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[FIC – Salto temporal] Tiradora de secano, no de regadío. - Versión para impresión

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[FIC – Salto temporal] Tiradora de secano, no de regadío. - Jolyne Jones - 03-08-2025

EL ARADO

Para variar, no había nada nuevo en el distrito del olor a pescado, y una tenía que ingeniárselas para sobrevivir en un entorno hostil en el que no eran necesarios los espantapájaros. El inconveniente que teníamos en aquel reino submarino era que tan solo se nos permitía estar en una zona concreta bastante humilde.

Lo primero era averiguar si seguirían la lógica de los pescados o si tendrían sus propias normas civilizadas. ¿Estas criaturas comerían gallinas, se comerían entre ellos, o simplemente comerían algas? Me las arreglé para soltar a Jimba entre sus calles para ver la reacción de las criaturas submarinas. Solo una de ellas se acercó a ella con intenciones dudosas, pero en seguida salí de mi escondite para protegerla. – ¡ALTO AHÍ! ESA GALLINA ES DE MI PROPIEDAD – increpé al pez salmón. El muy astuto se hizo el asustado y empezó a rebuscar en los bolsillos, así que por si acaso, llevé la mano a la cartuchera, lista para lo que fuera. Pero en vez de sacar algún arma o cualquier artimaña, el gyojin me lanzó una moneda y se fue corriendo como un gorrino en día de matanza. La examiné desconfiada y me la puse entre los dientes para comprobar su dureza. No estaba nada mal, y parecía bastante resistente como para utilizarla en mis prácticas de tiro a la moneda.

Al cabo de un par de días, me coloqué en una de las calles para entrenar con Jimba. Encontré una tela usada tirada por ahí, la sacudí y la extendí en el suelo para sentarnos. Después de cruzarme de piernas, le di indicaciones a Jimba de correr en círculos cada vez que me oyera dar palmadas. No me hacía caso la mayor parte del tiempo, y se desviaba de su ruta para picotear entre la arena, pero la encaminaba nuevamente usando un palo al que había atado un gusano en la punta. Por algún motivo, los gyojin entendieron que se trataba de un espectáculo, y me empezaron a lanzar monedas cuando pasaban por nuestro lado.

La gastronomía del lugar tampoco estaba nada mal. Aunque Garnet se esmeraba en cocinar para todos, mi auténtica debilidad eran los cangrejos. Sobre todo por ese toque crujiente que les daba su recubrimiento. Además, te los podías encontrar en cualquier lado, por lo que se convirtieron en mi principal fuente de alimento. Con el tiempo, podría decirse que empecé a acostumbrarme a vivir en aquel infierno submarino. Y como todo apuntaba a que íbamos a quedarnos una buena temporada, no me quedaba otra que apañármelas para no perder la cabeza y sacarle algo de provecho a la estancia.
 
Cartas a Yojimbo
Para: Yojimbo
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Hola Capitán. ¿Sabías que a la gente submarina como Peixe se les llama gyojin y no Peixes? ¿Y sabías que no todos son familia ni se conocen entre ellos? Yo tampoco.
 
LA SIEMBRA

Ya había asimilado que tendríamos que quedarnos más tiempo el tiempo en aquel sombrío, húmedo y salado sitio, así que decidí ponerme manos a la obra entrenando mis habilidades secretas. El primer paso sería integrarme con los lugareños, ya que me había dado cuenta de la brecha tan grande de vivencias que nos separaba. ¿Quién iba a pensar que verían a Jimba como un pato? Por eso me alegré tanto al escuchar un rumor acerca de un caballo de mar en la zona. Después de pasarme el día preguntando dónde encontrarlo, me decepcioné al ver que se solo se trataba de un tipo que vendía un remedio natural con base de alga marina de las profundidades.  

Pasando a una segunda fase del plan, aprendería a sentar las bases para aprender a manejar el Haki con Triana. Según me había dicho recientemente, no solo servía para sentir aquello que no puedes ver. El Haki tenía otras vertientes de la que ya conocía, y también tenía otros usos como el de poder tocar determinados usuarios y alteraciones causadas por las frutas endiabladas. En ese aspecto, no se me ocurría alguien mejor que Triana para poder enseñarme los secretos de este poder. En ese sentido, el entrenamiento del Haki de Armamento comenzó de una forma aparentemente sencilla. Tan solo tenía que tocar a la espadachina sin morir en el intento. Fácil, ¿verdad? Pues me equivocaba completamente.

