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[PR/Recolección] Ungüentos del mañana - Versión para impresión

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[PR/Recolección] Ungüentos del mañana - Zhang Guolao - 04-08-2025

Ungüentos del mañana

Los días en Sorbet transcurrían al paso de Zhang, quien, como siempre, se despertaba a las primeras horas del día. La primera luz apenas lograba alumbrar los techos decaídos del sur del Reino de Sorbet. Zhang, quien llevaba unos días ocupando una casa abandonada, salía de este lugar al crujir de las tablas, que cedían ante la firmeza de las patas de aquel Mink medio burro. El cielo era hermoso. —Hmmm —resopló hacia el cielo, apuntando su ojo “bueno” al horizonte, aún pintado del naranja amanecer. Después de todo, era un lugar muy tranquilo, y aquel silencio de la vida de campo era un regalo para aquel viejo errante.

Como siempre, a su lado se encontraba Silencio, quien, aferrado al pelaje de Zhang Zhang, aún dormía a gusto entre el calor de aquella bestia. El aire húmedo le recordaba al mar. No hacía mucho tiempo que había llegado a aquel lugar, pero era imposible no sentir el dolor en el aire, de un pueblo hambriento y olvidado. Zhang caminó con pasos torpes y lentos, y se aferró a aquel bastón de madera con el que solía salir a caminar. Apretó con delicadeza la cabeza de aquel pequeño mono y emprendió su camino hacia una nueva aventura.

Zhang se desperezó y, apoyándose en su pierna de madera, comenzó a andar, recordando que había pasado un día entero reorganizando la biblioteca del lugar, reparando pasadizos y ayudando a otros a tratar la historia con amor. —Hmmm —refunfuñó al aire cómplice de su última aventura. Gracias a ello logró encontrar unos libros de flora, y para su sorpresa, Sorbet era un lugar ideal para reabastecerse. Hacía unos días, Silencio había tenido una breve lucha con un animal salvaje, y Zhang había gastado su última reserva en aquel compañero que lo seguía a todos lados. Lo observó con ternura, reconociendo en él un gran número de cicatrices, recuerdo de incontables batallas. Aquel Silencio era todo un pirata.

El ungüento estaba casi agotado, y Zhang lo sabía. Aunque no esperaba necesitarlo pronto, intuía que alguien podría aparecer buscando consuelo. Con un suspiro, se incorporó y se quitó la cadena con cuidado. Silencio abrió un ojo y bostezó, desperezándose al instante. Zhang le pasó la mano por la cabeza nuevamente y luego guardó la cadena en el interior de su túnica, junto a su cuaderno. —Hmmm… si vamos a andar de andariegos, mejor hacerlo bien —murmuró, rompiendo el silencio.

Sin más, emprendió el camino en busca de materia prima para sus preparaciones: hojas secas, flores de muchos colores, sustancias extrañas que pocos conocían por su valor medicinal. Pero los años le habían dotado de un conocimiento ancestral. El camino fue lento, y encontrar lo necesario no iba a ser del todo sencillo, pero tenía todo el día para ello. —Además tengo ayuda —bufó, mientras miraba a Silencio, aún dormido en su regazo.

En Sorbet existía un huerto comunal, o al menos esperaba que así fuera, pues Zhang tomaba todo lo que necesitaba sin permiso de nadie. Aquel lugar era perfecto para un viejo como él, pues ese laberinto de tonos alimentaba un poco el alma del burro. Había plantas, arbustos, flores, hierbas… y para un ojo literal tan entrenado como el suyo, era fácil encontrar las de mejor calidad para sus preparaciones.

Caminaba lentamente, observando todo a su alrededor. La calma y el silencio del lugar solo eran interrumpidos por el viento imponente y, a veces, por un mono dormido que luchaba contra el aire. Se mantenía alerta a todo. Con cada paso lento que daba, atrapaba entre sus pezuñas ciertas flores de colores, y una que otra hierba. Con la debida manipulación, era más que sencillo crear recetas “mágicas”. El conocimiento era todo un poder, y poco a poco la bolsa fue aumentando su tamaño.

Sin embargo, sus movimientos no eran los más veloces, y con una calma absoluta, el burro analizaba su entorno. En ocasiones se perdía por minutos enteros observando una planta, una flor o un simple insecto. Desde hacía años, había aprendido de la belleza del momento y de la importancia del ahora. Silencio lo sabía, pues estaba feliz destrozando por completo un campo de flores hermosas. Zhang no se inmutó y continuó lentamente, buscando los materiales perfectos.

