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But feathers are meant for the sky (Priv- Pasado) - Kayseira Ashter - 16-10-2025 5 de Otoño. Llevo trabajando en esto un tiempo, tal vez es una tontería…Puede ser, no lo sé, pero es algo que ha pasado por mi cabeza en todos estos meses. Me pasé seis meses sin poder tocar a nadie, y para mi fue horrible, y aunque conocí al resto y fue interesante fijarme en ellos, había una cosa que me dejaba mal sabor de boca. Yo había pasado seis meses sin poder tocar a casi nadie y había trepado por las paredes…Pero Bai llevaba todo este tiempo sin poder hablar con nosotros sin Lan de por medio.Se que a lo mejor parece una tontería, pero vamos, soy extrovertida, me gusta poder mantener una conversación con la gente, conocernos. No es que me queje de tener a Lan de traductora, ella es un amor, pero quiero intentar algo, así que sacando esas dotes de carpintera que el idiota de Iskan me enseño, me pongo a ello. He tardado un par de días en estar contenta con el resultado, la verdad, a veces pintaba una cosa, la borraba, volvía a lijar la madera. Al día número doce decidí que era momento de ponerme en vergüenza frente a Bai. Aproveche que Dong no estaba en la habitación y que la puerta estaba entreabierta, llamando con cuidado para entreabrirla y que supiera quien era.- Bai.-Moví la mano para saludarla con una sonrisa suave, leve, mientras sacaba lo que tenía agarrado. Era una lámina de madera de cincuenta por cincuenta, dividida en cuadros de unos cinco centímetros, en cada cuadro había un dibujo pintado o grabado con cuidado. Los ocho primeros cuadros éramos nosotros, en chibis, no iba a ponerme a hacer un cuadro totalmente detallado, la verdad. He pintado dibujos y cosas en barcos, pero esto es diferente. Somos Bai, Lan, Han, Zhang, Cao, Mahou, Dong, pintado como un gato negro con cara de enfadado, y yo. Luego hay flechas indicando posiciones, arriba, abajo, izquierda, derecha. Elementos en las siguiente ronda, agua, fuego,tierra, y viento. Un sol para el día, una luna para la noche, hay también una calavera, el símbolo de los médicos, un pulgar hacia arriba, otro hacia abajo. La dejé en el suelo con cuidado, sonriéndole divertida, estoy segura de que va a reirse en mi cara después de esto. Señalo el dibujo de ella, luego, un dibujo que hay de una jarra de cerveza, luego el pulgar hacia arriba, y finalmente, la interrogación. ¿Te gusta la cerveza? Después señalo el pulgar arriba, si te gusta…Señalo a ella, luego a mi, y luego al vaso. ¿Quieres beber conmigo? RE: But feathers are meant for the sky (Priv- Pasado) - Bai Mudan - 19-10-2025 El aire del cuarto era tibio e inmóvil. A un lado, una luz distraída temblaba sobre la cortina. A su derecha, sobre una silla, una blusa descansaba, lisa, blanca y pulcramente doblada. En frente, sobre un baúl y junto a una taza de té frío, un libro abierto desprendía en silencio olor a tinta. Toda la escena parecía hablar de un cuerpo ausente; y, sin embargo, Bai estaba allí, distraída, en el borde de la cama contemplando una prenda masculina que había sido olvidada por su compañero. ¿Por qué siempre la juntaban con él? ¿Acaso pensaban que eran pareja? Claro, a veces se sorprendía observando sus gestos, como cuando, por ejemplo, se fijaba en cómo dejaba que sus manos tocaran cosas solo para acercarlas a las suyas. Detalles que creía que nadie más vería. Y, sin embargo, parecía suficiente para que los demás lo interpretaran como algo más. Eso, o era ella la que inventaba el significado, cargando de peso un aire que no tenía intención de serlo. Estaba pensando en eso cuando cogió la prenda para doblarla. Olía demasiado a él; demasiado reciente. Arrugó la nariz y la dejó en su lado de la cama. Al fin y al cabo, si él no se había tomado el tiempo de doblarla, ¿por qué debía hacerlo ella? Vale, sí, a veces lo hacía por su necesidad de pulcritud, pero eso no era justificación suficiente. Entonces sonaron unos golpecitos, y la puerta del cuarto se abrió. No chirriaba, pero el roce de la madera contra el suelo abombado llamó su atención. Al girar la cabeza hacia el ruido, su cabello, aún húmedo, dejó en el aire un rastro leve a jabón de almendras. —Ah, hola, Kay —dijo, suponiendo que la otra apenas alcanzaría a entender su propio nombre. Luego, se levantó y caminó hacia ella. Se acuclilló, con los glúteos apenas suspendidos sobre los talones, las plantas de los pies firmes contra el suelo y el mismo gesto sereno que siempre cargaba. ¿Qué era eso que le ofrecía la joven? Bai inclinó la cabeza, como los perros cuando algo les despierta curiosidad. Observó la tabla unos segundos, dudando sobre su propósito, y luego volvió la mirada hacia su compañera. La joven parecía un fractal glacial, fina y pálida —como un paisaje de hielo minúsculo y perfecto, níveo y uniforme—, que habitaba la frontera entre una expresión ya seria y reflexiva y un semblante redondeado que aún conservaba algo de niñez. Quizás, por esa misma inocencia, pensó la ámbarina, su sonrisa carecía de