Me pasé semanas acercándole la mano con la misma rapidez con la que acariciaría un erizo. Para ella era fácil. Simplemente se quedaba sentada hojeando una revista, fumándose un puro y soltándome frases motivadoras como "ahora sin gritar, que me distraes mientras leo el horóscopo". Por suerte tenía la retaguardia asegurada. Durante mis entrenamientos, le di órdenes explícitas a Jimba de darle con el pico al dial de agua si la cosa se ponía fea. Allá donde quiera que estuviera durante mis entrenamientos, seguro que estaba preparada para salvarme.

A los días, descubrí que no hacía falta estar pegando manotazos para tocar lo intangible y que la clave volvía a estar, cómo no, en la concentración. Para entenderlo mejor, la sutil diferencia entre ambos era que el Haki de Observación había que exteriorizarlo hacia afuera, y el Haki de Armamento había que comprimirlo hacia dentro. Respiré hondo y me concentré únicamente en proteger mi mano izquierda. Cerré los ojos y acerqué mi mano al hombro de la espadachina. Estaba calmada, además de concentrada en el recubrimiento mágico de mi mano y, cuando me quise dar cuenta, había hecho contacto con ella después de mucho tiempo. Comedió su euforia con un simple "felicidades" sin separar la vista de su revista, pero ese sería solo el principio de un largo y duro entrenamiento. Al menos, ya había sentado los primeros cimientos.

Cartas a Yojimbo
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Hola Capitán. ¿Sabías que los Gyojin tienen su propia especie de caballos de mar? ¿Y sabías que es considerado ofensivo subirte a su chepa sin preguntar?
Hoy Jimba puso huevo.
 
LOS PRIMEROS BROTES

Ya habiendo iniciado el primer contacto con el llamado Haki de Armamento, Triana decidió subir el nivel del entrenamiento, seguramente porque se percatara de mis altas capacidades de aprendizaje. Según me contó, con el Haki de Armamento en su nivel más avanzado, podría imbuir partes del cuerpo para hacerlas más fuertes, o, como a mí más me entusiasmó, imbuir mis balas para conseguir ese mismo efecto. Esta vez, Triana se tomó la molestia de llevarme a una zona aislada en la que poder practicar en combate. Con toda la atención que podía tener de Jimba como espectadora, el primer paso fue imbuir mi bala con ese recubrimiento denso. Probé retorciendo la bala entre mis dedos, aplastándola con mis palmas, apretándola entre mis muelas... pero nada servía para endurecer ese cacho de metal. Jimba me miraba seriamente, dando a entender que sabía más cosas de las que mostraba. Su mirada siempre estaba en calma, por muchos piojos o moscas que la rodearan. Lo único por lo que movía el pico eran por gusanos o por maíz. —¡Eso es! Ahí di con la clave. El Haki era mi gusano, mi maíz particular.

Con un profundo respiro, deje fluir toda mi energía hacia mi palma, esforzándome por concentrarla y no esparcirla. Para pasarla a la bala, pensé en el metal como una extensión de mí misma. En lugar de usar mi cuerpo, las balas eran mi forma particular de llegar a mi objetivo. Tras algunos intentos, comencé a ver el recubrimiento en bala, cosa a entusiasmó a Triana ligeramente, quien no entendió muy bien el concepto de "ir a por mi gusano". Sin alegrarme mucho todavía, el siguiente paso era meter la bala en el cargador. Ya no haría contacto con el metal, por lo que no sabía si aguantaría imbuida. Con un rápido movimiento de dedos, metí la bala en la bala en la recamara y observé cómo parecía que el recubrimiento se perdía. Me froté la cabeza de la desesperación y me acerqué a Jimba para pedirle en voz baja que me diera otro de sus trucos mágicos. Claro que Triana era mi maestra del Haki, pero quería seguir manteniendo mi imagen de prodigio intelectual que tenía de mí. Miré a Jimba desesperada y Jimba me devolvió la mirada durante unos segundos. Parecía que tenía algo que decirme. Movía su cuello hasta aleteaba moviendo su cabeza hacia adelante. Me acerqué más a ella para escucharla, pero, en lugar de palabras, Jimba emitió un sonido hueco y húmedo. Había regurgitado una especie de larva blanca de dudosa procedencia. Miré atónita a Jimba. ¿Y si era el hijo de alguien? En aquel mundo, no sería algo tan extraño. Antes de que pudieran pillarnos con las manos en la masa, la agarré entre mis palmas y la lancé lo más lejos que pude para encubrir las huellas de nuestro delito. Miré hacia los lados y respiré tranquila al comprobar que solamente Triana se asomaba pensativa para preguntar por nuestro entrenamiento y volví a mi posición con la segunda lección de Jimba aprendida. Disparar mi bala es como regurgitar una larva.

