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¡Ataque en Whisky Peak! ¡Los Kogane no Kiba! [AVENTURA T4] [PRESENTE ABS.] - Versión para impresión

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¡Ataque en Whisky Peak! ¡Los Kogane no Kiba! [AVENTURA T4] [PRESENTE ABS.] - Kenzo D. Fujiwara - 03-08-2025

DÍA 20 DE PRIMAVERA, AÑO 16.

El aire estaba saturado de humo, ceniza y tensión. El eco de las explosiones aún vibraba en los huesos de los presentes, como si la propia tierra hubiese decidido rugir en protesta. Magnus, con los ojos entrecerrados y la mandíbula apretada, se alzó entre los restos del caos como una figura indomable. Fue entonces cuando, entre el polvo que se asentaba lentamente sobre las ruinas del improvisado festival, pudo ver con claridad la verdad: los ataques no habían sido al azar. Aquellos explosivos no eran simples advertencias. Eran el preludio de una ofensiva cuidadosamente planeada. Desde los cuatro puntos cardinales del pueblo, columnas de piratas se desplazaban con rapidez, portando banderas negras, armas improvisadas y rostros marcados por la codicia y la barbarie. -Están intentando rodearnos. Creo que es hora de reagruparnos.- Masculló el líder del gremio, con una mezcla de respeto y desprecio en la voz. Con un paso firme, se giró hacia los suyos. Su voz no fue un grito desesperado, sino un rugido que cortó el estruendo y la confusión con la autoridad de quien ha vivido demasiadas batallas como para dudar. -¡Todos conmigo! ¡Reagrupad formación! ¡A formar escudo alrededor del grandullón y de mí! ¡No dejéis ningún flanco sin cubrir!- La reacción fue instantánea. Los cincuenta cazarrecompensas que recientemente se habían unido a la causa de Magnus, curtidos en escaramuzas y emboscadas, entendieron de inmediato la gravedad de la situación. Como si cada uno hubiese recibido la misma instrucción desde la cuna, comenzaron a moverse en formación, rápida pero coordinadamente. Espadas envainadas, rifles preparados, lanzas apuntando hacia los pasillos de acceso al corazón del pueblo. Las botas resonaban contra los adoquines calcinados mientras todos convergían alrededor de los dos hombres en el centro del caos. Allí, entre el humo y la tensión, Sigurd se alzaba como un monolito viviente. Aunque su cuerpo acusaba el esfuerzo, con cada respiración pesada y hombros levemente caídos, su presencia seguía siendo imponente. De torso desnudo, cubierto de polvo y sudor, y con el sombrero de ala ancha proyectando una sombra severa sobre su rostro, parecía una figura arrancada de un mito. Y todos, conscientes o no, gravitaban en torno a él como satélites en torno a un planeta.

El murmullo de los hombres comenzó a crecer como un rumor inquieto entre la niebla de pólvora. Aunque sus cuerpos se mantenían firmes en formación, sus ojos delataban una verdad incómoda: muchos de ellos estaban asustados. No era para menos. Los símbolos que ondeaban al viento sobre los estandartes negros no eran desconocidos para quienes se ganaban la vida enfrentando a escoria de los mares. Aquella calavera con un diente dorado, pertenecía a una de las bandas más infames que el West Blue había escupido al Grand Line: los Kogane no Kiba. Un nombre que no se pronunciaba a la ligera, y que venía acompañado de historias tan absurdas como aterradoras. Cuentos sobre pueblos enteros devorados por su codicia, navíos saqueados con precisión quirúrgica, y un capitán cuya ambición era tan brutal como su fuerza. Algunos cazarrecompensas tragaron saliva. Otros miraron de reojo a Sigurd, buscando consuelo en aquella mole sin camiseta que, a pesar del evidente agotamiento, se mantenía en pie como una montaña que se niega a ceder ante el viento. El cansancio marcaba cada línea de su cuerpo, los músculos tensos como cuerdas al límite, pero su mera presencia bastaba para contener el pánico que amenazaba con desbordarse. Fue entonces cuando Magnus, como si percibiera el temblor en los corazones de los suyos, alzó la cabeza con solemnidad. Su mirada se posó sobre la bandera enemiga, que ondeaba desafiantemente en la colina opuesta, y por un momento pareció medir la distancia con la mirada, como un lobo que observa al macho alfa del otro lado del claro. Sus labios se curvaron en una sonrisa apenas contenida, mitad burla, mitad respeto. -Bueno, chicos...- Empezó, alzando la voz para que todos pudieran oírlo, y dejando que cada palabra cayera como un martillo sobre el yunque de sus miedos. -Los Kogane no Kiba. Estos tipos vienen del West Blue, y vienen pisando fuerte. Han saqueado fortalezas, desafiado a la Marina y desaparecido pueblos enteros sin dejar rastro. Su reputación no es polvo de taberna... es fuego real.- Hizo una pausa, paseando la mirada por los rostros tensos que lo rodeaban. - Su capitán, John Stern, es el más peligroso, sí. Pero no cometáis el error de creer que el resto son meros comparsas. Sus vicecapitanes tienen la misma hambre en la mirada… y saben cómo matar.- Su voz no tembló. Al contrario, se volvió más firme con cada palabra, como si al nombrar al enemigo lo encadenara a una promesa de sangre. Porque Magnus no era un líder de discursos vacíos. Era un cazador de leyendas, y esa tarde, frente a la sombra de los Kogane no Kiba, estaba listo para escribir una nueva.

JOLLY ROGER DE KOGANE NO KIBA


El caos no tardó en tragarse la calma tensa que apenas sostenía a los presentes. Desde las calles que serpenteaban más allá del perímetro formado por los cincuenta cazarrecompensas, comenzaron a oírse nuevas oleadas de violencia: alaridos desgarradores, rugidos ahogados por las llamas, estallidos que hacían vibrar el suelo bajo sus pies. Casas enteras crujían al ser devoradas por el fuego, ventanas explotaban como si dentro se librasen guerras invisibles, y el cielo se teñía de un humo denso, ennegrecido, que caía como un sudario sobre la ciudad. El aire olía a madera quemada, a pólvora reciente y a carne que no debería arder. El frenesí se esparcía como una enfermedad, y la ciudad, que alguna vez respiró como un mercado bullicioso, ahora gemía como un animal moribundo. Los cazarrecompensas, valientes o no, ya no podían fingir. Sus manos temblaban en torno a las empuñaduras de sus armas, algunos tenían los nudillos blancos por la fuerza con la que sujetaban fusiles o espadas. Otros miraban a Magnus, como esperando una orden que los redimiera del miedo o, al menos, les diera una excusa para correr. Y aún así, nadie se movió. El círculo se mantenía, como una presa mal construida que aún resiste ante el embate de una ola gigantesca. Sabían lo que venía, y sabían que los que llegaban no eran bandidos cualquiera. Eran los Kogane no Kiba. Y estaban aquí para arrasarlo todo. Magnus, con los labios apretados y los ojos afilados como cuchillas, chasqueó con la lengua. El sonido fue pequeño, casi imperceptible, pero bastó para que algunos giraran la cabeza. Sin urgencia, con ese temple que sólo los veteranos conocen, se metió la mano en el bolsillo interior de su abrigo. Sus dedos extrajeron un pequeño frasco metálico, abollado por el tiempo y las batallas. Lo abrió, revelando unas pastillas ovaladas, de tono ámbar brillante. -Sigurd.- Dijo, sin alzar demasiado la voz, pero asegurándose de que el gigante lo escuchara sobre el estruendo de las llamas. -Con estas pastillas recuperarás todas tus fuerzas y energías. Tómatelas. Verás cómo te sentirás como nuevo.- Sus palabras no eran huecas, sino cargadas de experiencia. Magnus no ofrecía milagros; ofrecía herramientas. Y esa era una poderosa. Mientras hablaba, desenfundó su espada. El sonido metálico cortó el aire como una advertencia al mundo. -Venga, Sigurd...- Agregó, clavando la mirada en el coloso de sombrero mexicano que aún respiraba con pesadez pero sin quebrarse. -Que no se diga que tenemos miedo... ¿Estás preparado para pelear contra la banda de un tipo con 120 millones sobre la cabeza?-