cualquier vestigio de vanidad o coquetería adulta, mostrando en cambio una dulzura simple y traviesa que la hipnotizaba, dejándola sorprendida de sí misma ante la pureza de esos rasgos. Pues, ¿cuántos años tendría? ¿Cuánto hacía, para ella, de eso? Y, ¿cuánto de esa pureza podía pertenecer al mundo, y cuánto se entregaba solo a la fascinación silenciosa que realmente despertaba? No lo sabía y, quizás, jamás podría contestarlo. Por eso bajo la vista. Bueno, por eso, porque, al contemplarla, sentía que la naturaleza del esplendor juvenil aún vivía en ella y que, ese arte, podía superarla, y porque le había dejado un objeto extraño en el suelo. Sin embargo, al hacerlo, no pudo evitar sonreír de sí misma. Pues, señalando con entusiasmo la pequeña tabla y convencida de que, a través de sus dibujos, lograrían comunicarse, Kayseira, hizo que la solemne belleza del momento se desmoronara; y, Bai, con una risa contenida, se preguntó: ¿tan fácilmente rendida ante un gesto tan trivial y deliciosamente ingenuo? Después, como una prolongación de su pensamiento, la curva ligera de su sonrisa se convirtió en un imperceptible temblor; sus ojos se achisparon, vibrando con el humor interno, y la risa silenciosa recorrió su pecho hasta asentarse en Bai como una corriente suave, llena de una ternura que pugnaba por salir. —Claro —respondió en su lengua nativa, señalando también el pulgar hacia arriba. Y es que, si lo había entendido correctamente, Kay le estaba preguntando si quería beber algo con ella. Ahora bien, del qué, todavía no estaba segura. —Pero... —empezó a murmurar, meditabunda. Entonces señaló a Kay en el tablero, la jarra, el pulgar. La miró. Volvió a señalar el tablero —esta vez el Sol—, luego la noche y, finalmente, tocó el suelo. —¿Cuándo? No es que tuviera mucho por hacer, bueno, en realidad, no tenía nada que hacer en aquel momento. Y suponía que, a diferencia de ella, Kayseira quizás estaba ocupada —sobre todo por la atención que creía que ella debía darle a Cao. Esperó un momento, dejando que el silencio llenara la habitación y permitiera una interpretación tranquila. Luego volvió a señalar el tablero. Esta vez, su dedo se posó sobre el dibujo de sí misma y pensó que debía hallar una forma de preguntarle si podía tomarse un instante para cambiarse. Se mordió el labio, pensativa. Llevó la mano a su propia ropa, la estiró con cuidado y señaló el pulgar hacia abajo. Repetió el gesto, y al final, lo cambió por un pulgar arriba, como si con ese simple movimiento pudiera pedir permiso sin pronunciar palabra. Iba a esperar una respuesta, manteniendo la posición, pero entonces reparó en su propio cuerpo: seguía allí, en cuclillas, con el peso sostenido sobre las plantas de los pies, la espalda erguida con naturalidad y los brazos relajados. Sintió el cansancio en las rodillas, la tibieza de la piel, el leve aroma a jabón flotando aún cerca, y lentamente se puso en pie. Se despojó de sus ropas sin prisas, quitándose la vieja camiseta y tirándola a sus pies como una culebra que muda de piel. Y, para la sorpresa de quien no está acostumbrado a la desnudez, no hubo cohibición ni desarme en el gesto. Así pues, envuelta en la gracia de sus movimientos, incluso bajo el fino visillo de su ropa interior, apareció como una Venus de carne y hueso. Después, con la misma languidez de quien no conoce el tiempo, se deslizó hacia el baúl y quitó todo aquello que yacía encima para sacar del interior un vestido que hacía poco le había sido regalado. Aquello era un mar de seda carmesí. Para cuando se lo hubo puesto, un corpiño escarlata, ceñido y estructurado, abrazado por una armadura de metal áureo que ofrecía menos protección que una gloriosa declaración de dominio, dejaba al aire la piel de su escote que ascendía hasta sus hombros desnudos. —Ya estoy —murmuró mientras colocaba de nuevo las cosas en su sitio —Ay, claro... —se reprendió mientras se acomodaba las largas y fluidas mangas que remataban en un oro pesado que parecía haberse licuado y vertido sobre el tejido —.La tabilla —añadió mientras se acercaba al presente y señalaba el pulgar hacia arriba. RE: But feathers are meant for the sky (Priv- Pasado) - Kayseira Ashter - 27-10-2025 Era divertido verla interactuar conmigo usando la tabla, no como una burla o algo gracioso por reírte de ello, si no por verla moverse, ver que hacia…Me gusta pensar que he acertado con el pequeño invento, pero hasta que vea a Bai más cómoda, supongo que no podré saberlo. Señale el suelo al ver como preguntaba por el momento, como indicando que en aquel momento estaría bien. La mayoría ya había cenado, y como era amiga de la vieja de la posada tenía una mesa preparada para cuando quisiera. Ya le he dado suficiente material como para que se burle de mi por los siglos de los siglos, la verdad. -Oh claro, cámbiate si quieres.