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[Pasado FIC] Como la mascota que se quedó atrás - Versión para impresión

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[Pasado FIC] Como la mascota que se quedó atrás - Ben Power - 16-08-2025

De nuevo estaba sentado en una silla de una nueva taberna, pero aquí el ambiente era completamente distinto. Me resultaba casi imposible mantener mis propios pensamientos en orden en aquel lugar tan escandaloso. Todo eran gritos de gente extremadamente borracha, los camareros discutiendo y amenazando con echarlos del lugar, mientras otros reían o vomitaban. Era la taberna más ruidosa que había visto en mi puta vida. Era divertido al principio. Era lo que creía que necesitaba, pero quizá tras tanto tiempo en el camarote del barco de velas moradas moradas, había perdido la costumbre de aquellos sitios. Salí sin pedir nada y me senté en el suelo con la espalda pegada a un muro y, mientras veía la gente pasar por delante de mí, pensé en todo lo que había pasado hasta llegar a aquel punto.
 
Recuerdo que estaba en el camarote del niebla de guerra cuando noté una especie de terremoto. Salí corriendo por primera vez en, no sé cuánto tiempo realmente. Al salir a cubierta, vi como algo no iba bien. O si, realmente. Estábamos comenzando a subir a la superficie. Por fin íbamos a salir de aquella cárcel de agua que tanto me aterraba. Por primera vez en mucho tiempo, mi muerte no me parecía ni tan cercana ni tan segura. Me senté en silencio en cubierta, cerca de las puertas de los camarotes, mientras el Niebla emergía como un submarino. Poco a poco, los peces se transformaron en cachalotes, en enormes ballenas que, cuando me di cuenta, empezaron a rodearnos y nos encerraron entre ellas. Finalmente se vio una luz allá arriba. El fin de esta tortura mental estaba cerca. Sonreí pensando en que podría volver a sentir la sangre ajena en mis manos. En que podría volver a ponerme en marcha con mi objetivo de matar a todos aquellos que se cruzaran en mi camino. Salimos y el agua mojó mi cara. Noté el viento moviéndome el pelo y los olores del mar volvieron a llenar mi hocico. Miré al pequeño navegante subido a una barandilla y, quizá por primera vez, pensé que me alegraba de que el tontatta fuese nuestro navegante.
 
