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Soledad [Pasado/Cao] - Versión para impresión

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Soledad [Pasado/Cao] - Bai Mudan - 07-09-2025

Es por todos bien sabido que el hombre no es otra cosa que una síntesis de lo psíquico y lo corporal. Pero lo que muchos desconocen es que en él también vive lo temporal. Por eso, para Bai, como para tantos otros —ni mucho menos vayas a creer que ella es especial, mi querido lector—, cuando lo temporal se estira hasta volverse perenne, aparece un extraño sentimiento que pocos desean abrazar: la soledad. Y con ella acontece algo más: la ansiedad ante la posibilidad de estar solo en este mundo, olvidado por las divinidades.

Y eso es lo que le pasa a ella.

No hablamos de un camino de soledad forjado por su espíritu inquebrantable, de esa vida de lobo estepario escogida por uno mismo en la que los vínculos quedan reducidos a una mera carnalidad. No. Hablamos del más profundo y palpable desasosiego que alguien puede soportar, de la figura de ese ser cultivado, espiritual y con aspiraciones elevadas que, pese a amar al hombre y a la vida, es incapaz de participar de ellos.

Y si al menos fuera un consuelo para ella saber que simplemente estaba condenada a vivir en soledad, a no hallar felicidad alguna en ninguno de los mundos que le eran accesibles, quizá podría sentir cierta satisfacción en la vida contemplativa. Mas, sin embargo, cuando sabes que la privación de tu vida social no es otra cosa que fruto del lenguaje, ¿cómo puedes aceptar eso?, ¿cómo hacerlo cuando sabes que, en algún lugar del vasto mundo, hay gente que sí te comprende, que te entiende y que, por ende, puede arrancar ese sentimiento de tu psique?

Quizá todo esto sea palabrería para ti. Una sarta de intrincados pensamientos que no te provocan nada más que un juicio de “pobre desgraciada”. Pero es importante comprenderlo. Porque aquella mañana, en un día como cualquier otro, cuando Bai salió a contemplar las rarezas que ofrecían en el mercado dominical de la zona sur, fue acusada de un agravio que jamás cometería. Alguien había robado —un pequeño hurto de poco más de dos o tres berries—, pero que en realidad se volvió algo extremadamente doloroso para alguien como ella. Y es que, en su paso por uno de los puestos de fruta —ese delicado y jugoso manjar que tanto agradaba a la forastera—, alguien que estaba a su lado decidió robar un par de piezas y gritar que la había visto a ella hurtar.

Como era de esperar, ella no entendía nada. Ni siquiera podía expresarse. No porque sus labios estuvieran sellados, sino porque, simplemente, no conocía aquel lenguaje.

De esta forma terminó siendo humillada. Suerte tenía de su estatura pues, de no ser por eso, quizá las cosas habrían sido peores.

Y mientras tanto, en su interior, la cabeza le daba vueltas, entremezclándose sus pensamientos de dolor y soledad con los gritos del tendero, que no hacía más que insultarla mientras ella intentaba por todos los medios explicar que no había hecho nada.


RE: Soledad [Pasado/Cao] - Cao Guojiu - 07-09-2025

El humo se arremolinaba por encima de su cabeza de la misma forma que lo hacían sus pensamientos, desde que había partido de su tierra natal habían transcurrido un sin fin de cosas, parecía que las probabilidades comenzaban a danzar en un juego irrisorio dando así a luz a la dantesca senda que recorría Cao, cada nueva isla era como visitar un nuevo infierno pues la envenenada zarpa del gobierno emitía su ponzoña en cada rincón.

Por ello ahí se encontraba con paso ligero pero calmado , fumando de su pipa con la tranquilidad del que sabe que nada está bajo su control y solo pequeñas porciones del camino llamado destino es lo que se decide al andar, amontonando pensamientos de cada ser con los que había mantenido conversación en aquella isla pues eran un glosario de la propia fauna del mundo, había hablado con minks, Gyojin, humano e incluso con un enorme moreno de pelo blanquecino y eso había resultado ser la pólvora de una idea que le ronda la cabeza, reunir a todos para quizás así entre las porciones de todos crear un camino sólido por el que caminar.

Entonces de sus pensamientos introspectivos se vio liberado cuando el súbito grito de un mercader lo trajo de vuelta a la realidad, una mujer tan enorme, grande y bella como el hombre apodado Dongbin Lu , era incriminada de un hurto mientras el resto se abalanzaba increpándola con palabras que si bien se podrían escribir no serían de gusto alguno. 

Cao veloz se movió entre las personas que ya lo conocían interponiéndose entre los transeúntes, el mercader y la enorme mujer, el ex noble metió su mano bajo una de sus mangas extrayendo de ella una bolsa con dinero, y tomando el precio de lo robado. 

