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[Pasado] - Entre la basura y la riqueza. - Versión para impresión

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[Pasado] - Entre la basura y la riqueza. - KuroVongola - 03-09-2025

Aquella vez que me aventuré demasiado lejos en el bosque de Dawn y terminé en un lugar desconocido. Acabe en un sitio que olía a óxido, humedad y podredumbre,Terminal Grey. 

No era como Villa Foosha, ni siquiera un poco. El suelo estaba cubierto de basura y chatarra: montones de hierro, maderas astilladas y telas podridas. El aire se mezclaba con humo y cenizas, y cada respiración me raspaba la garganta. Caminé despacio, con el corazón encogido, observando a las personas que vivían allí. Sus ropas eran andrajosas, muchas remendadas una y otra vez hasta perder toda forma. Algunos tenían la mirada perdida, otros mostraban rostros duros, endurecidos por una vida sin esperanza. 

Vi a un grupo de niños peleando por un trozo de pan mohoso. A una mujer rebuscando entre la basura para encontrar algo que aún pudiera comerse. Y entonces sentí un escalofrío: muchos de los hombres que me crucé tenían la misma mirada que aquel mafioso que me había dejado la cicatriz en forma de cruz en el rostro. 

—Esa risa… esa sensación de impotencia… todos estos ojos me la recuerdan. —pensé con cierto dolor y angustia. 

Apreté los puños y bajé la cabeza, intentando pasar desapercibido. No podía quedarme ahí más tiempo. La sensación de asfixia me golpeaba el pecho, así que me di la vuelta y comencé a caminar deprisa. Pero en mi prisa, tomé el camino equivocado. 

Cuando levanté la vista, ya no estaba en Terminal Grey. Estaba frente a murallas altas, impecables, y a un portón de piedra decorado con emblemas brillantes. Había llegado al Reino de Goa. 

La diferencia era abrumadora. Si Terminal Grey era un vertedero viviente, Goa era un escaparate de riqueza. Sus calles eran amplias, limpias, y en ellas caminaban hombres y mujeres vestidos con ropas caras y coloridas. Las casas de piedra y madera estaban bien cuidadas, adornadas con flores frescas. La comida sobraba en los mercados, y los comerciantes la exhibían como si fuera un trofeo. 

Caminé unos metros, pero enseguida sentí las miradas. Ojos fríos, con un toque de superioridad, que me recorrían de arriba abajo con desdén. Mis ropas sencillas, manchadas de tierra por el viaje, contrastaban con la perfección de sus trajes. Algunos se cubrían la nariz al pasar junto a mí, otros murmuraban entre sí como si fuera un intruso indeseable. 

—¿Cómo puede ser que existan dos lugares tan distintos en un mismo reino? Unos luchando por migajas en medio de la basura, y otros desperdiciando manjares solo por capricho. ¿Dónde está la justicia en eso? —pensé para mi mismo. 

Intenté no mirar atrás, pero cada carcajada de superioridad, cada gesto de desprecio, se clavaba en mí como un cuchillo invisible. Me fui rápido, incapaz de soportar más. 

El camino de regreso a Villa Foosha se me hizo eterno. Y cuando al fin crucé el umbral de mi hogar, me senté en silencio frente a la mesa de madera, con la libreta en mis manos. Me miré en un trozo de metal pulido que usaba de espejo improvisado. La cruz en mi cara parecía más marcada que nunca. 

Esa cruz, que antes veía como un estigma, se estaba transformando poco a poco en algo más grande: en un recordatorio constante de la injusticia.