella petaca aparentemente ilimitada. La tierra absorbió el liquido como si de agua de lluvia se tratase. Y como si de verdad se hubiese todo un maleficio y aquellas gotas despertaran a quien vivía realmente en la mente del anciano, este comenzó a hablar con una voz distinta. Sosegada, limpia, única, sabia. Habló por primera vez de la misión, de su propósito. Y aunque sus palabras seguían siendo criticas, esta vez encerraban verdad. 

Durante unos momentos el mundo pareció detenerse. No por las palabras en si, vagas y poco precisas, sino por la resonancia que estas dejaron en los dos jóvenes marines. No militarizar la norma. Aquellas palabras pusieron a Jean a pensar en como, efectivamente, parecía que toda orden, toda misión, llevase implícito un componente de violencia implícita ineludible. Necesitaban un camino que seguir, un enemigo al que derribar, un pueblo al que proteger, una misión que cumplir. Allí no. Eran facilitadores, en el sentido más amplio que quisieran darle a aquella palabra. Sin ataduras, sin más indicaciones. Aparto su mano de Zéphyros sin darse cuenta. Se sentía más ligera de repente. 

¿Quién era aquel hombre?

Como queriendo despejar aquella pregunta del ambiente, Manolo rompió la ilusión proclamando que estaban ante la plaga, volviendo a repetir las frases como ya era costumbre. 

Su dedo apuntaba al suelo, a un punto entre las malas hierbas del camino donde había vertido el liquido de su petaca. Se agachó, escarbó un poco entre una pequeña grieta que acababa de surgir y extrajo algo que sujetó con el dedo pulgar e índice con cuidado. 

Era un bulbo cristalizado. 

Pequeño, de color tierra, tenía una forma irregular, como si intentara irradiarse en varias dirección. Lo parecía recubrir una ligera capa ambarina agrietada, melosa y brillante. Algo en el aire que lo rodeaba era diferente. Tenía un olor suave, dulce pero con matices picantes. Reconfortante. A Jean le recordó al té con miel. 

- ¿Eso es la plaga? - preguntó intrigada, mirando al bulbo con desconfianza. Alzó un poco la vista hacia el horizonte. Pueblo Shinzen no estaba lejos, tal vez a unos veinte minutos a pie.

El anciano se acercó un poco el bulbo a la cara y asintió casi con solemnidad. 

- No mata, y he dicho, no mata. No duele. Ni hiere. Pero duerme la voluntad. Duerme la voluntad... Apacigua. Quita el filo de la mente, la vuelve roma. Dócil. Mansa. - murmuró con un aparente gesto de concentración en el rostro arrugado - Hace que todo parezca bien, y digo, todo te parece bien. No dudas, no preguntas, solo asientes. Y he dicho... solo asientes.

El anciano, aunque estaba hablando con ellos, hablaba desde otro plano, como si su verdadero yo estuviese muy lejos de aquel lugar y lo que les llegaba a Caelum y a Jean fuesen los ecos de una explicación que resonaba desde su mente. 

Jean se incorporó un poco, dejándole espacio a su compañero para que pudiera ver bien aquel extraño bulbo.

- ¿Y que tenemos que hacer? - preguntó la joven mirando la pala que llevaba Manolo y aquella misteriosa caja que colgaba de ella. - ¿Arrancarlos? ¿Echarles algún producto...?

Manolo negó con la cabeza sin dejarle terminar.

- No, no, no, no. Y he dicho, no. No. Jóvenes... No escucháis, y digo, no escucháis. No entendéis. Tocarlo es dispersarlo. No se le gana con fuerza. Se le gana con palabras, con conciencia. - dijo, de repente más presente y con un aparente tono de frustración en la voz.

Jean recordó las palabras que les había dicho hacía unos momentos, que ahora tomaban un matiz diferente, irónicamente más concreto, más explicativo. Se giró hacía el gato, que les observaba a unos pocos metros con unos ojos profundos y confiados. Al mantener la mirada con la joven durante un par de segundos, ronroneo brevemente y se acercó a ellos, jugueteando de nuevo, moviéndose entre los tres.

- No nos tiene miedo... - murmuró Jean.