- Alce el pulgar ante el gesto, sonriéndole, fui a girarme o algo, pero no me dio tiempo. No es que sea incómodo, extraño o negativo, no cuando se hace de forma natural y cómoda, sin una intención real que haya detrás. Alzo suavemente un a ceja, alzando ambos pulgares, indicando que me gusta como le queda, la verdad. Me incline sobre la tabla, señale el color rojo, a ella, y un corazón, indicándole que me gustaba como le quedaba el color rojo y le guiñe un ojo. Bueno, era hora de ir a por esa bebida. -Vamos.-Hice un gesto para que me siguiera, sonriendo animada por aquello. No tardaremos demasiado, había que bajar unas escaleras y allí al lado de la barra donde la posadera normalmente servía copas había una mesa con dos sillas. Salude a la mujer mayor con un gesto animado, mientras le indicaba la mesa a Bai y colocaba en el centro de esta la tabla. Al menos como la mujer había visto que hay gente grande en mi grupo, las sillas se adecuaban a la mujer, aunque la mesa fuera un punto intermedio. Una vez sentada, señale la tabla a lo que parecía una copa, luego un brazo fuerte y otro débil, y una interrogación. Preguntaba de esa forma si quería beber algo fuerte o algo suave, ya que no sabía cómo toleraba ella el alcohol exactamente. -También…Hay sabores.-Señalo la imagen de la lengua, y la bebida, sabía que la mujer tenia algunos licores más suaves, afrutados o dulces. Todo depende del aguante que tenga, al final tampoco quiero que pase un mal momento. Esto es para que ambas podamos conocernos mejor, ya que siento que ella tiene muchas cosas que decir y a mi, me gustaría escucharlas. RE: But feathers are meant for the sky (Priv- Pasado) - Bai Mudan - 29-10-2025 Cargando su tablilla contra el pecho, Bai siguió a Kaysera como un perro sigue a su amo: obediente y juguetona —divertida en verdad—, expectante de lo que pudiera pasar a continuación y con una energía arrolladora que pocas veces dejaba escapar. Y cómo no habría de estarlo. Por primera vez podría hablar con alguien. Bueno, hablar… siempre había podido hacerlo en el sentido más estricto de la palabra: articular sonidos dotados de significado y ejecutar el acto locutivo. Pero otra cosa, muy distinta, era aquello que los sabios llaman lo perlocutivo —el poder de producir un efecto en los otros y alcanzar el alma ajena a través del lenguaje. Pues, eso, hasta hacía apenas unos minutos, ese le era un arte ajeno y lejano. Pero ahora… Ahora, con aquella tablilla que le prestaba voz y forma al pensamiento, iba a ser muy distinto. Su rostro entonces se iluminó con una dicha irreprimible: por fin volvería comunicarse sin necesidad de otro. Por fin, se iba a comunicar de verdad. Tenía tantas cosas por decir como interrogantes zumbando en su interior. Tantas ideas agolpadas que apenas sabía por dónde empezar. Mas sin embargo estaba decidida a hacerse entender aún con las limitaciones que tenía. Confiaba en ello. En eso pensaba, absorta, mientras seguía los pasos de la joven nívea. Y en eso pensó cuando tomó asiento frente a ella en el interior de una acogedora taberna. La madera de la mesa estaba tan maltrecha como una vieja ruta comercial: llena de hendiduras, cicatrices y surcos tallados por el peso de jarras. El rostro de Bai, antes iluminado por la dicha, se contrajo en un gesto de súbita aprensión. Pero, a qué: ¿Temor? Sí, al posible daño y a que su nuevo tesoro sufriera el más mínima desgaste. Con manos veloces limpió la superficie donde habría de colocarla y dejó entre ambas lo que, para ella, era su piedra Rosetta. Después, dudó: ¿debía empezar con alguna de sus infinitas preguntas, o dejar que las palabras fluyeran sin orden, como una corriente desbordada? Mas no hubo tiempo de decidir. Kaysera se adelantó, inquisitiva. Y Bai, entre la curiosidad, la fascinación y el pensamiento absorto, llevó la zurda al mentón y contempló los símbolos. “¿Fuerte? ¿Débil? Y una copa…” —se dijo—. Aquello debía aludir al sabor, ¿no? —Hmm… —musitó, escarbando en su memoria para recordar cómo le gustaba a ella el vino. Dulce. Siempre dulce. Entonces señaló el símbolo de débil con una sonrisa triunfante y el pecho henchido de felicidad. Era su primera frase propia. Pero, así como llegó la dicha, se desvaneció. ¿Qué significaba, en realidad, lo que acababa de decir? Si había pensado en el dulce como algo suave y en el amargo como algo fuerte, entonces… quizás se había equivocado al responderle. ¿O acaso la palabra hacía referencia al tipo de alcohol? Fuera como fuese, la suerte estaba echada. Lo dicho no podía desdecirse; solo cabía intentar comprenderlo, descifrar y aprender. Así que, aún con la mano en el mentón, cerró los ojos por un instante, tratando de exprimir hasta la última chispa de pensamiento para poder contestar a la segunda pregunta. ¿Podría acaso hallar un símil entre el sabor y las flechas? ¿O entre el día y la noche? Y entonces lo vio: un corazón. Y tuvin destello de intuición. Eso significaba amor, ¿no? En todas las culturas, en todas las lenguas, debía significar amor. Rezaba para que así fuera, porque, si lo era, podría aludir a lo que siempre se dice del amor: que es dulce. Después esperó durante un rato con las manos sobre sus muslos y la espalda tan recta que su imagen, vista desde fuera, podía llegar a recordar a un enorme pastor alemán sentado, con la cola frenética a la espera de que su dueño haga algo. —Soy —dijo, señalando su retrato —Médico—. Añadió apuntando al símbolo de su especialidad —Aunque... —se quedó a medias mientras pensaba en cómo decir las cosas —mi oficio principal es la erudición —informó mientras se señalaba a sí en el tablero y luego hacía un gesto mímico de leer libros. A continuación le acercó el tablero y señaló a la propia Kayseira. —¿Tú? De nuevo con el tesoro entre sus manos trato de ordenar la siguiente frase. Debía ser corta y simple pero debía de permitirle conocer más a la muchacha. —¿Por qué.. —señaló la pregunta —Tienes marcas?