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Memories [Pasado - Privado] - Versión para impresión

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Memories [Pasado - Privado] - Rosse Bellecour - 03-10-2025

El sol de Samba brillaba con esa luz intensa que parecía querer competir conmigo, cariño. Poor thing, no sabía que la verdadera estrella había llegado al mercado.
 
Avancé entre los puestos como quien desfila sobre una pasarela invisible. Cada paso mío llevaba un swing ligero, cada cadera moviéndose al ritmo de la música callejera que un grupo de tamborileros tocaba al fondo. ¡Ay, honey! Samba siempre sabe recibir a un artista como yo, ruido, color, olores que se mezclan en un caos delicioso, pescado fresco, frutas exóticas, especias tan picantes que hacían estornudar hasta a los gatos callejeros.
 
—¡Cariñooo! —canturreé al pasar frente a un puesto de frutas, tomando una manzana roja sin pedir permiso —¿Qué me recomiendas hoy para endulzar mis labios? —El comerciante, un hombre robusto con bigote enroscado, me miró primero con desconfianza, pero luego, cuando mis ojos carmesí se clavaron en los suyos, se derritió como mantequilla al sol. Easy, darling, demasiado fácil. Le di una mordida a la manzana y dejé que el jugo se escurriera lentamente por mis labios pintados de carmín, haciendo un pequeño espectáculo sin necesidad de tarima.
 
—La paga es por adelantado —dijo él, nervioso, intentando recuperar la compostura.
 
—Claro que sí, honey —respondí sacando unas monedas que tintinearon como campanitas —Porque la belleza, a diferencia de tu mercancía, siempre viene con un precio. — Mi risa se expandió como si los toldos del mercado fueran mi propio techo de cabaret, algunos clientes voltearon, otros cuchichearon y unos pocos sonrieron, atrapados en el hechizo.
 
Seguí caminando con una bolsa en cada mano, llenándola de provisiones, pan duro para los días largos en el mar, un saco pequeño de papas, oh, darling, mis amadas papas fritas vendrían de aquí, y por supuesto botellitas de salsa dulce. Never forget the sauce. Sin ella, la carne era apenas un cadáver sin gracia. En un rincón encontré un tendero vendiendo espejos pequeños. ¡Mi debilidad! Tomé uno con marco dorado, lo alcé a la luz y me miré con un gesto dramático. Me arreglé un mechón de pelo que no necesitaba ser arreglado y guiñé a mi reflejo.
 
—Still gorgeous, baby. — El vendedor rió nervioso, sin saber si estaba bromeando o simplemente loco. Spoiler: eran las dos.
 
De pronto, un muchacho pasó corriendo entre los puestos y casi me tira la bolsa con las papas. ¡Sacrilegio! Lo detuve de un movimiento felino, colocando mi brazo frente a él como si fuera parte de una coreografía, el chico me miró con susto, cargaba pan robado y sus manos temblaban, entonces lo observé un momento, inclinando la cabeza como un gato curioso, luego, con suavidad, le acaricié la mejilla.
 
—Tranquilo, cariño yo también he corrido con hambre alguna vez. — El chiquillo, confundido, solo asintió. Saqué un pan de mi bolsa, se lo puse en las manos y le di una palmadita.
 
—Corre antes de que alguien menos encantador que yo te atrape. — El niño se fue, y yo me quedé con esa mezcla de dulzura y melancolía que a veces me brota sin permiso. Pero no podía permitir que la nostalgia robara la función, enderecé la espalda, lancé un beso al aire y volví a internarme en el bullicio del mercado.
 
Las miradas me seguían, algunas divertidas, otras incómodas, pero todas, cariño, todas atrapadas en el espectáculo que soy, porque donde piso yo, no queda silencio ni olvido y mientras acomodaba mis bolsas, pensé en mi barco esperando en el puerto, vacío de tripulación, pero lleno de promesas. Oh, sí, necesitaba provisiones, pero también necesitaba algo más, audience.


