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[Pasado. Privado] Peace, training and a small talk - Zhongli Quan - 12-08-2025 [Día 58 de Primavera. Año 16] En sus manos, su arma silbaba contra el viento con cada corte que daba: Cortes rápidos, ensayados una y mil veces, de cuando el alba se hacía presente hasta que el ocaso ahogaba en tonos anaranjados y rojizos del firmamento. Allí estaba, entrenando su técnica con una maestría adquirida con el paso de los años. El amanecer apenas insinuaba su luz cuando Zhongli Quan tomó su guan dao. El filo pesado descansaba como una bestia dormida, y solo la tensión en sus brazos podía mantenerlo bajo control. Cerró los dedos sobre el astil, sintiendo la ligera aspereza de la madera y el acero contra la piel, exhalando profundamente para vaciarse de cualquier pensamiento. El primer movimiento fue un barrido circular desde la guardia alta. El peso de la hoja tiraba hacia abajo con insistencia, obligándole a usar no solo la fuerza de sus brazos, sino la coordinación de hombros, espalda y piernas. El arco completo del corte trazaba un silbido denso en el aire; no era rápido, pero sí preciso. Cada repetición reforzaba el vínculo entre la hoja y su cuerpo, como si fueran una sola entidad. Enseguida pasó a giros de tronco con su arma en posición horizontal. La Guan Dao se mantenía a la altura del pecho, y el trabajo recaía sobre los músculos oblicuos y lumbares. Giraba a la izquierda y derecha, sintiendo cómo la resistencia de la hoja aumentaba con cada grado de rotación y con cada segundo que pasaba. El sudor comenzó a recorrer su espalda, mientras las plantas de sus pies mantenían contacto firme con el suelo, anclándose a la mismo. La siguiente serie era de estocadas frontales. Con la hoja apuntando hacia adelante, impulsaba desde la cadera, empujando como si atravesara un muro invisible. El impacto del peso se absorbía en sus rodillas, y el latido acelerado en sus sienes le recordaba que no había descanso en esta parte del entrenamiento. Después, tomó de su arma por detrás del hombro, realizando golpes ascendentes. El filo se elevaba desde el suelo en un ángulo agudo, como si desgarrara el mismo cielo. Sentía el trabajo concentrarse en antebrazos y dorsales, y la respiración se sincronizaba con cada subida: inhalar en el descenso, exhalar con fuerza al elevar. Terminó con una secuencia de encadenamientos fluidos: barrido lateral, empuje, golpe ascendente, torsión, y nuevamente barrido. Sin pausas, dejando que el movimiento previo alimentara al siguiente. El cansancio quemaba en sus músculos, pero también afinaba su conciencia corporal. El filo ya no era un peso muerto, sino una extensión viva que respondía a cada ajuste de postura. Cuando finalmente detuvo la secuencia, sus manos ardían y sus hombros temblaban por el esfuerzo. Sin embargo, en ese temblor había una satisfacción silenciosa: cada repetición había reforzado su control, y cada gota de sudor había pulido un poco más la unión entre su fuerza y la del arma. Asintió para sí mismo, girando su arma entre sus manos y dedos para dejar el pomo tocando el suelo, con el filo alzado al cielo mismo en posición de descanso. Era intenso, pero no más que un simple calentamiento. Esta vez sostuvo el arma con ambas manos, y usando una fuerza creciente que nacía desde sus cuádriceps, que ascendía a su cadera y se comprimía en su abdomen, yendo a sus brazos. Los bíceps, sus tríceps, sintiendo como su antebrazo extendía sus músculos para acumular esa potencia venidera. Avanzó un paso, y utilizando esa misma potencia ahora acumulada, soltó un corte que no sólo hizo silbar al viento, sino que sacudió de este cual tempestad, levantando una densa nube de polvo. No fue sólo un golpe, sino una secuencia de estos que continuaban con cada avance y retroceso que daba. Golpes firmes, pesados y fuertes capaces de cortar un tronco a la mitad de manera limpiar, o el cuerpo de algún