—y finalizó señalándose sus propios tatuajes. Pues no preguntaba por las heridas sinó por aquellos símbolos. —Yo —se señaló a sí —Por mi gente —señaló a toda la tripulación haciendo un barrido sobre los dibujos y luego trazando con su dedo un dibujo de una casita sobre la mesa. RE: But feathers are meant for the sky (Priv- Pasado) - Kayseira Ashter - 31-10-2025 Lo primero que hago en cuanto siento mi culo en la silla, es encender un cigarro, sacar papel y lápiz y dejarlo en la mesa, al lado del cenicero. Ya me estaba costando no tener aquello entre los dedos, pero ahora mismo necesito algo más importante en lo que centrarme. Si de algo me siento afortunada, es de poder leer a la gente, el lenguaje corporal es universal, y yo tengo más cara que espalda y preguntó sin miedo. Viva el ser extrovertida. Fui dibujando tres cosas, de forma sorprendentemente exacta, sabiendo que ella iba a poder identificarlas sin problema: una fresa, una piña y un mango. Le pasé el dibujo para que señalará, luego la copa, y un corazón. Para que de esa manera seleccionara el sabor que más le gustaba. -¿Hum?-Me congelé en el sitio, vale, esta vez parece que el gato soy yo y no Dong, porque ella puede ver el momento de terror que entra en mis ojos ante esa palabra. Detengo el temblor de mi mano, me señaló y luego la madera, el martillo. -Carpintera.- Si puedo llamarme así. Señalando la madera, luego me señalo a mi y el martillo, para decirle que yo hice esa tabla Vale, no salimos de una y aquí ando, metiéndome en otra. Joder, como voy a necesitar una copa, aunque lo de erudito es bastante interesante. Me froto el rostro con la mano que no sostiene el cigarro, doy una calada y suelto todo el aire de mis pulmones. Supongo que si Zhang lo sabe, ella también debe de saberlo. -Yo…-Hice el gesto de cubrir, tapar, poniendo una mano encima de otra, y finalmente, tras quitarme la chaqueta de cuero, le extendí el brazo.-Cubrir esto…-Dejé que lo viera de cerca, que pudiera agarrarlo, porque se que ella puede verlas, identificarlas. Hay marcas de vías, de una aguja puesta demasiado tiempo, cortes de un bisturí preciso, y todas buscan estar tapadas por el inmenso tatuaje que recorre mi cuerpo. Aunque no con todo el éxito que me gustaría. Señalo de forma algo dudosa mi imagen, la profesión de ella y entonces…¿Cómo le explicas el miedo? ¿Cómo le dices que tienes pánico a todo lo que ella representa? Mis ojo claros la miran, señalo mi mano que tiembla. -Miedo…-Intento pintar una sonrisa, como si eso fuera a sacar algo de aquel peso extraño que deja aquella conversación. Intento respirar, calmarme, señalo al papel de antes, para que me diga. Si, mejor vamos a beber. RE: But feathers are meant for the sky (Priv- Pasado) - Bai Mudan - 01-11-2025 Fruta. Bebida. Amor. Fruta, bebida, amor… ¡Fruta, bebida, amor! Por supuesto. Era tan obvio como un pez sorprendiéndose de que el agua moja. ¿Cómo no lo había entendido antes? «Blanco y en botella», pensó. Aunque en este caso lo blanco probablemente era la espuma de la cerveza y la botella en realidad era una jarra, lo que siempre complica las metáforas. Claro, se refería, evidentemente, a si amaba alguno de aquellos tres tipos de batidos. ¿Batidos? Mudai rió, porque en una taberna no se sirven batidos. No, señor. En una taberna se sirven líquidos que pueden disolver pequeñas discusiones, grandes amistades y, con suficiente tiempo, incluso el esmalte dental. Así que sí, debía de referirse al sabor del brevaje. No al amor, ni a la fruta, sino al concepto abstracto de «bebida afrutada» que los parroquianos habituales de este tipo de locales usan como medio de supervivencia en un universo que te empuja constantemente hacia el lunes. Silencio. Abrió la boca para pronunciar algo que fuera acorde a sus pensamientos, y apenas había levantado un dedo —como si aquel gesto pudiese convocar el verbo correcto— cuando su compañera le habló. Después, al escuchar su respuesta, sonrió complacida; en aquella sonrisa había la satisfacción leve, y casi infantil, de quien al fin ha saciado una curiosidad que no sabía que la devoraba. Ahora era consciente de que Kayseira era capaz de realizar esas cosas que tanto se admiran en los verdaderos artistas: crear, modelar, dar forma al caos y hacerlo, además, con una naturalidad que, más que experiencia, parecía un