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[Pasado] Preso - Varoganchin - 28-07-2025 Día 13 de Verano // Año 3
No veo. Apenas oigo.
Pero sí siento. El saco se apretaba contra su cara como si quisiera fundirse con su piel. La nuca se le cocía bajo el sol intenso y sus muñecas le ardían con cada tirón de las cadenas, las cuales sonaban más despiertas que Varo. Lo arrastraban por los brazos y cada paso era un esfuerzo. Había dejado de contar el tiempo hacía semanas, o de creer que importara. Pero entonces, sus pies notaron algo distinto. Algo que reconocía de meses atrás. Pequeños granos, calientes. Arena. No sabía a donde lo llevaban, pero aún así sintió el alivio de dejar atrás el olor a madera rancia y humedad de la bodega del barco. Tan pronto como los tirones cesaron, las piernas de Varo dejaron caer su peso hasta la arena. No por el cansancio acumulado y la falta de comida, sino por notar con todo su cuerpo aquel tacto que alguna vez le había dejado experimentar lo que era la libertad. —¡Levanta, perro! —gritó una voz áspera—. Cuida tus modales delante del jefe. Haciendo uso de sus manos aún encadenadas, Varo se empujó en el suelo para volver a andar. Aunque sus fuerzas no le permitían movimientos elegantes, tampoco fluidos. Más bien arrastraba sus pies por la arena para avanzar en la dirección que le indicaban los tirones. —Jefe, Reena, espero que esté satisfecho con el botín que le hemos traído. Además, esta vez tenemos un regalo especial —repitió la voz de aquel bruto marinero, a la vez que daba un par de tirones a las cadenas. —¿De qué me hablas, «Muelapiedra»? —dijo otra voz con autoridad—. No querrás decir que este enclenque me será de utilidad, ¿verdad? Además no parece más que un bambino. No te creas que esto es ningún jardín de infancia. Varo se estremeció al escuchar su voz. No era ni mucho menos tan áspera como la del animal que tiraba de las cadenas, pero había algo en él que hacía sentirse a cualquiera pequeño. Aún más pequeño de lo que él era. —Espere a ver esto, jefe. El hombre tiró del saco que cubría la cabeza de Varo. Sintió como la luz abrasaba sus pupilas, que no estaban acostumbradas a tanta intensidad. Apretó sus párpados para filtrar la luz, mientras disfrutaba del aire fresco que por fin volvía a sus pulmones. Levantó sus manos para que su sombra le permitiese ir abriendo poco a poco sus párpados. —¡Vaya! ¿Pero qué tenemos aquí? Un preciado mink... ¿perro? Parece más un gato —dijo con desprecio—. Da igual. Hubiese preferido una sirena, pero seguro que podemos sacar un buen pellizco por él en el mercado de esclavos.
Varo abrió al fin sus ojos para observar al hombre que decía aquellas cosas tan horribles sobre él.
Se trataba de Destrutore Reena.
Destrutore Reena
La imagen de aquel hombro lo hizo estremecerse. No por que tuviese una apariencia de ser un luchador formidable. Ni mucho menos. Pero era la actitud de ese tipo de hombres que no necesitan ensuciarse las manos para solucionar sus problemas. Buena muestra de ello era la banda de piratas y delincuentes que lo rodeaban. Todos de aspecto peligroso. Todos rindiéndole pleitesía. Era la clase de persona con la que uno no se quería cruzar. Y Varo se había topado con él de bruces en su primer viaje por el exterior. Si tan solo les hubiese obedecido... pensó. No pasaba un día sin que los remordimientos llenasen su pecho, hasta sentir un peso que le arrastraba al suelo, una presión que no le dejaba respirar.
Eran muchas las cosas en las que les había fallado para tener tan solo doce años... No. Ahora deberían ser unos catorce. No estaba seguro. Los días en la bodega de un barco pirata se hacían incontables. Y más cuando la mitad del tiempo la pasaba con un saco cubriendo su cara y la otra mitad rendido en el suelo a causa del desánimo y la inanición. Días, semanas, meses habían pasado desde la última vez que vio a sus padres. Desde aquella terrible noche en la que nunca más supo de sus padres. La única conexión que aún le hacía mantener la esperanza de encontrarse de nuevo estaba en su colgante. Su preciado colgante.
Destrutore Reena se acercó a Varo, henchido de seguridad y posiblemente pensando las cosas que podría comprar una vez que lo vendiese como esclavo. Lo agarró por la cara, hundiendo sus dedos rollizos en sus mejillas, para voltear su cabeza a ambos lados. Parecía un comerciante examinando la mercancía que le había traído un nuevo proveedor.
