Nakama no Mi - Foro Rol de One Piece
El precio del talento. [Hyakhintos — Pasado] - Versión para impresión

+- Nakama no Mi - Foro Rol de One Piece (https://nakamanomi.com)
+-- Foro: Mundo (https://nakamanomi.com/forumdisplay.php?fid=3)
+--- Foro: South Blue (https://nakamanomi.com/forumdisplay.php?fid=7)
+---- Foro: Reino de Sorbet (https://nakamanomi.com/forumdisplay.php?fid=302)
+---- Tema: El precio del talento. [Hyakhintos — Pasado] (/showthread.php?tid=2231)



El precio del talento. [Hyakhintos — Pasado] - Lucarne Ashveil - 07-10-2025

Lluvia.

Gotas de agua caían en rafagas a altas velocidades, cayendo, finalmente, hasta perderse en pavimento que las recogía. Su pasar dejaba consigo un reflejo de luces distorsionada en los charcos. Ashveil caminaba entre ellos, con su clásica gabardina negra que se hacia paso entre el ambiente lúgubre de la noche. Tan típico como al mismo tiempo atípico. Habia escuchado por voces ajenas sobre la existencia de un médico con capacidades excepcionales que operaba en la sombras, en un lado donde el ojo humano no se atrevía a visualizar por lo oscuro que puede llegar a ser.

Alguien capaz de devolver a la vida incluso a los moribundos. Pero, incluso ello; tenia un precio que pocos se atrevían a pagar. Y alli estaba, en busqueda de aquella figura enigmática. En el reino de sorbet, donde el  aroma a óxido, mar y pobreza se mezclaban en una sola marea de desigualdad. En las calles de ese injusto reino la vida se basaba en favores, en supervivencia. Lejos del palacio y la nobleza aquel lugar era un ápice de corrupción en su mayor esplendor.

Se desplazaba por los callejones húmedos, abriéndose paso entre las multitudes en zozobra. Un anciano en una taberna le comentó sobre su existencia; Primero, que su cabello rosa era señal de peligro y, segundo, que solian llamarlo el "Jardinero", porque sus pacientes florecían o se volvían una pieza de arte al cual vender al postor que pagara más. Una ironía que a Ashveil le helaba un poco la sangre.

Fue guiado no solo por las indicaciones sino también por el olor a sal y descomposición,  llegando a una vieja embarcacion anclada al extremo del puerto, escondida ante la vista publica. « Muy astuto, eh». La puerta estaba entreabierta, al entrar lo primero que hizo Ash fue fruncir el ceño por el aroma a alcohol. En sus mesas metálicas habia frascos con organos en soluciones que ni él prefiere preguntar que eran.  — Lo siento, pero no tengo cita... Algun problema si me atiendes? — Dijo, tomando uno de los frascos y curioseando. « ¿Es un jodido corazón? ».

—Dicen que puedes salvar vidas —respondió Ashveil, usando su voz grave. — Pero también que cobras en trozos — Y por lo visto, era cierto.  — Sere directo e ire al grano. No vine por ti... Sino por tu talento —. Si los rumores eran ciertos aquel hombre era lo que buscaba.

—Busco un médico para mi tripulación. Uno que sepa mantener con vida a mis hombres aún cuando el maldito mar se los trague a pedazos —  Tomo asiento y le señalo. —Y mientras ninguno de los míos acabe en tus frascos.... Eres libre de hacer... Bueno.... — Esas cosas turbias, pero no le diria. Trataría de buscarle la forma de que matara menos si lograba entrar en sus filas. — No confio en ti, no por lo que he visto, pero confió en tu talento y evaluando riesgos, tú eres un riesgo con demasiado valor para dejarte libre. — Y el hecho de que Ash sabia que en su tripulación podria limitar su trafico de organos.



O eso esperaba...

.

.


RE: El precio del talento. [Hyakhintos — Pasado] - Hyákinthos - 08-10-2025


Llueve.

Las gotas pesadas golpeando contra el barco le recuerdan a su primera noche en esa isla.

Sí, sus recuerdos son pocos, fugaces, pero, por un motivo que desconoce, aún tiene en mente su primera noche en Sorbet. Tiene sus teorías de eso, por supuesto, tal vez se debe a la emoción del momento, a esa ilusión de creer que viviría tan dignamente como en Momoiro, siendo un médico como cualquier otro, tal como lo fue en aquella isla ¡Cuan equivocado estuvo!, pues, sin alguien que mantuviera sus viejas costumbres controladas, solo bastó año y medio para que estas salieran a flote.