don. Al fin y al cabo —se dijo para sí—, ¿no lleva la palabra artesano el arte en su raíz? ¿Y no es artesianus aquel que practica un arte mecánico? No podía ser de otra manera. Kay no solo era hábil: era una artista. Bai asintió a sus propios pensamientos, satisfecha con aquella conclusión que parecía tan lógica como inevitable. Sin embargo, un ligero cosquilleo se agitó en su pecho. ¿No significaba eso que Kayseira misma había insuflado vida a la tablilla? El pensamiento, cálido y suave, se deslizó por su mente mientras sus dedos rozaban la superficie pulida y su mirada descendía. La textura, lisa y uniforme, transmitía la calma silenciosa de las cosas hechas con ternura; los dibujos, trazados con precisión casi devocional, hablaban de una atención amorosa. ¿Cómo era posible —se preguntó entonces— que alguien tan joven poseyera semejante destreza? Alzó la vista y la contempló por un momento deteniéndose a reflexionar. Luego, no sin cierta duda, señaló a la joven, tocó la tablilla y finalmente el corazón. ¿Así debía decirse? —pensó— ¿Me encanta tu tablilla, no? —¿Puedo? —preguntó, indicando en símbolo de pregunta y haciendo un gesto hacia el brazo apoyado en la mesa. Lo reconoció al instante. No por experiencia, claro —su experiencia en ese campo era más bien teórica y, por desgracia, traumática— sino por los innumerables libros que había leído al respecto, todos ellos escritos por personas que, al parecer, sabían muy bien de qué hablaban. Pues, si tenía que basarse en su propia práctica… bueno, la última vez que intentó algo similar terminó con una sangría improvisada, varias infecciones cutáneas y una promesa de no volver a tocar líquidos sospechosamente burbujeantes o frases que empezaran con «¿qué pasaría si…?». Sacudió la cabeza. No quería pensar en eso. Ni en los gritos. Ni en el olor. Ni, por supuesto, en el pequeño incidente con los muchachos. Mejor dejarlo en el cajón mental donde se archivan los experimentos fallidos y las relaciones sentimentales. Estiró la mano, temblorosa, sin saber si el gesto era permitido. Y cuando sus dedos estuvieron a un suspiro de rozar su piel, una punzada extraña, casi eléctrica, se extendió desde la yema hasta el codo. Retiró la mano con rapidez, aunque aún sentía el deseo urgente —doloroso, incluso— de tocar aquellas marcas y seguir con la caricia el relieve de la cicatriz. Pero no. No debía hacerlo. O no todavía. Llevó la mano al mentón, pensativa, y se sorprendió al advertir cuántas veces había repetido aquel gesto desde que se sentara allí. Luego, reflexionó en el posible significado de todo aquello y guardó, en algún rincón de su mente, todas las preguntas que algún día querría formular. Al fin y al cabo, lo único que tenía realmente claro —y eso ya era mucho decir teniendo en cuenta su propia situación— era que a Kayseira esas cosas la hacían temblar. La cuestión, claro, era por qué. ¿Las agujas? ¿Las cicatrices? ¿O algo más profundo como el recuerdo de una infancia marcada por manualidades mal explicadas y profesores de biología excesivamente entusiastas? Era difícil saberlo. La psicología humana no ofrecía demasiadas respuestas al respecto, salvo la obvia: que cualquier cosa que implique agujas tiende a convertir a la mayoría de las personas en filósofos instantáneos, profundamente interesados en el sentido de la vida, el universo y la posibilidad de salir corriendo. De repente, al volver a centrarse en la joven, el papel con los dibujos apareció frente a ella. ¡Por supuesto! Se había olvidado de eso. Lo cual, pensándolo bien, era bastante injusto: el papel había estado allí todo el tiempo, cumpliendo su humilde función de existir, y nadie le había prestado la más mínima atención. Era el tipo de descuido que podría traumatizar a un objeto inanimado… si los objetos inanimados tuvieran emociones, una agenda personal o un sindicato. Señaló la fresa y luego el corazón. No añadió nada, ni siquiera un suspiro. No porque no valiera la pena, sino porque había descubierto que es más fácil gastar tiempo pensando que uno tiene razón. Pero, entonces, sus modales le asaltaron. No literalmente, claro; no con pasamontañas ni una navaja —aunque en su caso habría sido una escena bastante convincente—, sino que simplemente aparecieron de la nada, como hacen los inconvenientes en los peores momentos, salvo que, a diferencia del infortunio, lo hicieron para recordarle que debía comportarse como un ser civilizado. —Gracias —respondió. Miró la piedra Rosetta que tenía frente a ella. ¿Cómo iba a insinuarle que ella invitaba? No estaba segura. En realidad, nadie lo estaría; era una de esas situaciones sociales que deberían venir con manual y un botón de emergencia. Sacó entonces un fajo de billetes. Uno absurdamente grande, del tamaño y grosor que solo se ve en sueños particularmente optimistas, pues, en su cabeza, si eran dos personas, aquello debía salir caro. Era una lógica impecable, solo ligeramente incompatible con la realidad. Claro que, para alguien acostumbrada a pagar cinco veces más por no saber