En el siguiente intento volví a concentrar el endurecimiento en mi mano, de la mano lo transferí la bala y, finalmente, de la bala a la recámara. Ahora era la pistola la que formaba parte de mí, y no solo dependía de una simple bala. Levanté el brazo derecho y Triana se puso en posición de defensa preparándose para recibir mi disparo y, aunque apreté el gatillo imaginándome una larva saliendo por mi garganta, el primer golpe no tuvo el impacto que me esperaba. —Supongo que un polluelo no aprende a volar el primer día.

Fueron días, semanas e incluso meses los que me pasé desenfundando, disparando y recargando con movimientos cada vez más rápidos y certeros. Mis entrenamientos con el Haki también fueron prosperando, y pasé de no poder disparar una simple bala, a vaciar un cartucho entero completamente imbuido. Triana estaba tan sorprendida que cualquiera diría que tenía plena confianza en mis habilidades desde un principio.

Cartas a Yojimbo
Para: Yojimbo
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Hola Capitán. Hoy derroté a cinco tiburones karatekas. ¿Sabías que decirles a los Gyojin que podrían meter a sus hijos en peceras para que no se pierdan no lo consideran un buen consejo? Yo solo intentaba ayudar.
Hoy Jimba no puso huevo. Será el clima.
 
 

LA FLORACIÓN

Había conseguido entablar más comunicación con los habitantes de la tierra submarina, pero no me llegaba a sentir del todo integrada en su pequeña comunidad. Alguno seguía un poco receloso de las forasteras como yo. De hecho, teníamos el paso cortado y no podíamos ir más allá del distrito, lo que hacía que me sintiera aún más encerrada. Vale que solo éramos unos simples invitados en sus tierras, pero por simple curiosidad me habría gustado ver lo que tenían en el interior de su reino.

Mientras estaba liada en el barco, poniéndole escamas de pez entre las plumas a Jimba para hacerle un disfraz de Gyojin, apareció Triana con una de sus katanas en la mano. Eso solo podía significar una cosa: había descubierto que le presté su maquillaje a Jimba para que pintara un cuadro – muy feo, por cierto –. Me levanté de un salto, lista para dar explicaciones, pero con una cara de resignación, me soltó que tocaba seguir entrenando el Haki y que me diera prisa en salir. Cuando creía que había conseguido dominar algo relacionado con el Haki, Triana venía con otro entrenamiento más difícil todavía. Estaba claro que su fuerza y sus habilidades estaban a otro nivel, y esperaba que algún día pudiera estar a su altura.

Seguí a Triana hacia nuestro lugar de entrenamiento, que era el mismo que habíamos estado utilizado hasta ahora. Tampoco es que tuviéramos mucho más donde elegir, ya que estos Gyojin no se estiraban ni un poquito. Dejé a Jimba sobre la arena y comencé con unos estiramientos básicos mientras ella me picoteaba las piernas en busca de algo que llevarse al pico. Esta vez, Triana tenía para mí un entrenamiento para perfeccionar mi Haki de Observación. — ¿Más todavía? — pensé algo escéptica.

Triana mantuvo envainada su katana, y me indicó que el objetivo de nuestro entrenamiento sería predecir sus golpes antes de que los diera. Mis ojos brillaron como herraduras a la luz de la luna. ¿Había oído bien? ¿Predecir? Creo que Triana no era consciente de la cantidad de concursos que se podrían ganar utilizando esa habilidad. Imaginé lo poderosa que podría llegar ser una persona si pudiera adelantarse a los lanzamientos en el tiro al huevo, si pudiera vislumbrar en qué madriguera se esconderá la alimaña, o cuántos pasos daría el rival dentro de su saco antes de adelantarle en plena carrera. Recobré de inmediato la compostura y le pregunté seriamente cómo podría hacerlo. Triana se encogió de hombros y me respondió que yo solita lo aprendería en cuanto recibiera los primeros golpes.

