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[Presente absoluto] [FIC] El sabor de una hogaza de pan - Varoganchin - 31-07-2025 Día 61 de Primavera // Año 16
Las calles parecían más llenas aquella mañana. No de personas: la misma afluencia de personas recorriendo las calles para ir a los comercios, en su habitual ir y venir, interrumpido por las carreras de los muchachos que iban a hacer algún recado o entregar algún mensaje. Lo que causaba que las calles pareciesen abarrotadas eran los rumores, las conversaciones que la gente trataba de ocultar entre susurros, pero que para un ojo experimentado eran demasiado obvias. Los vestidos de dos mujeres, pomposos, de seda y con encajes decorando las mangas y los volantes de sus faldas, chocaban entre sí con cada paso que daban hacia Varo. Algo que delataba que lo que estaban hablando no querían que fuese de dominio público, puesto que la gente de «alta cuna» de aquella ciudad parecían ser alérgicos al tacto de los demás; rara vez se les veía tan cerca unos de otros. Cada paso que daban traía consigo murmuraciones que avivaban la curiosidad de Varo. O tal vez sería porque era un cotilla. De cualquier forma, se situó frente al escaparate de una tienda para disimular, mientras ponía todos sus sentidos en captar la conversación de las mujeres.
—...¿te lo puedes creer? —susurró una de las mujeres.
—Pero, ¿cómo iba alguien a poder colarse en la residencia Reinmar? —contestó sorprendida la otra—. Creía que tenían una buena seguridad.
—Encontraron a dos guardias noqueados. Pero ya te digo yo que ha tenido que ser alguien de dentro. He visto al barón tratar muy mal a sus criados. Y a estos con muy malas caras en su presencia.
—¿Usted cree? —preguntó sorprendida la segunda mujer—. Esta ciudad está llena de maleantes.
—¡Claro que sí! ¿Quién podría colarse de esa manera si no? Además, dicen que los perros no dieron ninguna señal de alarma hasta que escapó el ladrón. Tuvo que ser alguien de dentro.
—¡Ay! Qué desgracia. Una no puede estar segura ni en su casa ya.
—Querida, mucha gente aprovecha que está cerca para traicionarte. El servicio sabe todos nuestros hábitos y... ¡El mayordomo! Seguro que fue él. Siempre es el mayordomo.
—Pues yo pienso despedir al mío en cuanto llegue a casa.
—¡Y yo! Bueno... después de nos sirva el té. No es de buen agrado pasar la tarde sin tomar té.
—Claro que no, querida. La semana pasada la señora Wieg no pudo tomarlo y...
Las mujeres continuaron su paso con un ritmo más tranquilo que sus cotilleos. Varo recobró la atención de sus sentidos una vez que estaban lo suficientemente lejos como para dejar de oírlas.
—Parece que los rumores corren rápido. Espero que nadie me reconociera —dijo para sí Varo.
Retomó su búsqueda por los callejones de la ciudad. Aquella mañana nadie parecía haber visto a Aosaba, aunque para los chicos de la calle la discreción era una cualidad indispensable. Pensó que estaría refugiado en algún rincón recuperándose de sus heridas, por lo que debería estar hambriento.
Siguió el olor a pan recién horneado hasta llegar a una tahona que exhibía varios tipos de dulces en su escaparate. No había nada que no pareciera apetitoso, incluso para un mink como Varo, el cual disfrutaba más de las comidas saladas que de los postres o dulces. Entró en el establecimiento para comprar una hogaza de pan. Observó los distintos panes: redondos, de miga prieta; barras alargadas, con costra crujiente e interior esponjoso; horneados en molde, perfectos para hacer rebanadas... Se decidió por una gran hogaza de harina oscura, ya que pensó que era el tipo de pan que mejor aguantaría el paso del tiempo.
—Son 100 berries, caballero. —Aquí tiene.
Entregó el dinero al panadero, sin evitar pararse a pensar la de encargos que debía realizar Aosaba para poder conseguir una simple hogaza de pan. Encima, esos guardias sin escrúpulos lo habían golpeado solo para recuperar un misero berry que su señor le había entregado como limosna.