infeliz que estuviese al otro extremo. No obstante, sentía que algo aún faltaba en su técnica, y eso hizo que en su rostro una mueca de desagrado se posara ¿Cómo podía conseguir ser mejor? Sabía que su cuerpo colaboraba, pero percibía ese poder dormido que se negaba a salir, similar a una sensación de cuando se sabe que se puede hacer mucho más, pero no ocurre. Suspiró pesado, llevando una mano a sus cabellos para rascar de estos en gesto molesto. ─ Hmm… ─ Tal vez debería buscar otra manera. Tomar atención a sus movimientos y a cada músculo, buscando la manera de sacar su verdadera fuerza. RE: [Pasado. Privado] Peace, training and a small talk - Heissiani - 12-08-2025 La mañana en la Villa Shimotsuki amanecía impregnada por el aroma metálico de las forjas y el compás constante de los martillos golpeando el acero. El sol apenas rozaba los tejados con tonos dorados, pero ya se oía la actividad en los dojos y en el santuario, donde los primeros practicantes afinaban sus técnicas. En esta isla, la disciplina se respiraba como el propio aire; cada rincón era un recordatorio de que la fuerza no solo era un don, sino un legado. Heissiani había llegado la noche anterior, tras varios días de viaje costeando pequeñas islas del East Blue. No buscaba retar a nadie ni probarse en combate, sino rastrear fragmentos de historias antiguas: relatos de embarcaciones legendarias forjadas con metales únicos, extraídos de las minas cercanas. A su lado, como siempre, Na’ali descansaba sobre sus hombros; la serpiente blanca mantenía la cabeza erguida, atenta pero serena, como si intuyera que allí no había peligro. A diferencia de la mayoría de visitantes, no se dirigía a los dojos ni pretendía inscribirse en torneos. Sin embargo, su presencia no pasaba inadvertida. El porte tranquilo, el colgante de loto que reposaba en su pecho y el paso silencioso sobre el empedrado despertaban miradas curiosas. Sus ropas eran ligeras, acordes al clima, pero con detalles que hablaban de cuidado y elegancia, más cercanos a lo ceremonial que a lo marcial. Sabía de los entrenamientos matutinos en el santuario y, aunque no participaría, intuía que observar podría enseñarle más que cualquier conversación. No sobre el arte de la espada en sí, sino sobre la mentalidad de quienes lo practicaban. Así, subió la escalinata de piedra que conducía al templo… y se detuvo. En el centro del ring de prácticas, un hombre —o más bien, un coloso— se movía con un arma que parecía hecha para titanes. Medía más de cuatro metros, y la guan dao que blandía recordaba a un mástil de barco transformado en hoja mortal. Cada barrido de la hoja emitía un silbido grave, desplazando el aire con la fuerza de un vendaval y levantando motas de polvo a su paso. No era solo la magnitud de su fuerza lo que impresionaba, sino la precisión y el ritmo paciente de sus movimientos, trabajados con una disciplina casi monástica. Heissiani no era ajena al poder físico, pero había algo en la forma en que aquel guerrero entrenaba que la retenía allí. No buscaba la exhibición ni el aplauso: parecía conversar con su arma, como si esta le pusiera a prueba y midiera si era digno de desatar su verdadero potencial. Permaneció al margen, observando cómo pasaba de movimientos medidos a secuencias fluidas que hacían vibrar el suelo. Na’ali, inquieta por la vibración, alzó la cabeza y siseó suavemente. Heissiani le acarició el lomo casi sin pensarlo, antes de atrapar un mechón propio y comenzar a enredarlo entre los dedos, un gesto que repetía cada vez que evaluaba algo con atención. Sus ojos seguían cada giro de torso, cada respiración profunda, cada pausa mínima que él tomaba como si midiera una línea invisible en el aire. De pronto, un golpe más potente que los anteriores levantó una nube de polvo que se extendió hasta el borde del ring. Ella alzó una mano para cubrirse el rostro, y cuando la visión volvió a aclararse, vio en el semblante del