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[T1, Autonarrada] Una especia especial - Stroud Nanashi - 15-10-2025 El equipo de carpinteros de un pequeño taller portuario del Reino de Samba estaba ya de camino al Royal Quiver, cargados con cajas de herramientas y materiales para poner el navío a punto. Por el momento, podía respirar tranquilo; aun sin grandes contratiempos ni incidentes, la travesía hasta la isla había sido larga. No habían tenido que combatir, ni que enfrentarse a grandes tormentas ni remolinos, es cierto, pero aquella ruta había sido la primera del contramaestre Redgrave como navegante, y, aunque sus dotes como explorador le habían ido bien para leer las aguas y el oleaje, no podía negar que había sido agotador. Estaba claro, y él mismo era consciente de ello, que aún le quedaba mucho por aprender y mucho barco por navegar para ser un navegante con todas las letras, pero por algún sitio había que empezar. Ahora que el barco de la División estaba en manos de profesionales y siendo puesto a punto para su próxima aventura, Stroud pensó que lo mejor sería recabar algunas provisiones, por lo que pudiera pasar. En la bodega aún quedaba una abundancia de recursos que había traído de Roshwan y de la Isla del Kárate, claro, como carne salada, galletas marineras, café o ron, pero era mejor ir sobre seguro, especialmente si, como anticipaba, zarparían hacia el Grand Line a no mucho más tardar. El resto de la tripulación debía de andar en sus asuntos, y Stroud comenzó a caminar por el puerto, sus oscuros ojos grises examinando todo con cautelosa atención. Su altura, su pelo y, muy especialmente, el blanco impoluto de su uniforme lo hacían destacar algo más de lo habitual en el lugar, lleno de colores vivos y cálidos por doquier. A su alrededor, los marineros locales, los comerciantes y los carpinteros reían, bebían agua de coco y bailaban con música callejera; sobre decir que Stroud, naturalmente, los miraba casi como si fuesen de otra especie. No había desprecio en su mirada, pero tampoco divertimento ni especial agrado; no comprendía aquella cultura, pero tampoco esperaba poder hacerlo. El aire estaba impregnado de olores prácticamente desconocidos para él, muchos de ellos directamente nuevos: fruta madura, ron, perfumes florales, especias de diversos tipos, una especie de aroma químico, metálico, como de hierro dulce... No estaba seguro de que le desagradasen del todo; era enormemente distinto a cualquier cosa que hubiese sentido en Spider Miles o, desde luego, Roshwan, pero algunos le complacían. La música, eso sí, llegaba a ser demasiado para él, sereno y callado por naturaleza, un amante nato del silencio. "Igual no hace falta tocar los bongos absolutamente todo el rato," valoró para sí, alzando una ceja ante unos músicos especialmente entusiastas que tocaban, al menos, desde que la División había desembarcado un par de horas atrás. Bajo sus botas, podía sentir el crujir particular de la arena caliente, sintiendo que hasta la camisa sin mangas que llevaba se le hacía un poco demasiado para aquel clima. Suerte que ni se le había ocurrido sacar el abrigo de la bodega. Un lugareño, que debió de confundir la seriedad de Stroud con hastío o desprecio, no tuvo problema en increparle: "¿No le gusta Samba, señor Marine?" inquirió el señor, sin demasiado sentido de la discreción. De entre todas las experiencias nuevas que estaba descubriéndole Samba, aquella probablemente fuese la más desagradable. Stroud alzó una ceja, aún impertérrito: "No me terminan de gustar los lugares en que la gente olvida mirar por encima del hombro," afirmó lacónicamente. Sintió que interacciones como aquella lo harían destacar aún más en aquel entorno, pero no es que le importase demasiado. No estaba allí de vacaciones, naturalmente. El tipo no tardó en alejarse, murmuando algo sobre lo desabrido del Marine. Stroud pasó los siguientes minutos examinando los bienes que ofrecían los muy variopintos tenderetes, tiendas y vendedores ambulantes que proliferaban por todo el puerto de Samba. Repasó mentalmente qué podría necesitar la División durante su siguiente travesía, presumiblemente con destino Cabos Gemelos: carbón vegetal, algunas especias, un par de lonas enceradas por lo que pudiera pasar, cuerdas de fibra trenzada, aceite de lámpara refinado y, probablemente, algo más de carne salada. Un puesto enorme de ahumados y salazones, que ofrecía sus pescados abiertos en abanico, colgados de ganchos de hierro y cubiertos de sal. El aire a su alrededor era denso, impregnado d emadera quemada y algas secas. Stroud se preguntó si sería, de hecho, buena idea agenciarse algo de pescado ahumado para el viaje, echándole el ojo al lugar. Continuó su caminar, apacible pero firme, manos tras la espalda. El siguiente puesto era algo llamado Tambores de Koro, una especie de lugar de artesanos de la percusión que no le hacía ni puñetera gracia: tambores, maracas, flautas de caña. Ni se molestó en detenerse, y continuó hacia el siguiente puesto, un extraño vendedor de animales de diverso pelaje: jaulas con loros de colores, monos, serpientes dormidas bajo pequeñas telas... Al paso de Stroud, un loro se arrancó a gritar "¡Abajo la Marina, arriba la moral!". Por tentador que fuese comprarlo y someterlo a un juicio militar y una ejecución rápida, no era buen momento. Continuó su paseo, llegando hasta el siguiente puesto, de comida callejera: al joven Redgrave se le hizo