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El Hombre Honrado - [FIC, Pasado] - Krysser - 30-07-2025 Krysser no recuerda un solo día de su infancia en el que no hubiera corrido descalzo por los puentes de raíces del Árbol "Garra", trepando ramas colosales con la agilidad de quien nace sabiendo cómo hacerlo. Desde pequeño, sus zarpas eran rápidas y precisas, sus sentidos agudos, y sus ojos brillaban con la curiosidad insaciable de quien había nacido para descubrir el mundo. Era un niño inquieto, de sonrisa afilada y rugido torpe, siempre sucio de tierra y con algún rasguño nuevo por presumir. Creció rodeado de otros jóvenes Mink, aprendiendo a saltar de rama en rama antes que a hablar con fluidez, y escuchando las historias de los ancianos con la misma atención reverente con la que otros niños escuchan cuentos antes de dormir. Su padre, Skaar, un rastreador silencioso y astuto, era uno de los miembros más discretos del escuadrón de la Guardia de los Mosqueteros. Krysser lo admiraba en silencio, intentando desde cachorro imitar su forma de caminar entre la maleza sin hacer ruido o la manera en que leía las huellas del suelo como si fuesen palabras, aunque nunca llegara a tomar por sorpresa al experto cazador. Su madre, en cambio, era todo ternura. Curandera del Bosque Ballena, pasaba sus días entre plantas medicinales, ungüentos y telas de lino, sanando heridas y enseñando que la fuerza sin compasión no era más que brutalidad disfrazada. Entre ambos le enseñaron equilibrio, aunque nunca llegaron a enseñarle cómo mantenerlo cuando el mundo mismo decide desmoronarse. Krysser se crió como un niño de la selva. No necesitaba zapatos, ni juguetes, ni estructuras artificiales complicadas. Su mundo era una gigantesca sinfonía de árboles, aromas salvajes y compañeros que compartían su visión por el mundo. Era común verlo cazando insectos con la lengua fuera, o compitiendo amistosamente con sus compañeros por ver quién trepaba más alto sin caer. A veces, cuando la lluvia caía con fuerza, se refugiaba con su madre entre cortinas de hojas secas y aprendía a identificar hierbas por el tacto o por el olor. Otras veces, acompañaba a su padre al amanecer, sin hacer ruido, simplemente observando cómo se movía entre los helechos, cómo tocaba la tierra para leer el paso de una presa. Aprendía sin palabras, como lo hacen los felinos, por instinto y repetición. Su vida en Zou era un ciclo perfecto. Había días de fiesta donde las historias de los viejos guerreros eran contadas al ritmo de tambores, y las nuevas generaciones aprendían de ellas. Krysser se acurrucaba junto a otros pequeños en la placeta natural del Árbol “Garra”, escuchando leyendas de antiguos Mink que habían navegado por los mares, que habían luchado contra enemigos temibles o sanado a reyes enfermos con lo que para él eran simples hojas. Aún no lo sabía, pero esas historias iban a moldear el alma que se estaba forjando dentro de él. Así, durante los primeros seis años de su vida, Krysser vivió en un rincón cálido y seguro del mundo, ignorante de los males del exterior. Aquel equilibrio de historias, juegos y enseñanzas comenzó a romperse un día que la lluvia llegó con un furor desconocido. Fue durante una tormenta particularmente violenta, de aquellas que hacen crujir incluso los cimientos de Zou, e incluso tambaleó al gigantesco elefante; que el barco llegó. Nadie entendió cómo logró alcanzar a amarrar la pierna de Zunisha entre la furia de las olas, pero allí estaba. Se trataba de un viejo navío maltrecho, con su mástil hecho trizas y su tripulación desorientada. El joven felino se encontraba entre los curiosos que se reunieron en la entrada de la aldea esa mañana. Había visto barcos antes, pequeños navíos de exploradores o comerciantes que eran escoltados educadamente fuera de la isla, pero aquel estaba destrozado y lleno de hombres harapientos. El capitán era distinto, un hombre que se hacía llamar Jerrel "el Honrado", un nombre