Toma tú dinero, sin embargo siento una profunda decepción, me conocéis a algunos os he ayudado a la rar vuestras tierras, a recoger vuestros negocios entre otras cosas... El tono y la medición de las palabras eran de un cuidado digno de admirar, no era lo que se decía si no como lo decía, Cao tenía el don de la palabra y sabía llegar al corazón con hechos y palabras Si aún que robar hubiera sido su acto, ha sido nimio, es más importante para tí tres berries que la vida de una persona... Quiero creer que no, por ello la próxima busca como reducir la criminalidad de otra, no tú, todos...Cao entregó el dinero y algo más para comprar un surtido de frutas, y se giró hacia la chica, el resto de personas comenzó a caminar y seguir su rumbo mientras la culpa les comía por dentro pues en el fondo de su corazón sabían que ninguno la había visto robar directamente, entonces entrego la cesta con frutas a la chica que por su gesto parecía no entender muy bien que estaba pasando, era extranjera eso era un hecho pero no sabía si podía entenderlo. Tomó con lentitud una de sus manos para que cogiera la cesta, y le dedicó una sonrisa tranquila, se señaló así mismo, luego la cesta y luego a ella ,y asintió sonriendo, esperaba que fuese suficiente para hacerse entender y no haber hecho ningún gesto complicado. Para tí, para comer


RE: Soledad [Pasado/Cao] - Bai Mudan - 15-09-2025

Para cualquiera que careciera de ojo clínico, resultaba evidente que los hombros marmóreos de la morena habían adoptado un cariz tensional.
Se advertía en las contracciones involuntarias, en aquel modo —casi imperceptible— en que el estrés reptaba bruscamente por el cuello hasta endurecerlo, alterando las venas por su paso, ahora marcadas, y apretandole la mandíbula.

Sí, estaba nerviosa; estaba tensa. Y todo porque su mente, habituada al tempo del pensar, avanzaba con mayor premura de la que su lengua lograba acompañar haciéndo que el silencio se instaurase en su boca.

De repente, y en medio de aquel intercambio de insultos unidireccionales, se llevó una mano a la frente.

Sus labios se torcieron en un gesto de irritación, revelando que algo dentro de ella se desbordaba; y, entonces, como si un yelmo opresivo se cerrase sobre su cabeza, se instaló en ella un dolor tan agudo como desconcertante. Era migraña. Los dientes le rechinaron, la mano se crispó con fuerza y, al fin, exclamó un:《¡Basta ya!》, que, en realidad, sonó con la misma fuerza que un cachorro al intentar ladrar.
En efecto, no tenía por costumbre discutir de esa manera ni elevar la voz.
Y eso la delataba.

Sin embargo, la fortuna no la había abandonado.

Porque justo cuando el suelo comenzó a oscilar bajo sus pies, y sus propios ojos —empeñados en asegurarle que nada se movía— le devolvían un temblor más sentido que percibido, apareció un hombre, raudo como el rayo, que, al parecer, sintió cierta compasión por ella.

Sus ojos se empañaron y su corazón, ya desbocado, se contrajo en un instante, arrancándole una punzada de dolor que la dejó sin aliento. A ello se sumó una contracción involuntaria que le robó el aire, mostrando que, incluso el propio cuerpo se había rendido al peso de la emoción.

Y es que, frente a ella, se desplegaba una escena tan noble como inesperada; había sido el propio desasosiego —terrible enfermedad del alma donde las haya—, unido a la mezcla de recelo y cálculo por parte de la comunidad, lo que la había hecho sentirse poco a poco deshumanizada. Porque, aunque se negara a aceptar tal verdad, lo cierto es que, a los ojos de muchos, había quedado reducida a una cifra: al número de Berries que portaba.
Y todo se resolvía en una única pregunta, siempre la misma, inmutable, cruda y cruel: ¿cuánto?. ¿Cuánto puedo sacar de ella? O, en su defecto, ¿cuánto necesita ella de mí?
Si la veían con víveres, la balanza se inclinaba hacia lo primero. Si en cambio iba con las manos vacías, con la mirada quizás demasiado fija en lo ajeno o lo desconocido, entonces recaía en lo segundo.

Y aquella balanza, como toda injusticia, se revelaba desproporcionada. Al fin y al cabo, cuando el miedo somete al individuo de tal manera, no cabe esperar otra respuesta.

No es que en ella imperara lo intimidante; no. Al contrario, solía poseer la gracia de la dulzura y la suavidad. Pero la incertidumbre —la mera concepción de una posibilidad, especialmente si la magnitud del mal es grande para quien la enfrenta— podía generar un temor intenso, incluso cuando la probabilidad de que ocurriera algo malo era mínima.

