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Sobre el oleaje [Pasado, Social (Individual)] - Versión para impresión

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Sobre el oleaje [Pasado, Social (Individual)] - Stroud Nanashi - 15-08-2025

Stroud permanecía sobre la cubierta del Alba del Deber, el enorme barco de piedra marina que lo transportaba hacia el Reino de Roshwan. Era de noche. Una multitud de incontables estrellas iluminaba el cielo del South Blue, sin que nadie perturbase la calma del navío, reflejándose sobre las aguas casi planas, como un espejo. Pocas cosas, ni siquiera los Reyes del Mar, se atrevían a perturbar la navegación de los enormes barcos de la Marina. Había pasado sus últimos meses en la Academia esperando a que llegase aquel momento.

Iba sentado sobre un pequeño taburete, respirando el aire lleno de salitre y de los extraños olores que las corrientes marinas solían llevar consigo, especialmente durante la noche, según había podido observar. Sal, algas, madera o hierro eran solo algunas de las primeras cosas que se le venían a uno a la cabeza, pero había mucho más. Especialmente los mares más o menos cálidos, como el South Blue, llegaban a ser lugares verdaderamente extraños cuando caía el sol. Hacía tiempo que Stroud había dejado de preguntarse el motivo de aquellos aromas, y se limitaba a examinarlos cuando venían, para luego dejarlos ir tal y como habían llegado. A veces uno solo podía percibirlos durante dos segundos, antes de que volviesen a desaparecer para siempre, y a veces duraban horas, hasta el punto en que uno simplemente se acostumbraba y dejaba de percibirlos a menos que pensase mucho en ello. Era un mundo extraño.

Sentado en su taburete, Stroud tallaba distraídamente y con delicadeza un pequeño trozo de madera sobrante de un barril roto de la bodega. Casi al compás del chirrido de los cabos y los crujidos del velamen, el minúsculo cuchillito se iba abriendo camino a través de la madera, dejando pequeños surcos que poco a poco iban dando una forma vagamente antropoide. De cuando en cuando, los atentos ojos de Stroud se apartaban de la figurita para mirar a su alrededor. Nada. Normalidad. Volvían a su tarea. A su alrededor, los pasos de los otros Marines haciendo ronda sobre la madera se habían convertido en otra de las agradables y monótonas notas que decoraban la banda sonora de la noche en cubierta.

Durante los últimos dos años, después de ser trasladado desde el North Blue, había pasado su instrucción en la isla que la Marina empleaba como principal academia en el South Blue, teóricamente de mayor prestigio que la mayoría. Lo cierto es que allí todos sus compañeros tenían algo especial que no había visto en la mayoría de alumnos de la academia de Spider Miles: todos tenían ciertas dotes de liderazgo. Tal vez por eso lo hubiesen mandado allí. O tal vez hubiese sido, simplemente, por el mayor nivel de aquella institución, por el que la Marina pasaba a aquellos alumnos más prometedores, o de los que sabía que podía exigir más. Como fuese, aquellos dos años habían estado repletos de lo que uno podría esperar: maniobras en mar abierto, simulacros de abordaje (que a veces se ponían verdaderamente violentos), el ardor de los brazos tras escalar cuerdas y mástiles, los ejercicios de remo en formación, cómo se le entumecían a uno los dedos después de horas practicando nudos marineros... Stroud no había tardado en darse cuenta de aquellas cosas estaban destinadas a entrenar el alma tanto como el cuerpo, o más. En aquellos tiempos, la Marina no podía permitirse llenarse de pusilánimes o gente de corazón débil. Recordaba con cariño las noches en el pabellón repasando mapas y rutas bajo la luz del farol, la competencia amistosa (y a veces no tanto) con otros cadetes, cómo lo habían hecho liderar a su grupo en algunos ejercicios...

Sin embargo, en ningún momento había perdido de vista a qué iba todo aquello: a la graduación como Marine. El estandarte azul ondeando sobre el patio, la obtención del sable reglamentario, la banda tocando el himno... Ya no era un civil cualquiera, sino un Marine de verdad, uno que había puesto el pie sobre el primer peldaño de la escalera hacia la Justicia.

Y ahora, ya graduado, era hora de su primer destino: Roshwan. El primero de muchos, con un poco de suerte y esfuerzo.