RE: Memories [Pasado - Privado] - Giyuu Ramhorn - 03-10-2025

El aire cálido de Samba me golpeó como un recuerdo disfrazado de presente. El bullicio del mercado, los aromas mezclados de especias, pescado y ron barato, el sonido de tambores que parecían querer meterse bajo la piel, todo estaba ahí, como un carnaval perpetuo que ni la miseria de los barrios junto al río podía apagar. Caminaba con la capa de oso sobre los hombros, la mirada fija, esquivando empujones y voceadores que me ofrecían mercancías que no pedí. Mi nariz detectaba demasiado, sudor, hambre, miedo, deseo, era un caos delicioso, pero yo ya estaba acostumbrado a esa clase de tempestades humanas.
 
Y entonces, entre tanto ruido, lo sentí, no primero con los ojos, sino con el olfato. Ese perfume inconfundible, una mezcla imposible de sudor dulce, especias, carmín y miel. Me detuve en seco, los dedos aferrándose instintivamente a la piel de mi capa, no podía ser, no aquí, no ahora, pero el destino parece disfrutar de jugar conmigo, giré la cabeza, y allí estaba. Rosse.
 
Caminaba entre los puestos como si todo el maldito mercado fuera su escenario personal, su andar era un baile, su risa un faro que atraía miradas, su voz un cuchillo brillante cortando el aire húmedo de Samba. Llevaba esas bolsas como si fueran parte del espectáculo, como si cargar papas fuera tan glamuroso como subir a un escenario., la gente lo seguía con la mirada, algunos fascinados, otros confundidos, y yo me quedé clavado al suelo, como un imbécil que no sabe si avanzar o esconderse.
 
Rosse Bellecour. Mi amigo, mi amante, mi tormenta de la isla Sorbet. Años sin verlo, y de repente, el destino nos vomita en la misma isla como si se riera de mí. La primera punzada fue de rabia. No por él, sino por mí. Porque todo este tiempo me había convencido de que la soledad era el precio justo para ser fuerte, para no depender de nadie. Había enterrado recuerdos, ahogado voces en ron y peleas, y ahora, verlo allí, brillando como si el tiempo no hubiera pasado, era como abrir esa tumba de un puñetazo.
 
Di un paso. El suelo crujió bajo mis botas, la gente seguía moviéndose a mi alrededor, pero yo ya no veía nada más, solo a él y, maldición, el corazón me golpeaba como en mis primeros combates, cuando todavía no sabía si saldría vivo o muerto. Avancé entre los puestos, la capa rozando frutas y telas. cuando estuve lo bastante cerca, lo vi entregarle pan a un chiquillo famélico. El gesto era tan suyo, tan jodidamente suyo, Rosse siempre tuvo esa mezcla de teatro y ternura, de exageración y verdad, yo nunca supe cómo odiarlo, ni siquiera cuando me hacía sentir pequeño con su luz.
 
—Beeh—  la palabra salió sola, más ronca de lo que pretendía y él giró la cabeza. Sus ojos carmesí me encontraron, y por un instante el mercado entero desapareció, no había tambores, ni vendedores, ni calor, solo esa mirada que reconocí de inmediato, aunque me negara a admitirlo.
 
No sonreí. No podía. Mi mandíbula se tensó, los músculos de mi cuello se marcaron como cuerdas tirantes. No soy hombre de sonrisas fáciles, menos después de tanto tiempo, pero mis ojos, esos ojos que mi madre siempre dijo que eran mi arma más peligrosa, hablaron por mí. Había sorpresa, había rabia, había deseo, había una nostalgia que me dolía como una herida abierta.
 
—Nunca cambias, ¿eh?— murmuré, acercándome hasta quedar a apenas un metro, mi voz baja, grave, cargada de todo lo que no había dicho en años —Siempre robándote las miradas de todos. — No era un reproche, era una confesión disfrazada de burla. Extendí la mano y, sin darme cuenta, toqué la tela de una de sus bolsas, como si necesitara confirmar que estaba allí, de carne y hueso, no una visión provocada por el ron o la nostalgia, el contacto me estremeció más de lo que debería.
 
—Pensé que no volvería a verte, Rosse—admití al fin, la voz quebrándose apenas un instante antes de endurecerse de nuevo —Y sin embargo aquí estás, en Samba, brillando como siempre. Beeh —Me incliné un poco hacia él, lo suficiente para que mi sombra lo cubriera del sol abrasador, como solía hacerlo en Sorbet cuando se burlaba de mi manía de protegerlo.
 