guerrero una mueca breve, insatisfecha. Sus movimientos le habían parecido impecables, y sin embargo, él parecía convencido de que algo faltaba. Reconoció esa exigencia silenciosa: la misma que veía en navegantes que detectaban un cambio en el mar antes de que ocurriera. Titubeó, con Na’ali acomodándose alrededor de su cuello mientras sus ojos se fijaban en el arma. No era una lanza cualquiera, sino una guan dao de hoja amplia y equilibrada para cortes y barridos. En Amazon Lily había visto guerreras entrenar con armas de asta, pero ninguna se acercaba a la magnitud de esa hoja ni a la forma en que él la dominaba. Un elogio surgió en su mente, aunque la timidez le empujaba a permanecer en silencio, temiendo romper el momento. Aun así, avanzó un par de pasos, lo bastante cerca para que sus palabras pudieran alcanzarle sin imponerse. Bajó la mirada un instante antes de hablar y, con voz suave, dejó que la curiosidad se filtrara en cada sílaba: — Su… su manejo es muy firme para un arma tan pesada. — Hizo una breve pausa, enredando aún el mechón entre sus dedos — La guan dao… no es fácil de domar. RE: [Pasado. Privado] Peace, training and a small talk - Zhongli Quan - 13-08-2025 Estaba tan enfocado en su entrenamiento que no notó de inmediato una presencia ajena a él en la escena, o al menos no fue hasta que escuchó su voz llegar a él, traída por la brisa suave que serpenteaba entre los árboles. Era una voz que no se alzaba más de lo necesario, modulada, y con una cadencia que evidenciaba práctica y dominio de la palabra. Aquella entonación hizo que sus ojos se desviaran ligeramente, apenas lo suficiente para captarla de reojo. La observó mientras sostenía la Guan Dao desde el asta, percibiendo que ella, aunque distante, parecía analizar cada uno de sus movimientos. Un suspiro largo escapó de sus labios, cargado no solo de fatiga física, sino también de un extraño cúmulo de expectativa y energía contenida. La sensación de vibraciones internas le recorría el cuerpo, como si cada músculo, cada fibra, exigiera más. Ardían. No por el simple ejercicio, sino por esa necesidad insaciable de perfeccionarse. Él sabía que todavía había mucho por hacer antes de concederse el lujo del descanso. Respondió con un leve gruñido, un sonido breve, grave y sin forma de palabra. No necesitaba responderle con frases; en ese momento, su diálogo estaba en la precisión y el peso de cada movimiento. Reajustó el agarre y colocó la Guan Dao en posición a media asta. Respiró hondo, llenando sus pulmones hasta el límite, y entonces la hoja comenzó a bailar. Sus movimientos se transformaron en una serie de golpes perforantes, fluidos y encadenados, cada uno imaginando la defensa de un enemigo invisible. Lo veía en su mente: un adversario firme, armado, que trataba de interponer barreras contra él. Pero cada corte, cada embate, atravesaba esa defensa imaginaria. La hoja se clavaba y desgarraba, tiñéndose con la sangre ficticia de oponentes que no existían más que en su mente. No era el daño lo que le provocaba satisfacción, sino la exactitud de su técnica en ese escenario simulado. Aunque, en el fondo, se preguntaba si realmente sería suficiente en una lucha real. El filo descendió en un arco más brusco, y casi sin pensarlo, lanzó una estocada contra un tronco cercano. La hoja no se detuvo al primer contacto: penetró la corteza, hundiéndose hasta partir la madera en dos. El tronco cedió con un crujido seco, quedando apenas el tocón como soporte. El resto cayó a un lado, inerte. — No es suficiente… — murmuró para sí mismo, y su voz dejó escapar un matiz más humano, cargado de frustración. Un suspiro, esta vez más pesado, acompañó sus palabras. Con un gesto pausado, apoyó el arma y se dejó caer al suelo, adoptando una posición de piernas cruzadas. La Guan Dao descansaba verticalmente, sostenida por la parte inferior del asta, como si aún necesitara sentir su peso incluso en reposo. Alzó