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[Presente absoluto] El anticuario - Varoganchin - 29-07-2025 Día 56 de Primavera // Año 16
La aguja traspasó la piel. Varo empujó un poco más para hacerla salir por el otro lado. Su dedo, cubierto por un dedal, tenía la destreza para ir creando agujeros a lo largo del cuero con gran facilidad. Remendaba una de sus últimas adquisiciones: una túnica raída, de unos 200 años de antigüedad. Un objeto que había conseguido en el último de los encargos de su jefe, Destrutore Reena.
Durante años, había demostrado su gran destreza al restaurar todo tipo de objetos: muebles, cuadros, ropajes... En ocasiones especiales había podido restaurar alguna reliquia o incluso algún libro antiguo. Y eso era lo que más le gustaba de su trabajo. Podía acceder a lecturas antiguas o admirar obras de arte, que de cualquier otra manera no podría permitirse.
La familia Reena, en su afán por blanquear el dinero que obtenían con métodos oscuros, habían abierto aquel anticuario y habían puesto a Varo al cargo, puesto que cualquiera de los brutos de la organización destacaría demasiado en aquel ambiente. Y el mink pasaba sus días lijando maderas, pintando restauraciones y remendando trajes viejos para los clientes, y las noches consiguiendo nuevas piezas que su jefe vendería en el mercado negro. Detestaba aquella sensación que le dejaba el hecho de robar obras de arte para que su dueño acabase siendo algún necio rico que no sabría apreciar su valor, alguien que tan solo la expondría para hacerse valer ante sus invitados.
Dio una última puntada y finalmente admiró la túnica. Una bella prenda que pudo haber pertenecido a un noble de algún reino extranjero. Una pieza que tendría mucha mejor utilidad en un museo que en la colección privada de cualquier mafioso o vendedor de esclavos. Colgó la túnica en un maniquí y revisó la lista de encargos que había recibido en el anticuario. —Veamos. El sifonier de la señora Stendahl, el collar del señor Rowski, el cuadro de...
La atención de Varo se fue hacia el cuadro sobre su trípode. Sus pies lo llevaron hasta él como las hojas que se dejan arrastrar por la corriente de un río, sabedoras de no poder hacer nada para luchar contra su fuerza. Se detuvo de pie frente a él. Sus dedos recorrieron la pintura con extremada delicadeza, como si intentaran leer un lenguaje oculto tras sus pinceladas, pero con el miedo a deteriorar cualquier mínimos detalle. Se pararon sobre un campo de espigas, que bordeaba un camino por el que trascurrían un pastor con su rebaño. Cualquier persona no hubiese desperdiciado más de un par de segundos de su tiempo a observar un lienzo con una escena tan cotidiana. Pero Varo sentía un amor incondicional por todo el arte. Algo que atraía su atención por encima de cualquier cosa. Sus ojos continuaron observando el paisaje cuando sintió un ligero golpe en el brazo. —Señor, ¿se encuentra bien? Varo volvió en sí y miró al chico que le hablaba.
Aosaba «Correaguas»
—¡Ah! —gritó asustado—. No te oí entrar.
—Señor, le... le traigo un mensaje del jefe.
Varo observó a Aosaba. El joven gyojin había comenzado a servir a la familia Reena hacía algunos meses. Su trabajo, por el momento era simple. Sus encargos se limitaban a escuchar y contar. o solo era uno de los mensajeros que utilizaba la banda, sino que también debía poner el oído para encontrar nuevos primos a los que dar un golpe o estafar. Aunque había tenido más suerte que Varo en sus primeros días y no le mantenían preso en una celda, tampoco le habían facilitado un alojamiento, por lo que se veía obligado a vivir en las calles e incluso mendigar. Como mensajero de la familia Reena no se ganaba mucho dinero. Un puñado de berries si la información que había conseguido era buena y el golpe era exitoso, pese al riesgo que podía suponerle haber conseguido esa información. Y en cuanto a los mensajes entregados... un berri por cada uno. Nada que le permitiese vivir cómodo, o en días malos ni comprar una hogaza de pan.