—Dime, ¿qué demonios haces aquí? Beeh.—pregunté, con la seriedad de quien necesita una respuesta, aunque en el fondo sabía que no importaba. Lo único que importaba era que estaba allí y aunque mi rostro seguía serio, mi corazón rugía con una sola certeza, la soledad que había cargado todo este tiempo acababa de tambalearse.
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RE: Memories [Pasado - Privado] - Rosse Bellecour - 03-10-2025

El aire se me detuvo en la garganta cuando escuché esa voz grave, rasposa, ese maldito “Beeh” que tantas veces me hizo rodar los ojos en Sorbet y que, aun así, siempre terminaba por arrancarme una sonrisa, giré la cabeza con un gesto lento, dramático, como si todo el mercado hubiera ensayado para este momento y ahí estaba él. Oh, cariño… él.
 
Los tambores, las voces, el bullicio del mercado… todo se borró. Solo quedaron esos ojos clavados en mí, tensos, hirientes, hermosos, y un recuerdo de adolescencia que volvió a morderme el corazón como si nunca hubiera pasado el tiempo, mis labios se curvaron en una sonrisa que no supe si era alegre o cruel, y solté una risita de esas que siempre odió porque nunca sabía si reírme de él o de mí mismo. —Jususususu, Honey. —
 
Apreté más fuerte la bolsa de papas, porque claro, darling, incluso en una tragedia yo cargo con mi saco de papas y di un pasito coqueto hacia adelante, ladeando la cabeza como un gato curioso. —Mira quién ha venido a arruinarme el mercado con su cara larga —canturreé, y mientras hablaba, mis dedos hicieron un gesto amplio, como si estuviera presentando al público a la gran estrella secundaria de mi show —Giyuu, cariño, my first heartbreak ¿O debería decir mi primer error deliciosamente inevitable? —
 
Me acerqué despacio, dejando que mi perfume, miel, flores y un toque de marfil, se deslizara hacia él como una invitación. Al estar a apenas un metro, pude sentir su sombra cubrirme, como tantas veces en Sorbet cuando jugaba a ser mi guardián y por un instante, solo por un instante, quise volver a ese sótano oscuro donde su voz era lo único que me recordaba que aún estaba vivo.
 
Pero Rosse no llora en mercados, honey. Rosse sonríe, Rosse improvisa, Rosse hace del dolor un espectáculo. —Nunca cambiaras tú tampoco, ¿eh? — dije en un susurro juguetón, inclinándome apenas para que mis labios casi rozaran su oído —Siempre tan serio, tan frío y aun así, darling, te tiemblan los ojos cuando me miras. — Me aparté con una vuelta ligera, mi chaqueta roja girando como cortina de cabaret, y extendí los brazos hacia la multitud que seguía sin entender nada de lo que ocurría entre nosotros.
 
—¡Mírenlo todos! —exclamé en español, teatral, señalándolo con un dedo adornado con anillos brillantes —El único hombre que logró robarme un beso antes de que yo aprendiera a robar corazones. — La gente rió nerviosa, unos aplaudieron, otros cuchichearon, pero yo solo tenía ojos para él. Bajé los brazos, me acerqué de nuevo, y esta vez sí dejé que mis dedos lo tocaran, primero su capa, luego su mano, con la suavidad de quien sabe que puede quemarse en el contacto.
 
—Pensé que estabas muerto, honey o peor, aburrido en algún rincón del mundo —murmuré, bajando un poco la voz, dejando que la máscara de risa se resquebrajara apenas —Y ahora resulta que aquí estás, oliendo a ron barato y recuerdos que yo me juré enterrar. —Lo solté con la misma rapidez con la que lo había tocado, recomponiendo la sonrisa. No podía dejar que viera el temblor que me agitaba el pecho.
 
—¿Qué hago aquí? Pues lo que mejor sé hacer, cariño, vivir, brillar y escandalizar. El mercado de Samba es mi escenario por hoy, pero mañana quién sabe, quizás el puerto, quizás la cárcel, quizás el palacio del gobernador si me dejan llevarme los muebles bonitos. —Me incliné otra vez, esta vez para mirarlo directamente a los ojos, no había burla, no había risa: solo esa intensidad que siempre lo desarmaba.