la vista hacia ella. Su mirada la recorrió sin disimulo, observando detalles que quizá otro pasaría por alto. Sus ropajes no correspondían a la región; la tela, el corte, la forma en que caía sobre su figura hablaban de un origen distinto. Había en su porte una sutileza que no desentonaba con la fuerza implícita en su sola presencia, como una belleza velada por un trasfondo que él no lograba descifrar todavía. Zhongli no respondió de inmediato a sus palabras. Simplemente, las procesó en silencio. Efectivamente, la hoja que empuñaba era más pesada que cualquier Guan Dao convencional. Pero esa desventaja aparente era, para él, parte de su perfección: un reto que, junto a su fuerza de semioni, se convertía en ventaja abrumadora. Sus ojos se posaron en el filo. La luz del sol se reflejaba sobre él, delineando sus bordes y resaltando cada pulgada pulida. Ese brillo tenía algo hipnótico, casi tanto como la incógnita que representaba la mujer ante él. Desvió la mirada de nuevo hacia ella, repasándola de pies a cabeza con un examen meticuloso, como si quisiera asegurarse de memorizar cada trazo. Incluso sentado, aún le superaba en altura. Aquella diferencia física solía ser motivo de incomodidad en ciertos contextos, pero en otros le servía como ventaja tácita. Aquí, no estaba seguro de si importaba. Lo cierto era que su porte, sumado a la sombra proyectada por su altura, le confería un matiz imponente incluso en reposo. El viento volvió a deslizarse entre ellos, llevando el aroma de tierra, madera cortada y un leve toque metálico proveniente del arma. Él lo inhaló lentamente, como si quisiera grabar en su memoria ese momento, antes de decidir si continuaría con el entrenamiento o si, por una vez, permitiría que la conversación se impusiera a la práctica. RE: [Pasado. Privado] Peace, training and a small talk - Heissiani - 15-08-2025 Heissiani permaneció inmóvil unos instantes, observando cómo el coloso volvía a sumergirse en su entrenamiento tras aquella breve respuesta gutural. No había en sus gestos rastro de cortesía innecesaria ni de arrogancia: todo en él estaba enfocado en el filo de su guan dao y en la precisión con que debía recorrer el aire. Sus ojos siguieron el nuevo flujo de ataques, más directos y perforantes, como si atravesara un enemigo invisible que solo él podía ver. El silbido grave del arma al cortar el viento le provocaba una sensación extraña, mezcla de admiración y de una inquietud sutil, como si fuera testigo de algo que no estaba destinado a ser contemplado. El golpe final, al partir el tronco, resonó en su pecho como un eco seco. Heissiani entrecerró los ojos ante el polvo y el aroma fresco de madera rota, y al volver a mirarlo percibió la frustración en su murmullo. No era tanto el estruendo lo que la había retenido, sino la manera en que había pronunciado aquellas palabras: “No es suficiente”. En su experiencia, no todos los guerreros admitían en voz alta una insatisfacción propia, y menos en medio de una demostración de fuerza que habría dejado sin habla a cualquiera. La certeza de que, incluso en semejante despliegue de poder, se considerara insuficiente le resultaba fascinante… y peligrosamente familiar. Na’ali movió la cabeza lentamente, siguiendo la vertical del asta de la guan dao hasta el filo que aún parecía latir con la energía del último impacto. Heissiani sintió, casi como un eco, esa vibración interna que acompaña a quienes no se conforman, aunque desde fuera parezcan haber alcanzado la cima. Ella conocía bien ese pulso: el de las navegantes que, incluso en aguas tranquilas, revisan las velas una vez más, anticipando una tormenta invisible. Su mirada recorrió el espacio que los separaba. La distancia prudente que había mantenido no era casual: bastaba un giro descuidado de aquella hoja para que el aire mismo se volviera cortante. Aun así, avanzó un paso, apenas lo suficiente para que la diferencia de alturas no se sintiera