—Siempre corriendo de aquí para allá, ¿verdad?
—Bueno, señor. Es mi trabajo.
—No seas tan formal, Ao. Tampoco soy tan mayor —increpó con amabilidad, sus brazos en jarras—. ¿Qué tienes para mi?
El chico metió la mano en uno de sus bolsillos y sacó un papel doblado con el sello de Destrutore Reena.
—Es un mensaje del jefe.
Las campanas de la puerta golpearon con un ruido que atravesó la sala. Aosaba dio un salto y escondió a toda prisa la hoja de papel. Un hombre de mediana edad y caros ropajes entró en el anticuario con la seguridad del que sabe que el mundo es suyo y que el tiempo solo castiga a los demás. Se deslizó hacia el mostrador donde esperaban Varo y apartó al joven gyojin con el revés de su mano, cubierta por supuesto con un pañuelo.
—Me habían hablado bien de este sitio, pero veo que dejan entrar a cualquiera... —espetó con gesto de desprecio hacia Aosaba, a la vez que lanzaba el pañuelo al suelo con el ademán que alguien sacaría una mosca de su sopa—. Necesito que me arregles un viejo libro de mi familia. Me gustaría que quedase como nuevo. Y sin piojos, a poder ser —miró de reojo al gyojin.
Varo apretó la mandíbula, sus nudillos se volvieron blancos. Aosaba agachó la cabeza y extendió una mano, la palma hacia arriba.
—Disculpe señor. Solo venía buscando unas monedas. No sería usted tan amable...
El hombre lanzó un berri a la entrada del anticuario sin dignarse a mirar al chico.
—Toma. Ve a comer algo y no molestes más.
El joven gyojin corrió hacia la puerta en busca de la moneda, pero con el cuidado de alguien que no quiere rozarse con ninguno de los caros objetos que poblaban el anticuario. Ya en la puerta, tras recoger la moneda, sonrió a Varo y le hizo un gesto para dejarle claro que luego vendría a entregar de nuevo su mensaje. El chico salió y el hombre lo siguió con la mirada a través del escaparate y asintió mirando a uno de sus escoltas que aguardaba fuera.
—Como le iba diciendo, este es un libro muy importante para mi familia puesto que...
Varo siguió con la mirada a Aosaba, hasta que la figura del cuadro en el atril se cruzó en la trayectoria de sus ojos. Su atención volvió de nuevo por completo al cuadro. El pastor guiaba a su rebaño por un camino de tierra, en el que se podían distinguir con precisión las sombras creadas por el pintor para destacar las piedras del sendero. Piedras que todos nos encontramos en el camino que es la vida, pero que no para todo el mundo son iguales. Aquel hombre que tenía enfrente no se habría cruzado más que con algún pequeño canto rodado, mientras que el camino de Aosaba estaba lleno de riscos afilados que tenía que sortear a diario. En cuanto a su propio camino... se había allanado, no cabe duda, aunque en un principio estuvo situado sobre un desfiladero contra el que chocaba el mar con bravura.
—¿Me estás escuchando? Mis perros tienen mejores modales...
Varo volvió en sí. El hombre lo miraba con la misma cara de desprecio que había tenido desde que entró en la tienda. Había dejado un libro con las cubiertas desgastadas y algo enmohecidas encima del mostrador. ¿Quién podía tratar así a un libro, fuese valioso o no? Seguro que era otro noble que solo buscaba una nueva pieza de exhibición.
—Sí, claro. Disculpe caballero —dijo tomando el libro en sus manos para revisarlo—. Viendo el estado de su libro, será algo más difícil su restauración, pero no veo inconveniente en tenerlo listo para finales de semana.
—Más le vale. La próxima semana celebro un baile en el palacio y quiero que esté listo para entonces.
Bingo. Uno más que no le tiene ningún aprecio al arte o la cultura, pensó.