Manolo asintió con efusividad, como si por fin alguien hubiese entendido algo tan básico que incluso costaba explicarlo con palabras. Jean asintió lentamente. Lo entendía. No se enfrentaban a nada que pudiera combatirse con espadas. Aquello le hizo sentir un frio escalofrío en la nuca. Miró al bulbo, frunciendo el ceño con aprensión. No era una amenaza en sentido tradicional. No se defendía, no atacaba, solo... debilitaba. Desde dentro. Imaginó una comunidad expuesta a aquella "plaga", respirando sin saber que cada bocanada los alejaba un poco más de si mismos. 

Alzó la mirada hacía Caelum, protegido siempre por su mascara. Aquello parecía ser más serio de lo que se pensaba en un primer momento.


RE: [Pasado] Plaga - Caelum Drift - 02-06-2025

Con conciencia se vence. 

¡La plaga! Un peculiar bulbo con un aroma que te invita a quedarte para siempre, una mezcla de hogar y buenas costumbres, un aroma de tranquilidad. Si tuviera color, podría decir que era amarillo, pero no un amarillo estridente, sino uno calmo que baila desde el retoño como una danza.
El ambiente se volvió suave, como si nada importara, como si las palabras del viejo, el caminar hacia atrás, parecieran repetirse una y otra vez, pero no de forma tortuosa, sino desde la calma, como si hubiera sido un bello sueño. Un beso en la mejilla, que ahora invitaba a la tranquilidad, a la relajación. Podría decir que, en ese instante, me olvidé de que estaba armado. Que las alas plegadas de la justicia se habían convertido en apoyo para mi espalda de músculos dormidos ahora, músculos que parecían aliviar tensiones de antaño.

No mata, y eso aún me dio más tranquilidad. Estaba siendo hipnotizado por la planta, arrancado de mi estructura de desconfianza, me había sacado de los pelos del camino, del gato de mis compañeros, como si fuéramos una sola cosa. Claro que no mata, pensé, es suave, es agradable, necesitaba sentirme así, necesitaba olerlo más de cerca, sentir que se perpetuaba en mis narinas. Me acerqué como si flotara, como si un estúpido karma de pies ligeros se apoderara de mí. ¿Dónde estaba mi voluntad? Había sido arrebatada, golpeada brutalmente, arrancada de raíz. Mi máscara estuvo lo suficientemente intensa como para tocar el hombro del viejo, ignorándolo, solo queriendo oler aquel manjar.

- GABA, y he dicho GABA.

El viejo casi no hablaba, sonreía al pronunciar la palabra GABA, como si aquel anciano también estuviera hechizado por la atmósfera ligera, como si sus palabras bailaran en el viento. Y aunque estaba pegado a él, lo escuchaba a kilómetros de allí. Así lo veía yo, en trance, alguien que se había dejado encantar por la sutileza de un retoño. Pero eran solo mis ojos engañándome, la distorsionada manera de ver el mundo. Vi en sus movimientos de labios una pausa, una sonrisa, la gracia de quien no desconfía, de quien solo vive.

- Este es el primer efecto de la plaga, un efecto que parece maravilloso, seductor, permanente. Pero en realidad es químico, y he dicho químico. Tus receptores GABA, con exactitud los tipo A, y he dicho tipo A, aplacan tu actividad. Ahora es hermoso, luego será una bella costumbre y, por último, placebo, y he dicho placebo.

El viejo sacó una botella de vidrio de sus bolsillos, quitó el corcho y, de un solo movimiento de dedos, guardó la planta en su interior. La plaga ahora estaba presa, el aroma apenas extinguido seguía bailando con mis receptores GABA. No entendía nada de lo que aquel hombre me decía. Mi prudencia y sensatez despojaron la idea de arrebatarle la botella para perderme para siempre en aquel aroma, en aquel perfume dulce.

Sin darme cuenta, volví a la realidad. Tal vez pasaron apenas unos segundos desde que la fragancia se calmó; para mí pasó una vida. El tiempo se había roto antes y ahora volvía a correr. Me vi casi recostado en el ambiente, invadiendo el espacio personal del hombre que debía facilitarme las respuestas, el hombre que estaba allí para calmar la plaga. ¿Dónde quedaban las hormigas? Nosotros estábamos allí, primero como exterminadores. ¿Acaso era una especie de alegoría, o una palabra clave que yo no comprendía? La clara falta de sentido, de claridad, y la pérdida de esa tranquilidad aniquiladora me derivaron en un estado de paranoia.