pronunciar el nombre de lo que pedía, el gesto parecía de una sensatez casi heroica. Para el resto del mundo, en cambio, era ridículamente exagerado. ¿Y de dónde había salido semejante suma? Buena pregunta. Si uno se la hubiera hecho a Bai, habría respondido —con toda la serenidad del caso— «del cajón de la entrada», como si eso resolviera el misterio del flujo económico universal. En realidad, simplemente había abierto el cajón con una rapidez digna de un atracador y metido la mano esperando encontrar algo que pareciera dinero. Y, contra todo pronóstico, funcionó. Luego extendió el fajo hacia su compañera y, con la misma seguridad que te regala el presionar un botón rojo de emergencia, le insistió —a través de la tablilla— que era para que ella pagara. ¿Y cómo se lo dijo? Señalando a Kayseira y luego a la jarra, lo cual, en términos diplomáticos, venía a ser el equivalente visual de decir: «Tú pagas pero con mi dinero». Después de eso hizo una pausa, pensó lo que quería preguntar y, ahora, hablando como buenamente podía, le preguntó por algo que le llevaba rondando desde hacía días. —¿Por qué —señaló el interrogante— todos —añadió, barriendo la imagen de los integrantes del grupo con un gesto— me juntáis —prosiguió señalando su dibujo— con Dong? Después reflexionó dejando escapar un largo «hum» de entre sus labios al tiempo que fruncía el ceño. —Yo —se volvió a señalar— pensaba —continuó llevándose la zurda a la sien— que era un gato. Tras decir gato, se aclaró la garganta y, con cierto rubor en el rostro, Bai maulló con la onomatopeya de los suyos: Niáu, niáu. —Cuando lo conocí —terminó de decir cuando entrelazaba ambas manos en un intento de hacer ver que dos personas se daban la mano en gesto de amistad o saludo. RE: But feathers are meant for the sky (Priv- Pasado) - Kayseira Ashter - 02-12-2025 Nunca me resulta agradable que la gente mire esas heridas, que lo haga un médico me eriza la piel como si de pronto, volviera a poder sentir el frío. Sé que es un reflejo innato al terror, pero me resulta tan irónico. Puedo verla dudar, yo extiendo el brazo con confianza, para que vea que no pasa nada, pero algo parece decirle que no. No quiero presionarla, soy demasiado consciente de mis propios demonios como para presionar los de alguien más. Finalmente decido cruzarme de brazos y es entonces que la señorita saca un fajo de billetes del tamaño de mi mano, joder. Un silbido de sorpresa escapa de mis labios, y rezo a lo que sea para que eso de verdad sea un símbolo universal. Alcé una ceja ante su insistencia, negando de forma suave, me señalo a mi, a mi cabeza, a la bebida, indicando que había sido mi idea. Pero finalmente demuestro que me rindo moviendo el fajo de billetes a un lado para luego pagar con ellos. No tardaron en llegar las bebidas tal y como las pedimos, mientras me incorporaba un poco sobre la tabla de madera para ver qué era lo que ella señalaba. Vale, tengo que admitir que me quedé bastante perpleja. No pude evitar reír de forma divertida al entenderla, me había pasado algo parecido en el momento, luego me había dado cuenta de que era un señor de más de cuatro metros. Sin duda la sorpresa había tenido que ser bastante grande. -Yo…-Me señalé a mi y al resto.- Pensaba que tú y él.-Señale al gato de forma suave, y luego a ella.- Erais pareja.-Señalé el corazón, algo similar a lo que éramos aquel hombre que había buscado derretirme y yo. No sé si teníamos nombre oficial, que era todo aquello exactamente. Pero joder, yo tampoco soy ninguna santa, y acababa de descubrir que quizás Bai y el gato simplemente follaban de vez en cuando por diversión. -Tu…-¿Cómo demonios le decía que se divirtiera? ¿Qué disfrutará del momento? No se me ocurrió otra cosa que ponerle la copa de alcohol delante, diciéndole que la agarrara, y esperando que me imitara, brinde con ella de forma suave. Y me bebí la copa directamente de un trago. Puse el cristal encima de la madera, disfrutando de la mezcla entre el alcohol potente disimulado con el sabor dulce. Señalé entonces alrededor, a la música, al ruido, a la fiesta y entonces le señalé una sonrisa. Diviértete, disfruta, pásatelo bien, eso es lo importante ahora mismo. RE: But feathers are meant for the sky (Priv- Pasado) - Bai Mudan - 05-12-2025 El rostro de Bai se torció en una mueca que mezclaba perplejidad y desconcierto pues, si el «corazón» si significaba lo mismo que en su región —y por norma general solía significar exactamente eso allá a donde fuera—, implicaba cosas que jamás, bajo ninguna constelación, le habían pasado por la cabeza. —¿Cómo? —logró articular, parpadeando como si tratara de ahuyentar mosquitos imaginarios—. No, no, no —repitió, moviendo los brazos en una torpe cruz defensiva, mientras sus mejillas adquirían el color exacto de una puesta de sol avergonzada. ¿Acaso los habrían escuchado? Magnífico. Justo lo que necesitaba: un posible público para sus noches pasionales. Luego, sacudió la cabeza para expulsarla, pero al hacerlo, aquella idea solo hizo espacio para