Y, Bai, solía justificarlo: como actos banales de personas sin juicio crítico, gobernadas por sus pasiones.

Y no, no solía afectarle en exceso, pues contaba con la compañía leal de su amigo felino, refugio funcional contra la hostilidad del entorno. Pero desde hacía unos días, esa enfermedad invisible, se había ido enraizando cada vez más hondo en su espíritu. Tan profundamente que, al final, le habían hecho sentir algo todavía más inquietante: la sospecha de haberse convertido en una mera cosa sujeta al estado de animo del nativo.

Por eso, cuando vió aquel gesto de resistencia moral, sintió que le devolvían la conciencia de ser un ser sapiente y no mera cosa. Y, en consecuencia, una lágrima perlada asomó, tímida y curiosa, en el rincón de su ojo izquierdo.

Presta, Bai se la enjugó con el dorso de la mano; mas en vano fue, pues otra, testaruda, rodó desde su ojo derecho.

Así, mientras su respiración intentaba recobrar la calma y su corazón hallaba de nuevo su compás, ocurrió un hecho tan insólito como enternecedor.

Después, como si el destino —ese ser de caprichosas costumbres— quisiera que la vieran en aquella frágil posición, el hombre se volvió hacia ella mientras varias lágrimas recorrían sus mejillas en un llanto mudo, semejante a una fina lluvia de verano que apenas se siente.

—Por favor… —murmuró en su lengua olvidada—. Disculpe —añadió, haciendo un gesto con la mano para pedir tiempo. Tiempo para borrar el camino húmedo que habían trazado las liberadoras lágrimas de Bai.

Y, tras ello, para su sorpresa, el hombre le ofreció aquello que hasta entonces había sido parte de su mal.

Conmovida por las acciones del samaritano, Bai no pudo hacer otra cosa que llevar su diestra hasta el pecho, en un gesto que expresaba tanto respeto como  agradecimiento. Pero su corazón y su alma, tocados por aquel buen hacer, querían liberarse aún más; y, presa de la emoción, las lágrimas brotaron de nuevo, inevitables e incontenibles.

Tratando de controlarse, Bai respiró hondo, intentando calmar el temblor que recorría sus hombros y su torso, ahora tensos por otro motivo. Se limpió de nuevo las lágrimas y, con las manos aún temblorosas, agarró con fuerza el cesto.

—Muchísimas gracias —balbuceó, consciente de que probablemente no la entendería, pero tan llena de gratitud que debía intentarlo.

En ese instante, sintió cómo la tensión que había aferrado su cuerpo durante días comenzaba a ceder, como si lentamente se desprendiera de ella, un hilo a hilo. A aquella liberación se sumaba, sin embargo, el dolor físico que dejaba el llanto: una jaqueca punzante y persistente que recorría su sien.

El dolor era intenso, y una mueca torcida apareció en su rostro, mezcla de incomodidad y alivio; pero incluso en ella, en aquel gesto involuntario, había un indicio de relajación: los hombros descendían suavemente y su pecho respiraba con más naturalidad.

Por desgracia, igual que todo lo que sube debe bajar, la adrenalina necesitaba ser expulsada.

Tan pronto como su cuerpo cedió a la relajación, Bai se vio obligada a cerrar los ojos, pues, una oleada de náuseas le recorrió el estómago —un reflejo inesperado de todo lo que su cuerpo acababa de liberar—, recordándole cuán intenso había sido el cúmulo de emociones que apenas comenzaba a desvanecerse.


RE: Soledad [Pasado/Cao] - Cao Guojiu - 06-10-2025

Parecía que la intervención de Cao había calmado el ambiente, la ignorancia y crueldad de aquellos vendedores se había esfumado cuando el señor Don dinero se había puesto en la mesa, era decepcionante pero al final entendía que cada uno de los que estaban allí se estaban buscando la vida en aquel infierno que había construido el reino de Sorbet 

Y si bien parecía que la muchacha se había calmado de pronto tomó acciones que denotaban claramente un mal estar general, ella era mucho más grande que él por lo que sería difícil estar pendiente de ella , él le agarró la mano, por si se caía poder jalarla hacia él Parece que te cuesta entender el idioma, ¿Te encuentras bien? Diría mientras hacía gestos con la mano disponible , le preocupa a la salud de la joven , quizás tenía tanta hambre que le había afectado físicamente, quizás era eso, pero quién sabe Cao solo estaba intentando ser amable pero la barrera del idioma estaba siendo un muro personalmente grande que atravesar, le soltó la mano y acercó un barril hasta ella es posible que a ella le costase entender que sucedía así que hizo el gesto de sentarse sobre el barril mientras la miraba e intentó que no se cayera, nunca se había tenido que enfrentar a este tipo de situaciones, no era médico y tampoco un erudito que pudiera entenderla, Cao ladeó la mirada y observó un puesto de bebidas, le hizo el gesto con ambas manos de esperarse ahí y no tardo en llegar con agua, quizás si ella se hidrataba un poco se encontraría mejor 