- Las hormigas, y he dicho las hormigas.

Comenzó a hablar Manolo como si ese estúpido ser pudiera leerme la mente. ¿Acaso estaba en un sueño? En una de esas fases que se entrelazan con la realidad. Mi estado de excitación, como una abstinencia inmediata al perfume de la flor que ahora estaba presa, aislada de mis narinas, me volvía loco. Lo miraba, miraba el frasco donde la princesa de mi tranquilidad había sido encarcelada. Mi máscara alejaba mis ideas dementes, mis gestos desfigurados, pero mis temblores delataban mi estado de excitación. Como si de golpe me hubieran activado todo el cerebro al mismo tiempo. Ese maldito veneno perfumado estaba estragando mi ser.

- Son las polinizadoras. Aman el néctar de estas plantas y, en su metódico trabajo, esparcen la plaga. Ellas también son plagas, y he dicho ellas también son plagas. Se convierten en plagas por la pasividad de los aldeanos, y he dicho la pasividad de los aldeanos. Los aldeanos también son plagas, y he dicho que también son plagas. Por apagar su furia, por apagar las ganas, por dormir su voluntad. Y por eso este espécimen no mata, y he dicho no mata.

Tomó un respiro, como si hablar de esto lo atormentara. Su manera de repetir cada frase se me estaba haciendo fastidiosa en mi estado actual, como si mi tranquilidad se derrumbara de golpe, de golpes duros de los que quería defenderme.

-Yo planté la plaga, en respuesta a las primeras megalópolis de las hormigas, y he dicho yo planté la plaga.

Lo primero que pensé, sin dejar de escuchar lo que decía, es que éramos cómplices ahora, que nos habíamos convertido en escoltas de quien había traído una plaga. Mi estado actual, entre abstinencia y ansiedad, no me dejaba ver el trasfondo. No podía dejar de juzgar antes de que terminara de hablar. Un instinto me hizo aferrarme a Grau y, como un golpe de memoria, recordé la fragilidad del mundo. Como si mi arma me hubiera inyectado mil voltios de realidad. Mantuve las alas plegadas en mi diestra, no con intención de matar, sino como refugio, como bastón para mi estado desequilibrado.

- El efecto de su aroma ya debería estar cesando en ustedes, y he dicho ya debería estar cesando. Este bulbo es un manjar para las cortadoras de hojas, y planté cientos de estas plantas en los alrededores para alejarlas de los cultivos hace unos meses. Lo que no sabía, y he dicho lo que no sabía es el alto poder polinizador de las hormigas, que regaron la plaga por el pueblo.

Continuó hablando. Yo estaba más atento, más calmo, más a la deriva. Ya no me interesaba la planta en la botella, solo las palabras del anciano. Cómo algo tan natural, sin razón, sin la intervención del hombre, se había convertido en un demonio.

-Primero, la planta calma nuestro sistema nervioso y la falta de su aroma genera un estado de abstinencia que dura algunos segundos. Segundo, el aroma se vuelve costumbre luego de algunos días, cotidiano, como si fuera un hermoso recuerdo primaveral. Y tercero, la voluntad es arrancada del pecho luego de algunos meses, no por química, sino por miedo. El aroma comienza a trabajar como un placebo y hace de la pasividad una constante. Yo sembré esta plaga, la más voraz, la que hace al mundo llano, sin variantes. La pasividad, el desinterés, la falta de voluntad. Esa es la plaga. Yo soy el responsable. Tenemos que despertarlos de este placebo, de esta estúpida manera de no hacer nada. Necesito que todos combatamos no una plaga que mata, sino una plaga que duerme.

No repitió, solo sentenció. Como si el trance de quien fue antes lo poseyera, ahora era otro hombre, uno con más culpa, desesperado por dentro, pidiendo ayuda. La voz era tímida, temblorosa y avergonzada.

-Con conciencia, y he dicho con conciencia, se vence a la plaga, y he dicho se vence a la plaga.

Off



RE: [Pasado] Plaga - Jean D´Orlanais - 06-06-2025

Durante un instante, el mundo se volvió cálido. Agradable.