otra completamente nueva, que apareció con un sonidito externo muy claro: «tu». Era Kay, cediéndole una copa. Burbujeante y helada. —Oh, gra—dijo mientras la observaba tomar la suya y empezar a beber—...cias. E imitando a Kay —lo cual siempre es un riesgo—, tomó la propia y dio un sorbo. De inmediato, una estampida de burbujas chisporroteantes se lanzó de cabeza por sus fosas nasales, provocándole un cosquilleo que se debatía entre lo desagradable y un intento fallido de masaje nasal. Su paladar, mientras tanto, se llenó de un sabor que parecía haber intentado ser afrutado, pero que cambió de opinión a mitad de proceso. Definitivamente, no era vino. Y entonces la vio. Al bajar la mirada, con la copa aún entre los labios yel líquido descendiendo por su garganta como un viajero apresurado, observó a la mujer nívea a cabar su taza… de un solo trago. ¿De verdad debía beberlo de una vez? Bueno… lo intentaría. Así, de pronto el sorbo se convirtió en un trago largo que parecía tender hacia la infinitud, pero, a mitad de camino, su dignidad decidió abandonarla. Se atragantó con el sabor, tosió y tuvo que dejar la copa sobre la mesa antes de que la situación escalara a tragedia húmeda no sexual. Un hilo de alcohol se deslizó por la comisura de sus labios. Bai intentó limpiarse con el dorso de la mano, fallando ligeramente en la puntería emborronando sus labios. El pecho le ardía. La garganta también. El estómago… ya estaba redactando una queja formal. Y, sin embargo, sintió una calidez sospechosa empezar a subirle a la cabeza. Oh, no. ¿Qué era eso? No estaba del todo segura. De hecho, no tenía certeza alguna. Y aún así, la invitación al lugar y la sonrisa le hacía sentirse bien. Aún así había algo que quería saber. ¿Qué llevaba esa cosa? Se inclinó un poco hacia delante, examinando la copa con cautela y preguntándose por qué burbujeaba tanto si no había necesidad de ser tan… efervescente. Inspiró hondo. Entonces, una burbuja rebelde decidió lanzarse hacia su nariz como si se tratara de un acto suicida de espuma. Bai retrocedió, se frotó la cara y se preguntó, por primera vez, si aquella bebida tenía algún tipo de personalidad agresiva. Bai entrecerró los ojos observándola. —Muy bien —murmuró—. Si quieres pelear… peleemos. La copa burbujeó más fuerte, como si aceptara el desafío. Bai enderezó la espalda con dignidad —o lo que le quedaba de ella— y tomó una decisión que, en retrospectiva, no parecía la más inteligente, pero en ese momento le resultó completamente lógica: combatir la agresividad bebiéndosela. Una estrategia valiente. O estúpida. Difícil distinguirlas cuando había alcohol de por medio. Cogió la copa con ambas manos, la levantó y, con determinación, dio un trago largo; el líquido descendió por su garganta como si llevase prisa por explorar sus órganos internos. El sabor explotó, las burbujas chisporrotearon… y la bebida pareció emitir un diminuto «¡ha!» victorioso. Bai golpeó suavemente la copa contra la mesa, triunfante. —Ja —dijo, jadeando un poco y sintiéndose triunfal. Había ganado la batalla y no deseaba otra más. Así que agarró la tablilla y, confundiendo la «×» con un «+», indicó a Kay entusiasmo que quería más pese a tratar de pedirle lo contrario. —Kay —le llamó al tiempo que alzaba las manos a la altura del pecho y las desplazaba en un suave vaivén —¿Bailas? RE: But feathers are meant for the sky (Priv- Pasado) - Kayseira Ashter - 11-12-2025 Intenté aguantarme la risa, tapándome la boca con el dorso de mi mano, ver a Bai entrar en pánico por eso era lo último que esperaba, pero tiene su punto adorable. La dejé que se tomara la copa igual que yo, viendo todas y cada una de sus expresiones, desde el dulzor de la fresa, hasta la patada del alcohol hasta el casi ahogarse. -Ay Bai no te me mueras, por favor.-Le dije con cariño, aunque sabía que no me entendía, llevando la mano a su espalda, extendiendo una servilleta para que pudiera limpiarse mejor, con calma. Pero calma fue lo último que tuvo la mujer, ella dijo que iba a ir con todo y tengo que admitir que fue valiente. Vamos, que yo bebo como una desgraciada porque la vida pirata me enseñó a ahogar las penas con tabaco, alcohol…Y bueno, otras cosas. La vi pedir más, así que aprovechando que habían dejado la botella le serví otra copa a ella, y luego otra a mi. Gire la misma un momento entre mis dedos, bebiendo con calma esta vez, por si ella decidía volver a imitarme, no terminara ahogándose o en una pelea personal con un chupito de alcohol, la verdad. Note su gesto, alzando ambas cejas con algo de sorpresa ante aquello, dudando un momento…No suelo bailar, la verdad, soy de las personas que se quedan tranquilas en un lado, que miran a los demás disfrutar. No es que no sepa, pero la verdad es que no es algo que me plantee demasiado. Le hago un gesto de duda con la cabeza, moviéndola de lado a lado, hacia un hombro y luego a otro. Es una forma de decirle que es algo que se me da regular, pero hemos venido a divertirnos y supongo que por una noche puedo hacer algo que