Antes de que me diera tiempo a dudar de sus métodos, la vaina de su katana ya había impactado en mi brazo, lo que me hizo soltar un pequeño grito. Aunque no estaba utilizando todas sus capacidades, su velocidad de ataque era increíble. Entre golpes, intenté ganar algo de tiempo para pensar dónde cuál sería su próximo movimiento, pero la espadachina no paraba de repetirme que no servía de nada la vista, y que tenía que confiar en mis sentidos. Yo era conocida en todo mi pueblo por mi vista de lince ¿Cómo se suponía que iba a ver sin utilizar mis ojos? Hacerlo era igual de imposible que ordeñar un faisán. – ¡Espera, espera, espera! Necesito un momento para descansar y lo retomamos – dije entre jadeos. Triana se encendió un puro, y yo me senté sobre la arena a recobrar el aliento.

Una granja no se empieza a construir por el tejado —o al menos eso creo—. Si quería notar los movimientos, primero debía usar el Haki para sentir las presencias. Cerré los ojos y dejé fluir la energía a mi alrededor para sentir la presencia de Triana: estaba en calma a unos pocos metros de mí. Volví a levantarme y le respondí que estaba lista para continuar con mi entrenamiento. Con el puro todavía en la boca, se acercó para golpearme de nuevo. Esta vez solo la sentí acercarse, pero al menos lo hice sin utilizar la vista.

Era extraño, porque con los ojos cerrados no podía ver a la espadachina moverse. Sin embargo, podía sentir dónde estaba en cada momento. Los golpes empezaban a picar, y era bastante frustrante recibirlos sin poder hacer nada para pararlo. No debí llamar “viejo loco” al ciego del pueblo, solo porque tenía la capacidad de preceder la lluvia antes de que cayeran las primeras gotas sobre los cultivos. Ahora entendía que no solo existían los ojos para poder ver.

Al principio solo era una leve intuición: un “por aquí” o “por allá” lejano que venía seguido de un golpe de vaina. Pero, poco a poco, ese leve susurro se fue convirtiendo en una sensación más clara, hasta que, pasados unos cuantos días, levanté mi mano en la dirección de la vaina. Tras felicitarme levemente, repetimos el ejercicio unas cuantas veces más durante mucho tiempo. Cuando la espadachina se aseguró de que no lo hacía por pura suerte, pasamos a practicar con un entrenamiento real.

Con los ojos completamente tapados con una cinta, desenfundé mi pistola y apunté hacia Triana. Ella se mantenía a unos cuantos metros, con las katanas completamente desenvainadas. Jimba se encontraba a mi espalda corriendo en círculos, seguramente porque habría encontrado algo de su interés y no sabía por dónde agarrarlo. Con el Haki extendido a mi alrededor, Triana se acercaría por algún flanco, y yo tendría que disparar antes de que pudiera efectuar su ataque. Parar una vaina era relativamente fácil, pero atinarle a un objetivo con una bala minúscula, era otra cosa. Por suerte podía seguir confiando en mis habilidades de disparo, y no solo eso. El Haki me había dado la capacidad de mejorar la habilidad en las manos sin tener que estar visualizando a mi objetivo.

Con los ojos todavía cerrados, pude agarrar a Jimba del cuello antes de que pudiera siquiera coger el impulso para picotearme la pierna. Sabía de buena mano que a Triana le molestaba que utilizara el Haki para estas cosas, pero a mí me resultaba la mar de práctico. De hecho, era la mayor utilidad que le había dado hasta ahora.

Volviendo de mi entrenamiento, hice mi parada habitual para charlar con algunos lugareños. Me gustaba saludarles y despedirme cada vez que me los cruzaba. Al parecer, entre ellos tenían sus propias diferencias y no me había fijado hasta ahora. Tal vez por el instinto camaleónico que corría por mis venas, o tal vez por simple curiosidad, me gustaba conocer la vida de los lugareños en cada sitio que visitaba. ¿Cómo sería ser uno de ellos? ¿Qué ropa debería ponerme? ¿Qué cultivan en su tiempo libre? ¿Vacían las latas antes de escupir en ellas? Todas esas preguntas rondaban en mi mente mientras los veía hablando y riendo entre ellos. Yo también quería formar parte de ello.