—Vaya veo que también trae una joya de regalo —dijo mientras llevaba su mano al colgante de Varo.
El mink se giró con violencia para morder la mano del mafioso y soltar un gruñido tan pronto este la apartó. Un gesto que no impresionó a Reena, puesto que abofeteó al chico con el reverso de su otra mano.
—¡Maldita bestia! No son más que animales.
—Tenga cuidado jefe. La noche que lo capturamos no tenía este aspecto tan frágil. Era algo mucho peor. Una bestia. Un demonio. Por eso pensé que podría sernos de utilidad. Tuve que reducirlo junto a varios de mis hombres.
Destrutore pasó su mirada recorriendo cada rincón de Varo, como si no acabase de creerse lo que su subordinado le contaba.
—Se oyen historias sobre la tribu mink y su fiereza en combate, sí. Pero nunca pensé que fuesen más que cuentos para asustar a los bambinos.
El jefe volvió a agarrar la cara de Varo con firmeza, sus uñas rasgando la piel de sus mejillas. Sujetó el colgante para observarlo unos instantes. El mink se agitaba con las fuerzas que le quedaban para poner a salvo su colgante, pero Reena dio un fuerte tirón y lo arrancó de su cuello.
—Me quedo con esto como garantía de que vas a realizar bien tu trabajo. Si es que te encontramos alguna utilidad...
Día 15 de Verano // Año 3
Un golpe seco lo sacó de su sopor. No sueño, él ya nunca dormía. Siempre se mantenía en un estado de semi alerta. Los barrotes de su jaula retumbaban con los insistentes golpes de su carcelero.
Brokka «Muelapiedra» Rigani
—¡Despierta, animal! El jefe ha decidido que hoy será tu estreno.
Aturdido, Varo se puso en pie y sacó las manos por una abertura en su celda que permitió a «Muelapiedra» encadenarle de nuevo las manos.
—¿A dónde me lleváis? ¿Qué queréis de mi? —dijo con voz temblorosa.
—Vamos a encargarnos de una nueva banda de la ciudad. Esos cabrones han estado dando problemas desde hace unas semanas —gruñó, apretando las mandíbulas—. El jefe quiere que te encargues de esos cerdos. Ya sabes a lo que me refiero.
—Pero yo... No soy ningún guerrero. Nunca aprendí a luchar.
—¡No intentes joderme! —dijo, mientras lo arrastraba fuera de la celda—. La noche que te capturamos, acabaste con varios de mis hombres. Y eran piratas hechos al mar. Esos críos no deberían ser un obstáculo para ti, bestia.
¿Bestia? ¿Por qué insisten en llamarme así? Yo solo soy un crío que desobedeció a sus padres...
Aquella era una noche de luna llena y todos los niños de su tribu sabían que esas noches no ocurría nada bueno. Solo los guerreros experimentados podían salir en una noche así, pero él estaba siendo arrastrado una vez más contra su voluntad. Brakko cubrió de nuevo su cabeza con un saco y le hizo subir a alguna especie de bestia, metálica a juzgar por el frío tacto que sintió a montar en ella. Los rugidos que desprendía parecían más una suerte de explosiones.
Al fin sus manos estaban libres, aunque él no lo era. Habían soltado las cadenas de sus muñecas con una premisa clara.
Estaremos observando. No debes moverte de aquí ni debes retirar el saco de tu cabeza hasta que alguien lo haga. De lo contrario, acabaremos contigo en un instante.
Estuvo esperando allí de pie lo que le parecieron horas, aunque en una situación así, el miedo deforma el tiempo a su antojo.
Entonces, comenzó a oír unos pasos que se acercaban. Eran cuatro. No, tal vez cinco. Sus zapatos resonaban contra la piedra del suelo como los tambores de un ejército que se acerca a la batalla.
—Vaya, ¿qué tenemos aquí? ¿Esto es lo que nos envía el viejo Reena para negociar? Pensaba que los carcamales siempre hablaban del respeto. Pero no se ha dignado a venir a hablar con nosotros.
Las manos le temblaban. Apretó los puños para disimular su pavor. O tal vez lo hizo para refrenar sus ansias de quitarse el saco de la cabeza y echar a correr. Debía huir de allí. Esconderse. Ponerse a salvo de la noche de luna llena...
Los pasos se acercaron y Varo tuvo la tentación de retroceder. Un paso. Otro. Escapar hacía algún callejón. Pero no lo hizo.