MAGNUS RILSSEN


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RE: ¡Ataque en Whisky Peak! ¡Los Kogane no Kiba! [AVENTURA T4] [PRESENTE ABS.] - Sigurd Haakon - 04-08-2025

Día 20 de Primavera. Año 16

Outfit ---- Sigurd de Whisky Peak


Miro un segundo al cielo. Cuando ha empezado el día, estaba nublado. Pareciera que fuera a llover en cualquier momento. El ambiente estaba húmedo y el sudor se pegaba en la piel. Era incómodo para un norteño como yo. El aire que corría por la plaza era fresco, y traía consigo los vítores de la gente que había venido a verme en acción. Que comparativa tan amable con la situación actual. Que diferencia. Los gritos de la gente revotan por las paredes, anunciando muerte y dolor. El aire está cargado de humo y pólvora quemada, que apenas impide ver con claridad a varios metros de uno mismo. El olor a sangre y óxido te golpea con crudeza en la nariz, algo agradable para un pirata como yo. Pareciera que la guerra vuelve a llamar a la puerta. Miro de vuelta a mis aliados.

Los piratas se van acercando. Y no solo se nota por el volumen del caos, que cada vez es más creciente, sino por el miedo que se dibuja en aquellos cazadores que no han saboreado la muerte. Mercenarios que jamás creyeron ser rodeados por la verdadera violencia del mar. Magnus, ante esta situación, reorganiza a sus tropas en un pelotón fortificado alrededor nuestro. Miro al líder de los Soles púrpura sorprendido. A no ser que su idea fuera organizar un contraataque con calma, sacrificando a sus hombres por tiempo, no estaba actuando como un líder valiente. Mantenerse en el centro con tropas cobardes provoca más desconcierto. Y no mandarme a mi al frente... Es un sacrilegio.
El enemigo avanza sin contemplaciones, y las jolly roger empiezan a ondear con más fuerza que los estandartes de los cazadores. El rival a batir es Jhon Stern y sus piratas Kogane no Kiba. Al parecer una tripulación sanguinaria que aterrizaba en La Gran Line. Para los entendidos, una amenaza a tener en cuenta. Para mí, unos don nadie que han atrasado mi partida de Whisky Peak. No son conscientes de la mala suerte que han tenido al atacar la isla justo hoy y no unos días más tarde.

Pese a lo seguro de mi absoluta victoria, es innegable que mi cuerpo empieza a pedirme un descanso. Si ya lo hacía frente al los gremios que buscaban venganza, ahora se siente el peso de Yggdrasil mucho más. ¿Pero quién dice que no a una gran batalla contra unos piratas asesinos?Tal vez encuentre aquí mi tan deseada batalla que me abra las puertas al tan ansiado paraíso de los guerreros.
Lo que si que encuentro, y para bien, es un tesoro bajo mis pies. Manchados de barro y sangre de aquellos cazarrecompensas que encontraron su final con un mandoble de mi hacha, un par de martillos de guerra de un tamaño considerable. Tal vez median lo que un hombre y se esgrimían como martillos enormes de dos manos. Pero eso sí eres un hombrecillo. Para mí, eran mazas de mano perfectamente manejables y dispuestas para la batalla. Las recojo contento. Con una sacudida vigorosa, les retiro la suciedad y las guardo en mi cinturón, una en cada lado. Un pequeño botín y homenaje personal que me pienso dar antes de la pelea. Capaz se lo incruste a ese tal Stern en el cráneo y el otro se lo meta por el culo.
Mientras hago esto, Magnus revuelve su mano en el bolsillo. Busca algo, que no tarda en encontrar. Una especie de medicina dentro un frasco. Me la ofrece. Parece que es un tipo de remedio para recuperar las fuerzas y combatir el agotamiento. Con la idea de que es algo que tenía preparado para estar fresco durante las rondas del torneo, lo tomo sin dudar mucho. -Gracias, tío.- agradezco mientras la pastillita, del tamaño de un grano de sal, baja por mi garganta. El efecto es inmediato. El corazón me empieza a latir deprisa y una sensación de adrenalina me invade por completo. Los músculos se relajan y las heridas se cierran. Me siento completamente restaurado. Más fuerte incluso. -Por el amor de un Jotun, ¿Que clase de magia es esta? ¡¡¡JARUL JUL JUL JUL...!!!-

Con las energías renovadas, cargo a Yggdrasil con ambas manos, con una fuerza titánica. De forma similar, mi hermano de armas desenvaina su espada y se prepara para entrar en acción. Sus palabras son como carbón sobre brasas, alimentando más la caldera de la guerra. 120 millones de cabeza y la promesa de una larga batalla. No puedo estar más encendido. Es momento de tomar la iniciativa. Y no con estrategias inteligentes, sino con furia Buccaneer. -¡Vamos, abrid hueco!- grito solemne, mientras avanzo entre la formación hasta alcanzar la primera linea. Sin girarme, grito con más fuerza aún, para que toda la formación me escuche alto y claro. -¡¡¡HIJOS DEL SOL, SEGUIDME. LUCHAD A MI LADO Y MANCHAD VUESTRAS ESPADAS CON SANGRE DEL ENEMIGO. VAYAMOS A LA COSTA, DESTRUYAMOS SUS BARCOS Y QUE SEPAN QUE ELLOS ESTÁN ENCERRADOS CON NOSOTROS, Y NO AL REVÉS!!!- entonces apunto con mi hacha hacia el callejón más cercano, en señal de iniciar una gran carga. Empiezo a correr, con valentía y furia Buccaneer. Que mis palabras y la envergadura de mi espalda den coraje a estos hombres. -¡¡¡CARGAD, CAZADORES. MATAD A TODO EL QUE ALTERA LA PAZ EN VUESTRA TIERRA!!!-

La estrategia es simple. Hacer una cuña liderada por mi para abrirnos paso hasta la costa. Que todo aquel que se cruce, sea víctima de los filos de mi arma. Y que aquel que huye de mi, sea perseguido y sentenciado por cazadores llenos de ira. Arrasar con todo enemigo y cortar su vía de escape. Con suerte, aparecerán los mandamases y ahí haremos el daño de verdad. Cuando pierdan a sus líderes, los piratas no serán más que caos sin organización y presas fáciles para los mercenarios de la isla.

QUE COMIENCE LA MATANZA

En efecto, cajita feliz



RE: ¡Ataque en Whisky Peak! ¡Los Kogane no Kiba! [AVENTURA T4] [PRESENTE ABS.] - Kenzo D. Fujiwara - 05-08-2025

Sin una palabra de más, el grandullón alzó la pastilla entre sus dedos como si fuera apenas unas migas de pan. No dudó. Sus movimientos fueron decididos, sin teatralidad ni vacilación. La metió en su boca y la tragó con un leve gesto de su garganta, como si no fuera más que una rutina diaria. No preguntó qué era, ni qué efectos tendría. No necesitaba hacerlo. Aquello podía ser fe en Magnus, o quizá una confianza casi arrogante en su propia resistencia, como si estuviera convencido de que su cuerpo podía soportarlo todo, incluso el veneno. De cualquier manera, el gesto fue elocuente. Sigurd no era un hombre de discursos largos o pensamientos enredados: era acción pura, músculo, voluntad y presencia. Y allí, bajo el humo que ennegrecía el cielo, su figura gigante se mantenía erguida, aún cansada, aún con el peso del combate anterior sobre los hombros, pero firme como una montaña que se niega a ceder ante la tormenta. La breve pausa que siguió se vio interrumpida cuando Magnus terminó su arenga a los suyos, infundiendo algo de orden entre tanto caos. No fue mucho después cuando la voz del gigante retumbó por encima del estruendo de las llamas y los gritos lejanos. Su voz, profunda y rasposa, no era un rugido, pero sí un eco ineludible, como si el propio suelo se tomara un momento para escucharle. No eran palabras elaboradas, ni adornadas con metáforas o promesas vacías. No era necesario. Lo que decía, lo decía con una convicción tan sencilla como aterradora. No solo había que luchar. No solo había que vencer. Había que enviar un mensaje. Ordenó, sin rastro de duda, que se destruyeran los barcos de los Kogane no Kiba. Que ardieran sus velas, que el mar se tiñera con la ceniza de sus maderas, que comprendieran —los que aún vivieran— que no habría retorno, ni ruta de escape, ni misericordia. Aquello no sería una batalla. Sería un encierro. Una jaula que se cerraba con fuego y furia. Los cazarrecompensas se miraron entre sí, asustados. El coloso no solo quería ganar. Quería dejar huella.