Sus manos se tensan alrededor del bisturí ensangrentado, sus pensamientos empiezan a molestarlo. No hay motivo para pensar en el pasado, mucho menos en el “hubiera”, alguien como él solo tiene el presente.

Suspira.

Deja que el agua caiga sobre la navaja del bisturí, deja que limpie los rastros de sangre, tal como ha limpiado el de sus otros instrumentos y el de sus propios guantes quirúrgicos. El sonido del líquido escurriendo sobre el metal lo alivia, lo distrae de la lluvia exterior…le hace pensar que con ello lava sus crímenes.

Pero… ¿Qué tanto mal en verdad hace?

Sus “víctimas” son escoria que tuvieron la suerte de tener buena salud, personas que nadie extrañará, que nadie buscará, gente que incluso la marina estaría agradecida de que desaparecieran de la noche a la mañana…claro, eso se dice a sí mismo, pero bien sabe que entre su lista de víctimas hay personas que no cumplen con esas características, pero puede contarlos con los dedos, son casos especiales, casos más…sentimentales…y sí, a esos sí los puede recordar.

La sangre ya no se refleja en el bisturí, se había limpiado por completo y ese acto tan simple hace que una sonrisa se dibuje en su rostro, una que queda tapada bajo la mascarilla que aún lleva puesta… ¿Por qué sonríe? Porque ahora todo está tan pulcro como al inicio, no hay restos de ningún “desmembramiento”, pero, aun así, falta algo: esterilizar las herramientas. La puertecilla del autoclave está abierta y el bisturí no tarda en terminar dentro de aquella maquina junto con el resto de los utensilios.

Al fin puede descansar, esa noche ha conseguido buena mercancía: ojos en perfecto estado, unos riñones funcionales, un corazón joven, pulmones sin rastros de daño por fumar y demás cosas que harían una lista casi interminable pero que, al mismo tiempo, suman más berries a su cuenta.

No tardó en deshacerse de sus guantes y bajar su mascarilla, con todo en la “sala de operaciones” ordenado, su trabajo consiste ahora de actualizar su “inventario” y tal vez ponerse en contacto con su principal comprador, aunque…eso bien puede esperar al día siguiente, sí…mejor, ver su den den mushi ahí descansando no lo incentiva a querer despertarlo.

Al salir a lo que consideraría su “oficina”, un espacio apenas apartado por una puerta metálica se centró en estirar sus músculos, quitándose de encima la pereza y el cansancio acumulado por las horas de meticuloso trabajo, además, pudo por fin sentarse en una cómoda silla en la que dio un par de vueltas antes de centrar sus ojos sobre el papel en la mesa…el inventario, claro…mejor encargarse de eso antes de que el sueño empezara a hacer estragos con él, aunque, tal vez eso no sería posible, no de inmediato al menos.

Unos pasos lo alertaron; sin embargo, nada pudo hacer para evitar que la puerta, de por si entreabierta, se terminara de abrir para que el “viejo” barco recibiera a un desconocido visitante.

Sus sentidos se mantuvieron en alerta, sus músculos se tensaron y sus piernas no pudieron mantenerse en el asiento, tuvo que ponerse de pie para que le fuera más fácil defenderse en caso de ser necesario, aunque, el hombre que tenía el descaro de aparecerse de ese modo pareciera no tener, por ahora, ninguna intención de atacarlo.

Tuvo que seguirlo con la mirada, estudiando cada paso, cada gesto y, además de la voz tranquila con la que ha hablado, una que le da la impresión de que el sujeto que tiene frente a él es demasiado confiado…no le gustan las personas tan confiadas, mucho menos las que tocan sus cosas sin preguntar antes.

—¿Atenderte? —En otro momento se habría cruzado de brazos, ahora no se puede dar ese lujo. —No pareces estar enfermo —. Y es claro para él que ese hombre no está ahí por una enfermedad, solo juega con las palabras, con el tiempo, estirando cualquier posible intromisión de alguna autoridad…Ha pasado mucho tiempo en Sorbet, es tiempo de mudarse. —Aunque supongo que podría escucharte, ya que te has tomado la molestia de venir hasta aquí con este torrencial.