RE: Sobre el oleaje [Pasado, Social (Individual)] - Stroud Nanashi - 15-08-2025

Stroud se levantó del taburete, poniéndose en pie sobre la cubierta del Alba del Deber. Aún quedaba para que saliese el sol, y aún más para llegar a Roshwan, y el mar de estrellas todavía brillaba por encima del colosal South Blue. Otros Marines recién graduados, y algunos que ya llevaban años de servicio, iban de aquí para allá por el lugar; la mayoría en silencio, haciendo sus rondas de vigilancia. Su labor aquella noche, sin embargo, era más sencilla, una que iba más con su carácter calmado y atento: vigilancia desde un solo punto. No necesitaba pasearse arriba y abajo, de proa a popa y vuelta. Solo tenía que permanecer donde estaba y no dejar escapar nada, ni a bordo ni en el mar. Por distraído que pudiese parecer mientras tallaba la figurilla de madera, sus ojos no descansaban ni un segundo, y cualquier pequeño estímulo bastaba para captar su atención. Tenía, además, los instintos de un auténtico explorador; algo le decía cuándo estaban fuera de peligro y cuándo no. Sabía cuándo aparcar cualquier entretenimiento y enfocar la totalidad de su atención en sus alrededores. Según había escuchado de sus difuntos padres, esto le venía de familia, aunque él mismo no estaba muy seguro de creérselo. Quién sabe.

Se aproximó al enorme pasamanos de hierro, a medida que el sonido del oleaje parecía hacerse más intenso. Sintió la espuma en la piel, el viento pasando por sus lados como una flecha. Era curioso cómo aquellas enormes naves, con sus revestimientos de piedra marina, podían surcar aguas tan calmas a 13 o 14 nudos, incluso sin necesidad de grandes vientos ni corrientes. "¿Cómo es posible que los piratas nos lleven tanta ventaja?", se preguntó, sacudiendo la cabeza levemente. La superioridad moral de la Marina era incuestionable, pero también lo eran la militar y la tecnológica.

Cita:El cielo nocturno le traía recuerdos, siempre lo hacía. Por unos instantes, empapado por el agua del mar y el salitre, y sintiendo el viento, volvió a aquella noche de año y medio atrás, cuando solo llevaba unos meses en la Academia de South Blue. Les habían asegurado durante el día que recordarían siempre aquella velada en alta mar, y, desde luego, habían tenido razón. Todos se habían ido a dormir a los camarotes como de costumbre, como hacían siempre que tenían ejercicios en alta mar, después de una jornada agotadora limpiando, trabajando, vigilando. Aquella vez, sin embargo, el estruendo del trueno despertó a los cadetes en mitad de la noche, casi pareciendo sincronizarse con la voz del instructor: "¡A cubierta de entrenamiento, ya! ¡Todos! ¡Vamos!", les apresuraba. Stroud no tardó en prepararse, lo cual resultaba sorprendente teniendo en cuenta que siempre iba hecho un pincel y completamente equipado en todos los ejercicios. Cuando salió a cubierta, se encontró con una lluvia helada, un suelo resbaladizo y agua entrando hasta por el cuello del uniforme. Los faroles del barco se tambaleaban violentamente con el viento, proyectando sombras borrosas. Entre los aparejos, el viento silbaba como un gemido del mismo barco. A lo largo de toda la cubierta se formaban decenas de enormes charcos, en los que las botas de los apresurados cadetes salpicaban con cada paso.
"¡Todos a escalar!", ordenó el férreo instructor. "¡A los mástiles!"

Stroud no perdió el tiempo y se apresuró a ponerse en fila frente al palo mayor de la embarcación. La voz del instructor repicaba dando órdenes. Bajo las ráfagas de viento, el mástil oscilaba, cubierto de cuerdas empapadas y ásperas contra las manos. Frente a él, al cabo de apenas unos segundos, su turno llegó cuando el primer cadete cayó violentamente contra el suelo de la cubierta desde unos metros de altura, mascullando algo sobre sus costillas. El joven Redgrave asintió con la cabeza, miró a su alrededor para asegurarse de que hubiese ayuda en camino, y se aproximó al enorme mástil, y empezó a escalar, agarrándose de los cabos y los salientes en la propia madera y el acero. Un rayo iluminó brevemente la embarcación, revelando rostros tensos y decididos, y algunas siluetas que se atrevían a escalar. Sus manos resbalaban al intentar trepar, su piel se quemaba con el roce de las cuerdas mojadas. Jadeaba. Aun bajo la lluvia, sudaba. Estaba empapado en sudor. Sabía que no era lluvia. La lluvia era inapreciable. No se fijó en la sangre que empezaba a emanar de los callos que se le rompían, o no se quiso fijar. Con el frío, las manos perdían sensibilidad, pero eso era, hasta cierto punto, una ventaja. Sin embargo, debía apretar las cuerdas con todas sus fuerzas para no soltarse.