Diablos Cao, concéntrate hay una persona que necesita tú ayuda... Se replicaria así mismo para mantener la calma mientras observaba las reacciones de la joven, si las palabras no podían fluir los gestos quizás harían la conversación más fluida, desde luego tenía que averiguar si la muchacha tenía donde quedarse o sí tenía dinero al menos 


RE: Soledad [Pasado/Cao] - Bai Mudan - 18-10-2025

Su cuerpo aún se estremecía con sordo temblor, como si continuara llorando. Y, sin embargo, se sentía mejor. Era como si todo hubiera adquirido un aire nuevo, como si el mundo, de pronto, resultara menos hostil.

No porque algo hubiera cambiado realmente —el griterío del mercado y la gente seguían ahí—, sino porque un desconocido, un hombre bueno, había decidido quedarse a su lado sin pedir nada a cambio. Y eso, aunado al llanto mudo de la mujer, había dejado en el ambiente una sensación de limpieza, como si todo hubiese sido purificado.

Incluso lo inerte, hasta sus sutilezas, parecía haber sido tocado por esa claridad.

El aire, la gente, los olores... todo se impregnaba de una vida que antes no percibía. Y, de hecho, enraizaba lo más hondo de su pecho como algo pequeño —casi imperceptible— que estaba latiendo.

Era quietud. Era calma. Algo parecido a la paz. Pero no la paz misma, pues esa, lo sabía, le había sido vedada por el momento.

Entonces, lo sintió.
Una respuesta cálida, una mano amiga, que la invitaba a ofrecer sus palabras. Pero tan rápido como llegó, desapareció.
Ella no podía entenderle y, él, intuía Bai, tampoco.

Sin embargo, la soledad que había sentido había mutado en algo diferente, pues, el silencio, ya no le resultaba enemigo.

Por ello, la mujer sonrió con una mueca melancólica al tiempo que intentaba expresar, a través de un suave gesto con la cabeza —una negación— que no debía preocuparse por ella. Pero, eso, no funcionó. El hombre continuó preocupandose, intentando hacerla sentir cómoda, y en el camino la invitó a sentarse y le trajo algo de beber.

—Lo que has hecho... es admirable —murmuró con el corazón en la mano.
Pues para alguien como Mudai, una persona que buscaba constantemente una estructura lógica en todo lo vivo, la bondad de Cao se escapaba del cálculo como el agua en las manos de quien, avaro, intenta quedarse con ella. Y era admirable porque, a diferencia de la causalidad, en él había una armonía natural, un pulso que le hacía sentir al mundo menos caótico sin necesidad de rigidez.
Eso era la verdadera belleza.
—Ojalá el mundo estuviera plagado de buenas voluntades —continuó intentando mirarlo sin altivez desde su altura —Por favor, buen hombre. No cambies nunca.

Tras sus palabras, tomó un sorbo del agua regalada y le hizo un gesto para que se quedara a su lado; al fin y al cabo, lo único que necesitaba era eso: compañía.
Después, hubo un silencio.
Y, de mientras, contempló el paisaje, ahora más relajada, hasta que sus ojos se detuvieron en un pequeño gato —¿una cría, quizás?— que emergía del pórtico de una casa lejana y corría torpemente hacia otra esquina.

Era como ver a un cervatillo recién parido. Pero era un gato. Y ella conocía a otro gato. Lo recordó con su ropa, como una muñeca, caminando como un cervatillo...

Entonces rió. Rió breve, suave y sincera pero matizada por el dolor y la melancolía que aún la habitaban.
Después, señaló al animal y dijo:" —Ánax", evocando al gato que había recogido en un intento por explicarle que, en algún lugar del mundo, había un animal llamado así.

Tras ello, miró a Cao, sonrió y volvió a señalarlo para luego dirigir la mirada al suelo y, aprovechando que el sol estaba en buena posición, intentar proyectar con las manos la sombra de un gato.
Al fin y al cabo, el suyo era negro, y la sombra —pensó— le hacía más justicia que aquel atigrado.

—Ánax —repitió tratandole de hacerle entender.

Pero, por desgracia, Bai no era muy diestra en aquel arte, y la figura resultó deforme pese a todos sus esfuerzos.
Miró al hombre, luego a la sombra, y estalló en una risa muy diferente a la anterior: franca y limpia.
Era terrible en ese juego.