No dice nada por el frasco que el recién llegado toma entre sus manos, pero da un par de pasos al frente para quedar justo delante de él, obligándose a mirar hacia abajo por culpa de una clara diferencia de alturas.

—Sí, puedo salvar vidas, soy médico, eso queda claro —Uno de sus brazos se movió con gracia, mostrando la evidente “oficina” de alguien dedicado a su profesión, hay medicamentos, algunos frascos con órganos que bien podría decir son solo para estudio y algunas imágenes pegadas en las paredes con diagramas del cuerpo humano, pero, el gesto de tranquilidad se fue desvaneciendo en cuanto escuchó las siguientes palabras del otro hombre.

“Pero también que cobras en trozos.”

La iluminación en la sala es suficiente para que se note con claridad como la sangre de su rostro se va desvaneciendo poco a poco, la palidez que queda reflejada en su cara muestra y la manera en la que sus ojos se abren con sorpresa son sinónimos del espanto que empieza a sentir…sí, definitivamente, ha pasado mucho tiempo en Sorbet, no tiene más tiempo que perder en esa isla si sus negocios y dónde encontrarlo son tan conocidos.

No es capaz de articular palabra y su único gesto es desviar la mirada y morderse el labio con fuerza, un labio de por si magullado por la cantidad de veces que, seguramente, realizó ese gesto durante la “operación” de antes.

¿Quién es ese hombre? ¿Por qué lo busca? Si es alguien de la marina está más que jodido.

Puede sentir el sudor frío recorriendo su piel y, de repente, es la misma voz del desconocido la que logra traerlo de regreso a la tierra.

—¿Eh? —Su mirada vuelve a posarse en el más pequeño y su cabeza se ladea un poco, ahora lo mira con curiosidad. —Mi… ¿talento? Eso no…tiene sentido…no soy un artista, solo un médico…creo que…

¿Una trampa? Debe ser una trampa, algo para hacerlo hablar, simplemente no puede confiar tan fácil en alguien que diga que viene a buscarlo por algo tan simple, pero entonces, más palabras llegan a sus oídos y, esta vez, lejos de causarle temor o sorpresa le causan gracia.

¿Una tripulación? De creer que es una trampa, empieza a creer que es una broma.

Se gira cuando nota que el chico se acomoda con confianza en su propia silla, incluso se atreve a bajar un poco la guardia al recostarse a uno de los estantes del barco, aun quedando de frente al otro hombre, asegurándose que notara la sonrisa de medio lado que se ha formado en su cara al escuchar aquello.

—Hay muchos médicos en esta isla —. Recalca lo obvio, no con arrogancia, si no con voz seria, casi monótona. —¿Qué clase de tripulación querría a uno como yo? —No puede confiar aún en el otro hombre, pero tampoco se hará el estúpido, ambos saben la razón de esa frase, de ese “uno como yo”, no hay motivo para ocultar algo que ya es del saber ajeno. —Solo se me ocurre un tipo de marino que estaría cómodo con esto —dijo mientras señala a su alrededor —…en su barco…

Ahora sí tiene el valor para cruzarse de brazos, aunque su actitud sigue tan atenta como desconfiada, coincidiendo bastante al menos con esa afirmación de parte del castaño.

—Pues haces bien, yo no confiaría en mi y, si te soy sincero, tampoco confío en ti —. Se encoge de hombros, restándole importancia a sus propias palabras, aunque es lo más sincero que ha dicho hasta ahora. —De todos modos, me halaga que confíes en mi talento, pero, puedo preguntar ¿Por qué? No me has visto actuar, ni siquiera sabes si soy un médico real o un charlatán…acaso… ¿Es solo por lo que comentan en las calles? ¿Tan fácil te dejas convencer por las palabras de los demás? Eso no es muy sabio en este mundo…

Se cansó de estar de pie, tuvo que acercarse a otra silla, una extra y que casi nunca usaba, para poder descansar un poco sus piernas, la jornada del día fue larga y esta sorpresa al final solo estaba sirviendo para agotarlo más.