—La pregunta real, Darling, no es qué hago yo aquí. Es qué harás tú ahora que me encontraste. — Y antes de darle tiempo a responder, solté una carcajada musical, fuerte, clara. —Jususususu —


RE: Memories [Pasado - Privado] - Giyuu Ramhorn - 03-10-2025

El eco de su risa, esa maldita risa, me atravesó el pecho como un cuchillo envuelto en terciopelo. No importaba cuántos años hubieran pasado, Rosse siempre supo cómo ponerme al borde entre la furia y el deseo. Y ahí estaba, pavoneándose frente a medio mercado, usando mi nombre, mi recuerdo, mi pasado, como parte de su espectáculo barato. La gente lo miraba, algunos reían, otros cuchicheaban, y yo sentía cómo la sangre me hervía en las venas.
 
Rosse nunca tuvo miedo de exhibirnos, ni de usar las palabras como dagas envenenadas. Yo, en cambio, siempre fui el muro, el que guardaba silencio, el que soportaba, pero ahora, bajo el calor sofocante de Samba, con esa chaqueta roja girando como si quisiera encandilar al mismo sol, me descubrí al borde de hacer algo que en otra época habría evitado, mostrar lo que me quemaba por dentro.
 
Di un paso hacia él, firme, pesado, las botas hundiéndose en la tierra reseca del mercado. La multitud abrió un pequeño hueco entre nosotros, expectante, como si estuvieran presenciando el inicio de una danza, mis ojos se clavaron en los suyos, esos ojos carmesíes que parecían divertirse con mi tensión, pero en el fondo, en esa grieta mínima de su sonrisa, noté lo que siempre quise ver, el temblor escondido.

—Rosse, Beeh —dejé escapar, con una media sonrisa torcida, cargada más de rabia que de burla. Cuando intentó apartarse tras tocar mi mano, no lo permití. Sujeté su muñeca con fuerza, no al punto de lastimarlo, pero lo bastante firme para que supiera que no estaba bromeando, lo atraje hacia mí, reduciendo el espacio a nada, tanto que pude oler la miel de su perfume mezclada con el sudor y el polvo de Samba.
 
—Eres un cabrón —murmuré, mi voz baja, grave, como si fuera un secreto destinado solo a él, aunque todos los presentes pudieran sentir la tensión —Siempre jugando, siempre riéndote y aun así, me buscas con los ojos como si yo fuera tu maldito puerto seguro. — El bullicio alrededor se volvió ruido de fondo. El mundo podía arder y yo seguiría clavado allí, en esos segundos que parecían eternos. Lo empujé suavemente contra el poste de un puesto de telas, quedando frente a frente, mis cuernos a apenas unos centímetros de su rostro.
 
—¿Qué haré ahora que te encontré? —repetí sus palabras, escupiéndolas como desafío. Mis ojos lo recorrieron de arriba abajo, deteniéndose en su chaqueta, en sus labios pintados, en esa maldita sonrisa que me perseguía en sueños y pesadillas —Haré lo que siempre hago, Rosse. No retroceder. — Mi agarre en su muñeca aflojó un instante, lo suficiente para que él pudiera liberarse si lo deseaba. Pero no lo hizo, ese gesto, pequeño pero real, me dio más respuestas que cualquier carcajada suya.
 
—Pensé que me habías olvidado —admití al fin, con la voz ronca de tanto contener lo que nunca dije —Que lo nuestro había sido solo un juego para ti, un recuerdo enterrado bajo tus perfumes y tus malditas risas, pero aquí estás, y mírate sigues doliendo igual. — Mis palabras fueron duras, pero no frías. Había fuego en ellas, un fuego que ni yo mismo sabía si quería apagar o avivar.
 
Lo solté al fin, pero no di un paso atrás, mi cuerpo seguía ahí, cerca, tan cerca que hasta el aire parecía cortarse, bajé la voz, lo suficiente para que la multitud no escuchara lo siguiente.  —Brillas mucho, Rosse, tanto que olvidas lo que pasa cuando alguien se acerca demasiado a la luz. Se quema y yo—mi respiración se agitó, mis ojos claros clavados en los suyos — Yo ya me quemé una vez contigo. — Enderecé la espalda, alzando el mentón, volviendo a mi porte imponente, al guerrero que el mundo ve. Pero dentro de mí, las palabras me sabían a confesión, a herida abierta.
 