Un médico no era nada sin sus materiales, y con toda esa vegetación de Sorbet, estaba claro lo que prepararía. Si encontraba algunas raíces de loro por el lugar, serían ideales para tratar las heridas. Pétalos y tallos de una rosa típica del sur servían para quemaduras por sus propiedades antisépticas. Pero lo más complejo —y a su vez importante— era una extraña grasa vegetal que podía encontrarse brotando del interior del árbol Berú. Zhang se inclinó con cuidado frente a cada planta, cortó con torpeza la raíz correcta (a veces la incorrecta) y aplastó el pasto con sus pezuñas. Encontró una que otra planta que no conocía, la guardó con el fin de estudiar algo especial en ella, lo anotó en su libreta y continuó.

Continuó su camino hasta encontrar un tronco caído de un viejo árbol, como si el dios Nika le estuviese bendiciendo. Pues el ingrediente más difícil de conseguir yacía en el suelo, esperando ser útil hasta el final de sus días. Zhang, con respeto y admiración, se sentó en silencio al costado del árbol, y cerrando su ojo, le dedicó un par de cantos y oraciones. Como respuesta a lo sucedido, comenzó a meditar con su burro interior para entender el regalo del universo, y poco a poco fue pasando el tiempo sin sentirlo. Pasó más de una hora.

Zhang abrió su ojo con delicadeza y observó su entorno borroso, mientras se acostumbraba a la luz del mediodía. El sol pegaba fuerte sobre su torso, y al buscar un poco, logró encontrar a Silencio bajo la sombra de aquel árbol muerto. —Hmmm —dijo mientras se colocaba de pie. Silencio despertó.

El árbol llevaba un tiempo en el lugar y parecía algo seco, pero su madera era fuerte como roble. Aquel burro se agachó y, como último acto de respeto, pidió permiso al árbol para obtener aquella grasa que brotaba en su cuerpo. Al levantarse, dio un fuerte golpe con su pata, y su pezuña atravesó fácilmente aquella corteza, que una vez rota, permitió que aquella grasa brotara lentamente por el cuerpo moribundo del árbol Berú. Se apresuró contra el suelo, y tomando unos vasos y cuencas que llevaba, comenzó a almacenar aquella grasa poco a poco.

Silencio lo imitó y metió un poco de aquella sustancia pegajosa en su boca, masticándola con curiosidad. Zhang soltó un bufido: —Hmmm… mono… pero tú no eres paciente para estas cosas —dijo, mientras Silencio casi se atoraba con la grasa. Emitió un pequeño chillido como respuesta. Zhang sonrió y recogió un poco más; además, tomó un par de semillas para sembrar nuevamente el árbol. Con todo eso, ya estaban preparados para el ritual de preparación.
Zhang sonrió y recogió un poco más; además, tomó un par de semillas para sembrar nuevamente el árbol. Con todo eso, ya estaban preparados para el ritual de preparación.

Sus días en aquella isla de médicos y aves le habían mostrado nuevas formas de preparar su ungüento favorito, además de medicinas y plantas que ayudaban bastante a mejorar la salud. Era casi un saber milenario. Para que el efecto fuese mejor, era importante empezar el ritual en el ocaso. Zhang estaba lejos de la choza, por ello debía emprender el retorno lo antes posible. Quería quedarse a recoger más materiales, pero necesitaba hacerlo ese mismo día. Pronto sería luna llena, y entre menos saliera de noche, mejor para todos.

Zhang y Silencio regresaron a la choza, con el paso del tiempo entre sus patas y la calma absoluta del fondo del mar. Sorbet, hasta ahora, había sorprendido a Zhang: lugares mágicos, miseria, amor, lectura, amistad... y aún faltaba tanto por descubrir. Una vez más, golpeó el suelo con firmeza. Pum. Un impulso automático, pero necesario. Faltaba poco para llegar.
Poco a poco, paso tras paso, terminó llegando a su hogar momentáneo, que vibraba por el peso de aquel Mink anciano y la cirugía del dolor. Con calma, Zhang encendió un pequeño horno rudimentario. Colocó el mortero y llenó una cacerola con agua de lluvia. Con una presión casi quirúrgica comenzó a ejercer la fuerza suficiente para triturar aquellas hojas secas, que poco a poco se transformaban en un menjurje mágico para curar dolores. Agregó nuevos materiales: algunos pétalos, otras raíces, y en ocasiones un poco más de agua. Medía con cuidado; no cabía ningún tipo de error.

Por su lado, Silencio se encontraba muy cerca, jugando con unas semillas que había encontrado por el camino de regreso a casa. Como si también él creara algo asombroso, aquel animal golpeaba con sutileza el suelo, imitando a su maestro. Zhang lo observó de reojo, sin dejar de mover la mezcla en su cuenco, y soltó un resoplido cálido. —Todo a su tiempo —le dijo, mientras le daba unos suaves golpes en la espalda, como quien alienta a un hijo.