—¡Vamos, Yordy! Acaba con él y mándale un mensaje al viejo.
—Calma, Kez. Ni siquiera sabemos quién tenemos aquí. Sería poco cortés no saludar —los pasos se aproximaron hasta estar muy cerca. Varo sentía que la voz estaba tan próxima a él, que sentía poder alcanzarla con solo estirar sus brazos—. Vamos, chico. Muéstranos tu cara.
—Ehm... No puedo señor.
—Vamos, no seas descortés —espetó, su mano en la nuca de Varo haciendo presión— Debes mostrar respeto. ¿No es eso de lo que siempre habla tu jefe?
Un fuerte golpe en su estómago le hizo perder el equilibrio. Un sabor amargo vino a su boca.
—¡Vamos! Descubre tu cara —gritó.
Llevó una de sus manos, temblorosa, hasta su cuello. Agarró el borde del saco y, aunque sintió el impulso de soltarlo, liberó su rostro del cautiverio. Varias siluetas aparecieron ante sus ojos. No podía distinguir sus caras, pues la luz de la luna era tan intensa sobre ellos que les hacía parecer tan solo sombras. La luz de la luna... Birllante y hermosa. ¿Cómo podían sus padres haberle contado historias sobre lo peligrosas que eran esas noches? Quedó mirando a la luna fijamente. Parecía sentirse atraído por ella. Como los marineros de los cuentos de su madre hacia los cantos de sirena. No podía apartar su mirada, mientras una extraña energía llenaba su cuerpo.
Y llegó la calma.
Las voces de la banda frente a él comenzaron a parecerle distantes. Meros ecos en la lejanía. Su visión se ensombreció poco a poco, hasta que finalmente dejó de ver. Y perdió la consciencia.
Despertó desorientado. Miró a su alrededor. Volvía a estar en su celda. Al parecer, debería ir acostumbrándose a esas vistas. Pero, ¿cómo había llegado allí? No recordaba gran cosa de la noche anterior. Las sombras amenazantes y... La luna.
Sentía su cuerpo magullado. Frotó sus brazos entumecidos y descubrió las manchas marrones de sus uñas. Las examinó con detenimiento y vio como se desprendían al frotarlas con los dedos húmedos de saliva. —Veo que ya has despertado, bambino. La voz de Reena le puso, como era habitual, en alerta. Sin remediarlo, dio un salto para apartarse del borde de la celda. Sus músculos se tensaron, conscientes de la amenaza. —Tranquilo, bambino. Anoche demostraste serme de utilidad. Acabaste con esos granujas tú solito. ¿Quién lo hubiese esperado? —rio, su papada temblaba con cada carcajada. El mink miró aterrado sus manos. Ya comprendía lo que eran aquellas manchas marrones debajo de sus uñas. Lo que no entendía era cómo podía haber llegado él a acabar con cinco delincuentes. Nunca había luchado. Ni siquiera sabía empuñar un arma, aunque por lo que recuerda, la noche anterior tampoco llevaba ninguna. —No. eso no puede ser verdad. Yo nunca he luchado. —Claro que sí lo has hecho. Por instinto. Anoche y la noche que mis hombres te capturaron. Ese sulong vuestro... Sois bestias creadas para el combate —dijo con sus manos en los bolsillos—. Espero que aprendas a controlarlo. Mientras tanto... Bueno, podemos sacar partido a tu descontrol. —Come, bambino. Recupera las fuerzas para tu siguiente encargo. Hoy te has ganado tu comida. Reena se giró para abandonar la sala. Varo se abalanzó sobre la hogaza de pan. La saliva recorría su boca y casi no podía aguantarla dentro de los labios. —Señor... Digo... Jefe. Si he demostrado mi utilidad... ¿Podría devolverme mi colgante? Es importante para mi. Reena se giró con una sonrisa amplia dibujada en su cara. Sacó su mano del bolsillo y dejó caer el colgante. —¿Te refieres a esto? —rio son burla—. Esto es mi garantía. Si sigues demostrando tu lealtad podrás ganarte tu libertad. En cuanto a esto... —abrió el colgante portafotos y miró en su interior—. Esto es demasiado valioso como para andar por ahí suelto. No queremos que se pierda, ¿verdad? Estará más seguro si lo guardo en la caja fuerte de mi despacho. El jefe salió de la sala entre risas, agasajado por los halagos de sus secuaces. Varo se sentó derrotado. Cogió su hogaza de pan y comió con el ansia que come quien no recuerda su última comida decente. Era un pan que había sido horneado hacía varios días. La humedad había hecho estragos en su textura. Aún así, disfrutó cada bocado como si se tratase de el mejor de los banquetes. Cada mordisco le sabía a victoria. Ahora sabía donde guardarían su colgante. Día 23 de Verano // Año 3
Había pasado una semana recopilando los objetos que pensaba le serían útiles para su huida. A decir verdad, solo se había hecho con algunos alambres rígidos, un trozo de soga, trozos de pan y algo de información. Esto fue lo que más le costó obtener por parte de sus captores, ya que primero tuvo que ganarse su confianza. Aunque, ¿quién podría desconfiar de un muchacho que pasaba todo el día detrás de unas rejas?