Como si cada palabra de su propio discurso hubiese encendido una mecha en su interior, Sigurd no esperó ni un segundo más. El suelo tembló con cada pisada suya mientras el coloso comenzaba a correr, y no como quien huye del fuego, sino como quien se lanza directo a él con los brazos abiertos. Su cuerpo, aún marcado por el cansancio, parecía haber olvidado el desgaste apenas la adrenalina se apoderó de sus músculos. El sombrero de ala ancha, ajado por el viento y el humo, se mantenía firme en su cabeza, casi como una corona salvaje sobre un rey sin reino. Cada zancada cubría metros enteros, y su imponente figura, sin camiseta y con la piel reluciente por el sudor y el calor de las llamas, parecía la encarnación misma de la furia de los dioses antiguos. No rugía, no gritaba. Solo corría con la determinación ciega de quien ha decidido marcar la historia con sangre. Detrás de él, sin embargo, la escena contrastaba como una fotografía congelada. Los cazarrecompensas, aún en tierra firme, dudaban. Habían escuchado las palabras. Habían sentido el peso de la presencia del gigante. Pero ver a esa mole lanzarse hacia las filas enemigas sin titubeos era otra cosa. Era como ver una avalancha avanzar y no saber si unirse a ella o apartarse. Miraron entonces al único rostro que aún podía devolverles el sentido: Magnus. El líder mantenía una sonrisa torcida en el rostro, una mezcla de orgullo, locura y fervor que solo un verdadero guerrero conoce. Su mano se alzó, y con ella, su espada. -¡¿A qué esperáis?! ¡A COMERNOS A ESOS CABRONES!- Bramó, la voz reventando como un trueno entre los muros derruidos. Y sin más, el líder se lanzó también al frente, con una velocidad impensable para un hombre de su contextura. En apenas unos segundos, ya había adelantado al mismísimo Sigurd, movido por una mezcla de orgullo y hambre de batalla. Fue el primero en hacer contacto. Su espada trazó un arco limpio en el aire, como una guadaña llevándose la cosecha. Tres piratas no tuvieron tiempo ni de gritar. El golpe los barrió como si fueran muñecos de trapo, dejando en el suelo un reguero de sangre y acero. La batalla, ahora sí, había comenzado.

Magnus desapareció entre la maraña de enemigos como un cuchillo que se hunde en la carne blanda. No hubo gritos de esfuerzo, ni desafíos lanzados al viento, solo el sonido del acero cantando con cada tajo, y los quejidos apagados de los hombres que caían sin comprender siquiera qué les había golpeado. Rodeado por más de una docena de piratas, parecía bailar entre ellos con una fluidez que desmentía su porte robusto. Cada movimiento era medido, elegante, brutal. Su espada, una extensión natural de su brazo, se movía con precisión quirúrgica, cortando músculos, tendones y esperanzas por igual. Los enemigos atacaban con rabia, con pánico, como hombres que sabían que debían vencer o morir. Pero sus armas apenas rozaban el aire, como si el propio Magnus fuera un espectro al que no podían tocar. Sus botas pisaban el suelo empapado de sangre con firmeza, y su respiración se mantenía serena, constante, como la de un predador acostumbrado a la caza. A varios metros de distancia, sin embargo, la escena era distinta. Un aura de tensión empezaba a envolver el terreno como un manto espeso. Allí estaba Sigurd, y aunque la fuerza que había exhibido era incuestionable, ahora se hallaba en una situación que ponía a prueba incluso a alguien de su tamaño descomunal. Alrededor del coloso, una oleada de cuarenta piratas se había cerrado como un anillo de dientes y cuchillas. Sus ojos, pequeños desde su perspectiva, brillaban con una mezcla de miedo y osadía; no atacaban aún, sabían que aquel gigante no era un oponente cualquiera. Los más cercanos sudaban con los puños apretados, conteniendo el temblor en las piernas, esperando una señal, una apertura, un error. Pero Sigurd no parecía intimidado. De pie entre los cuerpos humeantes y las brasas de lo que alguna vez fue un almacén, el sombrero todavía proyectando sombra sobre su rostro curtido, el gigante miraba a sus enemigos como quien observa a un rebaño de ovejas que aún no saben que están en el matadero. Entonces, la tensión se partió con una sola voz. Desde el fondo del caos, más allá de las llamas y las columnas de humo, una voz grave, profunda y poderosa se alzó sobre el estruendo. -¡¡¡¡Allá voy!!!! ¡¡¡ABRIDME PASO!!!- Se escuchaba en la lejanía. No se trataba de un grito de furia, ni de una amenaza vacía. Era una orden. Un anuncio. Un rugido que pedía paso como si el propio suelo debiera ceder ante él. Y con esa voz, la batalla cambió de tono. Porque quien estaba por llegar no era cualquier pirata.


MAGNUS RILSSEN


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RE: ¡Ataque en Whisky Peak! ¡Los Kogane no Kiba! [AVENTURA T4] [PRESENTE ABS.] - Sigurd Haakon - 06-08-2025

No lo dudo ni un solo segundo más. Con todo el subidón y la promesa de una batalla digna, cargo sin vacilar por la primera calle por la que veo salir piratas enemigos. Si me siguen o no, es cosa de ellos. Aunque las consecuencias por deserción las cobraría más tarde. Avanzo tan rápido como puedo, tosco y desbalanceado, aunque con paso sólido y arrollador. Completamente distinto a mi compañero, Magnus, que me toma la delantera sin mucha dificultad. Como un relámpago y cargado de una sed de sangre y violencia que no había visto hasta ahora en él, arremete contra varios enemigos, matándolos en el acto con un solo movimiento de su espada. -¡Cabronazo, me has robado la primera sangre! ¡¡¡JARUL JUL JUL JUL...!!!-  Me río, mientras lo veo desaparecer entre las tropas enemigas, como si fuera una serpiente en un nido de ratones. Ágil, preciso, letal... Yo no pienso ser menos, no soporto quedarme atrás. Y con un estilo de combate totalmente opuesto al del líder de los Soles púrpura, choco como una bola de demolición contra el muro de piratas que se interpone en mi camino. Toca ser feliz. 