Al poco tiempo, teniendo en cuenta el largo viaje que ya llevábamos juntos, llegamos a una isla. Estaba como loco por salir de aquel trozo de madera (ahora) flotante. Ese lugar me recordaba al momento más bajo de mi existencia, en un lugar que me había parecido mi tumba durante un tiempo, antes de encontrarme con los piratas Mushoku. Nada más arribar esbocé una sonrisa. Agarré mi libro de medicamentos, el cual se había convertido en casi una biblia y bajé del barco albo, levantando una mano a modo de “hasta luego”, para encaminarme en solitario, como si no hubiese aprendido nada de las situaciones en solitario en Shabaody. Pronto me adentré entre altos árboles y vegetación abundante. Miraba plantas y repasaba el libro, pero no recogía nada. Aún no era el momento de ponerme a crear medicinas. La pendiente se hacía más pronunciada por momentos, pero nada que pudiera frenarme. Seguía caminando, alegre tras tanto tiempo encerrado en lo que creía que sería mi tumba subacuática. Insectos, sobre todo pasaban alrededor de mí, pero yo sólo pensaba en encontrarme con una buena masa de carne para hacer una hoguera y comer bien a gusto. Entre los árboles, vi una pequeña ciudad. Parecía tranquila y nada del otro mundo. Podría destruir parte de ella y largarme, pero ese lugar, entre altos árboles y sin apenas más ruido que el viento, me traía tanta paz, que lo dejé estar por el momento. Me di la vuelta y seguí caminando tranquilo evitando adentrarme en la ciudad que se situaba en el centro de la isla. Finalmente me senté en el tocón de un árbol. Tranquilo, casi mimetizado con la naturaleza, si no fuese porque, con el puto calor de aquella zona, un oso polar no pegaba ni con los sesos de un gyojin percebe machacado. De repente recordé que podía encontrar casi cualquier cosa con lo que Ashura me había enseñado, por lo que me concentré y busqué qué presencias había por la zona. Nada. Ningún ciervo, ningún lobo, nada con abundante carne que poder cazar y llevarlo un mínimo al fuego… De repente lo noté. Un Jabalí tranquilamente andando a unos quince metros, tapado por los árboles que había entre nosotros. Esta habilidad era una maravilla para la caza, pero me cansaba bastante. Me levanté de un salto y, manteniendo mi concentración en aquel animalillo, fui hacia él. Cuando me lo encontré se giró hacia mí, pero no le dio tiempo a reaccionar, pues un rayo de color morado salido de una mano blanca y peluda lo alcanzó sin remedio. Con toda la calma del mundo, me acerqué al bicho y lo degollé sin dificultad. En cuanto se le pasó el efecto de los fotones Norama, lo cargué al hombro y volví a donde me había sentado en el tocón de árbol. Allí, con ramas secas y la pieza de caza tirada en el suelo, hice una pequeña hoguera. Limpié al animal y lo puse en la lumbre. Hacía tanto que no comía carne que apenas podía esperar.
Al acabar de comer noté como las fuerzas me habían vuelto, y con ellas la sed de sangre. Me acerqué al pueblo cuando las luces de día empezaban a ocultarse tras las montañas de la isla y volví a activar mi Kenbunshoku para ver cuán poder había en el lugar realmente. Mucha gente que podría matar con las manos fácilmente, pero también había gente con alto nivel. Podría enfrentarme a ellos, pero quizá no fuese lo más inteligente. Ay, cómo me gustaría beber una buena birra pensé de repente. Quizá matar a media población de la isla y plantarle fuego no era lo que más me apetecía en aquel momento después de todo. Hice una apuesta conmigo mismo. Si encontraba un lugar con una cerveza que me satisfaga, intentaría no matar a (casi) nadie de aquella ciudad. Me adentré entre las casas de la ciudad y pronto encontré un lugar conde había algo más de movimiento y jaleo, pero nada del otro mundo. Entré en un lugar de paredes blancas, con detalles en dorado y verde. Me senté en una silla donde apenas cabía la mitad de mi culo y pronto se acercó un muchacho casi tan blanco como las paredes del lugar. – Cerveza, por favor – Dije con la voz tranquila y profunda que me caracterizaba. Enseguida me trajo un vaso lleno de líquido dorado. El chico parecía temblar ante mi presencia. La gente me miraba de reojo y cuchicheaba en voz baja mientras me bebía el vaso de cerveza. Era pequeño, pero estaba bastante rico. De repente, cuando ya había bebido la mitad del recipiente, un hombre alto, al menos para la media del lugar, moreno y musculoso, con el pelo verde cayéndole por debajo de los hombros, se acercó a mi mesa y, sin pedir permiso, se sentó delante de mí. – No parece que seas de por aquí. ¿A qué vienes a esta isla? ¿Vienes solo? ¿Qué es lo que quieres? – Me bombardeó con todas esas preguntas con un tono amenazante. Yo permanecía tranquilo, pero sin quitarle la vista de encima al macarra que pedía explicaciones a alguien por moverse libremente por el mundo. – Estoy de paso. Solo quiero comida y bebida – Expliqué con calma, tras recordar la promesa que me hice a mi mismo de intentar no matar a nadie en aquel lugar. – Si, vengo solo y me gustaría tomar este trago tranquilo, excepto que tú lo quieras de otra forma. – En mis ojos apareció por un instante un brillo asesino que reflejó la cara de terror del hombre. Pero tragó saliva mientras, por tercera vez en el día, activaba mi haki de observación para comprobar si realmente era fuerte, o solo se trataba de un pobre diablo que necesitaba una lección. Finalmente, el debilucho, aunque el más fuerte de la sala sin contarme a mí, he de decir, le echó huevos y me invitó a salir a la calle para no destrozar nada del interior. Me levanté, pagué la burrada que me pidió el chico por el vasito de cerveza (A Ashura le hubiese dado un infarto si me viera pagar tanto por tan poco) y salí con calma a la calle, donde el morenazo me esperaba con los puños en alto. Estaba nervioso. Lo sentía. Me puse en frente de él y, sin que pudiese ver de donde le venía, le apliqué un ataque con ambas manos a la altura de las sienes que lo paralizó por completo. Los que estaban presentes solo me vieron aparecer con ambas zarpas ya en la cabeza del peliverde. Saqué mi pistola y apunté a su cabeza. Mirando a los ojos del hombre que había osado retar a un miembro de los piratas Mushoku, viendo el terror que, poco a poco se cernía sobre él al ver la situación, disparé. De hecho, creo que ni siquiera me hacía falta usar un Noroclap con el sujeto, pero si algo aprendí en este tiempo es que es mejor no arriesgar y atacar primero. Tras esto, me di la vuelta. El hombre seguía vivo. Al menos durante lo que los rayos Norama le hicieran efecto. Había prometido que no llegué tras un par de horas caminando al barco. mataría, pero me provocó el imbécil ese. Era su culpa. Volví a meterme entre los árboles y me fui de la ciudad. Tras un par de horas caminando, vi un barco blanco con velas moradas moradas en la lejanía. Era hora de volver con el resto. Subí la escarpada montaña hasta que pude ver el mar. Entonces fui consciente del horror que se me avecinaba. Esos malditos hijos de puta se habían largado sin mí. Allá a lo lejos, sin posibilidad apenas de que viesen un mensaje de cualquier tipo de forma, vi las velas moradas moradas del niebla de guerra avanzar con calma. Seguramente había pasado tanto tiempo encerrado en mi propio confinamiento que los demás no se acordaba de que estaba en la isla. De hecho, al salir, ni squiera me había fijado si me habían visto bajar realmente del barco. Mierda, que cagada. Ahora me volverá a tocar buscarme la vida para llegar a Hachinosu. Por suerte había oído hablar a Ashura de que ese era el destino en algún momento. Y gracias a la nueva habilidad que me había enseñado mi capitán podía encontrarlos si no se encontraban demasiado lejos. Ahora me tocaba apañármelas de nuevo por mí mismo. A ver cómo salgo de esta Bahahaha. 

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