Esperó a la noche, cuando los hombres de Reena se acostaban tras beberse unas cuantas cervezas. Aquella mala costumbre le había dado la idea de la hora en la que debía situar su huida. Nada mejor que guardias con los sentidos atenuados para pasar desapercibido. Sabía que no tenía nada que hacer en un enfrentamiento frontal con ninguno de aquellos fornidos hombres, pero desde pequeño, había sido capaz de escabullirse y pasar desapercibido, algo que le resultaba bastante agradable. Utilizó el alambre para formar un par de ganzúas, con las cuales logró forzar la cerradura de su celda. Empujó la puerta con cuidado y maldijo cuando el chirrido del metal oxidado comenzó a llenar la estancia. Tan pronto como hubo un hueco lo suficiente como para que pasase su estrecho cuerpo, se deslizó fuera de la jaula y corrió hasta una sombra. Y ese fue su modo de desplazamiento: rápido, sigiloso, buscando las sombras. Avanzó por los pasillos usando la información que había obtenido de uno de los secuaces, el cual era evidente que tenía grandes músculos, pero no tan grande el sentido común. Aquel bobo había largado la distribución de la base con tan solo unas pocas preguntas indirectas. Llegó hasta el despacho del jefe. No había nadie custodiándolo. Extraño, aunque viendo los gustos de los hombres de Reena, cabía esperar que hubiesen estado más preocupados de conseguir otra cerveza que de montar guardia ante una puerta que no escondía a nadie. Abrió la cerradura con sus ganzúas improvisadas y accedió al despacho. Cerró la puerta tras de sí con cuidado y comenzó a rebuscar por toda la habitación. Abrió cajones, revisó estanterías, levantó hasta la última esquina de la alfombra, pero no encontró nada. Comenzó a observar la sala. Había varios cuadros de escenas cotidianas por toda la sala, pero había uno que llamó realmente su atención. Uno sobre la silla tras la mesa que presidía el despacho. Un cuadro extraño. Demasiado real. Como si alguien hubiese tomado un pedazo de la vida y la hubiera atrapado en un lienzo. La escena mostraba a una familia reunida mirándolo de frente. Había varios niños, pero uno de ellos atrapó su mirada. Algo apartado del resto, con una mirada oscura que le helaba la sangre. Parecía una versión más juvenil del jefe Reena. Descolgó el cuadro para verlo con atención y entonces, tras él, pudo ver una caja metálica con una cerradura vieja. No había encontrado ninguna llave en la habitación, pero era obvio que de estar en algún lado, este debía ser colgando del cuello de Destrutore Reena. Comenzó a forzar la cerradura, aunque esta vez, parecía que se le resistía. Tardó unos minutos. La idea de que entrase alguno de los hombres de Reena en su guardia no podía dejar de volar por su cabeza, pero no podía irse de allí sin su colgante. No podría encontrar a sus padres sin él. Continuó un poco más hasta que un chasquido le detuvo el corazón. La puerta de la caja fuerte avanzó. Varo la abrió con ansia. Nada. La caja fuerte estaba vacía. —¡Lástima, bambino! —una fuerte voz sonó tras de él—. ¿Buscabas esto? Varo se giró veloz, un sudor frío le recorrió la espalda. Las piernas le temblaron y las fuerzas le abandonaron al ver junto a la puerta a Reena con varios de sus hombres. El jefe sujetaba su colgante con un brazo extendido al frente y una sonrisa burlona en la cara. —Vamos. No pensarías en serio que iba a ser tan descuidado, ¿verdad? Varo comenzó a respirar entrecortado. El aire no llegaba a sus pulmones. El retumbar de los latidos de su corazón resonaba en sus oídos. Se dejó caer al suelo, derrotado. Su espalda resbaló por la pared. —Vamos, bambino. No estés triste. Hoy has demostrado que puedes serme muy útil. Has pasado la prueba. A partir de hoy serás mi nuevo saqueador. |