—Maldición, ¡Beeh! — dejé escapar con una sonrisa torcida, mitad amenaza, mitad rendición y mientras la multitud murmuraba y se apartaba, yo solo podía pensar en algo: no importa cuánto me haya esforzado en forjarme como solitario, Rosse Bellecour había logrado en un instante tambalear la fortaleza que me tomó años construir.


RE: Memories [Pasado - Privado] - Rosse Bellecour - 03-10-2025

Su mano atrapó mi muñeca y todo el aire se me escapó del pecho. No fue la fuerza, Darling, he soportado cosas peores que el agarre de un hombre, fue lo que significaba. Esa sensación de que, aunque mis labios pintados sonrían, aunque mi risa inunde el mercado, aunque mis pies bailen como si la vida fuera un cabaret eterno por dentro seguía siendo ese niño encerrado en un sótano, con la garganta rota de gritar un nombre que nunca vino a salvarme.
 
—Jususususu— esta vez no salió como risa, cariño. Salió como un sollozo disfrazado de carcajada. Me dejé empujar contra el poste de telas, la espalda recta, el mentón en alto, como si aún estuviera en un escenario, pero mis ojos, esos tontos ojos míos no supieron seguirme el juego.
 
—¿Por qué? —pregunté de golpe, mi voz quebrada, inesperadamente grave —Dime, honey… ¿por qué me dejaste allí abajo? — Mi mano libre subió hasta su pecho, temblando, no para apartarlo, sino para anclarme a su calor, a la realidad de que estaba allí, que no era un fantasma de Sorbet.
 
—¿Por qué nunca rogaste por mí, cariño? —escupí la palabra con veneno y deseo mezclados, el carmín de mis labios temblando —Decías que me amabas, ¿no? Que era tu pequeño tesoro… ¿y aun así? ¡Te rendiste! — La multitud calló un poco, como si hasta los mercaderes supieran que estaban presenciando algo demasiado íntimo, yo ni siquiera los veía, no los escuchaba, todo para mí en este momento era él.
 
—¿Sabes cuántas veces conté los días, darling? —continué, mi voz subiendo como un grito en un escenario —¿Cuántas veces soñé que abrirías esa puerta, que me sacarías de la oscuridad? ¿Que ibas a convencerlos de que yo no era su monstruo, sino tu amor? — mi perfume de miel se mezcló con el sudor, con las lágrimas que se negaban a caer, con la rabia que me dolía en el pecho, me incliné hacia él, tan cerca que mis labios casi rozaron su mandíbula.
 
—Y en cambio, hiciste tu vida. —Mi sonrisa volvió, torcida, rota, más cruel que dulce —Mientras yo aprendía a cantar solo en la oscuridad, tú aprendiste a vivir sin mí, tomaste un maldito barco y zarpaste al mar como todo un campeón. —Lo empujé con un movimiento teatral, no de fuerza sino de drama, golpeando con la palma de mi mano su pecho para separarnos unos centímetros, lo suficiente para verlo entero, mis ojos carmesíes brillaban húmedos, no de coquetería, sino de reproche.

—Dime, Giyuu ¿acaso mi amor no valía una súplica? ¿Acaso yo no valía la vergüenza de pelear por mí? — La palabra se me rompió en la garganta, y tuve que apretar la mandíbula para que no se quebrara en un sollozo, me llevé la mano libre al rostro, arreglándome un mechón que no necesitaba arreglo, intentando reconstruir la máscara, pero el temblor en mis dedos me delató.
 
—¿Por qué tuve que quedarme encerrado, honey? ¿Por qué tuve que aprender a amar mi propia voz para no olvidar que existía? —pregunté, bajando el tono hasta un susurro desgarrado —¿Dónde estabas tú mientras yo moría despacio fruto de amarte? — El silencio se hizo espeso, mi pecho subía y bajaba con violencia, mis labios sonreían, pero mis ojos gritaban. El mercado entero parecía aguantar la respiración, esperando su respuesta, como si todos los tambores, las frutas y las especias hubieran desaparecido y yo me descubrí hecho pedazos, allí, en pleno Samba, frente al único hombre que alguna vez me hizo creer que podía ser amado.