La primera línea enemiga sale volando en todas direcciones al impactar con mi hombro en carrera. Arremeto contra ellos como si fuera un jugador de rugby a punto de marcar un tanto. Rompo todo tipo de formación que pudieran estar organizando, abriéndome paso en una estampida titánica. Los que no son capaces de apartarse, sin atropellados sin piedad bajo mis pies o empujados por el cielo con fuerza.
Me detengo en mitad de la multitud, cansado de que mi hombro derecho se lleve todo el protagonismo. Para que descanse, cargo a Yggdrasil a una mano con la izquierda, en un alarde de habilidad ambidiestra y demostrando que puedo manejar con fluidez un arma de 3 metros y medio de alto como si fuera una navaja pequeña. -¡Vamos, hijos de puta! A ver de que pasta estáis hechos los hombrecillos de Stern.- me mofo mientras volteo sobre mi propio eje con los brazos extendidos en cruz, con la barbilla bien alta y mostrando mis indomables abdominales como si fueran esculpidos por dioses. Alardeo de cuerpo, a la espera del primer insensato que se lance a por mi. Y también aprovecho para analizar bien el terreno. Me he metido en una calle para nada estrecha, capaz de permitirme circular a mí sin dificultad y a una decena de hombres por lado. Los edificios están derruidos y el humo se filtra por los recovecos. Un almacén cercano está en llamas, proyectando mi sombra sobre el terreno, como un presagio de muerte inminente y absoluta. Me encuentro rodeado de decenas de enemigos, todos y cada uno de ellos, con su lista de crímenes como para cumplir tres vidas en Impel Down. ¿Acaso no es una fantasía de escenario
El primer valiente no tarda en actuar. Se lanza de forma suicida buscando la gloria eterna o un final rápido. Dicho y hecho. Como quien se rasura la barba con la cuchilla, los filos de Yggdrasil cercenan cuerpos por la mitad según van apareciendo. No hay siquiera resistencia durante el corte. Con un barrido de izquierda a derecha, una decena de hombres pasan a formar parte de la pila de cadáveres que llevo durante el día, que probablemente sean más de 100. Ni tan mal. Los piratas, traicioneros como ellos solo, aprovechan que les doy la espalda y me atacan por los flancos en donde no presto atención. O eso creen ellos. Escuchando que se aproximan por detrás, levanto la rodilla derecha hasta el pecho, acompañado de un pequeño salto. Cuando caigo, descargo toda la fuerza en una posada apoteósica, que hace temblar el  suelo a mi alrededor y levanta varios escombros unos metros del suelo. El pequeño tambaleo es suficiente como para tomar la iniciativa mientras varios se levantan o mantienen el equilibrio. Todo para empezar a girar sobre mi propio eje y ejecutar diferentes ataques circulares en todas direcciones y a diferentes alturas, convirtiéndome por unos segundos en un huracán de destrucción. Es ahí cuando la verdadera naturaleza de los piratas sale a flote. Muchos temen y huyen, rompiendo la formación y traicionando a su banda. Otros se obcecan todavía más, creyéndose capaces de detenerme y encontrando un final prematuro.

Pero hay una voz que se alza por encima del caos. Una voz autoritaria que pide paso. No es una voz conocida, así que presumo que es del enemigo. Alguien con poder, deos que hablaba Magnus antes. O quizás el mismísimo capitán a decidido dar la cara sin esconderse tras sus secuaces. Sea quien sea, detengo mi movimiento y me posiciono en dirección al ruido. -¡Ya lo habéis escuchado! Abrid paso a vuestro jefe. Por fin alguien me va a dar un poco de espectáculo.- Sonrío arrogante. Agarro a Yggdrasil con ambas manos de vuelta y arqueo un poco la espalda hacia delante, preparado para la ofensiva en cualquier momento. El verdadero desafío comienza ahora. Que Magnus se encargue de las turba incendiarias. Yo me encargo de cortarle la cabeza a la serpiente.

En efecto, cajita feliz



RE: ¡Ataque en Whisky Peak! ¡Los Kogane no Kiba! [AVENTURA T4] [PRESENTE ABS.] - Kenzo D. Fujiwara - 08-08-2025

El choque inicial fue tan brutal que el aire mismo pareció vibrar con el impacto de los golpes. Magnus, con su inquebrantable determinación, y Sigurd, el coloso de siete metros cuyo torso desnudo brillaba con el sudor bajo el inclemente sol, se movían como dos murallas vivientes en medio de un mar de enemigos. A cada paso que daban, el suelo crujía, levantando polvo y barro de aquel lugar en el que hace apenas unas horas había un ambientado torneo de gremios. Los piratas de John Stern, hombres curtidos por el mar y la violencia, caían uno tras otro, ya fuera derribados por un tajo certero de Magnus o por el demoledor alcance de los puños, hacha y embates de Sigurd. Y, sin embargo, la marea parecía inagotable; cada vez que un cuerpo se desplomaba, dos más aparecían para llenar el hueco, como si la banda entera fuera una hidra de carne y acero. El estruendo de las armas resonaba como un tambor de guerra, mezclándose con los gritos de dolor y las órdenes desesperadas de los piratas para mantener sus posiciones. Sigurd, moviéndose con una sorprendente agilidad para su tamaño, barría grupos enteros con un solo movimiento de su brazo, haciendo que los hombres salieran despedidos como muñecos de trapo. Magnus, por su parte, mantenía un ritmo más calculado, cada golpe preciso, cada esquiva medida al milímetro, pero con la misma ferocidad implacable. El suelo se teñía de manchas oscuras, y el aire se llenaba del olor metálico de la sangre, del sudor y de la pólvora. Y aunque el enemigo parecía no tener fin, en los ojos de ambos guerreros brillaba la misma chispa: una mezcla de rabia, adrenalina y el silencioso pacto de resistir, de no retroceder ni un solo paso, aunque la marea fuera infinita. Cada golpe era una declaración, un grito sin voz que afirmaba que, mientras quedara aliento en sus cuerpos, esa línea no sería cruzada.

El estruendo de la batalla se veía interrumpido por un rugido que no provenía de ninguna arma, sino de una voz humana, profunda y firme, que atravesó el bullicio como una tromba. Aquel tono grave y potente exigía paso, y los combatientes, aun en el frenesí, sintieron cómo la vibración recorría el aire, obligándolos a girarse hacia su origen. Sigurd, siempre ávido de un reto digno, elevó su voz con la misma determinación, pidiendo también que despejaran el camino. No lo hacía por cortesía, sino por el hambre de encontrar un rival que no se quebrara bajo un solo golpe, alguien que pudiera devolverle la misma intensidad que él ofrecía. La tensión se apoderó de un pequeño sector del campo de batalla; los gritos y el choque de armas parecieron menguar durante unos segundos, como si el mundo contuviera la respiración. Y entonces, emergió de entre el tumulto una figura imponente: un hombre calvo, de musculatura pétrea y hombros anchos, con una barba frondosa que le caía hasta el pecho, tan espesa como la melena de un león. En su cinto descansaban dos espadas, envainadas pero listas para reclamar sangre. El recién llegado detuvo su avance frente a Sigurd, alzando la vista con un brillo de admiración en sus ojos, aunque no carente de ese filo competitivo que solo los guerreros auténticos poseen. Una carcajada, ruda y estruendosa, brotó de su garganta mientras exclamaba. -¡Eres enorme! ¡Tremenda bestia! ¡JUAS, JUAS, JUAS!-. Sus palabras retumbaron, y para reforzar la burla, dio un manotazo tan contundente en la espalda de uno de sus propios hombres que el desafortunado cayó de bruces contra el suelo, aturdido. La tensión se volvió electricidad pura entre ambos titanes. El hombre, sin perder la sonrisa, inclinó ligeramente el torso hacia adelante y añadió con un tono casi desafiante. -¿Y si dejas de reventar a mis subordinados y te enfrentas a mí?- Sin esperar respuesta, sus manos se movieron con una precisión letal, desenvainando las dos espadas en un solo y fluido gesto que reflejó la luz del sol. La invitación había sido lanzada; el duelo, inevitable.