—Ni siquiera me has dicho tu nombre y tampoco has preguntado el mío…podrías empezar por ahí —. Se quitó sus lentes, de pronto le pesaron, y los dejó a un lado, sobre uno de los escritorios metálicos. —Seré generoso, cuéntame de esa dichosa tripulación, tal vez un buen relato me anime a unirme o tal vez no…aunque…tal vez lo mejor sería preguntar… ¿Qué gano yo si acepto? No me gusta ir a un sitio o seguir a alguien si no tengo un beneficio de por medio —. Al menos puede permitirse ser sincero, prefiere hablar claro desde el inicio para evitar malentendidos después.



RE: El precio del talento. [Hyakhintos — Pasado] - Lucarne Ashveil - 19-10-2025

Ashveil observo a aquel hombre con una mirada serena, los restos de su sonrisa apenas esbozada cedían lentamente. Como si no le importara realmente lo que acababa de decir. La mente del capitán no dejaba de dar vueltas sobre las palabras del médico, sobre sus declaraciones tan directas, peligrosas cual dagas. Aún así, Ashveil no estaba dispuesto a mostrar vulnerabilidad. Eso era lo último que podía permitirse.

—Buen ojo clínico — Efectivamente, no estaba enfermo. De hecho, gozaba de una salud extraordinaria en comparación. — Fue bastante difícil encontrarte… Aunque tu reputación te precede. — Respondió en automático, recostándose un poco en una silla, dejando que su postura se volviera más relajada, pero el ambiente tenso se mantenía. Cada movimiento del otro hombre, cada palabra que se escapaba de sus labios. Era inquietante, elegante y con una tranquilidad desbordante. Para Ashveil era un día inusual, para Hyakhintos un fin de semana casual.

«No confías en mí, y yo tampoco en ti», repitió Ashveil varias veces en su mente, antes de finalmente dignarse a hablar. — Si puedes salvar vidas me sirves y es suficiente —. Escucho las palabras de Hyakhintos con paciencia, permitiendo que aquel pelirrosa expresara su desconfianza, ya sabía que eso sucedería. Era parte del juego, después de todo… El mismo no confiaba en nadie y no esperaría menos de su “futuro aliado”. La pregunta de “¿Qué gano?” Se hizo eco en su mente, pero Ash no se ofendió, al contario, sonrió con satisfacción. Aquella era la clase de mentalidad que apreciaba.

— Y también astuto, sin duda. — Una pequeña risa se le escapo sin poder hacer nada, cálida en esencia, pero con cierto filo sutil tan típico del ojo áureo. — Es lo que esperaba, no confías a la ligera. Eso dice bastante sobre ti —. Se levantó de la silla, camino por el pequeño espacio que los dividía. Sus pasos sonoros y calmados, en contraste con el ambiente pesado. Sentía que quizás Hyak tendría sus teorías sobre él. Digo, él también pensaría que podría ser un motín de la marina. Pero no tiene tan mala suerte. Los fracos, los instrumentos de cirugía, los diagramas. Todo era visible nuevamente para él, todo en su lugar. Meticulosamente ordenado. Y ese hecho hizo que los ojos de Ash brillaran para reconocer el potencial que tenía ese hombre tras esa fachada de medico profesional, no era el tipo de hombre que encontrarías en cualquier lugar.

— Tu talento es indiscutible. Sé lo que haces, he oído de tus logros — La sonrisa de él esta vez fue amplia en comparación. — Y si esto no es arte entonces no sé lo que es — En el fondo estaba conteniendo las náuseas bastante bien, mal momento para tener una excelente visión. — No, no eres como los demás médicos que recorren estas aguas. Tienes una… habilidad única. Y eso es exactamente lo que busco —.

—Mira, Hyakhintos… todos tenemos un precio. Lo que Lo que yo te ofrezco no es una simple contratación. No busco a cualquier médico. Busco a alguien como tú, que sepa lo que es cortar y curar. Pero también busco a alguien con visión, alguien que vea más allá de lo que se ofrece en estas malditas islas. Tú sabes lo que es hacer que la gente 'desaparezca'… sabes cómo jugar con la vida y la muerte. Eso, eso es lo que valoro. — Carraspeó mientras abrió un cajón para vislumbrar sus objetos. — No soy un simple criminal, aunque algunos puedan pensar que lo soy. Tengo un… proyecto, digamos. Una tripulación. Y necesito a alguien que pueda manejar la parte médica. Pero no cualquier médico. Necesito a alguien que entienda lo que realmente implica trabajar en lo que hacemos. Y, francamente, tú eres el único que tiene lo que hace falta. — Su voz se suavizo, sincerándose, pero el peso de sus palabras seguía latente en gran medida.