Jean no lo entendió al principio. Solo notó cómo el suelo parecía más blando bajo sus botas, cómo el sol caía con una suavidad inesperada sobre sus hombros, cómo incluso el zumbido lejano de los insectos adquiría un ritmo sereno. Se relajó sin darse cuenta. La tensión en sus hombros, la presión constante en su nuca, la vigilancia que parecía haberse instalado permanentemente en su pecho… todo desapareció. Por un segundo, todo estuvo bien. Por un segundo, no sintió la necesidad de empuñar su espada.

Y entonces lo comprendió. Era el bulbo.

No era veneno, al menos no en el sentido tradicional. No había fiebre, ni náuseas, ni desvanecimientos. Era peor. Era dulce. Reconfortante. Tan agradable que una parte de ella quiso que ese instante durara para siempre.

Apretó los dientes. Dio un paso atrás.

Tenía los pulmones llenos de esa fragancia. No era fuerte ni invasiva, pero estaba ahí, persistente, aferrándose a su cuerpo como una segunda piel. Parpadeó varias veces y buscó con la mirada a Caelum, que estaba demasiado cerca del anciano, con un gesto ausente. Era como si el aroma hubiese borrado todo rastro de voluntad en él. Jean no dijo nada. Solo se obligó a mirar el frasco donde Manolo había encerrado la plaga. Aquel gesto, tan simple, bastó para romper el hechizo. El aire comenzó a hacerse más nítido, más frío. Volvía a pensar.

Las palabras de Manolo no ayudaron. O sí. No estaba segura.

Escuchó su explicación con una mueca contenida. Receptores GABA, efectos a corto y largo plazo, una pasividad inducida que se disfrazaba de armonía. El anciano hablaba con una mezcla de culpa y sabiduría. Ya no era el bufón que repetía frases por costumbre, sino un hombre que comenzaba a asumir las consecuencias de sus actos. Jean cruzó los brazos, mirando la botella con el bulbo atrapado en su interior. Un simple gesto de descuido, una estrategia mal calculada, y ahora un pueblo entero podía estar respirando esa fragancia cada día. ¿Cuánto tiempo llevarían allí? ¿Semanas? ¿Meses? La joven desvió la mirada hacia el camino, hacia el norte, donde se encontraba el pueblo de Shinzen. Si lo que decía Manolo era cierto, y no tenía motivos para dudarlo, la situación no era solo una anécdota científica. Era una epidemia silenciosa. Una que no marchitaba los cuerpos, pero sí las voluntades.

- Así que no podemos cortarlos. Ni quemarlos. Ni arrancarlos de raíz... - pensó, molesta, sintiendo como aquella agradable sensación se evaporaba. Tuvo que reconocer ante si misma que le habría gustado que durase más. 

Guardó silencio unos segundos. Luego, giró hacia el anciano.

- ¿Y como ayudamos al pueblo? ¿Dando charlas? ¿Gritando en la plaza? ¿Leyendo tratados de neurología a granjeros que no sienten que algo vaya mal?

Estaba molesta, frustrada. Enfadada. No porque Manolo hubiese confesado haber plantado la plaga - aunque desde luego influía - o por sus cripticas indicaciones, sino porque todo lo que conocía, todo lo que había entrenado, no servía para nada allí. Y tal vez, también, por no sentir ya el embriagador aroma de aquel bulbo.

- ¿Y si no quieren despertar? - preguntó entonces, con la voz más baja - ¿Y si ya están cómodos durmiendo?

Caelum permanecía en silencio, aún procesando lo que acababa de vivir. Jean se giró hacia él, notando por primera vez el temblor leve en sus manos. Se colocó a su lado.

- Dime que tú si tienes alguna idea... - suplicó mirando a su compañero a través de su mascara.


RE: [Pasado] Plaga - Caelum Drift - 10-06-2025

Avancemos

-Avancemos

Le contesté a mi compañera mientras veía la silueta del viejo avanzar. Él no nos esperó, no nos permitió asimilar lo que el perfume nos había dejado, solo avanzó desesperadamente, como si tuviera una deuda pendiente, como si para él, nosotros, los facilitadores, ya no importáramos. Avanzó sin dejarnos ideas claras, avanzó hacia un pueblo que, según él, estaba hechizado y derrumbado, donde todo en él permanecía detenido, como si el tiempo mismo no transcurriera allí. No sabía cuán peligroso sería avanzar. Podríamos quedarnos allí toda la vida si nos sometíamos a la flor durante demasiado tiempo.