NEZUMI


La tensión en el aire se volvió casi palpable cuando aquella voz aguda, cargada de furia y autoridad, cortó el murmullo del gentío como una cuchilla afilada. El estruendo de los pasos y el griterío del público parecieron desvanecerse por un instante, como si todos contuvieran la respiración ante la escena que se desplegaba. Entre los cuerpos que se agolpaban para presenciar la inminente confrontación, una figura femenina surgió con la agilidad de un depredador al acecho. Julie, de movimientos felinos y mirada tan afilada como la hoja de un cuchillo recién templado, se impulsó con su bō, ejecutando un salto que la llevó a sobrevolar cabezas y chocar contra el aire con la precisión de quien domina la distancia como una extensión natural de su cuerpo. Su aterrizaje fue seco y elegante, quedando justo entre el colosal Sigurd y el fornido Nezumi, una barrera de carne y determinación que no parecía temer a ninguno de los dos. El pirata calvo, visiblemente irritado por la interrupción, apretó la mandíbula y escupió palabras impregnadas de veneno. -Maldita perra… Julie, ¿por qué no te vas a limpiar alguna cocina o cuidar a algún chiquillo?- La frase resonó con un desprecio tan viejo como la enemistad que parecía unirlos. Julie no se dignó a mirarlo siquiera. En cambio, giró sobre sus talones, dejando su espalda expuesta a Nezumi sin rastro de temor, y fijó sus ojos en el gigante. A cinco metros de distancia, Sigurd era un muro viviente de músculos tensos y altura imponente, su piel desnuda brillando bajo la luz mientras aquel sombrero ancho le otorgaba un aire aún más intimidante. -Oye, calvo...- Dijo con voz grave pero medida, dirigiéndose a Nezumi sin apartar la vista del coloso. -Este tipo es mucho más fuerte de lo que parece. No creo que puedas solo contra él. Ni yo tampoco. ¿Qué tal si unimos fuerzas para derrotarlo… y luego lo vendemos al esclavista y repartimos ganacias a medias?- Su propuesta, tan fría como práctica, arrancó de Nezumi una sonrisa amplia y peligrosa. El pirata soltó una carcajada ronca antes de asentir lentamente. -Me parece bien. Y así, en un instante, la confrontación dejó de ser un duelo para transformarse en una cacería en la que dos depredadores habían encontrado un objetivo común.

Julie Dontine


Julie no dudó ni un instante. Sus ojos, encendidos por una mezcla de determinación y astucia, se fijaron en la monumental figura de Sigurd. El aire a su alrededor parecía tensarse con cada paso que daba, y sus movimientos eran tan calculados como la de una fiera midiendo a su presa. Con un ágil impulso hacia adelante, acortó dos metros de los cinco que la separaban del colosal oponente, su bo firmemente asido entre las manos. La madera resonó al golpear el suelo, un sonido seco que sirvió de ancla para la maniobra que estaba por ejecutar. Usó la vara como una palanca perfecta, el extremo hundiéndose contra la tierra polvorienta, y con la fuerza de sus piernas y la coordinación de alguien que había repetido ese movimiento decenas de veces, proyectó su cuerpo hacia arriba en un arco limpio y veloz. El viento silbó a su alrededor mientras sobrevolaba los hombros desnudos del gigantón, su silueta recortándose un instante contra la luz antes de aterrizar, con la gracia de una acróbata experimentada, justo detrás de él. El olor del sudor y la piel curtida del gigante quedó impregnado en el aire por un instante, un recordatorio tangible de la amenaza que representaba. Por otro lado, mientras Julie ejecutaba su maniobra, Nezumi, con una mueca torcida que combinaba burla y concentración, comenzó a cerrar la distancia que lo separaba del mismo objetivo. Sus pies se movían con una rapidez inesperada para su complexión, levantando nubes de polvo con cada pisada. El filo de su arma, ya desenvainada, reflejaba destellos de luz en un vaivén amenazante, como si el acero estuviera ansioso por probar carne. Contaba cada paso, midiendo el momento exacto para actuar. Cuando el último tramo lo dejó a tan solo un metro de la descomunal pierna izquierda de Sigurd, giró la cadera con precisión y descargó un corte horizontal a la altura de la espinilla. El movimiento no fue un arrebato, sino una ejecución controlada. Un tajo pensado para tantear, para abrir la primera grieta en la montaña que tenían enfrente, y al mismo tiempo, un mensaje claro de que no pensaba desperdiciar energías en gestos inútiles. Todo, desde la coordinación con Julie hasta la economía de su ataque, revelaba que aquel calvo no era un simple bruto de taberna, sino un depredador paciente.

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RE: ¡Ataque en Whisky Peak! ¡Los Kogane no Kiba! [AVENTURA T4] [PRESENTE ABS.] - Sigurd Haakon - 08-08-2025

Los enemigos van cayendo uno tras otros. Con cada barrido de hacha, media docena de hombres son partidos a la mitad. Pero como si fuera un paraíso para los guerreros, por cada enemigo que cae, aparecen un par más. La oleada de adversarios es infinita, provocando que mi ilusión por enfrentar al capitán Jhon , crezca de forma desmedida. Solo un pirata poderoso es capaz de juntar a tanta gente en un ataque coordinado. Y es entonces cuando, tras un intercambio a voces, se empieza a abrir un corrillo por el paseo, apareciendo de entre la multitud un contrincante destacable. Es un hombrecillo calvo, valiente y fornido. Muy parecido al que había matado esta misma mañana. Porta dos espadas, una en cada lado del cinturón, realzando un carácter fuerte y combativo con el que se presenta. A pesar de que es consciente de nuestra diferencia de tamaño, se empeña en pelear contra mí en duelo singular. Me gusta lo que dice. Y no pienso decepcionarle.
Agarro a Yggdrasil con ambas manos. Una tan cerca de la cabeza del hacha como me es posible. La otra en el pomo del arma. Así consigo un gran manejo de la misma, que me ayuda a enfrentarme a enemigos más pequeños y con más herramientas que yo. Echo para delante el torso, con fiereza, mientras flexiono las rodillas y las posiciono para empezar una carga frontal. Una carrera mortal para chocar contra el único rival digno que se me ha presentado en mucho tiempo. O eso aparenta. Sonrío. Sonrío con una mueca que asusta al miedo. Sonrío por la certeza de que alguien pueda aguantar más de un impacto de Yggdrasil sin morir en el proceso. Es el momento de disfrutar de la violencia. Lo veo en los ojos de mi oponente. Él también quiere sentirlo. La lucha de guerreros preparados para matar o morir.

Pero algo nos interrumpe. Llegada de ninguna parte, una mujer se interpone en nuestro camino justo antes de empezar. Es una tipa dura, se ve a simple vista. Tiene un cuerpo preparado para la batalla, no parece la típica chica fina que no soporta romperse una uña o le gusta lucirse de más. Parece compañera del otro, de la misma tripulación. Aunque antes de dedicarse buenas palabras, él la increpa. Yo estoy a punto de hacer lo mismo, pues roto el clímax que llevo esperando durante todo el santo día. Pero las palabras de ella son más interesantes. Asume su derrota. La suya y la de su camarada. Con solo verme es consciente de que nada pueden hacer. Chica lista. Entonces acuerdan romper el duelo para enfrentarme en un dos contra uno.
Reculo la postura ofensiva y mi cara presenta un rostro confuso, triste. -Que decepción...- digo mientras hablan. Al parecer quieren venderme a algún mercader de esclavos. -No solo se me arruina el duelo, sino que no tenéis pensado matarme. Que tristeza...- Por poder, podría haber atacado nada más apareciera la mujer y comenzaron a hablar, pero visto lo visto, ellos mismos son conscientes de que no pueden contra mi. Así que ninguno será el capitán. Mejor dejarles hacer la pantomima y que me ataquen juntos. Me resultará más entretenido. A todo esto... ¿Donde están Magnus y Alex? El líder de los Soles púrpura se perdió entre la marea de piratas. ¿Pero Alex? Si vino a enfrentarse a Magnus, debe de ser fuerte. ¿Donde estará?