como un abismo infranqueable, sino como un puente aún por cruzar. — Lo que vi… — empezó, y se detuvo un segundo, consciente de que estaba entrando en terreno delicado — no deja lugar a dudas sobre su precisión. Ni sobre su fuerza. — Sus palabras eran suaves, pero cada sílaba se acomodaba con cuidado, como si probara el peso de ellas antes de soltarlas — Sin embargo… tal vez… Calló de nuevo, y con el dorso de la mano acarició distraídamente la escama más brillante del lomo de Na’ali. Sabía que, si lo decía de forma demasiado directa, corría el riesgo de que se interpretara como una crítica vacía, y no era su intención. Lo cierto era que, mientras lo observaba, había detectado una mínima diferencia en el ritmo: un instante ínfimo en el que el filo parecía adelantarse al cuerpo, como si la guan dao dictara el movimiento y no al revés. — En mi isla… — prosiguió al fin, sin mirarle aún a los ojos, como si el recuerdo sirviera de escudo — he visto a guerreras entrenar con lanzas y naginatas durante días enteros sin que una sola hoja toque un blanco real. A veces, cuando sienten que algo les falta, no golpean más fuerte… sino que vuelven al paso anterior. Buscan que el arma y el cuerpo respiren al mismo compás. — Alzó la vista lentamente, encontrándose con la suya — No es una cuestión de potencia, sino de… quietud. La palabra quedó flotando entre ambos. Para ella, quietud no significaba pasividad, sino un estado en el que cada músculo, cada inhalación y cada decisión se alineaban antes de que el golpe naciera. Quizá él ya lo hacía la mayor parte del tiempo, pero ese frase le sugería que, en lo más íntimo, percibía una disonancia. Se permitió una media sonrisa, breve, como si temiera que el gesto la delatara más de lo debido. — No pretendo decirle cómo blandir su arma. Solo… que tal vez lo que busca no se encuentre en la fuerza que añade, sino en lo que decide dejar fuera. Volvió a bajar la mirada, como si así devolviera el control de la conversación a él. El contraste de sus figuras le recordaba lo absurdamente fácil que sería para él desestimar sus palabras. Pero también, curiosamente, le daba la libertad de no intentar impresionar. No estaba allí para medir fuerzas, sino para entender un poco más del guerrero que tenía delante. Na’ali, como si aprobara el intercambio, se acomodó en torno a su cuello, y Heissiani dio un paso atrás, regresando a la distancia que consideraba segura. No porque temiera un ataque, sino porque intuía que, si él decidía volver a entrenar, el espacio sería necesario para que la guan dao desplegara todo su alcance sin obstáculos. Se quedó allí, en el borde, con la ligera inclinación del cuerpo hacia él que delataba que, pese a su prudencia, aún quería ver qué haría con lo que le había dicho. RE: [Pasado. Privado] Peace, training and a small talk - Zhongli Quan - 15-08-2025 Con cada jadeo que soltaba su cuerpo por el entrenamiento, más la incertidumbre se alojaba en su mente ¿Qué podía hacer para ser más fuerte? Tenía técnica, tenía experiencia luchando, y sus músculos estaban en forma. Aun así, se sentía débil, como si sólo se hubiese dedicado a un aspecto de su poder y no más, pero ¿Cómo lograrlo? En su vida había sufrido derrotas que le habían entregado grandes conocimientos, y con ello logró dar con maestros que le ayudaron a pulir su técnica. Sin embargo, sentía que de esta forma no lograba explotar más de lo que era capaz. Hacía que un sentimiento de frustración naciera desde lo más profundo de su pecho, pero en vez de dejarse llevar por ello, cerraba sus ojos e intentaba enfocar esa emoción en sus golpes. El árbol recibió su fuerza, partiéndolo en dos: Tal vez para algunos eso sería una hazaña de fuerza, pero sabía que en realidad eso era absolutamente nada. Que en el mundo, en mares más lejanos, había personas mucho más hábiles que él. Las que ansiaba conocer para ponerse a prueba, y poder aprender de ellos tanto como fuese