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El Hombre Honrado - [Fic, Pasado] - Krysser - 19-08-2025 El precio de la libertad
El viaje en barco fue una mezcla difusa de oscuridad, cadenas y un silencio solo roto por el sonido del metal que lo envolvía chocando con el que cubría a sus amigos. Frente a ellos, se encontraba “el Honrado” Jerrel, pero ya no sonreía, ya no hablaba con palabras suaves ni entonaba promesas vacías. Ahora su voz era áspera y sus órdenes eran cortas. Krysser, junto a otros pequeños Mink, fue encerrado en una celda húmeda bajo cubierta. El suelo olía a sangre seca, y los días eran marcados únicamente por las palizas y los gritos de otros prisioneros. Para un niño acostumbrado al aire puro y al canto de las aves, el encierro fue como respirar muerte. El espacio era tan estrecho que apenas podían estirarse. Compartía su rincón con otros tres niños, todos ellos capturados durante la confusión del incendio. Algunos lloraban por las noches. Otros se acurrucaban en silencio, tratando de ignorar los ruidos de las ratas o los insultos de los marineros que pasaban cerca. A Krysser le costaba dormir, el balanceo del barco le provocaba náuseas, y el dolor de sus cadenas apretadas le arrancaba pequeños gruñidos de rabia. Pero lo peor era la ausencia de olores familiares. Ni resina, ni flores, ni humo de leña. Solo sal, óxido y sudor ajeno. Había ido perdiendo día a día el recuerdo del olor de su hogar, el recuerdo del olor de su libertad. A veces, Jerrel bajaba con otros hombres a revisar a los prisioneros. Se acercaba a las rejas con una mueca de falsa cortesía, como si aún se creyera un anfitrión bien recibido. Cuando hablaba, lo hacía como quien describe ganado, evaluando el pelaje, la edad, la musculatura. Sus ojos no veían niños, sino mercancía. Las heridas físicas sufridas durante aquellos meses fueron muchas, demasiadas para un cachorro. Sin embargo, ninguna dejó una marca más profunda que aquella que nunca sanó del todo, aquella en el tobillo izquierdo. Cada vez que esa cicatriz arde, el recuerdo vuelve, sin falta. Se transporta a aquel camarote sucio y maloliente, y vuelve a tener la pierna atrapada en aquel grillete oxidado. Fueron varias las veces que pensó en cortarse la pierna él mismo, pero era consciente de su limitada capacidad de combate, y con eso solo conseguiría que todos pagaran cara su osadía. Sin embargo, un día creyó ver la luz al final de tan oscuro túnel. Ese día, Krysser había visto una rendija en la madera podrida cerca del piso de la celda. Pensó que quizá, con suficiente fuerza, podría romperla. Pasó dos noches royendo el borde con los dientes, sin decir nada. Pero no era tan astuto ni tan sigiloso como él pensaba, pues más pronto que tarde finalmente lo descubrieron, justo cuando intentó salir, con medio cuerpo atascado entre los listones. Lo arrastraron hacia fuera como a un animal salvaje, y frente a todos los prisioneros lo golpearon. Jerrel fue quien lo hizo. No delegó el castigo. Lo miró a los ojos, y soltó un suspiro casi de resignación. “Es una pena”. Aquello fue todo lo que dijo. Durante un tiempo, Krysser pensó que era una disculpa hacia él por el castigo que se proponía infligirle, pero con el tiempo descubriría que Jerrel únicamente lamentaba el desperfecto que aquello ocasionaría en su valiosa mercancía. El “honrado” sacó entonces un nuevo grillete, que parecía más un cepo que cualquier otra cosa. Explicó que cualquier movimiento cerraría aún más los ya apretados dientes, e instó al cachorro a portarse bien en adelante. Nadie querría un esclavo cojo, resistirse era malo para ambos. Así, día tras día, aquel grillete fue apretando más y más fuerte la pierna del joven, lacerando su piel, astillando sus huesos, hasta formar una marca de por vida alrededor del tobillo del Mink. Una cadena que le acompañaría toda su vida, una marca de su desgracia y de su aciago viaje. Después de aquello, cada día la cojera por el dolor persistente le recordaba a diario lo que había perdido. Su libertad, su inocencia, y a su familia. Su rabia comenzó a mezclarse con una especie de aceptación fría. No era un niño llorando en la oscuridad. Era un cazador enjaulado, esperando su momento. El momento en que los colmillos que se clavaran fueran los suyos, y su objetivo fuera la garganta de aquel hombre. Y sin embargo, incluso en la oscuridad, hubo algunos buenos momentos que aún atesora. Los traumas tienden a reprimirse, dejando más peso a los buenos recuerdos, por efímeros que estos fueran. Siempre valoraba el sonido del mar, el único que calmaba su rabia. El olor a la brisa marina, que se filtraba por los tablones carcomidos del viejo y maltrecho barco. Una niña Mink de orejas de lince que le compartía migas de pan. Pequeños gestos de humanidad, incluso en el infierno, que mantuvieron viva la esperanza del cachorro. La joven Mink se llamaba Myu, y aunque no hablaban demasiado, pues la amenaza de castigo era constante, el cruce de sus miradas a veces bastaba para calmar un corazón que clamaba venganza. Cada noche, ambos compartían el pan duro que alguno de los prisioneros lograba esconder, junto con historias de libertad y de un futuro mejor lejos de aquellos barrotes. Una noche, Myu le apretó la mano con fuerza antes de dormir, sacando una sonrisa al cachorro. Krysser aún recuerda esa presión, aún a veces se duerme apretando la mano para cerrar en ella la de Myu. Sin embargo, a la mañana siguiente, Muy ya no estaba a su lado. No tardó en comprender que su joven compañera había sido entregada ya, y su destino era el mismo. Sólo le esperaba la esclavitud, en cuanto su dueño encontrara al comprador idóneo para un “gato pulgoso temperamental” como él era, según Jerrel. Aquello afectó al cachorro, que incluso dejó de comer por la sensación de vacío que había dejado en él la pérdida de Myu. Aquella condena se había vuelto de pronto mucho menos llevadera, y las cadenas parecían más pesadas sin alguien que compartiera su carga. Por suerte o por desgracia, todo terminó un tiempo después, una noche cuando el cielo rugió más fuerte que nunca, liberando a Kry de aquel destino por la fuerza. Una nueva tormenta, más cruel y repentina que ninguna anterior, azotó el barco de Jerrel. Las olas devoraron el casco como si quisieran reclamar justicia. El navío se quebró en dos y los gritos de los hombres se ahogaron en segundos. Krysser recuerda verse lanzado al mar, con sus zarpas buscando desesperadamente el exterior, y con el sabor salado de la muerte en su boca. Luego, tan solo su vieja amiga, la oscuridad. |