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[FIC] [Presente relativo] El collar - Varoganchin - 09-08-2025 Día 76 de Primavera // Año 16
Varo continuaba impactado tras su encuentro con el contralmirante Robingo. No podía creerse sus palabras. Las mismas que habían traído pensamientos a su cabeza que nunca se había imaginado. Posibilidades que nunca pensó estarían a su alcance. Pero aquello no era para él. Su vida dependía del jefe Reena. Era quién le había robado la libertad hacía años, pero ahora le daba la oportunidad de obtener reliquias y arte que restaurar. Siempre había querido seguir los pasos de sus padres; exploradores, historiadores, amantes de cualquier objeto de otra época. Y esa era la mayor cadena que tenía Destrutore sobre él. Si no recuperaba su colgante no creía poder volver con sus padres.
El aire puro que había estado respirando en la selva comenzaba a enrarecerse a medida que se acercaba a la ciudad, pero agradeció el sol sobre su pelaje, alborozado y húmedo a causa del clima selvático. Se quitó una hoja que aún llevaba enredada en su pelo y avanzó con paso firme. Feliz. Radiante. Hoy era un gran día. Había conseguido una reliquia que estaba seguro alegraría al jefe Reena. Un tesoro de una antigua civilización perdida en la selva. Uno de valor incalculable, tan incalculable como el que tenía el colgante de Varo para el mink. Al fin podría conseguirlo. Se veía mucho más cerca de su pueblo. Ya sentía el calor del abrazo de sus padres. Paso tras paso, el mink continuó sin detenerse hacia el distrito donde el Destrutore Reena tenía su residencia. Una zona elegante de la ciudad. Cualquier persona pensaría que se trataba de un noble. Y prácticamente así lo era. El jefe disfrutaba de los privilegios de dicho estrato social, como si fuese descendiente de una gran casa de las gestas que le contaba su madre de pequeño. Nada más lejos de la realidad. El jefe había ganado su posición a base de engaños, robos y extorsiones, pero mantenía esa fachada de hombre rico que había llegado de otras tierras. De otras tierras había venido. Eso era cierto. Y de otros modales estaba hecho. Nada de grandes casas. Familia de la mafia. Proveniente del West Blue, donde sus antepasados forjaron un imperio en las sombras y de donde tuvieron que huir. Destrutore había pasado los primeros años de su vida en las calles junto a su familia. Su padre le contaba lo poderosos que eran sus antecesores y la traición por la que fueron perseguidos y expulsados. Reena juraba que devolvería el renombre a su familia. Y así lo hizo, a base de ser implacable con los demás delincuentes callejeros. Amedrentándolos hasta conseguir una banda, luego una organización. Finalmente, un imperio. Ahora ya controlaba todo el Reino Samba, al menos desde las sombras. Las sombras por las que se movía Varo. Las mismas que le permitían tener contacto con piezas tan valiosas como las que había conseguido aquel día. Llegó hasta la residencia Reena. Accedió por la zona dedicada al servicio. La principal solo era digna de los condes o marqueses que venían a visitarlo o a alguno de sus bailes. Pasó junto a unos camareros que corrían ajetreados, como si el tiempo se cerniese sobre ellos con la peor de las intenciones. Como una cuchilla pendiente de caer sobre sus nucas si no estaba todo previsto a la hora indicada. Uno de los matones de Reena recibió a Varo y lo llevó ante el jefe. —Ah, chico. Me alegra verte —dijo agitando una mano con un claro gesto para que se acercase—. Ven. Muéstrame que traes para mi. —Estoy seguro de que esto le gustará —contestó Varo, su mano salía de la mochila, su gesto de orgullo—. Es una máscara ritual Totoca, una civilización pérdida que habitaba las selvas de este reino. Creo que es lo más valioso que he conseguido nunca. Varo mostró una máscara dorada, con gemas engarzadas a modo de diadema. El rostro parecía algo casi animal, pues su boca simulaba tener unos colmillos con aspecto afilado, peligrosos. La luz se reflejaba en ella como si el paso de los años no le hubiese hecho mella. Llevaría siglos allí perdida y sin embargo, parecía haber sido pulida ese mismo día. El jefe abrió los ojos y una sonrisa avara se dibujó en su cara. —¡Oh! ¡Sí! Ese es mi saqueador. Bravo, chico. Trae. Dámela. Quiero verla de cerca.
Varo obedeció y le pasó la máscara al jefe. —Según he podido saber por los libros que he podido ir leyendo, en ese pueblo había gente que se encargaba de hacer hechicería para defender a los débiles y castigar a los malvados. Otros libros hablan de las capacidades de estos hechiceros para tratar enfermedades. Algo sorprendente para tratarse de... —Sí, sí. Muy interesante —interrumpió Destrutore, sacudiendo una mano como el que espanta una mosca—. ¿Crees que está hecha de oro? ¿Cuánto podría valer? —Eh... Bueno. Seguramente solo se trate de una cubierta de oro. Se nota que es ligera. Madera quizá —contestó el mink, frustrado tras ver cortada su explicación—. Su valor no viene de los materiales de que está hecha, sino de su valor histórico. Es una pieza única. Algo excepcional. —¿Y esto? —preguntó interrumpiendo de nuevo, mientras señalaba las gemas—. Estas sí son de verdad, ¿no, ragazzo? Varo suspiró frustrado. —Sí, se trata de rubíes y esmeraldas. Bastante bien talladas para los medios de que dispondrían. —¡Jajaja! ¡Bravo, bravo! El ragazzo se ha ganado una recompensa, sí. Espero poder vender estas gemas por muchos berries. El jefe permanecía en su silla, girándo en ella, recostado hacia atrás. Su papada rebotaba con cada risa y revisaba la máscara sin cesar. Varo se armó de valor. Mucho valor, pues era necesario para lo que diría a continuación. —Jefe yo... Llevo años a su lado. Siempre he demostrado ser leal a usted y le he conseguido las obras que me ha pedido. Tuviesen dueño o no —se detuvo un instante. Lo justo para tragar saliva. Lo justo para reforzar su valor—. Por eso me gustaría pedirle si podría devolverme mi colgante. Reena se detuvo en seco y golpeó la mesa, sobre la que se inclinó. Su mirada había cambiado de la avaricia y felicidad a una agresividad como no había visto antes Varo. O tal vez sí, la primera vez que intentó recuperarlo. —¿Acaso no lo has entendido? Ya no es más tu colgante. Es mío. Mi fianza. Me pertenece. Tú... tú me perteneces. Las palabras de Reena pusieron a hervir la sangre de Varo. Siempre le había mentido. Nunca tuvo intención de devolverle su colgante. Su pasado. La guía a sus padres. La mano del matón de Reena se posó sobre su hombro con el peso de un buitre hambriento que cae sobre el cadáver que lo va a alimentar. Y ahí sus esperanzas se diluyeron. Ya entendía que no conseguiría volver a su vida anterior. Nunca podría ser un explorador por el mundo. No podría ser libre. Nada de nuevas vidas... Se marchó a empujones del despacho de Destrutore Reena. Su mirada no se despegaba del jefe, el cual estaba forzando las gemas de la máscara con un abrecartas. Ya había conseguido despegar alguna que otra. Viejo avaro... Y en ese instante, cuando la puerta se cerró tras de él, con una metáfora perfecta de lo que acababa de suceder, tomó la decisión. Él ya no era el mismo que hacía trece años. Sus habilidades habían mejorado mucho. Tanto que se había convertido en un ladrón imperceptible. Nunca lo atrapaban. Rara vez debía enfrentar a un guardia. Así que lo supo. Esa misma noche, recuperaría su colgante. |