Mientras el vapor impregnaba la choza, Zhang machacó y le añadió color a la mezcla. Ahora tenía un color rojo sangre, pues ese color debía verse desde la verdad: como símbolo de vida y unión universal. Quien observara todo lo que sucedía en aquel lugar, debía sentirse transportado a los libros de fantasía que rondaban por los mares. Antiguas leyendas mágicas y únicas: magos y misterio, fantasía y poder. Y así, mientras el humo inundaba la choza, el ambiente se sentía más místico y sagrado.

Silencio se quedó dormido sobre unas hojas. Zhang lo cubrió con un pañuelo viejo, deshilachado pero limpio, y continuó su tarea. Con dulzura, comenzó a revolver aquellas mezclas que iba generando en el mortero. Había logrado producir tres frascos: uno para inflamaciones y dolores, otro para cortes profundos, y el último para picaduras. Los cerró con tapa de corcho y los etiquetó con símbolos simples: cruz verde para golpes, gota azul para heridas, y un triángulo para las picaduras. Ahora faltaba el paso más importante: esperar en silencio y meditar a los dioses para que aquello tuviese el efecto deseado.
Se recostó en el suelo y miró el techo. Cerró su ojo. El bastón estaba a su lado. Su pierna golpeó con suavidad el piso, no por inquietud, sino como reflejo del pensamiento. Pum. Y en medio de plegarias y conversaciones internas, fue culminando aquel ritual de vida. Así pasó más de dos horas, y se hizo la noche.

Sabía que quizás no usaría ninguno de los ungüentos. Pero prefería estar preparado. El camino en Sorbet era generoso, pero también desconocido. Tenía que estar listo para lo que el destino tuviese preparado para ellos. El tiempo transcurrió sin novedad. El calor fue cediendo. Zhang golpeó el suelo con fuerza, instintivamente. Pum. Silencio se despertó y se incorporó con curiosidad, mirando hacia la puerta como una premonición de lo inevitable.

Toc, toc, toc. Sonó tres veces aquella puerta. Veloz, casi con prisa o desesperación. Un sonido agitado comenzó a llegar del otro lado de la entrada. Zhang se levantó lentamente, apoyando la fuerza en su bastón. No tenía las piernas débiles, pero era una costumbre de los años. —¿Quién pregunta? Hmmm —reclamó suavemente, exigiendo una respuesta mientras abría aquella puerta con delicadeza. Del otro lado apareció una figura diminuta, anciana y maltratada por una vida de pobreza en aquel rincón del mundo.

La mujer lloraba y suplicaba. Entre lágrimas y unos alaridos indecifrables, Zhang logró percatarse de una herida que sobresalía en su rostro. Con la sabiduría de los años, apresuró a aquella mujer a entrar a su casa. Y entendiendo el destino, tomó uno de los frascos que había logrado preparar en aquel momento. —Los dioses te han traído a mi puerta, mujer. Ten certeza de que te sentirás mejor. Descansa y alivia tu ser —mencionó, mientras le acercaba una taza de té a la anciana. Tras esto, todo sucedió… muy lento, con la lentitud que lo caracterizaba. Se tomó su tiempo para limpiar, lavar y curar aquella picadura de todo mal. Y para finalizar el tratamiento, aquel Mink untó aquel menjurje, resultado de su esfuerzo y del regalo de la naturaleza.

Allí pasaron unas horas donde el silencio fue el protagonista de la noche. La mujer, por su parte, llegado el momento, quedó dormida en una cama improvisada, rendida del dolor y llena de la satisfacción de quien se reconoce sano. Zhang la miró con dulzura, y se sintió feliz de poder ser útil, comprendiendo un poco los designios del universo. Guardó los frascos restantes, el ungüento y la medicina. No habían sido fáciles de conseguir, por lo que debía conservarlos como un regalo divino.

El día había sido muy largo. La mujer se marchó. Y al final, como era costumbre, terminó junto a su fiel amigo, quien ya rendido por el cansancio, se aferraba a su espalda peluda. Zhang golpeó el suelo con suavidad; no quería despertar a Silencio, pero ese tic a veces era más poderoso que él mismo. Estaba cansado, y seguramente el Reino de Sorbet traería un sinfín de desafíos. Era mejor dormir. Y así fue: Zhang se tiró al suelo y, como un animal salvaje, se durmió contemplando la luz de una luna tenue. Hoy no era luna llena, y eso debían agradecerlo todos... pero esa, ya es otra historia.
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RE: [PR/Recolección] Ungüentos del mañana - Saint Sheperd Ju Peter - 05-08-2025

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