—Y sé que aún con ello te resistirás— La sentía, su resistencia, pero sus estribos eran aún más fríos.  — Sé que no confías en mí, y lo entiendo. Yo tampoco confiaría en alguien como yo. Pero piensa en esto, ¿Qué ganas tú al seguir con tu vida aquí? ¿Seguirás operando en esta isla, jugando a ser un médico honorable mientras tus manos siguen manchadas de sangre? O, mejor aún, ¿Qué harías con todo ese talento si lo pones al servicio de algo… más grande? —  Dejó caer su espada sobre la mesa, un pequeño gesto que hablaba más que mil palabras. Un símbolo. Un reto.

— Lo que te ofrezco es simple. Una oportunidad de escapar de esta isla, de seguir haciendo lo que sabes hacer, pero con más poder, más control. La vida de un médico tiene sus límites en un lugar como este, pero si te unes a mí, esos límites desaparecen. Y si no… bueno, siempre hay otra forma de demostrar tu valor. — Se echó para atrás para observarle, cual gato a su presa, esperando la reacción. El médico no tomaría la decisión tan rápidamente. Pero también sabría sembrar una semilla mediante sus palabras. Solo faltaba ver si esa semilla germinaba o se marchitaba ante el miedo o la desconfianza.

— Así que dime, Hyakhintos… ¿te unes a mí, o prefieres seguir siendo un médico pequeño en una isla llena de secretos sucios? — Se cruzó de brazo, directo y calmado. Dejando en claro que esta era una de esas raras ofertas que no podría rechazar sin consecuencias. Y esperaba la respuesta de Hyakhintos, sabiendo que este juego estaba lejos de haber terminado.

—Ah sí… me llamo Ashveil —
Dice, olvido presentarse…  rascándose la cabeza. (modo chibi) (?) 


RE: El precio del talento. [Hyakhintos — Pasado] - Hyákinthos - 26-10-2025

Había tenido su turno para hablar y, como todo un caballero, dejó que el visitante pudiera hacer lo mismo, le permitió pasearse por su “oficina” como si se conocieran de antes, le permitió analizar los alrededores, todo sin quitarle el ojo de encima y sin perder esa actitud defensiva que buscaba esconderse tras la postura, aparentemente, relajada que mostraba desde su lugar en la silla de la que no se dignó a levantarse una vez decidió sentarse.
 
Escuchó cada palabra con atención, como si buscara memorizas cada frase, buscando entre líneas alguna trampa, algo que lo hiciera ceder, caer ante una posible treta o, peor aún, una broma, pero no halló nada de eso, si no palabras elocuentes y alguno que otro halago que, inevitablemente, le arrancaron más de una sonrisa socarrona, aunque, por otro lado, encontró exageración, palabras de más, algunas que hicieron que bufara divertido y otras que hicieron que entornara los ojos sin buscar ocultar en ningún momento el gesto de molestia.
 
—No es arte, es ciencia —. Refunfuñó, aunque esas cortas palabras pensó que se quedaron en su mente, nunca fue su intención decirlas en voz alta, nunca fue su intención interrumpir y, de hecho, eso no volvió a suceder ni siquiera cuando de la boca del chico bronceado salió su nombre alto, claro, bien pronunciado, como si se tratara de un viejo amigo.
 
Contuvo el aliento por unos segundos, perdiendo el hilo de la conversación hasta que escuchó como uno de sus cajones se abría y él, por impulso, se levantó con rapidez de la silla para acercarse al recién llegado y cerrar ese cajón, sin importar que tuviera dentro, con la misma velocidad con la que el otro lo abrió.
 
—No deberías curiosear así en casas ajenas, podrías encontrarte con secretos desagradables —. Su voz salió con suavidad de sus labios, sin ánimos de intimidar, solo haciendo una anotación que le parecía completamente natural, aunque, secretamente, agradeció esa pequeña acción, pues lo hizo volver a tierra, lo hizo concentrarse de nuevo en el discurso que, esta vez si que captó más la atención del médico.
 