A medida que escalaba, los murmullos y comentarios de cubierta se iban ahogando, quedando más y más lejos. Stroud no tenía ni idea de cuánto había avanzado, ni de cuánto le quedaba. Antes de cada nuevo relámpago, el olor a mar mezclado con ozono lo embriagaba. No debía entretenerse. La luz de los rayos daba una ventaja crucial, por breve que fuese, al intentar maniobrar en noche cerrada: un mero flashazo era suficiente para calcular sus dos, tal vez tres, próximos movimientos. La lona del velamen, empapada y pesada, se le pegó a la cara mientras intentaba sujetarla, pero continuó. Esperó, por un instante, no mancharla demasiado de sudor y sangre. El tiempo parecía estirarse; cada segundo allí arriba parecía un minuto entero, pero Stroud sabía que no debía perder la calma ni la paciencia. Un rayo, luz, paso arriba, un nuevo cabo, el pie desliza, lo asegura, lo fija, el mástil se tambalea, equilibra. Un momento de silencio abrupto, el viento se calma por unos segundos, y entonces arrecia con más fuerza. Los antebrazos le ardían, y a su alrededor las poleas chirriaban como en una canción. La tela de la vela golpeó como un látigo.

Lo logró. Con el pulso acelerado y sintiendo como si se le fuesen a caer los brazos, logró aferrarse a la última cruceta del mástil y se situó en la cima. Observó a su alrededor, contemplando la vertiginosa vista de toda la cubierta del navío y los cadetes allá abajo, luchando contra el viento y las inclemencias del mar. El viento lo golpeaba tan fuerte en la cara que, por un segundo, pensó que lo tiraría. Otro rayo abrió los cielos, iluminando su silueta recortada contra el cielo negro. Stroud fue parte del selecto puñado de cadetes que aquella noche se ganó el aprobado en aquella prueba.



RE: Sobre el oleaje [Pasado, Social (Individual)] - Stroud Nanashi - 17-08-2025

Aún bajo el cielo nocturno, Stroud no pudo evitar sino continuar recreándose en los recuerdos de los días de Academia. Hacía poco que la había terminado, pero aquel se le antojaba un pasado lejano, casi antiguo. Pese a estar solo camino de su primer destino como Marine, y no era más que un soldado raso, sentía que ya no era el mismo que había sido apenas unos meses atrás. Continuaba apoyado sobre el pasamanos, contemplando la inmensidad del mar nocturno. De cuando en cuando, sus ojos examinaban la cubierta, asegurándose de que todo siguiese como estaba previsto. Nada fuera de lo normal. Solo entonces, podía darse el lujo de recordar... al menos por unos instantes.

Había sido un día caluroso, soleado en la Academia, algo casi extraño en aquella maldita isla. Aquel día, también se permitieron el lujo de no salir al mar: era día de ejercicios de combate en tierra, o eso había oído. Cada día, durante el desayuno y justo antes de empezar los ejercicios, los rumores sobre el día circulaban entre los cadetes como la pólvora: algunos aseguraban que aquel sería día libre, ¡una de esas excepciones! Otros cuchicheaban sobre la posibilidad de una visita de un Vicealmirante y su séquito para fichar nuevos talentos, ¡ja! Otros decían que sería día de ejercicios acrobáticos y de resistencia, de nado, de arrastrarse por el barro y aquellas torturas a las que a la Marina le encantaba someter a sus cadetes en formación. Stroud dio el último bocado a su croissant (cguasón, según los cursis de su promoción) y se levantó del banco, dispuesto a dirigirse al campo de entrenamiento. Sin embargo, lo excepcional ocurrió aquel día: el Instructor Superior entró en la enorme cantina de la Academia, dando un silbido. Todos los cadetes, sin excepción, se levantaron, cuadrándose en silencio, como si hubiera entrado el mismísimo Almirante de Flota. "¡Mequetrefes!", exclamó, con una expresión neutra en su rostro, "¡Hoy tenemos día de combates individuales! ¡Habéis sido emparejados aleatoriamente, o no, y se os ha asignado un tatami y un oponente! ¡Tenéis cinco minutos para comenzar el combate!"