Cartas a Yojimbo
Para: Yojimbo
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Hola Capitán. Hoy me infiltré entre los habitantes submarinos y logré reconocer hasta siete tipos de Gyojin distintos. ¿Sabías que se considera ofensivo llamarles “bacalao” a todos, aunque parezcan todos iguales? Yo creía que despedirse con un “chao, bacalao” estaría de moda entre los habitantes marinos.
PD. Jimba se perdió, no sé si puso huevo

LA PLAGA

Con el tiempo transcurrido, había tenido tiempo de sobra para observar cuáles eran los hábitos y las formas para relacionarse que tenía la comunidad submarina. Un día cualquiera, me levanté en el barco y me miré en uno de los espejos. Observé mi pelo rosa y las dos antenas que me salían de la cabeza. Quitando un par de pequeñas sutilezas, podría decirse que mi aspecto era bastante humano, cosa que cantaba demasiado en un lugar como este. Ya me había rondado por la cabeza un par de veces la forma en la que podría pasar desapercibida entre los Gyojin, y decidí que ese sería el día en el que lo pondría en práctica. Delante del espejo, vi como mi piel se volvía escamosa y de un color verduzco, al mismo tiempo que mis ojos se tornaban redondos en cada lado de mi cabeza. Mis dedos se juntaron dejando únicamente unas pinzas en las manos, y una cola empezó a brotarme desde la columna. Miré satisfecha el reflejo del espejo; así seguro que nadie podía sospechar de mí. Bajé del barco ya habiendo adoptado mi forma híbrida, y fui directa a una de las calles principales para charlar con algunos de los Gyojin del lugar. Al principio eran conversaciones mundanas y casuales, pero como nadie sospechaba de mi apariencia ni de mis andares, con el tiempo fui integrándome más en sus diferentes grupos. Pasé tantos días utilizando esa forma, que ya casi se me había olvidado cuál era mi rostro real.  

Uno de los días, charlaba alegremente con un pez espada cuando, de la nada me hizo una pregunta. – Por cierto… – insinuó aquel Gyojin. - ¿Tú qué pez has dicho que eras? Le miré pensativa solo unos segundos. Realmente nunca había pensado en ello. Creía que bastaba con tener una apariencia escamosa para que te tomaran por uno de los suyos. La respuesta salió casi de forma inmediata por mi boca. Antes siquiera de que pudiera pensar en la respuesta. - ¿Yo? Yo soy un pez gato camaleón. ¿No lo ves? Aquel Gyojin se me quedó mirando de una forma extraña. – No me suena ese tipo – contestó el Gyojin. Para hacer más verosímil mi relato, proseguí con la mentira de la forma más natural que pude: dando muchas explicaciones. – Pues así es. Mi padre era pez gato, y mi madre era un tipo de anguila camaleón. Muy típico por estas aguas – dije, señalando todo mi entorno. Se quedó un poco dubitativo con mi respuesta y frunció el ceño.  —Ya veo… - es lo único que respondió. Airosa por haber esquivado esa bala, me marché del lugar despidiéndome de todos como siempre. Mañana sería un nuevo día.


Mientras tanto, bajo los ojos de un humilde Gyojin…
—¡Y un cuerno pez gato camaleón! Esa extraña tenía algo que no me gustaba ni una escama. Me dirigí al bar como de costumbre, donde el tabernero Gunkan “el Pargo Rojo”, servía los mejores tragos del distrito. Allí me reencontré con mis colegas de juega; Octis y Tuna. Antes de que pudiera decir nada, Tuna, que me conocía mejor que nadie, me preguntó. — ¿Qué te pasa hoy, Beni? ¡Con la cara que traes pareces un caracol espiral! Todos reían mientras yo daba un sorbo a mi burbuja. — ¿Sabes qué me pasa? Se trata de esa forastera nueva… Dice que es hija de un pez gato y de una anguila camaleón, ¿y hace cuánto no habéis visto una anguila camaleón por aquí? Todos me dieron la razón al instante. Ni siquiera Gunkan, el más viejo de todos nosotros, se acordaba de haber visto semejante especie por el distrito. — ¿Y vosotros creéis han podido dar a luz a una criatura extraña como esa? Aquí hay cangrejo encerrado… Y me encargaré personalmente de averiguarlo.