El viento me acaricia con sutileza; aún quedan rastros del efecto volátil de esa sensación. Bajo mis pies, la tierra vibra, como si el corazón del bulbo nos hablara en un idioma antiguo, como si en las entrañas del camino la planta nos esperara para tomarnos, aguardando nuestro último aliento para nutrirse de nuestros restos abandonados de voluntad. Caminé al borde del sendero y lentamente regresé a mi estado ausente y alejado, frío, mientras el viejo nos observaba desde la distancia, con los ojos tan cansados, como si esta fuera la última oportunidad, la última moneda girando en el aire. Parecía impulsado más por inercia que por convicción.

-Avancemos

Dijo

-No por necesidad, sino como remedio, y he dicho como remedio. Si logramos calcar el movimiento en los habitantes, y he dicho calcar el movimiento en los habitantes, lograremos al fin el movimiento perpetuo. Y eso liberará una energía infinita, un calor tan abrazador que quemará la plaga, y he dicho que quemará la plaga.

Sentenció el viejo a la distancia , calcando mi palabra a Jean, mostrando la importancia de avanzar. Avanzar como remedio… No estaba todo perdido entonces. Por un momento me sentí perdido, vi la situación más en grises que de costumbre. Y la respuesta era clara, no podíamos detenernos ante la pereza, había que avanzar. Solo así eliminaríamos el estado placebo. Pero ¿cómo contagiar ese deseo de moverse, y no solo desde la fisiología, sino desde la ideología? El viejo, con las palabras justas, sembró esa idea en mí, movimiento perpetuo, heredado. Esa es la forma de crear energía eterna. Y así como Manolo nos iluminó, nosotros debíamos hacerlo con el pueblo, un pueblo más enfermo que nosotros.

Manolo frenó su andar con violencia, giró hacia nosotros y nos dijo.

-He aquí el pueblo, y he dicho el pueblo. Joven, dame la mochila, y he dicho dame la mochila.

El vidrio que sonaba como botellas no era otra cosa que máscaras de vidrio, artilugios que parecían más pipetas y tubos de ensayo que protectores para el rostro. Uno de los laterales tenía un cilindro de vidrio donde coloco el líquido verde. 

-Este líquido les permitirá respirar sin los efectos primarios de la flor… y he dicho sin los efectos primarios de la flor.

Extendió ambas manos con las máscaras y me ofreció una a mí y otra a Jean.

-Este viejo ya está acostumbrado a la enfermedad y al remedio, y he dicho a la enfermedad y al remedio.

Entre las repetidas frases del viejo se coló una sonrisa, tal vez un recuerdo o una motivación para darnos la última instrucción antes de entrar al pueblo.

-Los niños y he dicho los niños, no sufren el efecto de la flor. Ellos son inocentes, siempre están con los sueños intactos, y eso los hace avanzar, andar. ¿Cuándo fue que crecimos de golpe? Y he dicho crecido de golpe. Se necesitan niños para amanecer, y he dicho se necesitan niños para amanecer.

Tomé la máscara sin quitarme la mía e intenté colocarme una sobre otra, en lo que parecía un baile ridículo. No encontraba la manera de ajustarlas, pero algo era seguro, jamás quitaría mi máscara y dejaría al descubierto mi hermoso rostro. No quería manchar de subjetividad hegemónica lo que quería ser como hombre. En ese intento despojado de motricidad entre las máscaras, pensé en cómo unir movimientos, niñez, marina y voluntad.

El viejo fue el que adapto la mascara de vidrio al mía, con una conocimiento exacto de todo, como si las canas reflejara cada una un saber. Y preparados nos adentramos en el paraíso de los desalmados.

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RE: [Pasado] Plaga - Bertram Gaufrid - 11-06-2025

El joven arquero había decidido unirse a la marina tras crecer como cazador y aprender un tanto sobre cómo fabricarse sus propias flechas, mayormente a base de crear flechas por su cuenta para poder prolongar la caza en caso de que las flechas con las que se preparó no fueron suficientes para la caza del día. Sin embargo, en el momento que se alistó a la marina lo mandaron a otro lado para cumplir con sus deberes, pues por el momento la zona en la que se encontraba el pelirrojo estaba bastante tranquilo, por lo que no era necesario que hubiera tanta gente en la zona. El joven por ellos es que reunió sus cosas, entre ellas su arco y su carcaj, para subirse al barco que le indicaron que le llevaría a su nuevo destino de trabajo.