que entonces a los Mink les sonó sincero. Tenía modales suaves, un acento peculiar y una sonrisa que parecía haber sido practicada mil veces frente a un espejo. Vestía aún con cierta elegancia, aunque su ropa estaba mojada y sucia. Tenía una voz grave, agradable, y hablaba mirando directamente a los ojos, lo que hacía que incluso los más veteranos se sintieran respetados. Los niños lo rodeaban, fascinados. Jerrel sabía cómo ganarse su simpatía. Les contaba historias de ciudades lejanas, de pájaros que brillaban en la oscuridad y mercados flotantes donde se vendían dulces que sabían a fuego. No tardó en ganarse el favor de quienes debía. Se presentó como un comerciante del South Blue, náufrago por culpa de la tormenta, y supo hablar justo lo necesario para ganarse el favor de los líderes locales. Con la hospitalidad que siempre había caracterizado a los Mink, él y sus hombres fueron ayudados a subir al majestuoso cuerpo del elefante, y fueron acogidos en una de las casas más cercanas al corazón del Árbol "Garra", mientras su tripulación recibía ayuda y cuidados. Krysser, sin embargo, se mantenía a cierta distancia. No por miedo, sino por instinto. Observaba cómo los ojos del capitán brillaban cuando hablaba de riquezas y viajes, pero apagaban su fulgor cuando creía que nadie lo miraba. Fue su padre quien, tras aquella primera jornada, murmuró algo en voz baja. "Ese hombre no tiene la mirada de un comerciante… Es más como la de un cazador". Aquello se le quedó grabado. Los niños se mostraban curiosos ante los forasteros, y Krysser, aunque un tanto más reservado que sus compañeros, no fue la excepción. Recuerda con claridad cómo Jerrel le ofreció un dulce nunca antes visto, envuelto en extraño papel crujiente, y cómo su madre lo aceptó con una sonrisa incómoda, mientras su padre fruncía el ceño en silencio. Durante los días que siguieron, Jerrel caminó entre los Minks casi como si hubiera vivido allí desde hacía tiempo. Aprendió algunos saludos básicos, ayudó en tareas simples, y observó con atención todo lo que le rodeaba. Pero mientras los demás veían a un comerciante agradecido, Krysser empezó a notar la mirada de Jerrel, tal vez por las sospechas de su padre, o por su temperamento inquisitivo. Era una mirada que se posaba demasiado tiempo en los más jóvenes, una que evaluaba en lugar de observar. A veces, lo encontraba observando desde la sombra de las plataformas, con los ojos entornados, como si hiciera cálculos invisibles. Otras, su curiosidad excedía límites peligrosos cuando preguntaba demasiado. "¿Cuántos jóvenes vivían en la zona baja? ¿Cuántos guerreros quedaban cuando los mosqueteros salían de patrulla? ¿Quién dormía cerca de las raíces más profundas del Árbol Garra?" Preguntas sutiles que pasaban inadvertidas para muchos, pero no para su padre, y tampoco para el joven Kry. Esa semana, el rastreador se mantuvo más cerca de casa de lo habitual, y por primera vez, dejó de compartir las historias nocturnas que tanto gustaban a Krysser. Había tensión en el ambiente, un silencio que parecía presagiar algo. Aquella fue la noche del incendio. La última que Krysser pasó con su familia. El fuego comenzó en los niveles bajos del Árbol "Garra", donde las casas se entrelazaban entre raíces gigantes. Nadie lo vio venir. Las llamas brotaron como si esperaran una señal, como si hubiesen sido alimentadas con precisión quirúrgica. En medio del caos, gritos y humo, Krysser fue separado de su madre. Aún se puede recordar a sí mismo, puede verse al cerrar los ojos corriendo, arrastrándose, buscando su olor entre las ráfagas ardientes. Recuerda con claridad el brazo que lo atrapó por detrás y el trapo húmedo que apagó su rugido. Antes del apagón total, lo último que vio fue una silueta alta alejándose con él a cuestas por los pasadizos traseros. Una capa rota, una bota manchada de hollín. Y un perfume amargo, entre especias y alquitrán. Era el olor del "hombre honrado". Y, después, solo oscuridad. |