Pasaron los días y yo continuaba con mi rutina habitual, sin cambiar ni un momento mi forma híbrida. Por suerte, nadie de mi tripulación me hizo me hizo ninguna pregunta de por qué me mantenía con este aspecto, aunque yo ya había ensayado mi respuesta varias veces. Tan solo tenía que decir que estaba entrenando cosas mías. Realmente eso no era ninguna mentira. Había aprendido a controlar mi transformación a niveles bastante más avanzados y, prácticamente, estaba más acostumbrada a salir con esa apariencia que con mi forma original. Saludé a todos los gyojin del lugar, pero me extrañó que esta vez no me respondieran como de costumbre. Algunos me contestaban en seco, otros susurraban al verme, y más de uno me esquivaba la mirada. Se hizo tan evidente, que empecé a escuchar lo que se murmuraba en los alrededores del distrito. Poniendo un poco más la oreja, se escuchabas cosas como: “Nunca he visto un pez gato camaleón” o “no sé qué se estará inventando esa extraña”. Me empecé a poner nerviosa, y ni siquiera atrapar cangrejos con la lengua o meterme entre los corales a rebozarme hacía que dejaran de estar tan raros conmigo.

Para mi sorpresa, a los pocos días, un gyojin carpa me comentó que en la plaza principal se estaría celebrando el concurso anual de la caza de cangrejos, así que me dirigí allí de inmediato. Me pareció extraño no haber visto ningún cartel o propaganda por ningún lado, pero me imaginé que sería una festividad privada a la que solo se puede acceder con invitación personal. Cuando llegué al lugar no había ni decoración, ni pancartas, ni cangrejos. Solo un grupo de gyojin con rastrillos en la mano que se acercaron a mí rodeándome. — ¿¡Quién eres y por qué estás aquí infiltrada!? Dijo una voz entre el tumulto. — ¿Acaso quieres los secretos de la revolución? ¡Tú no eres un Gyojin! Sonó otra voz, esta vez más cerca.

—Ehhh… Me quedé quieta durante unos segundos. Aunque no diría que no a conocer esos secretos, no me interesaba lo más mínimo morir por ellos. Me había metido en problemas sin comerlo ni beberlo. Si hubiese tenido piel en vez de escamas, habría empezado a sudar como un pollo en la cazuela. Pensé fuertemente en que solo quería desaparecer, y desaparecer de verdad. Cogí una bocanada de aire e hice lo que mejor podía hacer en ese momento: esconderme y huir. Me agaché al suelo y empecé a reptar entre los gyojin del lugar. — ¿¡Dónde se ha metido!? ¡Ha desaparecido! Gritaban atónitos. — ¡Brujería! Se podía escuchar de fondo.

Movían sus rastrillos al aire inútilmente, pues yo ya estaba gateando entre aletas, colas y medias piernas escamosas sin respirar y en completo silencio. Finalmente, conseguí salir de aquella masa sin que me detectaran. En un lugar en el que nadie pudiera verme, volví a mi forma original y me dirigí al barco como si nada hubiera sucedido. A mi llegada al barco saludé a todos mis compañeros, y me retiré a descansar hasta el día siguiente.

Había mantenido durante tanto tiempo mi forma híbrida, que volver a ser yo misma se me hacía extraño. Sentí un frío extraño en mi cuerpo y de vez en cuando hacía el amago de utilizar mi cola en lugar de mis manos. Por desgracia, no quería jugármela volviendo a salir por ahí con el aspecto animal. Muy a mi pesar, bajé del barco con mi apariencia natural. Me había quedado con ganas de husmear por el distrito y ver lo que se cocía por allí después de la que se había liado. Tenía la esperanza de que fuera agua pasada y que todos se hubieran olvidado ya de lo sucedido.

Pisé una especie de cartel en el suelo. ¿Sería el anuncio de una nueva festividad del lugar? En su lugar, había un dibujo mal hecho de un monstruo verde con el pelo rosa, seguido de las palabras: ¿La has visto? Se busca.

Tragué saliva y miré a mi alrededor. Todos seguían con sus quehaceres sin reparar en mi presencia. Aunque había aprendido bastante bien a controlar mi habilidad especial, el hocico me decía que no podría volver a mostrar nunca más mi forma híbrida delante de esa gente. Como parecía que con mi aspecto humano podía pasar desapercibida, seguí mi camino por otro lado. Por suerte, no nos quedaba mucho más tiempo bajo el mar.