la boca agua con solo pasar por allí cerca, invadido por el aroma de las brochetas de pescado y arroz envueltas en hojas y varios tipos de salsa de lo más exóticos. Finalmente, tras varios puestos más, de licores o navajas marineras, Stroud llegó a un llamativo puesto de venta de todo tipo de especias, coronado por toldos de lona roja y amarilla, parcialmente atravesados por la cálida luz del sol. A lo largo de todo el mostrados se exhibían montículos de especias dispuestos en perfectas espirales y conos: cúrcuma dorada, canela, clavo, jengibre, pimienta, polvo de flores violetas... Detrás, en la trastienda, se amontonaban sacos de especias marcados con símbolos de espinas de pez. La tienda producía una mezcla abrumadora de aromas exóticos que casi noqueó al Marine, pero parecía que no era el único: una mujer tosió, y un niño cercano estornudaba sin parar. Incluso los incontables gatos del muelle parecían evitar aquel lugar. Entre los olores, el joven Redgrave percibió, con más fuerza, el extraño olor metálico que había percibido antes, con tintes químicos que no hubiera sabido describir con precisión. Stroud pasó el dedo por uno de los montículos de especias, ante la atónita mirada del vendedor, un hombre con un enorme bigote perfectamente acicalado. Sin inmutarse, hizo un gesto al tendero para que cerrase la boca y examinó la especia. Por su olor, fuerte y dulzón, como el sirope de arce, aunque con un toque amargo, aquello debía de ser fenogreco o algo parecido, según estimó el Marine. Pero existía una nota en aquel olor que claramente no correspondía: de nuevo, aquel tinte metálico, aquel olor como a hierro que parecía abundar en aquella tienda. ¿Qué diantres era eso? Fulminó con la mirada al vendedor, que había empezado a sudar profusamente, si es que no era aquel su estado natural. Dio un paso hacia el lado, examinando otros productos: romero, simple sal, pimienta negra... Todo normal, pero todo con aquel tinte metálico tan característico. Se acercó a un pequeño saquito que contenía lo que parecía ser un polvo verde. Tomó un pellizco, examinándolo y oliéndolo. Mejorana, probablemente, o algo muy parecido. Como de costumbre, el mismo toque metálico. Sin embargo, ninguna de aquellas hierbas y especias parecía estar visiblemente adulterada. Colocando ambas manos sobre el mostrador, y entrecerrando los ojos, Stroud fulminó al tendero con la mirada. No podía demostrarlo, pero allí había algo muy raro. Al fin, cayó en la cuenta: los sacos. Hizo un ademán con la cabeza hacia el montón tras la tienda, y exortó al tendero: "En nombre de la Marina, abra uno de esos sacos inmediatamente," ordenó. El tendero, empapado en sudor, negó con la cabeza. "¡Son especias muy valiosas, no puedo permitirme contaminarlas o que se echen a perder!" afirmó, levantando ambas manos en son pacificador. Stroud continuó impertérrito. "Es una orden," se limitó a aclarar, echando mano a los guantes que colgaban de su cinturón y ciñéndoselos calmadamente. El tendero continuó su retahíla: "¡Caballero, se nota que usted no es de aquí! No se preocupe, es cuestión de la frescura del producto, verá, este tipo de sac...", dijo, aunque no pudo terminar su frase. Stroud le había propinado un fuerte cruzado en la sien, tras el cual había caído al suelo de inmediato. No se podía permitir que un tipejo como aquel interviniese en la actuación de la Justicia. Stroud se aproximó a los sacos de lona, cerrados casi de forma hermética, algunos marcados con el mismo símbolo de la espina de pez. Se agachó y abrió uno de los sacos, alzando una ceja ante su contenido: un montón de pequeñas cápsulas envueltas en papel de arroz. Nada más abrirlo, el olor metálico que había llamado su atención se había intensificado notablemente, como si proviniese precisamente de ahí. Aquello no parecía ningún tipo de especia. Extrajo una de las cápsulas, olisqueándola, y la abrió sobre un taburete cercano, dejando caer en un montoncito el polvo verdoso de su interior. Olió el producto, que emitía aquel aroma químico inconfundible, y entrecerró los ojos, intentando deducir qué era aquello. Los Marines tenían una formación básica en cuestiones de narcóticos, pero aquello se le escapaba. Justo entonces, el tendero se levantó del suelo, limpiándose sangre de la cara: "¡Caballero, no se preocupe, eso es sal de...!". Otra vez al suelo. Stroud apenas se molestó en mirar en su dirección al noquearlo esta vez; estaba ocupado decidiendo qué curso de acción tomar. Finalmente, se decidió por el más directo. Tomó una de las lámparas de aceite del tenderete, alrededor del cual se había empezado a acumular un gran número de espectadores, y prendió fuego a la producción. De forma demasiado calmada para la situación, dio un par de palmadas, dirigiéndose al público en su voz característicamente monótona: "¡Bien, todos fuera, no hay nada que ver!," afirmó. "¡Aléjense y eviten respirar el humo!". Sujetando al tendero por los tobillos, los sacó de la tienda, a medida que esta era engullida por las llamas y se formaba una enorme columna de humo que subía hacia los cielos. Lo que le inquietaba, sin embargo, iba más allá de aquel cargamento puntual: ¿había puesto alguien dinero en los bolsillos adecuados para que la Marina no hubiese detenido antes esa operación? RE: [T1, Autonarrada] Una especia especial - PX-5 - 15-10-2025 ✓ Aventura Autonarrada: Completada RECOMPENSAS: — Puntos Mugiwara: 5 — Reputación: 15 — Berries: 10.000 |