Todo eso da igual ahora. Ambos miembros de la tripulación de Jhon Stern de coordinan para atacar al unísono. Ella apoya su bastón en el suelo, aplicando fuerza para usarlo de pértiga y alzarse por el aire. Su intención es superarme por arriba para ganarme la espalda y así tener dos flancos cubiertos. Al mismo tiempo, sin embargo, el calvo se adelanta para atacar. Se anticipa al aterrizaje de su compañera y se lanza en un uno contra uno prometido. Se acerca veloz e intenta conectar un tajo paralelo al suelo contra mi espinilla. Todo en vano. Con gesto rápido y demostrando una destreza superior, balanceo el hacha hacia abajo en un movimiento pendular de derecha a izquierda, desviando el ataque por completo tras chocar los filos de Yggdrasil con la espada del tipo. Con ese movimientos anulo su ataque y lo expongo con la guardia baja.
Sin pensármelo un solo segundo, tras el desvío, corrijo la trayectoria del arma, que asciende en el movimiento pendular previo. Y desde lo alto, cargo con todas mis fuerzas en un ataque diagonal descendente. -¡¡¡ÁSGARÐR!!!- rujo con brutalidad mientras los filos del hacha cortan y desgarran el antebrazo y la mano con la que sujeta la espada. El movimiento no es solo certero y salvaje, si no que es extremadamente veloz. Un ataque digno de la tierra de los dioses. El hombre pierde el arma de su mano, y de la herida empieza a brotar sarge a borbotones. Pero eso da igual. Dan igual los gritos de dolor o el estado en el que acabe ese brazo y esa mano. Esto es un dos contra uno y hay que repartir.

Mientras esto sucede, la mujer acaba de aterrizar a tres metros de distancia. Debe de ser duro ver qué tienes un compañero tan necio como para que en una pelea con superioridad numérica el imbécil ataque por su cuenta. Pero ahora es ella quien va a pagar las consecuencias. Sin moverme del sitio ni perder tiempo en movimientos innecesarios, cargo a Yggdrasil con una sola mano. Le doy la espalda por completo. Una espalda marcada por mil batallas. Batallas más duras que esta. La sombra que proyecta frente a las llamas es imponente, majestuosa. Se extiende tanto que atrapa a la mujer por los pies. Es un augurio de muerte asegurada. Giro la cabeza levemente, sin perder de vista al compañero desarmado que tengo a mis pies. Es tan solo para que sepa con certeza que me dirijo a ella. Y con la voz sería, sin bromas y sin fanfarronería, exclamo.
-Criatura, esto os sobrepasa con creces... Sé inteligente y llama a tu capitán. Solo así salvarás tú vida... Y la de tu compañero. No habrán segundas oportunidades.-

La voz resuena como el trueno en la tormenta. El eco se filtra entre las ruinas y las explosiones. La verdad es evidente. Solo ella tiene la llave de su destino. Si decide obedecer y avisar a su capitán, se salvará. Con la promesa de la vida de su camarada. Si se niega, caerá. Caerá ella, morirá él y más tarde daré con su capitán. Las negociaciones están cerradas. Que escoja con cuidado su siguiente movimiento.

En efecto, cajita feliz



RE: ¡Ataque en Whisky Peak! ¡Los Kogane no Kiba! [AVENTURA T4] [PRESENTE ABS.] - Kenzo D. Fujiwara - 15-08-2025

El filo de Nezumi cortaba el aire en una trayectoria limpia y precisa, como si cada músculo de su brazo supiera exactamente dónde y cuándo moverse. Sin embargo, aquel ataque, tan afilado como la intención que lo impulsaba, se encontró con una respuesta tan contundente como inesperada. El acero chocó contra acero en un destello breve, seco y ensordecedor: Sigurd, sin siquiera dar un paso atrás, había desviado el golpe con un giro firme de su hacha, el enorme filo describiendo un arco que parecía ignorar por completo el peso y la dimensión del arma. El impacto resonó como un trueno breve, y en ese instante quedó claro que el gigantón no necesitaba velocidad para imponerse; la pura potencia y control que emanaba de cada movimiento eran suficientes para marcar la diferencia. Sin permitir que el eco del choque se disipara, Sigurd movió su torso con la fluidez de un coloso curtido en incontables batallas, y levantó el hacha sobre su hombro. Su mirada, apenas visible bajo el ala ancha de su sombrero, proyectaba una calma fría, casi animal, la de un depredador que sabe que su presa aún no ha agotado todas las rutas de escape. Entonces, el contraataque llegó como una ola de fuerza bruta: un tajo diagonal descendente, lanzado con ambas manos y toda la potencia que un cuerpo de siete metros podía concentrar en un solo movimiento. La hoja descendió con un rugido metálico, cortando el aire con un sonido grave que anticipaba destrucción. Nezumi, consciente de que un error significaría mucho más que una simple herida, clavó sus pies en la tierra, tensando cada fibra de su cuerpo. Su espada se alzó, sostenida solo por una mano, pero guiada por una precisión milimétrica. El acero se encontró de nuevo, y la sacudida recorrió el brazo de Nezumi como un relámpago de dolor y adrenalina. La presión era abrumadora, como si un muro de piedra estuviera cayendo sobre él, pero su postura aguantó. El sudor perlaba su frente, y un temblor leve recorría sus dedos, no de miedo, sino de esfuerzo extremo. A pesar del peso de la embestida, una chispa de desafío brilló en su mirada: el gigante no iba a aplastarlo tan fácilmente.

Mientras que el estruendo metálico del choque entre la espada de Nezumi y el hacha de Sigurd todavía vibraba en el aire cuando, a espaldas del coloso, la figura ágil y decidida de Julie Dontine decidió aprovechar aquella oportunidad fugaz. Sus ojos, enfocados con la precisión de una cazadora, midieron la distancia con instinto puro; sabía que si dudaba un segundo, el momento se perdería y el gigantón tendría tiempo de reaccionar. Sin vacilar, flexionó las piernas y se impulsó con un salto limpio y poderoso, su silueta recortándose brevemente contra la luz. En sus manos, el bo parecía una extensión natural de su cuerpo, y lo empuñaba con firmeza, aferrándolo con ambas manos como si en ese instante su fuerza se multiplicara. Mientras ascendía en aquel movimiento, su respiración se hizo más lenta, controlada, a pesar de que la adrenalina le bombeaba con violencia en las sienes. Podía sentir el calor del enfrentamiento, el olor del sudor mezclado con el polvo levantado por las pisadas de los combatientes. Su objetivo era claro: la cabeza de Sigurd, justo más allá del ala del sombrero mexicano que cubría parte de su rostro. No le importaba la diferencia abismal de tamaño; en su mente, no atacaba a un gigante, sino a un punto vulnerable en una muralla de carne y músculo. El bo descendió con todo el impulso que había acumulado, proyectando un golpe a dos manos que buscaba no solo la contundencia física, sino también el factor sorpresa. Desde esa posición elevada, Julie se sentía como un rayo en plena caída, enfocando toda su energía en un único impacto que pudiera desestabilizar al coloso o, al menos, arrancarle un instante de distracción que Nezumi pudiera aprovechar. El aire silbó cuando el arma cortó su trayectoria descendente, y por un instante todo alrededor pareció ralentizarse: el duelo de fuerza frente a frente entre Nezumi y Sigurd, el peso del bo bajando con violencia, y el instante previo al contacto, esa fracción de segundo en que el destino de la embestida quedaba suspendido entre éxito o fracaso. Julie, en ese instante, no pensaba en el riesgo; solo existía el golpe.

Las botas de Julie levantaron una nube de polvo al tomar tierra, y sus manos, aún firmes en el arma, ya buscaban la postura para un segundo ataque. No había tiempo para deleitarse en el golpe anterior; frente a ellos, aquel gigante de siete metros era como una montaña que no se desplomaba con facilidad. Julie, con el pulso acelerado pero la mirada encendida, giró levemente su bo, evaluando el momento preciso para su próximo movimiento, consciente de que un solo error podría significar ser aplastada bajo ese coloso. A pocos metros, Nezumi había permanecido anclado en un duelo de fuerza con Sigurd, sintiendo cada vibración del choque de sus armas como si el acero intentara transmitirle la esencia bruta de su rival. El gigantón no cedía ni un ápice, y ese hecho no intimidaba al pirata, sino que avivaba una chispa ardiente en su interior. La sonrisa se dibujó amplia en su rostro, no como gesto de burla, sino como declaración de desafío. Ante él no había un simple enemigo, sino un obstáculo digno de su acero, un reto que exigiría lo mejor de su técnica y su temple. Con un leve respiro, dejó que la tensión de sus hombros fluyera hacia abajo mientras su mano izquierda se movía casi por instinto. El sonido metálico del acero al salir de su vaina rompió el murmullo distante de la batalla, y en cuestión de un segundo, la segunda espada de Nezumi ya brillaba bajo la luz irregular que atravesaba el polvo en el aire. Ahora sostenía ambas armas con firmeza, el peso perfectamente equilibrado, listo para una ofensiva o una defensa inmediata. Los ojos del pirata permanecían fijos en Sigurd, analizando cada movimiento de sus músculos, cada cambio en la posición de sus pies. No se trataba solo de fuerza bruta, sino de anticipar el siguiente rugido, el siguiente golpe devastador. Julie y él compartían un entendimiento tácito: el combate apenas estaba comenzando, y aquel titán no caería sin que ellos entregaran hasta la última gota de su esfuerzo.