Su primera vez en un barco marine fue para su reubicación, aunque él hubiera preferido quedarse en su zona sabía que como marine eventualmente acabaría teniendo que salir de su hogar y recorrer el mundo, bien para las tareas rutinarias o bien para misiones concretas como guerras, incursiones en territorio pirata o defensa de islas de ataques enemigos. Cuando se unió a la marina había gente que veía raro que un marine decidiera pelear con arco, siendo más común pelear con espadas o a mano desnuda mayormente, o armas cuerpo a cuerpo al menos en los ojos de los novatos que estaban entrando con él, pero él estaba acostumbrado al arco por lo que decidió seguir empleando el arco para su trabajo como marine en lugar de cazar animales.

El barco lo llevó directo al West Blue, siendo que lo mandaron a trabajar en una isla de ese mar, a las órdenes del marine a cargo del lugar. El joven llegó a la isla y le indicaron donde se estaría quedando para poder cumplir con su deber, pero hasta que pudiera acceder al lugar le quedaba rato por lo que decidió tomar sus cosas y empezar a conocer la ciudad dando un paseo a pie aun con su macuto en un hombro mientras su arco se colgaba a su espalda colgado del hombro opuesto. Estaba recién llegado a la isla y no sabía por donde ir, solo llevaba su ropa de siempre pues aún no le daban siquiera su uniforme al estar recién alistado.

Como cazador se acostumbró a observar su entorno y buscar hacer la menor cantidad de ruido posible al caminar, pues de hacerlo no encontrarías una sola presa, pero en ciudad tenía tendencia a mantener un comportamiento más normal dentro del estándar social. Por ello era que no se preocupaba de cómo daba sus pasos ni del ruido que pudiera hacer, simplemente se preocupaba de no chocar con nadie ni pisar a nadie, mientras mantenía ojos y oídos atentos a su alrededor por costumbre, pues en el bosque si te descuidabas estabas condenado. El joven pudo llegar al cuartel y nada más llegar le indicaron que se reuniera con un par de marines que se encontraban en otro pueblo en una misión, por lo que el joven se encaminó a la ubicación en cuestión. El joven dejó su macuto en la base y partió al lugar junto a su arco a su espalda con su carcaj por si era necesario y por costumbre.

El joven se encaminó lo más rápido que pudo al lugar y no tardó demasiado en llegar al lugar, donde vio a un anciano acompañado de un sujeto con una máscara peculiar. El joven pelirrojo se acercó a ellos con una calma impresionante, pero algo le decía que no estaba todo en orden, como si la situación fuese delicada por algún motivo. Nada más acercarse lo suficiente el joven dijo
-Buenas, me envían a ayudar en lo que necesiten. No sé que es lo que ocurre aquí pero sí que hay algo raro en la zona, sir.-



RE: [Pasado] Plaga - Caelum Drift - 12-06-2025

Voluntad de hacer

La máscara, perfectamente ajustada, colgaba de mi rostro como una sentencia. Ahora sí, mi apariencia estaba completamente arruinada. El viejo se carcajeaba, más por el éxito de su disparatada idea que por mi desafortunado aspecto. Jean, por su parte, se negó rotundamente a ponerse el dispositivo de vidrio. Se le ocurrió algo formidable, y muy cierto, alguien debía mantenerse alejado de la plaga por si nosotros, el grupo de campo, quedábamos atrapados en su encantadora fragancia. A Manolo le pareció una idea brillante.

-Esto también es parte, y he dicho, esto también es parte. Necesitamos apoyo desde aquí, y tu decisión ha sido muy acertada. Aunque quisieras, esta máscara no te quedaría, y he dicho, no te quedaría. Esta máscara es para él

Dijo, señalando hacia atrás. ¿Acaso era otro ritual? El viejo se volvía cada vez más indescifrable. Se tomó unos segundos de pausa, como si esperara algo que sólo él pudiera oír.

Yo no escuché nada, pero Manolo lo sabía. En el horizonte del camino recorrido se dibujó la silueta de otro ser, un chico joven. Tomé a Grau y me puse en guardia enseguida. Ese humano no parecía padecer los efectos de la flor. ¿Acaso era un enemigo? Estaba justo a tiro. En momentos como ese, es importante ser el primero en atacar.