—¿Sería muy estúpido de mi parte preguntar qué tipo de tripulación? —Una formalidad y nada más, después de todo, la palabra “criminal” pronunciada antes en negación le dejó claro el tipo de grupo que el más joven tenía en mente.
 
No volvió a sentarse, se quedó a un lado del muchacho, apoyado sobre la mesa, sonriendo de medio lado aún, intentando lucir calmado a la vez que estudiaba su entorno por si las cosas se ponían peligrosas. No podía bajar la guardia, no cuando estaba en una posición tal vulnerable.
 
A fin de cuentas, alguien que supiera como encontrarlo, a qué se dedicaba y, sobre todo, su nombre, era alguien que podía tenerlo en la palma de su mano, para bien o para mal.
 
—Estas en lo correcto, aun me resisto, no has dicho nada que me sea útil, no has respondido a la pregunta qué te hice… ¿Qué gano yo? —Preguntar más no fue muy necesario, pues la respuesta llegó enseguida, con una sinceridad aplastante y que, por un momento, lo hizo querer comprar el discurso, pero no…no podía… ¿Cómo hacerlo? Este mundo era peligroso y confiar tan fácil en alguien podría resultar en la perdición, además, luego estuvo ese gesto, esa espada chocando con la mesa, el metal resonando en el cuarto y su respiración volviendo a ser pesada, pero no era s culpa, si no de ese aire húmedo, por la lluvia, y tenso por la situación.
 
Frunció el ceño y sus puños se cerraron a sus costados.
 
No iba a dejar que lo retaran tan fácilmente, no iba a dejar que lo convencieran con simples palabras bonitas.
 
—Mis manos no están manchadas de sangre —. Espetó con voz seca, negando en voz alta lo que siempre se decía en su mente, por más que supiera que la realidad era otra. —Lo que hago salva las vidas de otros, es un mal necesario, que el resto sea demasiado estúpido para no darse cuenta no es culpa mía. Al igual que tu, no soy un simple criminal —. Quizá empezaba a hablar de más, pero ¿Qué más daba?
 
Su mano se posó en la punta de la funda de la espada, deteniendo el bambolear de esta con sus dedos y, con ello, cortando de raíz el ruido metálico que generaba cada vez que el arma se movía sobre la mesa, a fin de cuentas, no se quedaba quieta, el mar estaba picado por culpa de la tormenta y todo lo que no estuviera fijo se resentía de ello.
 
—¿Crees que soy un médico pequeño en esta isla? ¡Ja! ¿Qué sabes de eso, niño? —Sí, escuchó que dijo que se llamaba Ashveil, pero no valía la pena intentar memorizar un nombre que sabía olvidaría al día siguiente. —No sabes nada de mí, pero déjame contarte un poco: No pienso quedarme en este lugar de mala muerte y, de hecho, el que me encontraras es signo de que me he puesto muy cómodo aquí, debería zarpar pronto a otras lares —. Miró un mapa en la pared, no sabía de navegación, ni siquiera distinguir bien la izquierda de la derecha, pero necesitaba algo que pudiera decirle las zonas en las que había estado o no y un mapa, bien o mal, no era tan difícil de descifrar…teóricamente, claro.
 
—Podías haberme comprado con la promesa de un tesoro, con descubrir islas en las que los avances de medicina fueran mayores, incluso con la promesa de querer realizar algún experimento desquiciado, pero no vas a lograr nada prometiéndome sacarme de un lugar de donde puedo salir solo —. Suspiró, desganado y esta vez sí que regresó a esa misma silla en donde estuvo antes.
 
—No quiero ser grosero, ni reventar tu burbuja, pero no puedes conseguir que la gente se una a ti hablando una sola vez con ellos…convénceme de otra forma, qué se yo, intenta conocerme de verdad o al menos intenta conocer lo que implica mi trabajo antes de decidir si estas cómodo con ello —. Miró al muchacho a la cara, aun sin rechazar su oferta directamente, pero poniéndole más trabas de las necesarias al asunto. —¿Te doy un adelanto de lo “maravillosa” persona que soy? La última vez que viajé con piratas terminé vendiéndolos a la marina. Cobré una buena recompensa por cada uno de ellos —. Se encogió de hombros, lo cierto es que había toda una razón por la cual hizo eso, pero Ashveil no tenía que conocerla, no aún.
 
—Después de escuchar eso…¿Sigues con las mismas ganas de que me una a tu tripulación?