NEZUMI


Julie Dontine


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RE: ¡Ataque en Whisky Peak! ¡Los Kogane no Kiba! [AVENTURA T4] [PRESENTE ABS.] - Sigurd Haakon - 16-08-2025

El ataque desciende con violencia. No solo pretendo hacerle daño al uso, sino que busco el desarme por completo y amputar su mano. Sumar uno más a la inmensa lista de muertos que llevo hoy. Pero no todo sale como lo espero. Para mí sorpresa, el hombrecillo hace uso de una fuerza y destreza indescriptibles, alzando su espada con entereza y consigue detener mi corte brutal. La magnitud de la proeza me deja estupefacto. Nadie en mucho tiempo había sido capaz de sobrevivir a uno solo de mis golpes. ¿Pero frenarlo en seco? Sin duda me encuentro frente a un oponente más que digno. Su maestría bélica supera por mucho mis expectativas. Si este no es el capitán, ¿que tanto poder tendrá Jhon Stern? Estoy ansioso por medir fuerzas con él. En mi cara no solo se dibuja la sorpresa. Si no que refleja una satisfacción y felicidad genuinas. Esa sensación agradable de beberte tu primera cerveza, acostarte con una mujer por primera vez o cuando le quitas la vida a un hombre. Todo lo que había deseado desde que desembarqué en la Gran Line se encuentra por fin frente a mi. Un desafío digno de un orgulloso Bucanero como yo.
Mientras esto sucede, la mujer aprovecha para atacarme por la espalda. No la veo cuando lo hace, pues le doy la espalda por completo. Tan solo puedo sentir la potencia del impacto. Me golpea con un bastonazo descendente en la coronilla, por detrás. Pica como su puta madre, pero podría aguantar a varios así sin problema. Es como el típico capón que te pega tu padre cuando haces algo más. Nada a lo que prestarle atención por el momento. Que se lo pase bien golpeándome como una rata por la espalda. no le voy a dar importancia a esta mujer mientras tenga un oponente digno en frente.

Sin perder más tiempo y centrado en mi duelo singular con el calvo barbudo, el único que me planta cara de verdad, retomamos el combate. Veo como intenta desenvainar su segunda espada. Lejos de detenerlo o aprovechar el momento de vulnerabilidad, le dejo sacarla sin interrupciones. Tan solo proyecto un ansia irrefrenable de acción, dolor y sangre. Una vez parece estar preparado, recupero la iniciativa y descargo un primer golpe en perfecto vertical, muy similar al anterior, pero está vez como si quisiera partir leña. Agarro a Yggdrasil con ambas manos en el mango, una lo más cercana a la hoja y la otra al pomo, para maniobrar en cortas distancias por la enorme diferencia de tamaños. Y es ahí cuando lo ejecuto. -¡¡¡JARUL JUL JUL JUL...!!! ¿QUE TAL ESTO?- De las doce a las seis. Quiero comprobar qué tan diestro es y si no ha sido una mera casualidad. Quiero saber que la felicidad va a durar un poco más, por muy efímera que sea la pelea. Tras la primera "talada" viene una segunda. Hermana de la anterior. Golpes descendentes que buscan provocar sus mejores movimientos. Quiero que lo dé todo, comprobar sus límites humanos. Eso, o hasta que se canse de recibirlos. Yo no puedo hacer más que disfrutar. A la vez que ataco con frenesí, no puedo evitar reírme alegremente y a pleno pulmón. -¡VAMOS HOMBRECILLO, AGUANTA Y LANZAME TU MEJOR GOLPE!-

En efecto, cajita feliz



RE: ¡Ataque en Whisky Peak! ¡Los Kogane no Kiba! [AVENTURA T4] [PRESENTE ABS.] - Kenzo D. Fujiwara - 18-08-2025

Julie había descargado aquel golpe con toda la fuerza de su cuerpo, sintiendo cómo sus brazos vibraban desde los hombros hasta las muñecas al impactar contra la cabeza del gigante. El sonido aún resonaba en sus oídos, como si hubiese golpeado una campana de hierro macizo. Esperaba, en lo más profundo de su ser, ver al menos una reacción clara: un tambaleo, una mueca de dolor, algún signo que confirmara que su esfuerzo no había sido en vano. Pero lo que obtuvo a cambio fue lo contrario a lo que jamás habría imaginado. El coloso, aquel titán de siete metros con el torso desnudo y curtido por mil batallas, permanecía imperturbable, como si el ataque no hubiera sido más que la caída de una gota de lluvia sobre una roca ancestral. El corazón de Julie dio un vuelco. Sus labios se entreabrieron en un gesto involuntario de sorpresa, y el aire que entró en sus pulmones se sintió pesado, como si hubiera inhalado polvo. Se mordió la lengua para contener un jadeo, intentando mantener la compostura frente a aquel ser que no parecía humano. Su bo, firme en sus manos, de pronto le resultaba frágil, casi ridículo frente a la magnitud del cuerpo que tenía delante. La madera se hundía en la presión de sus propios dedos sudorosos, mientras un leve temblor recorría sus muñecas. Tragó saliva, sintiendo cómo un nudo se le formaba en la garganta; la idea de que ni siquiera un golpe directo había dejado marca en Sigurd era un pensamiento que la erosionaba por dentro, arrancándole pequeñas hebras de confianza. Aún peor que eso fue lo que vino después: la indiferencia. El gigante, con su sombrero ladeado y la sombra que este proyectaba sobre su rostro, ni siquiera se molestó en volverse a mirarla. No había ira en él, ni desprecio, ni reconocimiento… simplemente la ignoró, manteniendo la espalda erguida, el hacha aún en tensión contra Nezumi. Esa falta de reacción era una bofetada invisible, un recordatorio cruel de la distancia abismal que los separaba en poder. Julie sintió cómo sus pies parecían anclarse al suelo, presa de un miedo frío que se mezclaba con la frustración. ¿Qué clase de monstruo era aquel hombre, capaz de recibir un golpe tan brutal como si no fuese nada? Mientras apretaba los dientes y buscaba recomponerse, el silencio de Sigurd la envolvía más que cualquier rugido.