RE: Memories [Pasado - Privado] - Giyuu Ramhorn - 03-10-2025

El golpe de sus palabras me atravesó más que cualquier espada. Ese “¿por qué me dejaste allí abajo?” me heló la sangre, como si de pronto Sorbet hubiera vuelto a tragarme. Vi la grieta en su voz, la humedad en sus ojos, la máscara resquebrajada y, Beeh, lo odié, no a él, sino a mí. Porque cada sílaba era verdad.
 
La multitud estaba tan cerca que podía sentir sus respiraciones encima, los murmullos clavándose en mi nuca. Rosse brillaba incluso roto, incluso gritando su dolor en público, y yo nunca supe lidiar con la luz, ni con el espectáculo, ni con la condena. Mis dedos se crisparon, mi mandíbula tembló y entonces lo decidí.
 
—Basta. —mi voz tronó, grave, como un trueno que partió el aire en dos. Lo sujeté de la muñeca otra vez, pero esta vez no con dudas. Lo arrastré hacia adelante, apartando con el hombro a mercaderes, compradores y curiosos, la maldita gente murmuraba, algunos reían nerviosos, otros callaban, pero yo no miré atrás. solo escuchaba el crujido de mis botas y el sonido de sus anillos tintineando mientras tiraba de él. Rosse se resistió al principio, claro que sí, con esa teatralidad suya de muñeca frágil y fiera a la vez, pero yo no lo solté. No iba a dejar que nuestra historia fuera devorada por las risas de extraños, no iba a permitir que su dolor se volviera espectáculo de mercado.
 
El calor de Samba nos empapaba, el olor a especias, pescado y sudor seguía ahí, pero con cada paso, con cada esquina doblada, se iba apagando el bullicio, caminamos entre callejones, bajando la cuesta polvorienta, hasta que el aire cambió, salobre, fresco, cargado de mar, el puerto específicamente. Las gaviotas graznaban, el agua golpeaba contra los cascos de los barcos, el ruido del mercado era ya un murmullo lejano, solo entonces lo solté, no de golpe, sino despacio, como si mis dedos no quisieran dejarlo ir del todo.
 
Me quedé mirándolo, con mi capa todavía agitándose por el viento del mar, mi pecho subía y bajaba como si acabara de pelear diez combates seguidos. —Aquí no hay público, Rosse. —dije al fin, mi voz ronca, dura, pero con una grieta en el fondo —No hay risas, no hay aplausos. Solo tú y yo. — Di un paso hacia él, reduciendo la distancia, no con brusquedad esta vez, sino con un peso que venía de años de silencio.
 
—¿Quieres respuestas? —pregunté, clavando mis ojos en los suyos, que todavía ardían con lágrimas no caídas —Te las daré, pero no en un mercado, no frente a vendedores y putas que no saben quién demonios somos. — El viento agitaba su chaqueta roja, y por un instante, vi otra vez al niño del sótano. Ese niño que yo no pude salvar, el recuerdo me atravesó como una lanza.
 
—No me pidas que me defienda con aplausos alrededor. — continué, más bajo, más íntimo —No me pidas que convierta tu dolor en espectáculo. No me lo hagas. —Guardé silencio unos segundos, mis manos temblando a los costados, porque la verdad me estaba ahogando.
 
—Beeh — solté, como un suspiro, un gruñido desesperado —Te fallé, Rosse y no hay escenario en el mundo que cambie eso. — Mi voz se quebró, apenas un segundo, pero lo suficiente para que el mar lo escuchara.
 
Me acerqué un poco más, mi sombra cayendo sobre él, como tantas veces en Sorbet, como si el tiempo no hubiera pasado. —Pero ahora estamos aquí. Y si vas a romperme, hazlo. Si quieres respuestas, tómamelas con estas manos tuyas, pero no me obligues a fingir que somos un maldito acto de feria. Beeh—  El puerto entero parecía contener el aliento. Mi pecho ardía, mis ojos lo devoraban, y aunque mi rostro seguía serio, por dentro todo era un grito.
 