Cartas a Yojimbo
Para Yojimbo. 
Celda en Impel Down
Hola Capitán. ¿Sabías que está mal visto decirle a los Gyojin que comerse entre ellos no se consideraría canibalismo porque su raza no los hace iguales? Yo solo intentaba explicar que, si esto sucediera entre animales de granja de una misma especie, sería un verdadero peligro. Creo que no entendieron el punto de mi pregunta.
P.D.: Encontré a Jimba usando mi Haki. Es un método bastante práctico, aunque Triana me sugirió que no lo usara para estas cosas. Se pasó el día picoteando una roca con percebes. Me refiero a Jimba, no a Triana. Triana no sé lo que hizo

LA COSECHA

Después de tanto tiempo encerrada en la prisión azul, podría decir que dediqué la mayor parte de mis días a perfeccionar el tiro subacuático, usando como blanco el centro de las espirales de caracolas vacías. Las estrellas de mar no resultaban del todo confiables. Al principio parecía que se iban a quedar quietas, pero resultaron ser mucho más astutas de lo que yo imaginaba. De hecho, alguna se molestó por estar apuntándola con la pistola. ¿Cómo iba a saber que era una criatura inteligente si ni siquiera tenía ombligo? Era todo demasiado confuso.

Después de tantos entrenamientos, me di cuenta de que estar tan concentrada desenfundando, recargando y moviendo mis manos en combate, había hecho que perdiera mis habilidades para mantener la vista puesta en el objetivo. Como al mismo tiempo había practicado tanto con el Haki, tan solo tenía que preocuparme por sentir a mis objetivos en lugar de mantenerlos con la mirada. Por otro lado, al pasar tanto tiempo concentrada en perfeccionar mis muchas nuevas habilidades, me di cuenta de que mi cabeza había empezado a olvidar viejos hábitos y técnicas del pasado, que eran útiles en su momento, pero que hoy resultaban casi inservibles. No es que hubiese cambiado mi estilo de pelea; es que éste había mutado. Como mi piel cuando me transformo en uno con la naturaleza.

En cuanto a mis relaciones con los lugareños, se podría decir que había acabado prácticamente integrada (aunque no pudiera mostrar mi aspecto híbrido, pero solo eran minucias). Y, aunque aquel mundo acuático no fuera algo para un ser de tierra campestre como yo, salía preparada para todos los peligros que nos pudiera deparar el Nuevo Mundo. Y yo no era la única que había estado entrenando. Todos los Alas Negras habían aprovechado muy bien su tiempo en las profundidades. Los que más habían cambiado eran Kenzo y Sasha, que estaban irreconocibles. Supongo que era lo propio, ya que cuando empezamos la aventura eran tan solo unos muchachos. Aun así, había visto el progreso de Kenzo y cómo se mataba a entrenar día tras día para luego pasar el resto del tiempo con el hocico metido en su cuaderno. Garnet también había mejorado bastante su forma física, y Triana había estado entrenando para sacarle juego a sus nuevas habilidades. Por otro lado, gracias a Sasha habíamos conseguido un buen precio para mejorar nuestro barco, y por fin teníamos una cocina a bordo para comer unas buenas gachas en condiciones. Tobías estuvo al frente de las reparaciones del barco, pero si no fuera por el excelente trabajo de supervisión que realizamos Jimba y yo, la reforma no habría podido salir adelante y, finalmente, conseguimos un galeón perfecto para navegar por el Nuevo Mundo.

El día de nuestra partida no pude ocultar mi alegría. Al fin volvería a sentir la brisa del mar, el calor del sol sobre la piel y el inconfundible canto de las aves que rondan esperando nuestra muerte. Con algo de suerte, pronto daríamos con tierra firme, y entonces podría tumbarme a respirar aire fresco mientras Jimba correteaba y escarbaba entre la hierba. Tal vez así volviera a su puesta de huevos habitual, dejando de lado el descontrol de este último año.

Cartas a Yojimbo
Para Yojimbo
Impel Down
Hola Capitán. ¿Sabías que algunos Gyojin tienen ombligo y otros no? No termino de entender cómo se multiplican. Ah, y también vi una piedra que se parecía a Jimba. Me confundí tres veces.
Hoy no puso huevo. Estará estresada.
 