El aire se volvió más denso en cuanto el gigantón inició su movimiento. El brazo de Sigurd, musculoso y descomunal, se alzó con la lentitud de una montaña que empezaba a desplomarse, para luego acelerar con una brutalidad aterradora al descender su enorme hacha. El filo brilló bajo la luz como un relámpago contenido, surcando el espacio con un silbido grave que se mezclaba con el rugido del viento que él mismo levantaba al blandirla. El golpe descendente buscaba aplastar, quebrar huesos y piedra por igual, con la fuerza de alguien que conocía bien el poder de su propio cuerpo. Sin embargo, frente a aquella amenaza que parecía imposible de detener, Nezumi no flaqueó. El pirata, con los ojos brillantes por la adrenalina y una sonrisa desafiante, levantó su katana en el ángulo perfecto, interceptando el primer impacto en un instante calculado al milímetro. El estruendo del choque fue ensordecedor: metal contra metal, un rugido de chispas que iluminó fugazmente el duelo. El cuerpo de Nezumi tembló bajo la magnitud de la fuerza recibida, los músculos de sus brazos ardiendo por la tensión, las piernas clavadas como raíces en el suelo para no ser arrastrado por el golpe. El olor metálico del acero y el polvo que se levantaba con cada vibración invadían sus sentidos, pero sus labios seguían curvados en aquella sonrisa que revelaba, no miedo, sino la emoción del reto. Antes de que pudiera relajarse, la sombra del hacha volvió a cubrirlo: Sigurd, sin mostrar signos de cansancio, giró el arma en un arco rápido para su tamaño y lanzó un segundo ataque descendente, aún más feroz que el primero. Era como si el coloso no hubiera hecho más que probar la resistencia de su adversario, dispuesto ahora a quebrarla de raíz. El reflejo de Nezumi fue inmediato, casi instintivo. Su segunda espada se levantó con una precisión quirúrgica, cruzándose con la primera en una guardia doble que absorbió la furia del golpe. El choque resonó de nuevo, un segundo trueno que retumbó en el aire. El sudor perlaba la frente del pirata, pero sus ojos brillaban con intensidad, embelesados por aquel duelo que ponía a prueba cada fibra de su cuerpo y cada pensamiento de su mente. Frente a un enemigo tan colosal, el simple hecho de bloquear ya era una victoria en sí misma, y Nezumi lo disfrutaba.

El estrépito del último choque todavía resonaba en el aire cuando Julie, que había permanecido unos instantes contenida, reunió todo el coraje que quedaba en su cuerpo. Sus manos, temblorosas aún por el primer fracaso, se aferraron con fuerza al bo, los nudillos blancos bajo la presión. El corazón le latía con violencia en el pecho, pero su mirada ya no era la misma que antes; aquella mezcla de miedo y desconcierto había dado paso a una determinación férrea, como si dentro de ella se hubiese encendido una chispa que no pensaba dejar apagar. Observó la titánica figura de Sigurd, cuyo tamaño parecía borrar todo lo que había alrededor, y comprendió que esperar, rezar o retroceder no eran opciones. Su oportunidad estaba allí, en aquel instante, y si no la tomaba, ninguno de ellos sobreviviría. Con un grito ahogado, Julie avanzó, sus botas chapoteando en el barro teñido de sangre que cubría el campo. El aire cortaba su rostro, pero no detuvo su carrera. Cuando estuvo lo bastante cerca, flexionó las rodillas, giró con fuerza la cadera y descargó el bo contra la pierna derecha desnuda del coloso. El impacto resonó como el golpe de un tambor contra una roca: seco, contundente, dirigido no a herir, sino a desestabilizar. Julie sabía que no podía esperar atravesar aquella piel dura como hierro, pero sí podía, al menos, robarle un instante de equilibrio, el respiro necesario para que Nezumi pudiera actuar con la ferocidad que se le notaba ardiendo en los ojos. El crujido de madera contra carne retumbó alrededor, y aunque Sigurd parecía apenas inmutarse, la vibración del golpe se propagó por su pierna hasta el suelo, levantando una nube de polvo y barro. Julie jadeó, sintiendo en sus brazos el eco del choque, pero no retrocedió; se mantuvo firme, los pies clavados, los ojos fijos en la mole que había atacado, como si con su simple presencia y valentía intentara desafiar lo imposible. Era consciente de lo diminuta que se veía ante aquel monstruo humano, pero también sabía que el valor no se medía en altura ni en fuerza bruta, sino en la voluntad de no ceder. Y en ese instante, Julie no pensaba ceder.

NEZUMI


Julie Dontine


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RE: ¡Ataque en Whisky Peak! ¡Los Kogane no Kiba! [AVENTURA T4] [PRESENTE ABS.] - Sigurd Haakon - 19-08-2025

Mis golpes caen como dos truenos en la tormenta más hostil. Descendentes, agresivos, fulminantes. Sin embargo, y no menos alejado de mi asombro al empezar la batalla, el pirata vuelve a demostrar una destreza asombrosa y alarde de fuerza fuera de este mundo. Con ambas espadas es capaz de bloquear mi par de ataques. Cada uno, con una mano distinta. El filo de Yggdrasil choca con violencia contra el metal que en empuña con mestria, incapaz de romper su férrea guardia y tan solo mellando ligeramente las hojas, haciendo saltar chispas.
-Impresionante, camarada.- comento sorprendido, con ojos como platos. El tono es bajo, casi un susurro. A estas alturas, y viendo de lo que capaz, ya casi que lo considero un amigo, por mucho que nos acabemos matando. Nadie en mucho tiempo me había hecho sentir tan vivo y con tantas ganas de pelear. Para mí es algo inaudito. No era consciente del nivel tan alto que iba a encontrar en La Gran Line. Pero nada me puede hacer más ilusión. Siempre he deseado el combate, el desafío y la buena vida gamberra. Y que mejor tentempié que un rival a la altura nada más comenzar. Un espadachín enano, pero capaz de sostener tres de mis mejores golpes con total impunidad.
Aunque supongo que no todo lo bueno dura para siempre. Es cierto que aún no he sido capaz de dañarlo, pero él tampoco ha sido capaz de contraatacar o de herirme si quiera. Parece cansado, fatigado. Tal vez el limite de sus fuerzas ha sido darlo todo en sostenerme la primera embestida y ya no da para más. Quizás me he excedido y le he forzado a llegar a gastar todo su arsenal y está en un punto donde ya no puede hacerme frente. Puede que si le dejo de atacar por un rato y recuperar un poco el aire, pueda seguir dándome una buena pelea. Eso haré.

Es entonces cuando la escucho. Un grito con determinación, pasos encharcados de una segunda carga. La mujer no desiste en su empeño de querer derrotarme. En vano, por supuesto. -Que pereza...- susurro al mismo tiempo que suspiro por lo cansina que llega a ser. Aunque puedo reaccionar, la dejo que me golpee, sin girarme si quiera. Esta vez cambia de objetivo. Deja de atacarme en la cabeza para decidirse por un palazo en la pierna. El impacto resuena con fuerza entre los escombros, pero más que doler, genera picazón. De seguro me deja un moretón, pero no creo que pase de ahí. Estoy convencido de que les duele más a sus hombres el ver semejante humillación que a mí en la zona afectada. Una vez le he dejado golpearme, me giro lentamente y la encaro. La observo fijamente, imponente desde lo alto. Mi rostro sombreado intimida al más valiente, con un rostro serio, sin emociones. Los ojos demuestran lo harto que me tiene, con un ceño fruncido que le da firmeza a mis intenciones. Yggdrasil, tan imponente como yo, descansa en mi mano derecha, preparada para actuar en cualquier momento. Entonces, frente a todos, con voz grave e imperativa, ordeno y amenazo. No con un grito primitivo. Sino con la pasividad que precede a la tormenta, la honestidad más pura convertida en promesa de muerte.
Rostro de Sigurd

-Mira tía, te lo voy a dejar claro. Me gusta tu iniciativa y me gusta tu fuerte carácter. Para serte sincero, incluso me pones un poco.- hago una pausa de un segundo. Pese a que mi cara demuestra la más hostil de las intenciones, me es inevitable ser sincero con ella. Aunque no dudo en ponerla en su lugar rápido. -Pero estoy disfrutando de esto como un crío, y no quiero quitarle a tu colega la importancia que merece. Así que, por favor, déjame saborear el momento tranquilo o tendré que matarte por dar por culo. No te lo volveré a repetir, ¿entendido?-
Espero la respuesta. El valor que le tenga a su vida, se lo pone ella misma. Y la reacción será inmediata. Me es indiferente si el compañero me ataca por la espalda. Bueno, agradecería que respetara el duelo y se sumara a mi para pelear como guerreros. Pero no me sorprendería que, por parte de un pirata traicionero, decidiera ser poco legal. Para él hace. Él decide si quiere morir con su honor intacto o como una rata frente a sus hombres.

En efecto, cajita feliz