posible. La Guan Dao volvió a encontrarse con el suelo desde su pomo, ahora en una posición de descanso mientras Zhongli Quan soltaba un suspiro pesado, cargado de dudas que le carcomía, pero que no tenían respuesta. Quizás hoy no, pero ya mañana la historia podía dictar algo nuevo. Recorrió su arma con la mirada, repasando la hoja ornamentada hasta la empuñadura, donde las marcas de sus dedos se podían notar sobre la madera y el acero con el pasar de los años, de tantas posturas sostenidas por horas y de tantos golpes propinados con brutalidad digna de los Oni de raza pura. Alzó esta vez la mirada al cielo, enfocándose en las nubes que se movían lentamente hacia nuevos horizontes, donde los guerreros de los que tantas veces había escuchado hablar. Los que imaginaba con la misma fascinación desde que era un niño, así como cada una de las leyendas sobre combates con armas cubiertas de una esencia oscura, incapaz de ser explicada por alguien normal, de hombres cuyos cuerpos eran duros como el titanio, pero ligeros como una pluma. De espadachines que, con un arco de sus filos, cortaban embarcaciones completas y sin el menor esfuerzo posible, con una naturalidad que sólo el poder y la técnica podían entregar. Les admiraba, aunque jamás pudo conocer a alguno de ellos, pero también envidiaba su fuerza, sintiéndose débil y sin un objetivo claro. Aun así, ello en vez de frustrarle más, servía como una motivación poderosa para él, pues sabía que, si seguía demostrando de lo que era capaz, tal vez llegaría a ese punto algún día. Bajó su mirada, y esta vez buscó a la mujer que se había acercado más hacia él. Le recibió con el ceño fruncido, una expresión de pocos amigos, pero sin intenciones hostiles. Atendió a sus palabras con el respeto que se les entrega a los desconocidos, uno más de cordialidad que de consideración real. Notó a la pequeña criatura que se posaba en su hombro, dedicándose a recorrerla ¿Una serpiente? Parecía serlo, sí. — No tengo dudas sobre mi precisión o mi fuerza. Pero tampoco tengo dudas de que son imperfectas. Mediocres y que son fácilmente superables — Frunció el ceño. Un insulto, pero no para ella, sino para sí mismo. Apretó la asta del arma con fuerza hasta que sus dedos crujieron, soltando de golpe con un suspiro pesado. — Es una observación dedicada, y certera la que me das — Decidió ceder un poco, buscando un respiro. En su postura de descanso sólo se dedicó a observarle — El problema es qué dejar fuera, y cómo hacerlo. Blandir esta arma requiere fuerza para sobrellevar su propio peso. Destreza para que los movimientos sean fluidos cual cauce. Mi propio cuerpo requiere resistencia para portarla y no ceder por la fatiga de cargarla, y una voluntad infranqueable para lograr todo eso ¿Qué se puede hacer si nada de eso se puede dejar de lado? Considero que no se trata de dejar solamente, sino de complementar con algo que aún no poseo, y no sé cómo obtener. Tomó de si cintura una calabaza llena de agua, de la que bebió dos tragos largos para luego volver a colocar el corcho en un extremo, recuperando el aliento. — ¿Qué te ha traído a este lugar? Los dojos están más allá. Sigue el camino principal. No tardarás en encontrarlos. RE: [Pasado. Privado] Peace, training and a small talk - Heissiani - 17-08-2025 Heissiani escuchó con atención, dejando que cada acción pero en mayor medida cada palabra de aquel gigante se asentara en su interior como piedras arrojadas a un lago en calma. El eco de sus afirmaciones —esas que para cualquiera sonarían a soberbia, pero que en él eran condena hacia sí mismo— la estremeció. No hablaba para impresionar, sino con la severidad de quien juzga sus propios límites con una crudeza peligrosa. Su primera reacción fue bajar la mirada, como quien respeta una confesión rara vez expuesta. La guan dao descansaba aún contra el suelo, aunque no había quietud en ese descanso, sino contención, como si pudiera volver