El efecto fue inmediato: todos los jóvenes salieron, con mayor o menor disciplina, pitando del gigantesco comedor, con el tumulto que aquello implicaba. Stroud se limpió la boca y salió con su parsimonia habitual, acompañado de su séquito habitual, con el que ya había hecho migas durante los últimos meses. Fuera del comedor, los instructores habían puesto un enorme tablón con los emparejamientos, uno detrás de otro. Stroud buscó su nombre... Str-... Stroud... Stroud... Tardó un buen par de minutos en lograrlo, con el barullo que lo rodeaba y los cientos de nombres allí escritos. Finalmente, lo encontró. Tatami 41. Oponente: Turtle Barrow. No tenía mucho trato con aquel chico, pero era uno de aquellos que no le gustaban. Turtle era de esos que no paraba de jactarse de lo rápido que se iba a convertir en Vicealmirante, y en que para los 25 sería Almirante, como mínimo. Era fuerte, inteligente y capaz, sin duda, pero no tenía un ápice de sentido común. Ahora solo quedaba ver quién de los dos podía en un combate. Tal vez la lucha diese su veredicto sobre las ideas de ambos combatientes. Tal vez no hubiese sido tan aleatorio... Aunque es probable que sí.

En cualquier caso, Stroud buscó el tatami en cuestión. Su oponente ya estaba allí, pavoneándose ante sus amigos como de costumbre. El árbitro observaba a los dos. Sin prisa alguna, Stroud se retiró la chaqueta y la gorra, doblándolas con cuidado y dejándolas a un lado del tatami. El árbitro les dio las indicaciones habituales para esta clase de ejercicio: "Como siempre, ambos empezaréis con sables reglamentarios. La lucha con sables y cuerpo a cuerpo estará permitida. No se permitirá el juego sucio ni atacar a determinadas partes, creo que no tengo que especificarlas. El primero en rendirse, caer fuera del tatami o caer inconsciente perderá, ¿entendido?". Ambos luchadores asintieron. "¡Ya!"

Ninguno de los dos se lanzó a por el otro, no inmediatamente. Stroud sintió el equilibrio del sable reglamentario: no le gustaba, nunca le había gustado. Turtle, sin embargo, parecía enormemente cómodo con él. Siempre había sido un espadachín destacado, tal vez la mayor flaqueza de Stroud. Sin embargo, tal vez fuese aquel el momento de aprender. Como si se leyesen la mente, ambos se lanzaron al choque: el acero crujió, ambas hojas chocando entre sí. Stroud intentó aprovecharse de su mayor fuerza y rapidez para abrumar a Turtle, con golpes duros pero imprecisos y sin elegancia. Su rival, sin embargo, aprovechó su técnica superior para arrinconarlo, propiciándole una serie de golpes de enorme rapidez y finura, uno, dos, tres. Stroud no tuvo más remedio que retroceder, empezando a quedar arrinconado. El brazo le dolía tras cada intercambio; sentía que no estaba hecho para ese tipo de lucha.

Ambos sables chocaron otra vez, bajo la atenta mirada del árbitro y de algunos espectadores que se agolpan ya alrededor del tatami. Forcejearon, Stroud intentando ganar la contienda con fuerza bruta. Si conseguía doblar el ángulo hasta... ¡Nada! La excelente técnica de Turtle provocó que el sable de Stroud se le escapase de la mano y cayese al suelo. A su alrededor, el círculo de cadetes murmuró, mientras Stroud se planteó si recoger el arma nuevamente. Sin embargo, salió con la respuesta más inesperada: cerró los puños, apretó los dientes y alzó la guardia.

Turtle intentó aprovechar para golpear, ahora sí, pero Stroud fue capaz de golpear con el antebrazo y entrar en su guardia, para justo a continuación propinarle un codazo seco en el torso que lo hizo retroceder. El joven Redgrave continuó la ofensiva, aprovechándose de la coyuntura, golpeando las extremidades de Turtle: un puñetazo a la muñeca para entumecer su mano, una patada a la espinilla para desestabilizarlo. En mitad de la trifulca, esquivó por los pelos un tajo descendente, sintiendo cómo fluía su instinto. No pensaba en técnica, sino en acabar rápido. Vio la abertura: un puñetazo al cuello que lo dejó sin aire, un agarre al hombro, un lanzamiento al suelo. Turtle cayó, jadeando, incapaz de levantarse de inmediato. El instructor ordenó detener el combate, declarando vencedor a Stroud. Los cadetes que se habían agolpado alrededor del tatami permanecieron en silencio, alguno lanzándose a un tímido aplauso que murió rápido. Este sería un precedente de importancia en su estilo personal.