no estoy acostumbrada. Finalmente levanto el pulgar, levantándome de mi asiento, a ver qué demonios sale en aquel baile. En el tema del alcohol he tomado yo el liderazgo, pero esta vez soy yo la que extiendo la mano hacia la parte donde la gente baila, indicandole que puede tomar ella la delantera en este asunto. Esta vez, seré yo la que se deje guiar con aquello y vea exactamente donde termine. Tengo que admitir que es divertido, que hay gente que solo me ha visto bailar en sitios elegantes, de gente aburrida y estirada, o en la peor taberna que puedas imaginarte, borracha como una cuba. Pero aquello es diferente, sin duda, mucho más agradable. RE: But feathers are meant for the sky (Priv- Pasado) - Bai Mudan - 12-12-2025 Morir atragantada por una mala bebida no estaba en su lista de fantasías íntimas, pero, cuando el cosmos conspira contra ti y una sensación absurda de invencibilidad empieza a trepar por la columna, creer que vas a ganar una segunda ronda se siente, de algún modo, lo más lógico que jamás hayas pensado. Quizá por eso, cuando la segunda copa llegó hasta ella, Bai no avisó que no la quería. En cambio, volvió a imitar el gesto que había visto antes, aunque con una pequeña diferencia: ahora los tragos parecían tímidos, apenas un roce del líquido con la lengua, como quien prueba un volcán con la punta de un dedo. Sí, se estaba asegurando de que no quemara tanto como la primera copa… y de paso de que seguía intacta. Y claro, como la lógica interna de la embriaguez funciona de manera muy particular, esos pequeños tragos pronto se convirtieron en sorbos más largos. Al fin y al cabo, cuando el alcohol deja de quemar, la mente decide que todo es perfectamente seguro, aunque lo más probable es que los sentidos estén ligeramente adormecidos y el cuerpo flote en un estado intermedio entre la ligereza y esa extraña sensación de que la mente no sabe muy bien qué hacer con cosas importantes, como respirar o mantenerse en pie. Quizás, por este mismo hecho, cuando vio a Kay mover la cabeza, se sintió confundida sin acabar de entender aquel gesto. Y es que, para su estado actual, se movía más rápido de lo que su cabeza podía procesar. —Eeeeh… —ladeó la cabeza mientras sostenía la «E» como una nota. Parecía un enorme cánido bobalicón mirando a su amo en un intento por comprenderlo. —Entonces… ¿sí bailas? —preguntó, olvidando por completo que Kay no iba a entenderla. Y, como si los dioses hubieran decidido intervenir, justo después de sus palabras la nívea alzó el pulgar, confirmándole que sí. —¡Genial! —estalló Bai, para luego intentar levantarse y descubrir que el mundo avanzaba un poco más rápido que sus sentidos. Hubo entonces un segundo de pausa. Su cabeza se recompuso como pudo y, cuando volvió a sentirse mínimamente estable, le tendió la mano a su joven acompañante para que la siguiera. ***
Por encima del constante tintineo de las jarras y el agrio olor a cerveza envejecida en madera, la música se filtraba entre mesas y bancos, serpenteando entre cuerpos y trepando por las vigas ennegrecidas del techo. Una melodía que, a pesar del ritmo juguetón, parecía incapaz de mover a nadie. Y es que, en medio de aquel caos vibrante que era el bullicio de la taberna, la pista de baile esperaba vacía únicamentr bañada por la luz cálida de los faroles. Todos los parroquianos estaban demasiado ocupados con sus jarras o con sus discusiones. Al menos hasta que sonó esa canción. Una melodía viva y descarada. Alegre. Que con un par de notas hizo que un par de jóvenes se alzaran entre las mesas. Eran una dama y un varón. Que con la misma cantidad de torpeza que seguridad, decidieron ocupar aquel espacio vacío. Ambos iban tomados de la mano, lanzándose miradas como si elnresto del mundo se hubiera disuelto y sólo quedaran ellos. Y cuando empezaron a bailar, lo hicieron con una entregándose enteramente. Se reían, giraban, se acercaban el uno al otro. Y la gente que los observaba los animaba. Bai estaba entre esa gente, sin ser consciente de que, en algún momento, había tomado la mano de su compañera para arrastrarla detrás. Tenía las mejillas encendidas, las orejas ardían y las vibraciones de la música y del baile le parecían un latido al que anhelaba unirse. Y entonces lo hizo. Tiró de Kay para llevarla hacia el centro, como una madre que arrastra a su hijo, y, al tenerla enfrente, dio un paso atrás con una ligereza casi felina y una sonrisa ladeada, cargada de picardía. Alzó el brazo, la palma extendida en clara invitación y, justo antes de que Kay pudiera tomarla, dejó escapar una risa suave y traviesa… para luego escaparse de su alcance con un giro repentino. La falda del vestido, las mangas y su cabello viraron junto a ella, describiendo un círculo fugaz, tan fugaz que, por un momento, presa de la sensación de euforia que regala el alcohol, se sintió liviana como una pluma. Completó el giro, se detuvo justo fuera del alcance de la mano de su compañera y volvió a sonreír como un niño travieso que juega a dejarse perseguir sin ser atrapado. |