a rugir en cualquier momento. Na’ali se agitó levemente sobre su hombro, recordándole que debía sostener la calma. Había esperado tal vez un silencio, un gesto de indiferencia, incluso un corte seco que la apartara de su mundo. En cambio, encontró una admisión demasiado cercana a lo que ella conocía. No de armas —aunque sabía observarlas con mirada analítica— sino de esa lucha constante contra uno mismo, de perseguir lo que siempre parece un paso más allá del alcance. Alzó los ojos lentamente. La altura seguía imponiendo, y la dureza de su ceño podía sofocar, pero descubrió en sus palabras un resquicio: una pregunta disfrazada de afirmación, un hueco que él mismo dejaba abierto. — Tal vez… — murmuró, su voz más baja de lo que pretendía, pero sin retroceder — lo que no puede dejarse de lado no siempre es lo mismo en todos los momentos. Avanzó un paso, apenas una línea más cerca. No era desafío, solo un modo de no ocultarse tras la distancia. — La fuerza que sostiene el arma no es la misma que la que la guía, ni la misma que soporta al cuerpo. Y la voluntad de la que habla… — hizo una breve pausa, eligiendo con cuidado sus palabras — a veces se alimenta también de lo que parece no tener relación con la guerra. Na’ali ladeó la cabeza, como si acompañara su razonamiento. Heissiani pasó los dedos por las escamas de la serpiente, encontrando en esa textura un ancla. — Como exploradora aprendí que no todo depende de la resistencia de las piernas ni de la precisión de los ojos. En los viajes largos, quienes vuelven enteros no son siempre los más fuertes, sino quienes saben escuchar al entorno: al viento que anuncia la tormenta, a la tierra que cede bajo el peso, al rumor del mar cuando cambia la corriente. — Sus labios dibujaron una línea apenas perceptible de sonrisa — No dejan de lado la fuerza, solo aprenden a no cargar con todo a la vez. A elegir qué atender en cada instante. Se interrumpió. El calor del atrevimiento le subió a las mejillas y desvió la vista hacia el suelo, donde las astillas del tronco partido aún rezumaban savia. Quizá hablaba demasiado, y de cosas que poco tenían que ver con un arma como la guan dao. Pero no podía ignorar el paralelismo: un explorador que intenta abarcar cada señal termina perdido; un guerrero que quiere sostener todos los aspectos de su poder a la vez acaba sintiendo que nada es suficiente. — No siempre se trata de dejar algo fuera para siempre — añadió más suave, como si temiera sonar presuntuosa — sino de saber qué escuchar en el momento preciso. Se obligó a alzar los ojos otra vez. La dureza de su expresión seguía allí, pero ya no la leía solo como distancia. Había respeto en su silencio, en el hecho de no interrumpirla. Y aunque sus palabras hacia sí mismo seguían sonándole ásperas, comprendía esa hambre de lo inalcanzable. — No creo que lo suyo sea mediocridad — se atrevió al fin, consciente de lo arriesgado — Si lo fuera, no lo reconocería con esa claridad. La mediocridad… — se inclinó apenas, como quien comparte un secreto —… es conformarse con menos y llamarlo suficiente. Usted, en cambio, busca. El silencio posterior se le hizo denso, así que bajó la mirada, acariciando el cuello de Na’ali para recuperar equilibrio. La serpiente soltó un bufido bajo, un ronroneo extraño que vibró contra su piel. Cuando él bebió de su calabaza, ella aprovechó el intermedio para recomponer sus pensamientos. Podía sentir el peso de lo que aquel guerrero cargaba, y la distancia entre sus mundos se le antojaba como una muralla imposible de escalar. Sin embargo, su pregunta final, sencilla y directa, abrió una grieta en esa muralla. — ¿Qué me ha traído aquí? — repitió en un susurro, probando el sonido antes de darle forma real. Guardó un instante de silencio antes de responder. No podía mentir, pero tampoco quería desvelar demasiado. — El camino principal… no siempre muestra lo que busco — dijo, desviando la mirada hacia los árboles