Una vez más, un gesto fraternal de Manolo envolvió mi diestra, que ya estaba lista para disparar con furia incondicional.

-No son mis escoltas, y he dicho, no son mis escoltas. El joven es otro facilitador, repleto de movimiento. Y he dicho, repleto de movimiento.

Manolo no improvisaba. Tenía todo medido con precisión quirúrgica. Sabía cómo actuar en cada momento, aunque comunicarse con él fuera un acertijo interminable. Esperamos a que el joven se acercara lo suficiente. Pude ver, entonces, el uniforme de la Marina. Solo en ese instante logré recuperar la serenidad. Volví a acomodar mis alas en la espalda en la medida que Manolo soltaba mi mano. Esta vez, sin embargo, la dejó unos segundos más. Más que un gesto de paz, fue un mimo, un abrigo silencioso.

El joven, ansioso y vibrante, se ofreció a ayudar sin siquiera presentarse. Aquello le causó una gracia tremenda a Manolo, que aplaudió y recitó.

-Esto es lo que nos faltaba, y he dicho, lo que nos faltaba. Actitud fresca, llena de movimiento, voluntad de hacer. Y he dicho, voluntad de hacer. Esto es un facilitador, y he dicho, esto es un facilitador.

Manolo le entregó la máscara de vidrio a nuestro nuevo compañero mientras se dirigía hacia las entrañas del pueblo. No sin antes comentarle lo sucedido y la urgencia de despertar a un pueblo dormido, donde el único movimiento era el de los niños, solos y a la deriva.

Además, le explicó, la plaga del bulbo había traído consigo otro mal, una invasión de hormigas. Cortadoras de hojas, prolíficas y despiadadas, aprovechaban la pasividad de los agricultores, cuya voluntad se había evaporado con la fragancia que flotaba en el aire. Las hormigas avanzaban sin tregua, devorando cultivos, minando lentamente la economía local.

Volví a escuchar la historia de Manolo con atención, esperando comprender algo nuevo, descubrir un detalle que antes se me hubiera escapado. Fue inútil. Solo comprendí una cosa con claridad absoluta, debíamos, a toda costa, despertar la voluntad de los habitantes de aquel lugar. Porque si no lo hacíamos, si no lográbamos evitarlo, nosotros también podíamos caer en el placebo de la pereza. Y no hay máscara que proteja contra eso.

Off



RE: [Pasado] Plaga - Bertram Gaufrid - 13-06-2025

El joven arquero, recién incorporado a la marina acudió a su primera misión nada más llegar a la nueva isla, siendo que antes incluso de iniciar su aventura el joven fue enviado a ayudar en una misión cuanto menos peculiar, pues al parecer la ciudad estaba siendo afectada por una misteriosa plaga. No le dieron más detalles, por lo que fue a hacer su trabajo sin saber exactamente con quién trabajaría ni qué era exactamente lo que pasaba. Nada más llegar el pelirrojo indicó al hombre que se encontraba junto al marine que estaba allí para ayudar, pero se olvidó un dato importante, y era que no se había presentado.

-Disculpen mis modales, se me olvidó presentarme. Soy el recluta Bertram Gaufrid, para servir sir.-

El joven no conocía al marine presente ni tampoco al hombre que parecía ser el encargado de lidiar con la plaga, la cual explicó al arquero siendo que el marine con la máscara ya habría escuchado la explicación. Bertram se mantuvo atento a cada palabra del hombre mientras tomaba la máscara y se la colocaba. Al parecer trataron de lidiar con una plaga de hormigas usando una planta en concreto, pero resultó que el remedio se convirtió en un problema mayor, ya que salvo los niños, todos los habitantes parecían estar en una especie de trance o algo similar por lo que decía el hombre.

Seguramente la máscara era para evitar que los marines cayeran bajo los efectos de los bulbos que causaban dicho problemas, pero no lograba saber porque afectaba solo a los adultos. El joven pelirrojo miró alrededor viendo los cultivos y demás y al sujeto que parecía ser el encargado de solventar el problema, por lo que dijo

-Entonces lo que hay que hacer es básicamente, primero retirar la fuente de la condición de los adultos, y segundo, lograr sacar a las personas de ese estado en el que se encuentran para evitar que la plaga se propague y repita, sir.-