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[Pasado] Un barco - Varoganchin - 01-08-2025 Día 65 de Otoño // Año 2
Su mirada se perdía en el horizonte un día más. Escrutaba cada movimiento sobre el mar esperando que apareciese la vela de algún barco. Sus padres debían estar buscándolo y él no podía dejar escapar cualquier oportunidad de hacerles ver que estaba allí.
Continuó observando, sus pies medio enterrados en la arena por el efecto de las olas. Su estómago le rugía; hacía días que no comía. Daría lo que fuera por cualquiera de los guisos de su madre, los mismos que se había negado a comer tantas veces. Dala era una mujer con buena mano para la historia. Siempre andaba escondida tras algún nuevo libro que hubiesen adquirido en sus viajes. Varo rogaba a menudo a la suerte por que su madre encontrase algún libro de cocina en sus viajes. Por suerte, su padre su había adquirido algunas nociones culinarias. Los meses que pasaron en el mar, se había dedicado a asar los pescados que los marineros atrapaban con sus redes. Daría lo que fuera por comer alguno de esos pescados. Su estómago volvió a rugir, esta vez con más fiereza. Sabía que no podría permanecer sin comer mucho más tiempo antes de que las fuerzas comenzasen a fallarle. Hizo memoria sobre cómo los pescadores de su pueblo realizaban su trabajo. Algunos usaban redes, otros lanzas y algunos elaboradas trampas. Él no disponía de nada de aquello, y mucho menos de la destreza necesaria para crear los mecanismos atrapa peces que colocaban algunos minks en el cauce de los ríos. Dejó atrás la playa en busca de sombra, como si su falta de ideas fuese producto del recalentamiento de su cabeza. Sentado junto a un árbol, estuvo durante alguna hora pensando cómo podría atrapar algún pez. Una vez que lo tuviese, todo sería más fácil. Solo debería limpiarle las tripas, gracias a sus garras, crear un fuego, asar el pescado... No, no iba a ser fácil. Se reclinó en el tronco del árbol, su mirada hacia el cielo en un claro gesto de suplica y exhaló con fuerza. Entonces lo vio. Aquel árbol se trataba de una palmera platanera. De un salto, se encaramó a la corteza del árbol y comenzó a trepar clavando sus garras. Un metro. Ya podía captar el olor dulce de las frutas. Otro más. Ya se imaginaba pelando alguno. Más arriba. Ya casi podía saborearlo. Cortó el racimo con sus garras y descendió casi a la misma velocidad que la fruta. Peló alguno con ansia. No terminaba de masticar uno y ya tenía medio pelado el siguiente y en dirección a la boca. Ahora tendría energías para poder avisar al barco que viniese a buscarlo. Día 75 de Otoño // Año 2
Los días avanzaban y, aunque la fe en que vería el barco de sus padres aparecer no menguaba, si lo hacía su miedo a abandonar la costa. Cada día llevaba a cabo incursiones algo más largas en busca de comida y agua. El primer día solo se atrevió a ir un par de árboles más allá. Pero, sin ser consciente, cada vez había ido avanzando más, cuanto más apretaban el hambre y la sed.
Aquella mañana se había adentrado más en la selva. Los días anteriores había logrado encontrar un arroyo del que beber y se había fabricado una suerte de cantimplora con la cáscara de un coco. Fue un trabajo difícil conseguir abrir el coco sin resquebrajar toda la coraza exterior y logrando tan solo abrir un hueco por el que vaciar la pulpa y poder rellenarla para sus incursiones.
Avanzó sorteando ramas y hojas, también algún insecto. Los cocos y plátanos le habían dado la energía suficiente como para explorar la isla a diario, pero era consciente de que necesitaba otras fuentes de energía. Algo de carne, o algo de variedad con sus frutas y verduras. Había encontrado el rastro de un animal, pero examinando sus huellas más en profundidad, llegó a la conclusión de que se trataba de un jabalí. No podía cazarlo. Y mucho menos comer su carne. La sola idea de comer un animal con pelaje hacia sentir como su estómago daba un vuelco, como el que da cuando comienzas un descenso repentino, amenazando con expulsar su contenido.
Encontró un nuevo árbol con algunas frutas coloridas en la copa. La parte inferior, más accesible, parecía haber sido cosechada por algún otro animal, monos tal vez. Pero él debía llegar más lejos y sabía que sus garras serían de ayuda. Trepó hasta lo más alto del árbol, no sin dificultad. Las ramas de la copa eran más estrechas y a penas soportaban su propio peso. Suerte que he estado a dieta últimamente, pensó bromeando en tono sarcástico. Alargó su brazo para tomar cuantas frutas pudo, y al hacerlo dejó que la luz se colará entre las ramas. Algo parecía llamarle. No supo si era curiosidad, o el recuerdo de que llevaba un tiempo sin revisar el horizonte, pero hizo un último esfuerzo para llevar su cabeza más allá de las últimas hojas, a pesar de los quejidos de las frágiles ramas bajo sus pies. Y entonces lo vio.
Podía observar el resto de la isla, verde, selvática, llena de vida. Tras ella, se extendía el mar, inmenso y en calma. Pero lo que aceleró el pulso de Varo no fue la vista de la naturaleza, fue la sombra que se erguía sobre el agua, grande y oscura, coronada por unas grandes velas. Un barco se acercaba hacia la isla por el extremo opuesto.
Tal vez no serían sus padres, pero significaba la oportunidad de salir de allí y poder buscarlos él. O como mínimo, un acceso a comida algo más variada.
El sol comenzaba a dejar de filtrarse entre las ramas de los árboles, pero Varo avanzaba con decisión por la espesura. Cada cierto tiempo, debía subir a la copa de algún árbol para comprobar que avanzaba en la dirección correcta, o más bien para asegurarse de que el barco seguía allí anclado y no había sido una alucinación.
Aún no había alcanzado el otro extremo de la isla cuando la noche ya se había cernido sobre la selva. Por suerte, aquella era una noche de luna llena, por lo que el camino estaba parcialmente iluminado. Pronto, comenzó a distinguir la luz danzante de una hoguera entre los árboles. Avanzó hasta estar suficientemente cerca como para poder ver de quién se trataba y se agazapó tras unos matorrales. No pudo ver a sus padres, tampoco parecían exploradores. Se trataba de un grupo de hombres dormidos que parecían estar celebrando algo, a juzgar por sus cánticos ininteligibles, sus jarras llenas y sus movimientos torpes. Parecían hombres peligrosos, pero no podía soportar la idea de haberse alejado tanto de su improvisado campamento para nada. Tenían vino y ron, por lo que sería raro que no tuviesen otro tipo de provisiones.
Avanzó por el campamento manteniéndose en la sombra hasta que al fin pudo localizar algunos toneles: algunos con grano, otros con pescado en salazón e incluso alguno con frutas. Se lanzó sobre ellos dispuesto a tomar tanto como pudiese y a salir corriendo. Tenía las manos llenas y utilizaba su camisa a forma de bolsa donde ir volcando más comida cuando oyó un ruido tras de él. Un hombre, borracho, lo había encontrado. Intentó huir, pero el hombre dió la alarma al grito de ladrón. Sus siguientes pasos fueron fruto de la mezcla del miedo y la prisa por huir. No fueron sopesados. Y corrió. Corrió abandonando las sombras. La luz de la luna bañó su piel, su rostro, sus ojos...
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