RE: Sobre el oleaje [Pasado, Social (Individual)] - Stroud Nanashi - 17-08-2025

Los recuerdos de la Academia seguían viniendo uno detrás de otro, casi abrumando al joven Stroud. Sin darse cuenta, había hecho lo que hacía siempre que se encontraba inmerso en sus pensamientos: una monedita que rezaba "1฿" rodaba entre sus dedos rítmicamente, de un nudillo a otro, de una falange a otra. Continuaba apoyado en el pasamanos de la cubierta del Alma del Deber, dejando que el viento alborotase su cabello, y el cielo estrellado seguía cubriendo la noche tranquila del South Blue. No era propio de él zambullirse en sus propios recuerdos tan a menudo, no era alguien que se entregase con facilidad a la nostalgia, pero había algo de inevitable en aquel torrente de recuerdos. Acabada su formación, rumbo a su primer destino como Marine, era como si su propia mente le exigiese recapitular su pasado, poner sus ideas en orden, definir quién iba a ser una vez pusiese un pie fuera de ese barco, ya no como civil, sino servidor de la Marina y del Gobierno Mundial.

Golpeteó el pasamanos con los nudillos al tiempo que hacía bailar la moneda: "toc, toc toc, toc, toc toc". Se giró, contemplando la cubierta del enorme barco de piedra marina que surcaba aquel mar inmenso. Todo seguía como de costumbre. Un par de soldados rasos se cruzaron al pasar una de las esquinas frente a las chimeneas que sobresalían por cubierta y que iban dejando una estela de vapor. Un contramaestre se paseaba arriba y abajo, supervisando el turno y sentándose de vez en cuando frente a su mesa, anotando  quién sabe qué en su hoja de servicio. En diversos puntos, otros Marines vigilaban, como él, que todo siguiese su curso. Alguno cabeceaba, costándole mantenerse despierto a aquellas horas. Stroud sonrió para sí, negando con la cabeza y volviendo a observar el mar. Sabía bien que aquello no era fruto de la indisciplina o de la pereza, sino del cansancio. Ningún Marine que hubiese pasado por los años de academia iba a renegar de las tareas de vigilancia, o casi ninguno. Lo habitual es que, exhaustos, simplemente cayesen rendidos al cabo de demasiados turnos de vigilancia seguidos. Eso era algo que había aprendido a respetar cuando había tenido el honor de liderar a otros cadetes durante su formación.

Cita:Hacía apenas cuatro o cinco meses de aquello, no lo tenía muy claro. El instructor de aquella semana se presentó, como solían hacer, en su pasillo de los dormitorios, esperando a que los chicos saliesen a recibir sus órdenes para el ejercicio de la mañana. Todos salieron, más o menos somnolientos y más o menos despiertos. Stroud, como de costumbre, llevaba algo más de una hora despierto, y había tenido tiempo de acicalarse a la perfección. "¡Bien, atención todos!", exclamó observando cómo todos los cadetes salían de sus dormitorios y se cuadraban en el pasillo, esperando a recibir órdenes. "¡Hoy tenemos una maniobra de formación, coordinación y liderazgo bajo presión! ¡Todos al campo!", indicó. Los cadetes no tardaron en obedecer, alguno aún lavándose los dientes  mientras caminaba por los pasillos. El grupillo de Stroud se arremolinaba en torno a él, murmurando sobre la prueba en sí. Habían tenido muchas similares, claro, aunque la mayoría habían sido en alta mar. Sin embargo, habitualmente habían estado liderados siempre por algún cadete superior o por algún instructor, y parecía que aquella vez sería distinto.

Llovía. Al llegar a la pista de suelo embarrado, vieron cómo otros grupos habían empezado a formarse ya con sus correspondientes instructores, y estaban eligiendo ya a sus líderes. El instructor hizo una seña a Stroud y a Turtle, que acudieron prestos. "Cada uno de vosotros liderará a un equipo. Ganará la escuadra que conserve la disciplina", se limitó a indicar. Los cadetes murmuraron entre sí. Stroud, esupefacto, afirmó: "Sí, señor" y si dirigió a su escuadra, a un lado de la pista. "Bueno, pues ya sabéis", indicó Stroud, haciendo un ademán hacia los barriles que los cadetes tenían que cargar siempre en aquellas pruebas. "¡Todos en movimiento!" indicó, dando una palmada.

