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[Pasado] Un sabor amargo - Versión para impresión

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[Pasado] Un sabor amargo - Stroud Nanashi - 24-08-2025

Era de noche. Stroud acababa de llegar al Reino de Roshwan, su uniforme absolutamente reluciente, mas sin insignias aún que lo identificaran debidamente como miembro de una división. Ya llegaría el momento, cuando visitase el cuartel y se presentase en sociedad, como solían hacer los Marines recién graduados al llegar a su primer destino. Caminaba por los muelles de la gélida ciudad de Pushkin, un incomprensible amasijo de nieves, callejuelas sinuosas y edificios de madera y piedra con elaborados tejados de pizarra. A su alrededor, el espantosamente frío viento marino arrastraba olor a sal, pescado y humo de las tabernas, con la nieve del suelo débilmente iluminada por los faroles. Llevó su mano a su gorra blanca, en cuya superficie las yemas de sus dedos palparon el pequeño logo de la Marina bordado en azul oscuro. Era un orgullo llevar aquellas letras.

Repentinamente, algo más llamó su atención: murmullos sospechosos entre los muelles, voces apresuradas y sonidos metálicos. Contrabandistas. No lo sabía por su formación como Marine, claro, sino por toda una infancia en Spider Miles, en la que sonidos como aquel se habían convertido en la orquesta que lo acompañaba durante cada uno de sus días de supervivencia y lucha en las calles de aquella maldita isla. Eran sonidos de los que había sabido mantenerse alejado la mayoría de las veces, sonidos que solo traían problemas e injusticia. El contrabando era aquello de lo que cualquier civil con dos dedos de frente se mantenía al margen. Sin embargo, él ya no era ningún civil, ni aquel niño indefenso que corría por los callejones sórdidos de Spider Miles, mirando por encima de su hombro a cada momento, asegurándose de que no lo siguieran; era un soldado raso de la Marina, un servidor de la Justicia, un encargado de mantener el orden del Gobierno Mundial.

Se acercó en silencio al origen del ruido. Entre la oscuridad, pudo distinguir a dos hombres encapuchados descargando algunas cajas de un barco mercante de aspecto ruinoso, enormemente sospechoso. Aquel barco era uno de esos a los que nadie prestaba atención, que debía de llevar décadas abandonado en aquellos muelles, oxidándose y pudriéndose lentamente, en el que ni siquiera las ratas querían estar. Stroud sabía bien que aquel era el escondite ideal para mercancías, claro. Era de primero de contrabandista. Observó las cajas, en mucha mejor condición que el navío: una de ellas estaba marcada con un extraño símbolo, que parecía un tridente inscrito en un triángulo. No le sonaba haber visto ningún símbolo así durante sus días en Spider Miles, aunque tampoco es que fuese raro. Con la de años que había pasado en la Academia, debían de haber aparecido montones de nuevas bandas por aquellos mares.

Uno de los hombres dio un par de toquecitos a la caja marcada, con un evidente cuidado por lo que fuese que contuviese en su interior. Solo alcanzó a oír algunos fragmentos de lo que decía: "Ni la Marina sabe que... En el mercado, puede ser una ba...". Stroud alzó una ceja. Si bien no conocía aquel símbolo, una caja marcada así solía significar algo gordo, fuera lo que fuera, y lo que aquel tipo estaba diciendo parecía confirmarlo. Puede que hubiese dado con el premio gordo, una presa jugosa, una suculenta cabeza con la que presentarse a sus superiores de la Marina en Roshwan.

Stroud dio un paso al frente, la nieve pulverizada crujiendo bajo su bota. "En nombre de la Marina y del Gobierno Mundial, dejen esa carga inmediatamente," espetó a los hombres con su característica voz. Los contrabandistas, sorprendidos, dieron un respingo e intercambiaron miradas. "¿Un mocoso recién salido de la academia? ¡Largo, antes de que te cortemos en pedazos, mequetrefe!", respondió uno de ellos, sacando un cuchillo del tamaño de su brazo que, de alguna forma, le había cabido en el bolsillo. El orgullo de Stroud, sin embargo, se encendió como una mecha; debía actuar aunque estuviese solo. De hecho, debía actuar porque estaba solo. Así era como se presentaba la Justicia. Sola, sin miedo, sin dudas.

El contrabandista se abalanzó contra Stroud blandiendo el cuchillo; el joven Marine lo esquivó a duras penas, logrando interceptarlo y respondiendo con un puñetazo seco y certero al abdomen, dejándolo sin aire. Stroud no quiso darle tiempo a que reaccionase o se pudiese recuperar, y, agarrándolo de una de sus sienes, lo estampó contra el suelo aprovechándose de su ventaja de altura. El segundo hombre intentó huir con una de las cajas, pero Stroud se lanzó corriendo tras él y lo interceptó con una patada, derribándolo contra el suelo helado. El hombre intentó levantarse, dolorido, pero Stroud sabía que no había que soltar una presa hasta haber acabado con ella. Los siguientes segundos fueron violentos, duros. En la oscuridad de la noche, los nudillos de Stroud acabaron hinchados y llenos de sangre, su respiración acelerada. No tenía claro si aquella pulpa en el suelo seguía consciente.

Recuperando la compostura, se levantó. Se limpió la sangre en la ropa del hombre que había derribado, y miró a su alrededor, buscando el cargamento con la mirada. Junto a sí, vio la caja marcada con el símbolo del tridente, alzando una ceja. Tomó el cuchillo que había soltado uno de los contrabandistas y lo empleó como palanca para forzar la apertura de la enorme caja de madera, que cedió tras varios segundos de resistirse. "No... Deja eso, Marine de los cojones...", oyó murmurar a uno de los contrabandistas. Lo ignoró. En el interior de la caja, acolchada en un mullido cojín de tela, reposaba lo que parecía una fruta. Era voluminosa, y su superficie se componía de un extraño patrón de nudosas espirales. La luz del farol más cercano hacía que la fruta brillase con un tono inquietante. Sabía qué era aquello. Mejor dicho, era evidente qué era.

Stroud tomó la fruta, sintiendo en sus dedos los extraños patrones en espiral. La examinó y, sin pensárselo mucho, se la llevó a la boca, dando un mordisco. La textura era pastosa, y se le iba quedando entre los dientes. El sabor, sin embargo, era aún peor: amargo, casi como si estuviera podrida, y parecía volverse más amargo y más insoportable a cada bocado. El rostro de Stroud se contrajo en una mueca de asco, pero siguió comiendo. Al cabo de unos segundos, habiéndosela terminado, se limpió la boca con el dorso de la entumecida mano.