LISTA PARA EL NUEVO MUNDO

Con todo preparado y sin ninguna tarea pendiente por hacer en aquella isla submarina, ascendimos a la superficie después de tanto tiempo. Para ello, se volvió a recubrir nuestro barco, ahora mejorado, con la capa de burbuja que nos permitía no morir ahogados. Como siempre, llevé a Jimba agarrada por las patas durante el trayecto, no fuera a ser que le entrara la curiosidad científica de ver cuántos picotazos aguantaba la burbuja antes de reventar. Cuando rompimos por fin la superficie del agua, extendí los brazos para recibir el buen clima de la superficie. Esa posición me duró poco, porque me tuve que tapar los ojos la mayor parte del tiempo hasta que me acostumbré a tener tanta luz a mi alrededor.

No sé ni cómo sucedió, pero el clima soleado se transformó rápidamente en una tormenta y de las peligrosas. No había visto una tormenta así desde aquella noche de primavera en la que desapareció mi vaca Betty y, si el clima me la quitó, podría devolvérmela en cualquier momento. Mientras el viento rugía, agitando el mar y nuestras olas, yo me paseaba por la cubierta con la vista al cielo, por si acaso veía una vaca flotando entre los rayos. Si no fuera por Tobías que estaba pendiente de que no saliera volando, ya habría caído al mar, engatusada por cantos de vaca falsos que juraría haber oído entre las olas.

Por la noche me acostumbré a dormir agarrada a Jimba, aunque no parara de revolverse y de picotear mi pelo en busca de unos piojos que ya se había comido. Intentando pillar el sueño, una noche me pareció oír a Garnet decir que se marchaba, pero yo tenía problemas mayores intentando mantener una gallina a raya.

Después de días navegando, llegamos por fin a tierra firme. Apenas pisé el suelo, me lancé de cabeza a revolcarme en la tierra gritando de alegría. Llevábamos ya un tiempo dándole vueltas a la idea de establecer una base secreta, y esa isla, aparentemente desierta, pintaba bastante bien para el plan. Estaba cubierta de vegetación espesa, por lo que era bastante probable que encontráramos algún animal extraño nunca antes visto. Me froté las manos y mandé a Jimba de vuelta al barco para cuidar de nuestras cosas. Decidimos investigar un poco los alrededores, y salvo un puñado de bichos, de matojos y de árboles, no encontré mucho más que fuera de interés.

Al día siguiente de nuestra llegada, decidimos meternos un poco más a través de la selva. Me quedé cubriendo la retaguardia del grupo por si aparecía algún animal salvaje dispuesto a embestirnos, pero después de una larga caminata apartando plantas y bichos, nos topamos con una zona menos frondosa y con signos de edificación. No parecía ser una ciudad ni tener habitantes a su alrededor, así que era probable que fuera una isla abandonada.

En todas las puertas de las instalaciones había carteles en los que ponía: “Peligro, no pasar”, cosa que no sentó muy bien a Sasha. Después de hablarlo, decidimos regresar al día siguiente para investigar la zona en profundidad. Si el nuevo mundo era tan peligroso como decían, era mejor andarse con cuidado y ser precavidos. Ese día regresamos todos al barco y, tras elaborar un buen plan —aunque mis ideas no se tomaran demasiado en consideración—, hice una minuciosa selección de qué artilugios llevarme para la misión.

Tras una noche bastante inquieta, llegó el día en el que intentaríamos desafiar las palabras del cartel. Después de darle la orden a Jimba para que cuidara de Sasha y del barco, me coloqué la pistola en la cartuchera de la cadera, el rifle al hombro y parte de mi arsenal privado de balas. Y, como par de diales tampoco venían mal, puse uno en cada bolsillo del pantalón. Tras ajustarme la gorra y despedirme de la semioni, miré a la gallina. – No nos pasará nada, Jimba… ¿O crees que tú lo harías mejor?

El terreno de aquella isla parecía más que fértil, y aunque el clima era cálido y húmedo, resultaba ideal para criar gallinas y establecer mis propios huertos en cuanto pudiera. Estaba decidido: teníamos que tomar esa isla en nuestro nombre, y protegería los terrenos con las balas que hiciesen falta. Cuando me quise dar cuenta, ya nos encontrábamos ante la gran puerta que nos separaba del interior de las instalaciones. —Igual es un poco tarde para decir esto, pero en mi pueblo también había un cartel de “Peligro, no entrar” al lado de una charca. Resultó que era porque un mapache se nos murió dentro y el agua quedó tan podrida que el que se metía salía con tres brazos.

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