—Estamos solos, Rosse. Ahora dime ¿quieres escuchar la verdad, o quieres que siga siendo tu monstruo silencioso? —


RE: Memories [Pasado - Privado] - Rosse Bellecour - 07-10-2025

El viento salobre me despeinaba, pero no me molestaba. Al contrario, Darling, hacía más dramático mi regreso a la realidad, sus ojos me devoraban, y yo sentí esa misma chispa que me había quemado en Sorbet, mezclada con la audacia de un pirata que ya no es un niño encerrado en un sótano.
 
—Jususususu, Honey. —solté una risa que esta vez sonó más forzada, como si mis labios se resistieran a traicionar la tensión que sentía —Mira quién me arrastra por el puerto como si yo fuera un simple juguete de feria. Darling, no olvides que los juguetes rotos también pueden morder. — Di un paso atrás, mis bolsitas de provisiones balanceándose a mi lado, y mis manos jugaron con mis anillos como si estuviera afinando el escenario. Mi respiración se había acelerado, pero ya no era el niño que temblaba ante su fuerza. Era Rosse Bellecour, el capitán de los Pirata Cabaret, y la diferencia se notaba hasta en cómo sostenía mis bolsas.
 
—Giyuu, cariño —dije bajando la voz, mi tono suave pero cargado de filo —No olvides que no soy el mismo de antes. No soy aquel chico que corría por los pasillos de Sorbet esperando que alguien se preocupara. Ahora, cuando me toques de nuevo, no sabrás quién te golpeó y créeme, Darling podría ser peor que cualquier recuerdo. — Me incliné hacia él con esa teatralidad que me define, mis ojos carmesíes brillando con una mezcla de advertencia y desafío, extendí un dedo, apenas rozando su barbilla.
 
—Pero no todo está perdido, honey. —sonreí un poco, con esa sonrisa torcida que siempre confundía a Giyuu —Si de verdad quieres que te perdone, si quieres que vuelva a confiar en ti, tendrás que probar que eres digno de mi mundo. —Mis manos se abrieron como invitando, pero con un gesto de atrévete a entrar —Únete a mi tripulación, vive mi vida, mi caos, mi cabaret y demuestra que darías tu vida por mí, como yo habría esperado de ti hace años. — Retrocedí un paso, dejándolo respirar, pero no soltándolo del todo con la mirada. Mi cabello plateado bailaba con el viento, mis labios estaban tensos, y mis manos, aunque descansaban a los costados, parecían listas para golpear o acariciar con igual facilidad.
 
—Aquí no hay aplausos, honey. Aquí no hay público que aplauda nuestras miserias, aquí solo estamos tú y yo, por más aburrido que eso sea. —Hice una pausa, mis hombros rectos, el porte de un pirata, no de un niño —Así que decide rápido, ¿quieres seguir siendo un espectador de mi vida, o vas a aprender lo que significa navegarla conmigo? —

Me acerqué otra vez, esta vez más cerca de lo que el respeto y la teatralidad deberían permitir, inclinando la cabeza de lado como un gato curioso, estudiándolo. —No esperes que me deshaga en palabras dulces, Giyuu. No esperes que deje que el pasado siga marcando el presente, Soy Rosse Bellecour, cariño, y mi vida, mi tripulación, mis reglas las manejo solo yo. —Pero debajo de toda la máscara, de la teatralidad exagerada, un hilo de vulnerabilidad aún me atravesaba. Quería que lo viera, que entendiera que no solo era juego, que las heridas del sótano no se borran, que mi confianza no se entrega a cualquiera. Solo a alguien dispuesto a jugar con fuego de verdad.
 
—Jususususu, Darling, —solté mi risa musical, más corta, más controlada —Toma tu decisión, porque cuando decidas tocarme otra vez —Mis ojos carmesíes brillaron intensos —No sabrás quién te golpeó, pero si de verdad estás dispuesto a arder conmigo, tal vez, solo tal vez, encuentre un lugar para ti en mi tripulación. — Retrocedí un paso, colocando mi espejo de bolsillo en la mano, revisando que todo siguiera perfecto, aunque por dentro, honey, mi corazón latía como si cada segundo con él fuera un acto de riesgo. El puerto estaba silencioso, solo el mar y nuestras respiraciones, todo el resto irrelevante.
 