que se mecían con el viento — Los dojos enseñan lo conocido. Yo… — inspiró hondo — prefiero aprender de lo que aún no tiene un nombre preciso. Su voz se quebró un instante. Apretó los labios para recomponerse y continuó, más serena: — Vi el polvo levantarse en este claro, escuché el golpe que partió al tronco, y pensé que había más que mera fuerza en ello. Y no me equivoqué. Por primera vez, sostuvo su mirada un segundo más de lo habitual, como confirmando que, pese a sus titubeos, había sido sincera. Luego, como si ese atrevimiento la sobrepasara, bajó la cabeza y añadió: — Si he interrumpido… lo lamento. El viento trajo de nuevo el olor a madera recién abierta. Heissiani se aferró a él como a una excusa para respirar hondo y mantenerse firme. No esperaba que sus palabras cambiaran nada, pero sí quería dejar claro que no había llegado allí por error ni por casualidad. Se mantuvo en el borde del claro, con Na’ali aún enroscada en su cuello, observando al guerrero sin imponerse, pero sin retirarse. En su interior sabía que aquel encuentro no era solo un desvío en su camino: era una lección, aunque aún no supiera de qué. RE: [Pasado. Privado] Peace, training and a small talk - Zhongli Quan - 18-08-2025 — Es claro. Un artista marcial debe ser como el cauce de un río que fluye y no se estanca o como el viento que sopla. De negarse a adaptarse a su rival o circunstancia sólo hará que su cuerpo, mente y habilidades sean deshonradas por esa actitud — Eso lo tenía en su mente en cada movimiento y golpe que daba: En sus viajes había conocido a variopintos guerreros que utilizaban diferentes armas y estilos con tal de combatir, y no todos caían ante los trucos mil veces ensayados. A veces el agarre firme y postura rígida debía cambiar a una ligera, incluso viceversa. Y a veces, tenía que improvisar sus golpes al verse ante alguna situación o ataque inesperado. Después de todo, una batalla no sólo es el intercambio de armas y habilidades, sino también una danza bajo su propio ritmo, una que podía ser muy cruel con aquellos que no podían seguirle el ritmo. No respondió de inmediato, sino que se mantuvo contemplativo en lo que repasaba de su arma, alternando la mirada entre el cielo y la mujer que aún no parecía revelar su propósito ¿Una simple observadora? Lo primero no, pero lo segundo... era evidente. No. A ese título se le agregaba el que era una exploradora, una que había visto suficiente como para emitir un juicio certero, más no inflexible ¿Acaso el dilema del guerrero había sido de su interés? Ese pensamiento le hizo fruncir el ceño y regresar la mirada adelante. No estaba molesto con ella, sólo que por un instante sintió que se estaba inmiscuyendo en algo que no le importaba. Justo sus ojos se encontraron con el rubor de sus mejillas y el instante en el que bajó de su mirada — Algo de razón tienen tus palabras, sí — Respondió, colocándose de pie de un salto, girando la Guan Dao con fuerza hasta que el viento sopló gracias a sus movimientos, y permitió descansar esta en una posición defensiva y marcial — Pero dime ¿Eres tan hábil luchando como con las palabras? Considéralo un desafío abierto — Frunció el ceño levísimamente — Aunque también no pareces portar armas, así que asumiré que tampoco buscan un combate — ¿Qué más vez en mí? No sólo mi cuerpo, sino también en mis movimientos. Mencionaste que no sólo es fuerza ¿Qué es? — Preguntó con el ceño aún fruncido, pero lejos de querer parar la conversación, sentía una real curiosidad. — No has interrumpido, sino que tus palabras me han dado qué considerar... ahora que lo pienso ¿De dónde vienes, mujer? No son muchos los sitios donde se entrene con armas con esa intensidad. No al menos sitios que yo conozca — La mujer no parecía tener el porte de una guerrera, pero sus palabras demostraban experiencia ¿Lo habría sido? Podía ver en su rostro que muchas cosas habían pasado, pero el combate... no estaba seguro. |