Al cabo de un minuto, ambas escuadras estaban listas para empezar, cada uno de los cadetes cargando con un pesado barril de entrenamiento, además de, por supuesto, su sable y equipo reglamentarios. Stroud sintió el peso del uniforme con más densidad que antes, la tela humedeciéndose por el sudor frío en su espalda. No era la primera vez que lideraba a otros cadetes, pero era la más importante, al menos hasta el momento. La responsabilidad lo embargaba, pero también el orgullo y el sentido de determinación. El silbato del instructor cortó el aire: "¡Ya!"

Stroud y Turtle exclamaron sus órdenes al unísono, sus voces chocando en la pista. "¡Vamos, vamos, vamos! ¡Derecha y adelante!", exclamó el joven Redgrave. Sabía que en aquel momento no debía prestar atención a lo que hiciese o dejase de hacer la escuadra rival, simplemente debía enfocarse en la suya y su rendimiento. Sin embargo, no se le escapó que los de Turtle salieron más rápidos; desventajas de su monótono tono de voz para dar órdenes, tal vez.

La primera parte consistía en transportar aquellos barriles en formación. Turtle parecía más rápido para dar órdenes, pero un par de sus cadetes tropezaron en el barro y rompieron filas. Mientras avanzaban por el barro, Stroud se dio cuenta de que un cadete se tambaleaba, incapaz de equilibrar el peso del enorme barril sobre el barro bajo sus pies. Reinó la confusión por un segundo, cuando parecía que se iba a caer. "¡No rompáis la marcha, seguid! ¡Mantened el ritmo!", exclamó Stroud mientras corría hacia el cadete y lo ayudaba a estabilizarse. A medida que marchaban, el barro salpicaba sus pulcros pantalones azules, el aire impregnado del olor húmedo a tierra y sal.

A continuación, ambas escuadras debieron cruzarse, hombro contra hombro. "Ya vas detrás, Redgrave", oyó decir a Turtle. Stroud no se inmutó, impasible ante la provocación. "¡Firme el paso, todos juntos!", exclamó. El ruido de la respiración de su escuadra pareció sincronizarse, aun yendo ligeramente por detrás de la escuadra de Turtle. La siguiente prueba consistía en que la escuadra subiese y asegurase un mástil de prácticas, como si estuvieran en la misma cubierta de un barco. Stroud ya sabía lo que era aquello. Todos se apresuraron a correr hacia sus respectivos mástiles. El silencio del patio era roto únicamente por el goteo incesante del agua desde los aleros a un lado y otro, mientras ambas escuadras escalaban por sus mástiles, uno detrás de otro. Ante la indecisión de uno de sus cadetes, Turtle no dudó en empujarlo hacia el mástil, algo que encendió cierta indignación entre los cadetes que se hallaban ya escalando y quienes iban por detrás del empujado. En su afán por ser el más rápido, Turtle se volvía violento y la competitividad se llevaba lo mejor de él. La lluvia continuaba arreciando, mojando las cuerdas y complicando la subida. Stroud continuaba dirigiendo con calma a los suyos, sin prisa pero sin pausa, como le gustaba a él. Sus órdenes eran escasas pero claras, lo suficientemente directas como para mantener el orden sin abrumar a los cadetes. "¡Ayudaos! ¡Glover, échale una mano a Swan, debajo de ti! Eso es".

Al cabo de unos minutos, y no sin dificultades, ambos grupos terminaron las pruebas del recorrido y se dirigieron hacia el final de la pista, donde los esperaba el instructor. El grupo de Turtle fue el más rápido, si bien algunos de sus cadetes se iban quedando atrás, jadeando. Stroud y su escuadra llegaron apenas unos segundos después, aunque perfectamente alineados, compactos, en una formación relativamente firme. Se hizo el silencio en el patio, incluso entre los curiosos sénior que habían venido a ver qué se cocía y actuaban como jurado popular. El instructor revisó ambos grupos, sin dejar escapar ninguna expresión que delatase sus pensamientos. Levantó su libreta al cabo de unos segundos, observando a los cadetes. "La velocidad sin disciplia no vale nada. La victoria es de quien llega con todos de pie", afirmó. "Bien hecho, Redgrave". Turtle bajó la mirada, mascullando algo. Stroud no se enteró de qué dijo, ni le importó demasiado. Sintió sus sienes latiendo, sus brazos temblorosos y una cierta calidez en su interior.