—¿Celebra usted un baile? Supongo que estará muy atareado con los preparativos —observó la reacción del hombre—. Si me facilita su dirección, podré enviarle el libro tan pronto como esté listo. Así no tiene que preocuparse por venir de nuevo hasta Ballywood Boullevard...
El hombre sopesó el ofrecimiento.
—Sí, por supuesto. Preferiría no tener que volver a esta cloaca. Sin ánimo de ofender.
—No se preocupe. Los ladrones campan a sus anchas por estas calles —y por los anticuarios, pensó.
—Hay demasiados. Uno no puede venir a hacer un recado sin sus guardias. Mi residencia es el palacio Reinmar en Ballywood Hills. Espero que tu trabajo sea perfecto, de lo contrario me niego a pagar por ello.
—No se preocupe. Nunca dejo rastro en mis trabajos. Lo tendrá todo limpio con la mayor brevedad posible —sonrió de oreja a oreja, con forzada amabilidad—. Y dice usted que tiene perros, ¿le gustan los animales?
—¿Gustarme? Oh no. Los animales dejan todo lleno de pelo y babas —miró de abajo a arriba a Varo mientras agitaba su mano en círculos desdeñosos—. No se ofenda. Los tengo por protección. Perros guardianes.
—Ajá. Apuesto que podría adivinar la raza de sus perros.
—Hay muchos tipos de perros guardianes, muchacho.
—Lo digo en serio. Me apuesto con usted 10 berries a que consigo adivinar la raza de sus perros.
—¿10 Berries? ¿Así son las apuestas por aquí —rio mientras observaba a Varo, como si intentase adivinar el valor de su ropa—. Está bien, acepto. Aunque no sea más que limosna.
Varo escudriñó al hombre en busca de pistas. Algún pelo en su cuidado ropaje. Algún rasguño producido por las patas del animal. Frotó su mentón durante unos segundos y entonces habló.
—Viendo el tamaño de sus guardias, diría que se siente seguro si le protege gente de gran tamaño. Y viendo sus raíces diría que... —hizo gestos de estar pensando— Sin duda, ha de tratarse de Rottweiler.
Los párpados del hombre se abrieron ligeramente, algo que le delataría en una mesa con buenos jugadores de cartas.
—Oh, lastima, chico. Fallaste. Son Pastor Alemán. Lo siento por ti. Ese dinero seguro te hace más falta de lo que me hace a mi, pero una apuesta es una apuesta —dijo con la palma de la mano extendida y plegando los dedos sobre ella, en señal de querer recibir su premio.
Varo metió la mano en su bolsillo y entregó los 10 berries al hombre, el cual insistió en la necesidad de la perfección del trabajo de Varo y la fecha límite antes de marcharse de nuevo a su palacio en su carruaje. En mink observó la portada dañada del libro, pensando si debería sustituirla o por el contrario podría restaurarla. Leyó algunas de sus hojas, haciendo tiempo para que Aosaba volviera con el mensaje. Contaba la historia de la familia Reinmar, una familia influyente de un reino extranjero que había expandido su territorio hacía 300 años. Se trataba de una familia de mercaderes que tras enriquecerse, habían destinado sus recursos a la contratación de mercenarios, lo cual les otorgó un gran poder militar.
La tarde llegaba y el joven gyojin no había vuelto con su mensaje, por lo que Varo decidió tomar una hogaza de pan e ir a buscar al chico por los callejones de la ciudad. Salió del anticuario y dobló la primera esquina para comenzar su sondeo. Se sobresaltó al ver aparecer un pie descalzo tras una de las cajas de madera. Corrió hacia él y observó el cuerpo amoratado de Aosaba. Aquellos guardias debieron darle una paliza cuando el señor Reinmar les hizo aquel gesto.
—Se llevaron la moneda —dijo el chico entre sollozos, su respiración entrecortada.
Varo tomó la nota que le debía entregar el gyojin y decidió guardarla. Esa noche tenía otra misión que cumplir.
OFF
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