Volvió a la calle para buscar por los callejones, en una mano el pan y en su cinto, cubierta por la chaqueta, una bolsa repleta, que tintineaba con cada paso.
[i]Una bolsa así no es apropiada para un saqueador sigiloso como yo, [/i]pensó.
Tras varios intentos fallidos, llegó a un nuevo callejón, en el que pudo escuchar unos ligeros ruidos que se producían al acercarse el resonar de su bolsa. Dobló la esquina y vio como alguien estaba escondido tras unas maderas en el callejón. Por alguien entendamos Aosaba y por «escondido», estar detrás de unas tablas que dejaban asomar la mitad de su cabeza por un lado y la totalidad de su cuerpo por el otro. —¿Señor Varo? ¿Qué hace usted aquí? —dijo el gyojin, asomando un poco más la cabeza. —Al fin te encuentro, Ao. Llevo toda la mañana buscándote. —¿A mi? No te enviará el jefe, ¿verdad? —preguntó, su cabeza volvió detrás de las tablas—. Yo no he hecho nada. Por favor, no me hagas daño. —No te preocupes. Solo estoy aquí para darte unas cosas. Nada más. Varo extendió el brazo con el que sujetaba la hogaza de pan y, como si de una de esas cajas con las que jugaban los niños se tratase, Aosaba salió de detrás de las maderas como un resorte. Tan solo le faltaba cimbrear al son de un muelle sujeto a sus pies. Los ojos del chico destelleaban y su lengua pasó por sus labios una y otra vez. Finalmente, inspiró profundo, como intentando retener tanto aroma a pan en su interior como le fuese posible. —No puedo aceptarlo, señor. No tengo dinero para pagarlo. —¡Oh! Es una lástima. Huele tan bien... —dijo con una exagerada entonación y alargó el brazo para acercar el pan aún más al gyojin. —Sí que huele bien, sí —contestó acercándose al pan como si un embrujo lo atrajese—. Pero no puedo aceptarlo. Ayer no pude entregar muchos mensajes y apenas tengo unos 10 berries. —Bien. Te apuesto 10 berries a que puedo aguantar la respiración más que tú. Es más, estoy tan seguro que si pierdo, también te daré el pan. El chico dudó unos instantes mirando los 10 berries que aún le quedaban, pero un rugido interrumpió sus pensamientos. Su estómago gritaba para imponer los instintos por encima de la lógica. Aosaba miró el pan y finalmente, asintió. Ambos cogieron aire. Profundo. Varo realizó una cuenta atrás con sus dedos y entonces cerraron la boca. En los primeros instantes ambos permanecieron mirándose fijamente en busca de señales que indicasen que alguno hacía trampas. Varo no podría, sus principios no se le permitían. Eso y lo fácil que sería para cualquiera ver sus bigotes agitarse con el aire que respirase. Aosaba comenzó a tomar un tono que contrastaba con el azul natural de su piel. Los labios le temblaban y parecía que el instinto de supervivencia iba a triunfar sobre su voluntad. Entonces, Varo tomó aire. —Vaya, chico —dijo jadeante—. Parece como si tus pulmones fuesen mucho más grandes que los míos. Aosaba tomo una bocanada de aire sin fin, tanto que Varo creyó notar una ligera brisa. Pero el muchacho recuperó pronto la compostura y dejó ver una gesto de alegría como nunca antes había visto en él. Alargó los brazos y tomó la hogaza de pan con ilusión, cortó un pedazo y lo metió en su boca con ansia. Debía haber pasado tiempo desde la última vez que pudo llevarse algo al estómago. Y más tiempo aún desde que fuese comida reciente. Varo lo observó con alegría y le lanzó los 10 berries de la apuesta.
—Además tengo otra cosa para ti —añadió mientras desataba la bolsa de su cinturón— Me encontré con el señor Reinmar. Esto es como compensación por lo que te hicieron sus guardias.
Lanzó la bolsa al chico, que quedó estupefacto, y se marchó sin decir más. Debía prepararse para la misión que le había encomendado el jefe Reena.
OFF
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