—Ahora, Giyuu, dime, cariño —finalicé, con un tono que mezclaba desafío y promesa —¿Navegarás conmigo, o volverás a ser un espectador de mi vida? —


RE: Memories [Pasado - Privado] - Giyuu Ramhorn - 12-10-2025

El mar golpeaba el muelle con una calma que solo existe antes de las tormentas. El viento traía olor a sal y madera húmeda, y entre ese ruido suave, su voz seguía resonando, dulce y cortante, como una navaja envuelta en perfume y ahí estaba Rosse Bellecour, el niño de Sorbet que ahora me hablaba como un capitán, el que lloraba entre sombras, y ahora desafiaba al mundo con lentejuelas y fuego en los ojos. Me quedé mirándolo en silencio, no pude evitarlo, había pasado tanto tiempo intentando enterrar el pasado que, cuando lo veía así, erguido frente al mar, no sabía si sentía orgullo o miedo, aunque probablemente eran las dos cosas.

Su pregunta seguía flotando en el aire, cargada de desafío, de esa maldita energía que siempre lo hace parecer el centro de todo, di un maldito paso hacia él, despacio, sin romper el silencio más de lo necesario, mii capa se movía con el viento, pesada, casi viva —Sabes bien que no soy un hombre de barcos ajenos —dije al fin, mi voz ronca, apenas un murmullo que el mar podría haberse tragado —Pero tú…tú nunca fuiste un capitán fácil de ignorar. —Rosse ladeó la cabeza, como un gato satisfecho, esperando una respuesta más clara y yo no supe que mas que hacer que suspirar, un suspiro demasiado largo, bajando la mirada hacia sus manos, esos dedos llenos de anillos que temblaban a pesar de su seguridad ensayada.

Resoplé un momento, pasándome una mano por el cabello —No te harás más sensato, ¿verdad? Siempre buscando el borde del precipicio, la tormenta más grande, el escenario más peligroso. Beeh!!—Levanté la vista, y mis ojos se encontraron con los suyos. —Si me quedo en tierra, vas a meterte en problemas, lo sé y como no tengo intención de volver a verte desaparecer—di otro paso, quedando tan cerca que el viento nos empujaba uno contra el otro —Me uniré a tu maldita tripulación.— Sus labios se curvaron apenas, pero levanté un dedo, deteniéndolo antes de que hablara.

—Pero no lo hago por tus discursos, ni por tus risas, ni por tus espejos, Rosse. —mi voz bajó, grave, casi un gruñido —Lo hago porque sé que no tienes sentido común, y alguien tiene que mantenerte con vida. — Hice una pausa breve, no como las suyas que parecen puro teatro, mas bien era una de esas pausas que haces cuando intentas acomodar tus propios pensamientos. — Y porque quiero ver en qué demonios te conviertes cuando nadie más pueda frenarte, Beeh!!— El silencio que siguió fue pesado, eléctrico, el mar rugía detrás de nosotros, golpeando la madera como si aplaudiera, entonces extendí la mano hacia él, la misma que antes lo había sujetado, pero ahora abierta, firme, esperando.

—Así que ahí lo tienes, Capitán Rosse. —dije, con una media sonrisa casi invisible —Si vas a bailar con las tormentas, alguien tendrá que estar a tu lado cuando empieces a girar demasiado.— Sus dedos, al rozar los míos, temblaron y  en ese instante lo supe, lo que sentía no era solo culpa, era una mezcla de miedo, admiración y algo que no tenía nombre, algo que llevaba dormido años y que ahora despertaba con el olor del mar y el sonido de su risa quebrada.

—No esperes que cante contigo, Beeh —añadí, girándome para mirar el horizonte, el sol hundiéndose como una moneda de fuego sobre las aguas —Pero estaré allí, en cubierta y si alguna vez el mar intenta tragarte otra vez,  esta vez no pienso dejarte abajo — Me volví hacia él una última vez con una sonrisa.  —Vamos, Capitán. Enséñame tu barco. —